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Full text of "Cristóbal Cólon : su vida, sus viajes, sus descubrimientos"

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CRISTÓBAL COLÓN 

SU VJDA 
SUS VIAJES— SUS DESCUBRIMIENTOS 



EDICIÓN MONUMENTAL 



CRISTÓBAL COLÓN 



su VIDA 
SUS VIAJES — SUS DESCUBRIMIENTOS 



POR 



D. JOSÉ MARÍA ASENSIO 

DIRECTOR DE LA REAL ACADEMIA SEVILLANA DE BUENAS LETRAS; CORRESPONDIENTE DE LA DE LA HISTORIA 



ESPLENDIDA EDICIÓN 

ILUSTRADA CON MAGNIFICAS OLEOGRAFÍAS, COPIA DE FAMOSOS CUADROS DE ARTISTAS ESPAÑOLES 

TALES C(JMO 

BALACA, CANO, JOVER, MADRAZO, MUiÑOZ DEGRAIN, 
ORTEGO, PUEBLA, ROSALES, SOLER 

ENRIQUECIDA EN TODAS SUS PÁGINAS CON OBLAS, CABECERAS Y VIÑETAS ALEGÓRICAS 

Y ACOMPAÑADA 

DE UNA PRIMOROSA CARTA GEOGRÁFICA 

QUE DETALLA MINUCIOSAMENTE LOS VIAJES Y DESCUDRIMIENTOS LLEVADOS Á CABO 

POR EL GRAN ALMIRANTE 



TOMO I 



BARCELONA 
ESPASA Y COMPAÑÍA, EDITORES 

221, CALLE DE CORTES, 223 



La propiedad de esta obra , así en lo que se refiere á 
la parte literaria como á la artística, pertenece á los 
Sres. Espasa y Comp.', Editores, quienes se reservan 
todos los derechos. 

Queda hecho el depósito que previene la ley. 



AL EXCMO. SR. 



D. ANTONIO CÁNOVAS DEL CASTILLO 



DIRECTOR DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA 



Mi Ql"ERIDO AMIGO : 

La dedicatoria de esta obra no significa otra cosa en mí, 
al hacerla, que la admiración á su talento y á su saber pro- 
fundo; y en usted, al admitirla, nueva muestra del buen 
acogimiento que dispensa á toda clase de trabajos literarios. 

Nunca, siendo mía, podría tener mayores méritos; pero 
escrita en las tristes circunstancias que usted conoce, y con 
tiempo relativamente limitado, necesita de toda su indul- 
gencia, para que no se juzgue atrevimiento el darla á luz 
bajo el amparo de su ilustre nombre. 

Recíbala usted, pues, tínicamente, como piiblico testimo- 
nio de la buena voluntad y afecto que le profesa su amigo 

y. B. s. .M. 

JOSÉ MARÍA ASEXSIO 



INTRODUCCIÓN 




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PARTE PRIMERA 



Hubo un genio de intuicio'n bastante poderosa para adi- 
vinar el secreto del Occéano, y de heroísmo suficiente para 
arrostrar los peligros; vencer las preocupaciones; triunfar 
de la ignorancia, superar el terror que infunde lo descono- 
cido, y poner en contacto los hombres que vivían á uno y 
otro lado de los mares, produciendo con ello la revolucio'n 
más trascendental que registra la historia de la humanidad, 
á la cual hizo dar un paso de gigante en la senda del 
progreso }' de la civilizacio'n. 

El desarrollo de aquel proyecto, y la historia del 
hombre que concibió tan extraordinario pensamiento y con 
admirable fe lo llevo' á termino, salvando toda clase de 
obstáculos; venciendo todo ge'nero de contrariedades; dando 
sublime ejemplo de perseverancia y de conviccio'n: transfor- 
mando en un día, por el poder de su inteligencia, la faz de 
todas las naciones, es lo que me propongo escribir con 
cuanta claridad sea posible, aprovechando los muchos datos 
que la ciencia pone hoy al alcance de los estudiosos, y los 
documentos que la crítica acepta como indiscutibles. 

Mas no parece que se deba tratar la historia del descu- 
brimiento, sin dar alguna idea, aunque somera, del origen }' 






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VIII 



CRISTÓBAL COLON 





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existencia de aquellos pueblos numerosísimos que por el 
espacio de tantos siglos permanecieron aislados y descono- 
cidos: de aquella gran porcio'n de la humanidad, que por 
oculto designio de la Providencia, y por circunstancias 
inconcebibles, vivía ignorada de la otra mitad de sus herma- 
nos. Con ello, dejamos consignado un antecedente necesario, 
que se completará, para aumentar el interés, con el cono- 
cimiento de las muestras de gratitud que las naciones cultas 
han consagrado al revelador ele un mundo, elevando á su 
gloria imperecederos monumentos; y con el estudio de las 
principales fuentes históricas, que, con ser muy numerosas, 
ni todas son igualmente puras 3^ dignas de atencio'n, ni 
pueden beberse sus aguas sin el debido análisis. 



La noticia del descubrimiento del Nuevo Mundo sor- 
prendió' á los pueblos de Europa: las brillantes descripciones 
de los países nuevamente hallados circularon inmediatamente, 
deslumhrándolos á todos. Asombrados los sabios, turbados 
los pensadores al comprender el grave trastorno que aquel 
suceso extraordinario causaba en todas las teorías admitidas: 
la amplitud de horizontes que repentinamente se abría á 
todas las ciencias, presentando nuevos aspectos y cuestiones 
trascendentales, dedicaron toda la atencio'n al conocimiento 
de aquellos hechos maravillosos que ante su vista pasaban, 
sucedicndose con tal rapidez que apenas era posible segviir 
su curso, 3' menos adivinar sus consecuencias. 

En los primeros momentos de asombro, de preocupa- 
ción universal, los hombres más juiciosos cuidaban única- 
mente de ir adquiriendo noticias claras, precisas, verídicas 
y exactas de los sucesos de los conquistadores, y de los 
países que eran teatro de sus increibles hazañas. 



INTRODUCCIÓN 



IX 



Parecían Ici^'cndarios los nombres de Cristi')Iíal Colón 
V de Alonso de (_)¡eda: de Martín Alonso Pinzón y de Vicente 
\;íñez. ^■ se ]n\'sentaban rodeados de maravillosa aure'ola 
llern;ín Cortés v \'asco Núñez de Balboa: Pedro de Alva- 
rado. Francisco Pizarro y Hernando de Magallanes, con 
otros ciento cuyos heroicos hechos }• portentosos descubri- 
mie»ntos se narraban casi como fabulosos; así como también 
era necesario relegar á los dominios de las creaciones fantás- 
ticas las grandezas de Motezuma. los tesoros de Atahualpa y 
los prodigios que sus ciudades encerraban. Preciso era. sin 
embargo, dar crédito á lo inverosímil, en vista de la abun- 
dancia de oro nativo, de los extraños productos, de las aves 
hermosísimas y de tantos interesantes objetos como de 
acjuellas lejanas tierras comenzaron á venir á España, dando 
muestras de climas raros , y de civilizaciones tan grandiosas 
como desconocidas. 

Ante tamañas novedades crecía el interés y se aumen- 
taba la curiosidad. El mundo antiguo se encontraba frente á 
frente con un mundo nuevo é ignorado hasta entonces: pero 
los acontecimientos eran tan importantes . tan extraordina- 
rios , que apenas si bastaba la atención para abarcarlos , ni la 
memoria para retenerlos. 

Así se explica que para los españoles, para todos los 
europeos, la Historia de ¡as ludias Occidentales empezara con 
el descubrimiento. El deseo de saber las vidas de los 
hombres extraordinarios que lo llevaron á cabo : el ansia de 
adquirir noticias de los pueblos de tan apartadas regiones, 
de sus habitantes, producciones 3' riquezas, llenaba por 
completo el pensamiento de las generaciones Cjue asistieron 
al descubrimiento y á la conc[UÍsta. Nadie se preocupo' por 
el momento de investigar el principio y origen de aquellos 
sencillos isleños que, al ser visitados por vez primera por los 
españoles, conservaban tal simplicidad de costumbres: tanto 
candor en su trato, y hasta tal punto desconocían la noción 
del bien y del mal. de lo tuyo y lo mío. que pareció no 

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habían perdido el estado de inocencia en que fueron criados 
nuestros primeros padres. Ni se pensó', sino de una manera 
muy secundaria, en averiguar la procedencia y desarrollo de 
aquellas esplendidas civilizaciones : ni los siglos que contaban 
de existencia los dilatados imperios rendidos por las armas 
de Hernán Cortés y de Francisco Pizarro: ni las lej^es por que 
se regían : ni la religio'n que profesaban : ni su constitucio'n 
política; ni su manera de ser en la familia; ni sus costum- 
bres públicas o' privadas ; ni , en una palabra . la forma de 
aquella sociedad. 

Menos se jDenso' aún en dedicar estudios 3' vigilias á 
profundas meditaciones antropolo'gicas 3' etnográficas enca- 
minadas á averiguar con cuál de las razas conocidas tenían 
ó podían tener afinidades aquellos seres tan diferentes de 
los del viejo mundo, con c[uienes empezaban á relacionar- 
se, 3' cu3'o estado ¡primitivo, perfectamente descrito por 
Colón, que fué el primero en tratarlos, v por frav Barto- 
lomé de Las Casas , distaba tanto del estado de los pueblos 
de Europa. 

La magnitud de los sucesos absorbía entonces toda la 
atención. Xo había filo'sofos, ni investigadores: todos eran 
cronistas que deseaban saber el ma3or número posible de 
hechos, de los cuales formaban sumarios, apuntamientos y 
aun relaciones histo'ricas : pero sin cuidarse de otra cosa que 
de narrar los grandes actos de los heroicos españoles, la 
grandeza de los imperios que descul)rían al otro lado del 
Occéano, 3' las crueles batallas que reñían para apoderarse 
de sus magníficas 3^ espléndidas ciudades. 

La historia del mundo de Colí'jx daba principio en 
1-' de ( Jctubre de 149-'. De las épocas ^^i'ccolombianas no 
hal)ía entonces para que ocuparse; 3^ no se crea (|ue seme- 
jante abandono arguya desdén , olvido ni ignorancia. Harto 
tenían en que entender los historiadores averiguando hechos, 
coordinando sucesos, cuando los medios de comunicacio'n 
eran tan difíciles 3^ tan deficientes las relaciones. Se estu- 



INTRODUCCIÓN 



XI 



diaba el presente, y hasta comprenderlo bien, aliarcándoln 
en toda su extensión, nn era posible volver la vista al 
pasado. 

Durante mucho tiempo se redujeron las cro'nicas á 
consÍL;nar los descubrimientos y conquistas de los españoles 
en las islas v tierra firme nuevamente conocidas, }' á cantar 
la cpopeva de los hombres que obraron tales maravillas; }' 
siílo por acaso v como de pasada, se hace en aquellos libros 
alguna ligera mencio'n del origen del pueblo á quien se 
combatía, de sus costumbres por demás extrañas, o' de tal o' 
cual monumento que por su grandiosidad o' rareza llamaba 
la atencio'n y se consideraba digno de consagrar un mo- 
mento á mencionarlo. 

A lo que mavor importancia se concedió', generalmente, 
fué á los ritos y ceremonias religiosas; pero aun así, en su 
exposicio'n se incurría en flagrantes errores, hijos de la falta 
de conocimiento de sus teogonias , y con la intencio'n plausi- 
ble de describir sus abominaciones, sacrificios y prácticas 
idolátricas, hacíase resaltar la necesidad de instruir á los 
indios en la religio'n cristiana, sin reparar en los medios, 
poniendo de relieve los beneficios que de ello resultarían á la 
humanidad. 

Natural era que pasado aquel primer período de desva- 
necimiento, imp)rimiera la ciencia direccio'n distinta al estu- 
dio de los ¡países nuevamente conquistados; que á la contem- 
placio'n de aquellos bosques seculares , de aquellos ríos 
extraordinarios , en cu3'a comparación podían tenerse como 
arro^'os los más caudalosos de España ; de aquella vegetacio'n 
exuberante, riquísima, especial v variada hasta el extremo, 
y que en nada se parecía á la del antiguo mundo, sucediera 
la reflexio'n detenida y se pusieran mientes en analizar las 
producciones de aquella naturaleza verdaderamente esplén- 
dida, y se establecieran relaciones y comparaciones con las 
del viejo continente, de manera que por el conocimiento del 
país, 3" por la clasificacio'n de su fauna, de su flora y de su 



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suelo, del cual procedían los preciados metales cj^ue, objeto 
de tanta codicia , llegaban á Europa . pudiese concluirse por 
completar poco á poco el conocimiento de aquellas apartadas 
regiones. 

En pos del análisis de la llora 3' de la fauna de las 
llamadas Indias Occidentales . y por consecuencia lógica del 
estudio de la naturaleza, vino el estudio del hombre, y con 
él cuestiones complejas de índole muy diferente, que en el 
orden social y en el religioso tuvieron gran resonancia , y 
todavía se sostienen con ardor en las obras de muchos 
pensadores. — "¿Co'mo se había poblado la America? ¿Fué 
el extravío de algún bajel hebreo, el que, dejándose arrastrar 
de los vientos o' de la corriente de las aguas, arrojo' á 
nuestras plajeas á los descendientes de Noé? ¿Hubo un 
tiempo en c[ue, el ahora llamado cstrccljo de Bchcrnig, fuese 
un istmo c|ue uniendo al Asia con América brindara ese paso 
para la propagacio'n del género humano? ¿Hubo un tiempo 
en que, los Cabos Verde y San Roque se extendiesen 
por el Atlántico, hasta el término de proporcionar rumbo 
fácil del África para América , por medio de algunas 
islas ó siquiera farallones interpuestos entre estos dos conti- 
nentes ' ? „ 

La historia del hombre c[ue pobló' las islas descubiertas 
por Cristób.\l Colón; la sucesio'n de civilizaciones que 
habían antecedido á la cultura de los grandes imperios de 
Méjico 5^ del Perú; las razas que habían ocupado aciucllos 
países en épocas remotas, dejando monumentos de extraño 
carácter y de singular grandeza; y las noticias de otras razas 
perdidas y que podremos llamar ^^rc-histo'ricas, inspiraron 
gran interés, no solamente por lo que tenían de antropolo'gi- 
cas, por su curiosidad en la sucesio'n de las emigraciones 3' 



' Resumen de la Historia del Ecuador desde su origen hasta 184^ , por 
Pedro Fermín Ceballos. — Guayaíjuil. — Imprenta de la Nación, 1886. — Tomo I, 
pág. 70. 



INTRODUCCIÓN 



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desaparición de ellas, sino también por lo que afectaban á 
las creencias religiosas, cu3'as luchas son tan graves é impor- 
tantes en todo tiempo para la humanidad ■ . 

Desde el momento en que apareció' la idea de que los 
monumentos del Yucatán y de Méjico contaban antigüedad 
mucho mayor que la reconocida al mundo por la religio'n 
cristiana: que la civilizacio'n azteca daba en sus jeroglíficos 
miles de miles de años de existencia á aquellos pueblos; 
desde el punto v hora en que se creyó' que la existencia del 
hombre en los países de Occidente podía oponerse como 
argumento á las tradiciones mosaicas, y se envolvió' con la 
religio'n el estudio de la antigüedad, tomo' grandísima impor- 
tancia toda cuestio'n que á ellos se refería , y la pasión vino 
á mezclarse en el estudio de las antigüedades precolom- 
bianas. 

Entonces 3'a se elevo' la historia de las Indias desde el 
árido campo de la crónica, á la regio'n de teoría social; desde 
el carácter de narradora de los hechos de los héroes, á 
profundo tratado de discusio'n filoso'fica, j entrándose por 
los dominios de la religio'n, se quiso convertir en arma 
poderosa de destruccio'n, sacando de ella argumentos para 
combatir las doctrinas antiguas más veneradas. 

Con }iIaquiavelo, Vico }• Montesquieu se propendía á 
buscar apoyo en los estudios histo'ricos para toda clase de 
controversias }' luchas intelectuales, generalizando sus ense- 
ñanzas V abrazando dentro de ellas todos los elementos de la 
vida social ; pero la exageracio'n filoso'fico-racionalista de 
fines del siglo xviii llevó al extremo aquella tendencia, y la 
historia del Xuevo Mundo fué mirada con especial predilec- 
ción, como ariete poderoso contra las creencias 3' tradiciones 
católicas. Llamando rú:[a niicvú á los indígenas, 3^ haciendo 



' Llegó á suponerse que el esqueleto encontrado en los terrenos de aluvión 
sobre que está fundada Nueva Orleans contaba más de 50.000 años de anti- 
güedad. 






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resaltar diferencias físicas, que no existen, procural^an 
quelorantar el dogma de la unidad de la especie humana, 
base de la religio'n que proclama la fraternidad universal; y 
á la antigüedad de la creacio'n, según los libros de Moisés, 
oponían la interpretación de los cuatro soles o' edades de los 
pueblos americanos, dando á nuestro planeta existencia 
.^ff\, mucho más remota que la que el Cxcncsis le atribuye. 

La amplitud que fueron adquiriendo las ciencias expe- 
rimentales, y su rápido adelanto hasta llegar al grado de 
importancia que hoy alcanzan; los progresos de la geología 
en el conocimiento de la formación de las ca])as terrestres, 
cuyo examen y caracteres ofrecen tan concluyentes resul- 
tados, y, sobre todo, la eyolucion filosófica contemporánea, 
que partiendo de la duda de Descartes, ha A'enido á producir 
las últimas manifestaciones positiyistas, deterministas ó neo- 
materialistas, han dado como consecuencia que sometidas á 
nuevo y especial análisis muchas cuestiones de las que divi- 
dían á los pensadores, á la luz de principios universalmcnte 
reconocidos, y de otros antes ignorados, fueran cediendo las 
' / tf ''■^^ííjjjl exageraciones enciclojsédicas , que aun vivían en el enten- 
dimiento de muchos hombres de nuestro siglo, y de la 
discusión resultaran con nuevo aspecto aquellas graves cues- 
tiones. 

La narraciíín de Moisés ha ad([UÍrido gran fuerza y 
])restigio con los adelantos de la geología: el más incrédulo 
habrá de reconocer con un ilustre sabio, que si el legislador 
del pueblo helireo no estuvo inspirado |)or Dios, fué tan 
poderosa su inteligencia, su saber tan portentoso y j^rofundo, 
que dcjd consignadas en sus libros verdades cuya exactitud 
comprueba la ciencia después de cuarenta siglos. 

Otra rama de la ciencia moderna detenida en el curso 
de sus adelantos y estudios antropolíígicos. por la dificultad 
de encontrar el origen de los primitivos pobladores de 
América, así como de los de Australia y Nueva Zelanda, 
vuelve la vista á los más discutidos predicados de la ciencia 



INTRODUCCIÓN 



XV 



antigua, buscando la explicación natural de la unidad o 
diversidad de razas, en los más tenues retlejos del recuerdo 
de las edades prehistóricas (|ue pudieran conservarse entre 
los puel^los que nos antecedieron. Kntre esos recuerdos, 
entre esas vislumbres de claridad, ninguna tan notable como 
la de Plato'n. 

La idea de la Athlilliihl, de que escribió' en sus Diálogos 
nombrados TiiiU'O V Criliils, ha venido juzgándose, durante 
muchos siglos, como fantástica creación del ¡Doeta. o' como 
sueño del filo'sofo y medio para exponer teorías: pero el 
adelanto constante de las investigaciones geolu'gicas, poniendo 
de maniñesto, según va indicamos, las sucesivas transforma- 
ciones que ha sufrido nuestro planeta en el largo período de 
su formacio'n . v dando á conocer muchas verdades de antes 
ignoradas ú oscurecidas, hace que se niedite seriamente 
sobre la verdad que pueden encerrar los Diálogos del filo'sofo 
griego, 3' que nuestros sabios crean en la existencia real ^ 
positiva de un gran continente que desapareció', pero cuvos 
restos pueden ser apreciados 5- comprobados en varias mani- 
í estaciones, j daría una solucio'n lo'gica, segura, al problema 
de la población de las islas del Occéano 3' del continente 
occidental v al origen de sus variadas especies. 

La unio'n de los continentes en una e'poca relativamente 
no mu3- lejana de los tiempos histo'ricos, proporciona expli- 
caciones para muv graves dudas. 3' de ella se aducen 
pruebas de que no es juicioso prescindir ho3' en el estado de 
esta investigacio'n. 

La Atláiitidú existió. Debió estar situada entre la costa 
occidental de la penínsuhi Ibérica v lo que llamamos seno o' 
golfo mejicano. En la misma fecha, tal vez, se encontraba 
unida hi costa del Brasil al continente africano, o' mucho 
más aproximada de lo que lo está actualmente: 3' esta. 
también por el opuesto lado, formaba un todo con la Austra- 
lia, que á su vez se acercaba á la América por islas inter- 
puestas hacia la península de California. El examen y 





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análisis comparativo de los terrenos cuaternario y terciario 
de esas regiones; la relacio'n de su fauna y de su flora, 
suministran pruebas para fundar la hipo'tesis, v aun para 
robustecerla según la opinión de doctos naturalistas. 

En época que no es posible señalar con precisidn. la 
capa terrestre sufrió' grandísimas conmociones: se produjo 
una variacio'n completa en toda la supcrñcie del globo. Los 
movimientos volcánicos levantaron el fondo de los mares, v 
las aguas se precipitaron sobre los puntos más bajos de los 
primitivos continentes. líntonces quedaron aislados muchos 
trozos que no cubrió' el nivel del mar. 3' surgieron también 
nuevos terrenos volcánicos : quedo' enjuto el mar de Libia . v 
el Mediterráneo, abriéndose paso jjor entre Calpe v Abila. se 
precipito' en el anchuroso Occéano. 

De este inmenso cataclismo conservaban tal vez memo- 
ria o' recuerdo fidedigno, los sabios 3^ sacerdotes del antiguo 
lígipto, transmitido en símbolos que dejaran los que. salva- 
dos de sus estragos , pudieran consignarlos de una manera 
durable: o' por la tradicio'n oral de los mismos, religiosa- 
mente guardada de generación en generacio'n : 3' de aquellos 
sacerdotes lo escucho' con tanto asombro como increduli- 
dad Solo'n , y lo refirió' al filo'sofo griego que consigno' la 
desaparicio'n de la Atláiitidú en sus Diálogos citados: pero 
dando razo'n de la ^^i'ocedencia de las tradiciones que 
refería . 

Así explican los modernos filo'sofos el fondo de verdad 
t[ue puedan encontrar en los £)/íÍ/oo'05 de Plato'n : v ven en 
ellos el medio de dar solucio'n satisfactoria á los más arduos 
problemas de la poblacio'n americana, que de otro modo 
resultan inexplicables. 

No alcanzan nuestros conocimientos antropolo'gicos, 
etnográficos ni prehisto'ricos á entrar con bastantes datos en 
la cuestio'n . ho3r rnu3' debatida, de las huellas qui- haya 
podido dc^jar en el continente colombiano el homlirc negro, 
ni á decidir si una raza etiope fué con efecto la pi'imitiva 



INTRODUCCIÓN 



XVII 



pobladora de aquellas extensas regiones: ni á negar en 
absoluto que naves fenicias o' cartaginesas arril)aran un día 
á las costas del Brasil '. Mavas. otomíes v uahoas han 
dejado muv marcadas las huellas de su paso; etnü'grafo^ 
muy distinguidos afirman que todavía se conservan vestigios 
de esos tres grupos, que pueden distinguirse por las raíces 
monosilábicas de su lenguaje, por el color de su piel y por 
otros muchos signos de habitación v de costumbres en las 
comarcas que cada cual ocupara muchos siglos antes de lo 
que alcanzan memorias históricas: pero todos convienen, con 
ma3'ores o' menores restricciones, en que ninguno de esos 
pueblos, ninguno de aquellos hombres era de los aborígenes, 
sino que todos habían llegado en emigraciones, explicables, 
si se acepta la teoría de la antigua unicln de los continentes, 
imposibles, si no se acude á ella, ni se admite, á pesar de las 
muchas razones de ¡arobabilidad que la justifican. 

En la segunda parte de la tercera sesio'n del congreso 
de americanistas . reunido en Berlín en los primeros días del 
mes de Octubre del año pasado i8SS, el ilustre doctor 
\ irchow hizo magistral exposicio'n de sus estudios en el 
examen de los cráneos c[ue en gran número tiene reunidos, 
formando colección importantísima, de individuos pertene- 
cientes á las razas precolombianas de América. En su diser- 
tacio'n se ocupa de la Clúsijiciición antropológica de ¡os pueblos 
salvajes antiguos y modernos de América, y demuestra que hay 
grandes diferencias entre las muchas razas salvajes que 
poblaron aquel extenso continente, bien patentes en la con- 
figuracio'n de sus cráneos : pero sin decidir todavía sobre su 
antigüedad, ni cuáles pudieran ser sus procedencias genea- 
lo'gicas. Los estudios del doctor \' irchow están llamados 
á robustecer las conclusiones en este punto de tanto in- 
terés. 

Los hombres de ciencia aceptan hoy casi en general. 



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' Véase en las Aclaraciones y ciücu mentas del libro I- (a) 
Cristób.il Colón, t. i. — iii * 




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pues son muy señaladas las excepciones, la existencia é 
inmersio'n de la AÜánliáa, y encuentran pruebas mu}- aprc- 
ciables, según lo expuesto, en muchos feno'menos que se 
estudian en la inmensa extensión del Occéano. Las islas 
Canarias con las de Madera y Porto Santo, 3' las Azores con 
las Antillas parecen ser restos aislados de ese gran conti- 
nente sumergido ; y la prueba adquiere mayor fuerza con el 
estudio de muchas de las ¡Droducciones de estas, hoy apar- 
tadas tierras, que conservan entre sí cierta igualdad á veces, 
y en otras grandes analogías. 

El niar de sargít:iO, aquella inmensa cantidad de hierbas 
ficoideas que cubre en grandes espacios la supcrñcie de las 
aguas , y que tantos temores produjo en el ánimo de los 
marineros de Cülúx, indica también, en el concepto de repu- 
tados naturalistas, la inmersio'n de grandes extensiones de 
tierras llenas de vegetación, cuyas semillas, reproduciéndose 
á aquella profundidad y cayendo constantemente sobre el 
fondo, dan en períodos ñjos aquel producto herbáceo tan 
extraordinario. El fondo del mar volcánico, pedregoso, duro 
por naturaleza, es generalmente estéril y no permite que 
arraiguen en su seno las simientes c[ue el aire deposita en la 
superficie y que no bajan á gran profundidad sin haber 
perdido todas sus condiciones reproductivas. El Sí!rgíi:io, 
verdadero fiiciis más ó menos degenerado, según los enten- 
didos naturalistas de que hablamos, se reproduce en las 
mismas tierras vegetales en que vivía al aire libre antes de 
ser planta submarina. 

Hasta esa gran corriente marítima que con tanta fijeza 
y seguridad se marca en el Occéano 3' se conoce con el 
nombre de Giilj-slrcüm (Corriente del Colfo). parece jjroliar 
la menor profundidad de las aguas en los puntos donde 
se sumergieron tierras. 3' su mayor volumen donde acjuéllas 
no dificultan la corriente, produciendo ese extraordinario 
íeno'meno. con tanta precisio'n estudiado, v de importancia 
tan capital para la navegacio'n trasatlántica. 



INTRODUCCIÓN 



XIX 



«Pero la ciencia, que nunca se detiene en el camino de 
PUS invcstig'aciones. como dice un docto escritor mejicano ', 
ha pretendido fijar la época de esa Aflúiittdú. Nuestro sabio 
amigo Mr. Ham}-, estudiando la cuestio'n, sostiene que los 
trabajos más recientes de los paleontologistas y de los geólo- 
gos revelan una Atlántidñ terciaria. Las conchas terciarias 
de los Estados Unidos. . . son idénticas á las conchas de las 
capas francesas correspondientes. El examen comparativo 
de los insectos ha probado que gran número de especies 
viven todavía ho.v sobre las dos riberas del Atlántico, v 
presentan apenas ligeras variaciones de Inglaterra á Ala- 
bama. Sorprendente es también la analogía de la fauna 
terciaria de ambos continentes . analogía que se extiende 
también á la flora de la misma época. Pero la más notable 
prueba ha sido el estudio de los tres inmensos depo'sitos 
terciarios lacustres de la península ibérica...» 

Antes de alcanzar estos puntos de vista generales . ni de 
llegar á las pruebas de esas conclusiones . falto el historiador 
de datos atendibles, buscaba tan so'lo en lo probable razo- 
nes que expusieran el origen de los pobladores del gran 
continente occidental y de las islas que lo rodean. De la 
religio'n v ritos aztecas dejaron incompletas noticias los 
misioneros Bernardino de Sahagún 3' fray Toribio de Bena- 
vente, por no citar muchos más: 3- aunque en alguna parte 
consignaron datos del origen de los mexica, y su pere- 
o-rinacio'n. como los obtenían de las narraciones de los 
mismos indígenas 3- los extractaban de jeroglíficos no bien 
interpretados ni entendidos, estaban llenos de errores 3' de 
símbolos T mitos cuva significacio'n no se comprendía. 
Sobre sus indicaciones, aunque tomándolas á la ligera 3- de 
una manera harto descuidada . trataron de explicar el cro- 
nista Antonio de Herrera y el P. Torquemada cómo fueron 




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' D. Alfredo Chavero. — México á través de los siglos, tomo I. Barcelona, 
Espasa y C.° 



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CRISTÓBAL COLÓN 



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pobladas las Indias; pero su intento no era más que concordar 
la primitiva poblacio'n de aquella parte del mundo con la 
narracio'n bíblica, haciendo ver que en el culto idolátrico 
que allí se encontró' establecido, se conservaban recuerdos 
del paraíso a' del diluvio, del arca de Noé y de la torre de 
Babel. 

Apoyándose en tradiciones mucho menos atendibles. 3" 
asentando por base la absoluta falta de noticias de las diez 
tribus cuvo regreso del cautiverio de Salmanasar se ignora, 
pretendieron también los judíos dar por primeros pobladores 
á sus ascendientes, revistiendo la peregrinacio'n de aquéllos 
hasta la Groenlandia y el estrecho de Behering con cuentos 
maravillosos, y buscando analogías que pudieran recordar 
en el lenguaje, en las costumbres, en las ceremonias, algo 
de las costumbres, de las ceremonias v del lenguaje del 
pueblo hebreo ' . 

De tales hipo'tesis ninguna satisface á la inteligencia ni 
cuenta con argumentos so'lidos en c|ue fundamentar sus 
conclusiones. La unión de los continentes ofrece explicacio'n 
mucho más cumplida; en admitiéndola, caen por tierra 
graves dificultades v se da satisfactoriamente razón de las 
analogías que parecen más extrañas. 

Los descubrimientos geológicos más recientes han ve- 
nido á robustecer la opinio'n de los que sostienen la gran 
antigüedad del hombre en el continente colombiano : pero 
al mismo tiempo se va desvaneciendo la idea de que algima 
de aquellas razas, de cuva existencia se conservan noticias 
ciertas, fuesen auto'ctonas, o' puedan conceptuarse como de 
los aborígenes del suelo. Según Virchow, cuyos profundos 
estudios son tan apreciados en el mundo científico, los 
primitivos hombres que poblaron el continente procedían 
del Asia, 3- llegaron por inmigracio'n en época remotísima, 



Esperanza de Israel. — Origen de los americanos , por Menasseh Ben 
¡srael. Amsterdam, 1410. — (1650). Madrid.— Juníiuera, 1881. 



INTRODUCCIÓN 



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que por la falta absoluta de datos puede llamarse pre- 
histórica '. La huella más antigua del hombre en América 
es. en nuestro sentir, la cjue ofrecen las construcciones ho}^ 
denominadas iiioiinds. Los JiiPimds-hilildcrs representan una 
época primitiva, cuya fecha no es posible precisar, mas á 
pesar de ser remotísima, no lo es tanto que en ella pueda 
fundarse la exagerada opinión de autores c[ue llegan al 
extremo de suponer más antiguo al hombre en América Cjuc 
en Asia, ni aventurar que los chinos 3' los caucasianos v 
tártaros pueden ser descendientes de los primitivos aborí- 
genes de la parte norte del continente colombiano. Por el 
contrario, parece inducLablc que la raza caucásica debió' 
llegar á éste por emigracio'n al estrecho paso c[ue separa 
ambas en las cercanías del polo, al paso que en la parte 
meridional pudo importarse fácilmente la civilizacio'n egipcia 
V tener trato frecuente con toda el África . bien fuese por 
unión completa , bien por comunicación entre grandes islas 
que se encontrasen muv cercanas. En tanto por la Atlántidú 
fué posible la llegada al centro de los pelasgos con los cuales 
se encuentra analogía á los apellidados allí moíind-lniildcrs, 
que desaparecieron después empujados por los nahoa v por 
los otomíes: pero cuyas costumbres sencillas y patriarcales 
se conservaron en las islas donde por vez primera sentaron 
el pie los españoles. 

El descubrimiento de Colon estableció' definitivamente 
la relacio'n y comercio entre toda la familia humana; mas el 
estudio no pudo empezar en aquellos momentos en que la 
atencio'n estaba encadenada por la magnitud de los aconteci- 
mientos que tenían lugar al otro lado del Occéano, y el 
interés movía en primer término á aprovechar las conse- 
cuencias buscando riquezas por las nuevas vías abiertas á la 



' Ancicnt America, in notes on American Archcelogy. — By John B. Bal- 
dwin, A. M. — New-York. — Harper and brothers. — 1872. 

Pre-historic races of the United States of America. — By J. ^\'. Forster, 
S. C. D. — Chicago. — Griggs and C.° — 1873. 



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CRISTÓBAL COLÓN 





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actividad, impidiendo que se fijara la atención en teorías 
que no eran de resultado inmediato. 



II 



Cristóbal Colóx fué el primer hombre que fran- 
queando el espacio inmenso de los mares, dio' á conocer á la 
asombrada Europa aquellos países misteriosos señalados por 
los profetas, adivinados por los filo'sofos, uniendo para 
siempre con indisolubles vínculos á toda la humanidad. 
Es la ma3'or figura histo'rica: la personificacio'n del nave- 
gante sabio y valeroso ; y crece su renombre 5' se acrecienta 
su fama, porcjue en todas sus acciones, en sus escritos v en 
sus palabras se encuentran valor, fe, amor ardiente á la 
ciencia, á la naturaleza v á la humanidad, que nunca enti- 
biaron los infortunios, las ingratitudes ni el abandono. 

Presto' un inmenso servicio ensanchando el campo de 
la actividad humana, dilatando la esfera del comercio 3' 
haciendo progresar, á la vez que la masa de conocimientos 
útiles, los límites del mundo de la inteligencia. Extendiendo 
de repente tan nuevos horizontes, abrió' suficientes caminos 
á todo linaje de conquistas... La humanidad ha colocado su 
nombre en la más alta columna del templo de la inmor- 
talidad y hace muv cerca de cuatro siglos que las gene- 
raciones le ensalzan, le aplauden v le aman. Mármoles 5^ 
pinturas, poesías y bronces, la ciencia y el arte, parecen 
insuficientes para repetir sus alabanzas... Imposible sería dar 
noticia completa de todos los monumentos que á su gloria 
se consagran; pero tampoco podemos dejar de consignar en 
este lugar alguno de los principales, como muestra de culto 
que la posteridad rinde á su memoria en todos los pueblos y 
en todas las edades, reconociendo cada vez con mavor con- 
viccio'n la trascendental importancia del descubrimiento. 



l.NTROUUCCIUX 



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No seguiremos, porque sería dificultosa tarea, el orden r 
cronolo'gico. Señalaremos los monumentos según sus condi- 
ciones artísticas los traigan á la memoria, v á manera de 
álbum en que figuren con variedad las diferentes inspira- 
ciones de los maestros en el arte. 

(.iénova. la ciudad que vi(! nacer al inmortal navegante, 
levanto en el afu) i!Sji un monumento á su nombre muv 
digno de llamar la atención, aunque por estar colocado en el 
salo'n donde celebra sus sesiones el Consejo de Senadores casi 
no puede decirse que sea un monumento público. Se cons- 
tru3-o' por acuerdo de ambos consejos de 31 de Julio y ló de 
Agosto de aquel año. para encerrar el inapreciable co'dice 
original que el misino Cristóbal Colóx había enviado desde 
Sevilla en el año 1502 á su amigo Nicolás Oderigo. conte- 
niendo copias de todos los privilegios, cédulas y cartas de 
los Reyes Católicos, que el Almirante conservaba en un 
cofre de hierro custodiado en el monasterio de la Cartuja de 
las Cuevas, con el deseo de que aquel traslado se guardase 
en su patria. 

Perdido el libro durante largo tiempo, y recobrado 
después de muchas vicisitudes, se acordó' encerrarlo en el 
monumento de mármol que dibujo' el arquitecto Carlos 
Barrabbino, y ejecuto' el escultor Peschiera. 

Sobre sencillísimo 20'calo. se levanta una robusta co- 
lumna, truncada á conveniente altura para servir de des- 
canso á la urna que guarda el preciado manuscrito, la cual 
es formada por gruesas tablas de mármol, siendo de bronce 
las puertas de la misma. El busto del héroe termina el 
monumento : es de tamaño natural . pero no se tomo' de 
ninguno de los retratos hasta entonces conocidos . sino de la 
descripcio'n que del rostro del grande hombre hicieron en 
sus escritos su hijo don Hernando y el P. Las Casas, 
cuidando el artista más que del parecido, de hacer una 
valiente cabeza de correctas líneas 3' buen efecto. 

En el centro de la columna, rodeada de corona de 



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XXIV 



CRISTÓBAL COLÓN 



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l'/^i^i-í. vil dorado, que consigna la importancia del munvimento. en 
estos términos : 



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gU-íi. HEIC. SUNT. MEMBRANAS 

epístolas, q. expendito. 

his. patriam. ipse. nempe. suam. 

columbus. aperit 

en. quid. mihi. creditum. thesavrl. siet. 



DECRET. DECURIONUM. GENUENS. 
M. DCCC. XXI. 



Durante mucho tiempo esta sencilla inscripcio'n fué el 
único recuerdo c|ue al inmortal navegante consagrara su 
patria. Pero movido el espíritu público por las crecientes 
discusiones que sobre esta cualidad se promovían, queriendo 
muchos pueblos de Italia disputarle la gloria de tan ilustre 
hijo, determino' la municipalidad construir en la plaza 
nombrada de Acquaverdc, otro monumento de mavor 
importancia, como emblema de su derecho, expuesto públi- 
camente á la consideracio'n de todos los pueblos. Por eso se 
eligió' aquella jjlaza, muv cercana á la estacio'n del camino 
de hierro, lugar de la ma\or concurrencia para italianos y 
extranjeros. 

Se compone de un elevado pedestal de hermosísimo 
mármol blanco, sin más adorno que una gran inscripcio'n, 
declarando el objeto del monumento: 

A CHRISTOPPIORO COLOMBO 
LA PATRIA 



Sobre el pedestal se levanta un segundo cuerpo, ador- 
nado con cuatro grandes estatuas , representando la Religión, 
la Síibiiliiriii, la Fiui\a y ¡a Inteligencia. Ocupan los planos 
otros cuatro relieves, que figuran á Colón ante el consejo de 
Salamanca, el desembarco en el Nuevo Mundo, la entrada 



INTRODUCCIÓN 



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tiiunful rn I5ari-clcina y la prisiiín por Bobadilla. lín ci^tc 
cuerpo descansa el plinto formando columna rostral para 
base de la estatua, que es bella y airosa. Colón se apoya 
sobre un áncora, emblema á un tiempo de su protesion y de 
sus esperanzas, v tiene á sus pies arrodillada una joven india, 
en representación de los países descubiertos por su genio. 



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MONUME.NTO DE GE.NÜVA 



Mucho menos conocido, aunque tan importante como el 
de Genova por los recuerdos c|ue despierta y por el lugar 
en que se ha levantado, es el que se consagro', á corta 
distancia de la ciudad de Salamanca, á perpetuar la memoria 
de las coiifcrcnciits que allí se celebraron, y la mansio'n del 
genovés ilustre en aquellos tranquilos campos, bajo el 
amparo del ilustrado obispo don frav Diego Deza , 3' los 
monjes del convento de San Esteban. 

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Poco míís de una Icyua de aquel célebre emporio de la 
sabiduría, de la Súhnüiitiiui alma mater, en direccio'n á 
poniente, se conserva todavía la yranja llamada de Juilciieho, 
fundaciü'n y propiedad de los frailes de la orden de Santo 
Domingo, donde se hospedo' Colón durante los j^rimeros 
meses del año 1487. Viviendo en aquel retiro, lejos del 
bullicio de la ciudad, tan propio para la meditacio'n y el 
estudio, recibía frecuentes visitas de doctísimos profesores 
de la célebre Universidad y de graves religiosos dominicos, 
y es tradicio'n constante que en una altura pro'xima. en el 
sitio que todavía conserva entre las gentes del país el 




GRANJA DE VAI.CUEEO, CERCA DE SALAMANXA 

nombre ác li'ro de Colón, pasaba el grande hombre largas 
horas entregaáo al estudio de las Sagradas Escrituras y de 
los Santos Padres, y en conferencias con los sabios que con 
frecuencia iljan á visitarle. 

El señor don Mariano de Solís. propietario de la granja 
de Valcuebo en el año iSóó. tuvo el feliz pensamiento de 
levantar un monumento sencillo ([ue recordara á las genera- 
ciones episodio de tan capital interés. 

Sobre ancho basamento de orden do'rico. con cuatro 
frentes resaltados, descansa esbelto plinto en proporciones 
convenientes, sirviendo de apoyo á una elegante ¡pirámide 
que termina en un globo terrácjueo. Rodea el monumento 
una robusta verja de hierro, sostenida sobre cuatro colum- 



INTRODUCCIÓN 



XXVII 



ñas que forman los ángulos, presentando un conjunto de la 
maA'or sencillez }' severidad . muv propio del lugar en que 
se ha colocado. 

Natural era que el Xuevo Mundo no permaneciera 
indiferente ni fuera descuidado en consagrar recuerdos al 
genio que le puso en comunicaciiín con el antiguo y le abrió' 
las puertas para que entrase en el movimiento }' concurso de 
toda la humanidad. }^Iuchas ciudades de América ostentan 




MONL'MENTO DE VALCTEBO 



monumentos á la gloria de Crist(')BAL Colón; }' en la 
imposibilidad de detallarlos, mencionaremos los que se le- 
vantan en las ciudades de la isla de Cuba; en la Habana 
V en Cárdenas, donde lucen en los sitios más preferentes las 
estatuas del descubridor. En Filadelfia se inauguro' á media- 
dos del año 1875 un precioso monumento de mármol en el 
paseo de Fairmount-Park. Méjico también ha tributado 
este honor al ilustre navegante, y en la plaza de la Reforma 
se levanto' uno de los más bellos que hasta hoy se han 
construido con tal objeto. Mide catorce metros de alto, y 








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XXVIII 



CKISrÓliAL COLON 






consta de un zócalo liso, sobre el que descansa el segundo 
cuerpo, en cuyos planos entrantes se han esculpido, en 
relieve en dos de sus caras, escenas del desembarco de Colón 
en las primeras islas descubiertas, y en las otras dos, el 
nombre del i\lmirante y una de sus cartas á la Reina Catu'- 



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lica. Sobre los ángulos salientes de este cuerpo, hay cuatro 
figuras de bronce, de tres metros de altura, que representan 
á Ira^' Juan Pc'rez y fra}^ Bartolomé' de Las Casas, al obispo 
don Diego Dcza y fray Bernardo Boil. Entre estas cuatro 
figuras destaca esbelto pedestal, sobre el (jue hice la estatua 
de Cristóbal Colcin desgarrando el velo que ocultaba la 
m.itad de nuestro globo. 



INTRODUCCIÓN 



XXIX 



Tiene la estatua tres metros setenta centímetros de alto, 
y fué obra del escultor Mr. Charles Cordier. que la modelo' 
en París. 

Extraño era. en verdad, que en la capital de la monar- 
quía no se encontrase recuerdo alguno del inmortal descu- 
bridor de las Indias Occidentales, y en más de una ocasión 





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MONU.MENTO DE M.\L)RID 



habían acusado la falta literatos nacionales y extranieros. 
Al cabo, en el glorioso reinado de don Alfonso XII, de 
que tan gratos, v al propio tiempo tan doloroso recuerdo 
conservará la generacio'n presente, se ha levantado, costeada 
por la nobleza de Castilla, delante de la nueva fábrica de 
Moneda, en la plaza que hov 3'a se nombra de CoLÓx, una 
esbeltísima v hermosa columna de honor, de diez y siete 
metros de alto, sobre la cual destaca majestuosamente la 



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XXX 



CRISTÓBAL COLÓN 









■>'^~1 figura del gran Almirante abrazado á la bandera de Es- 
paña. 

Todo el monumento está ¡írimorosamcnte labrado con 
piedra de Fons, á excepcio'n de la estatua que es mármol 
de Carrara; bastando para su maj-or alabanza decir que es 
obra de Arturo Mélida, y que con justicia la aplauden los 
miles de extranjeros ilustres que diariamente visitan la 
capital de España '. 

« El señor Mélida , con talento de verdadero artista , ha 
sabido hacer gallardo y original monumento de estilo go'tico 
llorido, coronado por la estatua de Cristóbal Colón, una 
de las mejores del escultor Suñol. Representa esta hermosa 
estatua al inmortal navegante con la bandera de Castilla, 
que tiene en la diestra mano, apovada en la regio'n del globo 
que ha descubierto para los reyes de España , }' en actitud 
reposada al par que digna, con la mirada fija en el cielo, da 
gracias al Todopoderoso por haber llevado á feliz término su 
empresa. » 





«Tiene (el monumento) diez y siete metros de altura 
hasta la base de la estatua, la cual, según ya queda indi- 
cado, es de más de tres metros de alto. Adornan los cuatro 
frentes del primer cuerpo de este monumento, en cu\'os 
ángulos V bajo airosos doseletes hay cuatro heraldos, her- 
mosos altos-relieves, labrados en la piedra misma de Fons. 
El del frente del mediodía es alegórico; representa una 
carabela con un globo, y en vez de inscripcio'n , en él se ha 
puesto el lema de las armas del gran Almirante, que 
recuerda su maravilloso descubrimiento. A Cüslillü y á Lcóil, 
nuevo iimiiílo dio (.alón. En el de oriente, la Reina Cato'lica 
ofrece sus jo3'as al navegante insigne para costear los gastos 



' Moiiiimciito d Cristóbal Colón , erigido en Madrid por inieiativa de títu- 
los del reino. — ¡Madrid, Fortanct, 1886. 16 páginas en 4." con seis fotografías 
!S^ del monumento, estatuas y detalles. 



INIRÜDUCCIÜX 



XXXI 



de su viaje á desconocidas regiones. En el de occidente ex- 
pone sus provectos Coli'jx á su constante protector v amigo 
frav Diego Deza. En el del norte, ocupa la parte superior 
la \ irgen del Pilar, cuva fiesta se celebra el u de < Jctubre. 
día del feliz descubrimiento de America: debajo se leen los 
nombres de las tres carabelas. Silutíl Miviú, Niña y Pinta, 
que llevo' Colón en su primer viaje, comenzado el viernes 
3 de Agosto de 14Q.Í . v en la parte inferior se han puesto, 
por oportuna indicación del arquitecto Mélida, los nombres 
de Martín Alonso Pinzo'n . de Vicente Yáñez Pinzo'n . del 
piloto Juan de la Cosa , 3' los de otros ochenta v un compa- 
ñeros de CoLóx en ese viaje, que por dicha se han conser- 
vado. Es esta la vez primera que en un monumento al 
descubridor de América, se honra la memoria de los que le 
acompañaron v asistieron en su arriesgada empresa. En la 
parte baja de este frente ha}- la siguiente inscripcio'n 



en caracteres góticos: 



REIX.^XDO ALFONSO XII 
SE ERIGIÓ ESTE MONUMENTO 
POR INICIATIVA DE TÍTULOS DEL REINO. > 



La ciudad de los condes, el emporio de la industria 
nacional, que es al mismo tiempo una de las poblaciones 
más cultas de España, nunca ha perdido la memoria de 
haber sido la que presencio' el recibimiento hecho á Colón 
por los Rev'es Cato'licos. fasto glorioso que puede ostentar al 
lado de los mejores timbres de su historia. En Barcelona 
presento oficialmente el Almirante la relacio'n 3' las muestras 
de su asombroso descubrimiento: en su recinto corrieron los 
días de su ma3-or felicidad, siendo objeto de la admiracio'n 
v de los aplausos de todo un pueblo lleno de entusiasmo por 
su genio. 

La capital del antiguo Principado ha querido perpe- 
tuar, pues, por medio de un magnífico monumento, el 



XXXII 



CRISTÓBAL COLC^N 



recuerdo de semejante hecho y L-i grandeza del suceso que lo 
motivara, y lo ha llevado á cabo de un modo digno, empla- 
zándolo en uno de los sitios más importantes de la misma, 
es decir, á orillas del mar, cerca del desembarcadero, en el 
punto de interseccio'n del característico cuanto renombrado 
paseo de «la Rambla,» y del que, con el nombre del perso- 
naje á cuya honra se ha erigido, formado de gallardas y 
cimbreantes palmeras, y flanqueado de rientes jardincillos, 
construj'o'se en el área que ocupaba hace pocos años la 
«Muralla de Mar '.» 

Sobre un basamento circular de un metro de altura, 
interrumpido por cuatro escaleras de seis metros de ampli- 
tud, c[ue dan acceso á la plataforma, levántase majestuoso, 
arrogante, atrevido el grandioso monumento, que, en el 
sentido de su elevacio'n, se compone de tres cuerpos, comple- 
tamente distintos. 

Digamos antes de describirlos, que las escaleras de que 
se ha hecho mérito, se hallan flanqueadas por ocho robustos 
leones, cuatro sentados, de pie los restantes, que al par 
decoran y dan carácter al basamento. De desmedrados y 
poco feroces han sido tachados por algunos . acaso porque no 
están sus melenas erizadas, ni es su actitud amenazadora; 
mas de seguro no se ha tenido en cuenta que destinados por 
el artista que proyecto' el monumento á que- sirvieran de 
guardianes del mismo, estuvo por demás acertado el escultor 
que los modelo', comunicándoles la calma que es propia de 
tales fieras, muy distinta del furor que en ellas excitan el 
látigo y las voces del domador. 

El primer cuerpo, que constituye el zo'calo, es una 
circunferencia, cuyo diámetro superior mide diez y siete 
metros. El paramento, que afecta la forma cónica, se subdi- 



' Para la descripción nos valemos de la « Memoria » que con el título de 
Monumento á Cristóbal Colón escribió el autor del proyecto, el arciuiteeto don 
Cayetano Buhigas y Monrabá, impresa en 1882. 



INTRODUCCIÓN 



XXXIll 




MONUMENTO DE BARCELONA 



Cristóbal Colón, t. i. — v *. 



XXXIV 



CRISTÓBAL COLON 






vide en ocho partes, por igual número de escudos de armas, 
surmontados de coronas murales, de los más importantes 
estados españoles, flanqueado por doble número de escudos 
de las provincias de España, dispuestos de modo que semejan 
grandes clavos destinados á romper la continuidad del mol- 
duraje superior. En los espacios d vacíos comprendidos entre 
los mismos, hállanse representados en sendos bajo relieves 
los actos más imj)ortantes de la vida de Colón, relacionados 
con el hecho del descubrimiento del Nuevo Mundo, tales 
como: su llegada á Santa María de la Rábida, acompañado 
de su hijo, pidiendo socorro y hospitalidad: — su conferencia 
con fray Juan Pérez, fray Antonio de Marchena 3^ otros 
padres del convento; — su presentacio'n en la corte de los 
re}" es don Fernando y doña Isabel, en la ciudad de Co'rdoba; 
— las conferencias del convento de San Esteban de Sala- 
manca; — su entrevista con los Re3'es en el real de Santa Fe; 
■ — el embarque en el ¡muerto de Palos; — el descubrimiento 
del Nuevo Mundo, y — su llegada á Barcelona de regreso de 
su viaje. Son estos bajo relieves notabilísimos por la compo- 
sicio'n y ejecucio'n, y por lo mismo que están al alcance del 
que visita el monumento, que puede examinarlos en sus 
detalles más insignificantes, esmeráronse en la obra los 
escultores que los ejecutaron, haciendo de ellos una de las 
partes más acabadas del mismo. 

El cuerpo segundo, que mide diez metros treinta centí- 
metros de elevacio'n, es un polígono de ocho lados, cuatro 
de los cuales se desarrollan en forma de contrafuertes, que 
al par que de principal apo3'o al mismo, sirven de sosten á 
cuatro robustas matronas en las cuales se ven representados 
los antiguos reinos de Leo'n, Castilla, Arago'n 3' Cataluña. 
Son dichas esculturas mu3^ dignas de encomio por su carác- 
ter severo 3" majestuoso, 3^ por la armonía que entre las 
mismas existe, tanto que más bien que hijas de diferentes 
artistas, parecen más bien obra de una sola mano. No 
sucede lo propio con las estatuas d grupos que, en el prome- 



INTRODUCCIÓN 



xxxv 



dio de los contrafuertes, }' adosados á los cuatro lados del 
polígono, — cu3-a seccio'n, en su conjunto, afecta la forma de 
una cruz, símbolo del cristianismo, fuente de inspiracio'n . y 
principal estímulo del gran descubridor. — tienen por objeto 
expresar el triunfo de la civilizacio'n sobre la barbarie, y el 
ap03^o moral v material dispensado por España á CoL(')X. 
Representan dichos grupos al P. Boyl dispensando protec- 
ción á un indio que adora la cruz: al capitán Margarit con 
un caudillo salvaje que humilde reconoce su superioridad: á 
Ferrer de Blanes que traza un derrotero sobre la esfera que 
sostiene en sus manos un paiecillo, }' á Santangel. tesorero 
del rey Fernando, y uno de los más entusiastas y constantes 
protectores del marino genovés. En la ¡jarte superior de los 
contrafuertes, campean sendos grupos constituidos por la 
proa de una carabela entre dos grifos que sostienen el 
escudo de la ciudad de los condes, y son digno remate 
de esta parte del monumento. 

El tercer cuerpo se compone á su vez de tres partes 
distintas: la columna: el remate y la estatua. De orden 
corintio aquélla, álzase sobre robusto y muy bien proporcio- 
nado zo'calo, del cual aparecen desprenderse cuatro genios 
elegantemente modelados , c[ue apo3'ándose en robustos 
hemisferios, pregonan la fama de Colóx á los cuatro 
vientos, y le tienden las coronas de la inmortalidad. En el 
tercio inferior del estriado fuste, un emblema, constituido 
por una áncora }• unas palmas , vése ceñido por un anillo en 
cuyo escudo se lee Barcelon.v .v Colón, y en su parte supe- 
rior, al arranque del capitel, en un elegante collarín, en 
letras de oro. Glori.\ á Colón. En el capitel, obra maestra 
de dibujo y ejecucio'n. que llama justamente la atencio'n por 
su elegancia 3' lo bien hallado de sus proporciones, se distin- 
guen cuatro genios, que representando á Europa, Asia, 
África 3' América, unidas entre sí, al par cobijan el nombre 
inmortal del descubridor del Nuevo Continente. 3^ sostienen 
el remate de la obra en cuya cima se ostenta la estatua de 



XXXVI 



CRISTÓBAL COLON 






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aquel á quien el mundo entero debe eterna gratitud por los 
inmensos bcncticios que de su iniciativa reporto' y reportará 
en la sucesio'n de los siglos. 

Constitu3^e el remate una bellísima corona cjue descansa 
sobre elegante peana, en cuj'o plano campea el escudo nobi- 
liario con C[ue los Revés quisieron galardonar al gran Almi- 
rante, y c|ue formando crestería abraza la esfera represen- 
tativa del mundo, completado, si así cabe decirlo, por el 
descubrimiento, y c[ue sirve de digno pedestal al famoso 
descubridor. 

La estatua de éste, en actitud tranquila, reposada, 
serena, como de c[uien no se sorprende de Cjue los hechos 
hayan venido á confirmar lo c[ue constituía en su alma un 
convencimiento profundo, le representa en ac|ucl sulilime 
momento en cjue señala la tierra prometida á los absortos y 
desconfiados españoles que le acompañaron en atj^ucl su 
portentoso viaje. 

Tal es el magnífico monumento de sesenta metros de 
altura, erigido por la ciudad de Barcelona á la gloria del 
inmortal genovés, á la perfecta realización del cual han 
contribuido, además del arquitecto cjue lo provecto', escul- 
tores catalanes de tanta nombradía como Alentorn. Atché, 
Carbonell , Carcasso', Foxá, Gamot. Llimona. Nobas, Pagés, 
Pastor. Vallmitjana iVbarca , y Vilanova; dilnijantes como 
José Luis Pellicer. á quien son debidos los detalles del 
monumento, é ingenieros tan entendidos como los c[ue dan 
crédito á los talleres de construcción v fundicio'n de la casa 
Wohlguemuth . 

Designada por .S. M. la Reina Regente en nombre de su 
augusto hijo el rey don Alfonso XIII la tarde del día i." de 
Junio de iSS8 para la inaguracion de dicho monumento, 
en ¡presencia de la corte de España, y de mía muchedumlire 
inmensa, que llenal)a por completo todas las calles 3^ espa- 
ciosas avenidas, his azoteas todas desde las cuales se 
distingue tan atri'vichi construcción, descoi-riérouse las 



INTRODUCCIÓN 



XXXVII 



cortinas que ocultaban á las miradas la estatua del Almi- 
rante, V las salvas de artillería del castillo de Montjuich. 
V las de las escuadras nacionales 3' extranjeras surtas en 
el puerto de Barcelona con motivo de la visita de SS. MM. á 
la Exposicio'n Universal realizada en la capital del antiguo 
Principado, saludaron al descubridor del Nuevo ^lundo. 
pregonando una vez más la imperecedera é indiscutible 
gloria de Cristóbal Colóx. 

Xo son estos los únicos monumentos que recuerdan á 
las generaciones el genio 3' la gloria del inmortal genovés. 
según antes hemos dicho, ni una pequeña parte de ellos. 
jDero son los principales por su importancia, ó por los 
lugares en que están levantados; v si bien dignos todos. 3' 
alguno magnífico, como el que acabamos de describir, no 
corresponde ninguno á la grandeza , importancia 3^ trascen- 
dencia del hecho que con ellos se pretende perpetuar. Ese 
deber incumbe indudablemente á España . puesta al frente 3' 
unida á todos los pueblos hispano-americanos, 5^ ninguna 
ocasio'n más j)ropicia para cumplirlo que la pro'xima celebra- 
ción del cuarto centenario del descubrimiento. 

Dos provectos colosales, de gran significación artística 
3' filoso'fica, se han estudiado en poco tiempo por ingenios 
españoles; hijos ambos del ardiente entusiasmo que el 
recuerdo de Colóx despierta en todas las almas nobles, 3' de 
la inspiracio'n de un alto sentimiento del arte. 

Grande 3- proijio el primero, fué ideado por el señor 
don José de Manjarrés hace va muchos años: por las visici- 
tudes de la época no pudo llevarse á ejecucio'n. y desgra- 
ciadamente falleció' el autor sin haber logrado otra satisfac- 
cio'n que el aplauso de muchos doctos, tanto artistas como 
literatos 3^ hombres de ciencia, á su feliz pensamiento. 

Deseaba Manjarrés que su monumento se levantara en 
la barra de Saltes, en la confluencia de los ríos Tinto 3' 
Odiel . en aquel lugar memorable desde donde partieron las 
pobres carabelas que habían de traer á la asombrada Europa 



XXXVIll 



CRISTÓBAL COLÓN 






las primeras muestras de la existencia y riquezas de un 
mundo nuevo. 

Allí había de formarse, de so'lidos sillares, un globo 
colosal sobre el cual se destacaría la gran figura de Criskj- 
BAL Colón en actitud arrogante señalando con la mano 
hacia el mar en direccio'n á Occidente. La sola enunciacio'n 
del pensamiento revela desde luego al artista de corazo'n, y 
de concepciones originales... Dejemos que él propio nos 
describa su obra; o mejor dicho veamos la descripcio'n y los 
datos preciosos cj^ue sobre la misma consigno' su amigo 
don A. Roca, tomando en cuenta las últimas modificaciones 
que hizo en ella el autor ' : 

«Según una excelente fotografía del tamaño de placa 
entera , sacada de la estatua en yeso niodclada por el señor 
Vallmitjana, bajo la direccio'n del señor Manjarrés, foto- 
grafía que tenemos á la vista, el monumento en proyecto 
que se ha de elevar á Cristóbal Colón, medirá, según la 
última reforma que el inventor ha hecho en su primitivo 
pensamiento, de setenta á ochenta metros de altura. 

))La base la constituye una colosal esfera de piedra 
rodeada de un relieve en espiral que lleva grabada una 
le3'enda que dice Plus ultra. Este relieve sirve de rampa jjara 
ascender hasta la cabeza de la estatua. 

))La rampa arranca en la parte posterior de la esfera, 
apoyándose en una meseta de quince metros cuadrados, 
la cual está flanqueada por dos ménsulas que sostienen 
grandes leones de bronce. 

«Empotrados en la esfera á una altura conveniente, y 
correspondiendo al centro de la meseta, se leerá en una 
lápida de mármol, en letras de bronce dorado, la siguiente 
inscripcio'n : 



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' Se insertó en La PubUcidad , diario ilustrado, etc. — Barcelona, martes, 
16 de Enero de 1883. 



INTRODUCCIÓN 



XXXIX 



ESPAÑA 



CRISTÓBAL COLÓN 

EN EL REINADO DE DOÑA ISABEL II 
18... 

«Sobre la esfera se eleva la estatua de bronce del 
inmortal descubridor del Nuevo Mundo. Según la copia 
fotográfica del modelo, Colón ap03-a el envés de los cuatro 
dedos y la yema del pulgar de la mano izquierda, sobre 
un pedestal también de bronce, 3' el brazo y mano derecha 
los tiene extendidos. 

))La cabeza de Colón tiene el rostro vuelto hacia la 
tierra: su actitud es digna hasta la majestad; el escultor 
ha sabido expresar en la frente del ilustre genovés el genio, 
la fe en la idea, la conviccio'n y la constancia para llevar 
á cabo su gigantesca empresa. 

» En la cara anterior del pedestal , sobre el Cjue apo3'a 
una mano la estatua, se ve el escudo de armas de los Re3'es 
Cato'licos; en la lateral los atributos de estos monarcas 3' en 
la posterior esta inscripcio'n : 



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A CASTILLA Y A LEÓN 
NUEVO MUNDO DIO COLÓN 

EN EL REINADO DE DOÑA ISABEL I 
12 DE OCTUBRE DE I492 

«Por Último, la cabeza de la estatua deberá ser acce- 
sible por medio de la rampa que rodea la esfera desde la 
meseta de los leones hasta la cara posterior del pedestal, y 
desde aquí por medio de una escalera cubierta en el interior 
del citado pedestal 3^ del costado izquierdo de la estatua. 

»E1 autor del pro3'ecto ha sabido conciliar dos extremos 
que en cuestiones de esta naturaleza suelen ser inconcilia- 
bles; es decir, el cumplimiento de un deber impuesto por lo 



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XL 



CRISTÓBAL COLÓN 





que exige el enaltecimiento de una gloria nacional , con el 
negocio propiamente dicho. Empero su cálculo y previsio'n 
han ido más allá; han ido hasta buscar los medios de 
asegurar el éxito del j^roj^ecto, escogitando como lugar 
para erigir el monumento un punto de localidad que 
reuniese condiciones todas apetecibles , condiciones que estu- 
viesen en armonía con lo que refiere la historia relativa- 
mente á Cristóbal Colón; con el lucimiento del monu- 
mento ; con la propiedad del lugar que debe ocupar ; con la 
facilidad 3^ relativa economía de su construccio'n , y con la 
seguridad de que el número de viajeros que lo han de visi- 
tar sea tal que asegure el reintegro de las sumas invertidas 
en él, en el tiempo fijado. 

))Este punto es Torre Gorda, en la lengua de tierra que 
une á Cádiz con el continente, en la orilla del mar, en la 
proximidad del estrecho y dentro de ese Occéano Cjuc el 
atrevido marino cruzo' el primero desde Europa ; allí donde 
según la tradicio'n existió' un monumento análogo en 
tiempos de la dominacio'n fenicia; allí, en fin, donde pasa 
rozando con el pedestal de la estatua de Colón un camino 
de hierro que nace en Cádiz y dentro de poco irá á terminar 
en San Petersburgo. 

»E1 punto no podía haber sido elegido con más preci- 
sio'n y habilidad ; la historia , el arte y hasta el negocio pro- 
piamente dicho, así nos lo demuestran. La historia, porque 
las costas de Andalucía reclaman con ma3'or título que otra 
parte alguna ese monumento: el arte porque no existiendo 
en muchas millas á la redonda cerros ni montañas que 
sirvan de fondo á la estatua, la velen por cualquier punto 
(jue se la mire, y la empequeñezcan elevándose por encima 
de ella, el monumento se destacará desde tierra sobre el 
mar, y desde el mar sobre la línea de horizonte de la tierra 
en toda su grandiosa é imponente majestad; y por último, 
el negocio, porque hecho un cálculo prudencial del número 
de viajeros que circulan mensualmente por a(juella línea de 



INTRODUCCIÓN 



XLI 



ferrocarril, v del que anualmente llegan procedentes de Amé- 
rica V de Europa, u se embarcan en Cádiz para esos mismos 
puntos, suponiendo que solo una mitad del total visite el 
monumento, el producto de los billetes de entrada es más 
que sutíciente para reintegrar el número de obligaciones 





i.i_ 1 M LiL D<jN JOit Lie MA.NJAKKli» 



sorteadas en cada año y para atender á todos los gastos 
naturales que pueden originarse. 

«Una suscripcio'n de un real á veinte por persona, sus- 
cripcio'n abierta doquiera hubiera españoles, y no cerrada 
hasta reunir las cantidades presupuestadas, debía ser la base 
financiera de la ejecucio'n del proyecto : los visitantes debían 
satisfacer cierta cantidad para ir reintegrando á los suscrip- 
tores }• para obras de conservacio'n del monumento. El 

Cristóbal Colón, t. i. — vi*. 




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XLII 



CRISTÓBAL COLÓN 





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j)resupuesto lo calculaba el señor Manjarrcs en diez 3' seis 
millones de reales; en cuatro reales el derecho de entrada al 
interior de la estatua. 

«Cincuenta 3^ cuatro mil metros cúbicos de piedra 
calculaba necesarios para la gran esfera ; la estatua de veinte 
metros de altura. 

«Reunió' también numerosos datos sobre estatuas análo- 
gas á la proyectada de Colón; la Virgen María del Puy en 
Francia; la Bavaria en Munich; 3' la de San Carlos Borro- 
meo en Asona, elevada en 1697; altura, cantidad de metal, 
forma de construccio'n de las estatuas y escaleras interiores. 

«El pro3recto Manjarrés es grandioso y sencillo; digno 
del personaje y del objeto: mas su grandiosidad exigía un 
coste, unas sumas excesivas para el escaso entusiasmo 3' la 
flojedad con que se suelen mirar en España obras de esta 
clase.» 

Casi al mismo tiempo que don José Aíanjarrés concebía 
su proyecto, meditaba en el su3'o otro arquitecto ilustre, 
otro esjjañol entusiasta cuyas altas dotes , auncj^ue de muchos 
conocidas, no han sido todavía justamente apreciadas. El 
señor don José Marín Baldo se nos presenta como un cantor 
digno de Cristúü.vl Colón. Elevando su pensamiento á las 
más levantadas concepciones, guiado por el ideal del arte 3^ 
en alas de la más ardiente inspiracio'n, juzgo' «que el poema 
de piedra que en medio de la plaza pública cante en el 
idioma universal de la arquitectura pregonando incesante- 
mente la gloria del célebre marine 1. no puede prescindir de 
cantar á la vez las glorias de la patria que fué su matlre 
adoptiva.» Y tomando como punto de partida esta idea tan 
noble, tan patriótica, consagro' profundas meditaciones 3' 
largas vigilias al trabajo de traducir en eml)lemas arquitec- 
to'nicos todo lo que sentía su alma de artista 3' de es¡)añol. 

El pro3'ecto fué inmenso. 3' tan grandioso, que su 
magnitud misma es sin duda alguna la causa de que á pesar 
de su celebridad 3' de haber sido elogiado y obtenido 



INTRODUCCIÓN 



XUIl 



í^randcs distinciones en exposiciones de ]\Iadrid v Filadeltia 
no se ha va puesto en ejecuciiúi. 

Bien quisiéramos poder trasladar íntegra la Memoria 
descriptiva de la obra cjue por encardo del gobierno escribió' 
el señor Marín Baldo, que es tan distinguido autor en letras 
como en artes. Siendo mucha su e,\tensi(ín hemos de limi- 
tarnos, bien á nuestro pesar, á extractar lo más importante. 
en cuanto sea bastante á dar idea completa de la magnífica 
composicio'n. 

Entiende con gran juicio el arquitecto, entrándose á la 
vez en los dominios del filo'sofo v del poeta, «que el pedestal 
de la gloria de un héroe se ha de levantar amontonando su 
gloria misma, y formando con ella el promontorio, la mole 
sobre que asiente su planta el hombre que fué grande. Si 
ha}' vulgares antecedentes de origen en la vida del hombre 
célebre, no vengan éstos á figurar en el monumento que se 
levante á su memoria. El libro de la historia podrá narrar- 
los, 3' en él es donde habrán de buscarse. El monumento, 
pues, de que nos ocupamos, según esta doctrina, deberá 
comenzar precisamente por donde Colón empieza á ser 
grande y á echar los fundamentos de su gloria ; que lo es 
indudablemente, cuando va pasada su juventud, y después 
de muchos años de piloto gcnovés, en que había vivido sin 
hacerse notar de otro modo que como un hombre aplicado 
}• estudioso, concibió' el pensamiento de que pudiera existir 
una nueva comarca de la tierra desconocida del mundo viejo, 
y que á ella se habría de llegar cruzando la inmensidad 
tenebrosa del vasto mar Occéano, conservando en la navega- 
cio'n rumbo constante al Occidente.» 

«Es, pues, necesario buscar una forma arquitecto'nica 
que traduzca estas ideas, y las represente de modo que. 
conservando su esencia . nos dé la expresio'n más clara que 
sea posible de semejantes conceptos.» 

Difícil es seguir paso á paso al artista en el trabajo 






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XLIV 



CRISTÓBAL COLON 



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para lograr que en las lincas y en la piedra se traduzca 
efectivamente todo cuanto desea expresar. Consta su pro- 
3'ecto de un hdsiiiiiaito gaicrúJ formado ])or un cuadrado 
inmenso de cien metros de lado, encerrando un ;írea de diez 
mil metros superficiales, cuyos muros tienen ocho metros 
de altura, adornado con un gran friso y terminado en airosa 
cornisa. Soln-e la e.vtensa plataforma se levanta el cuerpo 
priniero del monumento, que el autor cree podría denomi- 
narse Cíiiilo primero del pociini que se pretende caiüar en el 
idionni del i:¡riinilo, de los indrnioles y bronees. Por varias esca- 
linatas, y por una rampa quv conduce al cuerpo supci"ior, 
va pasando revista el arquitecto cá las diferentes vicisitudes 
de la azarosa existencia de Criskjbal Colí'in, notando las 
puertas que se le cerraron, los protectores Cjue se le ofrecie- 
ron: todo figurado en símbolos, en emblemas, en represen- 
taciones tan claras, que son ingeniosísima y bella exposicio'n 
de los hechos principales de su vida. 

Por la rampa se alcanza el cuerpo segundo rodeado de 
columnas sabiamente distribuidas v de gran elevación: 
rotonda originalísima. perfectamente estudiada, cuyo inte- 
rior se destina á museo ameneiino, es decir, á contener ejem- 
plares de todas las especies indígenas de los tres reinos de la 
naturaleza que traen su origen del Nuevo Mundo. «(Jcho 
grandes armarios repartidos entre los huecos de puertas }' 
ventanas se hallan destinados á recibir los ejemplares natu- 
rales y más característicos de todos los productos... Asi- 
mismo pueden contener estos armarios toda especie de uten- 
silios, vasos, manufacturas. ídolos, trajes é instrumentos 
diversos usados por los indígenas antes de serles conocida la 
civilizacio'n c[ue recibieron del < )riente.)) 

«Para la colocacio'n de escudos, cascos y armafluras de 
guerra, mazas, Hechas, lanzas v demás armas de comliate, 
se hallan dispuestas diez v seis columnas exentas dos ;í cada 
costado de los armarios antedichos.» 

Ll muro circular exterior de cerramiento del museo se 



XI.VI 



CRISTÓBAL COLÓN 




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eleva hasta la altura de once metros, que con la cornisa 3' 
molduras entrantes crece hasta los trece metros : v allí 
termina la fábrica de piedra , y emjDicza la de bronce , digno 
remate del colosal edificio, complemento de la idea que 
forma la apoteosis de Colón. Sobre las obras de sillería se 
eleva una esfera terrestre de bronce dorado de veintidós 
metros de diámetro, en la que se ve grabada la isla de 
Guanahani en la misma posicio'n en que debieron descubrirla 
las naves españolas en la memorable noche del 12 de Octu- 
bre. En lo más alto, perfectamente colocada, y guardando 
el admirable simbolismo á que todo el monumento resjDonde, 
«la estatua de Colón sobre el puente o' castillo de popa de 
un l)arco monumental, que las ondas del Occéano, represen- 
tadas por ocho náyades ú ondinas, llevan sobre sus hombros 
y sus espaldas hacia el golfo de Méjico. Guirnaldas entrete- 
jidas con algas y plantas submarinas, engalanan este barco 
victorioso que lleva en su proa el escudo de los Re3^es Cato'- 
licos, copiado del que existe en San Juan de los Revés en 
Toledo. Por entre las olas del mar, que se levantan desde la 
superficie del globo terrestre hasta llegar á bañar la quilla 
de la carabela, se ven asomar algunos ánades d gaviotas, 
que recuerdan aquellas que se vieron la tarde anterior al 
descubrimiento de la isla. En la po])a del barco se halla 
escrito su nombre de Sania María , y en derredor del plinto 
o' peana sobre que asienta sus pies la estatua de Colón , ha}- 
una inscripcio'n que dice «12 de Octubre de i4c;2,)) traduc- 
cio'n al idioma vulgar de la escritura de todo el emblema de 
la apoteosis.» 

«La estatua de Colón se presenta con una planta natu- 
ral y majestuosa, propia de la gravedad del personaje que 
representa, y huyendo de toda postura académica o cxaje- 
rada: tiene puesta la mano derecha sobre la caña del timo'n. 
que no se conocía por entonces la rueda que hov la susti- 
tu3'e; y en la otra mano lleva un rollo de jTapcl represen- 
tando sus cartas de marino 3' su derrotero, arrimadas al 



INTRODUCCIÓN 



XLVII 



pecho en señal de la fe y constancia que tuvo en sus planes 
y pro3'ectos, así como del secreto que guardaba respecto de 
la verdadera marcha de su ilota, para sostener el ánimo de 
los que le acompañaban.» 

« La estatua de Cristób.vl Colón tiene por sí sola cinco 
metros cincuenta centímetros de altura , pero con el barco y 
el grupo que lo sostiene forman un conjunto de doce metros 
de elevacio'n, que sumados á la que 3'a tiene la cumbre de la 
esfera, resulta la cabeza de Colón á cincuenta y nueve 
metros sobre la línea de tierra de este pedestal o' monu- 
mento.» 

Tal es , ligerísimamente apuntada , la descripcio'n de 
esta obra de arte. No es fácil formarse de ella cabal idea sin 
trasladar por entero lo que escribió' su autor. Las escul- 
turas , medallones , figuras y emblemas son en número mu}' 
crecido, y todas contribu3'en á ir poniendo en claro el 
^pensamiento capital que se va desarrollando... 

Hasta las extrañas vicisitudes por que ha pasado este 
grandioso proyecto le ¡^restan mayor interés. Hijo del entu- 
siasmo que en el señor Marín Baldo producía la historia de 
Cristób.vl Colón desde el punto en que , niño aún . la leyó' 
por vez primera, empezó' á traducirse en líneas desde que 
supo manejar el lápiz; fué su constante compañero en los 
años consagrados al estudio, y no le abandono' en sus viajes. 
El autor mismo refiere con cuánta timidez hizo muestra de 
sus primeros perfiles al célebre Nicolle. cuya escuela fre- 
cuentaba en París; y la amplitud de miras que se abrió á su 
imaginacio'n ante los consejos de aquel doctísimo artista, 
que con tanta detencio'n había estudiado todas las manifesta- 
ciones del arte antiguo, señaladamente en Asia y en el 
Egipto. 

Ya en el año 18Ó5, á ruegos 3' con la recomendacio'n de 
algunos amigos apasionados de su trabajo, salió' de Murcia, 
donde ocupaba el cargo de arquitecto de la provincia, 3' se 
dirigió' á Madrid para darlo á conocer en esferas de ma3'or 



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XLVIII 



CRISTÓBAL COLÓN 









importancia. Con in.L,a'nua iranqucza rcHcrc Marín Ikiklo la 
favoralile aco.L^ida que obtuvo del señor don Lorenzo Arra- 
zola y del infante don Sebastián, tan entendido en todo lo 
referente á bellas artes, v su presentaeio'n á S. M. la reina 
doña Isabel II : así como el asombro que á todos causaba el 
gasto de cien millones de reales que se presupuestaba como 
necesario para la construcción. 

Sin embargo, en el corazón de aquella augusta señora 
encontraban acogida todos los grandes ideales. No era posi- 
ble decidir por entonces la ejecución de tan costoso pro- 
yecto; pero sí lo era procurar que pudiera ser conocido, y 
de su bolsillo particular quiso que se construyera un modelo 
liajo la dircccio'n del ilustre arquitecto. Y se construyo efec- 
tivamente; y el precioso grupo en que termina el monu- 
mento se fundió' en París por la célebre casa Cristophle y 
fué cincelado v concluido por el escultor Caille. «El grupo 
tenía de altura cuarenta centímetros, que era lo que corres- 
pondía en la escala del modelo viniendo á costar con todo 

gasto más de seis mil pesetas.» Terminada la obra, fué 
llevada de orden de S. AI. á la Exposicio'n de Bellas Artes 
que debía inaugurarse en aquel mismo mes de ( )ctubre 
de iS66 en el palacio de Indo. 

Allí ñguró. en efecto, siendo la admiracicín de cuantos 
artistas tuvieron ocasio'n de examinarlo, y del numeroso 
público: pero la envidia comenzó' su trabajo para reliajar el 
mérito de aquella obra que muy pocos huliieran ])odido 
imaginar, }' muchos no podían comprender. Don José Marín 
Baldo, tímido como todo hombre de verdadero mérito: poco 
avezado á intrigas, crej'éndose víctima de cabalas odiosas, 
que tal vez nunca existieron, pero que aun así se presentaban 
.í su ardiente fantasía en proporciones aumt'ntadas con los 
efectos de linterna mágica, oticiu al presidente del jurado ma- 
nilestándole cpie como su modelo había sido hecho por orden 
de S. M. la Reina. (|ue era su propietaria, nn se presentalla 
para o^itar á j)rcmio alguno ^• por !o Ululo no ilchíil ser soiiic- 



INTRODUCCIÓN 



XLIX 



lido i't JUICIO, V dado este paso salió' de Madrid y regreso' á 
Murcia sin quererse ocupar de aquel pro3'ecto, que juzgaba 
desgraciado. 

Pero lo que ocurrió' después es todavía más extraño. 
Casi no jDuede creerse, que terminada la Exposicio'n nadie se 
cuidara de aquella obra de arte, á pesar del tarjeto'n que 
decía : Pertenece á SS. MM., y que pasado algún tiempo se 
hiciera pedazos 3^ se perdiera enti'e los restos de cajones, 
jirones de lienzo 3' otros residuos despreciables, desapare- 
ciendo, sin saberse co'mo, hasta el precioso grupo cincelado, 
que según dijimos había costado en París más de veinti- 
cuatro mil reales. — Yo he visto muchos años después dos de 
las cuatro columnas rostrales que sirvieron de adorno á la 
plataforma del basamento general... están destrozadas en 
parte, mas son bellísimas 3' tal vez lo único que se salvo' 
de aquel acto tan incomprensible como incalificable. Nunca 
el gusano de la envidia ha roído más á su sabor la obra del 
genio. 

Pero los grandes pensamientos no mueren , v si pruebas 
fueran necesarias para demostrar que lo es el de don José 
Marín Baldo, las tendríamos en sus repetidas resurrec- 
ciones. 

Anunciada la Exposicio'n universal de Filadelfia, hubo 
algunos ilustres españoles que recordaron el hermosísimo 
pro3'ecto de monumento á Cristc'jB.vl Colón, c¡ue habían 
visto diez años hacía en el palacio de Indo, 3^ desearon c[ue 
España lo presentase en América como testimonio de su 
antigua grandeza, para que levantara allí la voz recordando 
á los americanos -de do'nde les viene el origen de su civili- 
zacio'n. 

Entonces se llamo' al autor; entonces se investigo' el 
triste fin del antiguo modelo, 3' se formaron cinco grandes 
planos acompañados de una Memoria costeada por el Minis- 
terio de Fomento, que figuraron dignamente en aquel con- 

Cristóbal Colón, t. i. — vii* 








CRISTÓBAL COLON 










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curso famoso de la industria 3^ de las artes en todas las 
naciones. 

Grandes alabanzas obtuvo el proj'ecto del monumento, 
y mucha gloria recogió' el autor, además de medalla y 
diploma...; pero no paso' de aquí el resultado, y desde el 
año 1876 no parece sino que nadie se ha vuelto á acordar de 
tan magnífico pensamiento. Sin embargo no es así. 

Dentro de cuatro años ha de celebrar la humanidad 
"^l entera, y señaladamente España y las naciones todas de 
-,,^{5 América, el cuarto centenario del descubrimiento. Ilav 
noble emulacio'n, sublime competencia por hacer en esa 
fecha, sobre todas memorable, una manifestaciu'n de entu- 
siasmo y gratitud al genio genovcs digna del siglo xix, y 
c|ue se perpetúe en la memoria de los venideros. El primer 
hombre de Estado de nuestros tiempos, el ilustre pensador, 
el orador parlamentario, gloria de nuestra tribuna á quien 
dedicamos este libro, es al mismo tiempo artista de corazo'n, 
y de sus labios escuchamos las alabanzas del proyecto de 
don José Marín Baldo. Conoce el señor don Antonio Cáno- 
vas del Castillo ese grandioso monumento 3' no le olvidará 
ciertamente al tratar del famoso centenario. Lo conoce 3^ lo 
admira el general mejicano don Vicente Riva Palacio, minis- 
tro plenipotenciario de los Estados Unidos de Méjico en 
España, y una de las mayores ilustraciones de aquella 
República; y muy en breve le conocerán todos los represen- 
tantes de las naciones hispano-americanas. De los esfuerzos de 
todos no puede menos que brotar una elevadísima concepción, 
un pensamiento noble..., y tal vez ninguno puede superar al 
de llevar á vías de ejccucio'n el pro3'ecto del señor Marín Baldo. 
Pero de la celebracio'n del centenario, como objeto 
preferente de este estudio, hemos de hablar más adelante, 
con la detcncio'n que su importancia requiere, y allí tendrán 
oportuno lugar varias consideraciones sobre todos los pro- 
3a'ctos presentados en España 3^ en otros j^íiíses de Europa y 
de América. 



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LXTRÜUUCCION 



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Por eso abrigamos la confianza de verlo alzarse en la 
futura P!íi:;a de America, en la corte de España, para gloria 
de nuestra patria v justo tril)uto al gran nombre de Cristó- 
bal Colón. 



III 



Si muchos 3' notables son los monumentos levantados á 
la gloria de Cristób.vl Colón, no han sido menos ilustres 
los escritores que se han consagrado á enaltecer y conservar 
su memoria. Los monumentos literarios son tantos y aun 
más que los de piedra . y tal vez están destinados á ser más 
duraderos que los bronces, según la feliz expresio'n de 
Horacio. Por tal motivo, 3' porque interesa siempre conocer 
las fuentes histo'ricas y apreciar en su justo valor á los 
historiadores, pues en todo caso es necesario separar el oro 
de la escoria, vamos á consagrar algún estudio á este punto, 
comenzando por los documentos que se conservan en archi- 
vos y colecciones oficiales, estudiando los autores contem- 
poráneos de los sucesos, y descendiendo luego á la apre- 
ciacio'n de los que de ellos se han valido para formar 
narraciones más o' menos extensas, más o' menos profundas 
3^ meditadas. 

Escritos de Cristóbal Colón. Y lo primero 3^ más auténtico 
que debe tenerse en consideracio'n son los escritos del Almi- 
rante, 5' los documentos públicos 3' privados que con res- 
pecto á sus cargos, honores y hechos notables se guardan en 
los archivos del Estado x en los de la familia. 

Verdaderamente Colón escribía con gran facilidad, 3' 
son muchos los auto'grafos sua'os que se conservan, así como 
muchas de sus obras han llegado á nosotros en copias de 
innegable valor. Su actividad epistolar quedo' en proverbio, 
como dice Mr. Harrisse, tanto que don Francesilla de Zúhiga 



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CRISTÓBAL COLÓN 






decía en una de sus epístolas al marqués de Pescara: 
«A Gutiérrez, vuestro solicitador, ruej^o á Dios que nunca 
le falte papel, porque escribe más que Tolomco, y que 
Culón el que hallo' las Indias. » 

Además de las cartas á los Reyes y algunas á su hijo 
y á particulares , c[ue todas son de un interés capital , se 
conserva el extracto hecho jDor fray Bartolomé de Las Casas 
del Diario de Navegación, que poseyó' original, y en el que 
ha conservado la lutroiliiccióii y muchos párrafos importantes 
al pie de la letra; la relación completa del tercer viaje y las 
instrucciones que dejo' á su hijo clon Diego antes de empren- 
derlo, y el notable libro llamado de las Pl'ofcciiis, en que se 
encuentra auto'grafa la carta á los Re3fes de que después 
daremos traslado. 

Todos estos escritos de Colón han sido impresos, en 
número de sesenta y cinco, á excepcio'n del Libro de Projccias, 
del que solamente se- han publicado extractos por don 
Martín Fernández Navarrete 3^ don Bartolomé José Gallardo. 

Cincuenta años después del fallecimiento del Almirante 
todavía se guardaba con religiosa veneracio'n en la familia, 
un libro que había escrito del descubrimiento, donde se coiila- 
baii cosas iiiiiv notables c dinas de ser sabidas, y se pidió' y 
oljtuvo permiso para la impresio'n '. A nuestro entender este 
era acjuel libro que Cristób.\l Colón deseaba enviar al papa 
Alejandro VI, cuando le decía: «Gozara mi ánima y descan- 
sara si agora en ñn pudiera venir á V. Santidad con mi 
escriptura, la qual tengo para ello, que es en la forma de 
los comentarios é uso de César, en que he proseguido desde 
el primero dia fasta agora, que se atravesó' á que j'o haya 
de hacer en nombre de la Samma. Trinidad viaje nuevo.» 

VA precioso manuscrito no llego á imprimirse, }' nunca 
se llorará bastante su pérdida, si es que alguna feliz casua- 
lidad no le hace salir un día de la oscuridad en que desde el 



< Véase en los Apéndices á la IntrodiiCíión (B). 



INTRODUCCIÓN 



LlII 



año 1554 se encuentra envuelto: porque los escritos de 
CoLi'ix son la verdadera piedra angular de su importan- 
tísima historia, y nunca ¡uicde prescindirse de su contexto, 
ni darle violentas interpretaciones; por más que sea preciso, 
lícito }• aun laudable el procurar concordarlos con otros 
datos auténticos 3' dignos de crédito. Pero cuando entrr 
unos y otros existan diferencias tales que no sea posible 
ponerlos de acuerdo, debe el historiador preferir siempre sin 
vacilaciones lo dicho por el Almirante, que es. á no dudar, 
el mejor guía para conocer los hechos de su vida. 

Y no sin causa consignamos esta previa advertencia. 
Bulle actualmente en el terreno de las ciencias una tendencia 
al escepticismo, una especie de desconfiada imparcialidad, 
que mueve á distinguidos autores á dudar de lo que esta 
claramente averiguado por el testimonio más fidedigno, 
ocupándose en acumular indicios, sospechas, leves vislum- 
bres para no presentar como pruebas plenas los datos más 
conclu3'entes. Resultado funesto de tal inconsiderada descon- 
fianza, es que vuelvan á ponerse en discusio'n hechos por 
demás comprobados, y no pueda asentarse en firme la 
planta sobre ningún punto de la historia. 

Citaremos un solo ejemplo. El más laborioso de los 
modernos colombistas, el señor E. Harrisse, llevado de esa 
tendencia escéptica, asienta terminantemente en su más 
importante obra Cristóbal Colón ', que hay iimuiimidad en los 
historiadores cu decir que fué í:;enovés. Conoce mu}- bien el 
docto abogado del foro de Nueva York la cláusula de la 
institucio'n del mavorazgo, en que el Almirante dijo que de 
Genova salió y en ella nació; v la otra cláusula del testamento 
de don Fernando Colo'n en que expreso' que era hijO de 
don Cristoval Colon, ginovcs, primero Almirante que descubrió 





■ ■>. Jí^íü -S.— 



' Christophe Colomb , son origine , sa vie , ses voyages , sa fainille et s., 
descendants, d'apñs des documents inédits tires des archives de Genes , de Saíviii 
de St'vüle, et de Madrid. — Paris, Ernest I.erou.v, 1884, dos tomos en 4.° 




LIV 



CRISTÓBAL COLON 



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las Indias, y á pesar de todo, estas designaciones no disipan 
sus dudas. Juzga posible que Colón naciera en alguna de 
las aldeas más pro'ximas á la ciudad, y se tija tal vez en 
Quinto o' en Terrarrubra, porque ese patronímico usaron 
en su juventud los dos hermanos Cristóbal y Bartolomé; 
como si todos los indicios imaginables pudieran destruir la 
fuerza de lo manifestado por aquél en sus documentos. 

Los escritos de Colón son para nosotros objeto de reli- 
giosa veneracio'n, y á ellos acudimos como á las primeras }' 
más puras fuentes de la verdad histo'rica para los hechos de 
su vida. 

/:'/ Cóilicc Coloiiiho americano. El Archivo de Indias. 
L¡ Archivo de ¡a Casa de Veragua. Poseía Cristóbal Colón 
en traslados auténticos y autorizados debidamente, todos los 
documentos relativos á las gracias , privilegios , donaciones y 
títulos que había obtenido; que, según parece, los iba depo- 
sitando en manos de su constante amigo, fray Gaspar Gorri- 
cio, monje de la Cartuja de Sevilla. Poco tiempo antes de 
emprender su cuarto y último viaje, hizo el Almirante se 
sacase por ante notario y previa licencia de los alcaldes 
de Sevilla, Esteban de la Roca y Cristo'bal Ruiz Montero, 
cojjia legalizada de todos aquellos documentos, y encerrán- 
dolos en una bolsa de cordobán con cerradura de plata, la 
entrego á su compatriota Micer Francisco Rivarola para que 
la llevase al embajador de la República de Genova en la 
corte de España. Otra copia hecha en los mismos días 
conservo' en su poder el Almirante, y antes de su salida de 
Cádiz la entrego' á Francisco Cataneo para que la llevase 
como la anterior al embajador Oderigo, previniendo así 
cualquier contingencia. 

En la familia de éste se conservaron por mucho más de 
im siglo aquellas dos copias, como depo'sito precioso, hasta 
(jue en el año 1670 fueron dadas á la República por Micer 



Lorenzo Oderigo, descendiente de Nicolás. 



INTRODUCCIÓN 



i.v 



No se sabe de que manera salieron ambos co'dices de los 
archivos de Estado de la Señoría, en los primeros años del 
siglo presente, pero es lo cierto que la copia más completa 
fué comprada por orden del rev del Piamonte en el 
año iSi6 en la venta de objetos del conde Cambiasso, }' 
regalada por aquel monarca a^ municipio de Genova; }' la 
otra copia se encuentra, según noticia de Mr. Ilarrisse. en 
el archivo del Ministerio de Estado en París. 

El ejemplar que se conserva en Genova fué dado á la 
imprenta en el año iS¿3. con una hermosa introduccio'n 
escrita por el P. Juan B. Spotorno ', bajo el título de Códice 
(¡iploniíitico colonibo aiiicricíiiio. Consta de cuarenta 3' cuatro 
documentos impresos en español v en italiano v lleva dos 
facsímiles autografiados. 

Este libro es de lo más importante, porque además de 
contener copias autorizadas de los documentos originales, 



' No se nos alcanza el objeto que se propone el señor Harrisse, al decir 
cada vez que menciona el original de tan precioso códice, que .íc consen-a en hi 
casa Ayuntamiento de Genova al lado del violín de Paganini. Parécenos, sin 
embargo, que alguna intención profunda deben tener oculta esas palabras, 
cuando ya en cuatro de sus obras las ha repetido. Véanlas nuestros lectores. 

En el libro titulado Don Fernando Colombo, historiador de su padre, que se 
imprimió en Sevilla en el año 187 1, decía (pág. 200): «Todavía hoy se le 
manifiesta á los e,\tranjeros (se refiere al Códice Diplomático) en el Ayunta- 
miento, donde está cuidadosamente consaTado en compañía del violín de Paga 
niiii. » 

Publicó después la misma obra en París, con notables ampliaciones, en el 
año siguiente de 1872, bajo el título de Fernand Colomb, sa vie, ses ceuvres; 
pero no descuidó de poner en nota á la pág. 102, y refiriéndose al mismo 
Códice: «Cest le volume relié en velours violet, qui se trouve encor dans la 
custodia de la municipalité de Genes, cote h cote arce le violón de Paganini.» 

A la pág. XX de la Introducción al tomo de Additions á la Bihliotheca 
Americana Vetustissima, que se estampó en Leipzig, en el mismo año de 1872, 
escribe: «La carta remitiendo el donativo, y el Libro de traslados de cartas y 
otro de mis privilegios en una barjata de cordovan colorado con su serrada de 
plata, mencionado por el Almirante en su carta de 28 de Diciembre de 1504, 
están ahora guardados (menos la cerradura de plata) en una custodia en la casa 
Ayuntamiento de Oénova, aunque con el violín de Paganini. (Together with the 
Paganini's fiddle). > 

V en su última obra Christophe Colomb, son origine, sa vie, ses voyages, etc , 
publicada en 1884, todavía repite (tomo I, pág. 20) que el precioso manuscrito 
se conserva en Genova en una custodia con el violín de Paganini; por lo cual 
creemos que aún conserva interés la noticia. 







LVI 



CRISTÓBAL COLÓN 



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tiene unida al fin la interesantísima carta que el Almirante 
dirigió al ama del príncipe don Juan, doña Juana de la 
Torre, en el año 1500, al volver á España aherrojado por 
orden del odioso Bobadilla. 

Tesoro inagotable, á pesar de lo mucho que se ha estu- 
diado, es el Archivo de Indias, establecido en la casa Lonja 
de la ciudad de Sevilla. Reuniéronse allí por orden expresa 
del rey don Carlos III todos los documentos relativos al 
descubrimiento, conquista y colonizacio'n del Nuevo Mundu. 
El archivo de Simancas entrego' todo lo c[ue de antiguo se 
había ido depositando en aquel gran centro, y de las oficinas 
de los ministerios de Guerra, Marina y Justicia se enviaron 
todos los papeles de las antiguas Audiencias que todavía 
funcionaban en los A'irreinatos de Méjico v del Perú. Inves- 
tigando sus infinitos documentos formaron sus colecciones 
don Juan B. Muñoz, don Martín Fernández Xavarrete, don 
José Vargas Ponce y todavía hace muy poco tiempo, en el 
año 1882, los legajos enviados por orden del gobierno al 
Congreso de americanistas dieron ocasio'n á un notable 
estudio del capitán de navio don Cesáreo Fernández Duro, 
llamando la atencio'n de todos los sabios de Europa. 

De esc rico dcpo'sito proceden muchos de los documen- 
tos de la familia 3^ descendencia de Cristóbal Colón publi- 
cados por el señor Harrisse en su citado libro, cu3'as copias 
le remitimos: 3^ de él continúa saliendo, autorizada en 
debida forma, la Colección de dociniieiitos inéditos, que empezó' 
á publicar don Luis Torres de Mendoza, constando 3'a de 
cuarenta y dos tomos, y aunque no todo lo que en ella se ha 
insertado está escogido con igual tino, el gran número de 
tlucumentos dados á luz, es demostracio'n evidente de lo 
mucho que el Archivo de Indias atesora '. 



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' A la muerte del señor d(in Luis Torres de ¡Mendoza, la Real Academia 
de la Historia se hizo cargo de proseguir la obra, de la cual ha ])ublicado ya 
cuatro volúmenes, formando una segunda serie. 



INTRODUCCIÓN 



i.vn 



E\ EL ARCHIVO hk la casa he X'eracta. que sucede en 
su apellido V en sus i^lorias al Almirante, se conservan s^ran 
parte de los documentos originales que estuvieron en la 
Cartuja de las Cuevas, y cuyas copias envió' el mismo 
CoLi ix á Genova: y además otros muchos referentes á la 
familia, todos del maj'or intere's. Entre muchos se guarda 
allí el extracto del Diario de Navcgacióii que hizo fra}' 
Bartolomé de Las Casas sobre el original del Almirante; 
cartas originales de éste y gran copia de documentos que 
constituven acjuella dependencia en mina tan inagotalale. 
como lo es el Archivo de Iiidiiis, aunque en éste abraza 
mucha mayor amplitud por las condiciones de su instituto. 
Kn la importantísima Colección de los viiljes v deseuhriiiiieiiloi 
que hicierou por unir los esptiiioles desde jines del siglo xv 
incluvo don Martín Fernández Navarrete unos ochenta 
documentos de los existentes en el archivo de la Casa de 
\ eragua. 



Don Hernando Colí'in. — Entre los historiadores de la 
yida de Cristóbal Coli')N. que merecen el dictado de cronis- 
tas, figura en primer lugar su hijo natural don Hernando, 
nacido en Córdoba el 15 de Agosto del año 14SS. y que, 
dando muestras desde sus más tiernos años de un talento 
grave y privilegiado, acompaño' á su padre en su cuarto y 
último viaje, desde 1502 á 1504. cuando apenas contaba 
diez 3^ seis años de edad. El libro de don Hernando ha 
tenido siempre grandísima importancia desde su aparicio'n, 
3^ gozado alto aprecio entre los escritores c[ue se han ocupado 
del descubrimiento de las llamadas Indias Occidentales, 
calificándolo Washington Irving de piedra angular de la 
historia del Nuevo Mundo. Pero desde el año 1871. con 
motivo de la impugnacio'n de que fué objeto, ha sido ma3^or 
aún su celebridad, ocupándose en su análisis los más doctos 
colombistas de ambos continentes. 

En aquel año recorría las ¡Drincipales ciudades de 

Cristóbal Colón, t. i. — viii* 



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LVIII 



CRISTÓBAL COLÓN 




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España. Italia y Francia el abogado de Nueva Vork 
Mr. Ilenr}' Ilarrisse, conocido ya v estimado en el mundo 
científico por sus obras Notes oii Coliiinhus ', y Bibliolhccü 

Después de haber visitado los 
y bibliotecas de Europa, llego á Sevilla. 



11111'^'%' AiucricaiHi vctiistiss'nuú ~. 
'^'\Wfí^'''i' -, . principales archivos y bit 



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, -¡44 V estudiando en el archivo de Indias y Biblioteca Colombina 
se decidió' á dar forma y exponer al público un pensamiento 
que, según parece, le había asaltado ^^a muchas veces, 
consagrando un libro al examen de la autenticidad de la 
obra de don Hernando j. La inclu3'o' en su coleccio'n la 
Sociedad de biblio'filos andaluces, y desde aquel momento 
casi no ha pasado año en que no aparezca alguna obra favo- 
reciendo o impugnando la opinio'n del señor Harrisse. 

A la verdad, las contradicciones c¿ue se notan en ciertos 
pasajes del libro de don Hernando Colo'n, algunas añrma- 
ciones que no están bien ajustadas á la verdad histórica, y 
ciertos hechos que no es posible admitir como verdaderos 
inducen á pensar mal del libro; pero teniendo en cuenta que 
no poseemos el original castellano, sino una versio'n hecha 
por Alfonso de Ulloa, en la c[ue es posible, y aun probable, 
que por precipitacio'n , por entender mal algunos conceptos, 
por negligencia y hasta por malicia se deslizaran errores, 
pierden mucho de su fuerza los argumentos que se formulan 
contra su autenticidad. 

Porque sea más o' menos exacta la historia de la adqui- 
sicio'n del manuscrito castellano que se relata en la dedica- 
toria de Ulloa, es lo cierto que aquel original se ha perdido 
y solamente se conserva la traduccio'n italiana. I'ublico'se 
ésta en Venecia , en casa de A. Sanesse. en 1571, es decir, 
más de treinta años después de la muerte de don Hernando, 




' New-\'()rk, 1866, en folio. 

" New-Vork, 1866, f^rand., in 8.°.— Geo P. Philes. 

' Do/1 ] ''finando Colón , historiador de su padre: ]>or el autor de la Biblio- 
teca Amerieana l'eti/stissiina. — Sevilla, Tarascó, 187 i, in 4.° 



INTRODUCCIÓN 



LIX 



bajo el título de: Historie del Si^^aor Don Irnnvido Coloiiiho. 
W'ilc qiuíli s' hü ptirlicohirc c -vcrü rtlalioiic ilcllü rila c de i falti 
dcll Ammira^lio D. Chrisiophoro Coloiidn^ sao padre '. 

V ciertamente se encuentran en la obra las mejores 
noticias do la vida del gran navegante, t^ue justifican el 
crédito de que ha gozado siempre. En defensa de su texto 
V en demostracio'n de que su autor lo fué en efecto don 
Fernando Colon, salió' inmediatamente Mr. d'Avezac ^, con 
gran erudición v copia de argumentos; si bien es necesario 
reconocer que su refutacio'n de lo expuesto por Mr. Harrissc 
fué mucho más débil 3- menos conclu3'ente en cuanto á los 
errores que se notaron en la narracio'n de los hechos, que en 
la parte relativa al autor. 

Al año siguiente reprodujo el señor Harrisse su obra en 
París , considerablemente añadida 3^ algo variada en ciertos 
conceptos, bajo el título de Fcrnand Colomh, sa vic, scs 
LruvrL's 3. dando lugar á nuevos estudios en los que don 
Antonio M." Fabié, don M. Jiménez Espada v don Cesáreo 
Fernández Duro hicieron demostracio'n más concluycnte de 
c^ue el libro cj;ue sirvió de original á l'lloa para su traduc- 
cio'n, había sido escrito por clon Hernando. ¡Dorque como tal 
lo cita repetidas veces en su texto castellano, v sin duda ni 
vacilación alguna el P. Las Casas en su Historia de las 
Indias. 

¿Como no ceder ante este decisivo argumento? ¿Co'mo 
era posible seguir sosteniendo con argumentos negativos que 
don Fernando Colo'n no había trazado una reseña de la vida 
3' los hechos de su ilustre padre, ante esa positiva afir- 
macio'n? 



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' Este título puede traducirse : Apuntes del señor don Fernando Colón. En 
los que se contiene particular y verdadera narrador, de la vida y los he dios del 
Almirante don Cristóbal Colón , su padre. 

' Année veritable de la naisanee de Cliiistophe Colomho. — París, 1873. — 
Le Livre de Ferdinand Coloinb. — Revue critique, &. — París, E. Martinet, 1873. 

' Paris, librairie de Tross, 1872. 



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LX 



CRISTÓBAL COLON 




Con innegable j)rolijidacl y ci-udicion especial copiosí- 
sima y discreta el señor Pro'spero Peragallo combatió' los 
últimos trabajos de Mr. Henry Harrisse '. 3' como resultado 
final de tan instructiva j)olémica podremos dejar establecido 
que la Hisloritl de Cnslóbül Colón escrita por su hijo, es uno 
de los monumentos más importantes para escribir la del 
descubrimiento, por más que deba estudiarse con gran 
detcncio'n, como lo han hecho los doctos colombistas que se 
han citado y otros muchos, pues por diferentes causas 
fáciles de comprender, hay en aque'lla muchos asertos que 
no están debidamente comprobados , y en otros son notorios 
el error y la inexactitud: no sabiendo si tales faltas deben 
ponerse á cargo del primitivo autor o' del traductor de la 
obra. 




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Fray B.yrtolomí; de Las Casas, por las especiales 
condiciones en C[ue se encontró' con la familia de Colón, 
por su carácter, y por haber vivido largos años en la isla 
Española, entre muchos de los colonos que acompañaron al 
Almirante en su primer viaje, ha sido siempre objeto de la 



' Para no multiplicar citas y notas, recopilaremos en ésta lo más impor- 
tante de lo mucho que se ha escrito sobre la autenticidad del libro de don 
Fernando Colón, para guía del curioso que tenga deseo de conocerlo. 

L'authenticité des « Historie » atribiu'es a Fcniand Colomb, par l'auteur de 
la B. A. V.— París, 1873, 8.°. 

Les Historie , livre apceriphe , par Mr. Henr)' Harrisse. — l'arís, 1875, S-"- 

Hauteiiticita delle historia di Fernando Co!oinl>o , é le critiche del signor 
Knrico Harrisse con ampli frammenti del testo spagnuolo di don Fernando, per 
Prospero Peragallo. — Ciénova, 1884, in 4.". 

Reconferma deiratitenticitii delle Historie di Fernando Colombo. — Risjjosta 
alie osservazioni delP Vff. T'rof. Dott. Pietro Arata, per Prospero Peragallo. — 
Oénova, 1885, in f,". 

Colón y Pinzón , por don Cesáreo Fernández Duro, ca])itán cíe na\ío. — 
Madrid, 1883, in f." 

. Congreso internacional de aineriea/ustas. Actas de la c tunta reunión. — 
Madrid, 1883, in f." 

L'orig/ne de Cliristophe Colond'. — Demonslratioii critique et documentaire, 
par Sejus. — París, 1885, in 8." 

Origine, patria ( gioventú di Cristo/oro Colombo. — Studii critici e docu- 
mentan, per Celsus.— Lisboa, 1886, in 8." 



INTRODUCCIÓN 



LXI 



mayor vcnoraciun para todos los historiadores de Indias. 
Conoció' V trato' al inmortal genovcs, al que su padre 
Francisco de Las Casas acompañó en el segundo viaje; fué 
amigo del segundo Almirante don Diego Colo'n y de su 
hermano don Fernando, y posej-o' los documentos y cartas 
originales de todos ellos, y casi seguramente los Apiiwics 




FRAV BARTOLOMÉ DE LAS CASAS 



para ¡a historia de Colón, escritos por su hijo, de que antes 
nos hemos ocupado. 

Con tales elementos y los estímulos de su propia expe- 
riencia emprendió' desde muy joven la grave tarca de 
escribir la historia del descubrimiento. Hasta el año 1557 
no dio' tc'rmino á los tres libros ó partes de que ho}' se 
compone, aunc[ue el autor tuvo intencio'n de que constara de 
seis : pero para nosotros es cosa fuera de duda . que en años 







I.XII 



CRISTÓBAL COLÓN 





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mu}' juveniles empezó á reunir materiales, quizá por mera 
curiosidad, y no tardo' mucho tiempo en dar principio á un 
trabajo m.ás detenido, poniéndolos en orden para formar la 
historia. Poco más de veinte años contaba fray Bartolomé 
en el de 1493. cuando su padre se embarco en Sevilla para 
el Nuevo Mundo; y á este tiempo retraemos el pensamiento, 
pues él mismo dice: vhit ¡michos aJios que coiJiciicc ü cscnhir 
esta historia, pero por mis graneles peregrinaciones y ocupaciones 
no la be poiliilo acabar '.» Natural era, que sucesos de tanta 
maí^nitud hiriesen vivamente la ardiente imatiinacio'n de 
Las Casas, y encontrándose en aquellos momentos entrcí^ado 
á sus estudios, aprovecho' la ocasión de íormar su padre 
parte de la expedicio'n, para empezar á buscar datos y ante- 
cedentes del primer viaje, que á no dudar fueron base de 
sus futuros trabajos histo'ricos. 

Muchos documentos aprovecho' el P. Las Casas en su 
obra, que la hacen inapreciable y son fundamento del gran 
crédito de c[ue goza. De los que en ella inserta como proce- 
dentes de Colón y escritos de su mano, gran parte se conser- 
van originales en los archivos de Indias y de Simancas 3' en 
el de la Casa de Veragua, y de su cotejo resulta la gran 
exactitud, la escrupulosidad con c|ue el obispo copiaba. Pero 
hay otros varios, en número de diez 3^ ocho o veinte, que no 
se conocen más c^ue por el traslado que se hace en la ¡Jisloria 
ele Indias, y ciertamente son uno de sus más recomendables 
merecimientos. Porc[uc para todo lector imparcial el docu- 
mento copiado por Las Casas tiene la misma fuerza (|ue si lo 
conserváramos en copia auténtica, en vista de la ñtlelidad 
con c[ue hacía sus traslados; que no ha3' razo'n para dudar 
de aquellos cu3'os originales se han perdido, cuando tanta 
exactitud se encuentra en todos los demás que iiueden ser 
cotejados. El Diario de Naz'cgación no lo poseemos original, 
y sin embargo, al e.\tracto que de él hizo Las Casas todos 



' Historia de /as Indias , tomo I, p.ig. 34. 



INTRODUCCIÓN 



LXIU 



los historiadores le conceden el mayor crédito. A lo consig- 
nado en los documentos que originales poseía, públicos y 
privados, completo' con las noticias que curiosamente recogía 
de los testigos presenciales de los hechos mismos cu3'a narra- 
cio'n iba á ocuparle, formando de su propia experiencia 3' de 
las impresiones de los principales actores de los sucesos una 
verdadera cro'nica. 

El bachiller Andrés Berxáldez. nació' en la villa de 
Fuentes, de la encomienda mavor de Leo'n. por los 
años 1440 á 1450, 3^ según él mismo refiere, desde su 
primera edad se aficiono' á escribir sucesos histo'ricos . pues 
su abuelo, notario de aquella villa, al que sin duda debió' su 
carrera . tenía la curiosidad de 'anotar en sus protocolos 
todas las cosas notables que llegaban á su noticia, é hizo 
nacer igual costumbre en el nieto. Dedicado éste á la Iglesia. 
era 3'a en el año 14S.S cura de la villa de los Palacios, según 
constaba de las partidas sacramentales que en el archivo 
parroquial existían, y examino' el licenciado Rodrigo Caro. 
desde aquel año al de 1513,. 3^ en cu3-os márgenes había 
dejado Bernáldez apuntados algunos sucesos de aquellos 
días. En el año 1496 desembarco' Cristóbal Colón en 
Cádiz á 11 de Junio, de vuelta de su segundo viaje, v á su 
paso para Sevilla le hosjsedo' el cura en su rectoría de les 
Palacios, mereciendo que le dejara confiados algunos de sus 
papeles, de los cuales 3' de lo que le refirieron los que acom- 
pañaban al Almirante, se valió para componer los capítulos 
de su Crónica de los Reyes en que refiere el descubrimiento. 

El alto aprecio que merezca su libro en cuanto á esto 
se relaciona, se desprende de sus propias palabras, pues 
habla de la distancia á que en su concepto debían encon- 
trarse los dominios del Gran Kan v que era mucho mavor 
de lo que Colón pensaba, 3' dice: «ansi se lo dije é hice 
entender 3*0 el año de 149Ó, cuando vino en Castilla la 
primera vez, después de aver ido á descubrir, que fué ni¡ 





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CRISTÓBAL COLÓN 








ofícspcd c me dejó algunas de sus eseripliiras, en presencia del 
Sr. I). Joan de Fcmseca. ¡le donde \o saqué y eolejélas eon 
airas que eseribieron el honrado Señor el Doctor Anca ó Chanca, 
V otros nobles caballeros que con él l'i:^ieroa los viajes ya dichos, 
que escribieron lo que -vieron, de donde xo jui injorniado y 
escribí esto de las ludias por cosa uuiravillosa v har^ahosa. . .í) 

Y más adelante, escribiendo de los indios que trajo 
CoL(')N en aquel su segundo viaie. dice: «Traia al Caonaboa. 
é á un su hermano de fasta treinta a' cinco años á (|uien 
puso por nombre Don Diego, é á un mozuelo sobrino su3'o, 
hijo de otro hermano; \ murio'sc el Caonaboa en la mar o' 
de dolencia ó poco placer. Traia un collar de oro el dicho 
Don Diego, hermano del dicho Caonaboa. C[ue le fazia el 
Almirante poner cuando entraba por las ciudades o' lugares, 
hecho de eslabones de cadena que pesalia seiscientos caste- 
llanos, el cual yo vi r tuve cu mis uianos, v por ¡ritespedes cu 
mi casa al dicho Sor. Obispo é al Almirante, é al dicho Don 
Diego. Trujo entonces el Almirante muchas cosas de allá de 
las del uso de los indios, coronas, carátulas, cintos, collares 
3' otras muchas cosas entretejidas de algodón, v en todas 
figurando el diablo en figura de gato, ó de cara de lechuza, 
o' de otras peores figuras, dcllas entalladas en madera, dellas 
hechas de bulto del mesmo algodón, o' de lo que era la 
alhaja. Trujo unas coronas con unas alas, y en ellas unos 
ojos á los lados de oro, 3^ en especial traia una corona que 
decian que era del cacique Caonaboa. que era muv grande 
3' alta, 3' tenia á los lados estando tocadas unas alas como 
adarga, y unos ojos de oro tamaños como tazas de plata de 
medio marco, cada uno allí asentado como esmaltado, con 
mu3' sotil y extraña manera v allí el dial)l() figurado en 
aquella corona ; 3' créese que así se les aparecía . 3' que eran 
idolatras y tenian al diablo por señor.» ' 

Diles descripciones hechas por testigo de vista, contem- 
poráneo de los sucesos que narra, v c[ue cotejo las relaciones 
conocidas, con otras que ciertamente se han jierdido. escritas 



INTRODUCCIÓN 



LXV 



por nobles que escribieron lo que vieron, hacen de inapreciable 
valor los capítulos de su historia. Y si á esto se añade que 
posteriormente Bernáldcz fué capellán del arzobispo de Sevi- 
lla don Diego Deza , el antiguo y constante favorecedor de 
Cristóbal Colóx, se tendrá aproximada idea de la impor- 
tancia de aquel libro. 

Goxz.\LO Ferxáxdez dk Oviedo. Axtoxio de Herrer.v. 
Dox Jrvx B. Mi^xoz. — Nacido en Aladrid en el mes de 
Agosto del año 1478. entro' Oviedo á formar parte de la 
cámara del ¡príncipe don Juan cuando apenas contaba doce 
años, en el de 1490. En ella conoció' á don Diego Colo'n, 
primogénito de don Cristób.vl, que fué nombrado en 8 de 
Ma3'o de 1492, y con él se encontró' presente á la entrada 
del Almirante en Barcelona. Joven todavía se decidió' á 
recoger y apuntar los hechos notables que en la corte 
llamaban la atencio'n, como él mismo lo dice: «por las 
Memorias que 5-0 he copilado desde que en Barcelona, año 
de 1493, vi los primeros indios é á Colon en la Co'rte.» Con 
estas apuntaciones, y con las informaciones de los muchos 
compañeros de Colón á quienes trato' en sus frecuentes 
' viajes á las Indias , formo' la base de su Historia general c[ue 
empezó' á escribir cuando fué nombrado cronista del Empe- 
rador en 152Ó. La cualidad que le distingue es su deseo de 
ser imparcial y verídico, para lo cual no olvida decir que 
habla de vistas y no de oídas; y en otros casos atestigua con 
la autoridad de Vicente Yáñez Pinzo'n y de Diego Méndez, 
con el anciano piloto Hernán Pérez Mateos y con muchos 
caballeros y religiosos que aún vivían en la isla Española. 

Aunque su libro no es rico en documentos, se encuen- 
tran en él, en cuanto á Colón se refiere, muchos detalles 
que no contienen otras cro'nicas, y lo hacen digno de 
atencio'n . 

Nombrado intendente de las fundiciones de oro del 
Nuevo Mundo, 3' sucesivamente regidor del Darien, gober- 

Cristóbal Colón, t. i. — 1.\. 




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CRISTÓBAL COLÓN 






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nador de la provincia de Cartagena, 5' alcalde del fuerte de 
Santo Domingo, habiendo ocho veces pasado el grande Occcauo, 
murió' en Valladolid en 1557. 

Aunque á Herrera, como cronista mayor de Indias, 
se le facilitaron todos los documentos que existían en los 
archivos oficiales, su obra, en lo relativo al descubrimiento 




ANTONIO DE HERRERA 



\^\.-\V. T-\- 'j^V^.'Ji. . 



3^ á la vida de Cristóbal Colón, es una mera ampliacio'n de 
lo dicho por fray Bartolomé de Las Casas, á quien copia 
con harta frecuencia. En los sucesos posteriores es mucho 
más completa, por los grandes medios de que dispuso para 
narrar la his'toria de los Virre3n'iatos y Audiencias; pero en 
el primer período apenas si puede encontrarse en sus Déca- 
j das algún hecho nvievo; aunque puede hacérsele un verda- 



INTRODUCCIÓN 



LXVII 



clero cargo por haber dado cabida en ellas al cuento del 
piloto Alonso Sánchez, que murió en la casa de Colón, 
dejándole noticias, papeles y mapas de tierras que había 
visitado al otro lado de los mares, )• que hubieron de ser 
guía 3" estímulo para sus viajes. No cabe dudar que Herrera 
tomo esta conseja de la cro'nica de Gonzalo Fernández de 
Oviedo, pero olvido ponerle á la conclusio'n como éste lo 
hizo: ((para mi vo lo tengo por ¡üIso.» 

Después de estas dos obras oficiales, digámoslo así, no 
volvió' á emprenderse otra hasta que por orden del re}' 
Carlos III se comisiono' á don Juan B. Muñoz para que 
escribiera la historia del Xuevo Mundo, franqueándole al 
efecto por real orden de 27 de Marzo de 1781 todos los 
archivos del Estado, oficinas y bibliotecas, así del público 
como de comunidades 3' particulares. 

Gran coleccio'n de documentos 3- noticias reunió' Muñoz 
con excelente juicio 3' sana crítica, en muchos años de conti- 
nuados trabajos, dando á la imprenta, como fruto de sus 
vigilias, el tomo primero de la Historia cid Nuevo Mundo. 
Por desgracia le sorprendió' la muerte antes de haber jDodido 
continuarla, v sin que tampoco pudiera imprimir los docu- 
mentos justificativos que se conservan en la biblioteca de la 
Real Academia de la Historia. El tomo publicado demuestra 
las superiores dotes que adornaban á don Juan B. Muñoz 3- 
hacen deplorar que no pudiera terminar la comenzada obra. 
Es una narracio'n tan clara como bien estudiada : tan riguro- 
samente histo'rica que no ha}" modo de hacerla de un modo 
más sencillo, comprendiéndose desde luego que toda frase 
estampada, todo aserto que en ella se aventura, va fundado 
en el detenido estudio de datos atendibles 3" tiene su com- 
probacio'n especial. 

El tomo primero comprende el período de descubri- 
mientos, hasta el año 1500, casi al terminar el tercer viaje 
de CoLóx, en el momento en que Bobadilla iba á desem- 
barcar en la isla Española. 






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LXVIII 



CRISTÓBAL COLÓN 



Washington Irvixi;. — Juzgamos que la aparición del 
tomo primero de la Historia del Niiei'O Miiinlo, y el falleci- 
miento de su autor antes de poderla continuar, fueron parte 
á que el ilustre escritor anglo-americano '. apasionado del 
asunto, formase el proyecto de trazar el cuadro de la vida' y 
viajes de Cristóbal Colón. Fué de gran auxilio para su 




WASHINGTON IRVING 



trabajo la publicacio'n del tomo primero de la colecciu'n de 
don Martín Fernández Navarrete. Encontrábase á la sazo'n 
Washington en París , y su ¡primer intento parece haber sido 
traducir al inglés aquel volumen, con adiciones y aclara- 
ciones que ¡pudieran hacerla más interesante á los lectores. 
Tráslado'se al efecto á Madrid, y habiendo estudiado todos 



' Washington nació en Nueva York el año 1783. 



INTRODUCCIÓN 



LXIX 



los documentos remitidos por Xavarrete, juzgo' más conve- 
niente hacer una monografía del descubrimiento, con nuevo 
orden y método, que respondiera á las exigencias de la 
época, pues hasta entonces no había una vida completa del 
grande hombre. Todavía, á pesar del medio siglo que ha 
transcurrido. }' después de la publicacio'n de tantos docu- 
mentos , conserva el primer lugar la obra de Washington 
Irving , por sus condiciones literarias , y por la severidad de 
narracio'n, la imparcialidad de sus juicios y la elevación de 
miras de sus apreciaciones. 

Se publico' en Londres por el editor Murray en 1838 é 
inmediatamente fué traducida á todas las lenguas de 
Europa, recibiendo su autor las maj-ores alabanzas, sobre 
todo en España, donde se imprimió' en cuatro volúmenes 
en octavo iguales á los del original inglés, en una buena 
traduccio'n de don José García de Villalta. 

El conde Roselly de Lorgues. — Aunque en nuestro 
sentir la Historia de Cristóbal Colón, escrita por el noble 
francés, no debe figurar nunca entre las obras genuinamente 
histo'ricas, sino entre las de apacible entretenimiento y amena 
lectura, ha sido tanta la celebridad de que ha querido 
rodeársela; tantas las discusiones que ha promovido en el 
campo de las letras, y de tal calibre las exageraciones á que 
su piadoso cuanto irascible autor se dejo' llevar para confun- 
dir á sus impugnadores, que no es posible dejar de hablar 
de ella con algún detenimiento, porque á pesar de su verda- 
dero descrédito, todavía hace muy poco tiempo se sostenían 
algunas cuestiones por el conde promovidas, y quizá se 
encuentre aún, sobre todo entre cierto linaje de pensadores, 
algún iluso que lo alegue como autoridad, cuando en verdad 
ninguna puede ni debe concedérsele. 

No juzgamos que nadie considerará las obras del conde 
como fuentes histo'ricas, y en este concepto podrá tachár- 
senos por mencionarlas en este lugar; pero juzgándolas aquí 




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CRISTÓBAL COLÓN 



con absoluta imparcialidad , aunque tan severamente como 
merecen , rara vez volveremos á ocuparnos de ellas en la 
Hi si Oria de Cristóbal Colón, pues para ir deshaciendo uno por 
uno todos los errores en que á sabiendas o' por pasio'n 
incurre, y restableciendo la verdad en todos los puntos en 
que á ella falta, sería necesario escribir mucho 3' convertir 
el libro en larga, enojosa y continua polémica, lo cual está 
mu}^ lejos de nuestros ¡íropo'sitos. 

Animado el conde Roselly de Lorgues por la benevo- 
lencia con que el sumo pontífice Pío IX acogiera su primera 
obra, emprendió' la difícil tarea de escribir la vida de Colón 
bajo un plan enteramente distinto, y con pro]3o'sito muy 
diferente del que hasta entonces había guiado á todos los 
historiadores del grande hombre. Extraviado por cí falso 
concepto de que , la obra de escribir su vida , había estado 
confiada siem^^re á los enemigos de las glorias del catolicismo 
y de c[ue los protestantes habían monopolizado la tarea y 
desfigurado al héroe; creyendo, según decía en su último 
libro, que el genio cu3^o nombre es el más familiar en el 
antiguo y en el Nuevo Mundo, es todavía el menos conocido 
en ambos ; y alucinado en seguida por el piadoso intento de 
ser procurador de la canonizacio'n del descubridor, emjjren- 
dio' el trabajo de presentarle como impecable, contradiciendo 
o' pasando en silencio cuanto á su intencio'n se opusiera. El 
resultado no podía ser satisfactorio. 

¿Co'mo podría demostrar el conde c[ue los jji'otestantes 
monopolizaban la historia de Colcín? Citaba, es verdad, las 
obras aiDreciadísimas de Prescott, de Humboldt y de Wash- 
ington Irving; pero se olvidaba del obispo de Chiapa, el 
liumanitario y piadoso fray Bartolomé de Las Casas: de don 
Hernando Colo'n; de Gonzalo Fernández de Oviedo, y de 
tantos otros cuyas obras han sido las primeras historias del 
Almirante. 

¿Co'mo puede sostenerse que la vida del descubridor de 
las Indias es la más desconocida en Europa y en América, 



INTRODUCCIÓN 



LXXI 



cuando á pesar de la enfática afirmación del conde Rosell}' 
de Lorgues. de que llevaba por guía el más escrupuloso 
cuidado por descubrir la verdad, 3' fundaba sus afirmacio- 
nes en documentos indudables, no hay en todo su libro un 
hecho cierto que no esté fundado en lo que dijeron Las 
Casas V Muñoz, y en los documentos coleccionados por don 
Martín Fernández Xavarrete? Lo que de este origen se 
separa, lo que no se apova en esas autoridades, es hijo de la 




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EL CO.NDE ROSELLY DE LORGUES 



imaginacio'n del conde, producto de su ardiente fantasía: 
pura novela o' falsedad palmaria, que convierten su libro en 
obra de grata lectura, mas sin ¡joder aspirar al título de 
historia, ni enseñar cosa alguna que no se supiera por todos 
en Europa y en América. 

El intento de que CoLÓx fuera canonizado y recibiera 
un día culto en los altares, no disculpa las voluntarias omi- 
siones, ni los asertos infundados, ni las alteraciones en los 
textos de que hace uso el conde Roselly de Lorgues para 
disimular los actos humanos del gran Almirante. Natural 



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CRISTÓBAL COLÓN 




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era que el romano Pontífice no desdeñara la piadosa inten- 
cio'n que se descubría en el libro titulado La CniT^ en los dos 
iitinidos, escrito con entusiasmo religioso, con galano estilo y 
con agradables formas literarias. Animado el conde escribió' 
con iguales dotes la Historia de Cristóbal Colón, dedicándola 
al papa Pío IX, al primer Pontífice que había atravesado el 
Occéano y pisado los países descubiertos por el revelador de 
la integridad del globo, á cuya fe debemos el conocimiento de 
la segunda mitad de la tierra. 

No se dejo' deslumhrar S. S. por aquellos alardes de 
religioso celo, en que se designaba á Cristóbal Colón con 
los apelativos de Héroe apostólico. Servidor de Dios. Al acep- 
tar la dedicacio'n de la Historia, tuvo cuidado especial y mu}' 
de intento, de animar al autor sin aprobar la obra; antes 
por el contrario, diciendo que por las graves y múltiples 
ocupaciones del Pontificado n.\d.\ había podido leer de ella '. 
Y cuando años más adelante, lanzado 3'a el conde con toda 
^u fuerza en el camino de la beatificacio'n y apo3'ado por 
algunos arzobispos y obispos quiso tomar la plaza de Postu- 
lador y que se comenzase la causa, el sabio Pontífice se 
limito' á decir, comprendiendo todas las dificultades de tan 
grave asunto: — Pueden ustedes intentarlo... Tentare non 
nocet. 

Sin embargo, como del concilio del \'aticano salió' un 
postulatiim; como los obispos franceses no dejaron de instar 
en el mismo sentido, y el conde Roselly de Lorgues, apo- 
3'ado por el de Orleans, movían la prensa j)ara que cada día 
hablase de la misio'n excepcional 3^ aposto'lica del descu- 
bridor del Nuevo Mundo, la causa de beatificacio'n se 
abrió'... pero el resultado fué como debía esjDcrarse. 



' Et si ob gravissimas multiplicesqiie siimmi Nostri Pontificatiis ocupatio- 
nes, quibus continenter distinemur, nihii. íjíÍ/iiic de hoc tiic opere de¡;iistare 
potuerimus , tanien gratae nobis fuere tus litterae erga nos pietatis et obsequii 
sensu conscriptns et cum eodem dono conjunctre... Datum Romx apiid Sanctum 
l'etrum, die 9 Martü anno 1857. — P. n. anno undécimo. 



INTRODUCCIÓN 



LXXIII 



Las congregaciones encargadas de ella tallaron que no 
])odía pasarse adelante: — «porque ningún hecho extraordi- 
nario ha venido á demostrar de una manera palpable las 
heroicas virtudes cristianas de Cr:st<')Bal Colón. Porque, á 
parte de su grande obra, el descubrimiento de América, su 
vida privada y pública da lugar á críticas y juicios nada 
favorables: porque en las cro'nicas de aquel tiempo nada se 
encuentra á propo'sito que pueda señalarle como digno del 
insigne honor de colocarle en los altares: y porque la fama 
que ha dejado al morir, no es de aquellas de un cato'lico 
eminente notable, ni jamás se le ha invocado como santo.» 

Otro menos obcecado y terco que el conde hubiera 
cesado completamente en su empeño: él. por el contrario, 
con ardor digno de mejor causa, continuo' procurando adhe- 
siones de prelados, }' á cada nueva impugnacio'n escribía 
una nueva obra, y acentuaba en mayor escala la violencia 
de su lenguaje y la intemperancia de sus ataques, dirigién- 
dolos por igual á seglares 3^ á eclesiásticos, á hombres de 
ciencia proverbial, á corporaciones académicas 3^ á prelados 
respetables, solamente por el pecado de que no eran de su 
opinión. En este sentido fué dando al terreno de la polé- 
mica. Sataiiús contni Cristóbal Colón: Los dos ataúdes: Cristó- 
bal Colón, servidor de Dios, su apostolado, su santidad, y 
últimamente Historia postuma de Cristóbal Colón, que escritas 
después del fallo de la congregacio'n , tienen más de libelo 
que de disquisicio'n histo'rica. 

Ante las inexactitudes que comete el conde en esta 
última obra '; ante sus juicios descabellados; ante la violen- 
cia de sus ataques, no pudo guardar silencio la hidalguía 
castellana, v á la Real Academia de la Historia leyó' el 
capitán de navio don Cesáreo Fernández Duro, un precioso 
trabajo dedicado al examen de aquel libro, que fué publi- 



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' Histoirc posthuint de Christophe Cülomb , par le comte Roselly de Lor- a^ 



gues. — París, Didier, 1885, in 8.° 

Cristóbal Colón, t. i. — x' 



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LXXIV 



CRISTÓBAL COLÓN 





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cado con aplauso de todos los amantes de la verdad, por 
cuj'os fueros volvía el ilustrado escritor, según dice modes- 
tamente al jarincipio de su obra ', aunque ésta tiene mucho 
más alcance, y es merecedora de gran aprecio por otros 
varios conceptos. 

Pero la obra del conde Roselly de Lorgues es de 
aquellas que no necesitan impugnacio'n. porque la llevan en 
sí mismas. El mejor castigo para su autor sería divulgar 
su libro entre toda clase de lectores. Al repasar sus páginas, 
nos vino á la memoria lo que el docto Villemain decía de 
Voltaire en su curso de literatura ¡raiicesa (Leccio'n XVIII). 

«¿Sus sarcasmos, sus dudas, sus bufonadas, de do'nde 
las saca, señores míos? La ma3'or parte de las veces de sus 
mismas distracciones , de sus contrasentidos , de su propia 
ignorancia. . .» 

Y sin acudir á largas demostraciones, causará risa, 
después de indignacio'n , á todo hombre sensato, el ver que 
para el conde, don Fernando V de Aragón, el Rey Católico, 
el primer político de su tiempo, era el ¡ndif^uo esposo de la 
erran Isabel ; era el que preparaba la ¡ajusta denoiiiluacióu de 
Aiih'rica, dada ciegaiiwiite por Europa al uuevo coutiuente: era 
el más tumi y el más ingrato de los iiuauíreas: había sabido 
escamotear la opinio'n de los pueblos ; :^ara}ulear á los diplo- 
máticos : mofarse de los i)ríncipes y de los revés , y aún 
eí.nisqnear hasta cierto punto al Sumo Pontífice... Pero la 
hora de la justicia histo'rica ha llegado. Al empuñar la 
pluma el señor conde Rosell}'. subido no sabemos en qué 
Rocinante, cae la máscara de don Fernando V de Arago'n. 
al que. por último, llama en cultas frases Alte:^a embnsteril v 
líulroiia ( Altessc menteuse et voleuse), pillete reinante ( escroc 
regnant). monarca perjuro x sacrilego {mowiwLiuv parjure et 



' Colón y la Historia postuma. — Examen de la que escribió el conde 
Roselly de Lorgues, leído ante la Real Academia de la Historia en junta 
extraordinaria celebrada el día lo de Mayo. — Madrid, Tello, 1885. 



INTRODUCCIÓN 



LXXV 



sacrilége), 3^ sicophanta coronado (svcophante cournnné). 
No basta al leer tales conceptos recordar, como lo hace el 
señor Fernández Duro, el célebre apotegma de un compa- 
triota del señor conde... ¡ct voila Ci'pciiiíiliit coiiíoii ccrit 
l'histoirc! — Preciso es decir : medrada quedaría la verdad si 
así se escribiera la historia. 

A pasio'n desenfrenada atribuiríamos las palabras del 
conde Roselh' de Lorgues, si él mismo no nos demostrase 
que proceden de ignorancia de nuestra historia. Después de 
llamar en varios capítulos de su obra á uno de nuestros 
nobles don Moscoso, al fiscal, don Contreras. al célebre 
calígrafo don Ramírez de Prado, llega á decir (pág. 173) 
que al comendador Alvar Xúñez se le apodaba con el 
nombre y^oro gracioso de Caluma de -vaca, por ignorar la histo- 
ria de las familias v apellidos españoles. Y en los hechos 
comete iguales errores, de los que citaremos un solo ejemplo, 
aunque podrían multiplicarse con gran facilidad. En la pá- 
gina 284 de la Historia postuma, queriendo dar un golpe 
decisivo en el asunto que más le preocupa . el del casamiento 
segundo de Colóx, dice enfáticamente, apo3-ando lo dicho 
por otro autor: «De son cote, notre savant ami l'illustre 
P. Marcellino da Civezza, leur a jeté, en solennel defi . ees 
paroles precises: Xoiis dejions le ehanoiiie Sangnineiti et ses 
irois ou quatre adherents, de citer un sen! ecri-vain (anden) qni 
ait dit que Bealrix Enriqne:^ n'etail pas ¡a jeninie legitime de 
Colon.» 

Xo creemos dudará nadie de que frav Bartolomé de 
Las Casas es autor antiguo v enstmno. Pero ignoraba el 
conde que en su Historia de las Indias (lib. II. cap. XXXMII). 
había escrito: «Tenía hecho (Cristób.\l Colóx) su testa- 
mento, en el cual instituyo' por heredero á su hijo don 
Diego, y si no tuviere hijos á don Hernando, su hijo natu- 
ral,» de donde se deduce lo'gicamente que Beatriz Enríquez 
no era su legítima mujer. 

Repetimos que la mejor y más severa impugnacio'n de 











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LXXVI 



CRISTÓBAL COLÓN 



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la Historia Pósluuui, está hecha en su texto mismo, en sus 
aberraciones; el castigo más digno para la osadía del autor, 
sería divulgar su libro; multiplicar sus ediciones para que 
fuera conocido de todos, y pudiera apreciarse el modo sin- 
gular con que un escritor, llevado de irreflexivo celo, 
llamándose Postlilúdor de una causa de beatificacio'n . y vol- 
viendo por los fueros de la religio'n cato'lica, carga de 
denuestos á cabildos, obispos y escritores piadosos, buscando 
vicioso origen á las opiniones c[ue sustentan por ser contra- 
rias á las del señor conde. 

Le conduce su ceguedad al extremo de hacerle paladín 
y defensor de las más atroces inmoralidades, buscando 
excusas á los cuatro enlaces de don. Luis Colo'n, que profano' 
el sacramento, casándose sucesivamente con cuatro mujeres 
cuando todas vivían, y ni aún se había intentado juicio 
sobre la validez de sus casamientos. Por el delito de bigamia 
fué condenado don Luis á destierro en Oran ; 3" el conde 
Roselly de Lorgues cree que al imponerle tan leve pena, se 
excedieron todos los límites del rigor, porque se trataba de 
un descendiente del Almirante. 

Pero en este punto es de necesidad conocer el modo 
de razonar del religiosísimo autor. 

«El impetuoso y galán almirante don Luis, dice, en lugar 
de dedicarse á la conquista de nuevas tierras, se limitaba á 
la de corazones. Aventurero de amor, se dirigió' desde luego 
á la linda criolla María de Orozco, residente en Santo 
Domingo, y contrajo matrimonio con ella, á pesar de la opo- 
sicio'n formal de la Virre^ma. De aquí el inmediato rompi- 
miento entre la madre 3" el hijo. Aquel matrimonio, (jue no 
tenía la bendicio'n del cielo, no pudo ser feliz por mucho 
tiempo. 

«Cansado de su felicidad, o' quiz;í lastimado en su 
honor don Luis, antes de los siete años puso los ojos en otra 
parte. Alegando un vicio de forma; sostenií'iido la irregula- 
ri(hid de a(]uel primer matrimonio, no temió' contraer nuevos 



INTRODUCCIÓN 



I.XXVII 



lazos, dando su lo á la orgullosa doña María de Mos- 
quera. 

))¿Ouc sucedió' en seguida? ;De do'nde provino la dcsilu- 
sio'n? ¿Co'mo se desvaneció' tan pronto el encanto de aquella 
dominante beldad? Ningún documento nos lo dice. Solamente 
sabemos que don Luis tuvo escrúpulos, 5^ cjue éstos crecían 
á medida c[vie menguaba su afecto. Su conciencia no estaba 
tranquila. La validez de su segunda unión le parecía dudosa. 
¿Con cuál de las dos mujeres estaba casado en realidad? 
Sobre el caso fueron consultados afraves señores. 

«Mientras duraban las consultas, el equívoco esposo se 
sintió' atraído por la noble Ana de Castro, hija de la condesa 
de Lemos. Y como el primer matrimonio no le parecía 
A'álido, por haberlo contraído sin el consentimiento de su 
madre; como por otra parte el segundo podía conceptuarse 
nulo , según opinio'n del reverendo obispo de Cuenca , el 
intrépido contrayente, parapetado con esas dos anulaciones, 
se presenta á su amada, y doña Ana consiente en ser su 
esposa. 

» Es evidente que si no hubieran existido hartos motivos 
para considerar nulos su primero y segundo enlace, el 
voltario Almirante no hubiera podido tratar el tercero con 
una dama de tan noble casa como lo era la de Castro. 
Porque, es cosa digna de notarse, que todas las alianzas 
de don Luis eran de bastante importancia. La caducidad 
o' la invalidacio'n de sus anteriores casamientos, pareció' 
autorizarle al cuarto con doña María Luisa Carvajal, de la 
que tuvo un hijo. Cristo'bal, que pretendió' la sucesio'n del 
mayorazgo después de la muerte de don Diego, último 
vastago masculino de la posteridad de Cristóbal Colón. 
Por mu}^ escandalosa que se juzgue tal situacio'n no puede 
acriminarse á don Luis de engaño, de sorpresa, de igno- 
rancia ú ocultacio'n á los parientes, ni de falta de publi- 
cidad. 

»Lo que ha}' de cierto, es que la altiva María de 








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LXXVIII 



CRISTÓBAL COLÓN 








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Mosquera, celosa de sus derechos, reivindico' decididamente 
la posesiu'n exclusiva de don Luis... Su vehemencia, sus 
procedimientos dieron por resultado el arresto de don Luis 
en \'allado]id en 1558 y su prisión preventiva. El desgra- 
ciado se vio' abandonado completamente. La Virreyna, su 
madre, no estaba allí para interceder por él; el Emperador, 
que por haberle visto en la adolescencia, hubiera podido 
apiadarse de aquel embrollo matrimonial, se moría entonces 
en el monasterio de Yuste. Estaba, pues, solo, sin defensa. 
Xo vieron en él más que á un Colon, y el tribunal fué 
inexorable. 

))E1 4 de Agosto de 1563 se pronuncio' sentencia. Fué 
condenado á diez años de destierro en África , teniendo por 
prisio'n la cindadela de Oran...» 

Después de esta alegacio'n de hechos por más de un 
concepto notable y digna de estudio, falta conocer el juicio, 
la exposicio'n de atenuaciones que el escritor cato'lico , el 
Postulador de la beatificacio'n, hace para la profanacio'n del 
sacramento tan repetidamente cometida por don Luis. 

«En verdad, las Icmcridadcs con vii gales de don Luis 
Colo'n merecían una censura oficial, un castigo. Hubiera 
podido prohibírsele la entrada en la corte, confinarlo por cierto 
tiempo á una provincia lejana. Pero á este galán culpable 
debían concedérsele circunstancias atenuantes. Ciertamente 
existían en aquella singular poligamia, hecha paladinamente, 
sin el menor disimulo, con la seguridad y tranquilo paso del 
hombre que camina honradamente por el camino de la 
legalidad. 

«AHÍ podia suponerse buena fe, y tal vez exislia en 
realidad. 

»En efecto, siendo nulo el primer matrimonio, y no 
teniendo valor el segiintio, parece que el tercero puede merecer 
alguna indulgencia. Pero | ay ! don Luis era nieto del bien- 
hechor de España; se llamaba Colón y por esto la justicia debía 
descargar sobre él todos sus rigores!...» 



INTRODUCCIÓN 



LXXIX 



¿No es el mejor castigo para tales conceptos el de hacer 
sean conocidos por el ma3-or número ¡Dosiblc de lectores? 
¿Puede igualar ninguna refutacio'n á la que en sí mismos 
encierran? ¿Xo se pinta en estos 3' en otros muchos pasajes 
de su obra el conde Rosell}' de Lorgues de cuerpo entero y 
de la más acabada manera c[ue pudiera hacerlo el pintor 
más notable? ¿La parcialidad de sus juicios, lo torcido de 
sus intenciones, puede persuadirlo nadie á los lectores de un 
modo tan evidente como lo hace el texto de la hisiornl 
Póstiinia? 

El propo'sito del re}- don Fernando V de oscurecer el 
nombre de Cristóbal Colón, el odio de los tribunales 3' de 
la corte de España al Almirante 3^ su familia , so'lo existen 
en la obra del conde Rosell3r de Lorgues: tomaron cuerpo 
en su extraviada fantasía. 3^ con furia de maniático buscc! 
argumentos 3^ pruebas para justificarlas, sin reparar en lus 
medios, acudiendo á extremos tan censurables como los 3a 
asentados, o' cual aquel otro que temerariamente estampa, 
de que el Re3^ cuva memoria ilustre quiere manchar, alteró 
en la bula de Alejandro VI el nombre del vicario nombrado 
para las tierras nuevamente descubiertas y lo sustituyo' con 
el fray Bernardo Boil. ¡Con cuánta razón califica un ilustre 
hijo de la Compaiiía de Jesús ' de obra poctico-fautástidí la 
del conde Roselh' de Lorgues! 

Dox ^LvRTÍx Fern.vxdez Nav.vrrete. — Sil colección de 
docniíiciitos. Xo escapa de la mordacidad, ni de las censu- 
ras del conde, el escritor á quien más debe la historia de 
Cristób.\l Colón, 3- que ma3-or número de datos ha colec- 
cionado sobre el descubrimiento de las Indias occidentales. 
Don Martin Fcrnámle^ Navarrctc, cuya colección es la fuente 
histórica más copiosa entre cuantas han visto la luz, y que 



' El P. Ricardo Cappa. — Estudio critico acerca de la dominación española 
en América. — C. Colón y los españoles, Madrid, Ángel B. Velasco. 1887. 






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LXXX 



CRISTÓBAL COLÓN 



un docto escritor asegura «servirá siempre de base á toda 
historia de los descubrimientos marítimos al otro lado del 
Atlántico, no alabándose nunca con exceso el espíritu crítico, 
el juicio, la imparcialidad y el cuidado con c[ue está for- 
mada. » 

«La introduccio'n y las notas, añade el señor Ilarrisse, 
son dignas del texto, y anuncian á un escritor profunda- 
mente versado en estas materias.» 

Con admirable criterio, y rigorosamente por orden de 
fechas, se encuentran reunidos los documentos referentes á 
los cuatro viajes de CuLiJN, y los decretos v cédulas reales 
relacionados con los mismos; continuando luego las de otros 
viajes hechos por diferentes navegantes, compañeros de 
Colón y posteriores, con los descubrimientos c]ue los mismos 
hicieron en tierra firme, todo procedente de archivos y 
bibliotecas públicas . copiado con la más escrupulosa exacti- 
tud. Por eso la coleccio'n de Fernández Xavarrete es de 
absoluta necesidad para conocer y escribir con datos seguros 
la historia del descubrimiento; tomándola por guía se des- 
vanecen muchos errores, y se reforman infinitos juicios tan 
aventurados como ligeramente admitidos por muchos histo- 
riadores de Indias y bio'grafos del Almirante. 

No son estas todas las fuentes, ni hemos tenido el 
pensamiento de mencionar todos los escritores que se han 
ocupado más o' menos detenidamente en narrar hechos de la 
vida de Crist(3bal Colón: so'lo hemos indicado los princi- 
pales, para que puedan juzgar los lectores el aprecio (|ue 
cada uno merece, y la confianza mavor o' menor con que 
pueden ser consultados. 

Documentos y libros alnnidan; investigaciones v ¡¡olé- 
micas eruditas dan cada día nuevos resultados. Tuntos que 
I aparecían dudosos, cuestiones que eran difíciles, se miran 
hoy á diferente luz. v se juzgan con más claridad en vista 
de aquellos trabajos ; al paso que sobre los datos que vienen 



INTRODUCCIÓN 



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corriendo como inconcusos se procura abrir de nuevo la 
discusio'n, no siempre con igual acierto. La labor en la 
actualidad es mayor para escoger con tino en medio de tan 
encontrados pareceres, y de la diversidad de documentos 
que se aducen, siendo necesario medirlos, estudiarlos con 
mesura, quilatarlos con gran escrupulosidad }'■ cautela para 
no caer en errores trascendentales. 



PARTE SEGUNDA 



F.L CUARTO CENTENARIO DEL DE.SCUBRIMIENTO 



El mundo civilizado tiene fija la vista, hace mucho 
tiempo, en una fecha memorable. En el ya pro'ximo de iSg2 
van á cumplirse cuatrocientos años de aquel suceso porten- 
toso llevado á cabo por un puñado de animosos españoles, 
guiados por el genio de Cristóbal Col'')N. La faz del mundo 
ha cambiado desde entonces : 3" la nacio'n que acometió' tan 
singular empresa, unida á las que por extraordinarias 
circunstancias deben su existencia á aquel hecho, y á las 
que han gozado tantos beneficios como resultado del mismo. 
ansian solemnizar de una manera grandiosa, inusitada, 
el 3 de Agosto y el 12 de Octubre . en que partieron de las 
costas de España, 3' arribaron á las desconocidas islas de 
Occidente, las débiles carabelas que llevaban á aquellos 
intrépidos navegantes tan beneméritos de la humanidad. 

Ideas varias, grandes pensamientos se han cruzado 3'a 
para realizar el nobilísimo intento, que todos acarician, de 
hacer en este centenario una gran manifestacio'n , que al 
Cristóbal Colón, t. i. — .\(* 



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LXXXII 



CRISTÓBAL COLÓN 



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propio tiempo que demuestre en su conjunto la gratitud de 
los pueblos á los descubridores, sea A'ínculo de unio'n y 
fraternidad entre las naciones de Europa 3^ las repúblicas 
hispano-americanas, y nuevo lazo de amor entre los hombres 
de uno y otro continente. 

Y bien merece, en verdad, esa pro'xima fecha, que 
consagremos á ella nuestros estudios y nuestra actividad. 

Ya la Sociedad Colombina ünuvense, respondiendo 
noblemente á su instituto, dio' los primeros pasos para llamar 
la atencio'n hacia el centenario. Ya en el cuarto congreso de 
americanistas, celebrado en Madrid en 18S1, un entusiasta 
colombista despertó' el entusiasmo de los doctos allí reunidos, 
estimulando al gobierno español á tomar la iniciativa: en 
los Estados l'nidos se han presentado también varios pro- 
yectos encaminados á aquel propo'sito, 3' el doctísimo y labo- 
rioso colombista, Mr. IlenrA^ Harrisse. ha lanzado igualmente 
á la publicidad su pensamiento para tan simpático objeto. 
Y para hacer algo grande, algo levantado, algo que sea 
digno del intento, y pueda quedar como memoria para 
significar á los venideros cuánta es la veneracio'n que el 
siglo XIX consagra al inmortal Cristób.\l Colón, debe 
tomarse de todos , y hacer todo lo que sea posible . en el 
terreno monumental y en el de las letras, en festejos 3^ rego- 
cijos populares, en artes 3' ciencias, en cuanto pueda contri- 
buir á ensalzar su nombre 3' hacer que esos días memorables 
todos los pueblos lo recuerden, lo alaben 3^ tengan alguna 
noticia de sus altos merecimientos. 



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Como primera idea, como un antepro3'ccto, por decirlo 
así, del plan para la celebración del centenario, trasladare- 
mos las palabras que con aplauso del Congreso de ameri- 



INTRODUCCIÓN 



LXXXIII 



cañistas pronuncit! el ilustrado jurisconsulto don Tomás 
Montejo, á quien va hemos aludido, en el año 1881. 

«Que los Gobiernos de todos los pueblos cultos, decía, 
declaren fiesta universal el u de Octubre de 1892, por 
corresponder á su día el cuarto centenario del descubrimiento 
del Xuevo Mundo, y que asistan con representacio'n oficial á 
las grandes fiestas que en Italia, islas de San Salvador, Santo 
Domingo v Cuba. Portugal y España, deberán celebrarse en 
conmemoracio'n de aquel suceso. Que en el mismo día se 
efectúe en (.iénova, cuna de Cristób.vl Colón, la inaugura- 
cio'n de un monumento con inscripciones alusivas á la gloria, 
al centenario, y la eterna fama del inmortal genovés. Que se 
conmemore el descubrimiento en los actos preliminares de 
compromiso de Colón con los Reyes en (Granada j salida 
de las carabelas de la Rábida 3' de la Gomera, con la pv'iblica 
y solemne colocacio'n de lápidas, que indiquen á la posteridad 
los ¡^rimeros pasos de aquella magnífica empresa. Que en las 
islas de San Salvador. Santo Domingo y Cuba se erijan 
estatuas en celebracio'n del descubrimiento. Que se eleve en 
Lisboa una columna de triunfo en recuerdo de la feliz llegada 
de Colón, en el surgidero de Rastelo. Que se inauguren 
modestos monumentos de igual índole en Palos, Huelva y 
Sevilla. Que se enaltezca en Barcelona la memoria de la 
entrada de Colón en dicha ciudad, con la construcción del 
arco de los descubridores, y. si se considera oportuno y 
hacedero, con el desembarco de los restos del mismo Colón, 
que deberán transportarse desde Cuba á España con fúnebre 
y regia pompa. V que en Madrid, como capital de la propia 
España y de sus colonias y asiento de la corte, se celebre 
por último, el descubrimiento, construyéndose una suntuosa 
basílica o catedral bajo la advocacio'n de San Salvador o' San 
Cristóbal, donde vengan á ser depositadas las cenizas del 
célebre Almirante; inaugurándose monumentos de gloria y 
de triunfo á tan insigne hombre y á Isabel la Católica, 
abriéndose un vasto museo de objetos del Xuevo Mundo; 



LXXXIV 



CRISTÓBAL COLÓN 




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fundándose un piadoso asilo para inutilizados en faenas de 
la mar. y celebrándose durante el primer semestre de 1^93 
r:na exposicio'n universal. Ya. que hoy son las exposiciones 
universales los más grandes certámenes que se conocen, 
adonde ciencias, artes é industrias concurren á mostrar sus 
respectivos progresos, parece muy apropiada al objeto del 
centenario la celebracio'n de una de ellas en la capital del 
reino español. Así habrá tambie'n ocasio'n de admirar tangi- 
blemente, en no pocas cosas, la influencia ejercida en la 
civilizacio'n de los pueblos modernos por el descubrimiento 
del Nuevo Mundo. 

)) A estas festividades , que bien pueden tenerse por de 
igual naturaleza 3^ carácter, deben añadirse la de celebracio'n 
en Madrid de congresos científicos, artísticos y literarios de 
todas clases, y entre ellos este de americanistas, que pueden 
acordar desde luego que su décima sesio'n, ó sea la corres- 
diente á icSg3, se celebre aquí en la éjooca determinada: la de 
celebracio'n también de conferencias púl)licas sobre asuntos 
apropiados , y aun sobre otros diversos temas , dadas ¡jor 
hombres eminentes de todos los países : la de publicacio'n y 
reparto gratuito o venta á bajo precio de libros y l\)lletos 
alusivos al objeto del centenario, de historias y biografías 
notables, referentes á sucesos 3' personajes que tengan relacio'n 
con el descubrimiento del Nuevo Mundo: la de repartición 
de ¡gremios en solemne y pública sesio'n por las Academias 
y corporaciones docentes de España, á los autores de los 
mejores trabajos, en los concursos que deben abrir con ante- 
rioridad, sobre los temas que propongan como propios de 
su resjaectivo instituto, y otras semejantes. 

«Por último, fiestas religiosas, marinas, militares, 
cívicas o' puramente populares que. ora contribuyan á solem- 
nizar 3' realzar el centenario, ora den ocasio'n á que se 
manifiesten la expansio'n. alegría, regocijo 3- entusiasmo de 
c|ue todos los ht)ml)res y pueblos delsen encontrarse poseídos, 
apenas \uelvan los ojos á la historia de lo pasado 3^ refle- 



INTRODUCCIÓN 



LXXXV 



xioncn sobre la inmensa trascendencia ilel grandioso hecho 
realizachi en i-\()2. 

»Si este ideal se realizara: si esta festividad tuviera 
electo (y conste que confío en (|ue mediante vuestros desin- 
teresados V valiosos esfuerzos, la proteccio'n de los gobiernos 
V autoridades, la propaganda que sin duda alguna hará la 
prensa en general, el patriotismo de los unos, el amor á las 
obras grandes de los otros y el buen deseo de todos, llegará 
á realizarse), no vaciléis en creerlo, además de quedar digna 
y convenientemente celebrada la memoria de Colón, de 
Isabel la Católica y de los demás insignes personajes que 
cooperaron á la sacrosanta empresa de asociar y unir el 
mundo antiguo con el nuevo, repararía la humanidad una 
de sus ma3'ores injusticias; se daría un gran paso hacia la 
deseada fraternidad universal: la civilizacio'n presente reci- 
biría muchos é importantes beneficios, y cuando con el 
transcurso del tiempo viniera la posteridad á juzgarnos, 
reconocería que los pueblos y generaciones actuales se habían 
hecho acreedores á la mayor consideracio'n, entre otras cosas, 
por haber demostrado su amor á la justicia 3" su elevacio'n 
de miras recordando v enalteciendo pasadas glorias : que 
c^uien sabe honrar justamente, revela espíritu noble y culto 3' 
merece ser honrado. En último extremo, con la celebraciu'n 
del centenario histo'rico del descubrimiento del Nuevo Mundo 
vendrían á cumplirse ( pues aún no se han cumplido verda- 
deramente) los deseos del mismo descubridor, del inmortal 
Colón, que en su carta de if, de Febrero de 1493. fechada 
en la carabela, frente á las islas Azores, 3^ dirigida á Luis de 
Santangel, decía: «Así c[ue, pues nuestro Redentor dio' esta 
«victoria á nuestros ilustrísimos Rey é Reina é á sus reinos 
/) famosos de tan alta cosa, adonde toda la cristiandad dchc 
»toiiiar alegría y hacer grandes fiestas, dar gracias solemnes á 
))la Santa Trinidad, con muchas oraciones solemnes, por el 
Dtanto ensalzamiento que habrán avuntándose tantos pueblos 
rtá nuestra santa fé. 3' después por los bienes temporales; 




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LKXXVI 



CRISTÓBAL COLÓN 



»que non solamente la España mas todos los cristianos 
))ternán aquí refrigerio y ganancia.» 



II 



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Naturalmente, 3^ era de esperar, cada uno de los colom- 
bistas, de los hombres de ciencia, de los apasionados por las 
grandes figuras de la humanidad o' de la patria en sus 
respectivos países, han ido presentando sucesivamente nue- 
vas ideas encaminadas á aumentar la solemnidad del cente- 
nario que se aproxima. Y ninguna de ellas puede rechazarse; 
ningún pensamiento de cuantos se emitan debe ser relegado 
al olvido, formando de todos un conjunto armo'nico. para 
que la festividad sea celebrada con el concurso de todos los 
pueblos , y de todas las inteligencias , 3' el resultado pueda 
ser un homenaje digno de Cristóbal Colón. 

El infatigable colombista Henry Harrisse. en Memoria 
dirigida al ministro de la Gobernacio'n o' del Interior, del 
reino de Italia . propone otros medios de conmemorar el 
gran suceso. «¿Por qué razo'n. dice, no han de publicar los 
italianos, en Genova o' en Roma, una colección completa 
de los escritos del grande hombre que han llegado hasta 
nuestros días? Sesenta 3^ cuatro de ellos poseemos, de los 
cuales veinticinco, por lo menos, son auto'grafos , casi todos 
han sido publicados y traducidos; pero se necesita revisar 
los textos, enriquecerlos con notas 3' reunirlos en un volu- 
men especial. No encuentro proposiciü'n más digna de 
Cristóbal Colón y de Italia.» 






«Las ciencias históricas tienen exigencias que en nuestro 
tiempo nadie desconoce. Reclaman que se busquen con dili- 
gencia los documentos sepultados en los archivos para que 
cada hecho dudoso o' mal interpretado pueda ser esclarecido 



INTRODUCCIÓN 



LXXXVIl 



3' comentado. Por desgracia la iniciativa individual es insu- 
ficiente para vencer los obstáculos que oponen á este género 
de investigaciones ciertas miras estrechas, un patriotismo 
mal entendido, la indiferencia y las preocupaciones. lín 
estas materias, si la iniciativa puede proceder de un indi- 
viduo, requiere el apovo del gobierno, que es el único que 
tiene el derecho de mandar y los medios de hacerse obedecer. 
No se trata de atentar á una propiedad particular cuyo 
carácter y disfrute interesan solamente á su poseedor. Lo 
que la ciencia y el progreso reivindican, son bienes que perte- 
necen á todos , en virtud del deber que la misma conciencia 
nos impone de desarrollar nuestras facultades )' nuestros 
conocimientos. 

»Y no es dudoso, que aun allí donde la administracio'n 
no pueda obrar de una manera directa, serán atendidas sus 
indicaciones. Ciertamente se hará así para celebrar el acon- 
tecimiento más grande de la edad moderna, }' para trazar 
la vida del hombre que lo ha preparado. Entonces, sobre- 
poniéndose el patriotismo sobre las pasiones mezquinas, 
podemos esperar que los archivos comunales y los particula- 
res se abrirán ante el mandatario encargado por el Estado de 
una misio'n nacional 3' legítima. Este es el resultado que 
importa conseguir 



))Mi tarea quedaría seguramente incompleta si no acom- 
pañara con algunas consideraciones prácticas las generali- 
dades que acabo de exponer. 

))La forma en 4." en las dimensiones adoptadas para el 
Códice Diplomático Colomho-aiiicricúno, publicado por mandato 
de los Decuriones de la ciudad de Genova en 1S23, me 
parece la más apropiada. 

»E1 libro no deberá contener figuras, ni retrato de fanta- 
sía: ilustraciones tan costosas como pueriles, porque ni hay 
hov, ni ha habido nunca imagen auténtica de Cristóbal 
Colón. Podrían acompañarse, sin embargo, las vistas de la 



m. 



LXXXVIII 



CRISTÓBAL COLÓN 



puerta de San Andrés y de la casa que lleva el número 37 
de la calle derecha de Ponticcllo, pero restaurada según las 
regias técnicas del siglo xv. La una fiiaba diariamente las 
miradas de Cristóbal Col(')\ durante su infancia, pues 
vÍA'ía á poros pasos de aquel monumento, y la otra era su 
habitacio'n. En aquella modesta casa fué donde hizo sin 
duda alguna su aprendizaje de tejedor, y donde tal vez vid 
la luz primera. 

«Los documentos auto'grafos serían publicados en facsí- 
miles. Persuadido estoy de que su excelencia, el duque de 
Veragua, descendiente de Crist(')B.\l Colón, y i'efe actual de 
la familia, permitirá sacar fotografías de las veinte piezas 
([ue conserva en su archivo. Lo mismo sucederá probable- 
mente con las que poseen los archivos nacionales de Madrid 
y la bil)lioteca colombina de Sevilla. \^entaiosísimo sería 
insertar también como texto esa preciosa serie de documentos 
y anotarlos oportunamente. 

«Cada documento iría precedido de una noticia histo'rica, 
crítica y bibliográfica, seguida de las narraciones cíjutempo- 
ráneas esparcidas en diferentes colecciones, y de las que las 
investigaciones posteriores han hecho conocer: y j^ara las 
relaciones de los cuatro viajes, de un mapa que describiera 
el terreno recorrido, así como los lugares de desembarco, 
con sus fechas. » 

FA pensamiento es felicísimo, apropiado al oljjeto. y 
digno de las ma3'ores alabanzas. Pero ;,por qué razo'n se 
dirige el ofrecimiento al gobierno del reino de Italia? ¿Como 
podría éste llevarlo á la práctica sin grandes dispendios 3' 
dificultades casi insuperables? Los escritos auto'grafos y los 
documentos importantes de CoL<')\ se conservan con mu}' 
ligeras excepciones en España, en el archivo del señor duque 
de \'eragua. en la Biblioteca Colombina, en el Archivo gene- 
ral de Indias, y acjuí. donde por derecho deben tener su 
asiento principal las fiestas del centenario, parece lo'gico que 
se haga la publicación de los escritos del .\hriirante. repro- 



INTRODUCCIÓN 



LXXXIK 



ducidos íiclmentc de sus oris^inalcs, }■ de los documentos que 
pueden aclararlos v completarlos tormando su historia. 



III 



Los pueblos del Nuevo Mundo también se han agitado 
al recuerdo del pro'ximo centenario. Como podía esperarse 
del alto grado de cultura que alcanzan, de sus inmensos 
adelantos en el comercio v en la industria, de su gran 
importancia política, sus pensamientos son levantados, sus 
proj'cctos tienen carácter de universalidad, uniendo en una 
mira lo útil v lo agradable, muy en consonancia con su 
manera de vivir v con las tendencias de .su actual evolucio'n. 

Se ha manifestado en las repúblicas hispano-americanas 
con este motivo, mucho entusiasmo hacia el descubridor, 
muchos recuerdos de gratitud hacia la que fué un tiempo 
su metro'poli, aunque al mismo tiempo se han dejado tras- 
lucir ciertas tendencias absorbentes y por demás exclusivistas, 
disculpables en el estado de adelanto en que ho}' se encuen- 
tran . y que ciertamente desaparecerán con facilidad para 
entrar de lleno en armonía con todos los pueblos que asj^iran 
á tomar parte en la celebracio'n del centenario. 

El acreditado perio'dico Ltis Kovcdúdcs, de Nueva York ' . 
se expresa en estos términos: 

«Mucho se ha dicho v pul^licado sobre el provecto de 
«Exposicio'n de las tres Américas» con que se trata de 
conmemurar en \\ ashington el cuarto centenario del descu- 
brimiento. Va saben nuestros lectores que el asunto fué 
objeto recientemente de un dictamen muv notable por parte 
de la comisio'n de relaciones exteriores; pero ho}' que tenemos 



< Nueva York. — Oficinas, núm. 23, Libert)' Street — Número 332 corre? 
pondiente al jueves ig de Julio de 1888. 






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%M^^^M^\ ^^ \\'ashington el texto de este informe . vemos que la comi- 
-^^^^M] sio'n aprobó' el proyecto en tesis general, pero sustituyéndolo 
' en lo relativo á sus detalles con otro que presenta algunas 
"^-¿1 novedades de interés. 

»Se trata de una Exposicio'n permanente de los produc- 
tos de todas las naciones americanas que se inaugurará 
en Washington en 1892, si llega íí ser ley este pro3'ecto. 
Autorízase al Presidente para nombrar una junta directiva 
de nueve personas, encargada de formar el plan de Exposi- 
cio'n, inclu3'endo en este nombramiento otra junta consultiva 
de sesenta ^^ dos miembros ; el gobernador de cada Estado y 
territorio nombrará uno de éstos, y otro también el Presidente 
de cada una de las diez y seis repúblicas hispano-americanas. 

))E1 terreno se concederá bajo la dirección del Presidente 
en alguno de los que son j)ropiedad del gobierno en la 
ciudad de Washington, y las construcciones comprenderán: 
1." edificio para la exposicio'n de los productos y artefactos 
de los Estados 3' territorios de la l'nio'n, así como de 
los objetos de interés histo'rico, científico, etc., del país: 
_'." edificio para la exposicio'n de todas las repúblicas his- 
pano-americanas, del imperio del Brasil, Canadá 3' todas 
las posesiones europeas en América: 3' 3." se elevará una 
estatua colosal al descubridor del Nuevo ¡Mundo, el inmortal 
Colón.» 

Otros pro3'ectos se agitan también en el Nuevo Mundo, 
aunque no tienen, según parece, tan levantado carácter, ni 
son tan generalmente aceptados. Tal acontece al de Mr. An- 
derson, que por su índole debe ser de origen totalmente 
particular 3' privado. No lo conocemos más que por las 
escasas noticias que ofrece otro artículo del citado periódico 
Las Novedades, siendo muy notaljle la carta del ministro de 
México señor M. Romero que en el mismo se copia. El 
artículo dice así: 



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«P.\k.\ KL CENTEXARU) ijk lücjj. — llemos dicho que el 



INTRODUCCIÓN 



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texto del clietamen formulado por la comisio'ii de relaciones [^^^^^f^^^^pSi 



exteriores de la cámara sobre la conmemoración del cente- 
nario de Coi.(')\ va acompañado de diversos documentos, 
algunos de los cuales dan interesantes detalles, aún no cono- 
cidos del público. 

)) Entre esos documentos hav una colección de cartas 
firmadas por los representantes dijalomáticos de casi todas 
las naciones hispano-americanas, va publicadas muchas de 
ellas, y precedidas como siempre de aquellos panegíricos del 
ministro de Venezuela señor Soteldo. que caía en éxtasis 
ante la grandiosidad v el americanismo del pro3'ccto, 3- 
hablaba del sistciihl íinicriciliio de las naciones de este conti- 
nente como pudiera hacerlo el mismo Blaine. 

))Los demás ministros, á excepcio'n del señor Velasco que 
represento' al Salvador é imito' al señor Soteldo. se limitaron 
en eeneral á contestar atentamente al secretario de la comi- 

o 

sio'n de propaganda Mr. Anderson, que pondrían el asunto 
en conocimiento de sus respectivos gobiernos y así lo hicieron 
en épocas diversas los señores don Casimiro Corral . don 
Mccnte G. Ouesada. don Domingo Cana, y don Manuel 
Montúfar. ministro de líolivia, la Argentina. Chile v (¡uate- 
mala. Del ministro de México, señor Romero, se recordará 
que refresco' la memoria de Mr. Anderson, diciéndole Cjue 
también México tenía proyectada una Exposicio'n en su 
capital para 1892. 

))Entre las más recientes comunicaciones de este año 
vemos las de los representantes del Perú, Colombia, Nica- 
ragua y Costa Rica, señores don F. C. Coronel Zigarra. 
don F. Mutio Duran, don Horacio (luzmán y don Federico 
^'olio, V sobre todo una nueva carta del señor ministro de 
México, fechada en Julio último, 3' que es de verdadero 
interés, por lo que la reproducimos más adelante. 

»E1 señor Romero, según loable costumbre, pone las 
cosas en su verdadero lugar, reivindicando para las naciones 
americanas todas el derecho de celebrar acontecimiento tan 



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CRISTÓBAL COLON 




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memorable, y dejando al poder legislativo de cada una de 
ellas el prestar o' no su concurso. También recuerda oportu- 
namente el diplomático mexicano c|ue España ha resuelto 
conmemorar oficialmente el descubrimiento de América. 

«Creemos sinceramente que 3'a era tiempo de que se 
diera á ]\Ir. Anderson una respuesta catego'rica. explícita, 
que le demuestre hasta qué punto se sabe apreciar el carácter 
totalmente particular y privado. c[ue hasta la fecha tienen 
sus esfuerzos y su sociedad de propaganda. Sería de desear 
C[ue el citado secretario meditase la carta del señor Romero, 
y dejase en paz á los diplomáticos hispano-americanos, cu3'a 
llegada á Washington ha acechado hasta ahora , para espe- 
tarles, sin excepcio'n , el cúmulo de circulares, informes, 
folletos y dictámenes que á estas horas tiene va acumulados: 
pedirles su opinio'n, sabiendo que no pueden darla oficial- 
mente sin consultar á su gobierno, y luego publicar en todo 
el país la respuesta, por fría que sea, como si se tratara 
de un testimonio más á favor del pro3'ecto de Air. ^Vnderson 
y sus amigos. 

Hé aquí la carta del ministro de Aíéxico; 

«Legación Me.xic.wa . 

«Washington, Junio 14 de iSSS. 

«Señor Alejandro I). Anderson, secretario de la junta 
nacional de promocio'n. etc. — Hotel \\ illard. 

«Aíu}' señor mío: lie recibido la comunicaciiín de usted 
de C) del corriente, en que me pregunta la opiniíín del 
gobierno de México respecto de celebrar el cuarto centenario 
del descubrimiento de .Vmérica por medio de una líxposicio'n 
de las tres .Vméricas, en Washington, el cual está ahora 
pendiente en el Congreso de los Estados l'nidos. 

«Tengo la honra de decir á usted en respuesta, cjue no 
he recibido instrucciones ningunas del gol)ierno de México 
sobre este asunto, y que por lo tanto, ni conozco ni puedo 
expresar su opinión respecto del mismo. Por algún tiempo 



IXTKODL'CCION 



XCllI 



se ]iromnvi(í en la ciudad de Aré\ico la idea de celebrar 
este mismo centenario ct)n una Exposicio'n l^nivcrsal ; pero 
habiéndose adelantado el i;'obierno español para celebrar 
ese acontecimiento en Madrid, y habie'ndose promovido en 
W'asliington, por la junta de que es usted secretario, la idea 
de la Exposicio'n de las tres Américas, presumo cjue se 
abandonará el proyecto c¡ue se tuvo en México. 

»Como sabe usted, hasta ahora el provecto de Wash- 
ington no pasa de tal. v aunque la junta de que es usted 
secretario está encariñada de promover la Exposicio'n, y se 
han presentado en ambas Cámaras del Congreso de los 
Estados luidos diferentes pro3'ectos respecto de la misma, 
hasta ahora no se ha conseguido ningrma disjoosicio'n legis- 
lativa que le dé forma. La cuestio'n, por lo mismo, por lo 
que hace á los Estados Unidos, tiene todavía un carácter 
nacional, a' bajo este aspecto no corresponde á un gobierno 
extranjero, por amigo que sea de este país, expresar opinio'n 
respecto de ella. 

«Por lo demás, no encuentro inconveniente en decir á 
usted c|ue en mi concepto, el descubrimiento de América, 
cjue cuenta ya cerca de cuatro siglos, es uno de los aconte- 
cimientos de ma3-or importancia j trascendencia que han 
tenido lugar en el mundo durante la era cristiana; y los 
esfuerzos de las naciones americanas, no pueden dirigirse, 
á mi juicii). á un fin más loable que el de celebrar el cuarto 
centenario de su advenimiento al mundo civilizado ; auncjue 
la forma y condiciones especiales de esa celebracio'n . depen- 
den del poder legislativo de la nacio'n americana que se 
proponga encabezarla y del concurso que quieran prestarle 
las demás naciones hermanas. 

«Soy de usted atentamente su seguro servidor. 



»\[. RriMEK 



o . « 



Este es hasta ahora el pensamiento que se llama pura- 
mente americano, según han visto nuestros lectores. 












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jiSj/J UJay^.^-. \LI JHf-J 



■„L^- 



XCIV 



CRISTÓBAL COLÓN 





IV 



La Sociedad Colombina Onubense al ocuparse, casi en 
los momentos de su instalacio'n, de todo cuanto podía contri- 
buir á celebrar anualmente la fecha de la salida de las 
carabelas del puerto de Palos, y á preparar por ese medio la 
mayor gloria de Cristóbal Culóx, pensó' también en que 
pudiera solemnizarse con ma3'ores demostraciones el cuarto 
centenario, aunque todavía estaba mu}' lejano; y para ello, 
á pesar de que entonces no contaba más cjue con sus propios 
recursos, anuncio' 3'a el pensamiento de pedir al gobierno 
que estando declarado monumento nacional el monasterio de 
la Rábida, por cuenta del Estado se procediera á su restau- 
racio'n por personas com.petentes, para que no perdiera su 
carácter, y fuera imperecedero recuerdo del hecho importan- 
tísimo c^ue dentro de sus muros se preparo', y en cuya reali- 
zacio'n tomaron tanta parte los monjes que le habitaban. 

Posteriormente, y perseverando en la misma idea, para 
los certámenes de los años 1886 y 1887, lo mismo que para 
los posteriores, se anuncio' como tema el proveció de fiestús 
para la celebración del cuarto ceiilenario de la salida de Colón 
para el descubrimiento del Nuevo Mundo el día } de Ao^osto 
de 141^2. Dos Memorias se presentaron á disputar el premio 
en el año 1887; pero el jurado considero' que ninguna de 
ellas llenaba el objeto y no se adjudicó el premio. 

Teniendo después en cuenta la comisión nombrada por 
el gobierno los trabajos de la Sociedad Colombina, ha parti- 
cipado á esta que los acepta y patrocina, y que en sub- 
comisio'n que por la ley está autorizada á nombrar, tendrá 
ésta la intervenciü'n á que su instituto y sus desvelos la hacen 
acreedora. 

Bástanos j^or lo tanto con haber indicado su pensa- 



INTRODUCCIÓN 



XCV 



miento, que probablemente en su día encontrará cabida en 
el programa general de festejos. 



V 



Antes de entrar á exponer algo de lo que en nuestro 
concepto debe hacerse para dar importancia en todos terrenos 
á la celebracio'n del centenario, vamos á anticipar en este 
sitio una noticia curiosa, conocida de muy joocos: vamos á 
exponer un pensamiento de Cristúb.\l Colón, un deseo, tal 
vez. del inmortal descubridor, que nos dejo' trazada la manera 
de celebrar su triunfo, de hacer la apoteosis de su genio }' 
de su empresa. 

Ya en la primera parte de esta Introducción hemos dicho 
en qué forma remitió' el Almirante á su patria la copia 
autorizada de todos los documentos en que constaban sus 
títulos Y preeminencias, sus dignidades y sus derechos. 
Nicolás Oderigo. á quien confio' aquellas coj)ias, no crcA^o' 
oportuno entregarlas desde luego á las autoridades de la 
Señoría , reteniéndolas en su poder por razones que ho}' no 
es posible averiguar, pero que tal vez un feliz hallazgo nos 
ponga de manifiesto inopinadamente; porque es cosa muv 
probable que Oderigo escribiera á Col(3n el motivo que á 
ello le impulsaba, 3' que recibiera respuesta del mismo: 
cartas que pueden encontrarse, como lo han sido otras que 
no figuraban entre los documentos remitidos desde Sevilla el 
año 1502, porque son de época posterior, }■ sin embargo, se 
ven hoy unidas á aquéllos y han sido publicadas en el Códice 
Diplomático Col omh o- Americano . 

Pero existe también unido á aquellos documentos un 
precioso dibujo, en el que no se ha fijado la atencio'n con el 
interés que merece, por ser un croquis original de Cristóbal 
Colón, ideado por él para perpetuar su gloria: cosa extra- 





XCVI 



CRISTÓBAL COLON 














/■J í V 









ordinaria, monumento de excepcional importancia, de rareza 
suma, (¡uc dcljc ser mirado con pasiiín pur los verdaderos 
colombistas. 

Describiendo minuciosamente el Códice el doctísimo 
l)arnabita luán B, Spotorno. y después de hablar de la copia 
de la carta del magistrado de San Jorge á Col<')N. fecha N de 
I)iciembrc de i,')i>^. con que termina, añade; 

« /// fine si vede uno sebi:^:io odltito sopra ;;/('-:;() fof^Iio di 
ciívtú rüppresenlímte muí piltiint siuiholicii del G)/o//;/'0 í' delld 
siiii siopertci '.)) 

Xo logro' el esbozo o' croquis tíjar la atencio'n de aquel 
sabio, que tal vez lo paso' sin examen más prolijo, v por eso 
no le dio' entrada en su publicación, que iba limitada á los 
documentos v privilegios. Pero algunos años después el ma- 
rino iVancés Mr. A. Jal. visitando las antiguas pinturas de 
la ciudad de Genova en busca de datos para enriquecer sus 
estudios de Arqiieologiú lutvül, encontn! ocasión de conocer 
detenidamente el Códice original que se guarda en la sala de 
sesiones del Consejo de Senadores. Lleno de admiración ante 
aquel dibujo, cuva procedencia no fué para él dudosa, tomo' 
desde luego un calco exactísimo, que es el que acompañamos 
para satisfacer la natural curiosidad de nuestros lectores, y 
luego le explico' y aumento' con atinadas observaciones, 
poniendo á la debida luz su autenticidad é importancia. 
Sin embargo, su trabajo publicado en Lü hníiice iiidrilinie - 
tampoco llamo' la atencio'n de las personas entendidas. c|uizá 
por la escasa circulacio'n de aquella obra: pero entre nosotros 
la conocía y dio' noticia de ella el erudito escritor y capitán 
de navio don Cesáreo Fernández Duro, que en sus Disquisi- 
ciones iniiiliCíls 3. primeramente, y después en el libro titulado 



' Cóílirf Diphnnálltc Ccloiiil>fl-An¡n-¡caiio. — (lenov.a, 1823, Introd. 
- ¡.a l''rai¡cc mnriliiiic. — Pnrís, Ini]iiinit'rie ilc Decourchant, 1838, In tul, 
tome II, pág. 263. — Véase en los Apánüccs d /¡i Iiitrodinción (c). 

Dis(¡iiisit-/oiii's náuticas. — Madrid, Rivadeneyra, 1S77, tomo I. piág. 119. 



INTRODUCCIÓN 



XCVII 










Cristóbal Colón, t. i. — xiii* 



XCVIII 



CRISTÓBAL COLÓN 



Colón y la Historia póstiniiíl ■ recordó el bosquejo de Colón y 
los trabajos de Mr. Jal. 

¿Se quiere saber ahora cuál fué el objeto de Colón al 
trazar ese croquis, y de qué modo lo dejo' significado'/ ¿Se 
desea comprender la alta importancia que puede tener en la 
celebracio'n del cuarto centenario? Pues oigamos ante todo á 
los dos escritores citados : 

«Lo que el grande hombre quiso consagrar en su esbozo, 
fué su gloria, dice Mr. A. Jal: sin duda un día en que estaba 
satisfecho de sí propio trazo' su triunfo con la misma pluma 
con que al pie de una carta á Oderigo acababa de escribir 
los fastuosos títulos con que Fernando é Isabel le habían 
condecorado: vanidad harto disculpable en el valeroso 
marino que había dado tá España un mundo nuevo : alegría 
bien inocente, cjue apenas jDodría ser bastante á compensar 
tantas desdichas sufridas , tantas tristuras , tantas humilla- 
ciones, tantos menosprecios y tantas cabalas injustas!» 

«En medio de la comjDosicio'n está el héroe, dice el 
señor Fernández Duro, sentado en un carro, cuyas ruedas, 
de paletas, hieren las aguas del mar, pobladas de monstruos 
c[ue representan la envidia y la ignorancia, medio ocultas. Al 
lado de Colón la Providencia; ante el carro, impulsándolo, 
la constancia y la tolerancia; por detrás lo empuja la religio'n 
cristiana, flotando en el aire la victoria, la esperanza y la 
i ama. Colon esperaba que el hócelo fuera desarrollado en labia ó 
uiuro, por el cuidado de la Señoría, y á prevencio'n escribid 
de su puño el nombre de cada figura, explicando al margen 
los atributos y la forma y color de los vestidos, sin omitir el 
suyo.» 

Inútil es ponderar el interés de esta obra : después de lo 
dicho nada creemos que podría encarecerlo. De la oportu- 
nidad de su ejecucio'n nos vamos á ocupar en seguida; pero 



Colon y la Historia postuma. — Por el capitán de navio Cesáreo Fernán- 
de/. Duro. — Madrid, 'l'ello, 1885, pág. 206. 



INTRODUCCIÓN 



XCIX 



antes será tal vez discreto v conveniente aducir alsfuna 
prueba, para demostrar que el croquis es original de Crisk')- 
BAL CoLÓx. Desde luego le presta señalada autoridad el 
encontrarlo unido al libro de los privilegios del Almirante, 
copia que reconocidamente v por las cartas que le acompa- 
ñan, es la misma que aquél envió' tá Nicolás Oderigo. /.Por 
qué motivo este diplomático puso aquel croquis en la última 
página del Códice? Este solo hecho parece indicar que ambos 
tenían la misma procedencia. Debió' recibirlo el embajador 
posteriormente, quizá con nueva carta de Colóx, 3' fué 
colocado en el lugar que le correspondía. Para ma3'or con- 
vencimiento la letra de los nombres que designan las 
figuras, como la de las anotaciones marginales, es de puño 
del grande hombre, }• en un ángulo está su firm.a, clara, 
indudable, con todos los signos j caracteres que la hacen 
auténtica '. 

Pero para hacerla aún más indubitada: para que se 
comprenda que está allí puesta por el autor, uno de los 
poseedores del precioso co'dice, probablemente el mismo 
Nicolás, o' tal vez Lorenzo Oderigo, — que este particular 
podrán resolverlo los genoveses, haciendo el cotejo con letras 
conocidas de aquellos diplomáticos, — al observar el dibujo. 
3- la firma que en su ángulo inferior izquierdo aparece, 
escribió' al lado de ésta: 

(sSegno con che Cristofforo Colomho scgnaha c sotoscri- 
veva le siic scritte.» Es decir, que en el momento, tal vez, de 
recibirse aquel croquis en Genova, 3- para evitar toda duda, 
hubo quien puso al lado de sus signos, que no eran inteligi- 
bles para todos, estú es la firma de Cristóbal Colón. 



' Véase en los Apéndices d la Introducción (d). 




(Ú>J 



CRISTÓBAL COLÓN 




.^^: 




VI 



Nada más lejos de nuestro intento que formular en esta 
Introducción el programa de las fiestas con que ha de solem- 
nizarse en todo el mundo el cuarto centenario del descubri- 
miento, que vamos viendo ya tan cercano. Corresponde de 
derecho esa gloriosa, aunque ardua tarea, al gobierno de la 
nacio'n española, puesto al frente de todas las demás nacio- 
nes que noblemente ansien contribuir á que revista todo el 
esplendor, la pompa, la grandeza que el suceso reclama. 
Este es el punto único en que nos fijaríamos, y hacia el que 
llamaríamos la atencio'n, si de algo pudieran servir nuestras 
débiles advertencias , para que no se pierda de vista un solo 
instante. Mas ha tomado 3'a la iniciativa, 3^ solo debemos 
desear que todo se practique con la elevación de miras que 
corresponde á la universalidad que ha de caracterizar el 
pro3'ecto; aunque del patriotismo c ilustracio'n de los patri- 
cios que forman la junta nombrada por el gobierno español 
en 2Ñ de Febrero de 1888, con el encargo de entender en 
ello, es de esperar tal resultado y tan feliz que supere las 
esperanzas de cuantos se interesan por las verdaderas glorias 
de España. 

Mas á pesar de eso, 3' con toda la timidez, con toda 
la desconfianza natural de quien so'lo confía en sus fuerzas, 
aunque estimulados por un sentimiento patrio'tico, vamos á 
exponer ligerísimamente algunas ideas acerca de lo que nos 
parece podría contril)uir al mavor lucimiento del acto, á la 
generalizacio'n de las manifestaciones, y á dar al centenario 
un carácter que no se borrase con el transcurso de los años. 

Entendemos que las festividades ¡jodrán tener dos dife- 
rentes objetos: Primero, despertar el entusiasmo de la gene- 
racio'n presente, lo mismo en las grandes capitales que en 



INTRODUCCIÓN 



Cl 



las jicqucñas poblaciones, cscogitando medios de que en p 
todas partes se renueve la memoria de CoL(')X 5' del descu- 
brimiento, y la celebren con regocijos populares, fiestas 
religiosas, militares y civiles, en la manera que se acuerde 
y sea posible hacerlo. — Segundo, estimular por los medios 
oficiales que se juzguen más directos la inauguracio'n de 
asilos para marinos inválidos, de los cuales uno podría serlo 
el monasterio de la Rábida: de escuelas para sus hijos 5' 
de centros de enseñanza para marineros : procurar que en el 
día 3 de Agosto se coloque en la capital la primera piedra 
de algún monumento grandioso que sirva de perpetua 
memoria: circular en millones de impresos y gratuitamente 
una sucinta biografía de Colón, que redactaría la Real 
Academia de la Historia, y algún documento importante, 
alguna carta escrita de su mano que el pueblo tuviera 
empeño en conservar como recuerdo de su genio y de la 
gloria de España; pudiendo remitirse al mismo tiempo á 
todas las capitales, en forma solemne, para que se guardara 
en todas sus bibliotecas, el libro que contuviera todos los 
escritos que se conocen del inmortal descubridor. Esto nos 
ocurre 3- esto sometemos á la alta consideracio'n de la junta 
encargada de preparar la celebracio'n del centenario. 



VII 



Pero vamos por partes. Cuatro siglos hace que Cris- 
tóbal CoLiJx remitió' á su patria el dibujo de que nos hemos 
ocupado en uno de los párrafos anteriores. Su deseo fué 
indudablemente que trasladado en tabla d en lienzo, por 
algún artista capaz de comprenderle, fuera perpetua memo- 
ria de los muchos trabajos que había sufrido, de la grandeza 
del pensamiento que concibió' su mente, y del feliz resultado 
que su empresa consiguiera. No se ha realizado hasta hoy 








cu 



CRISTÓBAL COLÓN 



c] deseo del inmortal descubridor. /.Qué momento más 
oportuno, qué ocasidn más propicia que la celebración del 
centenario, para dar vida A la creacio'n pictórica, exponiendo 
á vista de todos el triunfo de Crist(')Bal Colón? 

¿No aceptarían como buena los individuos de la junta 
la idea de anunciar un concurso entre los artistas de todas 
las naciones de ambos continentes para la ejecución de ese 
hermoso cuadro? Fácil sería, en nuestro entender, hacer 
numerosa reproducción de este mismo dibujo, circularlo por 
todas partes, remitiéndolo á los gobiernos y ofreciendo 
honroso premio á los bocetos cj^ue en un plazo determinado 
se presentaran, y la ejecución del cuadro generosamente 
recompensada, con honra y provecho, á aquel pintor cu^-a 
obra fuese la más digna de interpretar el pensamiento, á 
juicio de un jurado internacional. 

P21 artista cu3'o boceto fuera escogido, podría recibir, á 
más del pa.go espléndido de su trabajo, condecoraciones y 
títulos de todas las naciones que concurran á la celebración 
del centenario; y éste sería caso nuevo, honrosísimo v sin 
¡írecedente en la historia, que movería á todos los que 
rinden culto á las artes para concurrir á tan honroso 
certamen. 

En el cuadro de la apoteosis de Colón tiene cabida el 
retrato de este genio inmortal sentado en el buque que 
simboliza su carácter y su empresa. Le guía la Providencia: 
le acompañan la Fe y la Esperanza, le inspira la Religión: 
canta la Fama su gloria, 3' el buque ó carro triunfal que le 
conduce á las plajeas del Nuevo Mundo, arrolla con sus 
ruedas y sepulta entre las aguas á la Ignorancia, á la 
I'.nvidia á todas las pasiones mezquinas que se atravesaron 
en su camino y opusieron dificultades á la realización de su 
Ijensamiento, como las han ojíucsto y las opondrán siempre 
,í todo lo que sea grande, levantado v sublime. 

¿No es tan bello asunto capaz de despertar el entu- 
siasmo de todos los que tengan corazón de artista? ¿üuién 



INTRODUCCIÓN 



CIII 



habr;í que abrigando en su cerebro la llama de la inspira- 
cio'n no la sienta avivada al interpretar el pensamiento de 
un grande hombre? El genio del pintor será guiado por el 
genio del navegante, que le llevará á feliz puerto y le 
conducirá al templo de la gloria, como condujo las carabelas 
españolas á las desconocidas tierras de Occidente. 

Entre los actos que podremos llamar permanentes y 
duraderos para recordar el centenario, el cuadro del tniiiijo 
de Colón, ideado por él mismo, sería sin duda uno de los 
más notables; teniendo la ventaja de que, si como es dé 
esperar en vista del gran adelanto de las' artes en nuestro 
tiempo, el cuadro fuese una obra notable y digna, fácil cosa 
sería su reproduccio'n para que figurara en todas las capita- 
les C|ue quisieran tener ese recuerdo. La apoteosis del descu- 
bridor estaría consagrada en todos los museos del mundo. 



VIII 



Ocasio'n sería también el centenario jjara que reunidas 
las representaciones de los gobiernos de ambos mundos , con 
el concurso de todos se pusiera la primera piedra de un gran 
monumento á Colón, costeado ¡jor todos los pueblos civiliza- 
dos. Este sería homenaje digno de nuestro siglo y que en el 
lenguaje más elocuente narraría á las generaciones venideras 
cuánto fué el entusiasmo de la presente, cuánto su reconoci- 
miento y su amor al genio que facilito' por un rasgo de su 
talento la reunio'n de toda la humanidad. Monumento que 
sería testimonio al mismo tiempo de los adelantos artísticos 
del siglo XIX y de la grandeza de las naciones que tan colosal 
obra emprendieran, así como son testigos de la importancia 
de las pasadas generaciones las pirámides de Egipto, los 
templos de Uxmal y de Palenque . el del Sol en Helio'polis y 
el Coloseum de Roma. 









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CIV 



CRISTÓBAL COLÓN 



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'^r. 



Para conseguir este objeto mucho trabajo encontramos 
3"a adelantado. En la primera parte de esta Introducción 
dejamos reseñada la historia v varia suerte del provecto tra- 
zado por el arquitecto español don José Marín Baldo. ¿Qué 
podríamos decir después de despertar en la memoria de 
todos este recuerdo y de lanzar á la publicidad lo oportuno 
de su ejecucio'n? Conocen muchos en España ese grandioso 
proyecto; lo aplaudieron y lo premiaron codiciándolo los 
americanos en la Exposicio'n de Filadelfia, y ho}' mismo 
corren sus alabanzas en boca de todos los amantes de la 
grandeza de nuestra patria, abrigando muchos la esperanza 
de ver levantado el colosal monumento. 

No se nos oculta el grande obstáculo que presentan 
para su construccio'n las crecidas sumas que por necesidad 
habrán de invertirse; cuestio'n difícil pero que hav muchos 
medios para superarla. ¿Habrán de declararse vencidas por 
tan pequeño enemigo las naciones que concurran al cente- 
nario? ¿No bastará el mágico nombre de Colón para unirlas 
á todas por un vínculo de entusiasmo y que á expensas de 
todos los gobiernos veamos levantarse ese recuerdo de su 
gloria? ¿No podría intentarse una suscricio'n universal? ¿No 
sería más satisfactorio, no tendría más significacio'n el monu- 
mento levantado al genio por los hombres de todos los 
países del mundo conocido? 

í^Iuchas podrán ser las dificultades que se toquen para 
la realizacio'n de este pensamiento; pero ni es este el lugar 
más á propo'sito para indicarlas, ni somos nosotros los 
llamados á resolverlas. Volvemos la vista llenos de confianza 
á la Junta organizadora, y creemos que á entrar en lo posi- 
ble, habrán de procurar que se realice. 



W^ 



INTRODUCCIÓN 



CV 



IX 



Con objeto distinto, como festejos populares, y para 
que los días 3 de Agosto y i-' de Octubre tengan en todas 
partes resonancia y despierten el recuerdo de los grandes 
acontecimientos cjue en ellos se realizaron, son muchos los 
medios de que pueden valerse los gobiernos , cuya variedad 
misma y el diferente carácter que pueden revestir, son causas 
bastantes para que los dejemos en silencio. 

Ilustres colombistas se han ocupado con insistencia 
en la importancia de esas fiestas ; y la Sociedad Colombina 
Onubense, según ya hemos dicho, ha anunciado en varios 
certámenes su deseo de premiar un buen pro3'ecto para la 
celebracio'n del centenario, respondiendo así á la obligacio'n 
c[ue le impone su título 3^ el lugar en que está establecida. 
Por desgracia ninguna de las Memorias presentadas ha obte- 
nido aquella honrosa distincio'n. 

Pero el arquitecto Marín Baldo, el inspirado autor del 
monumento grandioso de c[ue tantas veces nos hemos ocu- 
pado, es tan distinguido escritor como entusiasta colombista, 
j escribió' una Memoria en la que hace preciosas indicaciones 
que pueden servir de guía entre otras muchas, y pudieran 
aceptarse '. Copiaremos en este lugar algo de sus princi- 
pales párrafos : 

«Existe, dice, un contrato de Colón con los Reyes Ca- 
to'licos en el que se estipularon las condiciones del viaje. 
títulos y honores que se concedían al gran navegante si lle- 
gaba á descubrir las tierras que prometía. Este contrato, 
CU3-0 original deberá encontrarse en algún archivo público, 
puede ser reproducido exactamente por medio de la foto-lito- 





Véase íntegra en los Apéndices de la Introducción , (e). 
Cristóbal Colón, t. 1.^ — xiv* 




CVI 



CRISTÓBAL COLÓN 



•■*Si, 



^? 






|H| grafía, invención de nuestros años, y hacer una gran tirada 
de ejemplares que se remitirán por el gobierno á todos los 
^ ayuntamientos de España, y á los de fuera que lo pidan y 
quieran conocerlo y guardarlo como documento precioso. 

»A los nueve mil ayuntamientos de España se les orde- 
nará por el Ministerio de la Gobernacio'n dar lectura pública 
y solemne de este documento el día 3 de Agosto de 1892, 
como se hacía con los Bandos Reales para c¡ue llegasen á 
conocimiento de todos ; y después lo colocarán en un cuadro 
en la sala de sesiones 



fim 



s^'^^J 



«Todas o' la ma3'or parte de las capitales de provincia y 
partidos judiciales, dice más adelante el ilustrado arquitecto, 
deberían levantar un monumento público á la memoria del 
cuarto centenario de Colón, siendo fácil 3^ econo'mico llevar 
á cabo este pensamiento en la forma siguiente: 

))E1 gobierno deberá abrir un concurso entre todos los 
arquitectos españoles para presentar provectos de un monu- 
mento que perjDetúe la memoria del cuarto centenario del 
descubrimiento sujetándose á este programa: 

))i.° El monumento será de hierro fundido y su peso 
no debe exceder de diez toneladas, carga máxima de un 
vago'n de ferro-carril. 

»2.° Este monumento será coronado por un busto de 
Colón, y tendrá en su decoracio'n las tres proas de las cara- 
belas que hicieron el viaje primero á las Indias Occidentales, 
así como también las inscrijjciones y fechas que se dicten por 
la Real Academia de la Historia. 

«3." Siendo, como deberá serlo, de varias piezas que 
se ajusten á enchufe o' con tornillos, una de estas tendrá en 
su interior un hueco o' cavidad donde se encierren los perio'- 
dicos en que se dé cuenta de las fiestas del cuarto centenario 
en toda líspaña, y algunos otros documentos de la época, 
tales como el acta de los festejos hechos por el pueblo o' ciu- 
dad en que levante cada uno de estos monumentos. 



INTRODUCCIÓN 



CVII 



«Como se ve desde luego, un monumento de esta clase 
tiene sus mayores gastos en el 23ro3'ecto y los modelos para 
la fundicio'n, los cuales se podrían repartir entre todos los 
numerosos ejemplares, y por tanto ser poco el aumento que 
recibieran sobre el precio de cuatrocientas pesetas la tone- 
lada, o' sean próximamente cuatro mil pesetas cada ejemplar. 

«Esta obra, puesta al alcance de los pueblos más 
pobres, pudiera ser ejecutada con ma3"or lujo en las capita- 
les de provincia, constru3'endo el basamento general de 
mármol o' de sillería; pero en todas partes la primera piedra 
jDara los cimientos se pudiera colocar en un día dado, el 3 de 
Agosto, fecha de la partida de Col(3n del puerto de Palos, y 
hacer la inauguracio'n del monumento el 12 de Octubre del 
mismo año 1892.» 

No se detiene el señor don José í^íarín Baldo, y en alas 
de su entusiasmo por Cristób.\l Colón , á cu3'a ajDoteosis ha 
consagrado toda su A'ida de artista , con el deseo de que el 
cuarto centenario sea un verdadero acontecimiento, pasa de 
los festejos 3" regocijos populares, á las grandes manifesta- 
ciones que pueden hacerse en ^ladrid. caluma del remo y 
corüTfiu de ¡a patria; en Granada, donde se firmaron las 
capitulaciones entre el descubridor 3' los Re3'es Católicos: en 
Palos, de donde zarparon las afortunadas carabelas... Si su 
pensamiento fuera aceptado, el cuarto centenario tendría 
gran resonancia en todas partes , y los días 3 de Agosto 
3^ 12 de Octubre de 1892 serían verdaderamente una fiesta 
de la humanidad . como deseaba en el Congreso de america- 
nistas de Madrid, el señor don Tomás Alontejo. 



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Como síntesis de todo cuanto hasta ahora se ha indi- 
cado por los apasionados al gran nombre de Cristóbal 



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CRISTÓBAL COLÓN 



Colón, 5^ á la gloria del pueblo que comprendió' su genio 
y le dio' los medios para llevar á cabo su empresa, al par 
que la de las demás naciones que le deben, ]3or decirlo así, 
su existencia, podemos concentrar en pocas palabras el 
^ pensamiento dominante para la celebracio'n del cuarto cente- 
nario. 



Divididas en tres o'rdenes o' grupos las fiestas proj'^ec- 
i^Uj^jjíB tadas, y encargada de cada uno de ellos una seccio'n de la 




bijiQhííiS*". ;'*■■■■' 



^J ^^y ^^^-'^'^^^B ilustre Junta , se aumentarían y perfeccionarían estos pensa- 
mientos, escuchando las oiDÍniones de personas competentes, 
y aceptando cuanto se estimase que conducía á lograr el 
objeto deseado. 

Vemos, por hoy, que cabrían en el primer grupo, entre 
los que por su índole pueden tener carácter de permanentes, 
o' destinados á perpetuidad, ante todo, la colocación de la 
primera piedra de un monumento colosal y grandioso, que 
se levantaría con la cooperacio'n de todas las naciones his- 
pano-americanas, unidas á la que fue un tiempo su metru'- 
poli, que ¡jodría ser el pro3'ectado por don José Marín 
Baldo, uniéndose á éste por su origen y significacio'n. el con- 
curso que se anunciara para pintar la Apoteosis de Cristóbal 
CoLíjN, según e! dibujo trasudo por su iiuliio; y la publicacio'n 
de los escritos del Almirante, reproduciéndose fielmente los 
auto'grafos que se conservan, con todos los que puedan 
contribuir á fijar y esclarecer los hechos de su vida y 
viajes, y cualesquiera otros de igual naturaleza é impor- 
tancia. 

En el grupo segundo, participando del carácter de 
jjcrmanencia y utilidad del momento, entrarían los planes 
de líxposicio'n universal, 3^ Exposicio'n americana, combi- 
nados entre Europa y América: la inauguracio'n en varias 
capitales de asilos para inválidos de la marina, y educacio'n 
de sus huérfanos, cuyos establecimientos llevarían todos el 
nombre de Colón: la ereccio'n de monumentos conmemora- 
<^ < ^'^'^ tivos en las capitales y en los pueblos, facilitándoles á todos 



INTRODUCCIÓN 



CIX 



la manera de hacerlo en un día y aun en una hora deter- 
minada. 

En el tercero, figurarían las funciones religiosas, proce- 
siones cívicas, fiestas civiles y militares, limosnas, repiques, 
músicas 3^ cuanto pudiera contribuir al regocijo y animacio'n 
de todos, para que se aclamase con júbilo el nombre de 
Colón, y se recordase la importancia del descubrimiento en 
el día en que ocurrió tan gran suceso. 

Esto sería lo general. Pero fiestas especialísimas. fun- 
ciones con carácter propio, con objeto particular, no podrán 
dejar de verificarse. Palos y Lisboa, Santo Domingo y la 
Habana, Granada. Barcelona y Sevilla, tienen grandes 
recuerdos en su historia, fastos memorables, efemérides 
gloriosas que habrán de consagrar con alguna demostracio'n 
señalada, con algunos actos que signifiquen por nuevo 
rumbo la grandeza de sus pasadas memorias y de su esplen- 
dor presente. 

Cuáles puedan ser éstos ; qué magnitud puedan alcan- 
zar las manifestaciones de entusiasmo de tan cultas ciudades, 
no podemos decirlo, ni aun indicarlo siquiera. 



Tal vez al llegar á este punto, 3" aún antes de haber 
venido tan lejos, algún lector, recordando el espíritu un 
tanto positivo é interesado 3' demasiado utilitario de los 
tiempos en que vivimos, juzgue exagerada la grande exten- 
sio'n que pretendemos tenga la celebracio'n del centenario. 3^ 
aun añada que así se hace imposible su realizacio'n. El 
argumento es grave de verdad , pero en el caso presente 
no tiene exacta aplicacio'n, ni es obstáculo como en otras oca- 
siones. Las ideas que dejamos apuntadas, no son un deseo 
particular nuestro, ni de ningún colombista exigente; son la 
expresio'n de las aspiraciones de muchos pueblos, manifes- 
tadas por sus publicistas, acogidas por varios gobiernos de 
Europa 3" América, 3^ que van formando una opinio'n gene- 
ral, fuerte 3' robusta, capaz de vencer por sí sola todas las 



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CRISTÓBAL COLÓN 




dificultades para que el cuarto centenario del descubri- 
miento del Nuevo Mundo no sea la fiesta de una nacio'n. 
sino la expresio'n del júbilo y entusiasmo de todos los 
pueblos civilizados. 



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APÉNDICES 



INTRODUCCIÓN 



(a). — Pág. XVII 



ESTUDIOS científicos 



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Vuelve á agitarse entre los americanistas la cuestión muchas veces 
debatida, y otras tantas abandonada, del arribo de naves fenicias á las 
tierras que luego en el siglo XV descubrieron los españoles, y se llamaron 
Indias Occidentales ó Nuevo Mundo. Como complemento de la noticia 
que hemos procurado dar en la parte primera de la Introducción , de 
todas las opiniones referentes á la América precolombiana, por más que 
las correspondientes á los viajes que allá pudieran hacerse, tengan lugar 
señalado en ciertos capítulos de la obra, insertamos en este el trabajo 
que con el título de Estudios científicos publicó no hace mucho el señor 
don Manuel Benítez, pues no hemos podido estudiar los trabajos del 
barón D'Oufroy de Taron y de Mr. F"erraud, que en el mismo se citan. 



^1 



ESTUDIOS HISTÓRICOS 



La prensa científica extranjera, especialmente la inglesa y alemana, 
vuelve á ocuparse de nuevo en estos momentos, con interés y con insis- 
tencia, de la prioridad del descubrimiento de la América, con ocasión de 
los documentos encontrados también recientemente por Mr. Ferraud, que 
se remontan á la época de los fenicios, cuyos documentos corroboran 
que este pueblo, tan célebre en la antigüedad, comerciaba con los habi- 
tantes de la América meridional. 

En apoyo de esto, Mr. Romanet de Taillaut, en una de las últimas 
sesiones de la Sociedad Geográfica de París, se adhiere á la opinión del 



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CXII 



CRISTÓBAL COLÓN 






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barón D' Oufroy, y ya que las expediciones de los fenicios á la América 
no se pueden atribuir al conocimiento geográfico que aquéllos tenían de 
esta parte del mundo, recuerda Mr. Romanet la influencia poderosa que 
ejercen en la navegación las corrientes marinas del Atlántico, á las cuales 
hay que atribuir, dice, «las relaciones que sin duda existieron entre los 
fenicios y los habitantes de la futura América. > 

En prueba de esto cita Mr. Taillaut un hecho curioso. 

En Diciembre de 173 1, una barca, cargada de vino de Canarias, se 
dio á la vela en uno de los puertos de estas islas , con rumbo á Palma de 
Mallorca, mas sorprendida por una tempestad, tuvo que desviarse de su 
ruta, y entrando en la gran corriente del « Gulf-Stream , » atravesó 
el Atlántico con pasmosa rapidez. El asombro de estos marineros, que 
debiendo dirigirse á las Baleares fueron á parar á la isla de la Trinidad, 
impulsados por las corrientes oceánicas, confirma la opinión de D'Oufroy 
de Taron, que tiende á probar por ese medio que la América ha sido 
conocida por otros pueblos antes de la época de Colón. 

LTn hecho análogo ocurrió al navegante Arí Marsson, quien nave- 
gando hacia el sur por el año 1682, fué arrastrado por las corrientes del 
Atlántico á la parte de la América llamada de los «hombres blancos,» 
en donde recibió el bautismo, y no habiendo obtenido el permiso para 
regresar á su país, fué luego reconocido por los isleños de Orkney y por 
varios islandeses. 

Por lo demás, si los fenicios tenían conocimiento de la América, 
también lo tuvieron los normandos de las costas septentrionales de este 
país, y sabidas son las expediciones que más tarde nos dieron á conocer 
las regiones tropicales del mismo continente. Más inciertas son las 
huellas que creen algunos haber encontrado de un descubrimiento de la 
América hecho por los islandeses en el año 989; pero lo que constituye 
hoy una verdad histórica indiscutible, es el descubrimiento de la América 
hecho por Leif, en el año looo, desde la extremidad del norte hasta 
los 41° de latitud septentrional, á cuya empresa contribuyeron, aunque 
de una manera casual, los marinos noruegos. 

Ahora bien; los testimonios imparciales y los datos que sobre este 
asunto existen, puestos fuera de duda por la crítica moderna, confirman 
la creencia de los señores D'Oufroy y Romanet; pero como quiera que esto 
mismo sirve de base á ciertos autores contemporáneos, más amantes de 
la novedad que de la verdad científica, para menoscabar el mérito que 
corresponde á la gigantesca empresa llevada á cabo por el genio de 
Colón, vamos á probar la injusticia con que proceden los que tal creen, 
en perjuicio de uno de los acontecimientos más grandes de los tiempos 
modernos. 

El que la América haya sido conocida por los fenicios y por otros 
pueblos antiguos, no rebaja en lo más mínimo el mérito del descubri- 
miento de Colón. Pitágoras y Aristarco de Samos conocían de los 



APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN 



Cxlll 



egipcios el verdadero sistema del mundo, y esto en nada rebajó la gloria 
de Copcrnico, al renovar el sistema pitagórico, que supone fijo al sol en 
el centro de nuestro sistema planetario. 

Así, pues, si el primer descubrimiento de la América hecho en los 
tiempos antiguos, no tu\-o la ¡nllucncia tliu adera que ejerció posterior- 
mente en los progresos de la geografía y del comercio, al ser renovado 
por Colón en el siglo xv, se explica fácilmente por la poca cultura de 
los pueblos que descubrieron primero aquel continente, y por la natura- 
leza de los lugares a que limitaron sus exploraciones. 

Además, COLÓN desconocía por completo el descubrimiento de esas 
regiones de nuestro planeta, designadas posteriormente con el nombre de 
America. Del mismo modo desconocía la «Atlántida» de Platón y la 
descripción de Catay y de Cipango, hecha por Marco Polo, en las cuales 
suponen algunos autores se inspiró CoLüN para realizar sus futuras 
empresas marítimas. Todo lo que sabía COLÓN de la antigüedad griega 
)■ latina, todos los pasajes de Aristóteles, de Estrabón y de Séneca 
sobre la proximidad del Asia oriental y de las columnas de Hércules, 
que según refiere su hi¡o don Fernando, fueron las que sobre todo 
despertaron en su padre el deseo de ir en busca de las Indias, los había 
tomado de los escritos del cardenal Ailly que llevaba consigo en sus 
viajes, dicho por CoLÓN mismo en una carta dirigida en 1498 á los 
Reyes Católicos. 

De todos modos, no es imposible que por los años de 1477 á 1492, 
cuando COLÓN persistía en su inquebrantable propósito de buscar el 
Oriente por el Occidente, hubiera visto un manuscrito de Marco Polo; 
mas en este caso, ¿por qué no menciona el Cipango del viajero italiano 
con preferencia al del papa Pío II, y no que se representa la costa de 
Veragua, como formando parte de la Ciguara del Asia, y expresa su 
grata esperanza de descubrir las maravillas y las riquezas que encierra el 
país de las especias? 

En realidad todo lo más que podría saber COLÓN sobre este punto, 
no sería por cierto de la obra de Marco Polo, desconocida casi en aquella 
época, sino de las noticias curiosas referentes á dicha obra, consignadas 
en la célebre carta del médico y astrónomo florentino Toscanelli, 
en 1474, sobre la posibilidad de llegar al Asia oriental partiendo de 
España, cuyo autor era de mucha autoridad para el gran marino genovés. 

Aunque Colón no hubiera tenido la intención de descubrir una 
nueva parte del mundo, y aunque es cierto que este gran hombre, lo 
mismo que Américo Vespucio, murieron en la creencia de haber tocado 
solamente á una parte del Asia oriental, no por eso deja de ofrecer la 
expedición todos los caracteres de un plan científicamente concebido y 
realizado. 

Es indudable que llevaba a bordo la carta de marear que le había 
enviado en 1474 su amigo Toscanelli, y que medio siglo después de su 



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Cristóbal Colón, t. i. — xv* 



CXIV 



CRISTÓBAL COLÓN 



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muerte conservaba el célebre Bartolomé de Las Casas. Por la historia 
manuscrita de Las Casas se sabe que ésta era la misma que el Almirante 
enseñaba á Martín Alonso Pinzón en 1492, en la cual se hallaban figura- 
das diferentes islas, y que en tanta estima tenia el gran navegante. 

No hay que atribuir, pues, el descubrimiento de la América, ni al 
conocimiento que se supone tenía COLüN de las expediciones hechas á 
este continente por algunos pueblos antiguos , ni á la lectura de determi- 
nados autores. 

El descubrimiento de la América hecho por CoLÓN no reconoce 
ninguna de esas causas. Efte gran acontecimiento no ha sido otra cosa 
que una de las más terminantes manifestaciones del progreso moderno, y 
bajo este punto de vista CcjLÓN no fué otra cosa que el medio, el instru- 
mento escogido por la Providencia para realizar aquella empresa gran- 
diosa, digna de la época fabulosa de los Argonautas. 

No hay que darle vueltas. Si en los tiempos antiguos el conoci- 
miento de la América no quedó definitivamente establecido, y sí en el 
siglo .w, ha sido porque en esta época el entendimiento humano estaba 
más cultivado y era más apto para los estudios científicos, y sobre todo 
por la tendencia constante que constituye y distingue el carácter propio 
de la época de Colón de extender el conocimiento del globo. Con razón 
ha dicho Roberston que era destino de la humanidad el que antes de 
finalizar el siglo XV fuese conocido el nuevo continente por los europeos. 



(b).— Pág. i.ii 



SOBRE UN LIBRO PERDIDO nUE ESCRIBIÓ EL ALMIRANTE 



Por desgracia, el importantísimo libro á que nos referimos en 
el te.xto, documento inapreciable para conocer los verdaderos detalles 
de la historia del descubrimiento, fué á parar á manos de don Luís 
Colón y Toledo, nieto del descubridor, y tercer Almirante, que entre 
muchos papeles de familia jsoseyó también el manuscrito de los .l/'iiiití's 
de don Fernando Colón. Algo de lo referente á su vida licenciosa 
dejamos referido en la primera parte de la Introducciim . págs. LXXVI 
á l.XXViu. Por el delito de poligamia y a instancias de una de sus 
ijurladas esposas, doña María Mosquera, fué desterrado á Oran, donde 
murió en 9 de Febrero de 1572; pero en uno de sus \'iajcs á Italia 
dejó en poder del patricit) de Genova, Baliano de Forrari, el original 
de la vida de Cristóbal Colón, escrita por su hijo, para que la 
diese á la estampa. Antes de que contra él se comenzase el proceso por 
sus repetidos casamientos, en vida de todas sus mujeres, en el año 1554, 



APÉNDICES Á LA INTRODUCCIÓN 



cxv 



parece que pidió la licencia necesaria para la impresión del libro escrito 
por el Almirante, á que en el texto hacemos referencia. La obra no llegó í! 
á imprimirse, pero en el Archivo de Indias se conserva original la Real 
orden en que se concedió privilegio á don Luís Colón para que por 
tiempo de diez años pudiera imprimir aquel libro, sin que ninguna otra 
persona de las Indias ri de estos reinos pudiera hacerlo sin su permiso. 
En la cédula se describen algunas condiciones del mismo, que aumentan 
su importancia, y por eso las trasladamos en este lugar: 

«: Por cuanto por parte de vos, Don Luis Colon, Almirante de las 
Indias, me ha sido hecha relación que Don Xpóval Colon, vuestro 
agüelo, el año pasado de quatrocientos y noventa y dos, por mandado 
de los católicos Reyes Don Fernando y Doña Isabel, nuestros rebi- 
sagüelos fué á hacer el primero descubrimiento de las Indias, como 
primero inventor y descubridor que fué dellas, y porque quedase memo- 
ria, con curiosidad y 710 poco trabajo se puso á escribir lo que cada dia le 
subcedia. ansi en la ida como en la venida de la dicha jornada, y como 
escriptura verdadera, y que fué el principio de tan notable subceso, 
como fué el descubrimiento de todas las indias del mar Océano, hizo un 
libro de todo donde se contaban cosas muy notables é dinas de ser 
sabidas, y porque no se olvidase tan loable principio de tan notable 
subceso como fué el descubrimiento de todas las indias del mar Océano^ 
era justo que se imprimiesse para que oviese memoria del dicho Hbro, y 
me fué suplicado vos diese licencia para ello, proveyendo que, por tiempo 
de diez años otro ninguno no lo pudiese imprimir sino vos, ó quien 
vro. poder oviesse, ó como la vuestra merced fuesse: e yo acatando lo 
suso dicho e á que ha sido visto el dicho libro por algunos de los del 
Consejo de las Indias de S. M. helo habido por bien: por ende por la 
presente doy licencia é facultad á vos, el dicho don Luis Colon, ó á 
quien vro. poder oviere para que por término de los dichos diez años 
primeros siguientes que corran y se cuenten desde el día de la fecha 
deste mi cédula en adelante, podáis imprimir el dicho libro, ansi en estos 
reinos como en las dichas Indias, islas e tierra firme del mar Océano, y 
todos los volúmenes que asi imprimiéredes, los podáis vender é vendáis 
ansi en estos reinos como en las dichas Indias, con que después de 
impreso antes que se venda se traiga al dicho Consejo para que en él se 
tase el presio a que se ha de vender: y defienda que durante el dicho 
tiempo de los dichos diez años, ninguna ni algunas personas de las 
dichas Indias ni de estos reinos sean osados de imprimir el dicho libro ni 
venderlo en las dichas Indias ni estos reinos ni en ninguna parte dellos, 
si no vos el dicho Almirante don Luis Colon, é las personas que para 
ello el dicho vuestro poder ovieren; so pena que qualquier otra persona 
ó personas que imprimieren ó vendieren el dicho libro, pierdan todo lo 
que ovieren imprimido ó tuviesen, en su poder, y demás incurra en pena 






CXVI 



CRISTÓBAL COLÓN 




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de cincuenta mil maravedís, la cual dicha pena sea la mitad para vos el 
dicho Almirante c la otra mitad para la Cámara y fisco de S. M. y mando 
á los del dicho Consejo de las Indias, é á los Visorreyes, presidentes é 
oydores y gobernadores y otros cuales quicr justicia dcllas, ansi á los que 
agora son como á los que serán de aqui adelante, que guarden y cum- 
plan y hagan guardar y cumplir lo contenido en esta mi cédula y contra 
el tenor y forma de ella ni de lo en ella contenido, no vayan ni pasen , ni 
consientan ir ni pasar durante el tiempo de los dichos diez años, so pena 
de la nuestra merced é de cincuenta mil maravedís para la nuestra 
Cámara y fisco á cada uno que lo contrario fisiere. Fecha en la \'illa de 
Valladolid á 9 dias del mes de Marzo de 1554 años. 

»Yü EL Príncipe.» 

Reliendada de .Samano. — .Señalada del Marqués. — Gi'egorio López. — Sandoval. — 
Kivadeneyra. — Briviesca. 

(Arc/iivo general de Indias). — 1 39, I , i i . 



(C). — Pág. XCV[ 



EL TRIUNFO DE CRISTÓBAL COLON, DIBUJADO POR ÉL MLSMO 

En los últimos días del mes de Octubre de 1834, me encontraba en 
el Palacio Ducal de Genova, ocupado en dibujar algunos buques y gale- 
ras del siglo wi, conforme a los cuadros curiosísimos que adt)rnan una 
de las salas de la municipalidad , cuando mi buena suerte me deparó al 
señor Bacigalupo, empleado en la administración decurional de la ciudad. 
Nunca había visto á nadie tomarse interés por aquellas antiguas pinturas 
nacionales, ni sospechaba que [nidiera venirse desde T'rancia para verlas, 
estudiarlas y copiar las extrañas formas de embarcaciones; creo, puesi 
que se impresionó favorablemente al ver la religiosa escrupulosidad de 
mi trabajo de copiante, y hasta me agradecía c]ue no hubiera [tasado ante 
aquellos antiguos monumentos del arte naval gcnovés sin dignarme 
echarles una mirada, como hacen todos los extranjeros. Sea por lo que 
se quiera, aquel amable joven me acogió con mucha cortesía, y cuando 
terminé mis dibujos , me propuso que visitara el salón donde delibera el 
consejo de Senadores. 

La sala no ofrece por sí particularitlad alguna; su decoración senci- 
llísima nada tiene de notable. Una gran mesa cubierta ilc holgado 
tapete verde; varios sillones, una triple urna para las votaciones, 
un busto del rey bastante mediano, y un pecjueño monumento consa- 
grado á Cristóbal Colón componen el mueblaje y adorno de la 
pieza. 



APÉNDICES Á LA INTRODUCCIÓN 



XGVII 



Lo principal que el señor Bacigalupo deseaba darme á conocer, era 
la columna y el busto de CRISTÓBAL CoLÓN que sustenta. 

La Columna es corta, adornada de follajes y tiene esculjiida una 
inscripción latina, escrita con elegancia, que anuncia al lector que en un 
cofre que sirve de base á la imagen de CRISTÓBAL COLÓN, se guardan 
papeles y cartas importantes para la historia del scopritor dell' America. 

La puerta del cofre es de bronce. 

El busto, de mármol, como la columna. 

La efigie del grande hombre tiene más pesadez que fuerza real; los 
rasgos de la fisonomía son gruesos y materiales; y me pareció que 
aquella cabeza, esculpida por el señor Peschiera, no era buena traducción 
de las palabras de Fernando Colón, uno de los hijos del Almirante, que 
sirvieron de guía al trabajo del escultor genovés: 

<íFii nomo di bcn formata e pih che mediocre st atura; di volto hingo 
e di guancie un poco alte; senza che dcclinasse a grasso b macilente; 
aveva il nasso aquilino, i gli occhi biancJii: bianco e acceso di vivo colore. 
Nella sua giaventu ebbe i capelli biondi, benclie giunto che fu a trcnia 
aiini tiitti li divenero bianchi.»— «Fué hombre de estatura bien proporcio- 
nada y algo más que mediana; de rostro largo y pómulos levantados; sin 
pecar de grueso ni de flaco; tenía la nariz aguileña y los ojos claros; 
blanco y con el color encendido. En la juventud tenía el cabello rubio 
aunque al llegar á los treinta años ya los tuvo todos blancos. < 

Me parece que con tales indicaciones completadas con las de 
G. Benzoni «/« bocea un poco grande^' se podría hacer un retrato con 
mucho carácter, valiente, enérgico, y que tuviera alguno de esos rasgos 
del genio, que el arte sabe inventar cuando tiene que crear una figura 
poética con ausencia del natural. Bajo más de un concepto es digna de 
estimación la obra del señor Peschiera, mas no como retrato ideal de 
Cristóbal Colón. 

El señor Bacigalupo no tenía la llave del cofrecillo; mientras fueron 
á buscarla entré con él en un saloncito donde vi con admiración las más 
hermosas pinturas de Alberto Durero y de Lucas de Holanda que hasta 
entonces había visto. Son ejemplares verdaderamente raros. Por muy 
alejados que ho\' estemos del estilo y manera de los primeros maestros 
alemanes, no puede negarse á esos cuadros de que hablo, un increíble 
encanto de sencillez, de gracia y de colorido. 

Venida la llave, pusiéronme en la mano el tesoro encerrado en el 
cofrecillo. Es un volumen cuya descripción bibliográfica pido se me 
permita hacer, porque es único y casi desconocido, á pesar de la exce- 
lente publicación de J. B. Spotorno. El volumen de Spotorno fué repro- 
ducido en corto número de ejemplares, vendidos á veinte francos, por lo 
que sólo se encuentra en manos de un escaso número de aficionados. 
Además el Códice Diplomático no es facsímile de las Cartas, Privilegios. 
Cédulas y otras escrituras de don Cristóbal Colón. \l\ Códice está escrito 







rxviii 



CRISTÓBAL COLÓN 



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en español sobre pergamino, y su tamaño es de folio pequeño. La 
cubierta es de cordobán rojo, con dos corchetes de plata en cada lado. 
Está encerrado en un estuche ó saco de piel , que tuvo un tiempo cerra- 
dura de plata, según lo dice una de las cartas autógrafas de Cristóbal 
Colón agregadas al manuscrito. La cerradura ha desaparecido, pero aún 
se ven las huellas que ha dejado en el cuero. 

Al princij^io del Códice se encuentra una carta original de Felipe II, 
Rey de España, al Dux de Genova Octavio Oderigo, felicitándole por su 
elección. La carta es fecha 6 de Noviembre 1566, firmada Yo el Rey, y 
autorizada G.° Pérez. He sacado calco de estas dos firmas cuyos carac- 
teres son interesantes. 

Después de la carta de Felipe II hay una hoja de pergamino en cuyo 
verso se lee una nota de Lorenzo Oderigo, en la que refiere el donativo 
que este descendiente de Nicolás Oderigo hizo á la República en el 
año 1669 de aquel volumen que contenía las cédulas enviadas por Crls- 
TÓBAL Colón en i 502 á su confidente Nicolás. Esta nota sólo contiene 
una parte de la historia del manuscrito; en otra ocasión referiré la otra 
parte. 

Viene en seguida el frontis en letras negras y rojas, con arabescos á 
la pluma; las letras son de carácter gótico, medianamente hechas, como 
todo el resto del volumen, que no es de los buenos monumentos de la 
bibliografía española del siglo XVL Detrás de la portada se encuentra 
el sello de CoLÓN, el que usó cuando después del descubrimiento 
obtuvo las dignidades de Almirante, Virrey y Gobernador de las 
Indias. 

La tabla de los documentos contenidos en ei Códice, precede inme- 
diatamente á aquellos, que ocupan 42 hojas numeradas en un solo lado. 
Las letras iniciales están adornadas con miniaturaj y arabescos. 

A decir verdad, el Códice termina á la vuelta del folio 42; pero se 
ha añadido después la bula del papa Alejandro VI , referente á la /iiien de 
demarcación , aquella línea tirada en provecho de los Reyes de España 
desde el polo norte al sud para atribuir á S. M. Católica todas las tierras, 
islas, ciudades, etc., descubiertas ó que se descubriesen, hacia la parte de 
Occidente en todo el mar, á distancia de cien leguas del meridiano de las 
islas Azores y de Cabo Verde. Esta bula curiosísima y expedida con 
singulares condiciones, está fechada en 4 de Mayo de 1493. 

Siguen á la bula del Papa algunos otros documentos, y después 
viene un alegato de CRISTÓBAL COLÓN defendiendo sus derechos funda- 
dos en los privilegios que se le habían concedido; escrito ardiente, noble 
en el que responde á veces con sutilezas de abogado á las argucias de los 
abogados de la Hacienda. 

Otro escrito hay después de éste, que es un comentario de las capi- 
tulaciones entre el rey Don Fernando y CoLÓN antes de la expedición á 
América. Esta pieza, como la anterior, demuestra que el grande hombre 



APÉNDICES Á LA INTRODUCCIÓN 



cxix 



entendía muy bien sus negocios y era, cuando la ocasión lo requería, tan 
hábil razonador como atrevido navegante. 

Una carta de CoLÓN al ama del pruicipe don Juan , heredero de la 
corona de Aragón, que murió á los diez y nueve años de su edad, en el 
de 1497, se encuentra después. Esta larga epístola da detalles sobre las 
empresas y desgracias de Colón que han permanecido ignoradas para 
ios historiadores y biógrafos del Almirante del Occéano. Es el último, es 
decir, el documento número 44 de este manuscrito, cuyas páginas son 
todas del más alto interés. 

Tres cartas autógrafas de Cristob.^l Colón se han unido al Códice; 
la primera va dirigida al embajador Messer Niccolo Oderigo, escrita 
desde Sevilla, el 21 de Marzo de 1502; la segunda, fecha también de 
Sevilla, pero en 27 de Diciembre de 1504, está dirigida al mismo Ode- 
rigo; las tres se refieren á la remisión que hizo del traslado de sus 
cédulas y provisiones reales á aquel Niccolo, su amigo. La signatura 
jeroglífica adoptada por Colón está puesta al pie de cada una de esas 
piezas, escritas en español. Esa signatura era en esta forma: 



•S- 
S -A- S 
X ¡\I I 
Xpo. FERENS. 

Una carta de los señores del oficio de San Jorge; un dibujo en color 
de las armas de CoLÓN, y el croquis cuyo calco fidelísimo remito adjunto, 
completan el volumen que el señor Bacigalupo tuvo la bondad de poner 
tan generosamente á mi disposición. 

La carta da gracias á Colón por la remesa hecha al oficio de San 
Jorge de una epístola, en la que patentiza altamente su afecto á la ciudad 
de Genova. Sus términos son extremadamente lisonjeros, conteniendo 
este escrito detalles de costumbres que sería en vano buscar en otra 
parte. 

Las armas de COLÓN están en un escudo dividido en cuatro cuarteles. 
En los superiores hay un castillo negro y un león de plata, emblemas de 
los reinos de Castilla y de León. Debajo tierras, islas y mar en el cuartel 
de la izquierda; en el de la derecha, cinco áncoras negras sobre fondo 
azul representando el Occéano. En la punta del escudo, en la parte 
inferior, se encuentra inscrito un pequeño ecusón, en forma de corazón, 
cuya punta está hacia arriba. Esta punta tiene un triángulo rojo; el fondo 
restante es de sable ó negro, con una franja diagonal de izquierda á 
derecha de color azul. Entre las muchas cosas que ignoro, una de las 
que sé menos es el blasón ; por eso no he podido dar para los aficionados 
sino una figura incompleta de las armas de CoLÓN; les ruego que me 
excusen, y espero me perdonarán que no me haj-a valido de las frases 






cxx 



CRISTÓBAL COLÓN 






consagradas, que sin duda son muy enérgicas y muy bellas, pero que 
tienen la desgracia de no ser inteligibles para todo el mundo. 

lüi cuanto al croquis, nuestros lectores pueden juzgarlo. 

¿Pero puede ser autentico un dibujo de CristÓB.\L Cül.cA'r ¿No se 
sabia que el capitán general del mar dibujaba, aún más, que dibujaba 
bastante bien, y que tenía en los dedos eso que los artistas llaman chicr 
;pucde concluirse por esto que el croquis de su triunfo no sea de su 
mano? 

No: y véanse, en mi sentir, las pruebas de la autenticidad de este 
maravilloso autógrafo. 

Desde luego, los caracteres escritos trazados en el dibujo al lado de 
las figuras, son evidentemente de CoLÓX. 

Después, además de esos caracteres, en un recuadro que no hemos 
podido reproducir porque hubiera sido harto difícil, caro, y demasiada- 
mente dilatada labor, dada la impaciencia que sentíamos por dar á 
conocer al público este tan precioso cuanto ignorado monumento, se 
leen muchas anotaciones, todas de puño de CRISTÓBAL CoLÓN. 

Ln fin, en el ángulo izquierdo está la firma que he reproducido más 
adelante, seguida de una nota que hace constar que con aquellos signos 
daba Colón á todos sus escritos la autenticidad de su nombre. 

Estas pruebas deben ser suficientes; pero todavía puede sacarse 
otra del lugar que el bosquejo ocupa en el libro. 

;Por qué había de encontrarse allí si fuera de origen dudoso? Proba- 
!>lemente este dibujo fué remitido á Genova por CRISTÓBAL CoLÓN con 
.1 esperanza de que su patria lo hiciera trasladar al lienzo, ó pintarlo á 
lesco en alguno de los muros del Palacio Ducal; y tal vez algún día 
\I. Lobero, que ha encontrado ya en el archivo del oficio de San Jorge 
la tercera carta autógrafa escrita á Oderigo y unida actualmente al 
Ccuiice, encontrará también la que acompañó á la remisión del croquis. 

¿Cuándo fué hecho ese bosquejo? No tiene fecha; pero puede 
creerse que fué en la época en que CoLÓN, después de todos sus 
trabajos, encontró reposo feliz en Sevilla. 

Lo que el grande hombre quiso consagrar fué su gloria: sin duda 

un día en que estaba satisfecho de sí mismo, trazó su triunfo con la 

\ misma jjluma con que al pie de una carta á Nicolo acababa de escribir 

^^ los fastuosos títulos con que Fernando é Isabel le habían condecorado; 

i^^y vanidad harto disculpable en el valeroso marino que había dado á 

^ España un nuevo mundo; alegría bien inocente que apenas podría ser 

Í3 bastante á compensar tantas desdichas sufridas, tantas tristuras, tantas 

humillaciones, tantos menosprecios y tantas cabalas injustas! 

El dibujo de CRISTÓBAL CoL()N no es grande. Está encerrado en 

un cuadro de diez pulgadas de largo aproximadamente sobre ocho de 

I alto. lüi medio de la composición está el héroe, sentado .sobre un carro 



j 



cu}'as ruedas de paletas se revuelven en un mar agitado, entre cu)'as 



APÉNDICES ALA INTRODUCCIÓN 



ex XI 



aguas se cli\isan monstruos que representan, sin duda, la Envidia y la 
Ignorancia . que le persiguieron: inonstri siipcrati. como dice la anota- 
ción. Al lado de COLÓN la Providencia : delante del carro, llevándolo 
como pudieran caballos marinos, la Constancia y la Tolerancia: detrás 
del carro, empujándolo, la Religión cristiana: en el aire, encima de CoLüN, 
la / 'ictoria . la Esperanza y la Fama. 

Así, pues, tenemos ocho figuras colocadas, combinadas, dispuestas 
en el sentido que CoLÓN quiere dar á su pensamiento ; y temiendo que 
se dude de sus intenciones, escribe al lado de cada figura su nombre; 
carga las márgenes del cuadro de indicaciones para el pintor, traductor 
futuro de aquel pensamiento, y en un ángulo coloca su firma! 

Tantas precauciones prueban, á mi entender, cuánto estimaba 
Colón su idea. No abrigaba duda de que algún día sería encontrado 
aquel croquis, y esperaba que entonces se levantaría el monumento, cuya 
composición daba, si en sus días no lo ejecutaba Genova. 

Al hacer con el mayor cuidado el calco de este dibujo, confieso que 
he concebido esperanzas de que la Francia no vacilará en dar cumpli- 
miento á la voluntad del ilustre marino. Lo he sacado con el objeto de 
que el triunfo de C()LÓX"sir\^a de ornato á una de la salas de nuestro 
Museo naval; y yo no dudo que el Rey de los franceses, cuando tenga 
conocimiento de esta cláusula testamentaria que no se ha cumplido, 
mandará que el Louvre ofrezca el techo de uno de sus salones para 
colocar el cuadro de la gloria del Almirante mayor del mar Occcano. 

Al celo religioso de uno de los grandes pueblos navegantes legó 
Colón el cuidado de consagrar por medio de la pintura el recuerdo de 
sus descubrimientos: Genova se ha juzgado á sí misma absteniéndose: 
Genova nada puede pretender ya en el imperio de los mares. La España 
marítima daña compasión á Colón : no hay, por tanto, más que Francia, 
Inglaterra ó América que puedan ser ejecutoras de aquel pintoresco 
codicilo. ;Y por qué América? ¿Por qué Inglaterra con preferencia á 
Francia.' Yo lo pido para Francia. 

\'eamos las anotaciones explicatorias con que Colón acompaña su 
croquis. Están en italiano, y no en español, no obstante la costumbre 
que había tomado de escribir, casi siempre, en la lengua de su segunda 
patria. 

Desde luego los nombres de los personajes: Coloinbo. Toleranza. 
Constanza. Religione, Vittoria. Speranza. fama. La Fama tiene dos 
trompas; no porque lleve la que Voltaire presta á la Diosa por una 
suposición indigna: las dos trompetas tienen sus banderolas, en una de 
las cuales está escrito Genova, y en la otra Fama Columbi. ¿La palabra 
Genova que allí leemos, no bastaría para decidir la cuestión del lugar del 
nacimiento de CRISTÓBAL, si todavía estuviera en duda? 

Pasemos á las indicaciones y atributos: traduzco fielmente y comen- 
taré lo mejor que pueda. 





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Cristóhal Coló.'^. t. i. — .\VI* 



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CRISTÓBAL COLON 




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«Tolerancia; anciana, cubierta con una gorra; estará en actitud de 
quien lleva sobre los hombros el peso de una gran piedra ú otro seme- 
jante. > — Se ve que la Tülcraiiza . según la entiende Colón, no es la 
indulgente virtud que recomienda la doctrina cristiana; sino más bien 
algo parecido á fuerza: alusión, á mi entender, á los trabajos que debió 
soportar (tolerare) para llegar á su noble fin. 

«CONSTANCLA: con una asta en la mano izquierda, y en acción de 
apoyarse en ella; la mano derecha levantada, tocándose la frente con el 
dedo índice, descansara sobre una base cuadrada.» — Esta base sobre la 
que CoLíJN coloca la Constancia, es su inquebrantable firmeza en perse- 
guir los planes largo tiempo elaborados en su mente. La lanza en des- 
canso es su constancia en permanecer armado y dispuesto á defender sus 
proyectos, sin cesar combatidos y siempre firmes. 

«Religión cristiana: vestida con túnica de lienzo sobre la cual 
tendrá una gran capa; la cabeza velada; sobre la cabeza el Espíritu Santo 
en figura de paloma; en una mano el cáliz con hostia y un libro; en la 
otra, si se puede hacer, una cruz.» — El artista tendrá que escoger entre 
tantos atributos como Colón señala al personaje. 

«'Providencia: dos caras, como Jano, con dos llaves y la mano en 
el timón; á los pies un globo.» — No comprendo las dos llaves á menos 
que no sean las del antiguo y las del Nuevo Mundo. En cuanto á la 
doble faz es una idea análoga á la de los poetas que habían dado cien 
ojos al vigilante Argos; la Providencia mira igualmente adelante y atrás. 
Cristób.VL tiene la escota de la vela, ayudando así, con su experiencia y 
su saber, á las miras de la Providencia. 

«Colón: en traje civil, cubierto el cuerpo con una capa; tiene en 
una mano el bastón de Almirante, y en la otra la cuerda de la vela; á 
sus pies un globo donde estará escrito «Indias,» fijos los ojos en la 
dirección que lleva el carro.» — ¿Por qué razón vestido civil.' No la adi- 
vino. ¿Será porque el traje civil es más humilde que el vestido guerrero? 
Debe observarse que COLÓN no ha dicho ^-vestido á la española; y es 
porque amaba á Genova, y aun estando al servicio de Fernando, no olvi- 
daba que era genovés. Además, el monumento que imaginaba, tanto era 
para su propia gloria como para la de su patria; sobre él estaba escrita la 
palabra Genova encima de esta otra: Colotuho. 

" Victorla: joven vestida de blanco con una clámide amarilla; en la 
mano derecha tendrá una corona de laurel, en la izquierda una palma, y 
llevara alas.» 

«La E.\m.\: joven vestida con telas ligeras y diáfanas, tocando una 
(') dos trompetas, y con corona de olivo. Tiene dos alas muy grandes, 
llenas de ojos y de orejas, de bocas y de lenguas.) — Este último detalle 
molestará ciertamente al pintor, pues tiene más de poético que de pinto- 
resco; y en él encontraría yo una ]irucba mas de la autenticidad de este 
autijgrafo, si después de haberlo contemplado dctcnitlamentc, hubiera 



APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN 



CXXIII 



pudido quedarme alguna duda. CoLÓN debió coiieebir esta idea dan- 
tesca; el artista, que al crear piensa en el efecto que quiere producir la 
hubiera rechazado inniediatamente. Vemos á la l-'ama joven, y joven 
también á la Victoria; la intención me parece ojjortuna; reciente victoria 
y fama nueva. CoLÓN no quería adularse. 

< ESPER.\NZ.\ : muy joven, vestida de verde, coronada de flores; 
teniendo el áncora en luia mano, y señalando con la otra al silencioso 
Colón.» — Ninguno de estos símbolos es nuevo; pero CRISTÓBAL no 
tenía aquí nada que inventar. Esta figura accesoria está tomada del anti- 
guo formulario alegórico, para que todo el mundo la entendiese, guardán- 
dose él muy bien de mejorarla; no estaba para fijarse en delicadezas de 
conceptistas. 

Antes de concluir con el croquis de CklstÓBAL ColÓN, justo será 
dar la interpretación de los caracteres misteriosos de que se compone la 
firma del grande hombre. Esta interpretación es ingeniosísima cierta- 
mente, si no ha sido sacada de alguna carta contemporánea escrita por 
un familiar de COLÓN, ó por COLÓN mismo. La damos, según lo que 
acerca de ella nos comunicó el señor Bacigalupo. Es del señor Antonio 
Lobero, archivero del oficio de San Jorge. 

S. — Suplfx. 
S. A. S. — Sciinis Altissiiiii Salvatoris. 
X. M. Y. — Christi, Maria, Yoscplius. 
Xpo. YY.^Y2^'^. — Christoplwro. 

Cristóbal, cambiado en Christoferens . (llevando la cruz, tropo 
místico difícil de traducir), es una transformación muy propia en el carác- 
ter piadoso del que fué á buscar un mundo y pueblos desconocidos para 
llevarles la ley de Cristo. No sé si el pintor Stradano, del cual he visto 
en la Biblioteca Laurenciana de Florencia un dibujo que representa á 
Colón sobre su carabela, conocía la firma de Christophoro; pero ha 
colocado al Almirante de pie en el puente, delante de! castillo de proa, 
con los ojos levantados hacia el cielo y apoyado en una bandera que 
ostenta el crucifijo, Cliristiiiufcri-iis. 

A. Jal, 

Jefe de la sección hisfúrira de la marina 
Frunce Maiitime ^ tomo 11, Paris, imprimerie de Decourchant, 1S3S. in f.", pág. 263. 






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CXXIV 



CRISTÓBAL COLON 





(d). — Pág. xcix 



SOBRE LA LETRA Y FIRMA DE CRISTÓBAL COLÓN 



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El conocimiento de los escritos autógrafos de Cristóbal Colón, 
reclama como antecedente, y para evitar equivocaciones, un detenido 
estudio y confrontación de su letra en los diferentes caracteres usados 
por él mismo; trabajo más propio del calígrafo y del arqueólogo que del 
historiador, que reviste suma importancia y que ciertamente hemos de 
ver emprendido muy pronto, pues son muchos los doctos á quienes 
preocupa la cuestión de los autógrafos del Almirante. 

Tanto éste como su hermano Bartolomé eran excelentes dibujantes 
y grandes pendolistas; pero en sus letras hay notorias diferencias, usán- 
dolas ambos de diferentes formas según que escribían de corrido, ó lo 
hacían cuidadosa y esmeradamente, ó bien se detenían á trazar como en 
dibujo letras con carácter mu\- uniforme a semejanza de impresos. Es 
decir: que para distinguir á conciencia lo que realmente corresponde á 
cada uno de ellos, es necesario conocer, en primer lugar, las v-arias clases 
de letras que uno y otro solían usar; y formarse después una idea clara, 
buscar una indicación segura que diferencie sus escrituras en toda esa 
diversidad de formas en que las encontramos. Entre las de ambos herma- 
nos existe, á no dudar, evidente analogía, gran .semejanza á veces, que 
traspasa los límites de la simiUtud general obser\-ada en las diferentes 
letras de cada época. Es de absoluta necesidad tener un dato fijo para 
distinguir los escritos de Cristóbal y de Bartolomé Colón, para no 
caer en errores. No es fácil cosa el distinguirlos. El mismo fray Barto- 
lomé de Las Casas, que conoció y trató á los dos hermanos, y de ambos 
poseía cartas, libros y papeles, se confunde á veces, y nos deja en igual 
confusión cuando de aquellos escritos se ocupa. 

Sin tratar por ahora de aclarar la cuestión, c]ue sería pretensión 
exagerada, citaremos un solo ejemplo. Se ocupa el P. Las Ca.sas de las 
opiniones del cardenal Pedro de Alyaco, diciendo: » y este doctor creo 
cierto que á Cristoval Colon mas entre los pasados mo\ió á su nego- 
cio; >: y en seguida añade: el libro tlcl cual fue tan familiar a CristdVAL 
Colon, guc TODO /o tenia por las viárgcius DE SU MANO _)■ cu latín 
notado y rubricado...» Y aun para aumentar la importancia de la noticia, 
y dar mayor fuerza á sus narraciones, como procedentes de tan autori- 
zado origen, x'uclve a insistir en estos terniinus: < l^^^te libro muy \¡ejo, 
tuN'e yo muchas veces en mis manos, de donde saqué algunas cosas 



APÉNDICES Á LA INTRODUCCIÓN 



cxxv 



i-srr¿/as cu latin por el dicho Ahitirante don Ckistoval CüLON, que 
después fué, para averiguar algunos puntos pertenecientes á esta historia 
de que yo antes aun estaba dudoso '. -> — El libro de Pedro de Alyaco 
que perteneció al Almirante, desde mucho antes de que lo fuera, se 
encuentra hoy por fortuna en la Biblioteca Colombina (véase su descrip- 
ción en las Aclaraciones, al libro I, (C), pág. 216 y siguientes), y está lleno 
efectivamente en todas sus márgenes de notas en latín, que con el valioso 
testimonio del P. Las Casas, nadie dudará son de la mano del Almirante: 
y así lo han reconocido Washington Irving, Varnaghen, Harrisse y todos 
cuantos han logrado examinarlo. Sin embargo, el mismo Las Casas, 
que asegura que CoLÓN tenía el libro TODO anotado de su mano, mani- 
fiesta luego dudas al hablar de una nota importantísima, y cree pudo 
escribirla Bartolomé Colón, aunque lo hiciera />or encargo de su her- 
mano. 

Nosotros damos fe al primer testimonio del P. Las Casas, y al de 
nuestros propios ojos. Muchas, muchísimas veces, hemos examinado 
las infinitas notas que enriquecen las margenes de los Tratados de 
Alyaco, haciendo de él una verdadera joya que no encuentra semejante, 
y cada vez nos confirmamos más en la creencia de que todas aquellas 
anotaciones son de la mano de CristÓBAI, Colón. 

Cierto (¡ue no todos los caracteres en que están escritas son comple- 
tamente iguales; pero no puede olvidarse al examinarlos que no todos 
fueron, ni pudieron ser trazados en un solo acto; que no lo fueron si nt^) 
en el transcurso de muchos años, en ocasiones diferentes, con plumas 
diversas, circunstancias todas que explican las variaciones que entre unas 
y otras notas se advierten, pero que ninguna es esencial, ni acusa distinto 
amanuense. Aun puede conjeturarse con fundamento, la razón de haber 
usado diferente letra, y hasta la ocasión en que fueron escritas algunas de 
aquellas notas. Las observaciones hijas del estudio, las que ocurrían a 
Colón durante las horas que consagraba al detenido e.xamen, á la medi- 
tación del texto, están escritas, por lo general, con pluma finísima, son de 
letra casi microscópica, y algunas van precedidas de una manecilla dibu- 
jada con igual delicadeza para llamar la atención. Las concordancias ó 
referencias á otros libros impresos, ó á las opiniones de otros escritores, 
suelen ir de más ligera escritura, y algunas con pluma gruesa, que a 
primera vista las hace diferenciar; pero después de algún examen no 
queda duda de la identidad. De la letra de las anotaciones de los libros á 
la que usaba en las cartas es mucho mayor la diferencia; y sin embargo, 
se ve sin duda que están escritas de la misma mano. La letra de las 
cartas siempre es algo mayor y mucho mas corrida, sin estar tan acabada 
y perfecta. 






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' Historia de las /iiilias, tomu I, cap. XI, pág. 87. 



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CXXVI 



CRISTÓBAL COLON 



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Escritos indubitados de CRISTÓBAL CoLÓN, porque van autorizados 
con su firma, las dos cartas dirigidas á Nicolás Oderigo, que originales se 
conservan en Genova, y cuyos facsímiles se publicaron en el Códice 
Diplomático Colombo- Americano : las otras dos publicadas en las Cartas 
de Indias, que se guardan en el ministerio de Fomento; la que poseía el 
teniente general marqués de San Román, y hoy pertenece á la Real 
Academia de la Historia, y las que existen en el Archivo del señor duque 
de Veragua y dio á la estampa don Martín Fernández Navarrete. En el 
cotejo de estas cartas habrá de notarse mucha mayor diferencia entre la 
letra de unas y otras que la que existe en los diferentes caracteres de las 
Acotas del libro de Pedro de Alyaco. 

En la misma Biblioteca Colombina , y habiendo pertenecido también 
á don Fernando, está el original del libro llamado de Las Profecías. 
Formado por Cristóbal Colón, que lo envió al P. Gaspar Gorricio, 
monje de la Cartuja de las Cuevas, para que ampliase las citaciones de 
la Sagrada Escritura y de los Santos Padres sobre la recuperación de la 
Santa Casa de Jerusalén, tiene páginas enteras de escritura igual á la de 
las notas del Alyaco y del Eneas Silvio; y como todos convienen en que 
la letra es del Almirante, es nuevo dato para robustecer la convicción de 
que aquéllas lo son igualmente; aunque no es necesario, en nuestro 
sentir, acumular tantas pruebas, cuando es tan claro, tan decisivo, tan 
concluyente el primer testimonio de fray Bartolomé de las Casas. 

Muñoz y Navarrete, don Bartolomé José Gallardo y otros, á mas de 
los colombistas extranjeros antes mencionados, reconocen en el Libro 
de Profecías la escritura del Almirante, con mayores ó menores limi- 
taciones; y mucho ha de pesar su opinión en .la de los paleógrafos 
llamados á examinar en términos más precisos este importante extremo, 
que de tal modo ha de influir en todo lo relativo á ciertos hechos de 
la vida de aquel grande hombre. 

Otro escrito indubitado, y por cierto de los más importantes, es la 
copia de la carta latina que Paulo Toscanelli dirigió á CoLÓN, encontrada 
en las hojas blancas con que termina el libro titulado Historia rerum 
ubique gcstarum, que escribió el cardenal Eneas Silvio Piccolomini, y se 
imprimió en Venecia en 1477. El ejemplar conservado en la Biblioteca 
Colombina perteneció á CRISTÓBAL Coi.ÓN, y tiene numerosas é impor- 
tantes anotaciones de su mano; pero lo que ofrece mayor interés es la 
copia que hemos citado y de cu\'a autenticidad no podría dudarse por 
muchas razones, pero sobre todas porque basta una ligera comparación 
de su escritura con la de las cartas firmadas de que antes se ha hecho 
mención. 

Hoy el examen puede hacerse con mucha mayor comodidad; ])uedcn 
oirse muchas opiniones sin la molestia de que los entendidos se trasladen 
á la Biblioteca Colombina para ver los libros originales. La fotografía 
pone al alcance de todos con pasmosa verdad y exactitud hasta los 



APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN 



CXXVII 



menores detalles, y nosotros nos proponemos contribuir en cuanto esté 
de nuestra parte á propagar el conocimiento de los autógrafos de 
Cristóbal dando el ma\-or número [losible de ellos á los lectores de 
nuestra obra, tielmente reproducidos. 

Tal vez antes de la celebración del centenario se estampe por entero 
el libro de los Tratados del cardenal Alyaco. fotografiado, con todas las 
notas que contiene, y han sido objeto de estas apreciaciones; pues nos 
consta de un modo indutlable que en la comisión de la Real Academia 
de la Historia ha encontrado favorable acogida este pensamiento, que 
colmaría los deseos de todos los hombres estudiosos, y entusiasmaría 
á los americanistas. 

Entonces podran formarse juicios más exactos. A su vista pueden 
los peritos completar nuestras observaciones. En nuestro entender, en la 
escritura propia, genuina de CristÓ1í.\L ColóN, se distinguen, á lo 
menos, tres caracteres diferentes; el corrido y más usual, en documentos 
escritos de prisa como las cartas cuyos facsímiles se han publicado en las 
de Indias y en Genova; otra mucho mas menuda, igual y perfecta, como 
la del libro de Profecías, y la copia latina de la carta de Pablo Toscanelli, 
con las que guardan analogía la mayor parte de las anotaciones puestas 
en el libro de Alyaco; y la microscópica, fina, hecha con todo esmero, 
que se encuentra en esas mismas notas. Llevando por guía lo más 
indudable, que son los documentos firmados, es como en este punto 
puede obtenerse una convicción profunda y un completo conocimiento de 
la escritura del Almirante, para distinguirla siempre, ora se la encuentre 
trazada con esmero, ora detenidamente dibujada, ora escrita de prisa, 
corrida )- mal hecha, aunque conservando siempre sus principales rasgos 
característicos. Pero hemos de repetir, como salvedad necesaria, que 
nuestra opinión en este punto es de poco peso, así como tampoco esti- 
mamos decisivas las de los muy doctos colombistas á quienes hemos 
hecho referencia. Son muchos los documentos, y su e.xamen y compa- 
ración reclama especiales conocimientos, instrucción y pericia, por las 
mismas razones que dejamos expuestas, y en primer lugar por las dife- 
rentes formas de letras que cada uno de los hermanos usaba; que no son 
dos caracteres trazados por diferentes personas les que han de someterse 
al cotejo, sino seis ú ocho de los cuales cada uno escribía con cuatro que 
empleaba según las circunstancias. Cierto que el cotejo pericial nunca 
producirá la evidencia, mas cuando menos será una prueba mas directa, 
un dato más serio que las opiniones emitidas por historiadores muy 
célebres, pero nada expertos en paleografia, y que en su entusiasmo por 
Cristób.\L ColüX, en su pasión de americanistas, tal vez se dejan 
llevar de un exagerado celo, ó buscan decididamente comprobación a 
ideas ya anteriormente concebidas. 

A todos los documentos que hemos enumerado como auténticos, 
puede agregarse ho)^ el dibujo del Iriiiufo de CoLüN, hecho por él inisiiio. 




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CRISTÓBAL COLON 



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que da motivo á este Apéndice . pues en él se encuentran muchas expli- 
caciones escritas de su mano, que podrán servir también de mayores 
pruebas para justificar su procedencia. 



II 



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Entre las circunstancias notables del dibujo de mano de CoLÓN, es 
una de las principales la firma encerrada en el recuadro que se encuentra 
en el ángulo inferior izquierdo. 

La firma del Almirante necesita gran estudio, y aun después de 
habérselo consagrado, nadie puede asegurar haberla comprendido. Se 
compone de siete letras, y debajo de ellas el nombre de Cri.STÓB.\L, 
escrito parte en griego y parte en latín en esta forma: 

•S- 

• S -A- S • 

X M Y 

Xpo. FERENS. 

El mismo COLÓN en el testamento é institución de mayorazgo que 
hizo en Sevilla en jueves 22 de Febrero de 1498, dijo: — «Don Diego, mi 
hijo, ó cualquier otro que heredare este Mayorazgo, después de haber 
heredado y entrado en posesión dello, firme de mi firma, la cual agora 
acostumbro, que es una X con una S encima, y una M con luia A romana 
encima, y encima della una S y después una Y griega con una S encima 
con sus rayas y vírgulas, como yo agora fago; y se parecerá por mis 
firmas, de las cuales se hallarán muchas, y por esta parecerá.» 

«Y no escribirá sino 7:7 Aliiüraute puesto que otros títulos el rey le 
diese ó ganase: esto se entiende en la firma )• no en su ditado, que podrá 
escribir todos sus títulos como le pluguiere; solamente en la firma escri- 
birá Jil Al Durante. ■ 

Después de leer la e.xplicación nos quedamos tan á oscuras como 
antes. Aclara CoLÓN la manera de colocar las letras que componían lo 
(¡ue podremos llamar su antefirma, pero en cuanto al significado de ellas 
nos deja en la misma ignorancia. 

Fray Bartolomé de Las Casas, hablando de la sincera piedad del 
Almirante, la comprueba con la costumbre, que invariablemente seguía 
al tomar la pluma para firmar cualquier escrito, de poner antes esta 
especie de jaculatoria: Jesús cinii Marín, sit nobis in via. Sin embargo, 
en ninguno de los escritos autógrafos qne se conservan, ora cartas oficia- 
les y familiares, ora documentos públicos y relaciones de sus viajes, 
encontramos esas palabras que el obispo de Chiapa, y también ilnn 



APÉNDICES Á LA INTRODUCCIÓN 



cxxix 



Fernando Colón presentan como costumbre seguida constantemente. 
¿Sería ésta la interpretación cierta de las letras de la antefirmar ;Las 
entendería CoLÓN como explicativas de aquellas palabras latinas? El 
encontrarlas siempre al pie de todos los escritos suyos, nos inclina á creer 
que tal era la intención, y que el P. Las Casas y don Fernando la cono- 
cían y la dieron como cosa corriente , sin preocuparse de asignar á cada 
una su significado. 

Mas como quiera que sin esa clave aparece dudoso que las letras 
puedan ser expresión de aquella frase latina, varios colombistas se han 
ocupado en encontrar el sentido de ellas. Antes de entrar en la e.xposi- 
ción de sus trabajos, deberemos advertir que el mismo CüLÓN daba gran 
importancia á las rayas y vírgulas que con las letras hacía, y esto es 
muy de tener en cuenta, porque no solamente sirve para conocer la 
autenticidad de los documentos, sino también la clase de ellos, pues 
se nota alguna variación intencional según que aquéllos son de índole 
privada ó de carácter oficial. La ■ S • que va sola en lo más alto, esta 
colocada entre dos puntos, uno a cada lado, en el centro de la letra, 
como la que dejamos señalada. Con la ■ S • A • S • del segundo 
renglón van también cuatro puntos, de tal manera que cada una de las 
letras viene á quedar entre dos de aquéllos. La X M Y que componen 
el tercer renglón , no llevan punto alguno, ni antes ni después , y viene en 
el cuarto el nombre, escrito, como dijimos, en forma greco-latina 
Xpo FERENS. Generalmente antes de la X acostumbraba Colón poner 
dos puntos ; en la misma forma en que los usamos hoy como signo 
ortográfico; y cerrándolo todo, después del FERENS, hacía otro punto 
ú otros dos y una raya oblicua, corta, muy recta, trazada de fuera á 
dentro, como esta /. Cuando se trataba de órdenes expedidas en virtud 
de sus cargos, ó de relaciones oficiales, sustituía el Xpo FERENS equi- 
valente á CrisTÓB.\L con el título de su dignidad , poniendo El Almi- 
rante, ó bien El Virrey: y así encargó á los sucesores en el mayorazgo 
que lo hicieran siempre, según ya hemos visto. 

Es de notar, por último, en algunos de sus escritos, especialmente 
en aquellos que lo están todos de su puño y letra, que á los dos puntos 
que van antes del ; Xpo FERENS les precede una pequeña rúbrica que 
es como un sencillo lazo perpendicular y puesto á bastante distancia. 

De todas las cartas y documentos que hemos logrado ver, firmadas 
por CristÓB.\L Colón, solamente en la dirigida á su hijo don Diego, 
fecha en Sevilla á 25 de Febrero de 1505, que es la última publicada por 
Navarrete, cuyo original se conserva en el archivo del Excelentísimo 
señor duque de Veragua, faltan las letras de la antefirma. 

Explicándolas Mr. Defauconpret y el signor Antonio Lobero, biblio- 
tecario del oficio de San Jorge en Genova, traducen así: 





Cristóbal Colón, t. i. — ,xvn* 



cxxx 



CRISTÓBAL COLON 






rHí^l 



JUy-> 



^>' 



^ i¿^..- 






• s • 




— Suplcx. 


s 


A 


S 


Sci~inis Altissimi Salvatoris 


X 


M 


Y 


— Christiis, María, Yoscphus 



En la Revista del Norte de América, correspondiente al mes de 
Abril del año 1827, se indica, según dice Washington Irving, la sustitu- 
ción dé /esiis, en lugar de Yoseplius que no parece mal al docto historia- 
dor; aunque, con perdón sea dicho, á nosotros nos parece de todo punto 
inaceptable, pues es repetición enteramente innecesaria y redundante la 
de lesiis, después de haber puesto Xristus, y desnaturaliza por completo 
la frase, aun hoy tan común en boca del pueblo Jesús, María y José.» 
Para nuestro entender, esas letras mayúsculas con sus puntos, si no son 
la jaculatoria Jesús ciun Alaria sit iwbis iii vía, que el P. Las Casas 
y don Fernando Colón dicen usaba constantemente el Almirante ', no 
tienen más explicación, ni otra inteligencia que la que les dio el padre 
Juan B. Spotorno; 



• S 

S ■ A 

Christns 

X M 



■ Sálvame. 

S 
Maria Yoseplius. 

Y 



Jesús, María y José. — Salvadme. Así podrían leerse en la manera 
que lo dice CoLÓN en su testamento de 1498, siendo la primera y última 
letra de cada nombre, y quedando • S • que ocupa el lugar más alto para 
significar Salvadme , ó tal vez Salve, y por eso la menciona aquél tan 
sólo sobre la A final de Mana. 

¥A insigne cuanto desventurado poeta sevillano Rvo. José Blanco 
(White), en el interesante periódico que comenzó á publicarse en 
Londres, bajo el título de Variedades; ó mensajero de Londres . periódico 
trimestre ^, al dar cuenta de la publicación del códice diplomático hecha 
por decreto de los Decuriones de Genova y traducido en Inglaterra, se 
manifiesta también conforme con la explicación que de la antefirma de 
Cristóbal Colón hace Juan B. Spotorno. 

«La última palabra de esta cifra, dice, es claro que significa Chris- 
tobal, aunque muestra el poco saber latino de su autor. La X y la p (p) 
son las dos primeras letras con que Cliristo se escribe en griego. El 



' Solamente encontramos esta jaculatoria al principio del Li/uo de Profecías. 
' Londres; lo publica R. .\ckermann, loi, .Strand, 1S24. Impreso por Carlos Wood, 
Poppin's court, Fleet street. 



APÉNDICES Á LA INTRODUCCIÓN 



CXXXI 



editor genovés explica, á mi parecer, con bastante probabilidad, lo demás 
de la cifra de esta manera. Según el testimonio de Fernando Colón, su 
padre acostumbraba á probar la pluma escribiendo: Jesús cuín María sit 
nobis in via. Cuando fué elevado á la dignidad de Almirante, mudó su 
firma y probablemente la cifra. Pero es de creer, que no obstante, dejase 
en ella alguna invocación devota del mismo genero. Su mal latín é igno- 
rancia de ortografía dan mucha probabilidad á la suposición que la S de 
arriba es Sálvete; la X \- la S de encima Christus; la M y la A María; y 
la Y y la S Josephus. » 

Según asegura Mr. Henry Harrisse, después se han presentado las 
interpretaciones siguientes ^ : 

Salvabo 
Sanctum Sepulchrum 
Xriste María Yesus 
Xriste Ferens 

Servus 
SuM Altissími Salvatoris 
Xriste María Ye.sus 
Xriste Ferens 

Salva me 
Salvator Adjuvet Succurrat 
XsTus María Yosephus 

SUM 

Sequax Amator Servus 
Xristi María Yüsephi 

Sarracenos 
Subigat Avertat Submoveat 
XsTus María Yosephus 



Creemos que basta con repasarlas todas para calificarlas de absolu- 
tamente arbitrarias y destituidas de fundamento. La única que resiste el 
análisis, según ya dejamos dicho, es la de Spotorno. 

Si después de todas estas observaciones hechas por los más perspi- 
caces investieadores, en vista de los escritos indudables del Almirante, 





c^ 



4^ 11 



;>. , 




^-1; 









' A. Sanguineti. — Ddle sigh usaU da C. Colombo nella sua firma, oii Sfigohüure 
archíologiche dans le Gioinale Ligitslico, A. X. fascicule V — VI. 





CXXXII 



CRISTÓBAL COLON 



nos fijamos en la firma que ocupa el ángulo inferior izquierdo del dibujo 
que representa su triunfo, no quedará duda alguna de su autenticidad, 
aunque prescindiéramos del carácter de la escritura. Las letras mayúscu- 
las se conforman con sus vírgulas y puntos con las de los escritos más 
legítimos: el nombre :Xpo FERENS. // está con todas las señales; le 
anteceden los dos puntos; termina con otro y con la raya diagonal 
trazada por duplicado; y aun para demostración de que todo el dibujo es 
de su mano, antecede al nombre la rúbrica ó lazo, que se ve claramente, 
como en la carta segunda de las dos que publicó el Ministerio de 
Fomento, y en la que poseía el general marqués de San Román y hoy 
estará en la biblioteca de la Real Academia de la Historia, y repro- 
ducimos en este lugar, tomada fotográficamente, cuando adornaba la 
rica biblioteca de nuestro querido amigo. En el dibujo, por encerrarla 
dentro del rectángulo en que está la firma, se hizo muy pequeño aquel 
lazo. 



(e).— Pág. cv 



PROVECTO DE FIESTAS PARA EL CENTENARIO DE CRISTÓBAL COLÓN 

Y DEL DESCUBRIMIENTO DEL NUEVO MUNDO 

Por clon yosé Marín Baldo 



Puesta de moda la celebración de los centenarios de los hombres 
célebres ó de los grandes acontecimientos, Filadelfia en 1876, abre una 
Exposición Universal de productos de las artes y de la industria, para 
conmemorar el año de la independencia de los Estados Unidos; Madrid, 
en 1 88 1 , hace las fiestas del segundo Centenario de Calderón de la 
Barca; Alemania después, honra de igual modo la memoria de Lutero, 
y por todas partes los pueblos y las naciones buscan fechas y nombres 
memorables, para presentarlos al mundo con orgullo, celebrando sus 
centenarios. 

Uesde ha muchos años, hemos pensado siempre que á todas estas 
fiestas pudieran y debieran exceder por su grandeza, las que se hicieran 
en España y en todo el mundo, para cantar las glorias de CRISTÓBAL 
CíJLÓN y de la famosa empresa realizada por este célebre marino en el 
año 1492, cuyo cuarto centenario preocupa ya la atención del gobierno 
y de algunos representantes diplomáticos en la capital de España. 



APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN 



CXXXIII 



De muchos es sabido el entusiasmo y devoción que profesamos á 
este grande hombre y á cuanto se relaciona con la historia gloriosa del 
descubrimiento de las Américas, habiendo consagrado tantos años al 
estudio de un monumento arquitectónico que, si no por su mérito artís- 
tico, por su originalidad ó su grandeza, ha llegado á ser bastante conocido 
dentro y fuera de España. Asi, pues, no es extraño que en Octubre del 
año pasado la Sociedad Colombina Onubense, á la que me honro en 
pertenecer como socio honorario, me dirigiese el programa de las fiestas 
que habían de celebrarse en aquella fecha, siendo uno de los trabajos 
premiados en sus certámenes, el de una memoria ó proyecto de festejos 
para celebrar el cuarto centenario de Colón. 

No acudí en hora oportuna á presentar mi proyecto, aunque lo 
redacté en el mismo día en que recibí la invitación para hacerlo; y no 
lo mandé por el temor de parecer exagerado en mis ideas, como ya se 
me viene calificando por algunos desde años atrás, en vista de las dimen- 
siones extraordinarias que di al monumento arquitectónico que tengo 
proyectado para este grande hombre; y creyendo como creo que no 
puede satisfacerse el programa de estas fiestas, con cuatro carros, un 
castillo de pólvora, colgaduras en los balcones y repiques de campanas 
ó salvas de artillería. Después se ha despertado por todas partes, ya en 
la prensa, en las sociedades artísticas y literarias, en los círculos de 
recreo, y por último, en el seno del gobierno, el tratar de este asunto, 
hasta el punto de que en consejo de ministros se haya acordado conceder 
un crédito en los presupuestos de todos los años sucesivos hasta el 
de 1892, para atender á los gastos de las fiestas del cuarto cente- 
nario de Colón; y según parece se halla nombrada una junta de per- 
sonas notables para atender á lo que reclame esta necesidad recono- 
cida. 

En vista de todo lo dicho, algunos amigos, conocedores de nuestro 
proyecto, me han aconsejado su publicación, y valga por lo que valga, 
hemos convenido en dar á luz estos apuntes sin tener la pretensión de 
que nuestro programa pueda ser otra cosa que un boceto ligero del 
cuadro que otros más doctos y más autorizados puedan presentar con 
todos sus detalles. 



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II 



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Las fiestas del cuarto centenario de CoLÓN, deben celebrarse en 
todas las naciones cultas, en todos los pueblos civilizados del uno y del 
otro continente. No será digna de figurar entre las naciones que perte- 
necen al mundo moderno, la que permanezca indiferente á las fiestas del 
cuarto centenario de CoLÓN. 

Pero España no sólo está obligada como las otras naciones á honrar 



CXXXIV 



CRISTÓBAL COLÓN 






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la memoria del célebre marino que descubrió el Nuevo Mundo, sino que 
también deberá alzarse orgullosa en este día, diciendo á las demás: 
«Ved aquí lo que hicieron los españoles del gran reinado de Isabel y de 
Fernando, para ayudar á COLÓX en su famosa empresa. » 

Francia, Inglaterra, Alemania, Italia y demás naciones de Europa, 
lo mismo que los Estados Unidos y las Repúblicas americanas, pueden 
celebrar estas fiestas sólo en sus capitales de primer orden ; pero España 
lo ha de hacer en todos sus pueblos, grandes y pequeños, con más ó 
menos magnificencia según sean los medios y recursos disponibles en 
cada uno. 

Sentado este principio, empecemos por los más pobres y pequeños. 
Por lo que poco ó nada ofrecería de gastos. 

Existe un contrato de COLÓN con los Reyes Católicos en el que se 
estipularon las condiciones del viaje , títulos y honores que se concedían 
al gran navegante, si llegaba á descubrir las tierras que prometía. Este 
contrato, cuyo original deberá encontrarse en algún archivo, puede ser 
reproducido exactamente por medio de la fototipia, invención de nuestros 
años, y hacer una gran tirada de ejemplares, que se remitirán por 
el gobierno á todos los ayuntamientos de España, y á los de fuera 
que lo pidan y quieran conocerlo y guardarlo como documento pre- 
cioso. 

A los nueve mil ayuntamientos de España, se les ordenará por el 
ministro de la Gobernación, dar lectura pública y solemne de este 
documento el día 4 de Agosto de 1 892 , como se hacía con los bandos 
reales, para que llegasen á conocimiento de todos; y después, lo colo- 
carán en un cuadro en su sala de sesiones. En todos estos pequeños 
pueblos, el día 12 de Octubre, aniversario del descubrimiento del 
Nuevo Mundo, se harán las fiestas que sus recursos les permitan hacer, 
concediéndose medallas ó diplomas de honor por el gobierno á los que 
más se distingan por su ingenio ó por los maj'ores gastos y esplendidez 
de tales fiestas, las cuales, cuando menos, podrán consistir en músicas 
y bailes populares, misa y Tc-Deitm con asistencia del ayuntamiento, 
colgaduras, repiques de campanas, fuegos artificiales y reparto de 
socorros á pobres, encendiendo por la noche grandes hogueras en los 
]5untos más altos de todos los cerros ó cumbres de los montes de su 
partido municipal. 

Las capitales de provincia y otras ciudades importantes, de más 
vecindario que estos pequeños pueblos, pueden ampliar estos festejos 
inaugurando escuelas públicas, obras de utilidad ó de recreo, estableci- 
mientos benéficos ú otros edificios que tengan en construcción, procu- 
rando hacerlo en la fecha del 1 2 de Octubre. 

Pero sin perjuicio de tales obras, todas ó la mayor parte de las 
capitales de provincia y partidos judiciales, deberían levantar un monu- 
mento público á la memoria del cuarto centenario de CüLÓN, siendo 



APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN 



cxxxv 



fácil y económico llevar á cabo estos pensamientos en la forma si- 
guiente : 

El gobierno debería abrir un concurso entre todos los arquitectos 
españoles, para presentar proyectos de un monumento que perpetúe la 
memoria del cuarto centenario de Cíji.oX, sujetándose á este pro- 
grama: 

I." El monumento sercá de hierro fundido y su peso no debe 
exceder de diez toneladas, carga máxima de un vagón de ferro- 
carril. 

2.° Este monumento será coronado de un busto de COLÓN y 
tendrá en su decoración las tres proas de las carabelas que hicieron 
el viaje primero á las Indias Occidentales, así como también las 
inscripciones y fechas que se dicten por la Academia de la His- 
toria. 

3." Siendo como deberá serlo, de varias piezas que se ajusten a 
enchufe ó con tornillos, una de éstas tendrá en su interior un hueco ó 
cavidad donde se encierren los periódicos en que se dé cuenta de las 
fiestas del cuarto centenario en toda España, y algunos otros documentos 
de la época, tales como el acta de los festejos hechos por el pueblo ó la 
ciudad en que se levante cada uno de estos monumentos. 

Como se ve desde luego, un monumento de esta clase tiene sus 
mayores gastos en el proyecto y los modelos para la fundición, los 
cuales se podrían repartir entre todos los numerosos ejemplares que se 
fundieran, y por tanto ser poco el aumento que recibieran sobre el 
precio de cuatrocientas pesetas la tonelada ó sean próximamente cuatro 
mil pesetas cada ejemplar. 

Esta obra, puesta al alcance de los pueblos más pobres, pudiera 
ser ejecutada con mayor lujo en las capitales de provincia, construyendo 
el basamento general de mármol ó de sillería; pero en todas partes la 
primera piedra para los cimientos se pudiera colocar en un día dado, 
el 3 de Agosto, fecha de la partida de COLÓN del puerto de Palos, y 
hacer la inauguración del monumento en 12 de Octubre del mismo año 
de 1892. 

Con los numerosos ejemplares de semejante monumento repartidos 
por todos los pueblos de España, se tendría memoria imperecedera de 
las fiestas del cuarto centenario, á la vez que de las fechas memorables 
del 3 de Agosto y 12 de Octubre de 1492. 

El día de la inauguración de esta obra, cada localidad haría las 
fiestas que le pareciesen propias del acto, y el gobierno debería otorgar 
un premio á las capitales que con mayor esplendor hubiesen construido 
su monumento. 

Tenemos ya expuesto el pensamiento de lo que podremos llamar 
festejos de segundo orden ó de menor importancia, y vamos a ocuparnos 
ahora de las grandes fiestas nacionales costeadas por el gobierno. 



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CXXXVI 



CRISTÓBAL COLON 



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III 



EN El, PUERTO DE PALOS 



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En este puerto debe construirse un monumento especial á manera 
lie un faro, que deberá estar decorado como las columnas rostrales, con 
las tres proas de la Santa María, la Pinta y la Niña, y con un gran bajo 
relieve que represente el cuadro de CoLÓN en el momento de salir de 
aquella playa para ir á bordo de la capitana, como Almirante de la flota 
de las tres carabelas, acompañado de los tres hermanos Pinzón y de los 
personajes más importantes que figuran en la historia de este aconteci- 
miento. — En la madrugada del 3 de Agosto de 1892, tendrá lugar la 
fiesta de la inauguración de este monumento. Para esta fecha estaran 
anclados en el puerto de Palos tres barcos construidos con arreglo á los 
modelos de aquellas famosas carabelas, bautizados con sus tres nombres 
memorables y abastecidos y tripulados convenientemente para salir á 
navegar con rumbo al Occidente. La dotación de cada carabela será la 
misma que corresponda al rol conocido por documentos históricos, de 
ia Santa María, la Pinta y la Niña, arbolando la insignia del Almirante 
la capitana de las tres naos que montará CRISTÓBAL COLÓN. Las otras 
dos serán mandadas por los hermanos Pinzón, pudiendo decirse que 
estas carabelas vienen á ser una reproducción exacta de las que hicieron 
el descubrimiento de las Indias, como si no hubieran dejado de existir 
y nos trasladásemos á la madrugada del 3 de Agosto de 1492, para que 
dichos barcos zarparan en la hora que lo hicieron aquellos y empren- 
dieran la marcha con el mismo rumbo que marcó el Almirante que los 
mandaba. 

En la playa pueden tener lugar las mismas escenas de despedida de 
los navegantes, presentes el padre Marchcna, el médico de Palos, las 
autoridades y todos los personajes históricos que deben asistir á este 
acto, con los marineros y el pueblo entero de Palos, todos vestidos con 
trajes del siglo xv. 

En la hora conveniente, esta flota levaría anclas, tendería sus velas 
y saldría del puerto del mismo modo que en 1492 lo hizo la flota de 
Colón. 

Aquí debemos decir que, para evitar todo peligro en la navegación, 
las tres carabelas irían acompañadas por una fragata de la marina 
española que pudiese prestarles socorro, y algunos vapores remolcadores 
que en caso necesario sirviesen para que la flota llegase sin retardo á las 
playas de América y diese vista á las costas de la isla de San Salvador 
el 12 de Octubre en la madrugada. 

Además pudieran y debieran estos buques del acompañamiento ir 



APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN 



cxxxvii 



tendiendo un cable submarino, cuya extremidad quedase en el faro de 
que hemos hecho mención, y allá en las costas del otro continente se 
hallaría construido un edificio semejante al del puerto de Palos donde 
estarían montados los aparatos eléctricos necesarios para mandar por el 
cable una chispa que viniese á iluminar el faro dando la señal de la 
arribada de las carabelas españolas á las plaj-as de América. Esta luz 
también debería encenderse en aquellas costas con el fluido que se 
mandara desde las nuestras. 

Estos dos monumentos ó faros colocados en el punto de partida y 
en el de arribada de las tres carabelas mandadas por CRISTÓBAL CoLÓN, 
serían dos monumentos importantes que determinarían en todo tiempo 
los dos extremos del camino abierto por la quilla de los barcos españoles 
en medio del Océano, para poner en relación dos mundos que no se 
conocían. Hecho tan grande y tan trascendental para los habitantes del 
uno y del otro continente , ; no merece que se perpetúe en la memoria de 
los tiempos y que lo narre en sus páginas de mármol la lengua universal 
de la arquitectura? 

La grandeza de semejante expedición marítima, el interés que 
necesariamente habría de despertar en todas partes venir á presenciar en 
nuestros días el mismo espectáculo que ofreció al mundo entero el descu- 
brimiento de las Américas, indudablemente atraería gran concurrencia 
de extranjeros á España }' muchos barcos de todas las naciones acudirían 
al puerto de Palos para acompañar la flota española en su travesía por el 
Océano y llegar á oir el grito de ¡tierra! dado por COLÓN al frente de la 
isla de Sati Salvadoi-, y ver la toma de posesión de aquel territorio en 
nombre de los Reyes CatóHcos. 

Recibida noticia por el cable en el puerto de Palos, sería transmitida 
por telégrafo á todas partes, y en este momento la España entera 
pudiera repicar las campanas de todos sus campanarios, hacer salvas, 
disparar cohetes, colgar los balcones de todos los edificios y encender 
iluminaciones, etc., etc., etc., y todas las catedrales del mundo católico, 
podrían cantar un Tc-Dciiiii en estos momentos. 

Acaso también estas fiestas del puerto de Palos pudieran ir acompa- 
ñadas de otras que celebrase la Sociedad Colombina de Huelva y su 
Diputación Provincial, en el monasterio de la Rábida, donde se reprodu- 
jesen en las fechas convenientes las escenas de la aparición de COLÓN, 
su primera entrevista con el padre fray Juan Pérez y con el médico de 
Palos, todo lo cual sería de grande interés histórico y atraería muchos 
forasteros á visitar aquellos lugares. 





Cristóbal Colón, t. i. — .xviii' 



CXXXVIII 



CRISTÓBAL COLON 



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IV 



FIESTAS EN GRANADA 



Granada, la ciudad morisca de Granada y el pueblo y la vega de 
Santa Ve en sus inmediaciones, representan lugares memorables en la 
historia de CuLÓN y del descubrimiento del Nuevo Mundo. Todos saben 
que el sitio de Granada por los Reyes Católicos y la conquista de aquella 
famosa capital del reino morisco, influyeron considerablemente en la 
realización de aquella famosa empresa. Es por tanto preciso, que Granada 
ocupe un lugar preferente y distinguido en las fiestas del cuarto cente- 
nario de Cristóbal Colón. 

Allí, en aquella capilla de los Reyes Católicos, donde se hallan 
depositados los restos mortales de Isabel y Fernando con los de sus 
hijos, hay algo que está aclamando siempre la memoria de sus funda- 
.dores, á la vez que también recuerda en sus estatuas y bajo relieves la 
rendición de la ciudad en 3 de Enero de 1492. Este hecho decidió 
indudablemente la suerte de CRISTÓBAL COLÓN, y en Santa F"e. en el 
campamento de los Reyes Católicos, se firmó el contrato que hicieron 
los soberanos de España con el célebre marino, para que éste se 
embarcara en el puerto de Palos, mandando la expedición de aquella 
flota memorable. 

Todos estos hechos que constituj-en el fundamento, la base ¡¡rincipal 
de tan extraordinario acontecimiento, merecen recordarse y reproducirse 
en las fiestas del cuarto centenario que lioy preocupa la atención de todo 
el mundo. 

Debería, pues, montarse el campamento de los Reyes Católicos en 
Santa I-"e, con todas sus tiendas y aprestos de guerra necesarios, figu- 
rando en el los personajes históricos de primera importancia, tales como 
el cardenal Giménez de Cisneros, Gonzalo de Córdoba, los Pulgares y 
otros muchos que fuera prolijo enumerar, con sus peones ó mesnadas, 
todos ellos vestidos y armados á la usanza de aquellos tiempos. En la 
lecha )' hora correspondientes aparecería en dicho campamento Cristó- 
bal Colón, acompañado de la cabalgata de almogávares que vinieron 
con él desde Alhama por orden de los Reyes Católicos. Llegado al 
campamento, se haría toda la ceremonia de su recepción jior las personas 
encargadas de ello hasta presentarse en la tienda de los Reyes, y por 
último vendría el acto de firmar el contrato, que pudiera hacerse desco- 
rriendo las cortinas de la tienda Real y dando ]uíl)lica lectura de] mismo 
original guardado en el archivo en que lo esté. 

Estas fiestas de Granada las considero de tanto kiciniiento \- esplen- 
dor como beneficiosas á tan bella y desgraciada población, que se vena 



APÉNDICICS A LA INTRODUCCIÓN 



CXXXIX 



poblada de extranjeros y nacionales de todas partes durante muchos 
días, puesto que desde el primero en que empezara á montarse el cam- 
pamento hasta el en que tuviese lugar la rendición de Granada y la 
entrega de sus llaves, pasarían algunas semanas, en cuyo periodo pudie- 
ran tener cabida muchos festejos y recuerdos históricos, tales como 
algunas escaramuzas entre moros y cristianos, la singular y atrevida 
expedición de Isabel la Católica al laurel de la Zubia y otras seme- 
jantes. 

En todo este período de tiempo se verían poblados los hoteles, 
fondas y casas de huéspedes de Granada, ganando en ello mucho el 
comercio y los mercados de la capital. 

Las ciudades de América deben celebrar el cuarto centenario reci- 
biendo la flota del Almirante, y á partir del 12 de Octubre redactarán su 
programa especial de festejos públicos en cada uno de aquellos Estados 
independientes. 



V 



REGRESO DE COLOX 

La peña de Cintra, en las costas de Portugal, adonde arribó el 
barco que mandaba COLÓN huyendo de la tempestad, deberá levantar en 
su cumbre un monolito colosal en que se perpetúe la memoria de aquel 
acontecimiento y su fecha, del mismo modo que Sevilla, Zaragoza y 
otras ciudades importantes deben también conmemorar las de su paso 
por estas capitales cuando se dirigía á Barcelona para ser recibido por la 
corte, que se hallaba en dicha población. 

Todos estos festejos deben ser objeto de programa especial para 
cada uno de los Ayuntamientos, las Diputaciones provinciales, los Insti- 
tutos y Universidades, con todas las corporaciones científicas, literarias y 
artísticas de cada una de estas capitales; deberán celebrar la fecha 
del 12 de Octubre de 1892 con certámenes públicos, veladas musicales, 
bailes y demás que juzguen conveniente para dar testimonio de su entu- 
siasmo por esta gloria nacional. 

Acaso se ocurra á algunos pensar que, si bien CoLÓN en 12 de 
Octubre de 1492 había despejado la incógnita de su viaje y puesto pie 
en la tierra de América, el mundo viejo tardó en tener esta noticia hasta 
que vino él mismo de regreso y la dio á conocer á los que ya le conside- 
raban perdido en medio de los mares, y por tanto que la celebración del 
aniversario del descubrimiento, queriendo seguir el curso de la historia, 
no debería celebrarse hasta llegar á la fecha de su arribo á las costas de 
Portugal ; pero aquí debemos decir que tales escrúpulos de exactitud nos 
parecen una puerilidad, y que el siglo xi.K, disponiendo de las corrientes 






CXL 



CRISTÓBAL COLON 





eléctricas por toda la redondez de la tierra, para hacer correr con la 
velocidad del rayo las noticias de un acontecimiento semejante, debe 
apro\ echar estas ventajas de la civilización moderna mandando desde las 
playas de la isla de Sa?i Salvador la luz que encienda el faro del puerto 
de Palos, á cuya aparición por todos los hilos de todos los telégrafos de 
Europa debe ir corriendo la nueva de que la flota española ha llegado á 
las playas del Nuevo Mundo, para que se cante un Te Deutn en todas las 
catedrales é iglesias principales de la cristiandad en los momentos en que 
la cruz y el evangelio ensanchaban sus dominios y llevaban la civilización 
a regiones ignoradas de los apóstoles de J. C. 



VI 



FIESTAS DE MADRID 

La capital de España, por ser la cabeza del reino y corazón de la 
patria donde ha de latir con más fuerza el sentimiento de las glorias 
nacionales, está obligada á tomar la parte principal y mayor en estos 
festejos del cuarto centenario de COLÓN. 

Madrid, que encierra entre sus grandezas la grandeza de la corte y 
del gobierno, de las Academias, Universidad, escuelas especiales, cuerpo 
diplomático y todo lo que es propio de la capital de la monarquía, no 
puede menos de hacer algo grande y algo que sea permanente y per- 
petúe la memoria de estas fiestas. 

Bien está que se celebre una exposición retrospectiva que dé á 
conocer el estado de la civilización de América al tiempo de su descubri- 
miento y que en ella á su vez aparezcan los productos de la civilización 
moderna para que este contraste acredite el progreso, el engrandeci- 
miento y la fortuna que el Nuevo Mundo alcanzó con el conocimiento, el 
trato y los beneficios recibidos del mundo viejo. Esta Exposición que el 
gobierno español tiene acordado llevar á cabo en Madrid, como una de 
las solemnidades principales del centenario de COLÓX, es, en efecto, una 
buena idea que produciría muy buenos resultados, atrayendo la visita de 
muchos extranjeros y curiosos que \-endran á estudiar en las galenas del 
palacio de la Exposición americana muchas cosas que son desconocidas 
y muchos documentos que 'están ignorados de la mayoría, en los archivos 
ó en los museos nacionales. 

Pero la Exposición durará sólo algunos meses. Las puertas de su 
palacio se verán cerradas y los objetos reunidos en ella desaparecerán 
para volver á su centro de origen. Sólo quedará de esta Exposición el 
recuerdo y las Memorias que se escriban con los catálogos y dibujos que 
se pubhquen , todo lo cual, verdaderamente es digno, importante y merece 
los sacrificios que se hagan para llevar a cabo esta solemnidad. Los 



APÉNDICES Á LA INTRODUCCIÓN 



CXLI 



tiempos Intuios tendrán noticias de que hubo en Madrid una Exposición 
semejante en el año de 1892. No la verán. No podran \ ¡sitarla como 
visitamos hoy los antiguos monumentos, pudicndo decir al visitarlos: 
«Aquí donde yo pongo los pies y las manos, donde clavo la mirada, 
pusieron los suyos en siglos anteriores aquellos que levantaron estas 
piedras. Entre ellas podemos ver y e.xaminar el pensamiento, la idea que 
dominaba entonces al pueblo que elevó tales construcciones, y el aparejo 
de estos muros, la labra de estos sillares, los bajo reheves y las estatuas 
que vemos nos dan perfecto conocimiento del estado de su civilización )■ 
del saber de sus artistas. « No, no quedará nada de esto después de 
cerrada la E.xposición , por más que de ella traten los libros y los perii 1- 
dicos que la narren. 

Por tales razones, que considero dignas de la atención del gobierno 
que pretende dar á este acontecimiento toda la importancia que se 
merece, creo que Madrid deberá levantar en una de sus plazas públicas 
un grandioso monumento, bastante robusto y sólido para que pueda 
desafiar como las pirámides y los templos de Carnak la mano destructora 
de los siglos. Este monumento, en cuya base debe reconocerse la época 
de su construcción, no sólo habrá de perpetuar la memoria del cuarto 
centenario y la gloria de CristÓB.\L Colón, sí que también deberá 
narrar en el idioma épico de la arquitectura, en la lengua universal del 
arte, la época de la conquista de las Américas, llevada á cabo por 
aquellos héroes españoles, asombro del mundo entero. 

Este monumento, levantado cuatro siglos después de haberse llevado 
á cabo aquella tan famosa empresa, debe decir al mundo entero con 
orgullo legítimo: Ved aquí lo que hicieron los esforzados españoles de los 
tiempos de Isabel y de Fernando el Católico en bien de la humanidad 
entera. En este monumento deben figurar las estatuas de todos los perso- 
najes en la historia del descubrimiento de América, así los que prote- 
gieron á Colón en España con sus influencias y su poder, como los que 
le acompañaron en el viaje primero y los que después fueron héroes 
de la conquista, viniendo todas estas estatuas á ocupar sus pedestales 
respectivos á diferentes alturas y siguiendo un orden cronológico hasta 
llegar á la apoteosis del héroe principal que servirá de coronación en lo 
más alto. 

Debe este monumento contar en su seno un museo americano, en el 
cual se conserven los ejemplares más notables de las especies que eran 
desconocidas en el reino animal y vegetal, de las armas, trajes y utensilios 
que usaban los indígenas, y de todo aquello que sea digno de figurar en 
un museo de esta clase. Las pinturas murales deben ser cuadros histó- 
ricos de los hechos más notables de la conquista, tales como la quema de 
los barcos por Hernán Cortés, el salto de Alvarado, la destrucción de los 
ídolos del templo de Mé.xico y otros asuntos semejantes. Además, 
debemos decir, que este monumento, por estar dedicado al hombre y á la 



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CXI. II 



CRISTÓ15AL COLON 



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memoria de tan grande acontecimiento que vino a refluir en bien del 
mundo entero, interesa á todas las naciones de Europa y de la América 
su construcción, y por tanto debería levantarse con los productos de una 
f ^ i^ W suscripción universal que en mi concepto produciría abundantísimos 
recursos para llevarlo a cabo. 

Todos los artistas, pintores, escultores y tallistas tendrían larga 
ocupación de años en estos trabajos, asi como también la tendrían 
millares de jornaleros y muchos industriales de todo género. No ha)- que 
arredrarse ni que empequeñecer el pensamiento enfrente de la cifra del 
¡presupuesto por grande que sea. Yo creo que ])ara una obra de tal natu- 
raleza sobrarían los recursos venidos del uno \' del otro continente; y por 
último, lo que no se hiciera en un año .se haría en el otro hasta llegar á la 
terminación de las obras. 

Como se ve por todo lo dicho respecto de este monumento extraor- 
dinario, si había de hacerse la fiesta de la colocación de la primera piedra 
el 12 de C)ctubrc de 1892, no hay tiempo que perder en preparar el pro- 
yecto, elegir el sitio de su emplazamiento, empezar la suscripción universal, 
invitar á las naciones extranjeras y preparar el terreno que, en mi con- 
cepto, habría de ser una plaza nueva por no existir en la capital ninguna 
capaz de servir para el caso. 

La gran solemnidad del acto de la colocación de esta primera piedra 
sería indudablemente la mayor de todas las fiestas del cuarto centenario 
de Colón, y no sólo asistirían la corte y el gobierno, las corporaciones 
civiles y militares de toda España ó su representación por algimo de sus 
individuos, las universidades, las escuelas, el clero, los embajadores 
extranjeros y todos los que dentro y fuera de España pudiesen repre- 
sentar de algún modo la inteligencia, la autoridad, la fortuna y la nobleza 
del mundo entero que viniese á tributar sus respetos á la memoria del 
hombre más grande que registra la historia de la humanidad. 

En este día, que vendría á ser día memorable, debería tener lugar 
una recepción en palacio, banquetes oficiales, funciones teatrales, veladas 
artísticas y literarias, colgaduras, iluminaciones, revistas de tropas, 
músicas por todas partes, fuegos artificiales, comidas á pobres asilados 
y todo aquello que se acostumbra hacer en las grandes fiestas nacionales, 
para que el 12 de Octubre quedaran terminadas las fiestas del cuarto 
centenario de Colón. 



Vil 



Tenemos emitidas nuestras ideas respecto á las fiestas del cuarto 
centenario, que se quieren celebrar con la esplendidez y la grandeza que 
reclama el personaje y los hechos á que se refieren estos festejos públicos, 
y para terminar debemos decir: que nuestro programa no es ni puede 



APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN 



CXLIII 



serlo una obra completa; no es más que un boceto. El cuadro perfecto 
deberá desarrollarse por personas más competentes y más autorizadas que 
el autor de este modesto trabajo, el cual sólo cuenta con su entusiasmo 
por la idea y por el héroe á quien ha consagrado tantos años de su \'ida 
proyectando un monumento á su memoria, que no por su mérito, pero si 
acaso por su originalidad y sus grandes dimensiones, ha llegado a ser 
bastante conocido. 

José Marín Baldo. 
Madrid, Marzo 1888. 






Cristóbal Colón, t. i — i. 



CRISTÓBAL COLON 



Por el interés que encierra, y para que sirva de punto 
de partida en la narracio'n del maravilloso descubrimiento de 
las Indias Occidentales por Cristóbal Colón, cu3'a historia 
nos proponemos escribir, es de verdadera importancia expo- 
ner ante la vista de los lectores, siquiera sea en reducido 
cuadro y narracio'n brevísima, el resumen de aquellos viajes 
de que nos ha dejado memoria cierta la antigüedad, y que 
demuestran el esfuerzo constante del hombre, su audacia, 
sus sacrificios por estudiar }' completar el conocimiento del 
planeta en que habita; de los seres diversos, sus hermanos, 
con quienes comparte la morada en él : de las remotas 
comarcas cuyos secretos y variedades tan poderosamente 
despiertan su curiosidad. 

A esta atcncio'n preferente, á ese deseo de saber 5^ 
ampjliar la eslera de lo conocido, por medio de la explicacio'n 
de todos los feno'menos c[ue á su vista se ofrecen, 5' del 
profundo estudio de la naturaleza que le rodea, se ha unido 
siempre en el ser humano, estimulándole para acometer las 
más difíciles empresas, el ansia por mejorar las condiciones 
de su existencia material, por aumentar los medios de 
procurarse la satisfaccio'n de sus necesidades, y por obtener 
ma3'or suma de goces y de bienestar. De este doble estímulo 
depende la explicacio'n de todos los actos humanos: sobre 
estos dos polos gira, en todas las evoluciones de su actividad, 
el progreso histo'rico. Ciencia y comercio; vida de hi inteli- 
gencia y goces del cuerpo; secretos de la Naturaleza que el 
interés o' la curiosidad mueven á descubrir, á costa de los 
mayores sacrificios, arrostrando peligros, luchando con todo 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO PRIMERO 



genero de obst¿ículos hasta descubrir la verdad, o conquistar 
los apetecidos conocimientos. Tal es la historia de la huma- 
nidad. 

Sin entrar en el e.xamen de viajes fabulosos, por más 
que pueda tenerse como cosa cierta que revestidos de la 
fábula, bajo las apariencias y oscuridad del mito, se encuen- 
tran en todos ellos rasgos de sucesos verdaderos, bien puede 
asegurarse, desprendiendo esta reflexión de los más antiguos 
datos histo'ricos, que desde las edades más remotas el trán- 
sito de Occidente á Oriente ha sido constante preocupación 3- 
trabajo de todos los pueblos de Europa. El comercio de 
diamantes, perlas 5' perfumes; del marfil y de las especias; 
3^ más tarde, de la seda }- tejidos preciosos, mantuvo 
siempre fija la atencio'n sobre la India, centro productor de 
tan codiciados objetos; zona privilegiada con la cual se ha 
procurado sostener en todo tiempo una comunicacio'n tan 
difícil y peligrosa como lucrativa. 

Ya en el siglo xv antes de la venida de J. C, los 
fenicios, extendiendo su poder marítimo }■ sus empresas 
comerciales, y con el propo'sito de establecer colonias con las 
que pudieran mantener constante tráfico, después de haber 
reconocido y costeado la parte occidental de África, bajando 
tal vez hasta la desembocadura del que luego llamaron los 
portugueses Rio d' Olivo, volvieron de nuevo al estrecho de 
Hércules, y dejándolo á un lado, tocaron en las costas de 
Andalucía, subiendo por el Guadalquivir (Tarteso) hasta 
el punto donde poco después fué fundada Sevilla, j Coinci- 
dencia al par extraña 3' notable! Debieron representarse 
entonces en aquellos deliciosos lugares, habitados por gentes 
sencillas que no estaban vestidas, 3' vivían de la caza 3" de la 
pesca, escenas muv semejantes á las que luego, pasados 
treinta siglos, en el xv de la Era Cristiana, se vieron en la 
isla de Guanahaní al llegar las carabelas españolas. Lleva- 
ban los moradores de Tiro 3^ de Sido'n insignificantes 
baratijas de escasísimo valor, cu3'0 uso era completamente 







laSv^vs&wA^iasiSSBSc.^^B 



CRISTÓBAL COLÓN 






desconocido por los sencillos aborígenes de las riberas del 
Tarteso, que por trozos de telas, por brillantes pedazos de 
metal, por objetos baladíes, pero de colores deslumbrantes, 
ofrecieron á los fenicios pedazos de oro y plata nativos, que 
casi sin trabajo recogían de los terrenos incultos que ellos 
habitaban. Dice Estrabo'n, que en ninguna parte del mundo 
se había encontrado el oro, la plata y el cobre en tan gran 
cantidad, ni tan excelente como en ^\ndalucía. 

Para formar idea exacta de estos primeros estableci- 
mientos fenicios en España, deben leerse las cartas de Colón 
3' las descripciones del P. Las Casas sobre las costumbres de 
los indios: su manera de vivir, 3' los primeros desembarcos 
en las islas que llamaron Indias Occidentales , pues se 
encuentran sorprendentes analogías '. 

Pasado algún tiempo, parece indudable, por más que 
algún historiador no conceda entero crédito al suceso ^, que 
en el siglo vii (antes de J. C). cuando va el Egipto había 
adquirido su ma3'or preponderancia militar, empezó' bajo 
Psamético , á extender su comercio 3' multiplicar sus colonias 
por todos los países conocidos. Su hijo 3' sucesor Ñecos o' 
Nechao, continuando el ejemplo de su padre, emprendió la 
grandiosa obra de poner en comunicacio'n el Nilo con el mar 
Rojo por medio del antiguo canal, cu3'os restos conservan 
aún ho3' día su nombre, 3" cuando, á costa de grandes traba- 
jos y sacrificios j, adelantaba en aquella empresa, concibió' el 
pro3'ecto , no menos atrevido, de la circunnavegación de 
África; pensamiento tan civilizador como el primero, que 
llevo' á ejecucio'n valiéndose de las naves 3- de los más exper- 



' Hace poco se anunció ijue han aparecido algunos trabajos del barón 
d"Oufroi, con documentos de que i)arece deducirse que los fenicios tuvieron 
comercio con los habitantes de América. No hemos podido examinarlos, pero 
no creemos que los fenicios extendieran su na\egación más allá de las costas 
andaUí/.as. 

' ///s/or/ir i/i' /{s/'t! ÍH7. por Car\os Roniey; üarcclona. — Bergnes, 1S39. — 
'l'omo I, cap. II. 

' Histoiic de V htmc de Suez, por Olivier Ritt. — París, Hachctte, 1869.— 
I )ice el autor que perecieron en los trabajos más de veinte mil hombres. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO PRIMERO 



tos marineros fenicios. Partieron estos desde el íondo del 
mar Rojo, costeando toda la parte sud }• sudoeste del conti- 
nente africano, para volver á penetrar en el Mediterráneo 
por las columnas de Hércules, buscando la desembocadura 
del Nilo como término de su viaje. 

Tres años, dicen verídicos autores, y el primero de 
ellos Herodoto, conocedor de la ciencia egipcia, que em- 
plearon en aquella penosa 5^ difícil empresa, antes por nadie 
imaginada, lo que nada exagerado parece, si se tiene en 
cuenta la configuración de las naves fenicias, mu}- apropia- 
das para navegar en la proximidad de las costas, de las que 
no les era posible separarse sin gran riesgo. Pero esta cir- 
cunstancia, que por una parte hacía más dificultoso 3^ largo 
el viaje, resultaba por otra en positivo beneficio para el estu- 
dio de la topografía 3- conocimiento de todos los accidentes 
naturales de las orillas de aquellos mares desconocidos, 3' en 
gran auxilio para tomar verdaderas noticias de sus produc- 
tos, su fauna v habitantes, j Lástima, en verdad, que de 
tan extraño é importantísimo suceso no se conserve más que 
la memoria! ; Cuántos datos inapreciables y variados, cuan- I 
tas observaciones dignas de atención hubiera encontrado en 
sus relaciones la posteridad! Pero á nuestro projDo'sito, en 
este momento, es mu3- suficiente el poder consignar, casi con 
absoluta certeza, que setecientos años antes de la Era Cris- 
tiana, las costas de .Vfrica habían sido 3'a objeto de atrevidas 
exploraciones 3' se había rodeado esta gran parte del mundo. 
pasando el que después, en el siglo xv , recibió' el nombre 
de Cabo de Buena Esperaii:{a, en sentido 3' rumbo inverso 
al que luego llevaron los ¡portugueses, cuando buscaban 
camino para la India sin tener que cruzar el Egipto y la 
Arabia. 

La ciencia 3- el comercio tenían siempre la vista fija en 
el Oriente: aquélla por sus secretos, éste por sus codiciados 
productos. Antes de las expediciones de Alejandro el 
Grande, el tráfico se hacía de una manera irregular por 





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CRISTÓBAL COLON 




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medio de las caravanas, que ora se formaban en Menfis, en 
Bubastis o' en otros grandes centros de Egipto, y bajaban las 
riberas del Golfo Pérsico para recoger los cargamentos c¿ue 
aportaban las naves de la isla de Trapobana (Ceilán) y de la 
orilla del Ganges, ora atravesando la Siria 3' la Mesopotamia, 
por Babilonia y por Sura, penetraban en las comarcas supe- 
riores de la India ■ 3^ volvían cargadas con sus producciones, 
por la misma vía terrestre que habían llevado, á buscar los 
mercados de la costa fenicia, en el fondo del Mediterráneo 3'' 
en los puertos del mar Negro, para extenderse desde allí por 
todos los puntos comerciales de Europa. 

Desde la fundacio'n de Alejandría, esta ciudad se consti- 
tu3^o' en centro de la contratacio'n de especias, perfumes, 
sedas y telas de Oriente; 3' creciendo cada día en importan- 
cia por su situacio'n privilegiada, á ella concurrieron con sus 
embarcaciones todos los pueblos de Occidente, á medida que 
en cada uno fué desarrollándose en ma3'or escala el comercio 
en épocas sucesivas, creciendo al par las expediciones marí- 
timas y las relaciones mercantiles. 

Alejandría se convirtió' en el puerto de depo'sito más 
importante del mundo. Allí vinieron á encontrarse en un 
momento dado las naves venecianas con las francesas y 
españolas, especialmente con las de Cataluña 3' Valencia, 
moA'idos todos por el mismo deseo de abastecer los princi- 
pales mercados de Europa de los productos orientales. 

El monopolio que los venecianos 3' genoveses estableci- 
dos en Alejandría procuraron crear, x aun ejercieron á veces, 
en el comercio de aquella importante ciudad, por los privile- 
gios 3' bulas obtenidos de los Pontífices para poder contratar 
con los infieles -: las exacciones establecidas, de que eran 



' Historia Universal, por César Cantú — París, Garnier, 1869. — Tomo I. 
— .\claraciones al libro I. 

' En el reinado de don Pedro III de Aragón obtuvieron los catalanes, á 
instancia de los comerciantes de Barcelona, dispensa pontificia para poder con- 
tratar con los musulmanes en iguales condiciones (¡ue desde mucho tiempo 
antes la tenían los venecianos. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO PRIMERO 



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objeto V víctimas los comerciantes que concurrían á aquel 
puerto, y de que siempre procuraron librarse las Seño- 
rías: las rivalidades entre las diversas naciones por la su- 
premacía que algunas llegaron á alcanzar, fueron motivos 
poderosos que impulsaron á los atrevidos navegantes de 
España y de Portugal á procurarse otras vías, por donde 
pudieran obtener maj'ores ventajas y beneficios más posi- 
tivos, más crecidos y seguros, haciendo el comercio directo 
con el Oriente, sin necesidad de acudir al puerto de Ale- 
jandría. 

Es observacio'n curiosísima de un docto escritor, c[ue en 
tanto c¿ue aquel famoso puerto procuraba centralizar el 
comercio de las mercancías de Oriente , allí mismo se propa- H 
laba la noticia del invento C[ue había de contribuir á privarle fP 
de su monopolio, proporcionando á los marinos medios más 
seguros para cruzar los mares 3' emprender largas navega- 
ciones, orientándose con seguridad lejos de las costas. Los 
catalanes, valencianos y portugueses debieron alcanzar en 
Alejandría algunas nociones sobre el uso de la brújula. 
Porque es indudable, que con mucha anticipacio'n se había 
aprendido en la China por los árabes la existencia de la fetfe^ 
virtud magnética y transmitido, aunque imperfectamente: 3' ^3|Rm í 
por eso vemos que, según la juiciosa reflexio'n de César 
Cantú, á Flavio Gioja no se le dio' lugar importante entre los 
descubridores é inventores, pues su único mérito consistid 
en ser el primero que introdujo el conocimiento de la brújula 
en Italia, montando la aguja de una nueva manera, c¡ue 
después alcanzó ma3"or perfeccio'n. 

Las expediciones marítimas pudieron hacerse desde 
entonces con más seguridad, ayudadas también por el astro- 
labio, aplicado á la navegacio'n por Martín de Bohemia, por 
maestre José, judío, 3" maestre Rodrigo, portugués, médico 
del re3' don Juan II, y obtuvieron verdadera preferencia. Al 
descubrimiento de las islas Canarias, c^ue se hizo al finalizar 
el siglo XIV por una compañía de marinos 3' negociantes de 
Cristóbal Colón, t. i.— 2. 




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CRISTÓBAL COLON 





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Sevilla ', 3' á su población á principios del siglo siguiente 
por Bcthencourt. sucedió poco después el de las Azores, y á 
mediados del mismo el de las de Cabo Verde; todo esto 
combinado con el progreso constante de los intrépidos mari- 
neros portugueses por la costa de África, en donde cada vez 
adelantaban más en repetidas exploraciones. 

Porcjue en Portugal estaba entonces el verdadero centro 
de los descubrimientos. Las exploraciones en la costa occi- 
dental del África habían recibido gran impulso desde C|ue el 
ilustrado príncipe don Enrique, hijo del rey don Juan I, 
después de la conquista de Ceuta, y por las relaciones que 
recogió' entre los moros que exageradamente le pintaban las 
ricjuezas del país, y la abundancia de oro en las costas de 
Guinea, concibió' el pro3'ecto de enviar expediciones que 
hicieran roconocimientos en ellas. A su regreso á Portugal, 
V para consagrarse por entero á su realizacio'n , el príncipe 
se alejo' de la corte y fijo' su residencia en la c[uinta de 
Sagres, que se convirtió' en un centro de estudios geográficos 
y astronómicos, como preparacio'n para los grandes proj'ec- 
tos que don Enrique acariciaba. En Sagres levanto' un 
observatorio astrono'mico , bajo la direccio'n del antiguo 
marino Jaime de Mallorca; y estimulados con su proteccio'n 
los marinos, 3' por las utilidades que obtenían de ac[uellas 
expediciones, fueron adelantando paulatinamente en el cono- 
cimiento de la costa africana, hasta llegar á su circunnave- 
gacio'n, sueño dorado del príncipe, pero que no logro' ver 
realizado en su tiempo. 

Cada época tiene su sello particular, su carácter distin- 
tivo, su aspiración; y á los siglos xiv 3^ xv se les llama con 
gran propiedad siglos de descubrimientos. 



' Anales eclesiásticos y seculares de la muy noble ciudad de Sevilla, por don 
Diego Ortiz de Zi'iñiga. — Madrid, Juan García Infanzón, 1677. — Año 1399. 

Historia del reinado délos Keyes Católicos, por ^\'illiam H. Prescott. — 
Madrid, 1845, tomo II. 



LIBRO PRIMliRÜ.— CAPÍTULO PRIMERO 



II 



1 1 



Continuaban en su científica empresa los portugueses, 
porfiando en adelantar audazmente el reconocimiento de la 
costa occidental africana, hasta encontrar el estrecho que. 
según los cálculos más admitidos, debía facilitarles el paso á 
los mares de la India, para establecer el comercio directo 
entre el Oriente v el Occidente, v cada expedición avanzaba 
un paso más v preparaba el camino para otra nueva. Fijas 
estaban las miradas en la resolucio'n de aquel problema: las 
naciones tomaban vivo interés en su progreso : la proteccio'n 
de los re3"es alentaba á los exploradores : el pueblo entero 
acudía presuroso á informarse de las noticias }' adelantos de 
cada expedicio'n. al saber el regreso de los navegantes. Bien 
puede decirse, sin incurrir en exageracio'n, que la actividad 
de los portugueses se consagraba por entero á las empresas 
marítimas, exploraciones, descubrimientos }' colonizacio'n, 
cuando se presento' al re}^ don Juan II un nuevo pro3ecto 
más atrevido, más grandioso, de más trascendentales conse- 
cuencias que todos los anteriores; pero por su carácter 
másmo. por su magnitud tocaba al límite de lo extraordi- 
nario, 3" se hacía incomprensible hasta para los hombres de 
más elevada inteligencia. 

Se trataba de encontrar el Oriente caminando hacia 
Occidente: de buscar los mares de la India navegando en 
direccio'n contraria á la que hasta entonces habían llevado 
los descubrimientos. Es decir, que supuesta la redondez de 
la tierra, 3a discutida por Pitágoras, 3' dando á su circunfe- 
rencia menor extensio'n de la que realmente tiene ', se pen- 



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' Siguiendo la doctrina de Ptolomeo, cuyo sistema era el más admitido 
por los sabios, suponían la tierra dividida en cien espacios de ciento cincuenta 



12 



CRISTÓBAL COLÓN 



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saba romper con todas las teorías admitidas: se quería dejar 
el África á la izquierda, y poner el rumbo hacia inexplo- 
rables mares, hasta entonces tenidos por de imposible nave- 
gacio'n ', arriesgándose en ellos para encontrar el extremo 
de la India }' los dominios del Gran Khan, descritos maravi- 
llosamente por Marco Polo. 

El autor de este temerario proj^ecto era un extranjero, 
un marino italiano, que algunos años antes se había estable- 
cido en Portugal, avecindándose en Lisboa, donde había 
contraído matrimonio. 

Cristóbal Colombo de Terra-rubra, que tal era el 
nombre que usaba entonces acjuel extranjero ^, había nacido 
en la ciudad de Genova en el año 143Ó. Muchas poblaciones 
de Italia se han disputado la gloria de haber sido cuna de 
tan ilustre hijo : como de Homero las ciudades de la antigua 
Grecia, y de Cervantes las de nuestra España. La humanidad 
se enaltece, se honra jaonderando las virtudes, el talento, el 
valor de los genios que sobresalen, 3' tanto es el mérito c^ue 
representan esos hombres superiores, que basta ¡^íira celebri- 
dad de todo un pueblo, que alguno de ellos haya visto la luz 
dentro de sus muros. 

Siete poblaciones de Grecia y otras tantas de España 
alegaron razones para ostentar el timbre de haber sido 
madres de Homero y de Cervantes. A Cristóbal Colón, 



millas cada uno; y calculando, por lo conocido, que solamente quedaban veinti- 
séis espacios por conocer, lo graduaban en menos de cuatro mil millas. 

' Jorndndez, Episcopus Ra\ennas. — De Gothonim orij^iiie et rebus gestis... 
Lugduni líatavorum, Ex officina Plantiniana, 1597, in 8.° Nenio lunitaniin 
aussci'it üliid siiliaír , aut in altitm navigare. 

Edrisi. — Geograplna Nubiensis. 

' Su hijo don Fernando dice: «medesimamente io vidi alcune sottoscri- 
tioni deH'Ammiraglio, prima che aquistasse 1' stato, dov'egli si S()ttoscri\eva 
Columljus de Terrarrubra. — Historie del Signar don Fernando Colombo, etc. Ve- 
necia, 1 57 1. 

El P. Las Casas en su Historia de ¡as Indias (lib. I, cap. II) consigna 
también que, — «se solía llamar antes que llegase al estado que llegó, Cristóbal 
Colón de Terra-rubia.-¡> 

Igual sobrenombre usaba su hermano Bartolomé, como \eremos más ade- 
lante. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO PRIMERO 



13 



genio tambicn de superior lerarquía, cada uno de los bió- 
grafos le cree nacido en una ciudad o aldea distinta, según 
sus particulares afecciones, o' los datos que le han parecido 
más conclu3'entes. Unos opinan que vino al mundo en Xervi; 
otros que nació en Savona: estos le juzgan natural de 
Piacenza. aquéllos de Cuccaro. en el Monferrato: unos de 
Quinto, otros de Cogoletto ' ó de Bugiasco. Paulo Jovio y 
con él Gonzalo Argote de Molina le creen de la aldea de 
Albizola, V hace muy poco tiempo el abate Martín Casanova 
publico' un libro, que obtuvo en el primer momento cierta 
efímera celebridad y causo algún efecto, en el cual se atreve 
á sostener que Cristóbal Colón era compatriota de Napo- 



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' Como mera curiosidad, insertamos en esta nota algunas breves compo- 
siciones de las que ilustres viajeros han dejado escritas en las paredes de la casa 
que en Cogoletto enseñan como aquella en que nació Colón. Fueron impresas 
en Savona. 



M 



ELOGII DI CRISTOFORO COLOMBO SCOPRITOR DELL'aJEERICA l'aNNO I492. ESPOSTr 
NELLA CASA DI SUA NASCITA DEL PAESE DI COGOLETTO CONTRADA GIUGGIOLA 



Con generoso ardir dalP Arca alF onde 
Ubbidienti il vol Colomba prende, 
Corre, s' aggira, terre scopre, e fronde 
D" olivo in segno, al gran Noé ne rende. 
L' imita in ció COLOMBO, né s' asconde, 
E da sua Patria il mar soleando fende; 
Terreno alfin scoprendo diede fondo, 
Offerendo all' Ispano un nuovo Mondo. 
Li 2 Dicember 1650. 

Prete Antonio Colombo 



¿¿^>s 



11 



Hospes, siste gradum : Fuit HIC lux prima Columbo 
Orbe Viro majori; Heu! nimis arcta Domus! 

Quí, o Passaggier, nacque Colombo, ahi Tetto ! 
Peí maggior degli Eroi, troppo ristretto! 



III 

Unus erat Mundus; Dúo sint ait ISTE, fuere. 
Uno era il Mondo; Egli, due disse, e furo. 

1826 



í^^-fe^t^^iferfj* 



14 



CRISTÓBAL COLÓN 





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león I por haber nacido en Cülví, en la isla de Co'rcega '. Es 
seguro que esa publicacicín no hubiera causado tanto efecto, 
á no haberse dado poco tiempo después un decreto del presi- 
dente de la República francesa, que parecía producto de las 
alegaciones del abate Casanova ^, permitiendo que por sus- 
cripción nacional se levantara una estatua á Cristóbal 
Colón en la plaza de la ciudad de Cal vi. 

No podrán comprender los lectores desapasionados que 
las únicas pruebas presentadas en su libro por el abate Casa- 
nova en apoyo de su pretensio'n. se reducen á suponer la 
existencia de la partida de bautismo de Colón, donde se 
acreditaba su nacimiento en Co'rcega , en manos de cierto 
AI. Giubega , prefecto que fué de la isla, que nunca la 
mostró' á nadie, y cuyo hijo niega la verdad de semejante 
aserto: 3' al respetable dato de que en Calvi existe una calle 
que se llama de Cristo'bal Colo'n. Con semejantes probanzas 
parece no debían ni aun ¡promoverse discusiones; 3'^ sin 
embargo, con ellas ha bastado para escribir un libro. 

Por el contrario, del nacimiento de Colón en Genova, 
dan seguridad y testimonio sus propias palabras, consigna- 
das en un documento tan solemne v de tan capital impor- 
tancia, como lo era ¡jara toda la familia la institucio'n del 
mayorazgo, hecha en Sevilla el jueves 22 de Febrero de 1498, 



' La vírité sur Voi-iginc et la patrie de Christophe Colomh, par l'abbé 
Martin Casanova de Pioggiola, Bastia, 1880, in 8.° 

Entre las varias impugnaciones de este e.xtraño libro que tenemos á la vista 
merecen citarse: 

Christophe Colomb et la Corsé, observations sur un recent decret du gouver- 
nement frangais, par Henry Harrisse, Paris, Leroux, 1883. 

L' origine de Cristophe Colomh, par Sejus, Paris, Daupeley, 1885. 

Origine, Patria é gioventú di Cristoforo Colombo. — Studi critici é docu- 
mentati... Par Celsus. — Lisboa. — Typographia elzeviriana. — 1886. 

' Le Président de la République Frangaise, sur la proposition du Ministére 
de rintérieur, vue Tordonnance du 10 de Juillet 1876, decrete: Article i." Est 
approuvée rérection, par voie de souscription publique, d'une statue de 
Christophe Colomb, sur une place de la ville de Calvi (Corsé). Art. 2.'"^' Le 
Ministre de Tlntérieur est chargé de l'exécution du present décret. — Fait á Paris, 
le 6 Aoüt 1882. Signé: J. Grevy. — Par le Président de la Képublique le Minis- 
tre de rintérieur, Signé: Rene Goblet. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO PRIMERO 



15 



ante el escribano público Martín Rodríguez, en virtud de 
licencia Real. En el se expresa el objeto de la fundacio'n, 3' 
que ha de quedar el ma^-orazgo, porque sea servieio de Dios 
Todopoderoso, v riii:^ v pie de mi linaje , v iiienioria de los servi- 
cios que á sus AlU\as he heebo; orí-; siendo yo xaciho i-;.\ 
Gknova les vine á servir aquí en Castilla. Y luego en una de 
las cláusulas, dice terminante 3- explícitamente: //('///; mando 
al dicho don Diego CoUvi, mi lujo, ó á la persona que heredare 
dicho }nayora:{go, que tenga y sostenga siempre, ex la ciudad de 
Genova, una persona de nuestro linaje, que tenga allí casa e 
mujer, c le ordene renta con que pueda vivir honestanientc como 
persona tan llegada a nuestro linaje, y pie y raí:^ en la dicha 
ciudad, como natural della, porque podrá haber de la dicha 
ciudad ayuda c favor en las cosas del menester suyo, pues que 
della salí y ex ella xací '. 

Don Fernando Colo'n en su testamento ^, declara tam- 
bién que su padre era jinovés; y parece imposible que contra 
tan claras afirmaciones se susciten dudas, se formulen argu- 
mentos de probabilidad , y se traigan á confrontacio'n vagas 
conjeturas, que lejos de contribuir á la mayor ilustración, 
producen el efecto contrario. 

Toda discusión sobre este punto es ociosa é inútil, 
porque no es posible desmentir la clarísima afirmación que 
hacen Colóx y su hijo, 3' se robustece con otros muchos 
datos importantes 3. 

Mayores dificultades ofrece determinar el año de su 
nacimiento. Entre las diversas opiniones de los historiadores 
que fijan los años 1436, 1446 3^ 1456, la que cuenta con más 
autoridad 3' se apo3'a en ma3'ores datos, dando también 









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* Navarrete. — Colección de TÍaJes y ¡¿escudr/m/e/i/os, tomo J. 

* Don Fernando Colón, historiador de su padre. Por el autor de la (Biblio- 
teca americana vetustissima; » Sevilla, Tarascó, 1871, in 4.°, pág. 150, «sepa si 
hay mercaderes jinoveses; y a\isándoles diga como es sumista de la librería 
Fernaiidina, que instruyó don Fernando Colón, hijo de don Xpoval Colón, 
jinovés , primero Almirante que descubrió las Indias..., etc.» 

^ Véanse las Aclaraciones y Documentos al fin de este libro I. (A.) 



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CRISTÓBAL COLON 



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resultados más lógicos en la cronología de los hechos indubi- 
tados de la existencia del inmortal descubridor, es la que 
hemos adoptado, y que no dudamos acabará por ser aceptada 
como indudable. Cristóbal Colón nació en 1436. 

Además de otros comprobantes de c[ue en su lugar nos 
ocuparemos, y de la confirmacio'n que ha de resultar del 
enlace de todos los sucesos de su vida, tomaremos por base y 
primer argumento á favor de la ojjinio'n que hemos formado, 
las palabras del cronista Andrés Bernáldez, cura de la \"illa 
de los Palacios, y luego capellán del arzobispo de Sevilla 
don Diego Deza, que conoció' personalmente á Colón, le 
hospedo' en su casa, cuando desde Cádiz se dirigía á Sevilla, 
al regresar de su segundo viaje en 1496, y tuvo para con- 
sulta muchos de sus papeles, cartas 3' documentos, pudiendo 
además dar maj'or exactitud á todas sus noticias comunicán- 
dolas con aquel ilustrado arzobispo, que desde la llegada de 
Colón á España fue su protector, su amigo invariable y de 
la ma3'or confianza. 

En el capítulo CXXXI de su importantísimo libro 
titulado Hisloria de los Reyes Católicos, dio noticia del falleci- 
miento de Colón en estos términos ': «El qual dicho Almi- 
rante Christoval Colon de maravillosa c onrada memoria, 
natural de la provincia de Milán, estando en Valladolid en 
el año 1506, en el mes de Mavo, murió' //; seiieeliile hoiui, 
inventor de las Indias ele editd de setenta anos, poco más 6 
menos. — Nuestro Señor lo tenga. Amen. Deo gratias.» 

Esta afirmacio'n se concuerda ^perfectamente con todos 
los datos que hemos de seguir examinando, emanados de la 
pluma del inmortal navegante. Para admitir otra fecha es 
necesario contradecirlos todos, buscar interpretaciones á las 
claras palabras del Almirante, y aun en muchos casos acu- 
sarle de mentiroso ^. 



' Historia ii( los Reyes Católicos don Feniaiido y doiía Isabel, escrita por 
el Bachiller Andrés Bernáldez, Sevilla, Jeofrín, 1870, tomo II, pág, 82. 
'^ Véase al fin en las Aclaraciones y Documentos (B). 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO PRIMERO 



V 



111 



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De antiguo origen, de numerosa ramificacio'n, la familia 
de los Coloillbo se había extendido por el Mediodía de Francia 
y por muchas poblaciones de Italia, donde por las vicisitudes 
del tiempo, trastornos interiores 3' continuas guerras había 
sufrido desigual fortuna. Se encontraban Co/o7»/'05 en Savona 
y en Cuccaro, en Piacenza, en Milán v en otras muchas 
ciudades y aldeas; 3' al paso que en unos puntos eran señores 
de jurisdiccio'n, habitaban castillos 3' ostentaban poder v 
riquezas, en otros se veían confundidos entre el pueblo, ejer- 
citándose en toda clase de oficios y habiendo perdido por 
enlaces plebe3'0s y el transcurso de largos años, todo 
recuerdo de ascendencia nobiliaria, si es que procedían todos 
del mismo tronco. 

Domeníco Coloniho, que, sin duda jíara diferenciarse de 
tantos otros homo'nimos, se había apellidado de Tcrra-nibrcl, 
porque en aquel territorio habría nacido quizá, o' por lo 
menos tenía fincas de su propiedad y allí habito' mucho 
tiempo, se traslado' luego á Quinto, 3' últimamente fijo su 
residencia en Genova. Era de oficio cardador de lana, según 
consta de documentos recientemente encontrados, y asegura- 
ron Julio Salinerio y el obispo Justiniani; o' tejedor de paños, 
según Antonio Gallo 3' otros bio'grafos: aunque lo uno no 
contradice á lo otro, 3^ ambos ejercicios pudo abrazar en una 
misma arte, siguiendo las alzas 3^ bajas del estado de su 
fortuna. 

De su matrimonio con Susana Fontanarrosa tuvo cuatro 
hijos 3' una hija. El ma3'or de ellos fué Cristób.\l que, como 
sus demás hermanos varones, estuvo dedicado en sus prime- 
ros años al oficio de su padre. 

Que muchos de los Coloniho de Italia pertenecieran á la 
Cristóbal Colón, t. i. — 3. 



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nobleza, es punto que no ofrece duda alguna; que Domcnico 
Coíomho tuviera cercano parentesco con aquella aristocracia 
no parece probable, ni se ha justificado. Imaginaria 3' 
supuesta es la nobleza de la estirpe del Almirante. No se 
sabe la tuvieran sus abuelos, y aunque la hulncran tenido 
decayeron de ella , según las leyes de la República de 
Genova, al dedicarse á un oficio mecánico. Imaginario es 
también el parentesco que quiso buscársele con dos Almiran- 
tes de Francia ; — «esos Coíomho que menciona Sabellico no 
eran genoveses, ni aún siquiera italianos ni se llamaban 
Culoniho. Eran gascones, de apellido Cüsciicirvc, y conocidos 
por Coalomp; de donde los traductores se complacieron en 
sacar Columbus y Colombo '.» 

De los hermanos de Crisk'jb.vl Colón solamente diremos 
en este lugar lo absolutamente necesario y que no tenga 
natural colocacio'n en el desarrollo de esta historia. Del 
ma3'or, nombrado Juan Peregrino, no se conservan memorias 
que merezcan atencio'n, por lo que se cree murió sin abando- 
nar el oficio de lanero, aunque consta por documentos nota- 
riales que debió' pasar de veinte años. 

De Bürfolouic y Diego Colón, cuya vida estuvo en gran 
manera enlazada con la del Almirante, nos hemos de ocupar 
con repeticio'n en diferentes ocasiones; bastando con dejar 
aquí consignado que BclrtoloDic, nacido probablemente por 
los años 1440 á 1442, pues al tiempo de su muerte, ocurrida 
en Santo Domingo en 1514, contaba más de setenta años, 
permaneció casi constantemente en el taller de su padre, 
hasta que muchos años adelante, hacia el de 1470, fue á 
establecerse en Lisboa con su hermano ma3'or; 3' Diego, que 
debió' nacer en 1446 -, vivió' también en Genova hasta C[ue 



' Cliristophe Colomh , son origine, sa vie , ses royagcs, etc., par Heiiry 
Harrisse ; Paris, Krnest Leroux, 1 884, tomo I, pág. 161. 

' Esta edad se deduciría e.vactísimamente del contrato de aprendizaje de 
I 'iego, que encontró J. Salinerio, donde e.xpresó ser mayor de diez y seis años, 
si la fecha del documento es como sospechamos, de 1464. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO PRIMERO 



19 



5'a Cristóral Col()N había regresado de su primer viaje de 
descubrimientos 3^ lo llamo' á España. 

I )e la hermana única de Colón no se tenía noticia 
alguna; se ignoraba su nombre, sabiéndose tan so'lo que 
había contraído matrimonio con Santiago Bavarello, salchi- 
chero o' tocinero, según el P. Spotorno ', y otros autores. 
Pero hace muy poco tiempo, el marcjués Marcelo Staglieno 
ha encontrado en los archivos notariales de Genova una 
escritura á la que concurrieron Santiago Bavarello (Jonim- 
giariiisj y su mujer Bicínchiiictta (Blanca), hija de Domaüco 
Coíombo (textor püiiiionnii ), en la c[ue aparece cj^ue de su 
matrimonio tenían un hijo único, llamado Pantoliniis (Panta- 
Ico'n). De modo que, según observa el último bio'grafo de 
Cristóbal Colón -, la descendencia de éste en Italia no 
deberá buscarse por el apellido Cohiiiho, puesto c[ue allí 
no tuvo sucesio'n ninguno de los varones, sino por Pantaleo'n 
Bavarello, hijo de su hermana Bianchinetta. 

No se han encontrado hasta ho}' más datos sobre los 
individuos de la familia c[ue permanecieron en Italia. Ni aun 
del fallecimiento de Doinciiico Colomho y de su mujer se sabe 
la fecha, deduciéndose tan solo, por razonables conjeturas, 
cjue murieron cuando 3'a su hijo ma3'or estaba viviendo en 
España: la madre después del año 14S4; el padre hacia el 
de 149S, si no ha3'' errores en los documentos que á ellos 
parecen hacer referencia 3^ han sido publicados recientemente 
por M. H. Harrisse ; auncjuc tanto estos, com.o otros 
muchos, deben leerse con cautela por las razones Cjue el 
mismo crítico expone. 

(( Por desgracia , dice en un folleto últimamente publi- 
cado j, 3' del que nos ocupamos 3'a en la IntrodiicciLVí, estas 



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' «Ignoto é il nome della sorella maritata coll pizzicagnolo Giacomo 
Bavarello.» 

Códice Diplomático Coíombo Americaiio, Genova., 1823, Introduzione, pág.XI. 

^ Cliristophe Colomb, son origine, etc., tomo II, pág. 454. 

^ Le qiiatricme centenaire de la decouverte du Nouveau-Mondc. París, — 
Pág. 16. 



20 



CRISTÓBAL COLON 





investigaciones no pueden ser hechas sino por paleo'grafos 
mu}^ hábiles, porque el latín y la escritura del siglo xv son 
casi iiiílcscifrahles.» Fundados en esta explícita confesio'n del 
mismo que los alega, deben los historiadores estar muy 
prevenidos, y no aceptar sin mucha reserva, sin grandes 
precauciones y la más autorizada comprobacio'n, las noticias 
que se desprenden de esos documentos notariales de tan 
difícil lectura, que con perseverancia digna del ma3'or elogio 
van desenterrando de los archivos ciertos eruditos y patro- 
cina M. H. Harrisse. 

La prueba de los errores que pueden cometerse, aunque 
no sea por otra causa que por la de ser ciisi indescifrables los 
documentos, nos la ofrece el mismo colombista americano en 
ese mismo folleto. 

A la página 31, nota cj^ue lleva el número 51, dice así: 
— «En 30 de Octubre de 147Ó (no'tese la fecha) los herma- 
nos Juan, Mateo y Amigeto, todos tres de Quinto, é hijos 
de Antonio, se obligan á enviar á costa de todos á uno de 
ellos, Juan, á España, úd ¡iweiiieiidmii doiiíniuiii Chrislofoniin 
del Coluiiiho Anuintiüuiu Regís Ispaiüa, dividiendo entre ellos 
lo que el viaje produzca '.» 

Ahora bien, como en el año 1476 ni Colón había 
entrado en España, ni había emprendido su viaje trasatlán- 
tico, ni era Almirante del Rey de España, preciso es suponer 
que el documento es apócrifo, o que hay un grave error en 
el año, hijo tal vez de que un paleógrafo no muy hábil ha 
entendido mal aquel latín y aquella escritura casi indescifra- 
bles. El documento ciertamente no dice eso. 

Ningún detalle se ha conservado de la infancia de 
Colón, que, según puede suponerse, corrió' ignorada 5^ 



' « Au 30 Octobre 1476, les fréres Giovanni, Matteo et Amigeto, tous trois 
de Quinto et fils d'Antonio, s'engagent mutuellement ¡i envoyer á frais communs 
l'un d'eiix, ("liovanni, en Espagne, mt/ invciücndiiin domimim C/iristofon/m de 
Coliimbo Annirantiim Rcgis Isfa/iicc , et de partager ce que ce voyage aura 
rapporté. — In Not. (i. B. Pilosio. — Staülieno, Gionialc Ligttrtino, Anno XIV, 
pAg. 241. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO PRIMERO 



21 



oscura como lo era su existencia, en el taller de su padre. 
Para su "'loria no necesita más que su nombre; bástale su 
genio, sin que puedan añadirle esplendor alguno ni el brillo 
de ilustre cuna, ni las anécdotas apo'crifas con que un entu- 
siasmo mal entendido ha tratado de adornar sus primeros 
años. Cuanto se ha escrito de su vida en familia, de sus 
inclinaciones de niño, de los caracteres de sus padres, de sus 
primeros estudios cursados en la Universidad de Pavía , no 
descansa ni en un solo dato histórico; nada se encuentra que 
pueda justificarlo, ni en documentos contemporáneos, ni en 
las memorias que de Colón se conservan auténticas, y es 
todo una novela mejor o' peor imaginada para llenar ese 
vacío de catorce años. 

Escasa debió' ser la educacio'n que recibieron los cuatro 
hijos de Doiuaiico CoJombo y Susana Foiitaiiarrosa; que no 
parece probable el que aquellos humildes artesanos costearan 
estudios literarios ni científicos á sus hijos, cuando de su 
trabajo manual necesitaban para atender á la subsistencia de 
la familia. Puede asegurarse, por tanto, que los primeros 
años de su vida los paso' Cristóbal Colón trabajando en el 
modesto oficio en que su padre se ejercitaba, 3- sin más 
instruccio'n que la superficial que podía ir adquiriendo en 
las conversaciones con sus amigos. De ellas debió' tomar 
incremento é irse desarrollando poco á poco, su afán, por 
conocer aquellas ciencias que más despertaban su curiosidad 
y agradaban á su entendimiento, de las que no tardaría en 
tomar algunas nociones, con la lectura y estudio de los pocos 
libros á que pudiera consagrar sus ocios, 3' en los que el 
adelanto podía ser mu3' notable 3' superior al trabajo, por 
su natural facilidad para aprender, su feliz memoria, su 
poderosa intuicio'n y su clarísima inteligencia. 

Es observacio'n curiosa la de que , de cuantos escritos 
nos quedan de Colón, que son en gran número, no ha3' uno 
solo en lengua italiana; viniendo á demostrarse con esto, en 
nuestro entender, cuan superficial hubo de ser su educacio'n 





22 



CRISTÓBAL COLON 








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primera, y al mismo tiempo que salió' de su patria cuando 
aún era casi niño. Se familiarizo' con la lengua española, que 
escribía con elegancia, y uso' en cartas 3' libros; valiéndose 
de la latina, aunque con bastante desaliño é incorrcccio'n en 
algunas ocasiones, especialmente en las notas á las obras de 
estudio escritas en aquella lengua. 

Así corrieron tranquilos, sin extraordinarias circuns- 
tancias, los primeros años de aquel niño pensador 5' aficio- 
nado al trabajo, á quien la Providencia destinaba á repre- 
sentar papel tan brillante en la historia de la humanidad , é 
igual suerte tuvieron sus hermanos, según la más fundada y 
natural conjetura; pero teniendo en cuenta las especiales 
dotes y feliz disposicio'n del primero, se comprende que en 
su mente nacieran mu}' pronto vivos deseos de adquirir 
alguna instruccio'n, que le abriera nuevos horizontes y le 
proporcionara medios para mejorar su fortuna. 




24 



CRISTÓBAL COLÓN 








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Era entonces el jDuerto de Genova el de ma3'or impor- 
tancia de Italia , compitiendo con el de Venecia y aun 
superándole en movimiento comercial. En sus galeras se 
embarcaban cada día numerosos jo'venes c|ue con ansia de 
gloria o' de riquezas partían para todos los puntos del 
mundo conocido, bien como marinos, bien como negociantes; 
ora como soldados, ora como artistas. Todos abrigaban las 
mayores ilusiones; todos llevaban lisonjeras esperanzas, 3' en 
sus animadas conversaciones , como en la alegría de sus 
semblantes, dejaban ver á las claras el entusiasmo y el ardor 
de la juventud en imaginaciones meridionales. 

Cristóbal Colón asistía á aquel extraordinario movi- 
miento; y dada la viveza de su ingenio, la intrepidez de su 
carácter, la elevacio'n de su inteligencia y la actividad de que 
estaba dotado, bien se comprende el vivísimo deseo de saber 
que despertaría en él tal espectáculo. Viendo tomar plaza en 
las galeras á la más arrojada juventud de Italia; escuchando 
las relaciones de los que regresaban de lejanos países, los 
peligros arrostrados , las ganancias obtenidas , las negocia- 
ciones entabladas: aprendiendo de labios de aquellos audaces 
marinos las diversas costumbres de los pueblos que habían 
visitado, el estímulo de la curiosidad hizo nacer en su mente 
la idea de tomar parte en los viajes de sus compatriotas, 
que muy luego debió' convertirse en deseo vehementísimo, 
haciéndole adoptar la resolucio'n de abandonar su oficio y 
aventurarse en el mar. 

No hacemos esta pintura como mera suposicio'n. La 
deducimos lo'gicamente de las palabras mismas de Colón 
cuando dijo á los Reyes Cato'licos: «De ¡luiv pcquchil edad 



LIBRO trímero.— CAPITULO II 



ciilrc cu la war uivvcíiaudo, v ¡o he contiiuiado hasta hov. La !^ 
mesilla arle inclina á qnien ¡a prosigue á desear saber ¡os secretos - 
deste inundo...» Su hijn don Fernando dice que empezó' á 
navegar á los catorce años ' . 

Tomando por punto de partida aquella carta de Cris- 
tóbal Colón, cuyo texto se conserva auto'^rafo ¡oara que no 
pueda oponérsele duda ni objecio'n de ninguna clase -, debe 
conjeturarse que sus primeros viajes se reducirían á breves 
expediciones, y en ellas luego comenzaría á adquirir los 
conocimientos náuticos de que dio' patentes muestras , que 
necesitan largo ejercicio, }- que ciertamente no podría obte- 
ner en el taller de su padre. 

Como nada relativo á su infancia, hasta que llego' á la 
edad de catorce años, consta de una manera directa, ni aun 
indirecta, no sabemos si al abandonar su oficio y dedicarse 
al mar. lo hizo con el consentimiento v aprobacio'n de sus 
padres, o' si. como tantos otros io'venes de aquel tiempo, 
enardecido, exaltado por los hechos maravillosos cu^^a narra- 
cio'n escuchaba en boca de antiguos marinos, huyo' de la casa 
paterna )' se alisto' en alguno de los barcos que partían del 
puerto de Genova. Xos inclinamos á lo primero. Creemos 
que CoLÓx emprendió' sus viajes con la aprobacio'n de sus 
padres, que conocedores de su aficio'n. apreciando bien su 
carácter v condiciones especiales, tal vez quisieron ^^onerle 
en camino de conseguir ma^-ores ventajas que las que 
pudiera proporcionarle el oficio de tejedor de j^años. Quizá 
soñaron con un porvenir de gloria para su hijo, }" tuvieron 
el acierto de dedicarle á lo que su inclinación le llamaba, sin 



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' Historie del Sig/ior don Fernando Colombo : nelle quali s"ha particolare c 
vera relazione della vita é de i fatti derAmmiraglio don Christoforo Colombo, 
suo padre, etc. In Venetia, 157 1, Appresso Francesci Sanesse, fol. 9. 

' Biblioteca Colombina, Z, 138, 25. — Libro de Profecías, fol. 4. — Se 
publicó por Navarrete. — Colección de viajes y descubrimientos, tomo I. Doc. 
no. CXL.; y en el Ensayo de una Biblioteca española de libros raros y curiosos, 
tomo II, col. 503. — Si es posible, ofreceremos á nuestros lectores este importan- 
tísimo documento fielmente reproducido por la foto-litografía. 

Cristóbal Coló.\. t. i. — 4. 



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privarse por eso del fruto de su trabajo, pues de sus manos 
recibirían el corto sueldo que obtuviera en cada uno de 
acjuellos viajes. 

Solamente de esta manera podríamos explicar la exacti- 
tud de varios documentos puldicados en la última ol^ra dedi- 
cada á esclarecer la histíuia del gran marino, que justifican 
la presencia de este en Genova muchos años después de haber 
abrazado la profesio'n del mar, según sus propias palabras. 

Tampoco existe dato alguno de donde pueda deducirse 
si Crist(')I!al Colón, al abandonar el oficio de su ¡íadre por 
la profesio'n de marino, se dedico' al comercio en la marina 
mercante c! tomo' ¡^laza en los buques de guerra de la 
Señoría. Pudo ser mu}' bien cjue j^i'incijDÍase por lo uno y 
después viniera á parar en lo otro buscando ma3'ores bene- 
ficios; siendo lo cierto, que el primer hecho de su vida de 
mar cjue consta de una manera indudable . en carta muy 
curiosa c^ue dirigió' á los Reyes Cato'licos desde la Isla 
Española, fecha en el mes de Enero de 140,5, cua'o texto ha 
conservado en su Historia de ¡as Indias, el obispo Fr. Barto- 
lomé de Las Casas ', nos lo presenta mandando una galera, 
y cumpliendo ordenes recibidas del rey Renato de Anjou. 

((A mi acaeció que el Rcv Revnel , que Dios tiene, me envió 
á Túner^ para prender ¡a galea:{il Fernandina: v estando ya 
sobre la isla de San Pedro en Zerdeha, me dijo una saetía que 
estaban con la dicha í:;alera dos naos v ana carraca; por lo que 
se alteró la geníe que iba coninii^o, v deterniiiuiron de no seí:;nir 
en el 'viaje, salvo de se voli'cr á Marsella por otra nao v más 
gente. Yo, visto que no podía sin algún arte jorrear sn voluntad, 
otorgué su deinandíi, v mudando el cabo de la aguja di la vela 
al tiempo que anocbeciii, y otro dia al salir el sol estábannos 
dentro del Cabo de Carthagine, teniendo todos ellos por cierto que 
íbamos á Marsella... etc.» 



' lliítoriii de ¡ijs Indias , escrita por fray Rartolomc de Las Casas, tomo I, 
ij]!. III, pág. 48. 



LIBRO I'RIMKRO. — CAPITULO II 



27 



Esto hecho no puede dejarse de ningún modo fuera de 
la vida de Cristóbal Col(')X: primero por lo que significa, y 
además. porc[ue no es ^Josible suponer que el ilustre Almi- 
rante falto' á la verdad v refirii! noticias de sucesos que no 
habían ocurrido, en carta dirigida á los soberanos, ni en 
ninguna otra. Admitiéndolo, necesario es reconocer también 
que tuvo lugar entre los años 147,0 á 1461. últimos en que 
las galeras de Genova auxiliaron al rev Renato '. Este, en 
la primavera de 145c;, animado por las solicitudes v prome- 
sas de la nobleza de Ñapóles, armo' una expedicio'n para 
aj)oderarse de aquel reino : 3' los genoveses . partidarios del 
duque de Calabria, que los mandaba, se incorporaron á la 
escuadra con diez galeras v tres buques ma3'ores que salieron 
del puerto de Genova el 4 de Octubre de 1459 -. 

El animoso marino se encontraba entonces en toda la 
fuerza de la juventud, pues contaría apenas veinticuatro 
años, y va demostró' mu}' á las claras la audacia de que 
estaba dotado, su carácter, la rapidez v novedad de sus 
concepciones, la firmeza de su resolucio'n, que señalaban al 
hombre capaz de llevar á cabo trascendentales empresas. 
Pero como va en el año siguiente los genoveses se ajDartaron 
del servicio del rev Renato de Anjou. puede suponerse que 
CoLÓx volvió' también á su casa con las galeras de Genova 3. 

Desde esta fecha podemos estudiar 3' figurarnos la vida 
de CoLóx ec[UÍparándola con la de todos los marinos de 
aquella éjDoca. Embarcado v dirigiéndose á diferentes puntos, 
cuando por negocios mercantiles o' por empresas marítimas 
encontraba sueldo entre el equipaje de algunas naves: entre- 
gado al estudio, siempre con el mavor afán 3' perseverancia. 
3" aún dedicado alguna vez á su antiguo oficio, cuando al 



' Sismonde-Sismondi. Histoire des républiques italiennes dit moyen age: 
Paris, Fume, 1840, tomo VL 

' Histoire de Rene d'AnJou , Roi de Naples, Duc de Lorraine et Comte de 
Provence, par Louis Frangois de Villeneuve Bargemont; Paris, Blaise, 1825. 

' Los restos de Cristóbal Colón, disquisición por el autor de la Biblioteca 
Americana vetustíssima; Sevilla, Alvarez, 1878. 





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28 



CRISTÓBAL COLÓN 







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regresar de aquellos viajes traía en su cabeza ideas más 
completas, nuevos conocimientos de los ¡países que había 
visitado. V mayores deseos de conocer otros más lejanos, o' 
de comprobar jaor su propia experiencia v observacio'n 
aquellas nociones que le parecían más extrañas , 6 aquellos 
puntos que por suscitar dudas entre los exj^erimentados 
marinos eran ocasio'n frecuente de disputas v controversias 
en sus reuniones. 

Todos los historiadores 3'^ los bio'grafos de Cristób.\l 
Colón convienen en que no puede precisarse cuándo nació' 
en su inteligencia el j)ensamiento de lanzarse á la exploracio'n 
de latitudes desconocidas, ni las causas que determinaron el 
desarrollo de aquella idea. Trasladándonos, en cuanto es 
posible, con la imaginacio'n á esta época de su existencia, 
comprenderemos que, dedicado unas veces al estudio, procu- 
rando conocer todas las teorías, y llevando en otras ocasio- 
nes á la práctica lo que en los libros veía escrito, fué 
adquiriendo gran caudal de ciencia sin darse cuenta de ello: 
3' también, sin designio formal, iba naciendo en su ánimo la 
idea de nuevas especulaciones. 

Que no curso' en Universidad alguna, y sus conoci- 
mientos procedían del propio estudio, de su afán j)or saber, 
parece deducirse claramente de la carta antes citada. Lo 
mismo sucedió' á su hermano Bartolomé, que. probablemente 
animado por el ejemplo, le imito' en sus estudios, aprendió' 
quizá al mismo tiempo á dibujar y trazar cartas geográficas, 
3' aun también le acompaño' en alguno de sus viajes. 

De esta manera el hijo del humilde cardador de lana, el 
tejedor de j^años. se iba convirtiendo poco á poco en hombre 
de mar: adquiría jDaulatinamcnte caudal de ciencia 3' de 
experiencia, 3^ acumulaba en su memoria hechos extraordi- 
narios. cu3'a exj)licacio'n no era clara, sintiendo nacer ideas 
nuevas 3' grandes en su fantasía, que fueron convirtiéndose 
con el transcurso del tiempo en provectos grandiosos, de tal 
magnitud, atrevimiento y lucidez que todavía nos asombran. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO II 



29 



II 



Los descubrimientos liechos por mar en el siglo xv no 
pueden apreciarse aisladamente, ni ser estimados como hijos 
de una aficio'n o' propensiones casuales de los hombres de 
aquella edad. El desarrollo de todos los grandes períodos 
histo'ricos tiene siempre su raíz en otros períodos anteriores; 
las ideas científicas vertidas en una época no alcanzan en ella 
su desenvolvimiento, ni se ven en sus últimas consecuencias 
sino mucho tiempo míís adelante, y las conquistas del 
hombre sobre el mundo material han proporcionado siempre 
medios para nuevos adelantos, eslabonándose con irresistible 
fuerza, y siendo lo'gicamente las unas indeclinables y forzo- 
sas consecuencias de las otras. El dominio de la inteligencia 
humana sobre la materia es el verdadero progreso: cuando 
el hombre llegue á dominar por completo la naturaleza que 
le rodea y á disponer de sus fuerzas estará mu}' cerca de la 
perfeccio'n. 

Pero por lo mismo que el camino es lento y el trabajo 
penoso, no debe ni ¡Duede abandonarse en el olvido ninguno 
de los adelantos que practicaron generaciones anteriores, ni 
dejar de consultar todo lo que ellas supieron. Relacionando 
las ideas que parecen más aisladas se tiene la explicacio'n 
de muchos feno'menos histo'ricos. 

Porque no es posible exponer la historia bajo un plan 
filoso'fico. dejando de apreciar y discutir ninguno de los 
sucesos por fabulosos que parezcan, como dice con su admi- 
rable profundidad A. Humboldt. pues sería privarnos de 
antecedentes precisos y necesarios. Los mismos mitos que se 
mezclan con la Historia v con la Geografía no corresponden 
exclusivamente al mundo ideal. Cierto que los símbolos 





30 



CRISTÓBAL COLÓN 





ocultan en ellos la verdad con un velo á veces mu}' denso, á 
veces más transparente: pero pudiéndolos descifrar sin error, 
se encuentran en ellos las primeras percepciones cosmo- 
gráficas y nociones de sucesos que no son conocidos de otra 
manera. Los primitivos observadores velaban sus conoci- 
mientos de la Naturaleza en aquellas formas fantásticas. 

El gran pensamiento de Cristóbal Cülc'in no fué casual, 
ni nació' en su mente sin tener precedentes histo'ricos. cien- 
tíHcos y aun mitolo'gicos ; y con harta claridad demuestran 
la exactitud de este aserto las infinitas notas de que están 
llenos sus libros de estudio, como ya hemos dicho en otra 
ocasio'n, y las indicaciones que recogía y guardaba cuida- 
doso, de cualquier dato referente á viajes, tierras, produc- 
ciones y cuanto ¡^odía concurrir á dar j)eso y autoridad á la 
idea que había concebido. 

Estudiando los escritos que de CoL(_')X nos han quedado. 
3^ examinando atentamente la infinita multitud de notas de 
su mano c[ue pueblan las márgenes de los libros de Estrabo'n, 
Marco Polo, Pedro de Aliaco, Eneas Silvio y otros de su uso 
constante, así como las citas de la Sagrada Escritura, de 
Santos Padres y de toda clase de escritores que reunía, si 
bien no puede determinarse con fijeza el momento en que 
comenzó' á acariciar la idea de la navegacio'n hacia Occidente, 
se ve desde luego la tenacidad con que la ¡serseguía. v cdmo 
iba creciendo su confianza á medida que encontraba indica- 
ciones atendibles, y que por la reflexio'n deducía de ellas 
mayores probabilidades y fundamentos. 

Indudablemente su ¡irimera idea debió' fijarse en la gran 
])arte del globo que no era conocida, y donde podrían 
encontrarse algunas islas como las Azores, las de Madera y 
Cabo Verde, que en diferentes épocas 3' por sucesos más o' 
menos casuales se habían ido descubriendo en medio del 
Océano. VA tenaz empeño de los portugueses de buscar el 
comercio con las Indias Orientales por la circunnavegacio'n 
del Alrica, hubo de imprimir nueva direccio'n á sus estudios, 



LIBRO PRIMKRO. — CAPITULO II 



31 



en l;i manera que antes de ahora hemos indicado repetida- 
mente, Y partiendo de un error dimanado del sistema de 
Ptolomeo, respecto al volumen del globo, cuva división, 
arbitraria é infundada, le daba dimensiones mucho menores 
de las que en realidad tiene, pensó' que el extremo de la 
India se había de encontrar más brevemente navegando en 
la dirección contraria. Porque midiendo por aquel sistema, 
entonces por todos admitido, los espacios en que dividían la 
tierra, y calculando los que ocupaban los continentes cono- 
cidos, cu^-a extensión podía obtenerse con alguna mavor 
exactitud, resultaba, en efecto, menor la distancia que reco- 
rrer caminando al Occidente hasta encontrar la extremidad 
del Oriente. 

Pero las dificultades á primera vista eran insuperables; 
la fábula primero, luego la superstición v' la ignorancia 
habían acumulado sobre el Occéano, nunca de antes nave- 
gado, tales horrores, contrariedades de tan diversa índole y 
naturaleza, que no era posible aventurarse en su explo- 
racio'n. 

A no dudar, el carácter especialísimo de aquel siglo, la 
audacia con que se acometían las más difíciles navegaciones, 
la pasio'n reinante por los descubrimientos . influyeron mucho 
en el ánimo de Colón para hacer que no abandonara aquella 
idea, que en un momento de alucinacio'n , o' mejor dicho, de 
lucidez científica, apareció' en su mente: y dedico' desde 
entonces todas las fuerzas de su privilegiada inteligencia, su 
trabajo, su incansable actividad al estudio de los varios 
problemas que podían contribuir á desvanecer las antiguas 
fábulas 3' dar razones de probabilidad en el terreno práctico 
á aquel prov'ecto tan atrevido, á una teoría tan contraria á 
todos los conocimientos de la ciencia geográfica cjue pasaban 
como axiomas. 

El momento era oportuno, é influvo' de un modo deci- 
sivo en la realizacio'n del pensamiento. CoLÓx sintetizo' en su 
idea la aspiracio'n de la época. Ha}- pensamientos que flotan y- 





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32 



CRISTÓBAL COLOiN 



en el aire, dice con gran verdad Alfonso de Lamartine, 
como miasmas intelectuales, y que millares de hombres 
parece que los aspiran al mismo tiempo. Cada a'Cz que la 
Providencia prepara en sus designios el mundo para alguna 
transformacio'n religiosa, moral d política, se observa gene- 
ralmente el mismo feno'meno : una aspiracio'n v una tenden- 
cia más o' menos marcada á completar la unidad del globo 
por medio de la conquista, por el lenguaje, por el proseli- 
tismo religioso, por la navegacio'n, por los descubrimientos 
geográficos o' por la multiplicacio'n de relaciones de los 
pueblos entre sí, por la ma3-or aj)roximacio'n }• contacto de 
los mismos, que jsor las vías de comunicacio'n , por el comer- 
cio, por sus necesidades propias, se van formando un solo 
pueblo. Esta tendencia á la unidad del globo, en éjDocas 
determinadas, es uno de los hechos providenciales más visi- 
bles en los resultados de la historia. 

Aspirando aquellos miasmas , viviendo en ac^uella socie- 
dad que so'lo pensaba con ardor en los descubrimientos, 
Cristóbal Colón perseguía con ardor su ideal, que era 
encarnacio'n del pensamiento de su éjDoca; estudiaba con afán, 
y robustecía su conviccio'n con testimonios de toda especie. 
Causa indecible placer el examen de los libros de su uso que 
se conservan, entre muchos que indudablemente alimentaron 
su pasio'n por la ciencia. 

Don Fernando Colo'n, hijo del Almirante y de doña 
Beatriz Enríquez, doncella noble de Co'rdoba, heredo de su 
padre el talento profundo, la elcvacio'n de miras, el amor á 
la ciencia, que tanto le distinguieron. Adelantándose á su 
tiempo, comprendió' la grandísima importancia que para las 
generaciones futuras había de tener la colcccio'n de todos los 
libros que hacía muy poco tiempo había empezado á multipli- 
car la imprenta; 3' á su muerte, ocurrida en 9 de Julio del 
año 1539, lego' á la posteridad una imi3onderable biblioteca 
compuesta de más de veinte mil títulos. (|uc hov conserva 
como uno de sus más preciados timbres el Cabildo Catedral 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO II 



33 



de SevilLi '. v se conoce en todo el mundo civilizado con el 
nombre de Biblioteca Colombina. Kntre aquellos libros, que 
el hijo ilustre del inmortal descubridor reunió' á costa de 
grandes dispendios, viajes 5' trabajos, se encuentran varios 
de los que uso' el Almirante, y en sus márgenes son tantas 
las notas . las correcciones . llamadas v anotaciones , que 
bastan por sí solas para demostracio'n del incesante estudio 
á que el hombre de ciencia se consagraba, v destru3'en todas 
las consejas inventadas después del descubrimiento, para 
disminuir la gloria de su concepcio'n. 

No es posible, aunque fuera importantísima labor, 
trasladar aquí todas las notas que llaman la atencio'n; pero 
no podemos resistir al deseo de copiar algunas, que bastarán 
para robustecer nuestras afirmaciones. 

En el libro titulado ImagO Muiuli, que es el primero de 
los tratados del cardenal Alvaco. al folio 12, donde aquél 
expresa que los países de la zona to'rrida son inhabitables, 
anota CoLóx al margen: 

non est inhabitabilis quia per cam hodie iiavigatiir 
(prope Guineam) hno est populatissima et sub 
linea cequinotiaUs est castnim mina: S. Regi Portugalia, 
qiiíem vidimus. 

Al folio 18. cuvas márgenes tienen nada menos que diez 
notas, hay sobre todas, en la parte superior, v precedida de 
una manecilla para llamar la atencio'n. la siguiente: 

Ínter montes istos siint Ínsula innitmerabiles Ínter 
quas sunt que ple?ia inargaritis et lapídíbus preciosís: 



' La historia de esta célebre biblioteca se hizo en parte en los Apéndices 
al libro titulado Doii Fernando Colón, historiador de su padre; (Sevilla, Taras- 
có, 187 1, in 4.°) El catálogo perfectamente formado de los libros que de ella 
quedan, después de mil vicisitudes porque ha pasado, y de las expoliaciones de 
que ha sido objeto por incuria é ignorancia, se ha empezado á publicar en la 
revista titulada Archivo Hispalense: Sevilla, imprenta de El Orden, 18S7, 
haciendo un verdadero ser\ icio á las ciencias. Sería curioso é interesante unir 
al Catálogo de lo que existe la noticia de lo que falta, cuyos más importantes 
números en lo referente á libros extranjeros, pueden verse en los curiosos folle- 
tos de M. H. Harrise, Grandeur et decadence de la Colombine. Paris, 1885, y 
Excerpta Colombiníana. — Paris, 1887. 

Cristóbal Colón, t. i. — 5. 






34 



CRISTÓBAL COLON 




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Y más abajo nota: 

trapobana. 

Y en otra añade: 

india multas regiones habet et spetias aromáticas 
et lapidibus pretiosis , phirimos et montes auri 
et ipsa est tertia pars habitabais. 

En otro de sus libros, el titulado Historia rcniín ubique 
gestilriiiii, que escribió' el cardenal Piccolomini al folio 3Ó v'° ■ 
escribe : 

Mi/lti montes , mnlti coles in Armenia siint: 
dictum est de terminis Armenia de montibus et 
fluminibiis ntiiic de qiialitate tcrrarum. 

No podemos continuar, j^ues sería necesario, como antes 
decíamos, multiplicar las citas indefinidamente: lo expuesto 
basta para justificar á la vista del más desconfiado, el dete- 
nido y profundo estudio que Colón hacía de los autores, y 
la prolijidad con que procuraba encontrar argumentos que 
pudieran convencer á los incrédulos. 

El ¡pensamiento era enteramente suyo. Nuevo y extraño, 
superior al alcance de los entendimientos vulgares, necesi- 
taba de toda clase de comprobaciones para que pudiera al 
menos ser escuchado sin jjrevencio'n y á este objeto se diri- 
gían todos sus trabajos. Al profundo estudio de cuanto la 
antigüedad había adelantado en las ciencias, 3" de todas las 
noticias de los viajes de sus contemporáneos, añadió la auto- 
ridad de los sagrados libros . de los Santos Padres , de los 
más eminentes expositores, que enardecidos por la fe reli- 
giosa pronosticaban la predicacio'n del Evangelio entre 
pueblos remotos y desconocidos. No tenía límites en su 
estudio ; comenzó' en los coros de la Medcú de Séneca . 3' llego 



' Aunque este libro no lleva foliación propia, está foliado á mano, y á 
estos números se refiere el texto. La descripción de los libros citados y de los 
demás (|ue anotó Cri.stóbai, Colón, puede verse en las Aclaraciones r documen- 
tos (C) hecha por el docto bibliotecario de la Colombina, el licenciado don 
Simón de la Rosa, con singular esmero. 



LIBRO rklMKRO. — CAPirULU 11 



35 



hasta la consulta del astronomn florentino Paulo del Pozzo 
Toscanelli, de que á su tiempo habremos de ocuparnos. 

Con tales datos v no olvidando el movimiento de la 
época, se comprende el génesis de la idea en el privilegiado 
talento de Cristóbal Colóx, }- el progreso de sus conviccio- 
nes; sin que pueda concederse el menor crédito á las fábulas 
que después de Aerificado el descubrimiento comenzaron á 
correr entre el vulgo, v aun encontraron acogida en algunos 
historiadores, jsara disminuir el merecimiento 3' anublar la 
gloria del descubridor. 

El sentimiento noble de la nación hizo justicia á aquellas 
hablillas en el conocido cuento ó anécdota del Jjiin'O de Colón, 
que pinta de una manera tan sencilla como clara el proceder 
de las medianías, y las astucias de la envidia para rebajar el 
mérito de lo que no pueden alcanzar. Colón también les diu 
la más cumplida respuesta con un solo rasgo de su elocuen- 
cia, escribiendo á los re^-es desde la Isla Jamaica en 7 de 
Julio de 1503: «siete años estuve en su real corte C|ue á 
cuantos se fablo' de esta empresa todos á iiiiíl dijeron que era 
hurla; agora, fasta los sastres supliean por deseuhrir:» frase que 
causo' profunda impresión en el ánimo de Voltaire , hacién- 
dole decir ': «Cuando Cristób.a.l Colóx ofrecía dar á cono- 
cer un nuevo hemisferio se le argüía que no era posible su 
existencia : cuando lo hubo descubierto dieron en sostener 
que era conocido desde mucho tiempo antes.» 



III 



Como el pensamiento dominante en el momento histo 
rico que determina la aparicio'n de Cristób.vl Colóx, la idea 



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36 



CRISTÓBAL COLON 





ca]5Ítal á que todos los hombres de aquella época consagra- 
ban sus estudios , su atención , sus vigilias y su actividad en 
diferentes esferas del movimiento científico, era el conoci- 
miento de la parte del globo que aún permanecía ignorada, 
las conversaciones eran reflejo constante de aquella preocu- 
pacio'n social; y hasta en las reuniones de humildes y toscos 
marineros se daban noticias inverosímiles y fantásticas de 
países maravillosos, que se acogían y repetían como verda- 
des demostradas, v se prestaba atento oído á las narraciones 
más absurdas, si procedían de labios de viejos navegantes 
que hubieran tocado los límites del mundo conocido. Xo era 
necesario acudir á los libros para oir hablar de la Isla de lús 
siete eiiidúdes, con su imaginada historia de los siete obispos 
que las fundaron, huj'endo de España después de la funesta 
batalla del Guadalete, y en ellas conservaban la religión 
cristiana en toda su pureza. lín todas partes se hablaba de 
la novelesca aventura de Ana Dorset y de su amante Robert 
Marchan que fugitivos de Inglaterra fueron arrojados por 
una tempestad á la isla de Madera, y allí perecieron de 
tristeza en 1370, y los más crédulos buscaban todavía el 
sepulcro de los amantes cuando se pobló' la isla. No faltaban 
personas doctas que recordasen el diálogo Tuneo, donde 
Plato'n habla de la gran Atlántida, isla situada fuera de las 
columnas de Hércules, que desapareció' en un terrible cata- 
clismo, pero cu3"a memoria conservaban los sacerdotes egip- 
cios cjue la transmitieron á Solo'n, el inmortal legislador de 
Atenas, con detalles y particularidades del mayor interés. 

Y entre estas reminiscencias de pasados sucesos v al par 
de otros muchos cuentos de menor fundamento todavía, 
menudeaban los recuerdos de la isla de San Brandan o' San 
Borondo'n '. que muchos aseguraban haber visto, de cuya 
existencia se aducían testimonios de diferentes clases, v para 



' \'éase el libro titulado Grandezas y cosas memorables de España, por el 
maestro Pedro de Medina.— Sevilla, Dominico Robertis, 1549, fol. XLVIL 



LIBRO trímero. — CAPITULO II 



cuyo descubrimiento se emprendieron muchos viajes: y casi 
no pasaba un año sin que se pidiera proteccio'n á los reyes 
de Portugal para conseguirlo. Ilusio'n óptica de los habitan- 
tes de las Islas Canarias, tan arraigada en ellos, según su 
historiador Viera y Clayijo '. C[ue no era posible hacerlos 
dudar, á pesar de las inútiles expediciones emprendidas con 
el objeto de reconocerla. 

Hechos aislados, tradiciones sin fundamento serian tal 
yez juzgados semejantes rumores, si su continuación, la 
insistencia con que se repetían durante siglos, v el encontrar 
algunos de ellos consignados en antiguas obras no obligaran 
á mirarlos con algún detenimiento, y á procurar conocer la 
verdad que en su fondo puede encerrarse, acudiendo, en 
cuanto es posible, á investigar su origen. Xo creemos, 
aunque tampoco puede negarse en absoluto, que los sabios 
del antiguo Egipto tuvieran los conocimientos geolo'gicos ni 
geodésicos necesarios para conocer por experimentos los 
trastornos sufridos por la corteza del globo j por el fondo 
del mar con la precisio'n que hoy los analiza la ciencia: pero 
parece que por tradición, al menos, conservaban la noticia 
de ajguno de aquellos inmensos cataclismos, de las tremen- 
das convulsiones que agitaron nuestro planeta : y no les era 
desconocida la remota edad en que el Mediterráneo se uniera 
con el Occéano. después de la profunda sacudida que tal 
vez redujo á desierto arenal el que antes era mar de Libia, 
suceso notable y pavoroso que simbolizaron en el mito de las 
columnas de Hércules. 

Productos de aquella transformacio'n, de aquel cambio 
en las direcciones de las aguas, creen con fundamento 
muchos insignes representantes de la ciencia moderna que 
deben considerarse las islas Azores 3' las de Cabo Verde; y 
que éstas y las Canarias pueden ser restos de un antiguo 



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' Noticias de la historia general de las Islas de Canarias , por don Joseph 
de Viera y Clavijo. — Madrid, Blas Román, 1772-78. 



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CRISTÓBAL COLON 







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continente, d de alguna grande isla que desapareciera en 
aquella convulsión v pudo, anteriormente á ella, en la edad 
]irehisto'rica, extenderse entre Europa y África '. Ouizá 
entonces quedaron más unidas estas islas, cjue luego en otros 
movimientos volcánicos sufrieron nuevas alteraciones; pero 
lo que no parece dudoso es C[ue del recuerdo, de las memo- 
rias c[ue se conservaron de la catástrofe, pudo tener funda- 
mento la fábula de la Alhiiitidil de Plato'n. 



IV 



Xo es de creer, ciertamente, que los contemporáneos de 
Crist<')bal Colon pensaran siquiera en rebajar el mérito de 
su descubrimiento con el auxilio de semejantes teorías, por 
más que hubiera sesudo autor que expusiera con seguridad 
y confianza que los reyes de P'spaña habían poseído en lo 
antiguo las Indias. Recogiendo fabulosos cuentos de las 
generaciones pasadas, que nada tenían de común con los 
proA'ectos de Col(')N. v jioniéndolos en muy diferente punto 
objetivo del que tuvieron, fué como se intento sostener Cjuc 
las tierras occidentales nuevamente halladas habían sido 
conocidas en viajes }' exi^loraciones de anteriores siglos. 

Entonces se limitaban las murmuraciones de la envidia 
á recordar la tradición de aquellas fantásticas islas que los 
habitantes de las más avanzadas en el Occéano creían ver á 
cada momento, y que al querer abordarlas desaparecían 
como ilusiones o'pticas que engañaban la vista sin tener nada 
de realidad. 

l'ero la crítica, (lue nunca ilescansa en su incesante 



' Véase la Memoria Hiputhcsc sur la ilisparition de rAtlantidc, por 
Mrs. MarcellaT. Wil-Kins. — Actas del Cíuigrrsa de ameriranistas , cuarta reunión, 
tomo I, pág. 131. 



LIBRO PRIMERO.— CAPITULO II 



39 



labor, ha icio presentando tlitVrt'ntrs ilatos de cxpcdit'ioni's 
emprendidas en los sisólos xi al xiv. de los que podía dedu- 
cirse el conocimiento, aunipie va,>.;'o v casual. (|ue ali^unos 
navcL^antes tuvieran de alguna parte del país que ho\- llama- 
mos .\mérica. arrojíulos á sus ])lavas por vientos impetuosos 
o' por la luer/a de las tormentas. .Sucesivamente han ido 
ajKireciendo esas narraciones. \' han \i\'ido poco tiempo, 
para ser luego rechazadas, ¡jor más que como rasgos de 
erudición se conserve su recuerdo en algunas obras; recono- 
ciendo que. aunque curiosos v dignos de atención bajo 
muchos conceptos, esos viajes no tenían punto alguno de 
contacto ni pudieran servir de precedente al que Colón 
emprendió en 149.2. 

La expedición de los \'ivaldi . que á fines del siglo xiii 
perecieron en parajes desconocidos, de los cuales no se pudo 
tener noticia: las de los hermanos Nicolás y Antonio Zeno, 
que se suponen emprendidas por los años 1388, y la de Vaz 
de Corte Real en 14(^)4. ni están justificadas de una manera 
que no deje lugar á- dudas, ni, según las más atinadas conje- 
turas, tuvieron otro objeto que el viaje á las Indias, con 
todos los inconvenientes que en época tan remota ofrecían 
las navegaciones largas, por la pequenez de los buques y la 
deficiencia de instrumentos náuticos: y de cuyas peripecias 
sacaba exagerados relatos la acalorada fantasía, pintando 
con vivos colores grandes é inverosímiles aventuras. 

Alguna maj'or atencio'n podría prestarse á la noticia 
que. como mero dicho, dejo' consignada en su Historui de hls 
Indias, Francisco Lo'pez de Gomara, cuando al tratar de este 
punto dijo de pasada... «tambie-n han ido allá hombres de 
Noruega con el ¡jiloto Joan Scolvo, é ingleses con Sebastián 
Gaboto '.)) Pues aunque al señalarlo en unio'n con el de 
Cabot parecía suponer que hubo de ser con posterioridad al 



' Historia general de las Indias. — Parte primera. — De la tierra del 
Labrador. 



40 



CRISTÓBAL COLÓN 





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descubrimiento de Colón, una mención que de Scolvus hace 
Cornelio Wytfliet, en libro que no conocemos, pero cita el 
señor Harrise, parece fijar la época del viaje en el año 147O. 

Antes de conocer la cita de Wytfliet, nos explicábamos 
el pasaje de Lo'pez de Gomara como lejana referencia ó tradi- 
ción de los viajes de los escandinavos; referencia cuj'o origen 
no nos era desconocido, pues en su tiempo no sabemos de 
autor alguno que los escribiera, ni que hubiera examinado 
el célebre co'dice Flate3'ense. que contiene las narraciones de 
los viajes de Bjornius (Hcrgiilví pluisj, el cual navegando 
desde Noruega á Islandia en el estío del año 985 6 gSó fué 
arrojado á una plajea desconocida, que vio' y describió', 
aunque sin desembarcar en ella: }■ después el viaje empren- 
dido en el año 1000 por Leivús, hijo de Eric el RojO, que 
bajando á las tierras vistas por Bjornius. habiendo encon- 
trado hermosos racimos de uvas le dio el nombre de \'inland 
y después de haber invernado en aquellos lugares regresó 
con toda felicidad á su país . repitiendo sus excursiones en 
años sucesivos. Las narraciones de estos viajes fueron causa 
de que se emprendieran otros . cuyos progresos v peripecias 
también se narran en el códice; suponiéndose por la descrip- 
ción de las costas visitadas c[ue eran las del Labrador. 

Con estos viajes relacionábamos la cita de Gomara, v al 
desconocido piloto Scolvo ; pero el códice de Flatey no fué 
publicado hasta el año 1837 ', siendo antes del todo desco- 
nocido, lo cual hace imjJosible nuestra suposición. 

Sea de ello lo que se quiera, la crítica más ilustrada 
reconoce hoj' que aquellos viajes, aun en el caso de ctjnce- 
derles entero crédito, en nada pudieron influir en el ánimo 
de Cristóbal Colón ni servirle de fundamento para sus 
cálculos. Cerca de tres siglos habían transcurrido v hasta la 
memoria se había borrado de tales establecimientos, sin c]ue 



' Anttquitates atnericatiie , sh'c scriptores septentrional^ renim anti-eolom- 
bianarum in America. — Edidit Societas Regia antiquariorum septentrionalium. 
— Hafniae. — Typis officinae schultianse, 1837. Un tomo f." con facsímiles. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO II 



41 



la arribada de los noruegos á las playas del \'inland hulnera 
tenido consecuencias, ni fijado relaciones especiales entre 
éstos V los moradores de aquellos países: más aún, ni sospe- 
chaban que aquellas costas fuesen trasatlánticas: pues en 
todo el co'dice Flateyense no se encuentra indicacio'n que lo 
demuestre: v si allí llegaron los noruegos, ciertamente 
juzgaban que sus tierras estaban unidas á las del antiguo 
continente v formaban parte del mundo que ellos conocían. 

Es de notar asimismo, como curiosa observacio'n , que 
en todo el relato de los viajes de Bjorn. de Eric el Rojo y 
de Leivus . no se hace mencio'n directa de que hubieran 
encontrado pobladores en las tierras á que aportaron , ni 
tuvieran trato alguno con indígenas, lo cual nos inclina á 
suponer que no lo tuvieron: pues de lo contrario hubieran 
llamado mucho la atención de los irlandeses por sus colores 
v sus costumbres, y lo hubieran escrito en su relacio'n de 
viaje. 

Y para poner de una vez en su verdadero punto de 
vista estas indicaciones, v poder apreciarlas en su justo 
valor, no podemos olvidar la consideracio'n importantísima 
de que Cristóbal Colóx no se inspiro' en hechos anteriores 
para l'undar su teoría. El problema era científico, puramente 
especulativo, y los hechos sirvieron luego de comprobantes 
á lo que en hipo'tesis se desprendía de los concej)tos de las 
ciencias. Plinio 3' Pomponio Mela habían asentado como 
probable la existencia de tierras occidentales; Colón vio' 
más: adquirió' el convencimiento v lo cimento' sobre hechos 
indubitados. En los libros escritos por don Fernando Colo'n 
3' por Era}' Bartolomé de las Casas se contienen en muchos 
capítulos las razones que movieron al Almirante en la pri- 
mera concepcio'n de su idea, citando luego los hechos que 
apoyaban sus hipo'tesis, y hasta haciendo memoria de los 
viajes de Diego de Teive y de Fernando Olmo, sin darles 
más importancia ni mayor realce del que realmente tuvieron 
en el ánimo del inmortal descubridor. 
Cristóbal Colón, t. i.— 6. 



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CRISTÓBAL COLON 






Posible sería que algún buque extraviado v llevado por 
los huracanes hubiera llegado á las playas de América: pero 
si tal sucedió', puede creerse con entera seguridad que nunca 
regreso' á Europa, ni de ello se tuvo noticia en tiempo de 
Cristóbal Colón: }■ más aún. que t(xlavía no se ha podido 
comprobar el hecho, á pesar de las porfiadas investigaciones 
3^ del trabajo constante de los geo'grafos y de los eruditos, 
ni se ha encontrado memoria cierta entre los habitantes del 
Nuevo Mundo, de que allá hubieran aportado viajeros de 
otras tierras, hasta que tuvo lugar el desembarco de Colón 
y de sus españoles, á l(»s cjue tomaron por esta razo'n los 
sencillos indígenas por hombres bajados del cielo, admirán- 
dose de sus barcos, de sus rostros, de sus armas y de todas 
las prendas de su traje. porc[ue todo les era desconocido. 



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CRISTÓBAL COLÓN 




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La llegada de Cristóbal Colón á Portugal es conse- 
cuencia lógica de su deseo de dedicarse á más útiles expedi- 
ciones. Casi todos los viaies de descubrimiento en el Occcano, 
verificados durante los años que iban corridos del siglo xv. 
habíanse iniciado en las costas lusitanas, y esta circunstancia 
explica la determinacio'n de Colón, va que en iuerza de 
ella se encontraba en el centro de la actividad marítima, v 
en contacto con los más audaces y constantes descubridores. 

Con bien cortas diferencias, y á jíesar de las diversas 
opiniones que sostienen los biógrafos del Almirante sobre el 
año de su nacimiento, convienen todos en fijar el de su 
llegada á Portugal entre 1470 v 147-- Necesario es descar- 
tar como novelesca la narracio'n que en el libro escrito por 
don Fernando Colo'n se hace de la causa de su arribada, que 
con más detalles inserto' en su Histonú el P. Las Casas. 

«Un huomo segnalato del sao iiomc ct iiun'hJí^Ha, chianuilo 
Colombo il giovane ',» dice don Fernando, v Las Casas 
continúa: «Este Columbo Júnior, teniendo nuevas c[ue 
cuatro galeazas de venecianos eran pasadas á l-'landes, 
esperólas á la vuelta entre Lisbona 3^ el Cabo de San \'icente 
para asirse con ellas á las manos; ellos juntados, el Columho 
Júnior á acometerles 3^ las galeazas defendiéndose v ofen- 
ú diendo á su ofensor, fué tan terrible la pelea entre ellos, 
asidos unos con otros con sus garfios v cadenas de hierro, 
con fuego 3' con las otras armas, según la infernal costumbre 
de las guerras navales, que desde la mañana hasta la tarde 
iueron tantos los muertos, quemados 3- heridos de amlias 



' ffis/orif, fol. 10. 



LIBRO PRIMERO. — CAPÍTULO III 



45 



])artos. que apenas (|vieclaba (|uien de todos ellos pudiese 
aml)as armadas del lui^ar donde se toparon una le^ua 
mudar. Acaeció ijue la nao donde Criskhíal Colóx iba, d 
llevaba quizá á cargo, y la galeaza con que estaba aferrada, 
se encendiesen con fuego espantable ambas, sin poderse la 
una tle la otra des\iar: los que en ellas quedaloan aún vivos 
ningún remedio tuvieron sino arrojarse á la mar: los que 
nadar sabían pudieron vivir sobre el agua algo: los que no. 
escogieron antes padecer la muerte del agua Cjue la del 
luego, como más atlictiva \' menos sufrible para la esperar. 
1,1 CuisTi'ui.vL C(iL('>x era muv gran nadador, y pudo haber 
un remo que ;í ratos le sostenía mientras descansaba : y ansí 
antluvo hasta llegar á tierra, que estaría poco más de dos 
leguas de donde habían ido á parar las naos con su ciega 
y desatinada batalla. Desta pelea naválica y del dicho 
Columbo Júnior hace inenciiín el Sabélico en su CoróiiiCü, 
8.° libro de la lo."' década, hoja i6S ^.» 

Aunque, según ya hemos indicado. Cristi'ibal Coli')x 
no era pariente del Archipirútú iíliistris apellidado Columlnis 
Jniiior, ni aun siquiera su homo'nimo -. pues el nombre de 
éste era Guillermo de Caseneuve, como el hecho referido por 
Sabélico es histo'rico. se hace necesario dejar consignada la 
fecha en que ocurrió', pues ella sola es la mejor demostración 
de que no pudo ser consecuencia de aquel combate la llegada 
3' establecimiento de Colóx en Portugal. 

El encuentro de las galeras venecianas que regresaban 
de Flandes, con las genoA-esas al mando de Guillermo de 
Caseneuve. apellidado Conlonip, vicealmirante de Francia, 
ocurrido entre Lisboa y el Cabo de San Vicente, tuvo lugar 



' Este relato, que más que de histórico tiene de novelesco, sirvió al cele- 
bérrimo poeta re\-erendo don Jacinto Verdaguer para la Introducción del ya 
famoso poema L.\ Atl.^n'tid.^, que escrito originariamente en lengua catalana, 
se halla traducido á la mayor parte de los idiomas literarios de Europa. 

' Histoire généalogique de la Maison Royale de France, Paris, 1733, 
tomo VIL — Les Colombo de France et d' Italie, par M. H. Harrisse. 






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CRISTÓBAL COLÓN 



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el día 2 1 de Agosto de 1485 L según consta en las delibe- 
raciones secretas del Senado de Venecia. al cual se dio 
cuenta de aquel hecho de armas en la sesio'n de 18 de 
Septiembre siguiente: es decir, cuando 3'a Cristóbal Colóx. 
tras de su larga residencia de catorce años en Portugal, y de 
haber hecho sus proposiciones al rey don Juan II. hacía cerca 
de un año había pasado á España á cuya corte llego', después 
de haberse detenido en el Alonasterio de la Rábida, el 20 de 
Enero de 1485 2. 

En nuestro concepto, y continuando el orden de los 
datos histo'ricos que yenimos siguiendo. Cristóbal Colón 
debió llegar á Portugal entre los años de 1470 y 1471 : A' así 
se comprenderán perfectamente las palabras que consigno' en 
su carta al Rey don F"ernando. que el obispo de Chiapa yio 
escrita de su mano y copia en su Histonú 3, en los términos 
siguientes: «Dios Nro. Señor milagrosamente me enyid acá 
porque yo siryiese á V. A. Dije milagrosamente, porcjue 
fui á aportar á Portugal adonde el Re^- de allí entendía en 
el descubrir más que otro: él le atajo' la yista y oído y todos 
los sentidos, que en catorce años no le pude hacer entender lo 
que yo dije... etc.w 

No dice Colón que lleyara este plazo de pretensiones en 
Portugal, sino que se refiere al tiempo que yiyio' en aquel 
reino y que es exactamente el que se indica. Excusado es, 
por tanto, el hacer argumentos basados en los años del 
reinado de don .Alfonso V. y en la fecha en que comenzó' 
á reinar don Juan II para concordarlos con las expresiones 
de esta carta; pues tal empeño y otros semejantes contri- 
buyen más bien á crear oscuridad 3- confusión donde no las 



' Calendar of State Papcrs iii t/ic Archives flf Vcnice, London, 1864, 
tomo I, pág. 155. 

» Las Casas. — Historia de las Indias, tomo I, lih. I, cap. XXIX, pá- 
gina 227. 

» Las Casas. — Lib. II, cap. XXXVII, pdg. 187. — Navarrete.— Tomo III, 
pág- 530.— En el capitulo XXVIII del lib. I, había citado Las Casas este 
principio de carta con algunas variantes. 



LIBRO PRIMERO. — CAPÍTULO III 



47 



hay. Cristób.vl Col(')N no presento en forma y de lleno su 

pensamiento sino al último de estos monarcas, pero en 

catorce años de residencia en Portugal, desde 1470 á 1484. 

maduro su pro3'ecto. lo expuso y no logro' que lo entendieran. 

En este año 1470 o 1471 llevaba va Colón veintitrés 

años de mar. según él mismo lo dejo' consignado en su 

Diario de Navegación , diciendo: «lo he andado 2} años en la 

mar, sin salir della, tiempo que se haya de contar, etc. '.)> 

Cuando se estableció' en Portugal lleve! por algún tiempo 

una vida más sedentaria, dedicándose á asuntos de familia; 

estudios V cálculos especulativos: correspondencia con sabios 

V adquisicio'n de noticias que pudieran dar probabilidades 

de acierto á los atrevidos prt)blemas cuya realizacio'n se 

proponía, á los planes que en su imaginacio'n habían 

nacido, tomaban cuerpo en su inteligencia v se robustecían 

en la diaria experiencia propia 3' ajena, que con incesante 

cuidado iba recogiendo. 

Sin novelescos sucesos ni extraordinarias aventuras, y 
sólo á impulsos de una resolución nacida lógicamente de sus 
aficiones v estudios, fijó su residencia Cristób.vl Colón en la 
ciudad de LLsboa. Había establecidos en ella gran número de 
negociantes genoveses , y por muchos años habían sido almi- 
rantes de Portugal los Pessagno, marinos naturales de Gé- 
nova, que habían llevado á su servicio á muchas gentes de su 
país. Crej-ó encontrar allí maj'or facilidad para realizar sus 
proyectos v también protección }' a5'uda en sus compatriotas. 
No podían ser muy abundantes sus recursos, v es pro- 
bable que se procuraba la subsistencia trazando cartas geo- 
gráficas y planos para los navegantes, usando de aquella 
habilidad particular que Dios le había concedido para el 
dibujo -. v ocupándose también en algunos asuntos comer- 
ciales, de lo cual quedan bastantes indicios. 



' Navarrete, tomo I, pág. loi. 

' Carta citada á los Reyes Católicos que se conserva en el Libro de Pro- 



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CRISTÓBAL COLON 





Sin que con entera exactitud pueda señalarse la fecha, 
parece que mu^■ Iucí^'d CDntrajd relaciones amistosas con la 
familia Pelestrello. emparentada con la de Avres Mogniz, 
amistad que muy pronto se troct^! en parentesco, pues por 
los añt)s 1474 <> 147,") se veriticd el matrimonio del futuro 
Almirante con doña Felipa MoL;"niz Pelestrello. 



II 



^Vunque para nosotros es indudable ([ue el matrimonio 
de Crist(')Bal Coli')N no .se celebro' en la isla de Madera ni 
en la de Puerto Santo, sino en la ciudad de Lisboa, no 
podemos dejar de prestar atención y dar á conocer las opi- 
niones de muv doctos historiadores portu^'ueses. que hov, 
con nuevos datos, tienen por cierta una hiri^a residencia del 
descubridor en aquellas islas, v ahrman que en ellas se 
realizd su matriuKinio, 

Pl primero que indico' esa creencia, aunciue de iui:i 
manera muy vaj^^a y sin darla más tpie como una simple 
noticia en c()ntraposici<>n ;i otras, iué. se,<;'ún [jarece. c\ 
historiador l""rancisco L(ípez (lomara. i|ue en la ])rimera 
])arte de su Hisloviil o'Cllcnil tic lilS ludias, dijo (¡ue (.'nl.iiX 
«vino á P(irtuL;'al por tomar ra/dn de la costa meridiimal de 
Alrica. y de lo m;ís t[ue ])ortuL;'ueses nave.nalian. . . (,"as(!se 
en aquel reino, ú como dicen llllicíjos, en la isla de Níadera '.» 
Poro como L()pez (lomara escribic! mucho tiempo dispués de 
los sucesos, y no citaba autoridad alguna, su dii'ho no se 
tomó en consideracicín . siguiéndose estimanih) como verdad 
lo que reñere fra}' Bartolomé de las Casas de haberse casado 



' Biblioteca de Autores españoles, tomo XXJI. — Historiadores primitivos 
tlr Indias , tomo 1, pág. 165. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO III 



49 



en Lisboa, que es lo que se desprende también de lo que 
escribe su hijo don Fernando Colo'n. 

Xi Joan Barros, ni García de Resende se ocupan en sus 
historias del casamiento del Almirante: v así continuaba 
hablándose de ello en Portugal con escaso interés, cuando 
en el año 1873 ^^^^^ Alvaro Rodríguez Azevedo, persona 
muy docta , profesor de Oratoria . Poética y Literatura en 
el Liceo nacional del Funchal . y abogado en la isla de 
Madera, dio' á la estampa un antiguo manuscrito del doctor 
Gasj^ar Fructuoso, autor del siglo xvi. que con el título 
As Saudades da ierra, contiene una historia de las islas de 
Puerto Santo y Madera: libro curioso por muchos conceptos, 
en el que se encuentran yarias referencias á la permanencia 
de CoLÓx en aquellas islas. Entre ellas son muy dignas de 
notar las siguientes : 

Fn lus Anuales de la isla de Puerto Santo, dice, se 
halla este importante documento: 

«Foé n' esta ilha que residiu por alguns tempos o' 
grande Chrisfoi'üo Coíomho, genovéz. Aquí contrahiu ma- 
trimonio con dona Filippa: filha do mencionado Bartholo- 
meu Perestrello. primeiro donatario: é her dando do seu 
mesmo sogro os manuscriptos deste é d" outros navegantes 
portuguezes , d' elles o' referido CoJomho tírou os principios 
para á grande descoberta do novo mondo, com" á qual 
inmortalisou o' seu nome nos fastos da historia moderna.» 

«Porém. parece que Cristováo Colowho tamben habitou 
na cidade do Funchal; porque além do filho assim o' dizer 
na llda d' elle, é tradifao na mesma cidade que o' antigo 
edificio, aínda existente na rúa do Esmeraldo. é conhecido 
pela denominagáo de Granel do pO(0, fora á casa de Co- 
lonibo.» 

Y más adelante, á la página 660. dice: «Hum homen 
de na^áo italiana, genovéz, chamado CnstovClo Colondw, 
natural de Cogoreo, ou de Xervi a Sel(,a de Genova de 
poucas cazas, avisado é pr ático na arte da navegagao, 

Cristóbal Colón, t. i. — 7. 



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vindo de sua térra a ilha da Madeira, se casou nclla, 
vivendü ali de faser cartas de marcar.» 

En esa misma página, hablando de la industria y 
exjDlutacio'n de la caña de azúcar, vuelve á insistir en igual 
proposito, y añade: «Além de que, Ci'istoi'dO ColoiJiho resi- 
diu por annos nesta entao Anilla do P'unchal, ilha da Ma- 
tleira. onde casou con Filippa, terccira hlha de Bürloloiiicn 
PíTi'SÍri'Ilo primeiro donatario da ilha de Porto-Sancto.» 

liemos multiplicado las citas, para c[ue de ellas mismas 
resulte la poca fijeza de los datos de c[ue, para escribir su 
historia, se valía el autor. Fructuoso, y la inseguridad 
de sus noticias; pues en distintas ¡jáginas de su libro 
hace á Crist<')1!al Colón contraer matrimonio en dos ¡juntos 
diferentes, buscando por único fundamento la tradicio'n no 
sabemos de qué manera transmitida. No ha}', ni el autor 
lo cita, un libro, un documento c|ue atestigüe la residencia 
de CoL(J\ en Madera ni menos su casamiento. Pero en el 
año 1877 el citado literato portugués, señor Rodríguez 
Azevedo. dio' á luz en el Diario de Noticiíis de la isla de 
Madera '. un notable artículo titulado: Eiliulo hiilorico. — 
A Cíísü ciii que Cbristovüo Coloiiibo hahitoii na ilha da Madeira, 
donde con nuevos datos describe la casa de la calle Esme- 
raldo, que la tradicio'n señalaba como morada de Colón, 
acompañando fotografías de ella y haciendo notar la fecha 
estampada en el capitel de la columna que sirve de partidor 
de la notabilísima ventana principal del edificio, 3' cjue era 
la de 14,57, fundando sobre ese dato grandes conjeturas cj^ue 
justificaban la tradicio'n. 

Por demás está consignar que el trabajo del docto 
articulista alcanzo' gran crédito en Portugal, v muchos 
historiadores creen bajo su fe, c¡ue en aquella antigua casa 



' Números 181, 182 y 183 de 24, 25 y 26 de Mayo. Fué traducido por 
<lün Ventura Callejón y publicado en el número de- la Ilustración Española 
r Americana del 15 de Octubre de 1877. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO III 



SI 



nobiliaria adquiriií Crisk^bal C<n,n\ muchas noticias sobre 
la existencia de regiones occidentales, puesto que el mismo 
Gaspar Fructuoso asienta, tomando la conseja de nuestro 
Gonzalo Fernández de (Oviedo, ([ue allí fué donde Coli')X 
hospedo' al piloto andaluz, portugués o' vizcaíno, que había 
visitado el que después se llanuí el Xuevo Mundo. Pero un 
acontecimiento inesperado ha venido á destruir esas ilu- 
siones. 

Demolida la casa nombrada Granel do pOfO, el señor 
don Alvaro Rodríguez Azevedo comprobé por sí mismo la 
fecha estampada en el capitel, y no es la de 14,57, como 
anteriormente había dicho por informes que creyó' fidedig- 
nos, sino 1404: es decir, que la casa fué edificada cuando 
Colón estaba verificando su segundo viaje, v cae por tierra 
el argumento fundamental del Esíiido Histórico, como con 
notable lealtad v franqueza lo declara el mismo Azevedo 
en informe escrito al autor del presente libro para su ilus- 
tracio'n '. 

El matrimonio del Almirante con doña Felipa Mogniz 
se celebro' en Lisboa. Si aquella señora era hija, como dice 
Gaspar Fructuoso, aunque hav dificultad insuperable en los 
años, de Bartolomé Pelestrello. primer donatario de la isla 
de Puerto Santo, porque su familia residía en la capital 
desde mucho tiempo antes, pues la razo'n porque la viuda 
consintió' en ceder el mando de la isla á su cuñado Pedro 
Correa en el año 145S, fué porque no le sentaba bien el 
vivir en la isla, v le fatigaba el morar en ella, por lo cual 
debemos creer se estableció' en el continente. 

Si por el contrario. 5^ según nosotros creemos, j se 
comprueba por muchos datos, era de la familia de Mogniz, 
descendiente en línea recta de Gil Avres Mogniz , también 
debió' verificarse el enlace en Lisboa, pues no hav noticia 
de que su padre, ni nadie de su familia, viviera fuera de 




' Véase en las Aclaraciones y documentos de este libro I. (D) 




52 



CRISTÓBAL COLÓN 



Portuí^al : y en el convento de Todos los Santos era comen- 
dadora doña Felipa cuando empezó' sus relaciones con Cris- 
tóbal Colón, que á su iglesia concurría frecuentemente 
para oir misa. 

Ciertamente éste hizo un viaje á Puerto Santo, mu}' 
poco tiempo después de su casamiento, v probablemente en 
compañía de su esjDosa; tal vez para hacerse cargo de 
algunos bienes suj'os que conservara en su poder su cuñado 
Pedro Correa, 3^ de seguro para conferenciar con éste acerca 
de su pro3"ectado viaje á la India por vía de Occidente; 
conferencias que le fueron muy provechosas, pues Correa, 
c|ue llevaba largos años de residencia en la isla, le ¡^udo 
comunicar varias noticias de las hablillas Cj[ue corrían en 
boca de los marineros sobre las fantásticas islas, cjuc por 
ilusio'n óptica creían ver en lontananza, y le mostró' algunos 
objetos cjue las tempestades habían arrojado á ac|uellas 
playas, y no eran de árboles ni de industria que por allí se 
conociera. 

Que por algún tiempo vivió' en la isla de Puerto Santo, 
donde dejo' alguna hacienda y heredades Bartolomé Pelestre- 
11o, lo escribe el P. Las Casas, f[ue quiere recordar haberlo 
oído decir á don Diego Colo'n en el año 1519 en Barcelona, 
3^ añade: «ansi c¡uc fuese á vivir Cristóbal Coli'ix á la dicha 
isla de Puerto Santo, donde enjcndrd al dicho su primo- 
génito heredero don Diego, por ventura por sola esta causa 
de querer navegar.» 



III 



Al llegar á este punto la mayor parte de los biógrafos 
del Almirante, especialmente el ilustre \\'asliingt(in Irving, 
siguiendo las noticias de su hijo y de lus l^i'^t(lriadorcs 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO III 



53 



' Historia de ludias , lib. I, cap. TI, pág. 43. Véase al fin el Apéndice 
sobre los retratos de Cristóbal Colón. 

' Historia general , tomo I, lib. II, cap. II. 

3 «Era huomo di bella presenza, e che non si partiua dall'honesto: aucun 
che una jentil donna, chiamata donna Filippa Mogniz, di nobil sangue, caua- 
liera nell monastero d'ogni Santi, done Tammiraglio usava d' andaré á messa, 
presse tantas prattica é amicizia con lui, che divenne sua moglie. » — Historie dcll 
signor don Firnando Coloinbo, fol. l\. 



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españoles \ portugueses que le conocieron v trataron, hacen -- - 
descripcidn de sus facciones: del noble aspecto de su persona, 
\ de las relevantes prendas de su carácter, que le hacían al 
par simpático \ respetable. 

Fra}^ Bartolomé Las Casas, que le conoció' y trato' 
muchos años , hace así su retrato : « Lo que pertenecía á su 
exterior persona y corporal disposicio'n. fue de alto cuerpo, 
más que mediano; el rostro luengo y autorizado: la nariz 
aguileña: los ojos garzos: la color lilanca, c[uc tiraba á rojo 
encendido: la barba y cabello, cuando era mozo, rubios, 
puesto que mu}" presto con los trabajos se le tornaron canos: 
era gracioso y alegre, bien hablado, etc. '.» 

Gonzalo Fernández de Oviedo, c[ue también le conoció 
desde su llegada á Barcelona, conviniendo en lo esencial con 
Las Casas, dice que era: «de buena estatura é aspecto, mas 
alto que mediano, é de recios miembros; los ojos vivos, é las 
otras partes del cuerpo de buena proporción; el cabello mu^- 
bermejo, é la cara algo encendida é pecosa ^. » 

¿Co'mo tuvieron principio sus amores en Lisboa? (Diga- 
mos al hijo mismo del Almirante en una de las páginas de 
sus Apuntes : 

«Era hombre de hermosa presencia, y de porte muy 
honrado ; y sucedió' C[ue una dama , llamada doña Felipa 
Mogniz, de noble cuna, pensionista en el Colegio de Todos 
los Santos, donde el Almirante acostumbraba concurrir á 
misa, entablo' con él tanta conversacio'n y amistad, que llego' 
á ser su esposa 3. » 

No se nos alcanza la razo'n por qué algunos bio'grafos 



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CRISTÓBAL COLÓN 












del Almirante relegan esta narración entre las fábulas intro- 
ducidas en los Apuntes de don Fernando Colon. En este 
sencillo relato nada hay que pueda aumentar la gloria de 
Crist<:')BAL Colón, ni qu-e se refiera á su nobleza, ni sirva 
para sostener pretensiones de sus sucesores, que podrían 
ser argumentos para fundar la duda. Existen, por el con- 
trario, diferentes indicios y consideraciones que inclinan 
el ánimo á creer que hay en él una verdadera' historia. Re- 
cuérdese que desde sus más tiernos años vivieron juntos don 
Diego Colo'n. hijo de doña Felipa Mogniz, y su hermano 
don Fernando , y todo lo que se refiere á la madre de 
aquél pudo recogerlo éste de sus labios: porque no puede 
olvidarse que don Diego vivió' siete ú ocho años con su 
madre en Lisboa, v que todas las noticias y hasta el nom- 
bre de la misma, han llegado á nosotros por conducto de 
don Diego. 

Pensionista en el Colegio o' Convento de Todos los 
Santos doña Felipa, v concurriendo diariamente, o al menos 
con frecuencia, á su iglesia, Cri.stób.\l Colón, allí nacieron 
por mutua simpatía aquellas relaciones amorosas que muv 
pronto estrecho' el matrimonio. 

liemos indicado que todas las noticias de la esposa del 
Almirante las debemos á su hijo: y con efecto, en ninguno 
de los documentos C]ue de Colón se conservan, se hacen 
referencias circunstanciadas de su esposa, por más que 
alguna vez consigne haberse separado de su mujer é hijos: v 
solamente en el testamento otorgado por don Diego Colón 
en la Cartuja de las Cuevas, en Sevilla, á 16 de Marzo 
de 1509, ante el notario Manuel de Segura '. expresa que es 
hijo de «Don Christo'val Colo'n, ¡Drimero Almirante Ma3'or 
v Visorey que descubrid las Indias, y de Doña PJ.u'¡ipíl 
AÍOf;in^, su muger difuntos,» — v en su última disposicicni 
cerrada, hecha en Santo Domingo ante Fernando Barrio 



Navarrete, tomo II, duc. CXXXVII, p.-íg. 255. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO III 



55 



en 8 de Septiembre de 15-' 3 ', después de asentar i^aial ma- 
nifestación en el principio, dispone en la cláusula segunda 
que se construya capilla donde sea sepultado su cuerpo, y 
C[ue allí se lleve el del Almirante, su ¡aadre... «é traer assí 
mesmo allí el cuerpo de Uoña Felipa Muñiz. su legítima 
muger. mi madre, que está en el Monasterio del Carmen 
de Lisboa, en una capilla que se llama de la Piedad, que 
es del liiiújc de los Miifn\es. » 

Partiendo de este dato, cierto é incuestionable, y dedi- 
cando al esclarecimiento de este punto un trabajo especial, 
ha puesto en evidencia el docto M. II. Harrisse, que doña 
Felipa, hija de Isabel Mogniz y de Bartolomé Pelestrello ^; o' 
en último extremo hija de Vasco o' de Dieg'o Mogniz, que 
iueron hermanos de doña Isabel , descendía en línea directa 
de Gil Ayres Mogniz, secretario del Condestable de Portugal 
don Ñuño Alvares Pereira . v fundador de la Capilla de la 
Piedad en el Monasterio del Carmen de Lisboa, que destino' 
para su enterramiento v el de sus descendientes: sin que 
pudiera servir ((á oiitra pcnoil que iiílo fossc de gerúfüo de Gil 
Ayres Mogiii:^,» según se declaro' en escritura de 23 de 
Diciembre de 1467. 

El hecho de haber sido enterrada en la Capilla de la 
Piedad la doña Felipa, demuestra que tenía derecho á ello 
por pertenecer á la familia del fundador. De esta capilla 
nos ha comunicado el señor Rodríguez Azevedo una curio- 
sísima noticia que tiene aquí su lugar oportuno: 

«A capella da Piedade, em que se diz fóra sepultada 









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' La presentación del testamento cerrado hecho por don Diego Colón al 
escribano Fernando Barrio y los testigos que firmaron su cubierta, fué el 8 de 
Septiembre de 1523. I-a presentación de doña María de Toledo, ante el alcalde 
para su apertura, se verificó el día 2 de Mayo de 1526. Creemos que por equi- 
vocación material el señor Harrisse (Christophe Colomh , tomo II, pág. 482), 
pone Santo Domingo, 2 de Mayo de 1523, barajando ambas fechas. 

' Véase en las Aclaraciones y documentos (E) la completa genealogía de 
la esposa de Colón, hecha expresamente para ilustración de este libro por el 
docto literato portugués señor vizconde de Sánchez Baena. 



56 



CRISTÓBAL COLÓN 





doña Filippa Aluniz PcrestrcUu. mulhcr de Christuvam Co- 
lüinbo. nao fazia parte do antigo convento de carmelitas 
de Lisboa; era de edificavao anterior á elle, e íincava situada 
a meia en costa do monte do Carmo, subindo do Valle 
Verde, hoje pra^a do Rocío ou de D. Pedro IV. 

))Ficava próxima, e certo, do referido convento dando 
para elle accesso por uns degrans de cantarla: nao era porém 
como erradamente se suppoe, capcUa interior da egreja do 
Carmo, hoje en ruinas. 

«Sábese que ao tempo da l'undaváo do convento (1398) 
ja existía á referida capella, sob a invocavao de Nossa 
g Senhora da Piedade; o que é, porém. sobre modo diíficil, 
se nao impossíbel, é obter dados authénticos que attcstem 
que nella fósse sepultada a sobredita doña Filippa. c que 
jazesse aínda ao tempo do terremoto de 1755, que nao 
deixou da Capella o' menor vestigio. 

»No testamento de Don Diego Colon confirmaze a 
noticia do enterramento na Capella da Piedade, e ordena-se 
a traslada(;'ao dos restos mortaes d'aquella senhora. 

»¿Verificar-se-hia uma e outra cousa?... Esta é que é a 
dubida. » 

Otras hermanas tuvo doña Felipa, l'na llamada Bri- 
gulaga. Briolanja o' Violante, mencionada por el mismo 
don Diego en su testamento citado de id de Alarzo de 1509 
;3 en términos explícitos: — «Mando que á mí tía Brigliíúga 
A//////;;;^ sean dados por sus tercios 20.000 maravedís.» que 
en el año 1492 estaba casada con cierto vecino de Palos, 
apellidado Muliar o' Aluliarte , con la que dejo Colón 
á su hijo Diego antes de dirigirse á la corte de España, 
y que fué el motivo de su paso por el Convento de la Rá- 
bida. 

Con esta hermana de su mujer, v con su esposo Miguel 
^j Muliar o Muliarte parece mantuvo siempre cordiales rela- 
,;-^-_^ <i(ines Crist(')Iíal Col(')\ ; pues según documentos conser- 
vados en la colección de don José \'argas Ponce, citados por 



LIBRO PRIMKRO.— CAPITULO III 



57 



el docto don Cesáreo Fernández Duro '. «á suplicación del 
Almirante se envid al Consejo de la Inquisición cédula 
fechada á 30 de Mavo de 1493. ordenando que los bienes 
muebles v raíces que fueron de Bartolomé de Sevilla, vecino 
de Iluelva. se pusieran en sciucslrüiióii de Miguel Muliarte. 
vecino de la ciudad de Sevilla, y de \'iolante Muñiz. su 
mujer, para que los tuvieran hasta c[ue la causa fuera termi- 
nada. Por otras cédulas se autorizaba la ida v vuelta á la 
isla Española del mismo Muliarte, concuñado de Culijx.d 
De aquí se deduce con toda seguridad la proteccio'n C[ue á la 
citada hermana de doña Felipa continuo' dispensando el 
Almirante: v que después de haber tenido á su lado en 
Iluelva al niño don Diego, la doña Violante 3' su marido 
trasladaron su Avecindad á Sevilla, pasando luego éste al 
Xuevo Mundo en compañía de su concuñado. 

De otra hermana de la doña Felipa se encuentra tam- 
bién mencio'n, aunque no tan explícita como de doña 
Violante. Era la esposa de Pedro Correa, el gobernador de 
Porto Santo, al que sin contradiccio'n llaman todos los histo- 
riadores cuñado del Almirante. 

Dejamos consignado antes el año del casamiento de 
Crist<'ib.\.l CoLfJx. que debió' ser el de 1474. o lo más tarde 
el de 1475. y el lugar en que se verifico', que fué la ciudad 
de Lisboa: puntos ambos en que convienen nuestros datos v 
estudios con las observaciones del repetido M. Ilarrisse. 
Pero nos apartamos de su opinio'n en lo que se refiere al 
tiempo que duro el matrimonio, pues fijándose en fútiles 
pretextos v vagas sospechas, opina el autor anglo-americano 
que doña Felijja vivía todavía cuando CoLÓx salió' de Portu- 
gal , V tenía tres hijos á lo menos: v nosotros creemos. 
apoyados en el testimonio de don Fernando Colo'n y de frav 
Bartolomé de Las Casas, que aquella señora había muerto 




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' Colón y la Historia póstiima.~-^la.áúá, Tello, 1885, pág. 216, 
Cristóbal Colón, t. i.— S 



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CRISTÓBAL COLÓN 



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por los años 1482 á 14S3 sin dejar más hijo que don Diei4"o. 
No fija la fecha ninguno de ellos, pero el v'dtimo asegura, sin 
genero alguno de vacilacio'n , « que porque convenía estar 
desocupado del cuidado y oljligacio'n de la mugcr. para 
negocio en cjue Dios le había de ocupar toda la vida, 
plúgole de se ¡il ¡levar, dejándole un hijo chiquito que había 
por nombre Diego Colo'n, cj^ue fué el primero cj^ue después 
en el estado de Almirante le sucedió' '.» El cronista Anto- 
nio de Herrera, dice lo mismo: «hallándose ya sin mugcr, 
c[ue era fallecida, determino' de irse á Castilla -.» 

Cristóbal Colón quedo viudo antes de salir de Portu- 
gal y sin tener otra sucesio'n c|ue un hijo. La fecha exacta 
del fallecimiento de doña Felipa Mogniz. tal vez pueda 
encontrarse en los antiguos libros del Convento del Carmen, 
en Lisboa, para cu3'0 objeto se hacen en la actualidad 
activas averiguaciones; auncj^ue el inmenso número de docu- 
mentos c[ue desapareció' á consecuencia del terremoto en el 
año 1755. y la destruccio'n total de aquel convento y de la 
Capilla de la Piedad que le estaba anexa, hacen abrigar 
pocas esperanzas de feliz resultado. 



IV 



Período importantísimo en la vida de Cristóbal Colón, 
y digno, por tanto, del mayor estudio, es el de los años cjue 
vivió' en Portugal, porque en ellos busco' argumentos cien- 
tíficos que demostrasen la posibilidad de realizar el gran 
pensamiento cjue le preocupaba: hizo viajes á diferentes 



' Historia de las Indias, lib. I, cap. XXVIII, pág. 222. 
'' Historia general de los hechos de los Castellanos en las Islas y Tierra 
3! jiniie. — Madrid, imprenta Real, 1601; déc. 1.°, cap. VII, pág. 14. 



LIBRO PRIMERO.— CAPITULO III 



59 



puntos del mundo v á los últimos límites de los lugares 
nue\amente descubiertos . en demanila de indicios c|uc com- 
probasen sus cálculos, V procuro' saber la opinión de los 
hombres más reputados 3' respetables en ciencias 3- geografía. 

Preciso es considerar que si el pensamiento de navegar 
la parte desconocida de los mares que se extienden entre las 
Indias 3' la Europa, v conocer en toda su extensión la 
redondez de la tierra, había nacido en la alta inteligencia 
de CoLÓx mucho tiempo antes: si lo había meditado cons- 
tantemente: si lo robustecía cada vez más con sus cálculos v 
estudios, en Lisboa adquirió' las mavores proporciones, lo 
convirtió' en proyecto formal , práctico y demostrable y 
adopto la resolución de llevarlo á termino. 

Al iTiorir el príncipe don Enrique , hijo del rey don 
Juan I de Portugal . dejo' encargado se prosiguieran kis 
descubrimientos por la costa de África, en cuyo progreso 
tanto había trabajado durante su vida. En todas partes se 
preocu]Daban los hombres estudiosos de los descubrimientos 
portugueses ; Lisboa era centro de una actividad desconocida 
hasta entonces . y las cuestiones geográficas merecían prefe- 
rente atención, y ocupaban en todas horas 3' en todos los 
lugares á las personas de negocios, de ciencia, de ilustracio'n 
y actividad. En medio de aquel movimiento Cristób.al 
Colón sentía crecer sus deseos: sus esperanzas se aumen- 
taban, Y trabajando con incesante afán, consagraba á los 
estudios de sus planes, todo el tiempo Cjue le dejaba libre la 
necesidad de procurarse la subsistencia de su familia, ya con 
algunos asuntos de comercio, en los que se asociaba con sus 
compatriotas , los capitalistas 3' negociantes genoveses , 3a 
dibujando planos geográficos 3' cartas de navegar, según 
hemos dicho. 

Desde su establecimiento en la ciudad de Lisboa, había 
dejado Cristóbal Colóx la vida activa de marino, á causa 
C[uizá de sus negocios mercantiles, o' tal vez por sus rela- 
ciones amorosas, ó por las dos causas reunidas, consagran- 





6o 



CRISTÓBAL COLON 




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dosc al estudio v á la (ibservaci()n . tan necesarios p;ira 
com^jletar los pensamientos que en su mente acariciaba. La 
primera prueba. 3" la más concluycnte. es su correspon- 
dencia con uno de los más rejTJutados gcoi^'rafos de su tiempo: 
con el físico ilorcntino Paulo Toscanelli. á c[uien na A'acilo' en 
consultar sus planes, exponiéndole con toda claridad las 
dudas que aún abrigaba acerca de la cjccucio'n v de la exac- 
titud de los cálculos (juc formaban la base del provecto. 
CoLi'iX, valiéndose de la amistad v relaciones de un comer- 
ciante florentino establecido en Lisboa, llamado Lorenzo 
Girardi d liirardi, según Las Casas, envió' á Toscanelli una 
carta v un pequeño globo, que servía de aclaración á sus 
teorías ', con el deseo de saber la opinio'n que merecía de 
aquel sabio. La respuesta no pudo ser más satisfactoria. 

DesjDucs de aplaudir el magnífico y noble pensamiento 
de CoLí'ix. le remitió' copia de una carta que con fecha 2'-, de 
Junio de 1474 había escrito á Fernán ALartíncz, cano'nigo de 
Lisboa , amigo y familiar del rey don Juan , sobre lo posible 
y íácil que, en su sentir, era encontrar el país de las especias, 
siguiendo el derrotero que Colón indicaba -. A la epístola 
acompañaba una Cüiiií de Navegación para ma\or aclaracio'n 
de sus afirmaciones: y apreciándolas debidamente el ilustre 
marino, estudiandcj las noticias que contenía, vt)lviü' á escri- 
bir á Toscanelli recibiendo nueva respuesta, con otro mapa, 



' Cof niezzo d'un Lorenzo Girardi, florentino, ch'era in Lisbona. //¿s- 
loric, cap. Vn, fol. 15. 

' En tres versiones distintas se conoce hoy el contenido de esta interesan- 
tísima epístola. En italiano lo publicó Alfonso de UUoa en el cap. XIII del 
libro Historie dell sigiior don Fernando Colombo. El te.xto español ha sido con- 
servado por el obispo Las Casas en %w Historia (tomo I, V^a O^)- Ll texto 
latino, que es el original, escrito de puño y letra del mismo Coi.óx, fué encon- 
trado el año 1860 por el celosísimo é inteligente bibliotecario de la Colombina, 
don José María Fernández de Velasco, en las guardas del libro titulado Historia 
rcnim ubique ,!^cstariim , de Eneas Silvio Piccolomini (ini])reso en \'enecia por 
Juan de Colonia y su compañero en 1477, folio menor, 105 hojas), que perte- 
neció á Cristóbal Colón y tiene numerosas notas marginales de su mano. En 
las Aclaraciones á este libro I, insertaremos los dos textos castellano y latino de 
esta importante epístola. (F) 



LIBRO l'RIMKRO. — CAPÍTULO III 



6l 



cu iiuc lo daba mavorcs sc,i;'uridadcs y le estimulaba á 
cmprentler el \iaje. (¡ran hori/oiite se descubrió á la vista 
perspicaz de Cristiuíal Colon eu esta correspondencia cien- 
tífica: porque Paulo ToscancUi apoyaba sus arL;umentos en 
la obra de Marco I'olo, }' describía con vivos colores toma- 
dos de la misma, el gran puerto de Zaiton, v su comercio 
de esj)ecias; la provincia de ^^lanqo y la fabulosa capital de 
Katav. residencia casi constante del Ciran Kan. También 
consignaba el cosmógrafo de Florencia las medidas de la 
circunferencia del globo, dividida en espacios de ciento 
cincuenta millas, según el sistema de Ptolomeo. que dismi- 
nuyendo las distancias, presentaba mayor facilidad á la 
realización del atrevido proyecto. 

Animado con la aprobación de Toscanelli. robustecida 
su conviccio'n con el estudio de la obra de Marco Polo, que 
desde entonces fue' parte integrante de sus especulaciones, 
A'olvid la A'ista á los extremos del mundo conocido 3' se 
propuso visitarlos , por tener completa nocio'n de cuanto 
hasta entonces se había navegado, y sacar deducciones para 
demostracio'n de sus teorías. 

Porque estudiando los capítulos en que don Fernando 
Colon señala v expone las razones que movieron á su padre 
á intentar el descubrimiento y á llevar á su ánimo la convic- 
cio'n de que en Tos mares de Occidente había tierras no 
conocidas, v podía llegarse por ellas al extremo de la India. 
o' sea hasta los dominios del Gran Kan ; recapitulando 
cuanto acerca del mismo objeto consigna extensamente el 
obispo Las Casas , y reduciéndolo á breve suma . para no 
volver á repetir lo que está 3'a dicho en todas las biografías 
de CoLÓx, A'emos que todos los argumentos pueden redu- 
cirse á tres grupos: razones de ciencia; razones de induccio'n; 
indicios V señales o' sean razones de experiencia. Itn las 
primeras están las autoridades de filo'sofos. historiadores y 
Santos Padres, comprendiendo á Plinio, Julio Solino, el 
cardenal Pedro Aliaco, San Gregorio, San Anselmo, Alberto 




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62 



CRISTÓBAL COLÓN 



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el Magno y otros muchos, de tocios los cuales, en su infa- 
tigable lectura . sacaba Colón cuantas indicaciones encon- 
traba acerca de la parte desconocida del globo. Entre los 
argumentos del segundo grupo acumulaba las noticias de 
fabulosas comarcas , islas maravillosas , y todas las narra- 
ciones c[ue corrían escritas en autores antiguos de celebri- 
dad, como la Atíáutida de Platón, o' simplemente como 
fantásticas creaciones, entreteniendo la curiosidad del vulgo, 
como las referentes á la isíú de Siíii Brandan y la de las 
snic ciudades. En el último, que no era por cierto al que 
consagraba menor atcncio'n, iba reuniendo cuantas indicacio- 
nes llegaban á sus oídos y pudieran aumentar las probabili- 
dades de la existencia de tierras desconocidas al Occidente. 
Entre éstas ocupaban lugar preferente las c[ue procedían de 
los habitantes de las islas de Madera. Cabo Verde o' las 
Azores , por ser lo más occidental del mundo entonces 
conocido, y cj^ue debía formar punto de partida en los 
sucesivos descubrimientos. 

Los argumentos de ciencia v de induccio'n se aumen- 
taban cada día con el estudio profundo á que Cristób.vl 
Colón se había consagrado y las doctrinas de los sabios geo'- 
grafos , astro'nomos v marinos , cuvas opiniones procuraba 
saber. Para reunir más caudal de indicios y conocer ma3Xir 
número de hechos, se fijaba en los detalles más insignifican- 
tes de los muchos que oía de los mismos c[ue los referían, v 
para aquilatar la certeza de varias noticias que llegaban des- 
figuradas o' dudosas, se decidió' á comprobar por su expe- 
riencia propia aquellas narraciones, AÚsitando los países más 
distantes entre sí, ampliando á la par 3- de una manera 
segura el círculo de su observacio'n. 

El único tiempo c[ue, al parecer, falto' de Lisboa en 
los cinco primeros años de su residencia en Portugal, fué 
el que invirtió' en visitar la isla de Puerto Santo; viaje que 
probaljlemente hizo muy poco dcsjDués de haber contraído 
matrimnnio. en compañía de su esposa, según dejamos dicho 



LIBRO PRIMERO.— CAPITULO III 



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anteriormente . y que no fué ]ier(li<lo para sus trabajos, 
pues de allí trajo notieia de al^unus heehos muy impor- 
tantes, que le comunieu el j^oliernador de la isla, Pedro 
Correa, y que parece fueron de grande interés en sus 
planes, auncjuc no tanto como se ha siynificado por algunos 
bio'grafos. 




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Cristóbal Colón, t. i. — 9. 



66 



CRISTÓBAL COLÓN 





Un año, o poco más después de su casamiento, bendijo 
Dios el matrimonio de Colón, dándole un hijo que recibió' 
en las fuentes bautismales el nombre de Diego, y que 
estaba destinado á sucederle en su cargo, títulos y hono- 
res. Dice Las Casas que le engendro en Puerto Santo; 
pero no expresa que allí naciera, ni hay dato alguno que 
lo compruebe. En opinio'n de los más concienzudos crí- 
ticos, Don Diego a'Ío' la primera luz en Lisboa en el 
año 1476, y esta fecha se iustifica por la edad C[ue debía 
tener cuando llego' con su padre al monasterio franciscano 
de Santa María de la Rábida, pues era entonces niño de 
siete á ocho años, y por la que contaba á su fallecimiento 
en la Puebla de jMontalván en .?3 de Febrero de i5-'6, 
que según la opinio'n de Washington Irving, era de más 
de cincuenta años. 

Cinco, por lo menos, llevaba de estudios y comproba- 
ciones, de meditacio'n 3^ cálculos Cristób.vl Colón, v llegan- 
do á su conocimiento el rumor de muchas noticias que se 
relacionaban con sus hipo'tesis, se decidid! á emprender 
viajes más largos que los C|ue hasta entonces había hecho 
á Puerto Santo v á las Azores. 

No nos atreveremos á asegurar que hubieran llegado á 
Lisboa, y hasta á los oídos de Colón, nuevas de los des- 
cubrimientos que se decían hechos por los escandinavos 
en el siglo xi, los viajes de Torphin y de Eric el Rojo, ni 
la existencia de sus Sagas o' narraciones en el monasterio 
de la isla de Fíate}'. Es evidente que no tenía ni remota 
idea de esos hechos, 3^ que fueron otros los motivos tpie le 
impulsaron á dejar por algunos meses su familia \- flirigirse 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO IV 



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á los mares del Norte '. Ni en la direccio'n. ni en la fecha 
de este viaje, cabe duda alguna, pues las consigna el mismo 
Almirante en un trabajo que poseyó' original su hijo, des- 
tinado á probar que las cinco zonas son habitables. 

«Yo navegué el año cuatrocientos y setenta y siete, en 
el mes de Febrero: ultra Tile isla, cien leguas, cuya parte 
austral dista del equinoccial 73° y no 63°, como algunos 
dicen. 3- no está dentro de la línea que incluye el Occidente, 
como dice Tolomeo. sino mucho más occidental, \ á esta 
isla . que es tan grande como Inglaterra , van los ingleses 
con mercaderías , especialmente los de Bristol , y al tiempo 
c|ue vo á ella fui no estaba congelado el mar. aunque había 
grandísimas mareas, tanto que en algunas partes dos veces 
al día subía 1^ brazas v descendía otras tantas en altura.» 

Esta curiosísima noticia demuestra cuan detenidas )' 
exactas eran las observaciones que Colón iba haciendo en 
sus viajes. La rectificacio'n de los grados está hecha con la 
maj'or escrupulosidad: 3' la novedad que apunta de no estar 
congelado el mar en aquella latitud en el mes de Febrero, 
se corrobora con un documento otorgado en Islandia en el 
mes de Marzo de aquel mismo año 1477, en el que se hizo 
notar en el Protocolo, 3^ sin duda para recordar más el año 
en que fué escrito, que en aquella fecha no había nieve 
alguna ^. 

No sabemos si á este viaje sucedieron otros de menor 
importancia . o torno' á su familia , estudios j negocios hasta 
que. como terminacio'n á ellos, emprendió' el último, á la 
costa de África, visitando la Guinea hasta el fuerte de San 
Jorge en la Mina, como lo dice en el mismo discurso de 
las cinco zonas en estos términos: 



• De esta misma opinión es el célebre historiador William Prescott que la 
robustece con sólidas razones en el capítulo XVI de la parte i." de su Historia 
de los Reyes Católicos. Madrid; Rivadeneyra, 1865. 

' Este documento fué publicado en el Barklcy Kenock's Icelaiiders. Lon- 
dres, 1854. 



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68 



CRISTÓBAL COLÓN 



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«Yo estuve en el Castillo de la }iíiiia. del ley de Por- 
tugal, que está debajo de la equinoccial, y ansí S03' buen 
testigo que no es inhabitable como dicen.» 

El fuerte de San Jorge fué mandado reedificar por el 
re}' don Juan ', que empezó' á reinar en el mes de Agosto 
de 14S1, 5' por consecuencia el viaje de Colón debió' ser 
^ niuy posterior á esta fecha. 

En el año 1482 tenía 3^a formado y completo su pro- 
3'ecto el infatigable genovés. Extendidos sus cálculos, com- 
probados eir todo lo c[ue era posible que lo fuesen , por sus 
observaciones y experiencia : estudiados y puestos en su 
debido aprecio los cuentos cj^ue figuraban en antiguas histo- 
rias . fué recogiendo cuantos indicios y señales de tierras 
ocultas en lejanos hemisferios daban entonces pábulo á la 
curiosidad de los que se dedicaban á las expediciones 
marítimas. Granelísimo cuidado ponía Cristób.vl Colón, 
para no confundir las ilusiones y la ficcio'n con los signos 
que pudieran traer alguna verdad . con lo que fuera cierto 
c hijo de la obserA^acio'n. Los datos justificados C[uedaban 
relacionados en sus apuntes como pruebas de palpable 
experiencia. 

Entre todas ocuparon lugar preferente las que encon- 
tró en los papeles del padre de su mujer doña Felipa, pues 
allí veía hechos de cu3-a veracidad no podía dudarse. El 
hijo del coliinizador de Puerto Santo había recogido en las 
pL'u-as de aquella isla, después de haber corrido muchos 
días gran \ lento ■ de occidente, un grueso madero labrado 
de ima manera particular y extraña . al parecer sin instru- 
mento de hierro: v lo c]ue es más notable todavía, había 
visto cañas muv g'ruesas, que en un canuto de ellas podrían 
"Xiif. ' aber tres azuml.ires de agua. Corría el rumor de que en 
las islas Azores, después de fuertes huracanes de poniente 
3' noroeste de extraordinaria violencia, habían sido arroja- 



Joan Barros: Jlisturia de Asia. — Década \, libro 111, < ap. L 



LIBRO PRIMERO.— CAPITULO IV 



69 



dos por las olas dos cad;ívcrcs, cuyos rostros en nada se 
parecían á los de los europeos, v también se habían recogido 
algunas almadías o' canoas que vinieron flotando en las 
aguas. En la isla de las Flores aseguraban haber visto 
muchas veces grandes troncos de pinos traídos, sin duda, de 
países lejanos, pues allí no existían, y mucho menos de tan 
colosales dimensiones. 

Tales hechos y otros muchos de relaciones de marineros, 
cuyos buques habían desviado de su rumbo las tempestades 
3^ habían creído descubrir tierras á lo lejos, hacia la parte 
de occidente, recapitula el cronista de Indias, Antonio de 
Herrera, copiándolos casi á la letra de la Historia del Padre 
Las Casas, diciendo que con ellos robustecía Dios las espe- 
ranzas ele Colón, para que se moviese á emprender la 
grandiosa obra del descubrimiento. 



II 



Cuando Cristóbal Colón crej-o' que nada podría aña- 
dir, ni en el terreno científico ni en el de la práctica, que 
diera ma3'ores visos de probabilidad á su atrevido proyecto. 
se resolvió' á solicitar el apoyo del rey de Portugal para 
pt)nerlo en ejecucio'n. No parece probable, dado el carácter 
emprendedor y activo de que los cronistas ¡portugueses 
presentan dotado á don Juan II . y su pasio'n por los descu- 
brimientos, que el ilustre genovés encontrara graves dificul- 
tades para acercarse al monarca; pero la misma magnitud 
de la empresa, su grandeza verdaderamente colosal, y su 
novedad, debieron hacer que el re}' se detuviera ante tan 
arriesgados planes; }' aunque mirándolos con amor, con la 
codicia de verdadero apasionado de la ciencia , hubo de 
tomarse tiempo para decidir, 3' aun se propuso escuchar la 





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CRISTÓBAL COLON 



opinión de doctos geo'grafos v navegantes expertos sobre las 
teorías que le exponía Cristóbal Colóx. 

La verdad es que Portugal había invertido durante 
tanto tiempo sus caudales en expediciones marítimas, v había 
logrado, hasta entonces, tan cortas ventajas de su colo- 
nizacio'n. que no puede extrañarse la cautela v precauciones 
con c|ue miraba don Juan II la aparicio'n de nuevos pro- 
yectos. 

Bien claramente se alcanza que no pareció' irrealizable, 
ni descabellado, ni quimérico el de Colón al ilustrado 
monarca; y que los razonamientos y demostraciones en que 
se apoyaba hicieron efecto en su íínimo, cuando acordó' 
someterlo al examen de jjersonas entendidas , ¡jara proceder 
con verdadero conocimiento. Según el obispo Las Casas, el 
cronista Antonio de Herrera. Washington Irving 3' otros 
historiadores, la junta nombrada por el rey se componía de 
tres individuos: maestre Joseph v maestre Rodrigo, médicos, 
que sabían de astronomía y cosmografía, 3^ el doctor don 
Diego Ortiz Calzadilla. obispo de Ceuta y confesor de don 
Juan. Pero si atendemos á que, según los historiadores 
portugueses, parecen ser dos personas distintas don L)iego 
Ortiz Castellano, obispo de Ceuta, y el licenciado Calzadilla, 
obispo de Viseo, tendremos que la junta se componía de 
cuatro individuos, todos merecedores, aunque por diversos 
títulos, de la conñanza real. 

Los médicos maestre Rodrigo 3^ maestre Joseph. judío 
este último 3^ encargado de la asistencia de don Juan, eran 
reputados por los más sabios cosmógrafos del reino, 3' 
habían facilitado, en unión con Martín Behem. la ajílicacion 
del astrolabio á la navegacio'n. El doctor Calzadilla, español, 
natural de Calzadilla, en el Maestrazgo, era hombre mu3' 
docto y que á su gran reputacio'n científica había debido 
el ol)ispado de Viseo á pesar de ser castellano; v don Diego 
( )rtiz, el obispo de Ceuta, figuro muclio en aíiuella época, y 
el re3' acostumbraba á consultarle todos los asuntos por sus 



I.IIÍRO rRIMKRO.— CAPirUI.O IV 



71 



muchas letras v conocimientos matemáticos, además de su 
prudencia, piedad v buen juicio. 

Xo fué bien recibido el provecto de CoLÓx por tan 
calificados sujetos, v va fuese por un exceso de amor propio, 
pues los dos obispos habían informado favorablemente, v 
aconsejado la navegación á Oriente por camino contrario 
al que aquél indicaba, va fuera por otras razones, juzgaron 
que era irrealizable, v hasta lo llamaron insensato. 

Parece, sin embargo, que en el ánimo de don Juan II 
habían hecho más impresio'n los argumentos del marino C[ue 
las razones de sus cosmo'grafos ; porque no satisfecho con la 
decisio'n de éstos, convoco' el Consejo Supremo v le sometió' 
el examen de las proposiciones de Crist()B.\l Colón. Tam- 
poco fué favorable á los provectos de éste el fallo de la 
nueva consulta, cosa que no debe causar extrañeza, xr que la 
Asamblea, por su constitucio'n especial y por el número de 
vocales que la formaban , reunía menos condiciones que 
aquélla para comprender j apreciar la extensio'n de tan 
grandioso jDrovecto. A las consideraciones de la primera 
junta hubieron de añadir otras, encaminadas á demostrar lo 
excesivas que eran las exigencias de Colón, pues pedía 
títulos, preeminencias y recompensas que no creían posible 
le fuesen concedidas por la corona , además de costear todos 
los gastos de la expedicio'n. 

Bien pronto hubieron de conocer los cortesanos más 
allegados al re}' que á éste no le agradaba la repulsa que 
Colón recibía, ni mucho menos el abandonar definitiva- 
mente aquel proyecto grandioso, que si tenía mucho de 
atrevido }' hasta temerario, presentaba gran novedad y 
ofrecía inmensos 3' ventajosos resultados, caso de ser reali- 
zable. 

El obispo de Ceuta, don Diego Ortiz. entendió mejor 
(jue otros la disposicio'n de ánimo de don Juan; }• aunque en 
ambos Consejos había sostenido la opinio'n de que no era 
posible aceptar las proposiciones de Cristóbal Colón, busco' 



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CRISTÓBAL COLÓN 



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medio de lisonjear al rey dándole ocasión de no romper 
definitivamente las negociaciones. Le propuso que se entre- 
tuviera con dilaciones 5^ esperanzas al genovcs. para que no 
buscara protectores fuera del reino de Portugal. 3^ en tanto 
se realizara alguna exploración que pudiera dar luz sobre el 
acierto de las teorías sostenidas por aquél. 

En mal hora para su fama ovo' don Juan el consejo del 
astuto cortesano. Parece c[ue se pidieron ;'i Col(')\ algunos 
detalles más precisos; que se trazaron subrepticiamente 
cartas náuticas siguiendo sus indicaciones, y con el pretexto 
de enviar recursos de hombres y víveres á las islas de Cabo 
Verde, se hizo al mar ima carabela con instrucciones de 
caminar hacia Occidente hasta encontrar las tierras cuva 
existencia se sospechaba. No daríamos crédito á tal hecho, 
ni lo consignaríamos en este lugar, si no lo hubiéramos 
comprobado con el testimonio de historiadores contempo- 
ráneos ', y fortalecido con otros datos, que narran el viaje 
con todos sus pormenores; y porque en él se descubre la 
causa de muchos sucesos posteriores, que indudablemente 
fueron sus consecuencias. 

El conocido 3' docto literato portugués don Ignacio 
de Vilhena Barbosa, escribe sobre este punto, y con el pro- 
po'sito de apartar del monarca la odiosidad del hecho, lo 
siguiente: 

«Dizen algunos biographos cxtranjciros. c[ue, en quanto 
as juntas de cosmographos examinavam é discutiam os 
planes de Christováo Colombo. en í4''^4. entretendo-o com 
vanas esperan(;-as , largava do Tejo una caravella. per orden 
del Rci Don Joao II. com instruc^oes secretas para seguir a 
derrota indicada n'aquellas juntas per Colombo. á fin de Ihe 
roubar á gloria é o proveito da descoverta, c[u" elle intentava 
fazer. E acrescentam , que foi debido as tempestades o' mal 
logro desta empressa.» 



Herrera. Déc. I, cap. VIL — Las Casas. Lib. L cap. XVIII. 



I.IHRU l'RLMERO.— CAPITULO IV 



73 



))De balde procurei noticia ou qualque vestijio, que 
possam comprovar "ou ¡aelo menos fazer suspeitar, da veraci- 
dade de tal assercao. Porcm. admittindo á posibilidade da 
partida da caravela com aquello intento criminoso, poderá 
julgar-se que fosse empressa d' algum avcntureiro sem 
honra, aguilhoado pela cubic^a. Mais nunca por mandado 
de don Joíio II. Ouem conhecer bem á fundo o' carácter 
deste soberano, é o modo porque praticou con Cadamosto, é 
outros navegadores célebres, que vieram á o seu reino, nao 
Ihe ha de imputar tao vil ac(;-ao. O procedimento que elle 
teve no cometo do seu reinado, com os Duques de Bragan(,a 
e de Vizeu . durante a tremenda lucta que se viu obrigado á 
sustentar contra á nobre(;'a, nao authoriza, certamente. 
aquella imputacao. Alem d' isso, se fora elle o' author de 
semelhante tentativa, teria insistido, com' era proprio do seu 
carácter. Teve para isso muitos annos diante de si, antes 
que Colombo partisse para a viajem da descoverta d" Amé- 
rica.» 

La defensa, aunque débil, está noblemente emprendida, 
está bien hecha : por más que no pudiendo o' no queriendo 
negar la verdad, se admite, en hipo'tesis, la posibilidad de 
la salida de la carabela , poniéndola á la cuenta de un aven- 
turero sin conciencia. Y aunque desde luego ocurriría pre- 
guntar: — ¿Por do'nde obtuvo ese aventurero la comunicacio'n 
de los pro}'ectos de Colón, y la indicacio'n de la derrota c[ue 
debía seguirse, si no lo dijeron los del Consejo? — todavía 
podemos ir más lejos, porque el vestigio que el docto histo- 
riador echaba de menos, lo encontraremos mu}- claro en las 
manifestaciones de algunos de los testigos que fueron exami- 
nados en el pleito seguido entre el segundo almirante don 
Diego Colo'n }• el fiscal del re}' ' , ya que declararon haber 
conocido á un marinero nombrado Pero Vázquez de la 



1 






1 









' Archivo general de Indias. — Patrón. Est. i, caj. i, leg. 4. — Colón y 
Pinzón, por don Cesáreo Fernández Duro, págs. 73 y 74. 

Cristóbal Colón, t. i.— 10. 




74 



CRISTÓBAL COLON 




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Frontera, a que cni Ijoiiihrc muy sabio cu el arte de la mar, 
é hahia ido iiini ■i'e:^ i'i hacer el dicho dcsciibrimieiilo con un 
infante de Porlngal.» P^sto dijeron Alonso Vélez Allid x 
Fernando \\'ilicnte. testigos presenciales, añadiendo que el 
A'ázquez decía que la causa principal de haberse vuelto fue 
el terror que les infundieron las primeras hierbas del mar de 
sargazo; pues imbuidos los marineros en las falsas ideas, 
cjue entonces eran generales. cre3'eron que la cmbarcacio'n 
encallaría en acjuellas verduras . faltando el agua para nave- 
gar, y allí perecerían todos tristemente. 

La carabela salió' del Tajo, y llevaba ordenes para 
emprender inia exploracio'n por camino contrario á las ante- 
riores navegaciones de los portugueses. Flasta puede decirse 
que tuvo señalado, en cuanto era posible, el rumbo, con- 
forme á las manifestaciones más o' menos explícitas que 
hubiera hecho Cristóbal Colón, pues siguiéndolas fueron á 
dar en el mar de sargazo, que se encontraba en aquella 
direccio'n. 

Sucedió lo que podía esperarse en una empresa que 
bajo tan malos auspicios comenzaba. Los hombres que 
tripularon el buque sabían que se les enviaba á un viaje 
calificado desfavorablemente jDor los más entendidos cosmo'- 
grafos y tenido j^or peligrosísimo c irrealizable por toda 
clase de personas, y esto era muy suficiente causa jíara 
hacerlos recelosos 3' cortar sus bríos, despertando justificados 
temores. Les faltaba la fe, el entusiasmo de la conviccio'n; 
no abrigaban el deseo de hacer triunfar un ideal; no sentían 
el noble estímulo de los mártires de la ciencia. ¡Qué dife- 
rencia entre ellos 3' el inmortal Col('>\! Fste, elevado en sus 
jiensamicntos, firme en su decisio'n, se disponía á sacrificarse 
por una idea en lieneficio de la religio'n y de la humanidad; 
ni le ati'morizaban borrascas, ni le imponía lo descono- 
cido: aciucllos, amedrentados al primer contratiempo, vol- 
A'icron las proas hacia tierra \ tornaron á Lisboa, descora- 
zonados 3' dando horrorosas proporciones á los peligros 



LIBRO PRIMERO.— CAPITULO IV 



75 



que habían arrostrado. cnq-oltVindosc en una extrusión de 
mar que no tenía tin v en la que no se descubría tierra 
alguna. 

Parece que. efectivamente, en el viaje de vuelta habían 
corrido una tormenta, encontrándose á distancia de las islas 
de Cabo \'erde. que les rompió' el velamen, les obligo' á 
cortar los mástiles v les puso en peligro de perderse, }• en 
tal estado volvieron al puerto de Lisboa, donde muv luego 
se hizo pública la noticia del desengaño sufrido, corriendo 
de boca en boca aumentada con graves circunstancias : tal 
vez añadidas por el miedo, o' quizá puestas de proposito 
para disculpar la rápida vuelta. 

Había podido ocultarse á la honradez de Cristóbal 
CoLÓX la noticia de la salida de la carabela, porque su 
buena fe no sospechaba la perfidia en los demás; pero los 
rumores del regreso de la derrotada expedicio'n llegaron á 
sus oídos, al mismo tiempo que los cargos que á su provecto 
se hacían, porque con sus ensueños v visiones había expuesto 
la A'ida de los mejores marineros lusitanos. 

Era el carácter de CoL(')X tan bondadoso }' noble como 
resuelto, constante c irascible, v al tener la certeza de que se 
le había querido burlar, decidió romper desde luego toda 
rclacio'n con aquella corte que así patrocinaba el engaño. 
Después de meditar con calma v tranquilidad el estado de 
sus asuntos, trato' largamente con su hermano Bartolomé, 
único de^Dositario de su confianza, la resolucio'n que con- 
venía tomar en caso tan grave, v en consecuencia decidieron 
que éste fuera á Inglaterra á exponer en aquella corte el 
pro3'ecto y pedir ayuda, y que Cristóbal saliera para 
España con objeto de hacer igual proposicio'n á los Re3es 
Cato'licos. 

Mucho debieron meditar los dos hermanos antes de 
resolverse á dar este paso; que no era cosa tan fácil y hace- 
dera el salir ambos de Portugal , después del hecho consu- 
mado por la corte, sin que en ella se comentara de una 




76 



CRISTÓBAL COLÓN 



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manera desfavorable, y aun tratara de impedirse tal resolu- 
ción, que envolvía una abierta censura de aquel acto de 
deslealtad. El re}' don Juan no quería renunciar á toda 
esj^eranza de entenderse con Crist(')Bal Coli'ix, y ciertamente 
no le hubiera dejado salir con facilidad de su reino; y como 
el carácter del monarca no era para tranc[uilizar á nadie 
acerca de sus procedimientos, y desde los principios de su 
reinado se había hecho notar por resoluciones harto vio- 
lentas contra importantes personajes ', se comj^rende mu}' 
bien que Bartolomé se embarcara en el puerto de Lisboa con 
rumbo á Inglaterra, y Cristóbal se dirigiera con la mayor 
indiferencia, al parecer, hacia uno de los pueblos más 
cercanos á la línea española . con intento de aprovechar 
una ocasio'n propicia de atravesar la frontera sin que se le 
pusiese imjDedimento. 

No es probable, ni se justifica de manera alguna, el 
ofrecimiento que en esta ocasio'n se supone hiciera á la 
República de Genova. Su salida de Portugal fué por tierra 
al comenzar el invierno del año 14S4. Iba con cautelosa 
precaucio'n, temiendo ser detenido; contaba con muy escasos 
recursos, y llevaba consigo un niño de siete á ocho años de 
edad, circunstancias todas que alejan la idea de un largo 
viaje, y dan carácter de indudable al aserto del P. Las 
Casas de que desde Portugal se dirigió' al puerto de Palos. 

Su misio'n allí había concluido. El re}' don Juan no era 
el llamado por la Providencia divina para coronarse con la 
gloria del descubrimiento, y desde aquel instante los herma- 
nos Bartolomé y Cristóbal Colón ponían sus esperanzas en 
los poderosos monarcas de Inglaterra y de España. 

Portugal continuaría sus exploraciones por la costa 



' «Ansí que ó pae morreu, don Joan II convocou cortes (1482) é mostrou 
quen era... O Duque (el de Braganza) foí degollado publicamente no recio de 
Evora (1483) despois d'un simulacro de proceso... Effectivamente en taes 
causas os procesos saon apenas formulas. • — Historia de Portugal , por J. P. Oli- 
veira Martins. — Lisboa. — Livraria Bertrand, 1882. — 'lomo I, págs. 194 y 195 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO IV 



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africana: pero á otra nacio'n reservaba Dios am¡)liar la esfera 
de los descubrimientos por vía más difícil: dar noticia de un 
nuevo continente: abrir á la navegacio'n \ al comercio hori- 
zontes desconocidos, v facilitar, con el conocimiento de todos 
los países habitados, la civilizacio'n de la humanidad. 

Esa gloria era para Cristijbal Colón, para doña Isa- 
bel I de Castilla v para la nacio'n española. 



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CAPITULO V 



I. Primeros pasos de Colón en España. El monasterio de la Rábida. 
— II. Favorecedores y adversarios de los proyectos de Cristó- 
bal Colón. — III. Ojeada sobre el estado de España. Doña 
Isabel I y don Fernando V. — IV. CRISTÓBAL CoLÓN en pre- 
sencia de los Reyes Católicos. Examen de su proyecto en Cór- 
doba. 










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CRISTÓBAL COLON 






Temeroso Cristóbal Coló\ de que el rev don Juan lo 
mandara detener, como sin duda lo hubiera hecho de sospe- 
char los mo'viles de su partida, tomando de la mano á su 
hijo Diego, niño de siete á ocho años de edad, salio'se de 
Portugal lo más secretamente que pudo, v caminando á pie. 
como dicho queda anteriormente, penetro' en España, diri- 
giéndose á la A'illa de Palos o' á la de Moguer, donde habi- 
taba un cuñado su3'o, que había por apellido Muliarte , casado 
con una hermana de la difunta doña Felipa Muñiz. 

Sucedía esto al finalizar el año 1484. El invierno 
comenzaba duro, frío 3' lluvioso: el camino era largo; las 
fuerzas del niño pocas. Acaso en más de una ocasio'n tomo'le 
su padre en brazos para acallarle y disminuirle las molestias 
del viaje, que se hacía de cada vez más jDcnoso jDor el frío y 
el cansancio, 3' porque Colón no llevaba la direccio'n muy 
segura, por ser aquella la vez primera que pisaba aquellos 
parajes. Vacilo', pues, temiendo extraviarse; pero saco'le al 
cabo de su perplejidad, volviéndole la confianza al corazo'n, el 
descul^rir, no lejos de su ruta, sobre la colina que á su frente 
se levantaba, y como faro de consuelo señalándole puerto 
seguro, la pequeña torre de un humilde monasterio que le 
ofrecía lugar cierto de descanso por algunas horas. Torció', 
pues, el viajero su camino, y empezó' á subir el montecillo. 

El terreno es agreste, accidentado y pedregoso, y la 
ascensio'n no tiene nada de agradable: ^^or esta causa, y por 
dar algún reposo á la fatiga del niño, fué á sentarse Cris- 
TÓi!.\L Colón en las gradas de una cruz de piedra que á 
corta distancia de la puerta del convento se alzaba, y que 
está de pie todavía, para recordar aquel momento subli- 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO V 



me V conservar la memoria de aquel hecho á través de los \wr 
siglos V de las yencraciones. 

Sentóse el niño al lado de su padre, dejo' caer su gra- 
ciosa cabeza sobre el muslo de éste, v aprovechando aquellos 
breves momentos de tranquilidad, levanto' los ojos CoL(Jx y 
se ocupo' en contemplar el silenciuso monasterio, para él 
enteramente desconocido. Era una fábrica de arquitectura 
go'tica. sencilla, pobre, cuva severidad de líneas correspondía 
perfectamente á su destino religioso. A la j^arte de la 
izquierda corría una tapia baja, y por detrás de ella sobre- 
salían las copas de robustos árboles, entre los que destacaban 
sus tristes v uniformes siluetas algunos enhiestos cipreses. 
cuva vista dejo' suspenso el ánimo del espectador, que no 
sabía resolver si contemplaba un jardín o' un cementerio. En el 
centro veíase la puerta formada por gruesos baquetones, y á 
la derecha se descubrían las ventanas ojivales del templo, de 
cuvo centro se desprendía una tenue claridad. 3' el acomj^a- 
sado rumor de las preces que entonaban á coro los religiosos. H 

Tocar los viajeros en la portería, y ser recibidos con 
amor v benevolencia, obra fué de un solo instante. El niño 
tuvo en seguida un buen pedazo de pan tierno que unir á los 
alimentos que su padre le iba dando de la escasa provisio'n 
que en la bolsa llevaba : v mientras Cristób.vl Col<)X miraba 
con ternura á su hijo saciando el hambre y la sed. hubo de 
pasar por el claustro un monje franciscano, joven, de elevada 
estatura, frente desembarazada, ojos vivos y distinguido 
porte, á quien llamo' la atencio'n la figura del forastero. Se 
detuvo á contemplarle de lejos, y encontrando alguna cosa 
extraordinaria en sus modales, prendado de la gracia infan- 
til del niño, y admirándole también, sin duda alguna, 
varios objetos que había sacado aquél del zurro'n. para buscar 
la comida de su hijo, se acerco' á ellos lenta, aunque afectuo- 
samente, y procuro' informarse de las causas que al convento 
les habían conducido, estando aquél fuera de todo camino, y 
sin ser direccio'n para pueblo alguno. 

Cristóbal Colón, t. i. — 11. 





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82 



CRISTÓBAL COLON 




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Era el fraile un buen ílstri)lo^o, v se llamaba jriiv .-Antonio 
de Múi'chcilú. Su conversación cun el ilustre nenovés fué de 
inmenso interés v de verdadera trascendencia para España y 
para la humanidad entera. 

El monje, sencillo cuanto ilustrado. i)iadoso v sabio al 
mismo tiempo, informo' al huésped de la historia del con- 
vento franciscano á cu3'as puertas le había conducido la 
Providencia por desusados caminos, y del origen de la advo- 
cacio'n de Santa ALiría de la Rábida, con que era conocido: 
escucho' absorto las alusiones que Colón dejo' escapar sobre 
su vida, viajes y pro3'ectos, así como las relativas á los 
graves disgustos que le alejaban de Portugal; admiro' al 
visionario, comprendió' su genio, le animo en el designio de 
presentar á los Rej'es Cato'licos los grandiosos pensamientos 
en que meditaba, 3^ se coi¡fonii¿) con sn parecer, en la seguridad 
del descubrimiento. Allí se abrieron al marino nuevos y 
desconocidos horizontes, que aumentaban la importancia de 
sus esperadas conc[UÍstas. Vio' sometidas al imperio de la 
cruz vastísimas é ignoradas regiones : extendida la religión 
por todos los ámbitos del orbe: mejoradas las costumbres: 
rescatados los Santos Lugares del ¡Doder de los infieles... 
La palabra evangélica át jntv Antonio de Marcheiui fortalecía 
V animaba á Cristóbal Colón. El cuadro que represente 
aquella importantísima conferencia: aquel primer paso de 
Colón en España, simbolizará de una manera tan conmove- 
dora como perfecta, la ciencia apoyándose en la fe religiosa. 

Un grave inconveniente se ofrecía para las negocia- 
ciímes (jue el animoso genovés tenía que empezar desde 
luego, lugares que debía recorrer v dificultades que superar 
antes de presentarse á ios Re}'es. El niño Diego, cuya corta 
edad necesitaba amparo, a3uda y protección, para lo cual 
CoL(')N, viéndose desvalido, solo 3' en tierra extraña, buscaba 
aquel concuñado suyo avecindado en la villa de Palos, 
(|ue tal vez hal)ía de facilitarle también algunos recursos 
para continuar sus viajes 3' poder vivir en la corte, adonde 



LIBRO rRIMl':RO.— CAPITULO V 



83 



le llamaba el carácter de sus provectos. A todo ocurrió' la 
bondad del franciscano. El niño quedo' por entonces en el 
monasterio para concertar luego la manera de que pudiese 
A'ivir al lado de sus tíos: v el marino, desembarazado de 
aquel obstáculo, se puso en camino para Sevilla. 



II 



Apurada hubo de ser la situación del genovés insigne al 
encontrarse en la metro'poli de Andalucía. Confiaba, á no 
dudar, en la avuda de los numerosos compatriotas suyos 
establecidos en ella, como negociantes, como artistas, como 
banqueros . v abrigaba la es2Deranza de por su mediacio'n 
abrir camino á sus proyectos para que llegaran á ser cono- 
cidos de los Reyes. 

Pero el conseguirlo era entonces bastante difícil, v la 
protección C[ue buscaba tampoco era natural fuese tan pronta 
como su estado requería; por lo cual se dedico nuevamente 
el marino á trazar cartas, dibujar planos y vender libros 
impresos, ocupacio'n que era al par honrosa y lucrativa, y 
en la cual, sin duda, le conoció' el cura de los Palacios, pues 
escribió' que había sido incrcúdcr de libros de aliunpa en esta 
tierra de Audaliieia ■. 

Xo fué. sin embargo, muy duradera esta ocupacio'n. 
Por ella se relacionó bien pronto con personas doctas . entre 
las que no pueden dejar de mencionarse con la mayor 
seguridad, los hermanos Antonio y Alejandro Geraldini. 
que habían sido maestros de los Infantes, v de los cuales el 
menor fué después obispo de Santo Domingo, en la isla 
Española. Sevilla era entonces morada casi constante de los 



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' Historia de los Reyes Católicos , cap. CXVIII. 




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CRISTÓBAL COLÓN 



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Re3^es Católicos, v es muy probable que aquí se encontraran 
con frecuencia muchos de los personajes más inílu3"cntes en 
la corte; de manera que, mediante la protección de los 
Geraldini, pudo obtener Cristóbal Colón facilidad para 
presentarse á dos poderosos magnates, jefes de las casas más 
ilustres de España, don Enrique de Guzmán. duque de 
Medina Sidonia, y don Luis de la Cerda, duque de Medi- 
naceli. 

De lo que el primero de ellos hiciera, no se conserva 
noticia. Por el resultado puede venirse en conocimiento de 
que no alcanzo' á entender la importancia de los planes del 
navegante, ni le dispenso' favorable acogida; proceder C[ue 
Pedro Barrantes Maklonado, en sus Ilustraciones de la Casa 
de Niebla ', trata de disculpar con el desabrimiento con que 
el duque salió' de Sevilla por mandato de los Reyes Cato'licos, 
á fin de que terminaran de una vez los bandos que habían 
sostenido el marqués de Cádiz y el duque, turbando la tran- 
quilidad de la provincia y llenando de luto la capital con 
grave desprestigio del j)oder real, no habitando desde enton- 
ces en Sevilla ninguno de los rivales. Refiere Barrantes que 
Cristóbal Colón hizo su ofrecimiento al rey de Inglaterra, 
«suplicándole que lo enviase á descubrir é no dándole crédito 
desto, se vino á Portugal, é suplico lo mismo al rey de Por- 
tugal, donde teniendo por vano lo que decía no hicieron caso 
dello. E de allí vínose á Sevilla al duque de Medina don 
Henriquc de Guzman. é contándole el caso, é cj^uan á poca 
costa se podría conquistar aquella ysla tan rica de oro, 
estava determinado de enbiar á su costa una armada á 
descubrirla; pero como salió' de Sevilla desgraciado del Rey 
é de la Rcyna, dexo' el proposito que tenia de ocuparse en 
empresa 3'n(,'ierta. por lo cjual Xpoval Colon se fué á la 
Corte...» Resulta, por tanto, como cierto, aun aceptando lo 



' Novena parte, cap. III. Memorial li¡stór¡ií> español. — ,Madrid, Imprenta 
Nacional. — 185 — 18. — Tomo X, pág. 397. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO V 



85 



que dice el cronista de su casa, que el de Afedina Sidonia 
dejo como cosa dudosa el proj-ecto de Colón. 

Pero el. de Medinaceli ovo' con admiración sus expli- 
caciones; y aunque no podía dar completo crédito á tan 
atrevidos razonamientos, ni apreciar en todo su valor tan 
nuevas teorías , le hospedo' decorosa v dignamente en su 
casa: procuro' enterarse cuanto mejor pudo de las proba- 
bilidades del éxito; y cuando. sub3'ugado por la fe v la 
elocuencia de CoLÓx, se decidid á faA'orccerlo. comprendió' 
que la empresa era digna de la proteccio'n de los Monar- 
cas, por su magnitud 3' por los resultados que ofrecía 
en el porvenir, v escribió' á la reina doña Isabel, desde la 
A'illa de Rota, dándole cuenta de todo con encarecimiento 

V recomendacio'n. Contesto la Reina al duque agradecién- 
dole su fidelidad . v con encargo de que enviase á la corte al 
extranjero. 3' este fué el Acrdadero. el seguro camino que 
puso á Cristób.xl Colón en relación directa con la Reina 
Cato'lica, según se desprende de un documento indubitado, 
como que fué dirigido á la misma doña Isabel por el duque, 
por mediacio'n del cardenal don Pedro González de Mendoza, 
en 19 de Marzo de 1493, cuando se supo la vuelta de Colón 
de su primer viaje '. 

En esa carta se fijan varios datos importantes, que 
por estar consignados en ella son irrecusables. 3' se aclaran 
muchos puntos de los que han dado lugar á ma3'or con- 
fusio'n. por la inexactitud con que los refieren los historia- 
dores. — (( Xo sé si sabe vuestra Señoría, escribe el Duque, 
como 3'o tove en mi casa mucho tiempo á Cristo'bal Colomo, 
que se venía de Portogal . v se quería ir al Rev de Francia 
para que emprendiesse el ir á buscar las Indias con su favor 

V avuda; é vo lo quisiera probar v enviar desde el Puerto, 
que tenía buen aparejo, con tres o' cuatro carabelas, que no 
me demandaba más ; pero como vi que era esta empressa 






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' Xavarrete. — Colección de viajes, tomo II, doc. núm. XIV. 




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CRISTÓBAL COLÓN 



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para la Reina nuestra Señora, cscrchilo i'l su Altiva desde 
Rota, V respondióme que g'clo enviasse: yo gclo envié entonces, 
\ supliqué á su Alteza, pues 3'0 no lo quise tentar }• lo 
enderezaba para su servicio, que me mandase hazer merced y 
parte en ello, y cjue el carg'o y descargo deste negocio fuesse 
en el Puerto. Su A¡te:[a lo recibió, y lo dio en cargo á Alonso 
de Qiiintanilla, el qual me escribió' de su parte, que no tenia 
este negocio por muy cierto; pero que si se acetaze, que su 
Alteza me haría merced v daría parte en ello: y después 
de haberle bien examinado, acordó de enviarle á buscar las 
Indias. Puede haber ocho meses que partió, 5^ agora él es 
venido de vuelta á Lisbona. v ha hallado todo lo que bus- 
caba. A' muv complidamente. lo qual luego 3'0 supe, 3' por 
fazer saber tan buena nueva á su Alteza, gelo escribo con 
Xuarez. y le envío á suplicar me haga merced que yo pueda 
enviar cada año allá algunas carabelas mías. Suplico á 
vuestra Señoría me (¡uiera ayudar en ello, é gelo suplique 
de mi parte, pues á mi cabsa y por yo detenerle en mi casa 
dos años, y haberle enderezado á su servicio, se ha hallado 
tan grande cosa como esta. Y porque de todo informará 
mas largo Xuarez á vuestra Señoría, suplicóle le crea. 
Guarde nuestro Señor vra. Rma. persona como vuestra 
Señoría desea. De la mi villa de Cogolludo á diez y nueve 
de marzo ( i4()3). Las manos de vuestra Señoría besamos. — 
El Duque. )) 

El original de esta carta se conserva en el Archivo de 
Simancas, en el Registro perteneciente á documentos del 
reinado de don Fernando y doña Isabel . y sus frases son 
datos preciosos para la historia, poniéndolas en relación y 
comunicándolas con lo que anteriormente queda expuesto. 
De aquí se desprende que la Reina Cato'lica tuvo conoci- 
miento de la presencia de Crist(')H.\l Col''>x en Sevilla, y 
noticia de sus proA'Cctos antes de que se personase en la 
corte, por el du([ue de Mcdinaceli . v que éste lo envió' á 
Co'rdoba, cumpliendo un prece^Dto de su Soberana: así como 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO V 



87 



se conñrma l;i inmediata interveneitíii tle Alonso tle (Jiiinta- 
nilla. porque según la carta del duque, doña Isabel recibió' 
á Colón V lo dio cu Ciiroo al contador, quien desde luego 
cobro' afecto al genovés \- le presto' su apoyo, como más 
adelante hemos de ver. 

No se encuentra en las Memorias antiguas sevillanas, 
ni en los historiadores particulares de la ciudad, ni en 
archivos públicos o' privados, noticia auténtica de esta 
primera residencia de CoLiJx en Sevilla. Por desconocer la 
carta del duque de Medinaceli, o' no hacer la debida apli- 
cacio'n de su contenido, se había entendido mal el viaje del 
mismo á la corte y los pasos cj^ue diera desde su partida del 
convento de la Rábida, encontrando confusión y vaguedad 
en todo este período. 

Únicamente el cronista don Diego Ortiz de Zúñiga, que 
aunque escribió' cerca de dos siglos después, tuvo á la vista 
gran número de antecedentes y documentos, dice: «Estaba 
este insigne A-aro'n en Castilla y Andalucía. 5' lo más del 
tiempo en Sevilla desde el año de 14N4 '. » 

Con las cartas del duque de Medinaceli para frav Her- 
nando de Talavera, 3' para Alonso de Ouintanilla. 3' con las 
recomendaciones que sus paisanos Juan Berardi v los her- 
manos Geraldini le facilitaran, se dirigió' Colón á Co'rdoba. 
donde acababan de llegar los Re^^es que habían pasado parte 
del invierno en Alcalá de Henares -. Llego', según sus 
propias palabras, el 20 de Enero del año 148Ó, y com'o 
puede conjeturarse . sus primeras visitas fueron al confesor 
de la Reina, que desde luego le escucho' con estudiada 
reserva, y pareciéiidole dificultoso lo que proponía, fué dila- 
tando por mucho tiemj^o la audiencia que Colón solicitaba, 



' Anales eclesiásticos v seculares. — Madrid. Infanzón, 1677; pág. 404. 
Año 1489. 

' Memoria donde los Heves Don Fernando y Doña Isabel Católicos , que 
santa gloria hayan, estuvieron desde el año 146J. — M. S. de la Biblioteca Colom- 
bina. O. O. 225. — 38. 



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CRISTÓBAL COLON 



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hasta que parece que hubo de negar redondamente la exacti- 
tud de sus cíílculos v la posibilidad de llevar á feliz termino 
sus pro^'ectos. 

Entonces el marino se valió' de las otras recomciiilücioiics 
que de Sevillií Ilevaní; hablo' con Üuintanilla. que desempe- 
ñaba el importante cargo de Contador mavor, que desde el 
¡jrimer momento miro' con verdadera simpatía á CoL('iN. y si 
hemos de creer á un laborioso cronista '. le introdujo en la 
gracia del gran cardenal don Pedro González de Mendoza, 
al cual también agradaron sus razones , }- por mediacio'n de 
estos dos personajes se consiguió' la audiencia para C[ue los 
Rej^es Católicos fuesen informados de los grandes proyectos 
del genovés y descubrimientos que ¡sretendía realizar. 

La atmo'sfera favorable á Cristí'ibal Colúx empezó' en 
el momento de dar sus primeros pasos en España; el primer 
ra3'o de esperanza lucio' para él en el monasterio de la 
Rábida, salió' de los labios de un humilde religioso, y por 
las recomendaciones de fniy Antonio de Marchena y del 
duque de Medinaceli, fué escuchada su voz por la magná- 
nima reina doña Isabel. Pero, según observa acertadísima- 
mente un moderno escritor ^. esta narracio'n tan natural, si 
líien no se presta á dar á la historia de Colón un colorido 
dramático, un interés novelesco, en el estilo de Alfonso de 
Lamartine y del conde Rosselly de Lorgues, tiene la gran 
ventaja de presentar la noble figura del descubridor en toda 
su verdad histo'rica, haciendo conocer, 3' colocando en su 
lugar á los que le fueron contrarios v á los que le au.xiliaron 
en sus proyectos para honra y gloria de la nación. 

Porcjue conocidos los hechos, se notan desde luego las 
dos tendencias que en la corte predominaron, 3* que además 



' Crónica del gran cardenal de España, don Pedro González de Mendoza, 
por el doctor Pedro de Salazar y de Mendoza. — Toledo. Imprenta de doña María 
Ortiz de Saravia, mdcxxv, lib. I, cap. LXIl. 

' Colón en España, por Tomás Rodríguez Pinilla. — Madrid, sucesores de 
Rivadeneyra, 1884. 



LIBRO 1'RIM1:R0.— CAFirULO \' 



89 



de otras causas, que en seí^uida analizaremos, fueron motivos 
para las dilaciones que por espacio de siete años (1486-1492) 
sufrieron las instancias de Cülóx. 3' de su desigual fortuna. 

Frav Hernando de Talavera. que era hombre piadoso, 
((iiislniido V docto en las ciencias eclesiásticas, carecía de los 
conocimientos, extraños á la verdad á su profesio'n v carrera, 
que pudieran hacerle comprender la sublime teoría que se le 
recomendaba, v la juzgo irrealizable '.)) Y como era esclavo 
de su deber, v firme en sus convicciones, su opinio'n fué 
siempre de gran peso en los consejos de la Reina, cuva 
conciencia dirigía. Xo hubo en él animad versio'n al pro- 
vecto, ni mala voluntad hacia el marino: fué que, no alcan- 
zando su ciencia á comprender los cálculos de CoLÓx y 
encontrando en ellos algo que repugnaba á su conciencia, le 
cre3-o' un visionario, v por consiguiente no quiso prestar 
apoyo á sus planes. Por lo mismo que su posicio'n era tan 
alta y respetada, se constituyo' en centro de los que como él 
opinaban. 

Entre los que favorecían á Cristóbal Culóx, 3- sin 
desconocer lo arriesgado de la empresa, juzgaban que debían 
facilitársele los medios necesarios para intentarla, figuraron 
desde luego, en primer término, en la corte, el contador 
mayor de Castilla ^■ el cardenal don Pedro González de 
Mendoza. Era aquél hombre de la ma\'or confianza de los 
Reyes por sus relevantes jjrendas de carácter, y «en este 
caballero hallo' más parte é acogimiento Culúx que en 
hombre de toda España ^■.» el segundo, varcín dignísimo, de 
gran talento y prudencia . que desde la silla arzobispal de 
Sevilla fué ascendido á la primada de Toledo en 1483, y 
creado cardenal con el título de Santa María /// Domiiiicü, 
por el papa Sixto I\'. lo fué luego con el de San Jorge. 



Historia general de España, por don Modesto Lafuente. Parte 2.", 
lib. ly, cap. IX. 

* Gonzalo f'ernández de Oviedo. — Historia general. Tomo I, lib. II, capí- 
tulo y. 



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Cristóbal Colón, t. i. — 12. 



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CRISTÓBAL COLÓiN 











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y finalmente con el de la Santa Cruz de Jcrusalén. Enri- 
que IV mando que se le llamase simplemente el Cardenal de 
España '. 

A éstos se fueron reuniendo sucesivamente. }• desde que 
Colí'jN fué recibido por la Reina y explano' su pensamiento, 
muchos personajes importantes, entusiasmados los unos por 
el engrandecimiento que del viaje directo á las Indias podía 
obtener la monarquía, movidos los otros por el interés 
religioso y propagación de la fe entre pueblos ido'latras: 
creja^ndo éstos que habían de reportar á España grandes 
riquezas los descubrimientos; guiados aquéllos por el interés 
de la novedad }' subyugados por la elocuente palabra de 
Colón. Pero las dificultades eran muchas, y en ciertos 
momentos aparecieron insuperables. 



III 



Xü era. en verdad, la ocasiun más oportuna para 
brindar á los Revés Cato'licos con empresas grandes v 
aventuradas, aquella en que puso el pie en España el geno- 
vés inmortal. Después de los laboriosos jírincipios de su 
ix'inado. hal^iendo conseguido vencer ^■ llevar á feliz término 
la guerra de Portugal, larga ^■ trabajosamente proseguida: 
después de haber consolidado la paz interior, llevando el 
orden á todas las esferas, reprimiendo el bantlolerisnn). 
poniendo fin á los bandos de las casas poderosas, que tantas 
turl)ulencias y trastornos hal)ían producido, teniendo vn 
continua alarma á los pueblos más imiJortantes. y mante- 
niendo en constante desorden comarcas enteras, llegando al 



Ilistvria de ¡a ciudad de Toledo, sus claros varones y vioiiuinentos , por 
don Antonio Martin C ¡amero. — Toledo, López Fando, i8Ó2. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO V 



9í 



extremo de correr verdaderamente la sangre dentro de las 
ciudades, como sucedi(> en Sevilla luchando Pnnces y Cjuz- 
manes: los Revés habían vuelto la vista á las hermosas 
provincias dominadas todavía ]3or los moros, v se habían 
propuesto reducirlas á los menores límites que les fuera 
posible, o' concluir por entero con su dominacio'n, si á tanto 
les avudaba Dios v alcanzaban sus fuerzas. 

Los recursos se habían agotado muchas veces, teniendo 
necesidad de acudir, para sostener las obligaciones del 
Estado, v cubrir las atenciones del numeroso ejército que 
tenían en movimiento, á pignorar la plata de las iglesias, 
como se empeñaron también en épocas de mayor apuro las 
alhajas de la corona. 

La guerra contra los moros había empezado bajo felices 
auspicios: pero á la conquista de Alhama. de grande impor- 
tancia v verdadera gloria, había sucedido, como para excitar 
mavor celo v poner sobre aviso á los cristianos, la malo- 
grada empresa sobre Loja. cuyo sitio no se j)udo continuar. 
V el horroroso desastre de la Ajarquía, donde pereció' la flor 
de la nobleza andaluza; triste página que no basto' á com- 
pensar ni á borrar de la memoria la rota de Baena y la 
prisio'n de Boabdil. 

Entonces la reina doña Isabel, irritada por la desgracia 
de tantos ilustres cal^alleros. v enardecida por el entusiasmo 
de la fe religiosa v por la santa indignacio'n del amor 
patrio, hizo á Dios la promesa, v se impuso á sí misma el 
voto, de acabar de una vez con el imperio délos musulmanes, 
aun á costa de los mavores sacrificios. Y es necesario for- 
marse idea completa del carácter excepcional de aquella gran 
Reina, en que se fundían por igual la dulzura y la firmeza; 
conocer el entusiasmo que su presencia causaba ; la confianza 
y ardimiento que infundía en los corazones, para compren- 
der la importancia de su resolución. Habiendo sido tan 
grande la influencia del carácter y de los sentimientos de 
doña Isabel I en el descubrimiento de las Indias, v en todos 




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CRISTÓBAL COLON 




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los sucesos de la vida de Cristóbal Colóx. desde que entro 
en el territorio de España hasta su muerte, no parecerá 
f)CÍoso ni excusado que procuremos trazar un perfil completo 
de aquella gran figura histo'rica. una de las más interesantes. 
si no es la mayor de todas, pero ciertamente la más simpá- 
tica, la más 23ura entre las que ofrece la historia de nuestra 
España. 

I^ra doña Isabel de estatura poco más que mediana, de 
Inrmas redondas, pero finas y esbeltas; muy blanca y de 
cutis sonrosado: con los ojos grandes, rasgados, de color 
axul V expresión muy dulce; la boca pequeña, los cabellos 
abundantes y sedosos de un color castaño claro que se apro- 
ximaba á rubio: y en el conjunto del rostro se advertía 
tanta regularidad, tanta modestia, una gracia tan suave y 
apacible que cautivaba á cuantos la veían. En su palabra se 
unían admirablemente, como en todas sus acciones, la digni- 
dad y la dulzura. 

Bellísimo era el conjunto de su jjersona; pero las cuali- 
dades morales sujoeraban á las físicas, y eran una luz ]Hirí- 
sima que ilustraba todos sus actos y se extendía sobre 
cuanto de ella emanaba. 

Los escritores contemporáneos c|ue ¡pudieron conocerla 
y tratarla, no saben contener su entusiasmo, que era por 
demás justificado. ¥A ingenuo \' verídico cronista l]ernáldcz 
termina su retrato con estas frases: «Fué mujer esforzadí- 
sima, muy ¡poderosa, prudentísima, sabia, honestísima, 
casta, devota, discreta, cristianísima, clara sin engaño, 
muy buena casada, leal y verdadera, y sujeta á su marido, 
muy amiga de los buenos y buenas, ansí religiosos como 
seglares, limosnera, edificadora de templos, monasterios é 
iglesias. Secunda Elisdbct coiilinciilis, fué muv leroz v enemiga 
de los malos é de las malas mujei-es.» 

1 ales eran y tan relevantes sus dotes como mujer': sus 
cualidades como Reina no creemos han sido igualadas; 
ningún monarca las ha reunido tan com])letas ni en grado 



LIBRO rklMF.RO.-CArÍTULO V 



93 



tan heroico. Animada de un elevado sentimiento de justicia. 
amante de la verdad, con entendimiento claro v rectitud 
para resolver, v con inquebrantable firmeza para llevar 
adelante lo que juzgaba bueno, ponía en todos sus actos el 
sello de una piedad sincera, de un amor á su pueblo que 
jamás daba al olvido, v de una grandeza de alma que nunca 
se desmintió' en ninguno de los actos de su vida. Era firme 
en sus propo'sitos, y los llevaba á ejecución con dignidad. 
sin que los obstáculos alterasen la fortaleza de su ánimo. 
Y sobre tantas prendas inapreciables . la bondad v la virtud 
de la Reina, su modestia v afabilidad caían como un manto 
riquísimo, v la hacían querida en la familia, respetada en la 
corte 3' popular entre todas las clases sociales. 

Conformes con el carácter severo v moderado de la 
Reina estaban las costumbres de la nobleza, señaladamente 
de la que asistía á los soberanos: pareciendo imposible al 
que lee las cro'nicas v memorias del reinado de Enrique lY . 
que en tan breve espacio de tiempo, v sin violencia alguna. 
al parecer, se hubiera verificado cambio tan radical v pro- 
fundo, por la influencia v prestigio de un carácter superior. 

Más reservado v calculador, auncpie dotado de gran 
talento, sagacidad v penetracio'n el rev don Fernando, era 
un político de trascendentales miras, frío á veces, á veces 
magnánimo, cuyo carácter no tenía notas salientes ni color 
definido, porque sabía mostrarlo según lo exigían las necesi- 
dades del momento. Sencillo en sus costumbres, piadoso sin 
afectacio'n, despachaba ¡Dor sí los asuntos más arduos, medi- 
taba las cuestiones más difíciles sin influencias extrañas, y el 
mismo orden c|ue seguían las ideas en su cerebro se refleja- 
ba en todo cuanto disponía para la gobernacio'n del Estado. 

Xo escribimos el glorioso reinado de estos célebres 
monarcas, ni trazamos más rasgos de sus caracteres que 
aquellos que bastan para esclarecer las relaciones de Cristó- 
bal CoLÓx con la corte de España, antes y después del 
descubrimiento de las Indias Occidentales. Don Fernando 



94 



CRISTÓBAL COLÓN 



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era un político astuto, un hábil diplomático, un talento 
profundo: para ser un gran Rey necesitaban sus decisiones 
fie la dulzura, de la templanza que le comunicaba el carácter 
de la Reina, y del feliz consorcio de aquellas voluntades, de 
la unio'n de las eminentes condiciones de ambos, se produjo 
el engrandecimiento de la nación, y el reinado de mayor 
importancia 3^ de carácter más genuino 3' legítimamente 
esj^añol entre todos los que registra nuestra historia. 



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/Qué pincel o' qué pluma serán capaces de pintar y 
describir aquella escena en que por vez primera se cruzaron 
las miradas del pobre extranjero de lil cúpú retida, y de la 
Reina señalada por Dios para protegerlo? 

;Oué inspiración será bastante poderosa para expresar 
en aquel momento el arrebato de la elevada inteligencia de 
CoLr')X. comprendida v admirada por el gran corazo'n de 
doña Isabel la Cato'lica? 

No es posible dudar de que en aquella primera audien- 
cia el triunfo fué por completo del genio; la elocuencia de 
CoL'ix obtuvo la victoria, v se capto la simpatía de cuantos 
le escucharon. Los Revés disponían, sin embargo, de mu3' 
poco tiempo en aquella sazón; les llamaban preferentes 
atenciones, v así se com2:)rende que para decidir con mayor 
conocimiento, con la madurez necesaria en un asunto que 
tanta gravedad ofrecía, tuvieran el pensamiento de que 
personas entendidas o^^esen con más detencio'n las razones 
del atrevido navegante, las estudiaran 3' manifestasen el 
concepto que les merecían. 

La Reina había escuchado con alegría el pro3'ecto bri- 
llantemente expuesto por la palabra de Colón; había entre- 



LIBRO TRÍMERO.— CAriTULO V 



95 



visto en su entusiasmo un gran porvenir de gloria para la 
religio'n cristiana 3' para la nacio'n española . v en su deseo de 
tomar á su cargo tan maravillosa empresa, quiso, por una 
parte, ver si los argumentos del marino eran mejor aprecia- 
dos por su confesor, en cuya ilustracio'n y rectitud confiaba. 
3" ganar, por otra, el tiempo necesario para gozar de más 
tranquilidad después de la campaña que iba á comenzarse. El 
Rev. á su vez. también ovo' con gusto v aun con amor aquel 
extraordinario j^rovecto. Fija siempre en su cabeza la idea de 
engrandecer con actos heroicos su reinado, v de superar en 
cuanto le fuera posible á los demás monarcas, sus vecinos. 
entrevio' en los teorías de Cristób.\l ColíJx algo grande, algo 
trascendental, que podría igualar v aun oscurecer los descu- 
brimientos de que tanto se vanagloriaban los portugueses, y 
entro' también en sus cálculos la intencio'n de dar acogida á 
aquellos planes , 3' retener á su autor : pero antes de resol- 
verse en negocio que tales dificultudes ofrecía, juzgo nece- 
sario obrar con la ma3-or prudencia . v que personas 
competentes lo examinaran. De esta manera, aunque por 
distintas miras , ocurrió' á los monarcas españoles el pensa- 
miento de someter los provectos de Colóx al examen de una 
Junta, V convinieron también en que se formara bajo la 
direccio'n de Fra3' Hernando de Talavera. 

Inmediatamente después marcharon los Re3'es de Cór- 
doba con direccio'n al real de Loja, 3- allí quedo CoLi'iX 
para dar sus noticias á la Junta. 

Sobre la formacio'n de ésta tenemos datos irrecusables 
en el fidedigno testimonio del doctor Rodrigo Maldonado. 
que fué individuo de ella, v lo era también del Consejo de 
los Reyes Cato'licos. La Junta se compuso, además del 
Prior de Prado v del consejero Maldonado, de otros hom- 
bres sabios, de letrados y de marineros. CoLox se esforzó 
en vano: sus argumentos para demostrar la posibilidad de 
la navegacio'n hacia Occidente, no fueron comprendidos ni 
aceptadas sus conclusiones; aunque puede sospecharse que 



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viéndose de nuevo ante cosmógrafos, y recordando el 
engaño de que había sido víctima en Portugal por otra 
reunión muv parecida, no expusiera sus proyectos con toda 
la claridad necesaria, reservándose alguna cosa esencial 
para precaver nueva perfidia. Platicaron, sin embargo, 
largamente sobre las islas que aquél intentaba descubrir, y 
todos ellos íiconlaroii que crü imposible ser vcnlíid lo que 
decía '. 

La declaracio'n del anciano consejero es de un interés 
tan capital, pur las circunstancias de la persona, v por ser 
el documento auténtico en que se refieren las más antiguas 
relaciones oficiales de CoL(J\ en ílspaña, en las que aquél 
intervino, que hemos juzgado de necesidad reproducir ínte- 
gras las respuestas que hacen relacio'n á estos hechos, tomán- 
dolas exactamente de su mismo original - ; 

«Testiüij. — El dicho señíir d(.)tor Rodrigo maldonado 
vecino e Regidor déla dicha cibdad de Salamanca del Con- 
sejo déla Revna nuestra señora, testigo suso dicho jurado 
e preguntado por las preguntas del dicho vnterrogatorio ik. 

»i — ala primera pregunta dixo: que conosce al dicho 
señor almirante de vista e conversación demás de vevnte 
años a esta parte, e que al fiscal no le conosce e que no es 
pariente de ninguna délas partes nv concurren en el ninguna 
délas calidades generales de la lev. e que venca quien tubiere 
derecho e que este testigo es de hedad demás de ochenta v 
cinco años (k . . . 

»8 — ala otava pregunta dixo- tjue lo cjue desta ¡jregunta 
sabe es que este testigo con el prior de prado, que ala sazón 
hera, que después lúe arzobispo de granada i' i'on otros 
sabios e letrados e marineros platycaron con el dicho almi- 
rante sobre su hida alas dichas ^slas e que todos ellos 



' Na\nrrete. — Ci>l<-Cíiiiii tic j-injes, U>mo iW, \Kig. 599 de la segunda edi- 
ión. — Rodrigue/ Piíiilla. Colón en Espaiui. 

" Archi\o general de Indias. — Patmnato. Est. I, caj. II, leg. 15. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO V 



97 



concordaron ([m' hcra vnposylilc ser verdad lo qucl dicho 
almirante desya: e ([ue contra el parecer de los mas dellos 
portit) el dicho almirante de vr el dicho viaje, e que sus 
Altezas le mandaron librar cierta cantidad de maravedís 
para ello e asentaron ciertas cap3'tulaciones con el en lo (¡ual 
todo supo este testigo como unu délos del consejo de sus 
altezas, e que asy part\-o el dicho almirante a descobrir las 
dichas 3'slas c plugo á nuestro Señor que acertó en lo que 
dezia e que este deponiente tiene por cierto que sy el dicho 
almirante non porñase de 3'r el dicho viaje e syno descu- 
briera las dichas yslas que estovieran fasta oy por hallar e 
descobrir e que lo cree por lo que tiene dicho &. 

»9 — Ala novena pregunta dixo que cree lo que en ellas 
se contiene por las Razones que dicho ha e porque sy el 
dicho almirante no se atreviera a descubrir las dichas yslas 
cree este testigo que otro alguno no se atreviera alas 3'r a 
descubrir c^ » 

En vista de conclusio'n tan adversa, debió' ser grande 
el desengaño de CoLÓx: pero no dio lugar al abatimiento. 
Recorría las calles de la morisca ciudad entregado á sus 
pensamientos, sin cuidarse gran cosa de los sucesos que á su 
vista pasaban; 3- absorto en la meditacio'n, fijo en su idea, 
abstraído en cuanto le rodeaba, empezó' á dar lugar á que 
naciera en el vulgo la calificación de loco, con la que muy 
luego le designaron, señalándole por donde quiera con mues- 
tras de curiosidad 3" compasio'n. 

Su resolucio'n estaba tomada, sin embargo; 3' en tanto 
c|ue esperaba el regreso de los Reyes , para conocer su 
respuesta, con vista del dictamen de la Junta, iba aumen- 
tando el número de las personas importantes de la corte que 
no se dejaban arrastrar por los juicios de aquc'lla. y se 
disponían á a3-udarle en un nuevo esfuerzo para que obtu- 
viera la proteccio'n que deseaba. 

«Entregada la ciudad de Loja é su fortaleza al rey don 
P"ernando, lunes á veintinueve dííis del mes de Aía3-o, \ 
Cristóbal Colón, t. i. — 13. 



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CRISTÓBAL COLÓN 



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ganada inmediatamente la villa de llora en ocho de Junio, 
salió la Reina de Ciírdoba para asistir al Consejo en que 
había de tratarse lo que se debía hacer en la guarda é pro- 
veimiento de la tierra ganada '.» Conquistada Modín,}' 
rendidas las A'illas de Montefrío v Colomera. t(irno á Ccír- 
doba la reina doña Isalxd; y poco después, dejando bien 
abastecidas aquellas guarniciones, hizo el Re}' solemnísima 
entrada, dando j)úblicas gracias á Dios por las victorias 
obtenidas. ■ ; ' 

Apenas tuvieron tiempo los Re3'es de tomar algún 
descanso de la campaña de primavera, pues todavía les 
ocupaba la gran tala que habían mandado hacer como 
prej^arativo para la del año siguiente, cuando las repetidas 
cartas del conde de Benavente, anunciándoles la rebelio'n de 
conde de Lemos, les obligaron á dirigirse á (lalicia. 

Pero antes de su partida, intorinados por el Prior del 
Prado de las resoluciones de la Junta, tuvieron que decidir 
sobre lo que CoL(')N pretendía. Y bien se deja comprender 
cpic el número de ajDasionados de aquellos pro3'ectos crecía 
en importancia, 3' que el ánimo de los Reyes estaba favora- 
blemente predispuesto cuando su respuesta al navegante fué 
tan distinta de la que pudiera esperarse. Los individuos 
de la Junta habían hecho poco aprecio del proyecto en gene- 
ral; le habían combatido con razones de ciencia eclesiástica, 
3^ con argumentos de antiguos sistemas, exagerados por la 
ignorancia; apenas se habían examinado sus fundamentos 
((3' ansi fueron de ellos juzgadas sus jiromesas 3- ofertas por 
imjjosibles 3' vanas, y cíe ¡oda repulsa dignas,)) como dice el 
obispo fra3' Bartolomé las Casas -. 

No fueron esos, sin embargo, los términos en cjue 
respondieron los Re3'es á Colón, á ¡Dcsar de (jue el dictamen 



' Crónica de los señores lieyes Católicos don Fernando y doña ísabel , \)OX 
su cronista Hernando del I'ulgar. Parte tercera, caps. I.I.X y LX. 
' Historia de las Indias , lib. ], cap. XXIX. 



LIBRO I'RIMI-:R0.— CAPÍTULO V 



99 



era un;ínimo en .'ujiu-llos doctos varones, v tenía toda la 
autoridad (|ue podía prestarle la o])inidn del confesor de la 
Reina. Hicieron que se manifestaran al marino los graves in- 
convenientes c[ue á su ]3rovecto encontraban personas enten- 
didas, despidiéndole por entonces, aunque no quitándole del 
todo la esperanza de volver á la materia . ciiitmío más dcsocu- 
púdos Sus A¡ic:^as se vieran. 

Quedo' CoL(')\ en Córdoba perplejo, vacilante y morti- 
ficado con aquella repulsa, lamentando la nueva dilacio'n que 
sufría su proyecto. }' los Re3-es Católicos salieron camino de 
Ponferrada. 





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CRISTÓBAL COLÓN 





Probablemente desde el punto mismo de su llegada á 
Co'rdoba, y por las relaciones adquiridas en Sevilla, se hos- 
jjedo' Cristóbal Colón en la casa de los Enríquez y Arana, 
familia noble y bien emparentada, pero escasa de bienes de 
fortuna. Prendáronse los Arana del distinguido trato v 
nobles maneras de su huésped; les intereso su historia; fué 
creciendo la amistad, y á tanto llego' el afecto, que don 
Diego de Arana acompaño' á Colón en su primer viaje con 
el cargo de Alguacil mayor en la nave capitana. 3' quedo' en 
la isla Española encargado del mando de la fortaleza de 
Navidad, donde pereció' después trágicamente, con todos los 
que allí permanecieron de guarnicio'n. 

Formaba parte de la familia una joven de singulares 
dotes, cjue á su belleza física unía elevada inteligencia 3' un 
corazo'n tierno, bondadoso y apasionado. Sus simpatías por 
CoLiJN fueron grandes desde el principio ; comprendiendo el 
genio del genovés ilustre, encontró' luego sus pro3-ectos 
muy rcaliza1:)les: le animií con su entusiasmo y con todo 
el calor que siempre comunica á sus palabras la ardiente 
imaginación de una mujer, v cuando le viií meditabundo, 
triste, casi descorazonado por el desfavorafile juicio que for- 
mara la Junta presidida por el Prior de Prado. 3- más aún 
pnr la despedida de los Re3'cs. ella reanimo' su fe: sostuvo 
sus esperanzas, y las simpatías del primer momento, crecidas 
con el trato íntimo, aumentadas por la compasitín. se íueron 
convirtiendo en un sentimiento más tierno de que muv luego 
liarticiix) CuisTí'niAL Colón, y ([ue fué desde entonces suave 
consuelo á sus pesares, leniti\o á los desengaños que por 
11 todas partes le proporcionaba su adversa suerte, 3- vínculo 



LIBRO rRlMERO.— CAPÍTULO VI 



103 



tan fuerte aimo dulce que le encadeno' á España, retenién- 
dole en ella á pesar de todas las contrariedades, hasta ([ue la 
Providencia dispuso que comenzaran los días de su yUjria 
y se vieran satisfechas sus esperanzas. 

Ilav en la existencia de todos esos grandes hombres, que 
vienen al mundo con la misio'n de adelantarse á su siglo y 
de dar un gran impulso cá la humanidad en su progreso 
hacia la perfección, luchando con la ignorancia y las malas 
pasiones, seres dulces 3' ajDacibles, C[ue parecen colocados 
por Dios á su lado para ayudarles á sobrellevar los trabajos 
V la ingratitud, consolándoles de las injusticias de los hom- 
bres. Uno de esos seres fué doña Bcütn::^ turiqin\: de ella se 
enamoro' apasionadamente Crist(')B.\l Coli'ix, c[ue en el afecto 
de la noble dama encontraba estímulos para la inteligencia v 
alegría para el alma cuando sus fuerzas se sentían agotadas 
por los golpes de la adversa fortuna. 

Las relaciones amorosas C[ue brotaron al calor de esta 
mutua simpatía, estrechándose fueron y creciendo de un día 
á otro : pero sea cj[ue al enlace de los cjue las alentaban se 
opusieran la noble cuna de doña Beatriz, las escaseces de su 
familia, los obstáculos C|ue á una unio'n inmediata oponían 
los mismos provectos de Coli'jn, o' todas estas causas juntas, 
es un hecho incontrovertible, entre los más indubitables de la 
vida del Almirante, cjue sus tratos con la ilustre dama de 
Córdoba no se vieron jamás santificados por la bendicio'n de 
la Iglesia ; C[ue doña Beatriz Enríquez no fué jamás la esposa 
legítima de Cristób.vi. Colón. 

Fruto de estos amores nació' en Co'rdoba el 15 de Agosto 
de 1488 don Fernando Colo'n, varo'n de singulares condicio- 
nes, de elevado entendimiento, de juicio recto, y valor se- 
reno, Cjue emulo' muchas de las altas cualidades de su ilustre 
padre. Ninguno de sus contemporáneos dudó nunca de su 
cualidad de /.'//o müiinií del Almirante; pero hace pocos años, 
estimulados algunos espíritus piadosos por la admiración 
que les causaban las eminentes condiciones del descubridor, 



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CRISTÓBAL COLÓN 



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3' ansiosos de colocarle en el número de les santos á que 
la Iglesia tributa culto en los altares, según dijimos en la 
[iilrOíiiu'cióii , empezaron por Cjuerer purificar su historia, 
borrando de ella todos los rastros de humana flaqueza que 
pudieran oscurecer sus virtudes, 3' se fijaron como una de 
las principales en sus relaciones amorosas, afirmando que 
había contraído matrimonio con doña Beatriz. 



II 



No entraremos á discutir, ahora, los argumentos en que 
se trat() de apoA^ar ese pretendido casamiento: el rebatir 
tanta suposicicín gratuita y rectificar tantos errores sería por 
demás enojoso. Como pruebas directas, consignaremos las 
palabras mismas de Cristób.vl Colón, en su último testa- 
mento, 3' los conceptos de los historiadores que le conocieron 
V trataron: ¡Dorcj^ue á su lectura no resisten sofismas, ni cabe 
dudar de la naturaleza de las relaciones que mediaron entre 
el Almirante 3' aquella señora. 

Y.n la última cláusula de su testamento, otorgado en 
\"alladolid á 19 de Ma3'o de 1500, dejo' consignadas ciertas 
disposiciones, cuya sola lectura lleva al ánimo el conven- 
cimiento. Pero la persuasio'n es mucho ma^-or, si antes de 
leer esa cláusula final, se repasa el contenido de la ante- 
rior ■ : 

«Digo á don Diego mi hijo, é mando que tanto C|ue el 
tenga renta del dicho mayorazgo 3' herencia, que pueda sos- 
tener en una capilla, que se ha3'a de fazer, tres capellanes, 
que digan cada dia tres misas, una á honra de la Santa 
Trinidad, é otra á la Concepción de Nuestra Señora, é la 



' Navarrete. — Colección de viajes, tomo II, doc. núm. CLVIII. 



l.IHR(^ PRIMERO.— CAPITULO VI 



lo; 



otra p(ir aiiim.a de todos los fieles defuntos, é por mi anima 
(•' Je mi piiili'c c iiiiíiirc c iiinjcr. » 

Y en la cláusula siguiente se expresa así: 

«Digo V mando á don Diego mi hijo, o á quien 
heredare, que pague todas las deudas que dejo aquí en un 
memorial, por la forma que allí se dice, é más las otras que 
justamente parescerá que yo deba. E le uuiiido que Ijüvü eiico- 
iiieiiílíiilíi í! Beiitn\ Eiiriq¡u\, lUíulre de don Fenuanlo, mi ¡jijo, 
que lii pro-vea que pueda vivir l.iouesfamente, eomo persoiui á 
quien sov en tanto eargo. Y esto se haga por mi descargo de la 
concieneia, porque esto pesa mueho para mi ánima. La ra:[on 
dello non es licito de la escribir aqui.>) 

¿Hubiera sido esta la manera de hablar del Almirante 
si se hubiese tratado de su segunda esposa? ;Ilubiera vivido 
doña Beatriz en C<jrdoba sin que nadie hubiese tenido un 
recuerdo para ella, pudiendo ostentar los títulos de Virreina 
de las islas v tierra tirme del mar Occéano? Insistir en seme- 
jante cuestio'n es de todo punto ocioso: ni aún se necesita 
hacer comentario sobre el texto de las dos cláusulas del 
testamento. El silencio de la historia escrita por el hijo 
mismo de doña Beatriz: el olvido en que los Re^'cs, la 
nobleza 3' todos los cortesanos del Almirante, en la e'poca 
de su mavor prosperidad, dejaron á acjuella señora, son 
pruebas concluventes de que su posicio'n no la permitía 
ostentar título alguno al lado de Crisk'ib.vl Colüx, ni pre- 
sentarse con L'l en la corte. 

Anteriormente á ese documento, en otro que no ha visto 
íntegro todavía la luz pública, o á lo menos no hemos 
logrado verlo, pero cu\'a copia se conserva en la colección 
formada por don José \'argas Ponce (tomo -)2) cj^ue guarda 
la Real Academia de la Historia en su biblioteca, v es una 
Instrucción c¡ue el Almirante dejo' á su hijo don Diego, que 
debía sucederle. antes de emprender el tercer viaje en el 
mes de ^laj'o de i4(;S. le decía: — «á Beatri:^ Eiviquc:^^ havas 
encomendada por amor de mi, atento como teniades á tu 

Cristóbal Colón, t. i. — 14. 





io6 



CRISTÓBAL COLÓN 



madre: ha\a ella de ti diez mil maravedís cada año, allende 
de los que tiene en las carnicerías de Co'rdoba.» 

Y en efecto, obtenido por Colón el premio de diez mil 
maravedís ofrecido por los Re3^es Católicos al primero que 
viese la tierra . cuyo ¡irivilegio se le otorgo' en Barcelona 
á 23 de Mayo de 1493. pit^io que se le situara en las carni- 
cerías de la ciudad de Co'rdoba ' y lo cedió' para sus gastos 
á doña Beatriz Enrícj^uez. 

Cumpliendo el segundo Almirante don Diego Colo'n 
estos encargos de su padre con cierto descuido y negligencia, 
al parecer, muy propios de su carácter, durante su vida, 
consigno' en su testamento de S de Septiembre de 1523, 
hecho en Santo Domingo, la cláusula siguiente -; 

«ítem: por cuanto el Almirante mi señor me dejo' enco- 
mendada á Beatriz Knríqucz, vecina que fué de... por ciertos 
cargos en que le era. é mando que se le diesen cada año 
diez mil maravedís, lo cual 3'o asi he cumplido: é porque creo 
que se le ha faltado de pagar algún año de los que vivió', 
mando... etc.» 

Juzgúese si este era el modo de tratar á la viuda de su 
jKidre. el primer Almirante, cuando á la mujer del don 
Diego todos le decían la \'irreina. 

Después de las palabras de CrisT(')B.\l Coliix, tan con- 
i'ormcs con los hechos de su existencia, examinemos lo que 
dicen los historiadores más dignos de crédito. 

El célebre (¡onzalo Fernández de Oviedo, que lué i)a¡e 
del príncipe don Juan al mismo tiempo que los dos hijos del 
.Vlmirante. y tenía la misma edad que el mavor de ellos, 
siendo por tanto su testimonid de una autoridad irrecusable 
en este punto, dice así en su 1 Hilaria 3: «Hizo Colón que los 
Reyes Cato'licos hubiesen por bien que sus hijos, el príncipe 



' Na\arrete. — Colección de viajes, tomo II, pág. 46. 

' Harrisse. — Christophe Colovib , Paris, Leroux, 1884, tomo II, p.1g. 495. 

^ Historia general de las Indias, lib. III, cap. \'l. 



LIBRO TRIMllRO.— CAPÍTULO VI 



107 



don Juan los recibiese por pajes suvos. Los cuales eran don 
Diego Colon, hijo legitimo y mayor del Almirante, y otro su 
hijo don Fernando Colón, que hoy vive.» 

El cronista de Indias Antonio de Herrera, que por o'rde- 
nes superiores tuvo á su disposicio'n cuantos documentos 
podían ser necesarios para escribir la historia del descubri- 
miento V colonizacio'n. se expresa así, en la Década I. lib. I. 
cap. MI ': 

«Caso' con doña Felipa Muñiz de Pclestrello. i ubo en y 
ella á don Diego Colon; i después en doña Beatriz Enriquez. 
natural de Córdoba á don Hernando, caballero de gran 
virtud. » 

Más conciso todavía, pero más explícito por los con- 
ceptos que en sus frases envuelve el docto analista de Sevilla 
escribe en sus Anales ^: 

«Xacid en Córdoba don Fernando Colon de doncella 
noble, V siendo viudo su padre, el año 14S7.)) 

El conde Rosellv de Lorgues. en su empeño de puri- 
ficar la existencia del Almirante de toda sombra de pecado, 
no tuvo reparo en adulterar algunos de los textos, ni escru- 
pulizo' en pasar por alto algunas palabras de los autores que 
cita; y en una obra escrita expresamente para dejar en su 
punto esta cuestio'n por él promovida, que titulo Sútan 
contre Cbristophe Colond', ou la pretendne chute du servitenr de 
Du'U, se esforzó' en explicar v desentrañar el sentido de los 
conceptos estampados por Oviedo, por Flerrera y Ortiz de 
Zúñiga, para hacer ver que decían que don Fernando Colon 
era hijo legítimo y de legítimo matrimonio del Almirante 3^ 
de doña Beatriz Enriquez. 

Supuso desde luego el piadoso historiador, }• como 



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' Historia general de los hechos de los castellanos , etc. — Madrid, Juan Ha- 
menco, 1601. 

' Alíñales eclesiásticos y seculares de la muy noble ciudad de Sevilla.. — Ma- 
drid, García Infanzón, 1677, pág. 496. 



io8 



CRISTÓBAL COLÓN 









siempre, que había demostrado cumplidamente su tesis, 3' 
puesto en clara luz el segundo casamiento de CristíHíal 
Colón. Mas no debió' ser tan satisfactorio el resultado, 
cuando al publicar en España la traduccio'n de su obra el 
abogado don José Antonio Dondero, la apo3'o', sin duda, por 
instigación del mismo conde, con dos disertaciones tituladas: 
Lti boncslidiiil (¡c Cristóbal Colón defendida y reivindicada '. 

Tanto el conde como el abogado, su coadyuvante, hacen 
extraordinarios esfuerzos por demostrar á los lectores que 
aquellos cronistas, de cuya veracidad no puede dudarse, re- 
conocen la legitimidad de don Fernando Colo'n: y para ello 
se lanzan á interpretaciones tan violentas cuanto que es ne- 
cesario hacerles decir lo contrario de lo que escribieron. 

Sentados c[uedan 3'a los textos literales de Gonzalo Fer- 
nández de Oviedo, de Antonio de Herrera y de don Diego 
Ortiz de Zúñiga. Sus conceptos convienen entre sí. apoyán- 
dose mutuamente; y r^gla es de buena crítica no buscar 
interpretacio'n á aquellos puntos en que convienen los histo- 
riadores y no ofrecen lugar á duda. 

Si uno de esos cronistas hubiera diferido de los otros: 
si hubiera asentado noticias contradictorias, deber es del 
crítico investigar cuál de ellos pudo deducir su opinión de 
documentos más respetables: entonces llega el momento de 
concordar, de estudiar argumentos y cotejar las pruebas. 
Pero si Oviedo, usando de gran prudencia, y para no lasti- 
mar con sus palabras á varcín tan digno de estima como lo 
era don Fernandíí. se contenta con llamar á don Diego /.?//(' 
legitimo y mayor del Almirante, designando después á aquel 
con las palabras de otro su hijo; si Herrera, usando igual 
mesura, se limita á decir que casó con doña Felipa Muñiz y 
hubo en ella á don Diego, 3* después en doña Beatriz lüirí- 



' Historia de la vida y viajes de Cristóbal Colón... con documentos inéditos 
relativos al segundo matrimonio de Colón con doña Beatriz Enriqtiez de Córdoba. 
— Barcelona. — mdccclxxviii. 



LIBRO rRlMlíRO.— CAPITULO VI 



109 



qucz á don Fernando, pasando en silencio circunstancias 
que sabía muy bien: y el célebre analista de Sevilla añade 
que nació' éste sicin]o ti mío sii padre , ¿qué concordancia nece- 
sitan estas afirmaciones? Para todo el que las lea desapasio- 
nadamente su siynitícacio'n es bien clara v^no hay necesidad 
de explicaciones. 

Pero nosotros vamos á' continuar la demostraciíín en 
terreno en que aquéllos parece no se atrevieron á entrar, á 
pesar de que debían serles conocidas las autoridades que 
vamos á presentar. 

Dice el conde Rosselly en su obra titulada: Cnslúlnil 
Colón V lil historia postuma L citando con gran encomio 
ciertas palabras del P. Marcelino Civezza. que no se podrá 
citar ningún autor antiguo c[ue niegue á don Fernando 
Colo'n la cualidad de hijo legítimo. La contestación es muy 
fácil y concluyente. El ilustre clon Nicolás Antonio, cano'- 
nigo de Sevilla y autor de una obra de bibliografía cuyo 
mérito es cada vez más reconocido 3' alabado por todos los 
hombres de ciencia, concurre á desvanecer aquella afirma- 
cio'n ini'ustificada . cuando refiriéndose al origen de don Fer- 
nando dice C[ue fué procreado fuera de matrimonio. ("///'(/ 
conjiigiiiiii procrcatiis ^. Contra esta afirmacio'n se atreve á 
decir el conde, en su obra citada, que don Nicolás Antonio 
era inepto papelista, y el señor r)ondero que su testimonio 
es muy posterior á los hechos de que se trata. 

Después de las palabras de tan autorizados 3' concienzu- 
dos historiadores, cierran la cuestión, sin que á nuestro 



' Histoire posthitme de Christcphe Colomh. — París, librairie academique 
Didier, 1885, pág. 284. 

' Nicolás Antonio. — Bibliotheca Nova, tom. I, pág. 373. '«Don Ferdi- 
nandus Colon, magni illius Christophori, novi ad occidentem solem orbis ad 
inventorim, filius ex Beatrice Henriquez (quam in codicillo quodam anno MDV. 
Augusti XXV. die Segovire facto, heredibus e.xhibendam ut filii matrem Chris- 
tophorus ipse commendat) citra conjugium procreatus, literarum studia cupi- 
dissime amplessus, renudo se paterna virtutis, quavia potuit, serio constanterque 
ab hinc saeudo Hispali profitebatur. > 








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entender pueda discutirse más sobre ella, las de un escritor 
tan grave que solo su nombre basta para darles autoridad. 
A su afirmación no pueden dársele interpretaciones; 3' de 
ellas se desprende con entera seguridad la recta inteligencia 
que debe darse á los conceptos de ()viedo. de Herrera 3" de 
< )rtiz de Zúñiga, y la verdad con que hablaron tanto éstos 
como don Nicolás Antonio. 

El obispo de Cliiapa. fray Bartolomé de Las Casas, el 
amigo de don Diego 3' de don Fernando Colon, 3' que. segvm 
va se ha repetido, jjoseyd tantos papeles y documentos inte- 
resantes de la familia, se expresa así ': 

«Tenía hecho su testamento, en el cual institu3'o' por su 
universal heredero á su hijo don Diego, y si no tuviese hijos 
á don Hernando. 5// hijo luíliirül.» 

Parécenos que don Nicolás Antonio 3^ el obispo de 
Chiapa son üutorcs úiüiguos. Pero dicho se está que el texto 
del P. Las Casas no aparece en ninguna de las obras del 
conde Ivosellv de Porgues, porque en ellas no se trataba de 
buscar la verdad. 

Contra el proposito que nos hemos trazado, se han 
acumulado las citas en este lugar, porcj^ue el asunto lo 
reclama por su importancia 3' para destruir la base en que 
pretendieron fundarse, para alterar la verdad histórica, los 
sostenedores del segundo casamiento de Crist(')Bal Colón. 
Bien á las claras se desprende, de cuanto dejamos exjDuesto. 
que no fueron los autores protestantes los que quisieron 
rebajar su mérito, designando á don Fernando Coldn con la 
calificacio'n de hijo inilunil. Antes de que p-ving, Ilumlioldt 
3' Prescott hubieran pensado en escribir sus obras sobre el 
descubrimiento, los escritores castellanos contemporáneos de 
los sucesos, 3' conocedores de las personas que en ellos figu- 
raron, haliían consignado en sus libros los datos, documentos 
y noticias que aquéllos después aprovecharon. 



Historia de ¡as ludias , lib. II, cap. XXXVIII. 



112 



CRISTÓBAL COLÓN 




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Mucho había aumentado el número de los favorecedores 
de Cristóbal Colón en la corte, desde el día en que fué 
recibido por los Reyes v expuso ante ellos las razones funda- 
mentales de sus cálculos. Entre los más notables por sus 
cualidades y por la iniluencia que ejercían en el ánimo de la 
Reina, hay que señalar desde luego á la insigne doña Beatriz 
de Bobadilla, marquesa de Mo^'a, y á su esposo Andrc's 
Cabrera, del que se decía, y con algún fundamento, que 
había dado la corona á doña Isabel. 

Pero C[uien desde el primer momento ofreció' verdadero 
amparo al genovés, socorriéndole con generosidad y alen- 
tando sus esperanzas, fué el docto v respetable fraj^ Diego 
l)eza, prior del convento de Dominicos de Salamanca, 
maestro del príncii^e don Juan, v uno de los hombres más 
notalíles entre los muchos que ilustraron aquel reinado, que 
por sus méritos, su ciencia v sus virtudes fué obisjDo de 
Zamora v de Falencia, ascendiendo después á la Metropo- 
litana de Sevilla, y cuando ocurrió' su fallecimiento había 
sido propuesto para la Primada de Toledo, según asegura 
el historiador Gonzalo Fernández de Oviedo. 

No era fray Diego Deza uno de esos sabios de gal^inete, 
de corazo'n frío é inteligencia metódica . que todo lo miran 
por el prisma de la inmediata utilidad, y hacen depender el 
mérito de los hombres del éxito c[ue logran sus empresas. 
Verdadero apasionado de la ciencia: deseando fomentar y 
proteger todos los adelantos, v comprendiendo la idea de 
progreso en el mismo sentido patrio'tico y moral en que la 
concebía la reina doña Isabel, tomo verdadero interés en los 
])ro3ectos de Colón; cobro' afecto á su persona, y le a3udo' 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO VII 



"3 



de un modo tan eficaz á vencer todas las contrariedades cj^uc 
se le opusieron: fué con él tan constante v tan afectuoso. 
que bastarían para inmortalizarle y hacerle digno de la 
gratitud de la historia, si f)tros muchos títulos no tuviera 
para ello, las frases de reconocimiento que en sus cartas dejí! 
consignadas Cristóbal Col(')X. 

Siempre, desde que yo vine en CastiHa, me ha favorecido v 
deseddo mi honra, dice en una de ellas, dirijida á su hijo, y á 
nada puede referirse con más exactitud este recuerdo, que á 
la proteccio'n que empezó' á dispensarle Deza desde el mo- 
mento de su presentacio'n en Co'rdoba. Bien conocía éste la 
importancia que con justicia se había concjuistado en la 
corte fray Hernando de Talavera; claramente vio' lo mucho 
que perjudicaba á los deseos de Colón el fallo, ó dictamen 
de la Junta que aquél había presidido: pero notando, con 
severa perspicacia, la gran diferencia cj^ue mediaba entre lo 
propuesto por aquellos señores }' la resolucio'n comunicada 
al genovés de orden de los reyes , 3* conociendo que el pro- 
yectado descubrimiento placía á los soberanos, los cuales 
dudaban en aceptarlo tanto por las necesidades del momento, 
que eran muv apremiantes, cuanto por las dificultades que 
ofrecía y que fueron reconocidas y exageradas por muchos 
sujetos de gran concejDto por su saber y experiencia, tuvo 
la inspiracio'n de oponer razones á razones; al juicio de 
una Asamblea el juicio de otra más autorizada, y robus- 
tecer en cuanto fuera qsosible las hipo'tesis, las teorías, los 
cálculos de Colón, con la aceptaciiín del cuerpo científico 
más renombrado que entonces había en España, 3' que 
merecía respeto 3' admiracio'n á todos los pueblos cultos de 
Europa. 

Fra3^ Diego Deza, catedrático de Teología y prior del 
convento de San Esteban , que conocía mu3' bien á los 
hombres eminentes que ocupaban las cátedras de la l'niver- 
sidad de Salamanca, decidió' llevar allí á Cristóbal Colón 
para que expusiera su pensamiento, en la seguridad de 

Cristóbal Colón, t. i. — 15. 






114 



CRISTÓBAL COLON 





abrirle nuevos y favorables caminos con el dictamen del 
respetable claustro. 

Para comprender bien todo el valor de aquella resolu- 
ción y la trascendencia del paso que se daba, es necesario 
conocer á fondo la importancia de la escuela de Salamanca, 
trasladándonos, en cuanto es posible, al estado de España en 
aquella época. 

«A fines del siglo xv, dice el señor don Tomás Rodrí- 
guez Pinilla, cu3'0 estudio en este punto es lo más notable 
que hasta ho}' se ha escrito, y al que nada es posible añadir, 
la Universidad de Salamanca irradiaba va su luz por todo 
el orbe cristiano. Sus teo'logos la habían hecho célebre en 
los concilios de Constanza y Basilea. Sus jurisconsultos 
ilustraban los consejos de la corona, y la representaban 
gallarda 3^ ventajosamente en las cortes extranjeras. Sus 
humanistas encendían antorchas que iluminaban el campo 
de la filología y las fuentes del saber. Sus filo'sofos luchaban 
ya jjor salir de la amanerada y estéril senda del escolasti- 
cismo. Sus matemáticos abrían las puertas que habían de 
conducir á los dilatados horizontes de la ciencia. Sus músi- 
cos ensanchaban los hasta allí estrechos dominios del arte. 
Sus poetas mejoraban los primeros esbozos de la dramática 
y preludiaban las admirables obras del siglo de oro. Y sus 
médicos mismos convertían el vulgar empirismo en ciencia 
bienhechora de la salud. 

)) Si nuestro propo'sito fuera so'lo el de citar hombres 
ilustres... I qué pléj'ade tan luminosa de profesores eminen- 
tes, de escritores distinguidos, de hombres de fama europea 
por su saber, por sus virtudes y gloriosos hechos, podríamos 
ofrecer aquí á nuestros lectores! La historia de las letras 
conservará con perdurable solicitud los nombres de los 
Anaya y Cisneros, de los Deza y Talavera. de los \'ictorias 
y Sotos, de los Alfonso de Fonseca y Ramírez de ^'illa- 
escusa, del doctor Benavente y de Pedro Margallo, cultiva- 
dores incansables de las ciencias sagradas y profanas.» 



LIBRO PRIMKRO.— CAPÍTULO VII 



115 



«Porque ys. entonces de aquel hogar sagrado de las 
ciencias y las artes salían destellos que llevaban el calor vivi- 
ficante de las ideas á lejanas distancias. Las L'nivcrsidadcs 
la pedían maestros: los monarcas consejeros, médicos 3' pre- 
ceptores: 3- los mismos pontífices romanos la demandaban 
músicos, médicos v sagrados oradores: delectacio'n. informes 
y doctrina. 

«Recuérdese sino, que á Juan de la Encina y al ciego 
Francisco Salinas se los llamo' para ser escuchados en Roma, 
como lo fueron, en otros conceptos, Juan de Aguilera, 
médico famoso, 3* los consumados teólogos Diego del Cas- 
tillo. Antonio de Burgos. Cabrera }kíorales, Juan Maldo- 
nado, Francisco de Toledo v Pedro Chaco'n.» 

«Había en Salamanca no solamente cátedras de Mate- 
máticas , de Física y de Filosofía natural . sino de Astrologiú; 
y no tan so'lo eran conocidas y comentadas las obras de 
Aristo'teles 3- de Plinio, de Ptolomeo 3- de PomjDonio Mela. 
de Strabon v de Marco Manilio. mas se conocían 3' estu- 
diaban las de Alkabisius. de Albunasar y de Alfagrán: las 
de Juan de Monte-Regio (las Ephcmcridcs y el Aslrolahiiis), 
así como la Sphcrú MiiihU de Sacrobosco, cuya obra comen- 
taba y añadía Pedro Ciruelo. Que Abraham Zacuth escribiu 
allí su Abiianaquc perpetuo y sus Tablas; Aguilera sus Cánones 
Astrolahii universalis; Espinosa su 'PhUosophia natnralis, y 
otros Comentarios á la Esfera de Sacrobosco.» 

«Pues bien, á ese gran liceo, á esa fecunda almáciga de 
hombres de ciencia y de letras, llevaron á Cristób.^l Colóx 
sus decididos protectores Quintanilla, Santángel, el cardenal 
Mendoza, Cabrero y el reverendo fra3- Diego Deza. Era éste, 
sin duda alguna, el más fervoroso 3^ francamente declarado 
partidario del genovés y de sus pro3'ectos. De jDccho abierto, 
de inteligencia clara y de elevado espíritu el maestro del 






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ii6 



CRISTÓBAL COLÓN 



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príncipe, jarior de la comunidad de dominicos de Salamanca 
y catedrático de ^^i'ima de Teología de aquella escuela, no 
podía menos de ejercer en ella una legítima y muy poderosa 
influencia; y la conocía intiis ct extra lo bastante, para espe- 
rar confiadamente que en ella hallarían eco las ideas cosmo- 
gráficas y los atrevidos pensamientos de Colón; que allí 
encontraría personas competentes que le entendiesen y apo- 
yasen; que allí le proporcionaría nuevos }' fervientes parti- 
darios.» 



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Dos dificultades se presentaban. La ausencia de los 
Reyes Católicos, y la falta de recursos del navegante. 

Firme en su propo'sito el ilustre dominico, y cada vez 
más convencido de la necesidad de dar aquel paso, CU5'0 
resultado veía seguro, conferenciaba repetidas veces con 
CoL(')N, le fortalecía y ponía á su vista la importancia deci- 
siva que para contrarrestar la opinio'n desfavorable que se 
había formado, había de tener la aproliacio'n de los graves 
profesores de Salamanca '. Era ima apelacio'n disimulada, 
sin aparente carácter de oposicio'n. ni de censura, pero que 
había de concluir por neutralizar el efecto que causara el 
dictamen de la Junta presidida por Talavera. Y para faci- 
litar la práctica de aquella noble idea, el generoso prelado 
se hizo cargo de los gastos de Cristób.\l Colón y escribió' 
á su convento de San Esteban para preparar los ánimos 
de sus amigos, y que se dispusiese alojamiento donde 
aquél pudiera permanecer todo el tiempo que fuera nece- 
sario. 

La otra dificultad se encargo' de allanarla la Provi- 
dencia, Los Re3'es, calmadas las turbulencias de Galicia, 
decidieron pasar el invierno en Salamanca; y desde el mo- 
mento en que esta noticia se supo en Córdoba, cesaron todas 



' Espa^^ne, traditions, ma-urs et liti¡'rciliiir, par Aiiloine de Latour. — París, 
Uidicr, 1869; cap. XI. 



LIBRO PRIMERO.— CAPITULO VII 



117 



las indecisiones, concluN-eron las dudas, y Colón se puso en 
camino para Castilla. 

Hospedaron los frailes del convento de San Esteban al 
navegante genovés en una granja llamada de ^'alcuebo. que 
poseían á corta distancia de la ciudad. Situada en una 
pequeña altura . en sitio ameno y agradable , era por su 
posicio'n aislada v por la belleza de sus alrededores, lugar 
mu}- apropiado para el estudio }■ la meditacio'n. Allí concu- 
rrían sucesivamente los más graves religiosos , que acompa- 
ñaban á su huésped por algunos días . y escuchaban sus 
palabras sin prevencio'n alguna, y antes bien con el deseo de 
encontrar la conviccio'n necesaria para aceptar aquellas nove- 
dades que tan profundas revoluciones anunciaban en el 
terreno de la ciencia. A veces iban á Valcuebo con los 
padres dominicos algunos respetables profesores de la célebre 
L'nivcrsidad : en otras ocasiones dejaba Colijx su retiro, y 
en el convento de San Esteban, en la sala que se llama hoy 
de Profiiiidis, se celebraban, según tradicio'n no interrum- 
pida, las reuniones más importantes y numerosas «en que 
no solamente había maestros y catedráticos de teología }• 
artes, pero aun en las demás facultades, matemáticas y artes 
liberales. Comenzaron á oirle y á inquirir los grandes fun- 
damentos que tenía, y á pocos días aprobaron su demos- 
tracio'n ' . » 

La celebracio'n de tan repetidas conferencias . ora en el 
convento de San Esteban, con la asistencia de tantos ilustres 
maestros: ora en la retirada quinta de ^'alcuebo. fué desde 
luego objeto de curiosidad entre los estudiantes, y aun entre 
los profesores que todavía no tenían conocimiento de los 
atrevidos pro3^ectos de Colóx; siendo tema obligado de 
todas las disputas entre los hombres de ciencia , y más 
cuando llego' á entenderse que los más sabios y respetables 



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' Varones ilustres del Nuevo Mundo, por don Fernando Pizarro y Ore- 
llana. — Madrid, 1639. 



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CRISTÓBAL COLÓN 



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doctores encontraban bien fundado? lus cálculos de aquel 
extranjero, que se proponía ensanchar los límites del mundo 
conocido. 

Ya Cri.stób.\l Colón era señalado por todos con cierta 
curiosidad mezclada de respeto cuando transitalia por las 
calles, o' se dirigía en unio'n de algunos religiosos dominicos 
á su retiro del campo: 3'a se hablaba en todas partes de la 
probabilidad de su gran descubrimiento pasando los últimos 
límites del niiv tenebroso, y se ponderaban las inmensas 
riquezas de los reinos del Gran Kan: ya. en tin. acjuel pensa- 
miento, cuya magnitud había esjoantado á los más atrevidos 
navegantes portugueses, y parecido irreílli:iilhle y de toda 
repulsa digno á los doctores y marineros reunidos en Cór- 
doba, comenzaba á ser mirado con benevolencia, y tenía en 
su favor la opinio'n de muchos doctos , 3' hasta cierta simpa- 
tía en el pueblo, cuando los Reyes, á su regreso de Galicia, 
hicieron su entrada en Salamanca al ñnalizar el otoño del 
año 14SÓ. 

Allí permanecieron hasta fin de Enero del año siguiente: 
}• en todo ese tiempo, aunque el pensamiento de los Sobe- 
ranos estaba fijo en la campaña contra los moros, que 
deseaban empezar en cuanto la estacio'n lo permitiera . no 
cesaron de llegar á sus oídos las noticias de aquellas confe- 
rencias habidas en San Esteban, ni dejaron de conocer la 
atmo'sfera favorable que se había formado en torno del 
marino de (iénova. Este fué, sin duda alguna, el trabajo 
de los verdaderos amigos de CoL()N. Doña Beatriz de Boba- 
dilla, fray Diego Deza, Alonso de Ouintanilla 3^ otros, 
hablaban intencionalmente, ante los Re3'es. de las opiniones 
lormuladas por los más ilustres maestros de la l'niversidad 
y del Colegio, 3^ es indudable que lograron jijar su atención, 
y disminuir, si no lo borraron del todo, el mal efecto 
causado por la opinión de fra3' Hernando de Talavera. 

Don Fernando 3' doña Isabel salieron de Salamanca con 
dircccio'n á Co'rdoba el 29 de Enero: Colón permaneció 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO VII 



IÍ9 



todavía al^i'in tiempo cntrco;aclo á sus estudios y en confe- 
rencias con sus protectores; pero su causa halji'a ganado 
mucho lui^ar: su persona empezó' á gozar ma^'or considera- 
cio'n, 3' aunque á su llegada á Cordol^a por los primeros días 
del mes de Afarzo, todavía los alegres hijos de aquella ciudad 
andaluza le señalaban como loco, el concepto de las personas 
ilustradas y la opinio'n de la corte habían cambiado por 
completo, V en todas las conversaciones eran discutidos va: 
en tono muy diferente los proyectos que aquél ofrecía á los 
Revés. 

Partió' don Fernando para el memorable sitio de Má- 
laga, 3" quedo' en Co'rdoba la Reina, encargada de proveer 
las necesidades de la hueste; pero lejos de olvidar al genovés 
en medio de aquellas graves atenciones, hubieron de repe- 
tirle, por mcdiacio'n del tesorero Francisco González de 
Sevilla, que cuando las circunstancias lo permitieran se ocu- 
píirían detenidamente de su pretensio'n; y como quiera que 
desde entonces podía considerársele como unido al servicio 
de los Re3-es, en 5 de Mavo se le mandaron pagar tres mil 
maravedís, siendo mu}- digna de fijar la atencio'n la circuns- 
tancia de que la cédula fué expedida por Alonso de Oniíiía- 
nitta, con mandamiento del obispo de Falencia don Diego 
De^a ', sus dos favorecedores y amigos. En 3 de Julio se le 
libraron otros tres mil maravedís, como a3'uda de costa. 

Esta variacio'n en la conducta de la corte, 3' la conside- 
racio'n que desde entonces mereció Cristóbal Colón, fué el 
inmediato resultado de las opiniones de los frailes 3' profe- 
sores de Salamanca, y de la perseverante amistad de fra3' 
Diego Deza. 






Navarrete. — Colección de viajes , tomo II, doc. num. II. 







I20 



CRISTÓBAL COLON 




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II 



Por la narración que en la forma más clara 5^ concisa 
hemos procurado hacer de lo que fué la Junta que examino' 
en Co'rdoba los proyectos de Colón bajo la presidencia del 
prior de Prado fray Hernando de Talayera, y la significa- 
cio'n de las conferencias habidas en el conA^ento de San 
lísteban de Salamanca, se descubre perfectamente el dife- 
rente carácter que esas asambleas revistieron. 

Se ha fantaseado tanto acerca de estas juntas, se ha 
escrito con tal falta de datos sobre sus decisiones y los 
argumentos que se opusieron á las teorías de Cristóbal 
CoLiJN, que entre los errores de unos, las imaginaciones de 
otros, los odios de escuela de estos, y la ciega ¡Dasio'n de 
aquellos, se han llegado á confundir los sucesos y á producir 
una oscuridad que no es fácil disipar sino fijando los pocos 
datos indubitados que en los primeros historiadores pueden 
recogerse, y los que se desprenden de las declaraciones de los 
testigos que fueron examinados muchos años después en el 
])leito seguido entre don Diego Colo'n y el fiscal del Rey, de 
los cuales muchos habían conocido al primer Almirante 
desde que llego' á España, y le habían acompañado en sus 
primeros viajes. 

De la Junta de Córdoba, convocada con carácter oficial 
de orden de los Reyes, hubo de extenderse dictamen, según 
lo comprueba la declaracio'n del doctor Maldonado, por- 
que SS. AA. deseaban saber la opinio'n de hombres enten- 
didos, sabios y marineros antes de decidirse á tratar con 
Crist(')H.\l Colón, cuj^os pro^^ectos parecían exageradamente 
atrevidos, como opuestos á todo lo que la ciencia entonces 
enseñaba. Pero es verdaderamente de extrañar que los más 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO VII 



121 



disting'uiclds histdriadorcs . como Ilumljoltlt. Xawirrete. 
W'ashiiiijton Irviny v Prcscott llamen Consejo de Síihliiiíliieil íi 
aquella lunta. v la contundan con las conferencias científicas 
que por inspiración é iniciativa de ira}' Diego Deza se tuvie- 
ron en aquella ciudad muchos meses después, y precisamente 
con el objeto de neutralizar los efectos del desfavorable juicio 
de la Junta de Co'rdoba. En Salamanca no se celebro' Consejo, 
ni aquellas reuniones tuvieron carácter oficial, ni más autori- 
dad que la de la ciencia. Sin embargo, la poesía y la pintura 
se han apoderado del Consejo de Silliinuíncú , y presentan ante 
él á CoLÓx como á un estudiante ante sus examinadores. 

Xo es nuestra únicamente esta opinio'n. La defienden 
notables escritores cuyos argumentos no tienen réplica á 
nuestro entender. 

« Para proceder rectamente _y sin que la preocuisacio'n 
ofusque, ni el interés oscurezca un asunto de tanta monta, 
comparemos texto con texto, el de l'lloa con Remesal y la 
narracio'n fernandina con otros documentos originales: de 
este modo los lectores podrán apreciar por sí mismos todo 
el mérito de la llamante elucubracio'n. «El Re}' cometió' al 
prior del Prado para c[ue confiriese con los más hábiles 
cosmo'grafos. » A esto responde Remesal ■: «Desechado 
CoLÓx de algunos reyes como hombre quimerista y de poco 
juicio, para persuadir su intento á los Reyes de Castilla... vino 
á Salamanca á comunicar sus razones con los maestros de as- 
trología }• cosmografía, que leían estas facultades en la Uni- 
versidad.» Y añade Pizarro-: ((determinó CoLejs de ir á ¡a 
Universidad de Salamanca como madre de todas las ciencias.» 

Es decir, que según Ulloa, cometió el Rey a! prior de! 
Prado: según los historiadores salmantinos, ///('' Colóx el que 
vino para persuadir á los Reyes: fué CüL('jn quien determinó ir 
á Salamanca como á madre de todas las ciencias.» ^' sigue 









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' Historia de la prjvincia ¡If Chiapa, lib. II, cnji. X'II, n.ini. 3. 
' Varones ilustres del Nuevo Mundo , cap. III. 



Cristóbal Coi.ó.v. t. i. — 16. 



I 22 



CRISTÓBAL COLON 



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el texto de Ulloa: «obedeció el prior del Prado, pero como 
los C[ue había juntado eran ignorantes, no pudieron com- 
prender nada de los discursos del Almirante, que tampoco 
quería explicarse mucho. . .» A esto responde Pizarro : «de- 
termino' de ir á Salamanca como á madre de todas las 
ciencias. Halló grande amparo en el convento de San Esteban, 
en donde florecían en aquella sazo'n todas las buenas letras; 
que no solamente había maestros de teología y artes ; pero 
aun de las demás facultades, matemáticas y artes liberales. 
Comenzaron á oírle v á niqninr los fundamentos que tenía 
y...» añade Remesal : «En el convento se hacían las Juntas 
de los astrólogos y matemáticos: allí proponía Colón sus 
conclusiones, y las defendía.» De suerte que los cosmo'- 
grafos de Ulloa eran ignorantes 3^ no comj^rendieron los 
discursos del .Vlmirantc. mientras que en Salamanca hallo 
grande amparo v comenzaron á oirlc c inquirir los jiiiulü- 
incatos que tenia. Y sigue Ulloa: «los cosmo'grafos dijeron al 
Re}' que el intento de Colón era imposible.» A esto res- 
ponde Remesal: «comenzd á proponer sus discursos y 
fundamentos, y en so'lo los frailes de San Esteban encontró 
ateiieióii y aeogida... y con el favor de los religiosos redujo 
(Colón) á su opinión á los mayores letrados de la eseuela.» 
\ añade Pizarro: «comenzaron á oirle... 3' á los pocos días 
aprobaron su demostraeión.» 

Ahora bien: ateniéndonos al sentido obvio \- natural de 
las palabras, son bien marcadas las diferencias que median 
entre la Junta de cosmo'grafos presidida por el prior del 
Prado y las conferencias de San Esteban. La una es de 
orden de los Reyes, aunque no solemne, ni rodeada de la 
pompa de que la viste la fantasía de los colombianos, pero 
al fin es oficial, como diríamos hoy, puesto cjue el Rey 
(nótese liien . no la Reina, á quien todos dan la gloria de 
haber comprendido al genio), puesto que el Rev comete al 
jirior del T'rado su rcunio'n y presidencia. Por el contrario, 
las conferencias de San Estelxm . auniiue más solemnes é 



LIBRU PRIMERO.— CAPÍTULO Vil 



123 



importantes que la Junta de la corte, presidida por el repre- 
sentante del Rey. tienen un carácter privado 3^ espontáneo, 

V no reconocen otra presidencia que la prioridad de los 
dominicos en comprender al marino, }' la superioridad y 
ascendiente de Deza para convencer á los maestros más 
insignes de la escuela. Kn la primera asiste CoLcJx como un 
pretendiente y su empresa se somete á un rigoroso examen, 
antes de adoptada por los Reyes. En las segundas es el 
mismo Colón el que las provoca, viniendo espontáneamente 
á • Salamanca . con el ñn de autorizarse con el apo3'0 3' 
parecer de la escuela, C|ue respetan los Re3xs 3' tiene gran 
celebridad en el mundo. En la primera los vocales son tan 
ignorantes en cosmografía, c[ue no comprenden los discursos 
del Almirante. En las segundas los 03'entes son maestros 
de matemáticas, de astronomía 3' cosmografía, que si no 
excedían, estaban al menos á la altura de los conocimientos 
de la época. Pudieron disentir del marino, pero no eran 
incapaces de comprender sus discursos y conclusiones. En 
la primera todos los cosmo'grafos , la Junta en ¡ileno informo' 
al Re}', que el intento de Colón era imposible: en las 
segundas desde luego encontri! c lítciicióii en los dominicos 
que comenzaron á oírle é inquirir sus razones 3' fundamentos, 

V á pocos íliiis aprobaron su dcmostracio'n : 3' después con el 
favor de los dominicos redujo (el Almirante) á su opinio'n á 
los mayores maestros de la escuela.» Más aún; de las pala- 
bras de Remesal : v para persuadir su intento á los Reyes de 
Castilla;» 3' de las de Pizarro: «determino' de ir,» se infiere 
claramente c[ue CoLóx vino á Salamanca después, 3' á conse- 
cuencia de no haber sido comprendido en la Junta cortesana 
y que vino á la madre de todas las ciencias precisamente «para 
persuadir su i ni cuto á los Reyes n que mal impresionados con 
la resolucio'n de la Junta v de las pláticas habidas en la corte, 
necesitaban nada menos que un informe favorable de la madre 
de todas las ciencias, para desvanecer la impresio'n c|ue reci- 
bieran (/(' /(/ Junta presidida por Talayera. 



124 



CRISTÓBAL COLÓN 





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«Por eso CoL(:'>x. sabiendo que Salamanca gozaba á la 
sazo'n de una fama universal, v en la esperanza de ser enten- 
dido por la iiiíuire de todas his ciencias, dctcnniíió de ir ( por 
indicacio'n de los Reyes acaso, j^ero sin mandato ni carácter 
alguno oficial), adonde su corazón le decía c]ue había de 
encontrar atención v acogida por lo menos, v despuc's de 
asentar 3' defender sus conclusiones, redncir á su opinión á 
los mayores maestros de la escuela.» 

Esta es. al menos, la conclusión que sin esfuerzo ni 
violencia alguna, se desprende de las palabras citadas '. 

Claramente aparecen aquí deslindadas, en forma muy 
semejante á la que nosotros dejamos expuesta, aunque 
apoyándose en otros argumentos, la Jiintil en Co'rdoba v las 
Conferencias de Salamanca : y es altamente satisfactorio el 
ver adoptadas tales conclusiones por escritores cu\a posición 
les ha permitido examinar los documentos en el lugar 
mismo en que ocurrieron los hechos, v cuyo carácter ¡cresta 
respetabilidad á las opiniones que sustentan. 

«Se equivocaron, sí: se equÍA'ocaron lastimosamente, 
dice otro docto escritor á quien se debe mucha luz en todo 
este período -. tanto Muñoz como Bossi v lo mismo Xava- 
rrete que Humboklt. que Irving v Prescott. ni más ni menos 
que los Lamartine v los F. Cooper. v lo mismo Roselly que 
du Bellov v así Air. Latour como E. de Chanel. el duque de 
Rivas tanto como el espiritual Campoamor. novelistas, 
poetas é historio'grafos al dar de barato que «la I niversidad 
))de Salamanca declaro' imposible el intento de Colón;» 
que «la docta Junta de Salamanca did un dictamen desfa- 
»vorable; que declaro el plan del insigne cosmo'grafo qui- 
»mérico, impracticable v apoyado en muy débiles funda- 



' Co/ón ai SahjmiiiiLd ó el huésped de San Esteban, por el señor don 
.Mejandro de la Torre y Vélez, canónigo doctoral de la santa iglesia catedral 
de Salamanca. — Estudio premiado por la «Sociedad Colombina Oninense^> en 
en el certamen del año 1S85, y publicado en hi .I/ív/zc/vV/ correspondiente al 
mismo año. — Huelva, viuda é hijos de .Muñoz, 1S85. 

' D. Tomás Rodríguez Pinilia. — Culón en España, pág. 243. 



LIBRO I'R1M1:R0.— CAPÍTULO VII 



12: 



))mrntos:» so equivocaron lastimosamente, tomando las 
Jniiliis y pli'lliiíis del prior del PnliJo tenidas en Co'rdoba á 
jjrincipios de 14S6, por las famosas Coiíjcrciiiiils de Súhl- 
iiiíVH'ú, que provocadas oficiosiiniciitc por los entusiastas pro- 
tectores de CnLÓN, y dirigidas, inspiradas y presididas por 
el R. P. M. fray Diego de Deza, se celebraron durante 
la estancia de los Revés Cato'licos en aquella ciudad en 148Ó 
y 1487.» 

En cuanto á los argumentos que se formularan contra 
las teorías expuestas por Cristóbal Colóx, aunque supon- 
gamos sean los mismos que en diferentes lugares consigna 
el P. Las Casas, no puede causar extrañeza, ni acusan 
ignorancia, ni mucho menos preocupacio'n, parcialidad, 
intransigencia ni fanatismo por parte de aquel ilustradísimo 
}• célebre cuerpo de profesores, ni de los frailes de San 
Esteban: antes por el contrario, todos se mostraron á gran 
altura y dotados de condiciones escepcionales. Eran las 
razones de la ciencia antigua, los axiomas admitidos que 
se oponían á las teorías innovadoras , j se presentaban en 
la discusio'n para ser contestados. Esta ha sido siempre la 
suerte de todos los adelantos, y es la historia de todas 
las evoluciones, de todos los descubrimientos. Cuando por 
vez primera se anuncian á la humanidad las grandes ideas 
de progreso y de perfeccionamiento ; cuando se presenta 
alguno de esos hombres extraordinarios que de tiempo en 
tiempo aparece traj'cndo en su cerebro verdades hasta 
entonces desconocidas , aspirando á romper los antiguos 
moldes del pensamiento, á ensanchar los límites de la 
ciencia, sus ideas son tenidas siempre por sueños irreali- 
zables, por utopias, y los autores escarnecidos las más veces, 
y vilipendiados muchas, sacrificados algunas... 



0/1 les pcrsectite , o 11 les tiie: 
Sauf, apres un loiig examen, 
A les dresscr une statiic 
Pour la gloire du gcnrc hutnain. 



126 



CRISTÓBAL COLON 



No llego á tanto extremo la desventura de Cristóbal 
Colón. Sufrieron sus planes largas dilaciones: se le argu3'o' 
con la autoridad de San Agustín, y con la de Ptoloiiico: 
se le opuso el texto de los Salmos de David. 3^ el de las 
Suasorias de Séneca. cQue Colón conocía más que mediana- 
mente la Escritura y alguno que otro de los Santos Padres, 
sobre todo en acjuello que hacía al objeto de su continuo 
ideal, suministran pruebas abundantes todas sus cartas, y 
especialmente el libro de las Profecías. Que en la lectura 
de los filo'sofos griegos y latinos estaba más A'ersado aún, lo 
convence el testimonio irrefragable de los escritos Cjue de él 
se conservan . y por de todo punto llano debemos , me 
parece , tener que la decidida proteccio'n cjue hallo' en los 
doctores de Salamanca, más C[ue á las teorías de su ingenio 
la debió' á las c[ue sobre el particular expuso de Séneca, 
Aristo'teles y Strabo'n, filo'sofos harto conocidos del claustro 
salmantino ' . » Pero sea de esto lo que se quiera de la 
controversia salid vencedor como pocas veces lo ha logrado 
el genio: la ciencia antigua se presento' subyugada, admitió' 
la innovación, y por resultado de aquella fecha tuvo Colón 
medios para hacer sus viajes 3^ España la gloria del descu- 
1)rimicnto. 



' Estudios críticos acerca de la dominación española en América.- 
1. Colón y los españoles, por el P. Ricardo Cappa, de la Compañía de Jesús.- 
Madrid, Velasco, 1887, pág. 51. 



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128 



CRISTÓBAL COLÓN 




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Brillante v de grandes resultados, aunque larya y no 
falta de trabajos y contratiempos fué la campaña del 
año 1487. 

Entreg'o'se la ciudad de Velez-Málaga al rey don Fer- 
nando, A'icrnes 27 de Abril, 3- apenas se tomo' posesión de 
la j^l'iza V se consagraron en iglesias las mezquitas, á tres 
días del siguiente mes de Mayo, según Andrés Bernaldez. 
hubo el Rey consejo, y decidid el sitio de Málaga, ciudad 
la más importante que poseían los moros, después de su 
corte de Granada. 

Largo fué el asedio, y alentaba á los defensores la idea 
de que los cristianos habían de leyantarle por las grandes 
pérdidas sufridas. Para c[uitarlcs esa esperanza que alimenta- 
l)an algunos desertores del real, diciéndoles. que la Reina no 
quería cjue continuara la guerra, escribió el Re}- á su es^Dosa 
doña Isabel yiniera á acampar ante los muros de la ciudad, 
que al cabo cajaitulo' y se rindió á iS del mes de Agosto. 

Pudiera creerse que los monarcas habían olvidado las 
proposiciones de Col(')N, ocupados enteramente en las con- 
quistas del territorio: pero no era así, y aun podría sospe- 
charse que algunos cortesanos se las recordaban: pues 
dilatándose la j^ermanencia de los Reyes en el campamento, 
se entregaron á Colón cuatro mil maravedís de orden 
de SS. AA, y por cédula del obispo, para que pasase al 
real. | Triste y hermoso espectáculo pudo presenciar allí, 
viendo más de seiscientos cautivos rescatados, ilacos y 
amarillos, que salían de las prisiones para restituirse á sus 
casas: y ;í los moros que aliandonalian sus hogares, bus- 
cando en otros pueblos albergue ])ai"a sus familias! 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO VIII 



129 



Las escenas que. á no dudar, presencio Colón á su 
llegada al real sobre Málaga, y en las que tal vez tomo' una 
parte activa, están magistralmente descritas por el bachiller 
Andrés Bernáldez: 

«En esto assí concertado, luego el Dordux entrego' al 
Rey las fortaleza.s, é torres é aljimas, é sobrepuertas de la 
ciudad, dexando á Gibra-alfaro, que lo tenía al Zegrí. E el 
Key mando' á pregonar que cualquiera que tomase cosa 
de los moros, o' les faciesse desaguisado, muriese por ello; c 
envió' su guión é la cruz de la Cruzada, é el pendón de las 
Hermandades, acompañados de muchos caballeros é mu}' 
armados, después de haber tomado rehenes del Dordux, á 
tomar las fortalezas de Málaga. E des que vido, empinados 
sobre las mas altas torres su jente señorear las fuerzas de la 
ciudad . dio' muchas yracias al Señor nuestro Dios v agrade- 
cio'le mucho la victoria grande que allí le había dado. E la 
Reina é la Infanta, con sus .dueñas é damas, é toda la 
campaña Real, hincados de rodillas en tierra, presentaron 
á nuestro Señor é á la Virgen Santa Maria gloriosísima 
muchas oraciones é alabanzas 3' al Apóstol Santiago. E eso 
mesmo hicieron todos los devotos christianos del real. E los 
Obispos é clerecía que alli se hallaron, cantaron le Dcinu 
¡aitdamiis é Gloria in exelcis Deo. 

- ,))Fué este dia que, la ciudad se entrego' sábado 18 dias 
andados del mes de Agosto, año susodicho de nuestro Señor 
Jesuchristo de 1487 años. Había estado cercada desde siete 
dias andados de Ma3'o: ansí el Rey la tuvo c(?rcada tres 
meses é once dias, fasta que la entregaron como dicho es. 
E luego el Re}' mando' á pregonar ¡^or toda la ciudad entre 
los moros, que cada uno con lo su3'o estuviesen seguros 
en sus casas; é fizo entre ellos poner mu}- grandes guardas 
por las calles é puertas, porque ninguno non se fuesse, ni 
ninguno los agraviase, ni los enojase, ni tomase lo que 
tenían. 

»E luego demando' los cautivos christianos que en 

Cristóbal Colón, t. i.— 17. 



I30 



CRISTÓBAL COLON 



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I -^lálaga estaban, é fizo poner una tienda cerca de la puerta 
de Granada, donde él, é la Reina, é la Infanta, su fija, los 
recibieron ; y fueron entre hombres y mujeres los que allí 
los moros les trajeron fasta seiscientas personas: é á la 
jDuerta por do salieron estaban muchas personas con cruces é 
pendones del real, é fueron en procesión con ellos fasta 
donde estaban el Rey é la Reina atendiéndolos. E llegando 
donde sus Altezas estaban, todos se humillaban é caian por 
el suelo, é les querían besar los pies, é ellos no lo consen- 
tían, mas dábanles las manos, é quantos los veian daban 
loores á Dios, é lloraban con ellos con alegría: los cuales 
salieron tan flacos é amarillos con la gran hambre, que 
creian ¡merecer todos, con los hierros é adovones á los ]piés , é 
los cuellos é barbas muy cumplidos '. E de que besaron los 
pies al Rey é á la Reina, loaron todos á Dios mucho, rogán- 
dole por la vida y acrecentamiento de sus Altezas. E luego 
el Rey les mando dar de comer é de beber, les mando' 
desherrar, é los mandaron vestir é dar limosnas, j^'^ra di^'s- 
pensa de cada uno donde quisiese ir, y asi fué fecho é cum- 
plido, lín estos cautivos habla personas de grandes rescates, 
que estaban rescatados; é habla personas que habia diez, é 
quince é veinte años c[ue estaban cautivos, é otros menos... 



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«Los moros de Málaga suplicaron al Rey. luego como 
entregaron las fortalezas, que les mandase dar pan por sus 
dineros, que se morían de hamlire; }' el Rey les mando' dar 
\mn é harina de los montones que ellos miraban que estaban 
en el real, que el moro Santo les certificaba que comerían: é 
aqui se cumplieron sus agüeros, en que dijo verdad, que 
comerían de aquella harina, é ansí la comieron, empero 
cautivos.» 



' 1 )c este (ir.imritico episodio se inspiró el artist.i don Eduardo Cano para 
un lierniosísimo cu.-idro ([ue obtuvo i^rimer premio en la F,xi)osición Nacional 
de 1871. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO VIII 



131 



«E alli donde ellos acorralaron los christianos, de la 
gran cabalgada que hizicron de la Ajarquía el año de i4Í~<3. 
é donde por costumbre tenian de meter la cabalgada de 
christianos que traian cautivos, para los partir o' vender, 
alli fueron ellos metidos é acorralados en aquel corral , é 
acorralados é contados , é cautivos é vendidos : é alli apar- 
taron los gandules de los naturales, é vendieron: c estuvie- 
ron alli en aquel corral hasta que dieron forma de los llevar 
á Castilla, los cuales trujeron por mar á Castilla en las gale- 
ras é navios de la armada fasta Sevilla, é otros muchos ¡jor 
tierra, é repartiéronlos por las ciudades, é villas é lugares '.» 

Con la corte regreso' Cristób.vl Colóx á Co'rdoba; 
pero la Providencia había dispuesto que sufriera todavía, 
3" no encontrara la apetecida tranquilidad para tratar de 
sus proyectos. Apenas llegados á Co'rdoba, la epidemia que 
empezó' á sentirse en la ciudad hizo que los Revés marchasen 
á Zaragoza. Tardaron más de un año en volver por Anda- 
lucía, pues en la primavera de 14S8 hiciergn entrada por 
el reino de Valencia, y se detuvieron en Murcia, reduciendo 
á Vera 3^ otros muchos lugares de moros. 






II 



Partidos de Ccírdoba don Fernando v doña Isabel con 
toda la corte, en la cual iban en diferentes oficios todos 
los mejores amigos de Colóx, hubo de comprender que 
por entonces era preciso renunciar á nuevas gestiones 3^ 




' Historia de los Reyes Católicos , por el bachiller Andrés Bernáldez. — 
Sevilla, Sextrin, 187 1, tomo I, caps. LXXXV y LXXXVII. 




132 



^ > ! CRISTÓBAL COLÓN 



permanecer en inacccidn. No es posible saber ho}^ de una 
manera cierta, aunque se pueda conjeturar, cuál fue el 
motivo que le indujo á escribir al rey de Portugal, 
manifestándole su deseo de pasar á Lisboa. Entre los indi- 
cios que se han podido rastrear como razo'n de aquel viaje,' 
ninguno es bastante para que podamos afirmar ni si lo 
emprendió' movido por negocios particulares , o' por el 
intento de ponerse al corriente de los últimos descubri- 
mientos de los portugueses, y hablar detenidamente con los 
navegantes; o' quizá para volver á la gracia del monarca, y 
tenerle propicio en una eventualidad posible, aunque remota. 

Ya dejamos dicha la manera con que Colón salió' de 
Portugal en 14S4, disgustado j)or haber conocido el intento 
de robarle sus proyectos, y receloso de que el rey lo detu- 
viera si comprendía su propo'sito de pasar á España á 
ofrecer á sus Monarcas el descubrimiento; por lo que salió 
ocultamente, lo más que pudo, como dice el P. Las Casas; y 
esto podía ser la causa de su temor al regresar. 

Mas por otra parte se encuentra en su testamento 
otorgado en Valladolid en 19 de Mayo de 1506, ante el 
escribano Pedro de Ilinojcdo ', una cláusida, que es la 
última, concebida en estos términos: — «Digo y mando á 
don Diego mi hijo, o á quien heredare c[ue juague todas his 
deudas que dejo aquí en un memorial, por la forma que allí 
dice...» Y á continuacio'n unic) el escribano una memoria 
escrita toda de puño y letra del Almirante, del tenor 
siguiente: — «Relación de ciertas personas á quien yo quiero 
que se dé de mis bienes lo contenido en este memorial, sin 
que se le quite cosa alguna dello. — Hésele de dar eu tal jornia 
que no sepan quien se las manda dar. 

«Primeramente á los herederos de Gero'nimo del Puerto, 
l)adre de Benito del Puerto, Chancellcr en Cjénova, A^einte 
ducados o' su valor.» 



' Navarrete, tomo II, doc. núm. CLVIII. 



LIBRO PRIMERO — CAPÍTULO VIII 



•33 



«A Antonio Baro, mercader ginovés, que solía vivir en 
Lisboa, dos mil c quinientos reales de Portugal, que son 
siete ducados, poco más, á razón de trescientos é setenta v 
cinco reales el ducado.» 

«A un judio que moraba á la puerta de la i'udcria en 
Lisboa, d á quien mandare un sacerdote, el valor de medio 
marco de plata. » 

«A los herederos de Luis Centurión Escoto, mercader 
ginovés. treinta mil reales de Portugal, de los cuales vale 
un ducado trescientos ochenta v cinco reales, que son setenta 
V cinco ducados poco más o' menos.» 

«A esos mismos herederos y á los herederos de Paulo 
Negro, ginovcs, cien ducados o' su valor. Han de ser la 
mitad á los unos herederos v la otra á los otros.» 

«A Baptista Espíndola, o' á sus herederos, si es muerto, 
veinte ducados. Este Baptista Espíndola es yerno del sobre- 
dicho Luis Centurión, era hijo de ]Miccr Nicolao de Socoli 
de Roma. 3- por señas, él fué estante en Lisboa el año de 
mil quatrocientos ochenta 3' dos.» 

Esta última indicacio'n parece que designa la época en 
que fueron contraídas aquellas deudas, que por descargo de 
conciencia recuerda 3' manda pagar Colón en papel todo 
escrito de su mano. Y con efecto, recorriendo las fechas 
posteriores de su existencia . no era fácil , ni se explica que 
contrajera deudas en Lisboa, ni que dejara de satisfacerlas. 
Como en el tiemjDo que duro' su matrimonio se dedico' á 
algunos negocios mercantiles, no es tampoco violento supo- 
ner que de sus resultas quedaran aquéllas, v temiendo el 
deudor que sus acreedores pudieran aprovechar su nueva 
aparición en la corte portuguesa, pidió' 3' obtuvo salvocon- 
ducto; por eso se pondría la cláusula: « c porque, por •vcutiini, 
teerdes algum rcceo de nossas jiistifcis, por racoii d'algumas 
cousús á que sejúdes obrigúdo...» que dando por supuesto 
aquel antecedente tiene satisfactoria explicacio'n v fácil inte- 
ligencia. 



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Hasta la advertencia de que á los acreedores no se les 
quite cosa alguna de lo que les manda entregar, y la cautela 
de Cjue no sepan quien les manda entregar aquellas canti- 
dades, parece que confirman la sospecha apuntada, y dan 
alguna luz para comprender el recelo que abrigaba de 
volver á Portugal. No puede darse á este indicio más 
fuerza; pero aunque leve, deja entrever alguna luz en este 
punto oscuro, y que con tanto interés se estudia hoy j^or los 
colombistas. 

Lo que no puede dudarse es que la iniciativa partió de 
Crisk'jb.-vl Colón; que el marino manifestó' al re}- don Juan 
su deseo y su propo'sito de pasar desde Sevilla á Lisboa, por 
más que se nos oculte el objeto que en tal viaje se proponía. 

El rey don Juan le contesto' por carta fecha en Avis 
á 20 de Marzo de 14S8, que es verdaderamente notable 
é importante en la vida del genovés, por los datos que en 
ella se contienen. 

«A Cristovam Colon, nosso especial amigo, en Sevilha») 
«Cristoval Colon. Nos Don Johan, per graza de Deus, 
Rc}^ de Portugal c dos Algarbes; da aquem é da allcm 
mar em África, Senhor de Guinea, vos emviamos muito 
saudar. J'iiiios á carta que nos cscrihcstcs: c á boa vontadc c 
alcifaoii que por ella mostrades tcerdes á nosso servido vos 
agradecemos muito. E Cjuanto á vossa vinda cá, certo, asst 
por lo que apontacs como por outros rcspeitos para que vossa 
industra c Ijon engenho Nos será necesario, Nos á desejamos, 
é pracernos á muito de vinsedes, porque em ó que á vos 
toca se dará tal forma de que vos devaees ser contento. 
E porque por ventura teenies al^^um receo de uossas justi(as, por 
ra(oii il'alí^iiiias covsas á que sejiules obn'í^ado, Nos por esta 
nossa carta vos seguramos polla vinda. stada é tornada, que 
nnn sejades presso, rctcnudo. acusado, citado nem deman- 
dado j)or nemhima causa ora seja civil, ora crime de cjual- 
quer cualidade. E por ella mesma mandamos á todas nossas 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO VIH 



135 



Justinas que o cumpran assi. E por tanto z'os rOí:;cliiios c 
encomendamos que z'ossa viuda seja logo é para isso ncín 
tenhades pejo algum; é agardccer Nos lo hemos, é tecremos 
muito en servicn. Scripta en Avis á 20 de Marzo do 1488. 
—El Rey.» 

Los conceptos sobre que hemos llamado la atencio'n, 
demuestran la verdadera importancia del documento. Culijn 
manifestó buena voluntad y aféelo al re}- don Juan, y apuntó 
las razones que justificaban sus deseos de ir allá; y éste, á 
su vez. expresa que la industria y buen ingenio del nave- 
gante le hacían mu}- agradable la visita, que podría ser 
mu}' útil por otros conceptos. La frase de que podría tener 
algún temor de las justicias portuguesas, por ra:ión de algu- 
nas cosas á que estáis obligado, parece que viene á robustecer 
la sospecha, que antes indicábamos, de c[ue el recelo con- 
sistía en el resultado de obligaciones particulares contraídas 
y no solventadas. Y por último, el empeño con c|ue el 
monarca encarga al marino, V le ruega v eneomieiula que su 
ida sea pronto, confirma también la ajjreciacio'n expuesta 
en su lugar de que el re}' don Juan miraba los planes de 
Colón con especial interés, á pesar de los informes desfavo- 
rables de sus cosmo'grafos y obispos . y que su trato con 
aquél había sido en cierto modo más frecuente y cordial de 
lo que pudiera caber en relaciones oficiales entre un monarca 
y un proyectista. 

Cuando llego' á Sevilla esta satisfactoria respuesta no 
era posible que Colón abandonara la ciudad. 

En Octubre del año anterior había recibido del tesorero 
González de Sevilla cuatro mil maravedís . como ayuda de 
costas; pero los gastos debían haber crecido por el estado en 
que se encontraba doña Beatriz, y agotados los recursos 
esperaba alguna nueva cantidad que le sacara de apuros y le 
permitiera acudir á las atenciones del viaje. Recibió', en 
efecto, por cédula de los Reyes, otros tres mil maravedís 



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en ló de Junio: pero ya en aquella fecha nuevos cuidados le 
retenían en Co'rdoba; y habiendo nacido su hijo don Her- 
nando en 15 de Agosto, puede creerse que hasta principios 
de otoño, en Septiembre ú Octubre, no salió' para Lisboa. 

Precioso é interesantísimo recuerdo de su permanencia 
en aquella cajsital , se conserva escrito de su puño y letra en 
uno de los libros de su uso que se guardan como verdaderas 
jo3'as en la Biblioteca Colombina. Es el tomo que contiene 
los doce tratados del cardenal Pedro de Aliaco, conocidos 
con el nombre de Inhibo Miindi ■ ; incunable sin lugar ni 
año, aunque parece impresio'n de Venecia hecha por los 
años 148Ó. En sus márgenes hay numerosísimas anotaciones 
del inmortal navegante, que demuestran lo detenidamente 
que consultaba los autores, la profundidad de su estudio y 
la prolijidad de sus observaciones, siendo indudablemente la 
más curiosa é importante de todas, la que hemos indicado y 
exactísimamente reproducida dice así: 

vNola qiiod í}OC anuo Doniiiii SS, in iiiciisc Dcccmhri 
appiilit in Vlixboiiii luirtholomeus didacus Capitüiiiis triiini ciiru- 
bellanmi qiicni iniscrdl scrcnissimns Rcx Portugaliw in Giiiiictiin 
lid tcnlnndnin tcrríiin, el vcnunliithil ipso scrciiissiino Rcgi proal 
nanigavcval ¡¡¡Ira ja ni navigaliini ¡cachas 600, viddiccl, 4)0 ad 
anslriun el 2jO ad aqnUoncm nsqiic iinmn promoiilorinni per 
ipsntn noniinalnm Cabo de boa espera ¡¡(a, qnein in agisiinba cCsU- 
inanais. Oui quiden in co ¡oco invcnil dislarc per aslroiabmni ¡¡¡Ira 
¡ineam ccqninoctialem gradas 4)" qncm ¡¡¡liniiini ¡ociini dislal ab 
Vlixbona Icuchas poo. quod viagium pictavit et scripsil de ¡cacha 
in ¡cnchaní in una charla ¡lavigationis al ocnü visai oslendcrel 
Domino ipso serenisimo Regi, i a qaibns ómnibus ialcijni -.o 



' Biblioteca Colombina. — GCx. 178-21. — Hoy está separado con otros 
que taml)ién pertenecieron á Cristóbal Colón, en una vitrina de ébano y 
cristales, al)ierto por una de las páginas que contienen las notas más importan- 
tes, para que puedan examinarlo los entendidos. 

' «Algún mal latin parece que hay, é todo ello es malo: pero póngolo á 
la letra como lo hallé de la dicha mano escripto.» — Las Casas. 



LIBRO PRIMKRO. — CATITULÜ VIH 



137 



El obispo frav Bartolomé de Las Casas, traduce así 
esta nota; — «lia de notarse que en el año de .S>S regreso 
á Lisboa Hartolomé Líaz. capitán de tres carabelas, á quien 
el Re}' de Portugal habia enviado á Cjuinea lí descubrir 
tierras: v trujo relación al mismo Serenísimo Rey de como 
habia navegado 6( » > leguas más allá de lo navegado antes, á 
saber. 47,0 al austro }■ i,")0 al Norte, hasta un jjromontorio 
al que puso por nombre Cabo de Buena Esperanza, v 
tomando altura en aquel lugar encontró por el astrolabio 
c[ue distaba de la equinocial 45 grados, y el Cabo dista de 
Lisboa 3100 leguas: el cual A'iaje pinto' y escribió' de legua 
en legua en una carta de navegación, para que por sus ojos 
lo viese el mismo serenísimo Rey. En todo lo que intervine.» 

Fijándose en esta última frase, iii qiiibiis onniibiis inicrfiii, 
V dándola una interjjretacio'n imposible y arbitraria,' han 
creído algunos que el autor de la Notü había sido compañero 
de viaje de Bartolomé Díaz, y había regresado con él á 
Lisboa en Diciembre de 14SS. Y decimos el autor de ¡a iiotú 
porque tamlnén ha habido quiénes han opinado que fué 
escrita por Bartolomé Cohín. v no por su hermano, y c[ue 
aquél hafiía estado en el descubrimiento del Cilho de BiieiHí 
hspei'iliir^íl , contradiciendo todos los datos más seguros é 
indubitados. No comprendemos, en verdad, el error de 
frav Bartolomé de Las Casas al confundir la letra de los dos 
hermanos, que debía serle muy conocida. Las notas todas 
puestas en el libro de Pedro Aliaco. que tenemos á la vista, 
son de la mano de Cristób.vl Colón, y no ofrecen diferencia 
alguna con la que nos ocupa, aunque ésta, como otras varias, 
parece escrita con pluma más gruesa. En cuanto á que éste 
fuera el que en ella habla, el mismo Las Casas lo sospecha, 
é indica que aunque Bartolomé escribiera la nota, pudo 
hacerlo por encargo de su hermano. Por lo que se refiere á 
la frase final . eii lodo lo ciulí intervine, ó á todo lo que estuve 
presente solo puede hacer relacio'n á la llegada de Díaz al 
puerto de Lisboa, y entrega del mapa de los países recorri- 

Cristóbal Colón, t. t. — i8. 




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dos al rey clon Juan, hechos que ciertamente presencio' 
Cristi'ihal Col(')N , como tan reputado marino v mu\' apre- 
ciado del soberano, sci^'ún lo demuestra la carta preinserta. 
\' esta inteligencia da también á aipiella frase el doito autor 
de la Bihliotccü (iiiicn'cíiiia vcliiitis'ntui. 

En los primeros meses del año 14Sq volvic) CoL(')X á 
España. Por aquel mismo tiempo los Reyes Católicos baja- 
ron de Valladolid á Jaén para dar nuevamente impídso á la 
guerra: y apenas se lijaron en Co'rdoba, expidieron cédula, 
con fecha i _' de Mayo, refrendada por el secretario Juan de 
Coloma, en la que recomendaban á las villas y lugares por 
donde transitase le aposentasen y diesen buenas posadas en 
que posara él v los suyos sin dineros, que no sean mesones '. 



Na\arrete, tomo U, pág. ii, doc. núm. I\' 








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CRISTÓBAL COLÓN 




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Con razón pucl<» aliri^ar esperanzas el g'cnovcs ilustre 
de que habiendo vuelto los Reyes á Andalucía des])ués de 
tan dilatada ausencia, se ocuparían con alt^'una detención de 
sus proposiciones; y si hemos de dar crédito al docto v con- 
cienzudo analista de la ciudad de Sevilla, en ella debía 
hacerse el último examen }' el concierto con el naveg'ante, al 
que se mando' dar aposento «con cartas para la ciudad de 
que lo socorriesen y encaminasen, aunque luego no entro en 
la conferencia por la interposición de la campaña ■ . » 

Y con efecto, al concluir el mes de ]\Ia3''o, don Fernando 
asento' el sitio de Baza, que fue' muy porfiado, pues la ciudad 
no se entrego' hasta jDrincipio del mes de Diciembre, dando 
lugar en más de una ocasio'n á que se jíidieran refuerzos. }■ 
aun se pensara en levantar el sitio, como tal vez se hubiera 
hecho sin la A'aronil entereza de la Reina, que envii! á decir 
á su esposo «que ella con el a3'uda de Dios daría ortlen para 
que fuesen bien proveídos de gentes, e' dineros, é provisiones, 
e' de todas las otras cosas cjue fuesen necesarias, fasta que 
aquella cibdad se tomase:» según narra el cronista Hernando 
del Pulgar; y como creciesen las dificultades y se prolongara 
el sitio, se traslado' al campamento en el mes de Noviemlire. 
á pesar de las grandes lluvias que habían empezado, 
llevando con su presencia y su energía la mayor confianza al 
ánimo de los sitiadores ^. 

Baza se rindií). y con ella se ganaron (íuadi\. .\lme- 



' Anales fdfsirístit-os y sfcn/airs d( la muy iiohli- y muy Ital ciuilad de Sn<i- 
l!a, por don Diego Ortiz de Zúñiga. — Madrid, ("iarc(a Infanzón, 1677, ]),1g. 404. 

^ Crónica de los señores Reyes Católicos , escrita por su cronista Hernando 
del l'ulgar, — Zaragoza, jior Miguel Suelues, 1567, in f.", ca]). CX. — CXX1\'. 



Í.IHRO PRIMERO.— CAPITULO IX 



141 



ría. Salobreña y ntros lugares, v los Revés fueron <á pasar 
el invierno á Sevilla, l'ero tampoco hubo momento de calma 
V tranquilidad. 

Solemnísima entrada hizo el rev don Fernando en 
Sevilla en el último día del mes de Febrero del año 1490. 
Fl aparato fué grandioso, v para que no fuese mavor se 
necesito' orden e.vpresa de los Soberanos, C|ue no querían 
se gastase en pompas, cuando tanto había que expender en 
la "uerra. 

Pero coniurándose todo, al parecer, en contra los deseos 
de Cristób.vl Colóx. v para distraer la atencio'n de la 
corte de otras empresas, á los principios del mes de Marzo 
llegaron á Sevilla el chanciller ma5*or de Portugal v don 
Fernando Silveira en calidad de embajadores, para celebrar 
los desposorios de la princesa Isabel con el príncipe don 
Alfonso, hijo del rev don Juan II de Portugal, cu3'o casa- 
miento estaba va concertado. 

Comenzaron los regocijos v fiestas. C|ue fueron concu- 
rridísimos V de gran animacio'n. Celebróse el desposorio. 
por cscriptiira c anillos por ¡os anhajadorcs, el domingo de 
Cuasimodo, 18 de Abril, v luego continuaron grandes fun- 
ciones, fiestas V torneos, en los que tomo' parte quebrando 
muchas lanzas el mismo rev don Fernando, á presencia de la 
Reina }• de las grandes señoras que de muchas ciudades 
habían concurrido, en la tela que se hizo delante de las 
Atarazanas. «¡Quién ¡ludiera contar, dice el cura de los 
Palacios, — cjue probablemente fué testigo presencial del suce- 
so, — el triunfo, las galas, las fiestas, las músicas de tantas 
maneras, el recibimiento C[ue hicieron á los embajadores de 
Portugal: la regla, el concierto, las galas de las damas, los 
jaeces de riquezas de los grandes, é de los galanes de la 
corte; el concierto cíe quando sallan á ver las fiestas la Reina 
é su hijo el Príncipe, é sus fijas é las damas 3' señoras c^ue 
las acompañaban: C[ue fué todo cumplido, tan sobrado, con 
tanto concierto c]ue decir más no se puede! Iban de dia á las 



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142 



CRISTÓBAL COLON 





justas, y venian ele noche con antorchas á los Alcázares: y 
la dama cjue menos servicio, traia ocho o nueve antorchas 
ante sí. cabalgando en mu}' ricas muías todas, é muy 
jaezadas de terciopelos, carmesíes é brocados.» 

Las fiestas de los desposorios se prolongaron hasta mu}' 
entrado el mes de Mayo: v en todo ese tiempo, durante más 
de catorce meses transcurridos desde la vuelta de la corte á 
j\ndalucía, no había adelantado un paso para la ejecución 
de su ansiado dcsculirimiento Crisk'hí.vl Colón, y veía cá los 
Re3'es atentos á tantos asuntos de índole muy dilerente. 
pero cjue ninguno respondía en grandeza 3" en resultados al 
colosal j^ensamicnto que acariciaba en su mente. | Sin 
embargo, á todos se prestaba atencio'n 3' su pro3'ecto era 
mirado con indiferencia, ajDlazándolo siempre para más 
tarde ! 

El estado de su ánimo no era constante, á pesar de 
tantos entorpecimientos: como todo el que pretende, sentía 
reanimarse sus esperanzas á cada momento, y confialia en el 
porvenir. El número de sus favorecedores en la corte 
aumentaba cada día, no siendo difícil que en un momento 
de calma obtuvieran un triunfo decisivo en el ánimo de la 
Reina. Pero el momento parecía que no llegaba nunca. 

Apenas acabadas las fiestas de los desposorios de la 
Princesa, el re3^ don Fernando volvió de nuevo la atención 
;í Granada, objeto constante de sus deseos, y desde el mismo 
alcázar de Sevilla envió' embajadores intimando la entrega 
de la ciudad. Contestaron los granadinos tan altivamente 
como era de esperar, y vista su negativa dispuso la tala de 
la Vega, convocando á ella á los grandes v prelados de 
Castilla. 

La reina doña Isabel salió' de Sevilla 3^ se detuvo en 
.Moclin. mientras la hueste cristiana talaba los camjDos de 
los moros, dcstru3'éndoles mieses, viñas, huertas \' habares. 
Ln el mes de Agosto volvieron á hacer nueva correría, y 
terminada regresaron hacia Sevilla, y al llegar á la villa de 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO LX 



143 



Constantin;i á mediados de Xoviemlire. despidieron á la 
princesa Isabel que march(í á Portunal. 

La corte de los Revés en Sevilla, al comenzar el 
año i4(;i. no respiraba más que guerra: ni se pensaba en 
otra cosa que en allegar gente, preparar transportes, reunir 
provisiones v trabajar en toda clase de aprestos militares. 



II 



Abatido V desalentado por tantas dilaciones, que lleva- 
ban trazas de interminables, por lo mismo que dependían 
del L'xito de la guerra, entonces más recia que nunca y 
cu3'o resultado podía retardarse indefinidamente: 3' con el 
grave disgusto de ver j^asados tantos años y su rü:ioit disiicltú 
cu túii poco couociniiciito de lo que ofrcciii de jaccr '. tomo' 
una resolucio'n por todo extremo arriesgada \ dolorosa. pues 
había de romper la amistad de sus constantes favorecedores, 
}' los dulces vínculos que á España le ligaban y cada día 
eran más gratos y necesarios á su corazo'n. 

Formo' el propo'sito de pasar á Francia, y sin dar 
cuenta á nadie de su intento, salió de la corte, donde su 
palabra no fué acogida, v se dirigid nuevamente al monas- 
terio de la Rábida. «Residió' CoL(3x de aquella primera vez 
en la corte de los Re3es de Castilla, dando estas cuentas, 
haciendo estas informaciones, padeciendo necesidades y no 
menos hartas veces afrentas, más de cinco años sin sacar 
fruto alguno: el cual no pudiendo va sufrir tan importuna é 
infructuosa dilación, ma3'ormente faltándole 5'a las cosas 
para su sustentación necesarias, perdida toda esperanza de 




' Declaración del físico Garci-Hernández. — Navarrete. — Colección de 
viajes, tomo III, pág. 365. 




144 



CRISTÓBAL COLON 





hallar remedio en Castilla, v con razón, acordd desamparar 
la cortesana residencia, de donde se partió' con harto descon- 
suelo 3' tristeza, para la ciudad de Sevilla, con la intención 
que luego se dirá.» 

La cjue indica el P. Las Casas, ^•a hi hemos dicho: era 
pasar á la Rábida á recoger á su hijo Diego, tal vez para 
llevarlo á Co'rdoba, y dirigirse A Francia á entablar allí su 
pretensio'n, }• á Inglaterra á indagar noticias de su hermano 
Bartolomé, de quien no las había tenido después de su salida 
de Portugal. 

Emprendió, pues, el camino desde Sevilla á Iluclva con 
la tristeza en el alma. Seis años habían transcurrido desde 
su primera llegada al monasterio franciscano. }' después de 
mu}^ varia fortuna , de trabajosas negociaciones y de espe- 
ranzas frustradas, volvía cansado, abatido 5' lleno de desen- 
gaños, sin haber podido llevar á feliz término su atrevido 
pro3'ecto, á despedirse de aquellos buenos amigos que le 
habían alentado en su difícil empresa. 

Contristo'se el P. Marcjiena al conocer la justa resolu- 
ción del marino, y entero de todo al venerable padre 
guardián fray Juan Pérez, con quien antes había hablado 
muchas veces, á no dudar, de los grandes pensamientos de 
Colón, durante la ¡sermanencia de este en la corte de h)s 
Re3íes Cato'licos. El 2:)ersuasivo acento de Marchena. y el 
alto concepto c[ue va había formado de los planes del geno- 
vés, fueron parte á mover el ánimo del guardián para inte- 
resarse espontánea y activamente en su favor. 

Y era más importante de lo que á i)rimera vista puede 
parecer la influencia de fray Juan Pérez. Además de sus 
notorias virtudes, 3' de lo simpático de su carácter, v sobre la 
consideración que le proporcionalia su investidura de supe- 
rior del convento, tenía valiosas relaciones en la corte, pues 
había sido contador de rentas de los Reyes en sus ¡uxeniles 
años, 3- luego confesor de doña Isabel, antes de retirarse á 
la Riibida, 3- di' que fuera nombrado j)ara aijuel alto puesto 



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LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO IX 



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fray Hernando de TaLavera ■ , según declararon Alonso 
Vélez - V el físico C larci-Ilernández 3. 

Haciendo alguna retlexio'n entre sí el dicho padre 
guardián acerca de las cosas que á Cristóbal Colón }• á 
Marchena oía. quísose bien informar de la materia }' de las 
razones que ofrecía : v para robustecer su conviccio'n . antes 
de decidirse en paso alguno que pudiera comprometer su 
carácter, hizo llamar á ese médico o' físico nombrado Garci- 
Hernández, cuya declaracio'n es tan importante, «porque 
como filo'sofo. de aquellas proposiciones más que él enten- 
día.» Vino luego el físico que ¡ili^iniú cosa sabia, según él 
mismo nos dice, del arte astroiióinico, hablaron todos tres 
sobre el dicho caso 5' quedaron persuadidos de la exactitud 
de los cálculos que Colón les expuso ; por lo cual el yene- 
rabie fray Juan Pérez se decidió' á escribir á la Reina, 
rogándole instantísimamente que no abandonase aquel in- 
menso 2Dro3-ecto, cuya realizacio'n tenía grandes probabili- 
dades 5' que Dios le enyiaba para engrandecimiento de su 
reino, por mediacio'n del extranjero á quien detenían en la 
Rábida hasta saber la decisio'n de S. A. 

Fué portador de esta carta al real , que estaba sobre 
Granada, en la nueya ciudad de Santa Fe, un piloto de 
Lepe llamado Sebastián Rodríguez, que obro' con tanta 
eficacia en su encargo, y tuyo tan buen recibimiento, que 
á los catorce días regreso con carta de la Reina para el j 
guardián, ordenándole que luego se presentara en la corte. 
dejando á Colón con la esperanza de fayorable despacho. 
En yista de la orden, busco' el anciano religioso una muía, 
que hubo de prestarle Juan Rodríguez Cabezudo, y teniendo 
en cuenta que la diligencia es madre de la buena yentura. 



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' Historia de las Indias , tomo I, cap. XXXI, pag. 241. 

^ Colón y Pinzón. — Informe rekativo á los pormenores sobre el descubri- 
miento del Nuevo Mundo, por el capitán de navio Cesáreo Fernández Duro, 
pág. 72. 

^ Navarrete. — Colección de viajes , tomo III, pág. 567. 

Cristóbal Colón, t. i. — 19. 



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146 



CRISTÓBAL COLÓN 



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salid secretamente aquella misma noche para Santa Fe, sin 
que le arredraran las dificultades del camino, ni los rigores 
de la estacio'n. 

En el ánimo de la Reina Católica habían hallado favo- 
rable acogida desde el primer momento los pro^yectos de 
Colón: la voz inspirada del marino: sus ¡jalabras elocuentes; 
su entusiasmo y su fe habían encontrado eco desde luego en 
el corazo'n de la Soberana, como antes dijimos, por más que 
detenida unas veces por las opiniones de los que juzgaban 
arriesgada 3^ temeraria la empresa; distraída otras por las 
necesidades del reino, los ajDuros de la guerra y las graví- 
simas atenciones que á cada paso la rodeaban, hubiera 
dilatado la aceptacio'n, esperando tiempos más tranquilos. 
Las razones del padre fra}^ Juan Pérez acabaron de disipar 
sus temores, fijaron su conviccio'n, y tomo' de una manera 
irrevocable la resolucio'n de favorecer el proj'ecto. 

Solamente pedía Cristóbal Colón para ir á descubrir 
3' hacer verdad su palabra dada, tres embarcaciones. Así lo 
maniíesto' el guardián, y concedido esto, brevemente doña 
Isabel le entrego' veinte mil maravedís en florines, para que 
aquél se acomodase de una bestezuela y de lo más necesario 
para presentarse con decencia en la corte y ante la Reina. 
Llevo' el dinero á la Rábida Diego Prieto, que prol)able- 
mente era uno de los alcaldes ma3'ores de la villa de Palos, 
con cartas ¡Dará el físico Ciarci-llernández dándole cuenta 
del favorable resultado; 3" para Colón acompañalia otra, 
Hamándole con urgencia á la corte, C[ue á ser cierto su 
contexto, debería estar grabado en caracteres de oro. 
como dice un entusiasta escritor ', porque retrata toda 
la pureza 3^ magnanimidad del alma del ilustre fran- 



' Fray Juan Pt'irz de Marchcna. — Recuerdo dedicado al ilustre guardián 
<le la l^ábida, por don Antonio Machado y Núñei:. — Sevilla, Fernández, 1883. 
i'^l te.vto de tan precioso documento .se publicó por vez primera en la Revista 
Franeiseana , tomo I, ]5arcelona, 1879, pero no hemos podido averiguar su 
procedencia. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO IX 



147 



ciscunn. Los términos en que cstalja concebida son los 



siguientes: 



vXiii'sIro Si'íior luí chiicÍ.uiiIo ¡üs si'ipliciis de sus siervos, l.ü 
sabia V virtuosa Isabel, íoeada de la gracia del cielo, aeoi:;ió 
benií^iuiuieiite las palabras de este pohrecillo. Todo ha salido bien: 
lejos de reeha:^ar vuestro provecto ¡o ha aceptado desde luego, v 
os llauía á la corte para proponer los medios que creáis unís a 
propósito para llevar á cabo los designios de la Providencia. Mi 
cora:^ón nada en un mar de consuelo, v mi espíritu salta de g07^o 
en el Señor. Partid cuanto antes, que la Reina os aguarda, \ \o 
mucho más que ella. Eneomendadiin' á las oraciones de mis 
amados hijos v de vuestro Dieguito. La gracia de Dios sea con 
vos, V Nuestra Señora de la Rábida os acompañe.» 

Dando otra vez entrada en su corazo'n á la esperanza . y 
gozoso por considerar muy pro'xima la realizacio'n del sueño 
de toda su vida, salió' Cristóbal Colón en direccio'n ;í 
Sevilla V Co'rdoba. donde pensaba vestirse honestamente 
para marchar al real. 



III 



Parécenos c[ue al llegar á este punto es de necesidad 
detener -un momento la narracio'n, para hacer observar la 
manera lo'gica, natural y sencilla con que se explican los 
pasos del navegante genovés desde su entrada en España, 
sin cambiar en nada el contexto de los documentos que se 
conservan, ni aun las relaciones de los historiadores que 
conocieron á aquél . ni las declaraciones de los testigos que 
intervinieron en los sucesos , tomando por único trabajo el 
de colocarlos en su lugar, dándoles el orden debido v aca- 



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148 



CRISTÓBAL COLON 






bando, en cuanto es posible, la confusio'n que por diferentes 
causas se había formado embrollando los acontecimientos. 

Merced á los trabajos de dos historiadores tan eruditos 
como apasionados de Criskjbal Coli'jn, los señores don 
Tomás Rodríguez Pinilla, y Mr. líenr}^ Ilarrisse, se ha 
podido reconstruir la serie probable de los pasos del des- 
cubridor en España, desde su salida de Portugal, con la 
claridad apetecible; por más C|ue todavía por nuestra parte 
haj'amos introducido más de una variación esencial en los 
trabajos de aquellos doctos escritores. 

En el otoño del año 14S4, Colón abandona á Portugal 
y viene directamente á España. En este punto es claro é 
indudable el testimonio del P. Las Casas, que fija la fecha 
diciendo: «en el monasterio de religiosos de San Francisco, 
que se llama Santa María de la Rábida, dejo' encomendado á 
su hijo chiquito Diego Colon. Partio'se para la corte... 
llegado A 20 de Enero de 14S)... etc.» 

Dos años, o' poco menos, vivió' en Sevilla amparado por 
el duc[ue de Medinaceli, según la carta de éste á la Reina 
Cato'lica. 

Durante el invierno de 1486-1487 siguió' ¡probablemente 
á la corte en Co'rdoba y Salamanca. 

En la primavera del primero de estos años se reunió en 
Co'rdoba la Junta presidida por el prior del Prado, En el 
invierno del siguiente tuvieron lugar las conferencias de 
Salamanca. 

A 5 de Ma3^o de 1487 recibió' en Co'rdoba el primer 
socorro de tres mil maravedís que le dieron los Re3-es. 
Después recibió' el segundo de otros tres mil en 3 de Julio. 

A fines de Agosto debió presentarse en el real delante 
de Málaga, pues para ello se le libraron cuatro mil mara- 
vedís. 

Regresa á Co'rdoba, donde sus relaciones con doña 
Beatriz Enríquez le detienen durante la ausencia de los 
J Re3'es por Aragón y Murcia desde el año 1487 al 1488. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO IX 



'49 



Vov razones que no se conocen. Colón solicita de don 
luán II. al comenzar el año 1488, permiso para ir á Portu- 
gal, que le fué concedido por carta fecha 20 de Alarzo. 

El ló de Junio recibe nueva cantidad por orden de los 
Re3'es Cato'licos. 

Hemos visto que después del alumbramiento de doña 
Beatriz, que tuvo lugar en Co'rdoba el 15 de Agosto 
de 1488, Colon aprovecho la licencia del rey don Juan 3' 
marcho' á Portugal. 

Al principiar el año siguiente debió' regresar á España, 
pues con fecha 12 de Maj'o de 1489, se le llamo' á Co'rdoba, 
y se dio' orden de aposentarle en todas las ciudades donde el 
servicio de SS. AA. exigiera su presencia. 

Los preparativos para el asedio de Baza, y el hambre 3' 
las inundaciones que desolaron á España desde el otoño del 
año 1489, explican el olvido en que por entonces ca3'eron los 
pro3-ectos de Colón, que desalentado, parece empezó' á 
pensar en ir á ofrecerse al rev de Francia, o' al menos á la 
tutora de Carlos VIII, Ana de Beaujeau. 

Los grandes preparativos para el sitio de Granada 
absorben de nuevo 3- por entero la atencio'n de los Alonarcas, 
3- después de las fiestas del casamiento de la princesa doña 
Isabel, sale el Re3' de Sevilla ¡Dará talar la Vega. 

Colón se decide á ofrecer al re3' de Francia el descubri- 
miento, corriendo va el año 14QI ; A'uelve á la Rábida á 
recoger á su hijo Diego para trasladarle á Co'rdoba, y el 
guardián fra3' Juan Pérez toma entonces interés por él , se 
ocupa de sus planes, se penetra de la altura de ellos, 3'' le 
detiene para escribir á la Reina interesándose en su favor, 
después de haber conferenciado con el físico Garci-Hernán- 
dez. De la Rábida salió' Colón nuevamente para el real de 
Santa Fe, llamado por el guardián, según hemos dicho. 

Tampoco puede ni debe confundirse esta segunda llega- 
da de Colón al convento de la Rábida, con la primera casual 
en el mismo punto de su venida á España. De su separa- 









150 



CRISTÓBAL COLON 






don dcjDende en gran manera la claridad \- el debido cono- 
cimiento de este largo período de la A'ida del Almirante '. 
VA obispo Las Casas las distingue perfectamente: trata de 
ambas con exacta divisio'n en los capítulos XXIX v XXXI 
de su Historia de las ludias; y aunque pone las diferentes 
versiones que corrían sobre las causas de la resolucio'n 
tomada por aquél, de buscar apoA'O en Francia, no por eso 
deja de significar lo que estimaba verdadero, y así dijo, con 
respecto á este extremo: «Y que saliera descontento, sobre 
el descontento c|ue trujo de la corte CristíUíal Cülüx. según 
los que dijeron que fué á la villa de Palos con su hijo, ó á 
tomar á su hijo Diego Colon, niño, lo cual vo creo.» Y don 
Diego Ortiz de Zúñiga, en sus Anales de Sevilla, es todavía 
más explícito: «Hasta que ya desesperado, dice, poco antes 
de ahora, trataba de irse á Francia, á cuyo fin fué al 
monasterio de la Rábida, donde fra}' Juan Pérez de Mar- 
chena, guardián de la orden de San Francisco, que antes lo 
hahia hospedado, y tenia allí hospedado á su Ijíjo don üiego 
(aiIoii, lo detuvo de nuevo, y confiriendo con el doctor Garci- 
Ilernandez, médico docto en las matemáticas... se resol- 
vieron á instar de nuevo á los Re3'es.)) 

Esta versio'n es la más exacta, y da la verdadera crono- 
logía de los sucesos de Colón en España, tal como nosotros 
la hemos presentado, libre de dudas y nebulosidades. 



Véase en las Aclaraciones y documentos de este libro L (Gr) 




152 



CRISTÓBAL COLON 



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Al recuerdo de la primera venida á España de Cristó- 
bal Colón, va unida siempre la memoria de un humilde 
fraile franciscano que comprendió' desde luego la grandeza 
de alma del inmortal genovés, adivino su genio, entendió 
sus proyectos, le conforto' y ayudo' ¡^rimero, le recomendó' 
después, y últimamente le animo' en sus adversidades, mere- 
ciendo C|ue al cabo de muchos años dijera el marino c|ue lí 
dos pobres jraih'S debían los Reyes Cato'licos el descubri- 
miento de las Indias. 

Pero estas palabras enuncian va la cuestio'n que nos 
proponemos esclarecer en este lugar; pues Culón recuerda á 
dos favorecedores de la misma clase, f miles v pobres, y los 
cronistas de Indias é historiadores del Almirante so'lo se 
ocupan de uno á quien hacen guardián del monasterio de la 
Rábida, y nombran fray Juan Pérez de Marchena. 

Los franciscanos que favorecieron á Criskiisal Colón 
fueron dos, fray Antonio de Aíarchena , joven y entendido 
en ciencias exactas, físicas y astrono'micas, cuanto en aquel 
estado podía serlo, y l'"'iy Juan Pérez, anciano respetable y 
guardián del convento, C[ue nada entendía de astronomía, 
h;) hiendo sido en sus principios oficial de hacienda pública. 
Pero se ha causado una gran confusio'n con estos dos perso- 
najes, y hoy ofrece trabajo el desvanecerla: no pudicndo 
dejar de hacerlo porque su resultado es de importancia para 
la claridad de la historia. 

Ocurre desde el primer momento una observación que 
tiene mucha importancia y es casi decisiva. Los testimonios 
más antiguos, los más autorizados, no incurren en la confu- 
sio'n de nombres; 'distinguen perfectamente los sujetos, y 



LIBRO PRIMERO.— CAPITULO X 



'53 



hablan do ellos con soparacio'n. como quien los conocía 
personalmente. 

La mención más antigua de los dos monjes de la 
Rábida se encuentra en un documento judicial contcmj)o- 
ráneo de aquéllos. En el pleito seguido entre el segundo 
almirante don Diego Colo'n 3' el fiscal del Re}' , al cual 
muchas veces hemos de hacer referencia , se presentaron 
unas probanzas hechas por Juan Martín Pinzo'n, hijo de 
Martín Alonso, en la villa de Palos á 1 ." de Noviembre del 
año 153.2, que han permanecido inéditas hasta que las ha 
publicado el señor don Cesáreo Fernández Duro '. En ella, 
entre otros mtichos testigos, se |Dresentd Alonso Vélez Allid, 
que entonces contaba setenta años, y que por consiguiente 
era de veintido's en el de 1484. cuando la llegada de Colón, 
y se expreso' en estos términos: 

«Vido que el Almirante estuvo en Palos mucho tiempo 
publicando el descubrimiento de las Indias , é poso' en el 
monasterio de la Rábida . é comunicaba la negociación del 
descubrir con fraile cstróíogo que ende estaba en el convenio 
por guardián, é ansí mesmo con ///; jray Juan que habia 
servido siendo mozo á la Reina doña Isabel cato'lica en oficio 
de contadores. » 

Aquí están bien separadas v distintas las dos jaersonas 
del estrólogo y el padre fra}' Juan; por más que por equivo- 
cacio'n, quizá del copiante, se dio' al primero la consideracio'n 
de guardián que pertenecía al segundo. No lo están menos 
en la Historia de tas Indias, de frav Bartolomé de Las Casas. 
En el cap. XXXI de la parte primera refiere que habiendo 
decidido Colón pasar á Francia «fué á la villa de Palos con 
su hijo, o' á tomar su hijo Diego Colon, niño, lo cual yo creo. 
Fuese al monasterio de la Rábida..., y salió' un padre que 



' Colón y -Pinzón. — Informe relativo d los pormenores del descubrimiento 
del Nuevo Mundo, por el capitán de navio Cesáreo Fernández Duro. — Madrid, 
Tello, 1883. 

Cristóbal Colón, t. i. — 20. 



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hahia nombre fray Juan Pcn\, que dchia ser el guardián del 
Mouesterio. . . el cual diz que. o era confesor de la Serenísima 
Reina, o' lo habia sido...« 

Luego, al ñnalizar el cap. XXXIl, recuerda Las Casas 
aquellos lugares de las cartas de CoLÚx en que se refiere á la 
ayuda c[ue le prestara el padre frdx Aiüoiiio de Mureíjena, de 
que luego daremos noticia . y dice terminantemente : « tam- 
poco pude saber cuándo, ni en qué, ni co'mo le favoreciese, 
o' qué entrada tuviese con los Reyes el 3'a dicho padre fra}' 
Antonio de Marchena.» El testigo de los sucesos, y el histo- 
riador que conoció' á las personas señalan con toda la clari- 
dad apetecible el carácter de los dos franciscanos. 

El primero, tal vez, que dio' causa v origen á la confu- 
sio'n fué el clérigo Francisco Lo'pez de Gomara, que al 
escribir la Historia de Henii'in Corles, en cu3'a casa fué cape- 
llán durante muchos años, dedico la primera parte al descu- 
brimiento de las Indias, aunque no alcanzo' aquel tiempo, y 
al ocuparse de lo que trabajo' Cristóbal Colón por ir á las 
Indias , entre noticias ciertas y equivocadas que apadrino' 
con poco discernimiento, dijo... que «se embarco' en Lisbona 
y A'ino á Palos de Aloguer, donde hablo' con Martin Alonso 
Pinzón, piloto muy diestro, 3' que se le ofreció'... 3' con fra3'' 
Juan Pérez de Marchena, fraile francisco en la Rábida, 
cosmógrafo y hiiiiuiiiista, á quien en puridad descubrió' su 
corazón, v el qual fraile lo esforzó mucho en su demanda 3' 
empresa. . . » 

Sin consultar los antecedentes , que para todos eran 
generalmente desconocidos, hizo fortuna el nombre; y con- 
fundidos en una sola personalidad dos sujetos diferentes, el 
joven monje v el respetable anciano, el aslrt^logo v el guar- 
dián de larga 3- honrosa carrera, la reunio'n de los hechos 
l)racticados por uno v otro ha contribuido á que se presen- 
ten dudas, que desde luego desaparecen al verificar lo que á 
cada cual corresponde en su amistad é interés por el nave- 
gante. 



LIBRO PRIMP:R0.— CAPÍTULO X 



■55 



A fra}- Juan Pérez no le conoció, no pudo tratarle con 
intimidad Cristóbal Colón hasta su segundo arribo al 
monasterio de la Rábida: con harta claridad lo dice el físico 
tiarci-IIernández, }• iundados en este dato verdadero, dedu- 
cen varios críticos el equivocado supuesto de que antes no 
haltía llegado el marino al monasterio, ni pudo dejar allí á 
su niño, encomendado á los cuidados de un piadoso francis- 
cano que debiera entregarlo á sus tíos, vecinos de Palos o' de 
Iluclva. V vigilar su cducacio'n. 

Lo primero es exacto; pero no lo es lo segundo, pues el 
mismo CoLÓx halda repetidamente de frúv Antonio de Mar- 
chciiil, con quien fueron sus primeras relaciones, sin mezclar 
para nada sus servicios con la ayuda que frúv Juan Pén\ le 
prestara, y gestiones que hiciera en su favor; y sin salir de 
documentos oficiales , se puede conocer cumplidamente el 
carácter de la intervención que tuvo cada uno de aquellos 
religiosos. 

«Ya saben Vuestras Altezas, dice CoL(Jx en carta 
escrita á los Reyes desde la isla Española, que anduve siete 
años en su corte importunándoles por esto; nunca, en todo 
este tiempo se hallo' piloto, ni marinero, ni filo'sofo. ni de 
otra ciencia, que todos no dijesen que mi empresa era falsa: 
que nunca yo hallé ayuda de nadie, salvo de jray Antonio de 
Marchcna, después de aquella de Dios eterno...» y abajo dice 
otra vez: «que no hallo' persona que no lo tuviese á burla, 
salvo aquel padre jray Antonio de Marchena.» Indudablemente 
aquí se refería el inmortal descubridor á sus primeras 
instancias y viajes, desde que llego' á España, 3' á las 
puertas del convento franciscano en 1484, exagerando algún 
tanto la incredulidad con que se escuchaban sus razones; 
hasta que cansado, abatido, sin fuerzas para luchar más, 
después de siete años de esperanzas desvanecidas, sin aliento 
para sufrir nuevas dilaciones, resolvió pasar á Francia, y si 
allí no era brevemente aceptado su proyecto, trasladarse á 
Inglaterra. Natural es, por tanto, que refiriéndose á aquel 



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156 



CRISTÓBAL COLÓN 



primer período citara únicamente á fi'úy Antonio de Miír- 
chcnil, que era su mejor amigo, su modesto protector. La 
intcrvencio'n de früv Jnan Pcn\ no había comenzado todavía. 

Relacionado con las manifestaciones de Colón, hay un 
documento oficial , como antes decíamos , en que también se 
menciona señaladamente al P. Marchena. Es la carta que 
con fecha 5 de Septiembre de 1493 dirigieron el Rey y la 
Reina al Almirante de las islas é tierra firme del mar 
Occéano, dándole varias instrucciones, 5' encargándole lleve 
consigo un Inicn uslrólogo; cuyo original se conserva en el 
archivo del señor duque de Veragua ', donde le dicen: 
«y platicando acá estas cosas, nos parece que seria bien 
llevasedes con vos un /'//('// cstrólogo, y nos parecía que seria 
bueno para esto fray Antonio de Marchena, porque es buen 
estro'logo, y siempre nos pareció' que se conformaba con 
vuestro parescer... y una carta vos enviamos nuestra 
para él. . . d 

Tenemos, pues, señalada por Colón y por los Revés 
Cato'licos de una manera terminante la persona de jrav 
Antonio de Marchena, la ciencia en que sobresalía, y su 
conformidad de siempre con las opiniones de Colón: persona 
tan cierta que los mismos Re3'es le escribían directamente. 

La carta , que llego' con la de Colón , estaba concebida 
en estos términos: 



«El Rey é la Reyna. 

«Devoto religioso: porque confiamos de vuestra scicncia 
aprovechará mucho para las cosas cjue ocurriesen en este 
viaje, donde va don Xpoval Colon, nuestro Almirante 
de las yslas é tierra firme por nuestro mandado descubiertas 
é por descolorir en el mar océano, como se vos dirá é scri- 
virá, (juerríamos que por servicio de dios é nuestro fuescdcs 
con él este viaje para estar allá por algunos días; é nos vos 



' Navarrete. — Colección de viajes, tomo II, doc. nuni. LXXI. 



LIBRO PRIMERO.— CAPITULO X 



'57 



rogamos y encargamos que vos dispongáis para ello }• vais 
con el dho. nuestro Almirante: que demás de servir en ello 
a Dios, nos Recibiremos de vos señalado servicio; y nos 
escrivimos al provincial 3' al custodio desa provincia . qual 
dellos se fallase ende, que vos den licencia para ello: bien 
creemos que lo faran : y esto poned en obra . en lo qual 
mucho servicio nos fareis. — De Barcelona á v de Setiembre 
de xciii años '.» 

Acompañaban también las cartas de los Re^^es para los 
padres Provincial v Custodio, rogándoles y encargándoles 
diesen licencia al P. Marchena para emprender aquel viai'e. 
Parécenos, pues, c[ue en este punto no queda duda ni oscu- 
ridad. 

¿Puede conocerse de igual manera la personalidad de 
fray Juan Pérez? ¿Constan sus cargos y condiciones, su 
ciencia y sus actos, y la parte cj^ue tomo' en la corte en 
favor de las proposiciones de Cristóbal Colón? 

En las probanzas del fiscal del Rey se encuentra la 
declaracio'n de Alonso Vélez Allid, de que 3'a hemos hecho 
mencio'n. el cual dijo haber visto á Colóx que anduvo por 
Palos tratando de sus proyectos de descubrir, 3^ poso' en el 
monasterio de la Rábida donde trataba con un fraile astro'- 
logo Cjue entonces estaba en el convento a é ansí mesmo con 
un früv Juan (guardián) que hahia servido siendo iiio:{0 á ¡a 
Reina dona Isabel en oficio de contadores, el que sabida la 
negociación fué al Real de Granada donde estaban los Re3'es 
Cato'licos...» 

El físico Garci-Hernández , después de referir la entre- 
vista con el Almirante en los términos que antes extracta- 
mos, añade: «é que de aquí elijieron luego un hombre para 
que llevase una carta á la Reina doña Isabel, que haya santa 



' Archivo general de Indias. — Registro de Hernán d' Al varez. — Patro- 
nato. Est. I, caj. I, 29. — Documentos inéditos de Indias, tomo XXX, pág. 60. 



158 



CRISTÓBAL COLÓN 




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gloria, (k'l dicho fniy Juüii Pcri\, que era su coiíjcsor. . .» Y ya. 
se descubre claramente la diferencia entre los dos frailes, bien 
manifiesta en todas estas expresiones. Mas para que nada 
falte, para que tampoco echemos de menos un exacto 
recuerdo de lo que el mismo Colíjn refería de estos sucesos 
primeros de sus pretensiones en la corte, su hijo don Fer- 
nando dice: «Fué al convento de la Rábida con intención 
de tomar á su hijo don Diego, y llevarlo á Co'rdoba, prosi- 
guiendo su viaje: pero Dios dispuso c^ue no tuviese efecto, 
inspirando á fray Juan PerL\, guardián del couvciüo, i que 
tomase amistad con el Almirante...)) 

Bien se comprende en estas palabras que la amistad de 
fray Juan PcrL\ fué muv posterior á la primera ida de Colón 
á la Rábida: }' para no aglomerar citas y autoridades que 
todas concurren á un mismo fin, y pueden verse en todos los 
bio'erafos de Colón, nos limitaremos á recordar otro docu- 
mentó auténtico en el cual figura fray Juan Pcn^ con so'lo su 
nombre, sin cj^ue se cite á Marchena. 

La real provisio'n para que los vecinos de la villa de 
Palos pusieran á las o'rdenes de Cristóbal Colón las dos 
carabelas armadas á su costa , con que habían sido conde- 
nados á servir por ciertas causas, fué leída y notificada por 
el escribano Francisco Fernández, en los términos siguientes: 

«En miércoles, vejante é tres de \Ia3'o, año del naci- 
miento de nuestro Salvador Jesuchristo de mili é quatrocien- 
tos é noventa é dos años, estando en la Iglesia de sant Jorje 
desta villa de Palos , estando ende presentes fray Juan Pcre^ 
c Chrisioval Colon; é ansí mesmo estando ende presentes 
Alvaro Alonso Cosió é Diego Rodríguez Prieto, alcaldes 
Mayores...)) etc. 

No expresan todos los testigos las mismas circunstan- 
cias; mas como quiera que lo C[ue unos manifiestan no 
contradice lo que otros aseguran, 3' antes bien se completan 
rccíi)rocamente, dando mavor grado de certidumbre á sus 
declaraciones, aprendemos como cosa segura que ¡rav Auto- 



LIBRO PRIMERO.— CAPITULO X 



159 



;;/() (/(' Mürchciuí conoció á Cülóx en el punto primero de su 
llegada á España; siempre se conformo' con su parecer: pres- 
tándole a_yuda cuando no se hallaba piloto, ni marinero, ni 
filo'sofo, ni de otra ciencia c[ue lo cre^'ese. 3" como buen 
ustrólogü le tuvieron en memoria los Reyes , recomendándole 
para que fuera en el segundo viaje. — Fray ]iiaii Pcn\ íné. 
ciiiViílo ¡)iL\o, oficial de la casa real en oficio de contador; 
después se retiro' á la vida monástica, 3' dirigió' por algún 
tiempo la conciencia de la reina doña Isabel , 3'' siendo 
guardián del convento de la Rábida, conoció' á CoLÓx 
cuando éste pro3'ectaba pasar á Francia cansado del mal 
éxito de sus pretensiones en Castilla. 3' Dios dispuso que 
tomase amistad con él . y se decidiera á marchar personal- 
mente á la corte, á pesar de sus muchos años, para intere- 
sarse en que se concediera lo que el navegante pedía. 

Los actos de uno de los religiosos no tienen punto 
alguno de contacto con los del otro. Dos frailes favorecieron 
al genovés cuando todos se burlaban de sus planes. 3^ de 
documentos que no pueden rechazarse, ni aun discutirse, se 
desprende el carácter de cada uno de ellos , 3^ el diferente 
papel que cada cual representara. 

Siendo tan claras las j)alabras de Cristób.a.l Colón 
relativas á Marchena, no pudieron pasar inadvertidas á 
entendimiento tan sagaz como el de don Martín Fernández 
Navarrete: pero al señalar á los dos ¡railes afirma que ac^uél 
se refería á fra3- Diego Deza, 3' á jray Juan Pc}\\ de Mar- 
chena '. 

Preciso es conocer las palabras mismas del Almirante. 
y recordar que van estampadas en la Relación del tercer -viaje, 
dirigida á los Reyes Cato'licos, para comprender el grave 
error en que , por obcecacio'n sin duda . incurrió' el docto 3' 
juicioso Navarrete. — «Aqui mostraron SS. AA. el grande 
corazón que siempre fizieron en toda cosa grande; por que 



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' Colección de viajes , tomo I, jjág. 392 de la 2° edición. 



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CRISTÓBAL COLON 



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todos los que habían entendido en ello y oido esta plática, 
todos á una mano lo tenian á burla, salvo dos j railes que 
siempre fueron eoiislaiiles.)^ — 

Y preguntaremos: ¿Podría Cristóbal Colíjn llamar 
fraile, con ese término seco, y sin calificación alguna, á 
fray Diego Deza, en el año 149S, ni aun mucho antes? 
Cuando aquél le conoció' en Co'rdoba era ya prior del con- 
vento de San Esteban de Salamanca, y preceptor del hijo de 
los Reyes. Fué luego preconizado obispo de Zamora, y de 
allí trasladado á la silla de Falencia ; y en todas las cartas 
que se conservan de Colón, y son muchas, siempre le 
nombra el obispo de Falencia, ó el señor obispo. 

Los dos frailes siempre constantes en su amistad fueron, 
á no dudar, fray Juan Pére\ y fray Aiilouio de Mareheiía; cada 
cual con diferente carácter y en mu}^ diversa esfera de cono- 
cimientos , de relaciones y de actividad ; el uno como aslró- 
logo, el otro como confesor de la Reina Calóliea. 

«Las Casas sabía perfectamente, dice con extremada 
discrecio'n y juicio don Tomás Rodríguez Finilla. quién era 
jrav Juan Pére^; como cjuiera que dedica casi un capítulo de 
su obra á tratar del suceso de la Rábida, y de su guardián, 
v dice allí co'mo, cuándo _v en c^ué aj'udo' á CoLÓx; nosotros 
hasta nos inclinamos á creer que le conoció' personalmente; 
no concurriendo ninguna de estas circunstancias en jrav 
Antonio de Marehena. De forma que el historiador sabía lo 
mismo C|ue el físico de Falos Cíarci-Hernández: que el 
guardián de la Rábida había sido confesor de la Reina ; pero 
uno y otro le nombran siempre Jray Juan Pere:^, nunca 
Marehena.» 




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Cristóbal Colón, t. l — 21. 



102 



CRISTÓBAL COLÓN 



El recibimiento que tuvo CüLíJx en el real de Santa Fe, 
era ya prenda cierta de su favorable despacho. Sus amigos 
3^ favorecedores habían trabajado por su causa abiertamente: 
la resolucio'n de la Reina de hacer ¡aor la corona de Castilla 
los gastos de armamento, prescindiendo de Aragón, se hizo 
pública mu}' pronto, y basto' para que se acallaran las 
murmuraciones de los adversarios, se declarasen los indife- 
rentes V se animaran los amigos cuyo número aumentaba 
con el ejemplo, la exhortación é influencia del guardián de 
la Rábida. 

La marquesa de ^Moj^a favorecía paladinamente el pro- 
yecto y hablaba de continuo á la Reina de las altas prendas 
que adornalían al marino genovés: Alonso de Quintanilla 
era constante adalid que , saltando por toda clase de respe- 
tos, decía que todo debía posponerse al descubrimiento de 
las Indias, pues todo era pequeño, cualquier emjaresa insig- 
nificante, ante la grandeza que de aquel c'xito resultaría á la 
corona, invocando en su apoyo la respetada autoridad del 
gran cardenal de España: fray Juan Pérez, con su venerable 
presencia, era testigo muy de gran valía, pues á todos 
causaba respeto su carácter, y sabían que sin cuidarse de 
sus muchos años, había emprendido un penoso viaje para 
interponer su valimiento con la Reina, y por donde quiera 
se conocían 3'a las corrientes favorables al jíroyecto que 
aquella Señora se había decidido á proteger. 

Parte muy activa tomaron también dos personajes 
aragoneses de reconocida inlluencia: (iabriel Sánchez, teso- 
rero del rey don Fernando en su corona de Aragón, que 
en 149-' asistió' como síndico de Zaragoza á la Junta de 



LIBRO PRIMERO.— CAPITULO XI 



•63 



hermandad celebrada en Borja. 3^ en 1502 era jurado por la 
capital 3^ concurrió á la jura de la princesa doña Juana: 3- 
Luis de Santangel , escribano de racio'n , o' sea notario de la 
contaduría de rentas de Arago'n ; siendo de notar que á estos 
dos dirigió' Colón las primeras noticias del descubrimiento 
al regresar de su primer viaje. 

La llegada, por tanto, á la nucA'a poblacio'n de Santa 
Fe. era 3-a, al parecer, el término de aquella inacabable 
tarea, que con la constancia de la conviccio'n v la fe del 
verdadero crevente había sostenido Colón por espacio de 
siete años en España. Diez y ocho hacía que había consul- 
tado su atrevida teoría con el notable físico Paulo del Pozzo 
Toscanelli, 3' muchos más que en su mente había nacido 
aquel gran jjensamicnto : lo estudiaba en toda clase de 
libros, y buscaba su comprobacio'n en repetidos viajes 3' en 
cuantas noticias había podido adquirir; 3' después de tantas 
inútiles gestiones: de tantos años perdidos, se acercaba á la 
realizacio'n de su esperanza, tocaba el ideal que había huido 
ante él jDor dilatado espacio de tiempo. 

El sitio de Granada continuaba con mayor ardor cada 
vez : presentían los sitiados su seguro vencimiento . 3' lucha- 
ban con el esfuerzo de la desesperacio'n : redoblaban su vigi- 
lancia 3' sus precauciones los sitiadores para prevenir una 
sorpresa que pudiera cuando menos dilatar el triunfo apete- 
cido. Esperaban los musulmanes socorros de sus hermanos 
de África, v devoraban con los ojos las señales que pudieran 
anunciarles aquellos refuerzos, que no llegaban; los cristia- 
nos veían engrosar su hueste cada día, 3^ restauraban las 
fuerzas perdidas, con las mesnadas que de distantes provin- 
cias venían á acampar bajo los muros de la ciudad sitiada,- 
con prelados, ricos-hombres y caballeros de alta nombradía 
que buscaban su parte de gloria en la empresa. Xo es posi- 
ble, sin leer en sus originales las cro'nicas de la guerra, 
formar idea exacta del movimiento, la confusio'n, animacio'n 
v trastorno que reinaban en el real de Santa Fe. 



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164 



CRISTÓBAL COLÓN 





Desde que CoLÓx hubo llegado, el guardián de la 
Rábida, por una j)'ii'te, 3" por otra, cada uno á su ocasio'n, 
sus buenos amigos, no dejaban de instar á la Reina para que 
lo recibiera y se concertaran las bases de tan grandioso 
proj-ecto. Uno de los más impacientes debió' ser sin duda 
el escribano de racio'n Luis de Santangcl; v mucho debió' de 
instar cuando la Reina le respondió'... «que también se veía 
importunada en la misma conformidad por Alfonso de Ouin- 
tanilla, c|ue con ella tenía autoridad: que aceptaba el con- 
sejo, con que se aguardase á que se alentase algo de los 
gastos de la guerra ' . » 

Sin embargo, como á Colón se le había llamado bajo la 
fe de c[ue doña Isabel estaba dispuesta á que se procediese 
á formal concierto, 3^ por otra parte el padre fray Juan 
Pérez deseaba abandonar el campamento y tornar á su 
monasterio, no se descuido' el negocio, 3' en los momentos de 
tregua que pudieron aprovecharse, tuvo A'arias entrevistas 
con la Reina, en las que le confirmo' su resolución, 3- le 
encargo' presentara con la mayor precisio'n sus peticiones, 
y las recompensas que deseaba obtener de la corona jjara 
emprender el viaje. 

En verdad las exigencias de Cristób.\l Col(')N eran 
grandes. No las calificaremos de monstruosas, ni aun 
siquiera de exageradas: pero á no dudar debieron parecer 
muchas en boca de aquel pobre extranjero que durante 
tantos años había acompañado á la corte, viviendo casi en la 
indigencia, con una capa raída y á la sombra protectora de 
algunos nobles que le auxiliaban, más ¡Dor afecto v amistad, 
v por las condiciones de su carácter, que por ningún otro 
interés. 

Jamás, sin embargo, se puede comprender la clevacio'n 
de miras, la dignidad 3' nobleza de sentimientos, la convic- 



' /listona gein-ral de los hechos de ¡os castellanos , et(-., por .\iitoiiio de 
Herrera. — Madrid, Imprenta Real, 1601. Déc. i.", cap. VIH. 



LIBRO PRIMIÍRO. — CAPÍTULO XI 



i6s 



cio'n profunda de Cristóbal Colón, como en el acto de 
exponer á la Reina Cato'lica la remuneración que había de 
otorgársele si cumplía sus ofrecimientos. Allí se dibujaron 
en toda su grandeza las altísimas condiciones de su inteli- 
gencia V la varonil energía de su espíritu superior; allí apa- 
réelo' el sabio con la vista üja en el porvenir, olvidándose de 
su oscuridad presente, de sus trabajos y penalidades, 
midiendo con la mirada de águila del genio la inmensa 
magnitud de la empresa que Dios le llamaba á realizar. 
Aquel hombre oscuro todavía, desconocido y menospreciado, 
pactaba con los poderosos monarcas de Castilla, 5' pedía se 
le concediera estado, la dignidad de .Vlmirante mavor de la 
mar occéana, ^'isorre^' v liobernador perpetuo de todas las 
islas V tierra firme que descubriese... «cosas que á la 
verdad, dice con encantadora ingenuidad el P. Las Casas, 
entonces se juzgaban por muv grandes y soberanas, como lo 
eran. 3' ho}' por tales se estimarían.» 

No parecieron, á pesar de todo, excesivas estas preten- 
siones á la magnánima Isabel. Ella creía en el genio de 
CoLÓx: participaba de su fe v de su entusiasmo v esperaba 
en el resultado del descubrimiento la mavor gloria de la 
religio'n cristiana v la grandeza de su reinado. 

Escucho' á Colón , le recibió' con benevolencia en repeti- 
das ocasiones, y se mostró' propicia á acceder á sus deseos. 
Pero el concederlos era asunto más arduo, y requería la 
intcrvencio'n del Consejo, v estudio muy prolijo 3' detenido. 

El re3' don Fernando, y con él el Prior de Prado y los 
que siempre habían mirado con prevencio'n el pro3"ecto de 
navegacio'n al Occidente, estimaron desmedidas tales pretcn- 
siones; mas como la Reina había demostrado ya con sus 
palabras y con sus actos que patrocinaba la empresa, se 
limitaron á separarse de todo lo que á ella se refería, tra- 
tando á Colón de orgulloso, altivo 3- exagerado en sus 
demandas; pues decían, según asegura don Fernando Colón 
en el cap. XII de su Historia, que no se le podían conceder. 




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1 66 



CRISTÓBAL COLÓN 










si salía con su empresa , porque era ciarle demasiado ; y caso 
de no tener éxito sería obrar muy de ligero conferirle 
títulos y honores que resultarían imaginarios. 

Satisfecho Colón por la seguridad obtenida de que la 
Reina tomaría á su cargo la empresa, y accediendo á los 
ruegos de sus amigos de que esperase á que con la toma de 
Granada, que se miraba como mu)^ cercana, se pudieran 
hacer los conciertos con mayor tranquilidad . permaneció' en 
el campamento, y tomo parte en los combates que tuvieron 
lugar hasta la rendición de la ciudad . íIíIiiíIo muestras licl 
■valor ínclito que acoiupañaha su prudencia v í///o.s' deseos. 

El día 2 de Enero de 1492 vid poner las banderas 
reales de Castilla y Arago'n en las torres de la Alham- 
bra. que es la fortaleza de la ciudad, y vio' salir al rey 
moro por las puertas y besar las manos de los Re3^es y del 
Príncipe; y en aquel mismo mes se reanudaron las negocia- 
ciones. 

Pero no habían perdido tiempo los enemigos de Colón 
y de su proyecto. En las primeras conferencias manifesta- 
ron al descubridor la necesidad de que modificara sus pre- 
tensiones; pues era mucho lo que pedía, y de tanta cstima- 
cio'n que no era posible se desprendiera la corona de títulos 
3' prerrogativas de tan grande importancia 3^ á perpetuidad. 

Verdaderamente, si en esta ocasio'n se hubiera tratado 
con amplitud, con buen deseo, de aquellos puntos importan- 
tísimos, muchos disgustos se hubiera evitado el inmortal 
navegante, y no hubiera hecho el fiscal del Rey el papel 
desairado, triste 3^ parcial que ante la historia ofrece en el 
pleito que siguió con el hijo del Almirante. 

Pero éste, no sabemos si indignado por aquel nuevo 
entorpecimiento, o' llevado del consejo de sus amigos, resis- 
ti() con firmeza todas las tentativas: con gran constancia 3^ 
ánimo generoso ¡persevero' en lo que una vez había pedido, 
por lo cual «vino en total desjacdimiento, mandando los 
Re3^es que le dijesen que se fuese en hora buena.)) 



LIBRO PRIMERO.— CAPITULO XI 



167 



No se lo hizo repetir CoLÓx; pues tomando su muía 
salió de Granada en dirección á Co'rdoba, decidido á presen- 
tarse al rey de Francia. 



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II 






Viendo partir al genovés total }• completamente despe- 
dido, quedaron sus amigos con tan excesiva p)ena y tristeza, 
como si vieran claramente que la monarquía española perdía 
su mayor gloria 3^ sus más grandes y preciados timbres; y á 
tanto llego' su ardor, que atropellando por todo, confiando 
en Dios. 3' seguros de la privanza y estima que la Reina les 
concedía, porque era sabedora de su fidelidad, la marquesa 
de Mo3^a y Luis de Santangel, movidos por igual impulso, 
sin ponerse de acuerdo, se presentaron á doña Isabel para 
hacerle ver lo injusto de aquella repulsa, el desaire hecho á 
Colón y las fatales consecuencias que había de traer aquella 
tan inconsiderada determinacio'n. 

«Doña Beatriz, hallando á la Reina confusa 3* dudosa 
por las muchas dificultades que se ofrecían para admitirla, 
fué quien más la alentó 3' persuadió' que favoreciese á Cris- 
tóbal CoLÓx. para cj^ue debajo de sus auspicios acometiera 
tan memorable 3^ dificultosa empresa '.» 

Conmovida la Reina por la franca 3' leal manifestación 
de su constante amiga; combatida de contrarios afectos al 
ver la tristeza de aquella mujer superior, de ánimo esforzado 
y varonil . luchaba entre los impulsos de su corazo'n 3' lo 
que como soberana debía á otras consideraciones de verda- 
dera gravedad, cuando por la urgencia y prisa que el 



' Pinel y Monroy.— A-//-<7/íí ¡/f/ f>//f/i Vasallo, copiado de las \idas y 
hechos de don Andrés de Cabrera, primer marqués de Moya. — Madrid 1677. 



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CRISTÓBAL COLÓN 






asunto demandaba se presento en la estancia Luis de San- 
tangel, con el dolor pintado en su rostro. 

Puso elocuencia en sus frases el deseo : la angustia 
le dio audacia , y en palabras inspiradas por el amor 
patrio, rogo' á la Reina que no abandonara una empresa 
tan alta y de la que tanta prosperidad podía venir á sus 
reinos. 

Con fuego y mucha energía exjsuso su oj^iniun. pidiendo 
á S. A. le dispensara su audacia, en gracia de la intcncio'n. y 
por la confianza C[ue siempre le había dispensado: pinto' la 
gloria que del descubrimiento habría de seguirse para servi- 
cio de Dios, utilidad de su Iglesia y gran aumento del Estado, 
Y los males v daños que podrían sobrevenir si otro Rey accq^- 
taba 3' salía pro'spero de lo que aquí se miraba como 
imposible. Mas donde hizo mayor instancia fué en aquel 
punto donde los enemigos de Col(3n habían logrado fijar 
la atencio'n de los Reyes para que le despidieran. «Y de lo 
que algunos alegan, dijo, que no saliendo el negocio como 
deseamos y este Colón profiere, seria quedar A-ucstras 
Altezas con alguna nota de mal miramiento por haber 
emprendido cosa tan incierta, yo soy de muy contrario 
parecer. Porque por mas cierto tengo que aquesta obra 
añadirá muchos quilates sobre la loa y fama cjue \'uestras 
Altezas de magnificentísimos y animosos príncipes tienen, 
que procuran saber con gastos suyos las secretas grandezas 
que contiene el mundo dentro de sí: pues no serán los 
jjrimcros Re3^es cjue semejantes hazañas acometieron, como 
fué Ptolomeo, Alexandre y otros grandes y poderosos 
Reyes; y dado que del todo lo que i)retendian no consi- 
guieron, no por eso falto' desa grandeza de ánimo y menos- 
jjreeio de los gastos serles por todo el mundo atriljuido. 
Cuando mas, Sra, que todo lo que al presente jjide no es 
sino solo un cuento, y que se diga que vuestra Alteza lo 
deja por no dar tan poca cuantía, verdaderamente sonaría 
mu\' feo, 3' en ninguna manera conviene que vuestra Alteza 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO XI 



169 



abra la mano de tan grande empresa aunque fuese muy mas 
incierta.» 

Conmovieron á la Reina Cato'lica las apasionadas 
razones de sus fieles servidores, se enardeció' su celo, y agra- 
deciéndoles su interés y el parecer que le daban, dijo que 
tenía por bien seguirlo. Y aunque en su extremada pru- 
dencia le parecía que se difiriese un poco más la ejecucio'n, 
p)orque verdaderamente hasta entonces los gastos habían 
sido muchos, y era conveniente esperar un plazo de mavor 
quietud para reponer la hacienda, exaltada por uno de 
aquellos movimientos nobles y elevados de su corazo'n gene- 
roso, vario' el concepto, 3^ pronuncio' aquellas frases que el 
obispo Las Casas transmite textualmente, que deberían 
estar grabadas en bronce, 3^ justifican el alto aprecio en que 
á tan sublime matrona tiene la posteridad: 

Pero si todavía os parece , SantangeJ, dijo la Reina, que ese 
hombre ya no podrá sufrir lauta tardau:[í\, yo temé por bien 
que sobre joyas de ¡ni recámara se busquen prestados los dineros 
que para hacer el armado pide, y vayase luego á entender en 
ello. 

Hinco' Santangel las rodillas 3' beso' las manos de la 
Reina por la gran merced que le hacía al aceptar su parecer, 
tomando á su cargo negociacio'n que en concepto de muchos 
era tan dudosa 3' difícil, después de las contradicciones que 
había sufrido, 3^ le dijo: 

Señora serenísinut, no hay necesidad de que para esto se 
empeñen las joyas de vuestra AUct^í; muy pequeño será el servicio 
que yo haré á vuestra Altc'^i y al Rey mi Señor, prestando el 
cuento de mi casa; sino que vuestra Alte:{ií mande enviar por 
Colón, el cual creo es ya partido. 

Este es el episodio de las jo3"as; uno de los rasgos que 
pintan en toda su elevacio'n el gran carácter de doña 
Isabel I y demuestra la firmeza de sus resoluciones; uno de 
los momentos más conmovedores de todos los que prece- 
dieron al maravilloso descubrimiento de las Indias, y el más 

Cristóbal Colón, t. i. — 22. 



I/O 



CRISTÓBAL COLON 



característico, el (^ue mejor retrata el estado de la corte al 
terminar la guerra de Granada. 

Y sin embargo, la crítica se ha empeñado en negar 
el hecho, y alterándolo algún tanto, se buscan motivos para 
formular argumentos en contra de narración tan sen- 
cilla. 

El autor de la Biblioteca Americana vetustísima ', en 
su empeño de aclarar lo que muchas veces no lo necesita y 
movido por su constante preocupacio'n de encontrar interca- 
laciones y adiciones en el libro de Historia publicado por 
Alfonso de Ulloa, dice que es necesario reiiioiitürse hasta aquel 
libro para mostrar el origen de ese cuento. 

Y cuento es, efectivamente, lo que el citado autor 
escribe para después contradecirlo. Oigámosle: «Santangel 
insistía. Vencida por sus instancias la piadosa Reina , tomó 
sus diamantes, sus alhajas, y ofreció darlas en prenda para 
obtener las cantidades necesarias. Nosotros, sin embargo, no 
vemos que el producto de ese préstamo sirviera para equipar 
las carabelas de la expedicio'n de Colón.» Y á ren"-lo'n 
seguido hace gala de su erudicio'n, exponiendo dudas de 
que en el año 1492 estuviera la Reina Católica en posesión 
de sus joyas, pues las había pignorado muchos años antes 
para los gastos de la guerra contra los moros, y los usureros 
valencianos tomaron una parte de ellas, que quizá todavía 
se conserven custodiadas con gran sigilo en la ciudad del 
Cid, según ha dicho en otras ocasiones, aunque todavía 
no ha podido encontrar comprobantes que justifiquen estos 
extremos. 

Lo único que se apoya en un documento autentico, 
citado por un docto escritor castellano, es que excediendo 



' Mr. Henry Harrisse.— /^w/ Femando Cíí/í?/;.— Ensayo crítico.— Sevilla, 
Tarascó, 187 1, pág. 208. — Ferdinatid Colomb , sa vie scs a-uvrcs. — París, Tross, 
1872, pág. 128. — Christcphe Colomb, son origine , í\.c. — Vax<ív., Leroux, 1884, 
tomo I, pág. 391. 




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LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO XI 



171 



los g'astos de la guerra al importe de las recaudaciones de 
las rentas, «envío' la Reina sus i'oj'as á las ciudades de 
Valencia y Barcelona en garantía de un empréstito, hacién- 
dolo la primera de 60, 000 florines sobre la corona y un 
collar de balajes y perlas, el año 1489 '.» 

Bien se deja comprender que no estaban empeñadas 
todas las alhajas de la corona, sino una ¡pequeñísima parte; 
y no es necesario que naciera de una imaginacio'n italiana 
el cuento de las joj^as, como aseguran tan severos críticos. 

El noble rasgo de la Reina Cato'lica , sus palabras 
espontáneas y sencillamente pronunciadas para facilitar la 
realizacio'n del viaje, las copia el obispo de ChiajDa en térmi- 
nos tales que no es posible dudar de su autenticidad. El 
suceso es verdadero ; pero solamente como lo refiere Las 
Casas, y no como quieren adornarlo los críticos. Doña 
Isabel no tomó sus diamantes y sus alhajas dándolas á Santan- 
gcl para que las pignorase; esto hubiera sido ridículo sobre 
imposible. Manifestó' su decisio'n de patrocinar la empresa y 
proporcionar cuanto fuere necesario para llevarla á cabo, 
demostrando la firmeza de su resolucio'n , y el deseo que la 
animaba de que no se tropezaran nuevos obstáculos, con el 
ofrecimiento de que sobre sus alhajas se tomara la cantidad 
que Colón había pedido. 

« Yo temé por bien que sobre joyas de mi cámara se busquen 
prestados los dineros...» Esto dijo la Reina; sin que fuera 
preciso que estuvieran allí, ni las tomara para entregár- 
selas á Santangel á fin de que se hiciera el empréstito. 

Aquel movimiento generoso retrata el instante en que 
se decidió' por Castilla , por E.spaña , tomar á su cargo el 
proyecto del genovés inmortal ; debe recogerlo y repetirlo 
en sus páginas la historia, y así se ha transmitido á las 
generaciones, como escrito y atestiguado por un historiador 



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' Las joyas de Isabel la CatciUea , las naves de Cortés y el salto de Alva- 
rado, por don Cesáreo Fernández Duro. — Madrid, 1882, pág. 22. 



172 



CRISTÓBAL COLÓN 



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mu}^ digno de crédito y bien informado, que conoció y trato' 
á cuantas personas intervinieron en la conferencia, sin nece- 
sidad de que lo fingiera ninguna imaginacio'n italiana. La 
verdad es siempre más conmovedora que toda clase de 
ficciones. 




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174 



CRISTÓBAL COLON 








Resuelta de tan fácil manera la de proporcionar fondos 
para el armamento de la expedicio'n, mando inmediatamente 
la Reina que un alguacil de la corte saliera en posta tras de 
Cristóbal Colón, y de su parte le dijese como le mandaba 
tornar, y lo trújese. A dos leguas de la ciudad le alcanzo' el 
mensajero, cerca de la puente que llamaban de Pinos, céle- 
bre por muchos pasos caballerescos y combates habidos en la 
pasada guerra entre moros y cristianos ; y aunque causo 
grandísima sorpresa á Colón aquel repentino cambio, y no 
menor alegría, todavía dudo' unos instantes, no pudiendo 
dar crédito á lo que el alguacil le manifestaba, hasta que, 
recobrado su espíritu, volvió' las riendas y se encamino' á 
Granada. 

Al llegar á Santa Fe obtuvo Colón inmediatamente 
audiencia de la Reina, dice Washington Irving, y la benigni- 
dad con que fué recibido compenso' todos los desaires pasados. 

Sus verdaderos amigos se ocuparon en allanar todas las 
dificultades, y de acuerdo con el rey don Fernando, se dio' 
orden al secretario Juan de Coloma para que extendiera, con 
la separacio'n conveniente, las peticiones de Colón y las 
presentara en la forma acostumbrada á la aprobacio'n de los 
Reyes. 

La capitulacio'n firmada en Santa Fe á 17 de Abril 
de 1492, copiada por don Martín Fernández Navarrcte del 
traslado auténtico que existe en el archivo de la casa de 
Veragua, dice así: 

«Las cosas suplicadas é que Vuestras Altezas dan y 
otorgan á Don Cristoval Colon, en alguna satisfacción de lo 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO XII 



175 



que ha de descubrir en las mares Occeanas, y del viaje que 
agora, con el ayuda de Dios, ha de hacer por ellas en 
servicio de Vuestras Altezas, son las c[ue siguen: 

«Primeramente que Vuestras Altezas, como Señores 
que son de las dichas mares occeanas, fagan desde agora al 
dicho Don Cristoval Colon su Almirante en todas aquellas 
islas y tierras firmes que por su mano d industria se descu- 
bran o' ganaren en las dichas mares Océanas, para durante 
su vida é, después del muerto, á sus herederos o' sucesores 
de uno en otro perpetuamente, con todas aquellas preemi- 
nencias y prerogativas pertenecientes al tal oficio, según 
que Don Alfonso Enriquez, vuestro Almirante mayor de 
Castilla, y los otros predecesores en el dicho oficio lo 
tenían en sus districtos. — Pla:^c á sus Alteras. — Juan de 
Coloma. 

«Otrosí, que vuestras Altezas hacen al dicho Don Cris- 
toval Colon su Viso-rey y Gobernador general en las dichas 
islas y tierras firmes , que como dicho es , el descubriere o' 
ganare en las dichas mares, y que para el rejimiento de 
cada una y cualquiera dellas haga elección de tres personas 
para cada oficio, y que vuestras Altezas tomen y escojan 
uno, el que mas fuere en su servicio, y así serán mejor 
regidas las tierras c|ue nuestro Señor le dejare hallar é ganar 
á servicio de vuestras Altezas. — Plax^ A Sus Alteras, — Juan 
de Coloma. 

«ítem, que todas y cualesquiera mercaderías, siquier 
sean perlas preciosas, oro o' plata, especería y otras cuales- 
quier cosas y mercaderías de cualquier especie, nombre y 
manera que sean que se compraren, trocaren, fallaren, 
ganaren é hobieren dentro de los límites del dicho Almiran- 
tazgo, que desde agora Vuestras Altezas hacen merced al 
dicho Cristoval, y quieren cj^ue ha3'a y lleve para sí la 
décima parte de todo ello, quitadas las costas que se hicieren 
en ello; por manera que de lo que quedare limpio y libre 
haga y tome la décima parte para sí mismo y haga dello su 



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176 



CRISTÓBAL COLÓN 




voluntad . quedando las otras nueve partes para \^uestras 
Altezas. — Pla:^c A Sus A¡tc:^as. — Juan de Coloma. 

«Otrosí, que si á causa de las mercaderías c[ue él traerá 
de las dichas islas y tierras, que así como dicho es se gana- 
ren y descubrieren, o' de las cj^uc en trueque de aquellas se 
tomaren acá de otros mercaderes, naciere pleito alguno en el 
lugar donde el dicho comercio y trato se terna y fará, cj^ue 
si por la preeminencia de su oficio de Almirante le pertenece 
cognosccr del tal pleito, plega á Vuestras Altezas que el o' su 
Teniente, y no otro juez conozca del pleito y ansí lo provean 
desde agora. — Pla':[C á Sus Altc:[ín. — Juan de Coloma. 

))Item, que en todos los navios que se armaren para el 
dicho tracto y negociación cada y cuando y cuantas veces se 
armaren, c[ue pueda el dicho D. Cristoval, si c^uiere, con- 
tribuir y gastar la octava parte de todo lo que se gastare en 
el armazón, é qvie también haya é lieve el provecho de la 
ochava parte de lo cjue resultare de la tal armada. — PlüT^c á 
Sus A¡ti\(ts. — Juan de Coloma. 

«Son otorgados é despachados, con las respuestas de 
Vuestras Altezas en fin de cada un ca^^itulo, en la Villa de 
Santa Fe de la Vega de Granada, á 17 de Abril del año del 
nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de 1492 años. — 
Yo la Reina. — Por mandato del Rey é de la Reina, Juan de 
Coloma. — Registrada. — Calcena . » 

]\Iuy á contento y satisfaccio'n de todos se terminaron 
estas importantísimas capitulaciones. Era un tratado cu}'© 
alcance y extensio'n no era dado medir á ninguno de los c[ue 
en él intervinieron; pero que siendo, como lo era, inseguro 
en sus fundamentos, había de ofrecer para todos resultados 
de gran trascendencia, dando motivo á singulares alegrías y 
á multiplicadas satisfacciones, siquiera llevara también el 
germen y principio de disgustos innumerables. 

La piedad de la reina doña Isabel, su fe religiosa 
encontraban infinito consuelo en la esperanza de ver redu- 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO XII 



I// 



ciclos al conocimiento del verdadero Dios, numerosos pueblos 
bárbaros, ido'latras v feroces, de cuya existencia no se tenía 
ni aun noticia cierta. El rey don Fernando daba de nuevo 
entrada en su mente á la idea de oscurecer con un gran 
descubrimiento todos los descubrimientos de la nacio'n por- 
tuguesa. V ganar por medio de un viaje atrevido, y que 
reputaban aquéllos imposible, el monopolio del comercio 
con la India. tra3'endo á España directamente las especias, 
las piedras preciosas, los perfumes, las sederías }'■ todos los 
maravillosos productos de aquellas tierras del Gran Kan, 
cuyas ciudades fantásticas pintaba con tan exageradas tintas 
Marco Polo. Cristóbal Colóx veía llegar el día de realizar 
sus deseos : su esperanza convertida en realidad : tocaba el 
fin de sus afanes; iba á disponer de buques que siguieran 
sus o'rdenes. log'raba títulos que le harían respetar en todas 
partes, y contaba con la proteccio'n de los poderosos monarcas 
de Castilla 3' Arago'n en CU3-0 nombre emprendía el viaje. 

El gozo de los amigos de Colón no es necesario pin- 
tarlo. Esperaban de su genio un gran suceso; soñaban con la 
grandeza 3- prosperidad de su patria. ;Cuán lejanos estaban 
de imaginar siquiera la importancia de aquel viaje que por 
sus esfuerzos se realizaba ! 

Establecida la corte en Granada, en aquel fantástico 
palacio 3' fortaleza que pocos meses antes ocupaban los 
moros, pidió' Colón se le diesen los privilegios de las 
gracias que los Re3-es le habían acordado en la Capitulación, 
y de los títulos que podría usar cuando hubiese descubierto 
3' ganado algunas islas ó tierra firme: y en 30 del mismo 
mes de Abril se le expidieron, «de todo lo cual, dice 
el P. Las Casas, y para que se intitulase 3' llamase Almi- 
rante. Viso-Re3- é Gobernador, se le dio' un muy cumplido 
Privilegio Real escrito en pergamino, firmado del Re3' é de 
la Reina, con su sello de plomo pendiente de cuerdas de 
seda de colores, con todas la fuerzas é firmezas 3- favores 
que por aquellos tiempos se usaban.» 
Cristób.\l Colón, t. i. — 23. 



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CRISTÓBAL COLON 





En el mismo día se le dio también la real provisio'n 
para que los vecinos de la villa de Palos facilitaran á Colón 
las dos carabelas con que habían sido condenados por el 
Consejo á servir doce meses á su costa, por algunas cosüs 
fechas c cometidas en deservicio de los Reyes. 

Y con estas y las demás cédulas, provisiones y cartas 
c|ue se cre}^eron necesarias, se despidió' Colón de SS. AA. y 
de sus amigos y favorecedores , y se jduso en camino para 
la villa de Palos, donde había de prepararse la expedi- 
cio'n . 



11 




El miércoles 23 de Mayo de 1492, en la iglesia de San 
jorge de la villa de Palos, y por ante Notario, se notiñco' á 
los Alcaldes y autoridades la real provisio'n, en que se les 
mandaba entregar al Almirante las dos carabelas con que 
habían sido condenados á servir á su costa j^or tiempo de 
doce meses. Manifestaron desde luego su acatamiento y 
obediencia á las o'rdenes de los Rej'es, porque muy bien 
sabían que de no hacerlo, éstos harían respetar su autoridad, 
como siempre , con el mayor rigor ; pero después de aquella 
conformidad legal y jaública. digámoslo así, comenzó' la 
resistencia pasiva, las dificultades y entorpecimientos, hasta 
punto tal, que sin la voluntad de Dios y la constancia del 
Almirante se hubiera malogrado la empresa, y no hubiera 
podido armarse la expedicio'n, á pesar de la decidida orden 
de los Soberanos. 

Examino' Cristóbal Colón todas las naves surtas en el 
puerto de Palos, que á la sazo'n parece debían ser nume- 
rosas; mas como quiera que los dueños no se prestaban á 
M fletarlas por cantidad alguna, señalo' las que le parecieron 



LIBRO PRIMERO. — CAPITULO -Xll 



179 



más á proposito para aquella navegacio'n, 3' causo en ellas 
embargo formal por medio del escribano Alonso Pardo. 

Pero aunque los buques estaban á sus o'rdenes, no se 
encontró con gente para tripularlos. Ni halagos, ni ofreci- 
mientos, ni el dinero, ni las amenazas fueron bastantes á 
decidir á los honibres de mar 23'"^!";^ que se pusieran á las 
o'rdenes de aquel extranjero cuyos planes nadie conocía. 

Preciso es trasladarse con la imaginacio'n á aquella 
época, desprendiéndonos de todo lo que ho}' vemos á nuestro 
alrededor, para comprender cuan justificada era la resisten- 
cia. Nadie ignoraba que el destino de los barcos embargados 
era desconocido. Se trataba de emprender un viaje por 
aquel lUür tenebroso que nunca habían surcado las naves, y 
á cuvo límite existía un abismo, según la más común creen- 
cia. El intento había sido juzgado imposible por las personas 
más peritas del reino lusitano, y en la corte misma de 
Córdoba cosmo'grafos y marineros lo calificaban de absurdo, 
descabellado é impracticable. Corrían estas noticias de boca 
en boca . aumentadas de mil maneras por la imaginación del 
pueblo; eran pábulo constante á la curiosidad los actos de 
resistencia que por todas partes se comentaban con ajDlauso; 
se repetían los nombres de los marinos que habían desertado 
de las carabelas embargadas, y de los que no admitían los 
ofrecimientos del genovés y rechazaban las grandes sumas 
que se les ofrecían porque se embarcasen; y los temores 
crecían, se exageraban los peligros, se desacreditaba la 
empresa, se hacía burla del extranjero huésped en el con- 
vento de la Rábida . y se iba creando una atmo'sfera de 
miedo y de resistencia al viaje, que á cada momento doblaba 
sus fuerzas 3" era más difícil de dominar. 

Vista la inutilidad de sus esfuerzos, parece hubo de 
acudir Colón á los Re3'es para que arbitrasen medios que 
hicieran desaparecer aquellos obstáculos. Vanamente, dice el 
ilustrado marino Fernández Duro, procuraban los alcaldes 
por su parte, 3' ¡sor la su3'a el contino de los Reyes Juan de 



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CRISTÓBAL COLON 



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Peñalosa, estimular, apremiar y compeler á los pilotos y 
marineros á embarcar en los navios abandonados, desde que 
el embargo se puso. El envío del corregidor especial Juan 
de Cepeda: el apresto de la fortaleza de Palos para hacer uso 
de la artillería y llevar al extremo la imposicio'n: las cartas y 
sobrecartas que prueban el interés v empeño de los Reyes en 
el apresto de la armada ■ : ningún otro resultado alcanzaron, 
apelando los mareantes á cualquier recurso, incluso el de 
ausentarse de la localidad, porque no era cosa de ir en busca 
de tierra no oidií ni sabia ú. 

Añade don Martín Fernández Navarrete que si esto 
manifiesta que la repugnancia de los de Palos excito' el 
cuidado y atención de los Revés, deja conocer también la 
desconfianza que les infundía un aventurero extraño, en 
cu3'as manos no Cjuerían poner sus vidas v haciendas, como 
lo denotan muchas de las declaraciones de los mismos que 
fueron luego al viaje. 

Los Reyes Católicos tomaron con gran empeño el 
armamento de la expedicio'n , autorizando al Almirante ^^ara 
que entre los presos en la cárcel de Palos escogiera los que 
quisieran acompañarle, y mandando suspender las causas que 
se siguieran á los que se embarcasen. Si con estos elemen- 
tos se hubiese formado el equipaje de las carabelas, razo'n 
hubieran tenido los vecinos de Palos en decir, como lo 
expreso' el escribano Alonso de Pardo, que tenían á Colón 
por muerto desde el momento en que se embarcase en las 
naos. Pero las pruebas habían de ser de todas clases, y la 
constancia y energía del Almirante debía demostrarse en 
todos los terrenos. Después de haber luchado con las preocu- 
paciones científicas, con las intrigas cortesanas, con la igno- 
rancia y el orgullo; tras de haber sufrido las burlas de los 
que le juzgaban loco y visionario, la indigencia á veces, y á 



' Navarrete. — Colección de viajes y ticsaibrimiciitos , tomo III, docuiiien- 
tos núms. VIII y IX. — Suplemento. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO XII 



I Si 



veces el desprecio: habiendo manifestado su valor en la 
guerra 3' su perseverancia opuesta á todo linaje de dila- 
ciones, restábale luchar con los terrores del pueblo, con la 
desconfianza natural que sus proj^ectos despertaban, y vencer 
la resistencia pasiva, obstinada, tenaz que el miedo de la 
muchedumbre le oponía. 

Las reuniones en los claustros de la Rábida tenían 
constantemente por objeto las dificultades que se tocaban 3' 
la mejor manera de vencerlas. Fray Juan Pérez, Colón y 
Marchena discurrían largamente, asesorados por el físico 
Garci-Hernández , v por algunos otros intrépidos marinos de 
la villa de Palos, de Moguer o' de Huelva que va manifes- 
taban deseos de que se realizara la expedicio'n. Pero todos 
aspiraban á que la dotacio'n de las carabelas se compusiera 
de hombres prácticos, de marineros experimentados, cuvo 
valor V dotes fueran alguna garantía en el difícil viaje que 
iban á emprender. Porque á ninguno podía ocultarse, ni 
el mismo Colóx trataba de disimularlo, que la navegacio'n 
era arriesgada v podía ofrecer peligros, tanto más graves 
cuanto eran desconocidos, v para afrontarlos 3' vencerlos se 
necesitaban hombres probados 3^ excepcionales. 

En tan apremiantes circunstancias, haciendo diligencias 
para conseguir una tercera embarcacio'n que hiciera com- 
pañía á las dos embargadas , 3' fuera en condiciones mari- 
neras superior á aquéllas, hubieron de fijar su atencio'n en la 
carabela nombrada Süiitú María, ó Marigalaiitc, cu3'o dueño' 
era un piloto vizcaíno, joven, con rejjutacio'n de valiente v 
entendido, que tenía por nombre Juan de la Cosa. Espíritu 
aventurero, con ánimo varonil, esforzado v ansioso de gloria, 
no escucho' mal las proposiciones que se le dirigieron , y aun 
concurrió' alguna vez á la Rábida para tratar del asunto; 
pero vacilaba, ante los temores de la tripulacio'n de su 
buque, cuando á fra3" Juan Pérez le ocurrió' la idea feliz de 
hablar á otros marinos más antiguos y experimentados que 
el piloto de Santoña, cuva aceptacio'n, caso de conseguirla. 





182 



CRISTÓBAL COLÓN 



había de dar nueva faz al proj-cctado AÚaie, por el gran 
concepto que en la villa de Palos disfrutaban. 



III 



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Eran tres hermanos llamados Martín Alonso Pinzo'n, 
\'icente Yáñez 3^ Francisco Martín Pinzo'n, miembros de una 
familia mu}^ considerada en la comarca por su honradez y 
arraigo, y por la intrepidez con que siempre se habían dedi- 
cado á expediciones comerciales con los buques que poseían. 
Al mayor de ellos, á Martín Alonso, que era el principal, el 
más rico 3^ respetado, se dirigió el venerable guardián, 3' 
estimulando su ardor patrio 3^ su carácter atrevido, hala- 
gando su codicia por una parte 3^ su deseo de gloria 3^ de 
nobleza por otra, le ¡iuso en relacio'n con Cristóbal Colón 
3^ con el astro'logo P. Marchena, y á pocas conferen- 
cias, apasionado del pro3'ccto, convencido por la elocuencia 
del Almirante 3' con los ofrecimientos que éste le hizo 
de darle gran participacio'n en los beneficios que en los 
despachos reales se le concedían, se resolvió' á emprender el 
viaje. 

Una vez decidido ]\íartín Alonso, hizo entrar en la 
exj^edicio'n á sus hermanos, facilito' dinero á Colón para el 
aprovisionamiento de los barcos, pues acopiaba víveres para 
un año, y no bastaba para todo el cuento de maravedís 
anticipado por Santangel , y consagro' su actividad á las 
atenciones que requerían los aprestos del viaje. Por su con- 
sejo se despidieron las carabelas embargadas, sustitu3'cn- 
dolas con ventaja otras dos que eran propiedad de los 
Pinzíines, \ de algunos compañeros o' socios de los mismos, 
y se contrato' definitivamente la otra de Juan de la Cosa, cjue 
era mucho más co'moda y propia, 3' cu3'a gente, animada 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO XII 



183 



por su capitán j con el ejemplo de los Pinzones, depuso sus 
temores }• se animo á la empresa. 

Pero todavía l'ué más eficaz su concurso, y más decisiva 
su intluencia en enganchar marineros para la dotacio'n de 
las embarcaciones. Testigos presenciales declararon haberle 
visto andar por las calles de la A'illa animando á los tímidos, 
decidiendo á los indiferentes . y uniendo al ejemplo la pala- 
bra, decirles á todos: — Amigos, úiidad acá: idos con nosotros 
esta jornada: que andáis acá misereando; haced esta jornada que 
segiiii fama habernos de fallar las casas con tejas de oro é todos 
verneis ricos c de buena ventura. 

De esta manera se armo la expedicio'n y se encontraron 
todas las cosas necesarias joara-el viaje. La Providencia j)uso 
en el camino de Colón á Martín Alonso, sin cuyo concurso 
no es posible imaginar lo c[ue hubiera sido de la arriesgada 
empresa. El fué el brazo en aquellos momentos: Cristób.vl 
Colón era la cabeza. La actividad de Pinzo'n, su pericia, la 
grande influencia que ejercía, el prestigio de su nombre en 
la comarca, fueron gran parte á que desaparecieran todos 
los inconvenientes c[ue rodeaban la realizacio'n del proyecto. 

Y nos complace el creer que en aquellos instantes se 
despertó el verdadero afecto en los corazones de aquellos 
hombres superiores; la amistad fué sincera, noble, llena de 
gratitud por parte de Colón; leal, decidida, confiada por 
parte de Martín Alonso Pirizo'n. Éste ponía á disposicio'n 
del Almirante con noble desinterés, su fortuna, su nombre. 
3" hasta su propia vida; aquél se sentía poseído de profundo 
agradecimiento, v abrigaba la idea de recompensar sus 
sacrificios, dividiendo entre ambos los beneficios que se obtu- 
vieran, 3' su abnegacio'n haciendo que los Re3'es Cato'licos le 
concedieran honores que recordaran tantos servicios. Sin 
contrato expreso, pero por la fuerza de los sucesos, Colón 
quedo' como jefe de la expedicio'n, con título despachado por 
la corona, 3^ llevando su representacio'n : ^Lartín Alonso fué 
su lugarteniente, su auxiliar, el hombre de maj'or confianza 



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CRISTÓBAL COLON 




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3' autoridad después de la del Almirante. Este había conce- 
JDidu el extraordinario pro_yecto v había trabajado con fe 
viva y perseverancia sin igual para que los Re3'es lo acep- 
taran: aquél había facilitado la ejecucio'n, difícil o' imposible 
sin su concurso, por los medios de que él solamente ¡aodía 
disponer. Ambos al lanzarse al mar arriesgaban su iDresente 
V su porvenir, sus ensueños de gloria y sus esperanzas de 
fortuna. 



IV 



Natural es creer, dadas las respectivas posiciones de 
Colón y Í^Iartín Alonso, que entre ellos se establecieran 
ciertos convenios; que hubiera puntos concretos de esti^JU- 
lacio'n antes de emprender el viaje. Más aun, es de suponer 
que éstos fueron personalísimos, y que se cumplieron reli- 
giosamente, puesto que durante toda la vida del Almirante, 
desde el año 1492 al de 1506 no hubo cuestio'n alguna, ni 
se sabe de reclamacio'n que contra aquél hicieran los Pin- 
zones , ni como hermanos 3^ j^'ii'tícipcs en la expedicio'n 
Vicente Yáñez y Francisco Alartín, ni los hijos herederos de 
Martín Alonso Pinzo'n. 

Solamente en el pleito que se empezó' el año 1508, 
cuando 3'a iban pasados dos años después de la muerte de 
Cristóbal Colón, 3' su hijo don Diego cansado de reclamar, 
como pretendiente desatendido, que se le pusiera en posesio'n 
de los cargos que, por pacto expreso con la corona, había 
adquirido su padre, porque había cumjjlido mucho más de 
lo que ofreciera, pidió' se le autorizase para litigar contra el 
jefe del Estado, se presento' por el fiscal y jJor bis herederos 
de Pinzo'n, entre otras varias peregrinas excepciones, la de 
que á Martín Alonso pertenecían por mitad, cuando menos, 



LIBRO rRIMKRO. — CAPÍTULO XII 



T85 



los honores, títulos v hasta las rentas que solicitaba el 
segundo Almirante. 

Llaman ciertamente la atencio'n, por su notoria falsedad 
A- por la malicia que llevaban envuelta, muchas de las pre- 
guntas c]ue se hicieron á los testigos. En vez de seguir el 
recto camino cjue aconsejaban la -justicia v la prudencia, 
diciendo jjaladinamente los defectos que en buenos prin- 
cipios anulaban, en parte, la capitulacio'n de Santa Fe, por 
haberse contratado sobre cosa incierta, segregando de la 
corona á perpetuidad el Virreinato de países cuya extensio'n 
no era conocida . el gobierno de pueblos más numerosos que 
los de España entera, v el almirantazgo de los mares, vincu- 
lándolo todo en una familia, cuyos descendientes podían 
carecer de las condiciones precisas para tan altas investi- 
duras: en lugar de poner, como primera y principal falta á 
las leyes del reino, la enajenación á perpetuidad de esas 
dignidades, se recurrid á medios reprobados, á recursos de 
mal género, queriendo negar á CoLÓx su gloria, y al descu- 
brimiento su importancia, poniendo «preguntas harto im- 
pertinentes y fuera de justicia y razón por oscurecer y 
anular la mas egregia obra que hombre jamás en millares de 
años otra, ni tan universal como de sí es manifestísima 
hizo. » según escribe con verdadera indignacio'n fray Barto- 
lomé de las Casas '. 

Pero es lo cierto, que entre aquellas alegaciones estaba 
la de los ofrecimientos hechos por el Almirante á Martín 
Alonso: y como algunos bio'grafos se han ocupado también 
del auxilio que prestaron los Pinzones bajo este aspecto, es 
justo conocer tan diferentes opiniones 3' formar i'uicio exacto 
de ellas. 

Con el cuento de maravedís que Cristób.vl Colón 
pedía á la Reina, y que se le concedió con el auxilio del 
contador Luís de Santangel . se comenzaron los aprestos de 



Historia de las Indias, lib. I, cap. XXXIV. 
Cristóbal Colón, t. l — 24. 




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CRISTÓBAL COLÓN 





la expedición y se hicieron los primeros g'astos : pero mu}' 
luego se comjn-endería la insuñcicncia de tan corta suma, 
que no debió alcanzar á cubrir las primeras atenciones. El 
genovés se había comprometido, además, á contribuir con el 
ochavo, o' sea la octava parte de lo c[ue montasen los gastos 
del viaje: no solamente como exigencia legal cuvo recuerdo 
aún ho}' se conserva, de que el capitán tenga una parte de 
interés en el barco que manda, para estimular su celo, sino 
también como galardo'n de sus servicios, tomando parte en 
las ganancias que de la expcdicio'n resultaran. 

Por una y otra causa debió' encontrarse Colón en la 
necesidad de buscar quien le prestase algunas cantidades; 
pues no podrá suponerse que con sus propios recursos 
pudiera hacer frente á tales desembolsos, el que siete años 
había vivido en Castilla ayudándose con el producto de sus 
trabajos, y seguido con varia fortuna la corte de los Reyes 
Cato'licos, sostenido por la magnánima amistad de los nobles 
sus amigos, y con las cantidades que repetidamente le con- 
cedieron aquellos, del Tesoro, por ocuparse en cosas de su 
servicio. 

Y debemos considerar de igual manera, las graves 
dificultades con que tropezarían el mismo Colón y los 
padres del monasterio de la Rábida, para encontrar perso- 
nas que quisieran exponer sus capitales en tan arriesgada 
empresa. 

En tales condiciones la idea del préstamo se impone, y 
está además comprobado el hecho por las declaraciones de 
muchos testigos. Haciendo sobre esto algunas indagaciones, 
y fundados en algún indicio que parece encontrarse en las 
mismas, nos inclinamos en otro tiempo á sospechar si la 
lamilla de doña Beatriz Enríquez, los Arana de Co'rdoba, ó 
por su mediacio'n algunos otros hidalgos de aquella ciudad, 
habrían acudido con sumas bastantes á que Colón jDudiera 
terminar los preparativos para el viaje, cubriendo los cre- 
cidos gastos c[ue se ocasionalian . v contribuyendo con lo 



LIBRO PRIMERO —CAPÍTULO XII 



187 



estipulado para tiznar [¡arte en las utilidades. Pero las decla- 
raciones que en las diferentes probanzas del fiscal del re}- se 
e(nitienen. parece que desvirtúan esa conjetura, desit^nando 
á Martín Alonso Pinzíín como la persona que facilito' los 
recursos que faltalian despuc's de gastado el cuento de mara- 
vedís. Lo que no dicen esos testigos son los términos del 
contrato, las condiciones en que el pre'stamo se hizo; y el 
dilatado silencio de los herederos de aquél hasta el año 1508 
deja conocer, como antes dijimos, que los convenios estable- 
cidos se cumplieron rtelmcnte por Crisk'jbal Colón. 

(( Cosa es verosímil v cercana de la verdad . escribe el 
padre las Casas, que el dicho Martin Alonso, según _vo tengo 
entendido, presto' solo al Cristob.\l Colon el medio cuento, 
o' él y sus hermanos.» Más que por este auxilio, por el prés- 
tamo del medio cuento de maravedís, ofreciera Colón la 
mitad de todo el interés, honra v provecho c[ue pudiera 
obtener del descubrimiento, como expreso' únicamente el 
testigo Diego Fernández Colmenero, no se justifica de modo 
alguno, y entre una cosa y otra media gran distancia. Tan 
importantes ofrecimientos no habían de fiarse á la palabra: 
«Cierto, continúa el mismo frav Bartolomé de las Casas, si 
le oviera prometido Cristob.vl Colon la mitad de las mer- 
cedes, no era tan simple Martin Alonso, siendo él 3^ sus 
hermanos sabios v estimados por tales, que no ovieranle 
pedido alguna escritura dello. aunque no fuera sino un 
simple cognoscimiento con su firma, o al menos, pusiéranle 
algún pleito sus herederos: 3' A'icente Yañez. que vivió' 
después muchos años, el cual vo conoscí. oviera alguna 
queja o' fama dello: pero nunca ovo dello memoria, ni tal se 
boqueo'. ( lo cual 3-0 creo cj^ue á mí no se me encubriera, 
como vo sea muv de aquellos tiempos), hasta que el dicho 
pleito se comenzó', que creo fué el año de 1508, venido el 
Re}' Cato'lico de Ñapóles.» 

Esta manifestacio'n del autor de la Historia de lús Indias,, 
es razonable 3' justa bajo cualquier aspecto que se la consi- 




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dere, como fundada en h) que si^niHca la conducta obser- 
vada por Pinzo'n y su familia, y en el exacto conocimiento 
de los hechos v de las personas. 

Estudiado sin pasio'n este punto, teniendo en cuenta 
todos los antecedentes, nace el convencimiento, como dijimos 
al empezar este capítulo, de c[ue si en efecto Martín Alonso, 
á más de entrar en la empresa con sus buc^ues, }' de alentar 
á los que habían de tomar parte en ella con su influencia 3' 
con su ejemplo, hizo el préstamo en metálico á Cristób.\l 
Colón, los tratos que entre ambos mediaran fueron cum- 
plidos á su tiempo, sin que hubiera necesidad de recurrir á 
medios violentos, ni, por lo tanto, produjeran diferencias ni 
cuestiones que tuvieran que ventilarse en público. 

Que Colón tuvo necesidad del medio cuento de mara- 
vedís para completar el pago de los gastos de la expedicio'n, 
y hubo de buscarlos usando de su crédito, es punto que 
parece fuera de duda. ¿Pero no pudieron proporcionárselo 
sus protectores en la corte? ;No está en lo posible que lo 
adelantaran los monjes de Santa María de la Rábida, o' 
algunas otras personas por su mediación? Lo más verosímil 
es que lo recibiera del mismo Martín Alonso; pero en cual- 
quiera de los casos, fuera quien fuese el ¡Drcstamista, Colón 
debió' cumplir religiosamente sus compromisos tanto en lo 
referente á la devolucio'n de la suma, como á la utilidad o' 
recompensa que ofreciera. 



V 



Grande fué el movimiento, y mayores aún las conver- 
saciones y comentarios, que en los últimos días del mes de 
Julio se notaban, no solamente en la villa, sino también en 
los pueblos de Huelva, Aíoguer. A3'amonte v otros cercanos. 



LIHRO trímero.— CAPÍTULO XII 



189 



de donde eran naturales la mavor parte de lus marineros 
que formaban la dotación de las tres embarcaciones que se 
preparaban ¿í emprender el viaje por el mar desconocido. 
Desde los más lúgubres v siniestros presagios á las más 
risueñas esperanzas, corría la imaginacio'n exaltada de los 
andaluces todos los tonos, formando cuadros de tan diver- 
sos colores cual era la opinión de los que los pintaban . y 
variando á cada momento, pues no era extraño escuchar 
los más encontrados juicios en diversos períodos de una 
misma conversacio'n. 

Quien veía sumergidas las frágiles carabelas en un mar 
proceloso, de aguas negras }' espesas, y bajo un cielo sin luz, 
cargado de vapores densos que diñcultaban la respiración, 
pereciendo todos aquellos animosos marinos ahogados á un 
tiempo por el aire v por el agua. Quien narraba la exis- 
tencia de profundas simas en las que por necesidad queda- 
ría sepultada la expedicio'n: v al paso que unos soñaban 
con monstruos horribles, con tempestades espantosas, con 
climas mortíferos , otros pensaban que podrían llegar las 
naves á los dominios del gran Kan, donde abundaban 
las perlas, el oro servía para hacer murallas y tejar los 
edificios, como les decía Martín Alonso Pinzo'n, los diaman- 
tes se recogían en cantidad fabulosa, y volverían cargadas 
las carabelas, hasta hacerlas zozobrar, de frutos preciosos y 
de riquezas incalculables. 

Y en medio de estas hablillas del jsueblo se dirigían 
al embarcadero las recuas cargadas de granos, de bizcocho 
y salazones, }• los marineros aprestaban sus ropas, corrían 
de uno á otro lado los chicos y las mujeres cargados de 
mil objetos diferentes, v todo era bulla, movimiento, acti- 
tividad en aquel pueblo de ordinario tan sosegado y tan 
tranquilo. 

Al comenzar el mes de Agosto quedaron prontos los 
barcos 3^ abastecidos de lo necesario para darse á la vela. 

CüLóx. cuya fe religiosa era tan viva v ardiente. 



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CRISTÓBAL COLON 



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confeso 3^ comulgo' la víspera de la partida, que estaba 
fijada para la mañana del viernes 3, y quiso que toda la 
tripulacio'n siguiera su ejemplo. Reunidos con tan buena 
¡jrcparacio'n en la iglesia de Palos, dirigió' á todos la palabra 
fray Juan Pérez, exhortándolos á tener confianza en Dios 
V en el Almirante, 3' dándoles su bendicio'n, pidió' al cielo 
en ferviente súplica ¡prosperidad para los navegantes. Todos 
permanecieron en oracio'n durante largo tiempo 3' salieron 
del templo j^ara dar el último adio's á sus familias. 

Es coincidencia notable la que acaeció' en estos días; 
pues estando 3'a dispuestas las carabelas, y quizá el día 
anterior á su partida, salieron por el río Tinto, conducidos 
en buques del Estado hacia las pla3'as africanas, los judíos 
expulsados del territorio español que moraban en la pro- 
vincia de Huelva. 

Siendo tan escasos los testigos presenciales de aquellos 
interesantes acontecimientos, cu3'os testimonios han llegado 
hasta nosotros, estimamos de suma curiosidad la noticia, 
que consta en una información conservada en el Archivo 
general de Indias '. Declaro' en ella en el año 155-' Juan de 
Arago'n, vecino de Aloguer y de edad de más de setenta 
años, que contaba por tanto quince en el de 1492, 3' expreso', 
que estando en la villa de Moguer al tiempo que se fueron 
los judíos, se fué por gniiiicle en uno de los navios que los 
condujeron, y yendo por la mar, á Id SíiHíIü ild rio de Saltes, 
i'ido que el dieho don Crisloval Colon estaba presto eon tres 
navios para ir á desenhrir las Imlias, que entonees iionibraínin 
Antilla. 

Otras muchas particularidades refiere el grumete Ara- 
go'n , que oportunamente hemos de aprovechar, pues dice 
que una de las tres carabelas era propiedad de Juan Niño 3" 
de sus parientes, y $C decía la Niña; y que al regresar des- 
pués de haber dejado en África á los judíos, cuya triste 



' Véase en las Achiracitíiics y ilocuinentos de este libro 1. (I) 



LIBRO PRIINIERO.— CAPÍTULO XII 



191 



suerte pinta con tan ncgTos colores el cura de los Palacios. 
encontraron en el mar á la carabela de Martín Alonso Pin- 
zo'n , X por él supieron el descubrimiento de las Indias: así 
como que Juan Xiño acompaño' á Colon en su viaje á Bar- 
celona; circunstancias todas que referiremos en su lugar. 

En la nao Súiifil Milria enarbolo' el Almirante el pabe- 
lliín real de Castilla v Aragón. En ella se embarcaron 
con Cristóbal Colón el alguacil ma3-or de la armada Diego 
Arana, primo-hermano de doña Beatriz Enríquez. Rodrigo 
Sánchez de Segovia, inspector general o' veedor por los 
Reyes, 3' Rodrigo Escobedo, escribano real. Iba por maestre 
el dueño de la nave Juan de la Cosa, }• por piloto Sancho 
Ruiz, llevando también á bordo al físico de Moguer. maese 
Alonso, al cirujano maese Juan 3' hasta cuarenta marineros 
más. 

La carabela Pinta iba al mando de Martín "Alonso 
Pinzo'n , que llevaba á su lado á su hermano Francisco, en 
calidad de maestre. 3- al piloto Cristo'bal García Xalmiento; 
y en la Saiitú Cliira, llamada la Niña, iba por capitán 
Vicente Yáñez Pinzón con los pilotos Pedro Alonso Xiño 
y Bartolomé Roldan. 

Es cuestio'n tratada por varios historiadores, 3' nosotros 
también volveremos sobre ella en lugar oportuno, la de la 
propiedad de los barcos que fueron en esta primera expedi- 
ción. Desde luego parece fuera de duda que las primeras 
carabelas , embargadas por orden de los Reyes por el escri- 
bano Alonso Pardo, fueron dejadas en libertad cuando se 
negocio' la participacio'n de los Pinzones. La Santa Alaría 
era, al parecer, de la propiedad de Juan de la Cosa; en la 
Pinta tenían, cuando menos una parte. Go'mez Rasco'n v 
Cristóbal Quintero, que iban embarcados en ella: 3- en la 
\tfia iba la familia de Juan Xiño. que probablemente le dio' 
el nombre : por más que en una v en otra pudieran tener 
parte los hermanos Pinzo'n. 

Difieren los primitivos historiadores al señalar el 






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CRISTÓBAL COLÓN 



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número de homhrcs que salieron del puerto de Palos en el 
primer viaje de descubrimientos. El P. Las Casas dice 
terminantemente y sin género alguno de duda, que la gente 
que se allego' _y metió' en los buques, con marineros v 
hombres de tierra, porque llevo' algunos criados del Rcv 
que se aficionaron á ir con él por curiosidad . v otros cnúdfls 
y cognoscieiites suyos, fueron por todos noventa hombres, mari- 
neros y de allí, de Palos todos los más '. 

Este mismo número se fija en el libro de don Hernando 
Colo'n: jDero Gonzalo Fernández de Oviedo los hace subir 
á ciento veinte. Washington Irving, concillando ambas 
cifras, pone aparte á las personas que ejercían cargos }' 
dice: «también iba un médico y un cirujano con varios 
aventureros particulares, algunos criados y noventa mari- 
neros; total ciento veinte personas.» 

Sea cualquiera la opinio'n que se adopte no dejará de 
causar admiracio'n c[ue con tan cortos recursos se acometiera 
tan grande empresa. Tres pequeñas embarcaciones y no- 
venta hombres decididos, guiados por el genio, animados 
por la fe, acometían una empresa que de resultar cierta, 
había de ser la más grande de que hay memoria en las 
edades histo'ricas, 3'a c[ue merced á ella debía de comple- 
tarse el conocimiento de nuestro planeta y hal)ían de abrirse 
\J nuevas vías á la civilizacio'n 3^ al progreso 3' perfecciona- 
miento del linaje humano. 

Llegado el 3 de Agosto de 149-'. día memorable, 
escribe un ilustrado escritor -. antes de la salida del sol eon 
media hora, se agrupaban en la plava los ribereños de Odicl. 
atentos á la maniobra de los bajeles que zarpaban. Embarco' 
Colón en el batel de la capitana despidiéndole con su bendi- 
cio'n su confesor y amigo fra3' Juan Pérez; rompiéronse á 
poco los juncos del cntenal, y el manso viento de tierra, al 



' Historia de I/idias, cap. XXXIV al fin. 

' Don Cesáreo Fernández Duro.— £>is)/!/is/ao/!rs ihintiías, tomo VI. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO XII 



•93 



cual ondeaba el estandarte de Castilla, lleno las velas en que 
se había pintado el signo de la redencio'n. Lenta, majestuo- 
samente, cual si el maderamen participara de la impresio'n 
de los homkres que sostenía la proa al horizonte teñido 
por los arreboles de la aurora, pasaron una tras otra las 
naves. Dejaron correr el llanto las mujeres por agitar en 
la mano los pañuelos; elevaron las gorras los hombres; 
palmotearon los pcqueñuelos: y en grito tres veces repetido, 
que confundía el dolor, la incertidumbre, la esperanza, el 
entusiasmo, el orgullo y la fe, madres y esposas, deudos 
}• amigos dieron el acostumbrado: jbuen viaje! 



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Cristóbal Colón, t. i. — 25. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



LIBRO PRIMERO 



(A).-Pág. 15. 



LUGAR DEL NACIMIENTO DE COLON 



I 



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Además de las pruebas concluyentes consignadas en el texto, para 
alejar todo motivo de duda en punto tan debatido y de tanto interés, 
vamos á indicar algunas otras entre las muchas que existen, así como 
los juicios de dos autores de los más renombrados. 

En la carta del magistrado de San Jorge á CRISTÓBAL CoLÓN , cuyo 
original se encuentra unido al ejemplar del Códice Diplomático existente 
en Genova, empieza aquella autoridad con estas palabras: — Illiistrissiine 
i'ir et clarissiinc amaiitissimcquc concivis... 

El obispo de Nebbio, Agostino Justiniani, que era natural de 
Genova, en el libro titulado Psaltcrium Hebreían, Grcecimi. Arahiciim et 
Chaldciíiii . que se imprimió en Genova por Pedro Pablo Parrus, en casa 
de Nicolás Justiniani, en 1506, en el comentario del vers. 4.° del 
salm. XIX '< Qui suspiciunt celos enairant gloriain Dei, et opera vianuujn 
eiiis anunciant qid suspiciimt in cera...¡> inserta una reducida biografía de 
Cristóbal Colón en la que dice que era su compatriota. 

Bartolomé Colón, el hermano del Almirante, en los versos latinos 
que acompañó al Mapamundi presentado á Enrique VII de Inglaterra en 
Febrero del año 1488, dice: — Jannua cui patria est , nonien cid BartJio- 
loinciis Columbns de Terran-ubra./i 

El bachiller Andrés Bernáldez, que también conoció y trató al Almi- 
rante, da principio al cap. CXVIII de su Historia de los Reyes Católicos. 
que es el primero de los que destina á tratar De cómo fueron descubiertas 
las Indias, con estas palabras: — ovo un hombre de tierra de Genova, 
mercader de libros de estampa, que trataba en esta tierra de Andalucía, 
que llamaban Christobal Colon. > 

Esto era lo que decían sus contemporáneos; y en vista de los com- 



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CRISTÓBAL COLON 



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probantes que tuvieron presentes, adoptaron también la misma opinión 
graves historiadores antiguos y modernos, entre ellos el cronista mayor 
de las Indias, Antonio de Herrera, (Madrid, Imprenta Real, 1601, déca- 
da I, cap. VIII), y el Inca Garcilaso de la Vega en sus Coméntanos 
Reales (Lisboa, Pedro Crasbeck, 1609, lib. I, cap. III), y que ha soste- 
nido últimamente el docto M. Eugéne Muller, traductor de los Apuntes 
de don Fernando Colón. La vie et les déconvertcs de Christoplie Colomh 
par Fernand Colomb son fils. Ouvrage traduit sur les textes pniniiifs et 
annotée par Eiigene Muller. de la Bibliotliéque de í Arsenal. (Paris, Imp. de 
Lagny, Dreyfous, éditeur, (sine anuo). — Un tomo en 8.") 

Y para tener á la vista el gran número de historiadores que han 
consignado la misma opinión, consúltese el último libro publicado por 
el docto y juicioso colombista, Próspero Peragallo, titulado: Cristo/oro 
Colombo c la sua fainiglia ^ en cuyo capítulo IV se hace erudita mención 
de todos ellos, con las obras en que se encuentran sus afirmaciones, bajo 
el titulo Patria di C. Colombo é di suo fratello Bartolovieo. Es capítulo 
digno de atención. 



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Haciéndose cargo de esta importante cuestión, y recopilando lo 
principal que sobre ella se había escrito, decía Washington Ir\'ing: 

« Mucha controversia ha habido acerca del lugar donde nació COLÓN. 
La grandeza de su renombre ha inducido á varias ciudades á reclamarlo 
como hijo suyo, y por motivos de laudable orgullo, porque nada refleja 
mayor lustre en una ciudad que haber dado cuna a los hombres distin- 
guidos. La opinión original, y por más tiempo establecida, estaba á 
favor de Genova; pero tan formales pretensiones adelantaron á este 
honor los estados de Plasencia, y en particular del Piamonte, que la 
Academia de ciencias y literatura de Genova nombró en 18 12 tres de sus 
miembros, los señores Serra, Carrego y Piaggio, comisionados para que 
examinasen aquellos argumentos. 

>^Las pretensiones de Plasencia se avanzaron primero en 1662 por 
Pedro María Campi, en la Historia eclesiástica de aquella ciudad, mante- 
niendo que Coi.üN era natural de Pradello, lugar de las cercanías. 
Pareció probable, al investigarlo, que Bertolino Colombo, abuelo del 
Almirante, tuviese alguna propiedad en Pradello, cuya renta había sido 
recibida por Dominico Colombo de Genova, y después de su muerte por 
sus hijos Cristóbal y Bartolomé. Admitiendo la corrección de este 
aserto, no había prueba de que el Almirante, su padre ó abuelo, hubiesen 



Lisboa. Typographia l'oituense, 18S9. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



197 



jamas rcsiditlo en atiucl estado. Las mismas circunstancias del caso indi- 
caban, al contrario, i]ue su casa estuviese en Genova. 

»Los derechos del Piamonte se mantenían mejor. Se hizo ver que 
un tal Dominico Colombo era señor del castillo de Cuccaro en Monfe- 
rrato, al tiempo del nacimiento de Cri.STüBAL CoLÓN , que se decía era 
su hijo, )' nacido en su castillo. Baltasar Colombo, descendiente de esta 
persona, instituyó una demanda ante el Consejo de las Indias, pidiendo 
la herencia del Almirante cuando se extinguió su línea masculina. El 
Consejo de las Indias decidió contra él, como queda referido; y se probó 
que Dominico Colombo, padre del Almirante, residió en Genova muchos 
años después de la muerte de aquel señor de Cuccaro, que tenía el 
mismo nombre. 

»Los tres comisionados nombrados por la Academia de ciencias y 
literatura de Genova, para e.Kaminar estas pretensiones, después de una 
investigación larga y diligente, dieron un informe circunstancial y volu- 
minoso en favor de Genova. En la Historia de Colón, del señor Bossi, 
puede verse un amplio digesto de su examen, y una hábil disertación 
sobre el asunto, que confirma aquella opinión. Debe añadirse, para corro- 
borarla aún más, que Pedro Mártir y el obispo Las Casas, coetáneos y 
amigos de Colón, y Juan de Barros, el historiador portugués, todos 
hacen á COLÓN natural de los territorios genoveses. 

Otra cuestión, causa de muchas discusiones, se ha agitado entre 
los mismos genoveses, sobre si nació COLÓN en la ciudad de Genova ó 
en alguna otra parte de su territorio. Tinale, Oneglia y Savona, ciudades 
de la costa ligurea al occidente; Boggiasco, Cogoleto y otras ciudades y 
villas le aclaman como suyo. Su familia poseía alguna propiedad en un 
lugar ó aldea entre Quinto y Nervi, que tiene el título de Torre dei 
Colombi '. 

«Bartolomé Colón, hermano del Almirante, se decía de Terra Rubra, 
en una inscripción latina del mapa que presentó á Enrique VII de Ingla- 
terra; y Fernando Colón dice, en sv. Historia del Almirante , o^\^ acos- 
tumbraba á firmar del mismo modo antes de obtener sus dignidades. 

» Cogoleto se llevó por un tiempo la palma. Algunas de las familias 
reclamaban al descubridor por suyo y conservaban su retrato. Uno, ó 
ambos de los Almirantes llamados Colombo, con quien él navegó, se dice 
haber nacido en el mismo lugar, los cuales confundidos con él dieron 
valor á esta idea ^. 

/Savona, ciudad de los territorios genoveses, reclama el mismo 
honor, y su demanda no hace mucho que se presentó con grande fuerza. 
El señor Giovanni Battista Belloro, abogado de Savona, la ha defendido 
vehementemente en una ingeniosa disputa, de data de 12 de Mayo 



' Bossi, tradnc. francesa; París, 1824, pág. 69. 
' Bossi, loe. cit. 



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CRISTÓBAL COLON 






de 1826, en forma de una carta al barón du Zach, editor de un diario 
astronómico y geográfico de mucho mérito '. 

»E1 señor Belloro sienta como heclio admitido, que Dominico 
Colombo fué por muchos años vecino residente de Savona, en cuyo lugar 
se prueba que un tal Cristóbal Columbus firmó un documento en 1472. 

>'Dice que una plaza pública de aquella ciudad tenía el nombre de 
Platea Columbi hacia el fin del siglo Xl\'; y que el gobierno ligureo dio 
el nombre de Jiirisdizionc di Coliiuibi á aquel distrito de la república, en 
la creencia de que el gran navegante era natural de Savona, y de que 
Colón dio el nombre de Savona á una pequeña isla, adyacente á la 
Española, en sus primitivos descubrimientos. 

»Cita á muchos escritores savoneses, principalmente poetas, y á 
varios historiadores y poetas de otros países; y así establece la proposi- 
ción de que CoLÓN estaba considerado como natural de Savona por 
personas de autoridad respetable. 

: Se detiene especialmente en el testimonio del magnífico Francisco 
Spinola, según lo cita el docto prelado Filippo Alberto Pollero, manifes- 
tando que había visto el sepulcro de CRISTÓBAL CoLÓN en la catedral de 
Sevilla, y que dice el epitafio expresamente que era natural de Savona: 
Hic jacct Cliristoplwrus Cohundus, savonensis 2. 

«Las pruebas del señor Belloro manifiestan mucho celo por el honor 
de su ciudad nativa, pero no autentizan el hecho que quiere establecer. 
Demuestra claramente que muchos escritores respetables creían á CoLÓN 
natural de Savona;pero un número infinitamente mayor puede presen- 
tarse, y muchos de ellos contemporáneos del Almirante, algunos sus 
íntimos amigos, otros sus compatriotas, que dicen haber nacido en la 
ciudad de Genova. Entre los escritores savoneses, Giulio Salinerio, que 
investigó este asunto, viene expresamente á la misma conclusión : Gciioi'a 
cittá nohilisima, era la patria di Colombo. 

«Parece correcta la opinión del señor Belloro, de que Dominico, el 
padre del Almirante, residió muchos años en Savona. Pero resulta de su 
propia disertación, que el Cristóbal que fué testigo de un testamento 
en 1472, se llamaba él mismo de Genova: Ciiristophonis Cohiinbus. lanc- 
rius de yannua. Hablan de este incidente otros autores, que presumen 
que el dicho Cristóbal fuese el Almirante, cuando fué á visitar á su padre 
en el intervalo de sus primeros viajes. En cuanto la circunstancia tiene 
relación con el principal argumento, soporta la idea de que fuese natural 
de Genova. 

»El epitafio en que el señor Belloro pone su principal confianza, es 
mal argumento. CrlstÓBAL Colón no se enterró en la catedral de Sevi- 



' Correspondincc Astronoin. Gcografh., <Iu barón du Zach, vol. XIV, caliier 6, 
lettie 29. — 1826. 

' Filippo Alberto rdlero, Epichercma , osia , breve tliscorso per difesa di sua persona 
é carattere; Torino, per Giov. Battista Zapatta. MCDXCVi (léase 1694), en 4.°, pág. 47. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



199 



lia, ni se le erigió en ella ningún monumento. La tumba á que aludió el 
docto prelado Pollero, puede haber sido la de Fernando Colón , hijo del 
Almirante, que estaba enterrado en la catedral de Sevilla, á la que dejó 
su noble biblioteca. Se erigió en la iglesia un monumento á su memoria. 
La inscripción que cita el señor Relloro puede haber sido equivocada- 
mente escrita de memoria por el magnífico Francisco Spinola, bajo la 
equivocada idea de que había visto el sepulcro del Almirante. Como Fer- 
nando era natural de Córdoba, el término savonensis debió de ser otro 
error de la memoria del magnifico. 

»Esta cuestión se ha examinado también con minuciosidad conside- 
rable, y decidídose en favor de Genova por don Giovanni Battista 
Spotorno, de la Real Universidad de aquella ciudad, en su Memoria 
histórica de Colón. Manifiesta que la familia de Colombi había residido 
mucho tiempo en Genova. Por un extracto sacado de un protocolo 
público, aparece que un tal Giacomo Colombo, cardador de lana, residió 
fuera de la puerta de San Andrés en 1 3 1 1 . También un convenio publi- 
cado por la Academia de Genova, prueba que en 1489 Dominico 
Colombo poseía una casa y tienda, y un jardín con un pozo en la calle 
de la puerta de San Andrés, antiguamente e.xtramuros; y se presume 
que esta fuese la misma residencia de Giacomo Colombo. También tenía 
otra casa alquilada á los monjes de San Esteban en la Vía Mulcento, que 
iba desde la calle de San Andrés á la Strada Giulia '. 

»E1 señor Bossi dice, que varios documentos recientemente hallados 
en los archivos de San Esteban, presentan repetidas veces el nombre de 
Dominico Colombo desde 1456 á 1459, y le designan como hijo de 
Giovanni Colombo, marido de Susana Fontanarrosa , y padre de Cri.STÓ- 
BAL, Bartolomé y Giacomo "^ (ó Diego). Añade que los recibos de los 
canónigos muestran que el último pago de alquiler de ca.sa lo hizo Domi- 
nico Colombo en 1489. Infiere que nació el Almirante en una casa perte- 
neciente á los monjes, situada en la vía Mulcento, y que se bautizó en la 
iglesia de San P2steban. Añade, que un antiguo manuscrito, examinado 
por los comisionados de la Academia genovesa, tenía al margen, escrito 
por el notario, que el nombre de CristÓB.\L estaba en los libros de la 
parroquia, como bautizado que había sido en aquella iglesia ■^. 

» Andrés Bernáldez, cura de los Palacios, y amigo íntimo de Coi.óx, 
dice que era de Génov-a ^. Agostino Giustiniani, contemporáneo de 
Colon, afirma lo mismo en su Salterio Poligloto, publicado en Genova 
en 1 5 16. Antonio de Herrera, autor exactísimo, que aunque no contem- 
poráneo, tenía acceso á los mejores documentos, dice decididamente que 
era natural de Genova. 



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' Spotorno, traduc. ingl., pág. II y 12. 

' Bossi, traduc. franc, pág. 76. 

^ Ibidem, pág. 88. 

* Cura de los Palacios, M. S. cap. 118. 



20O 



CRISTÓBAL COLÓN 



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> A estos nombres pueden añadirse los de Alejandro Geraldini, 
hermano del Nuncio, instructor de los hijos de Fernando é Isabel, é 
íntimo amigo de COLÓN '; Antonio Gallo '^, Bartolomé Seneraya ^, y 
Alberto Toglietto •*, todos contemporáneos del Almirante, y naturales 
de Genova, juntos con un escritor anónimo que publicó una relación de 
los viajes de descubrimientos en Venecia en i 509. Es inútil decir que los 
historiadores posteriores convienen en lo mismo, pues que deben haber 
derivado sus noticias de alguna de estas autoridades. 

»Se ha tratado la cuestión relativa al lugar del nacimiento de COLÓN 
tan minuciosamente por haber sido y ser todavía un punto de agitada 
controversia. Puede considerarse, empero, como conclusivamente deci- 
dido por la más alta autoridad, el testimonio de CoLÓN mismo. En un 
testamento ejecutado en 1498, y admitido después en los tribunales 
españoles como argumento en los pleitos de sus descendientes, declara 
dos veces ser natural de Genova: Siendo yo nacido en Genova; cuya 
aserción repite como razón para hacer ciertos encargos á sus herederos, 
manifestando el interés que tomaba por su ciudad nativa ítem: Mando 
al dicho don Diego mi hijo, ó á ¡a persona que heredare el dicho mayo- 
razgo, que tenga y sostenga siempre en la ciudad de Gcnoi'a una persona 
de nuestro linage que tenga alli casa y ¡nuger. c le ordene renta con que 
pueda vivir honestamente . conw persona tan llegada á nuestro linage, y 
haga pie y raiz en la dicha ciudad como natural della . porque podrá haber 
de la dicha ciudad ayuda ¿favor en las cosas del menester suyo, pues que 
della salí y en ella nací. 

»En otra parte del testamento se expresa con filial ternura respecto 
á Genova. Mando al dicho don Diego mi hijo, ó á la persona que here- 
dare el dicho mayorazgo, que obre y trabaje siempre por el honor, la 
prosperidad y aumento de la ciudad de Genova, y en defender y alimentar 
la prosperidad y honor de su repidilica . cu todas las materias que no sean 
contrarias al servicio de la Iglesia de Dios . ¿^ al estado del rey y reina, 
nuestros soberanos . y sus sucesores. 

»Un informal codicilo ejecutado por Colón en Valladolid en 4 de 
Mayo de 1506, diez y seis días antes de su muerte, fué descubierto hacia 
el año de 1785 en la biblioteca Corsini en Roma. Llámase codicilo 
militar por estar hecho del modo que permite la ley civil á los soldados 
que ejecutan semejantes instrumentos la víspera de la batalla ó en el 
trance de la muerte. Estaba escrito en un breviario que le regaló el papa 
Alejandro VII: Colon dejaba este libro á su amada patria la repíiblica 
de Genova. 

» Manda la erección de un hospital en aquella ciudad para los 



Alex. Geraldini, Itin. ail Reg. sub .ICquinoc. 

Antonio Gallo, Anales de Géncn'a , Muratoii, tomo XXIH. 

Seneraya, Muratori, tomo XXIV. 

Toglietto, Elog. Ciar. Ligur. 



ACLARACIONES V DOCUMENTOS 



20 1 



pobres, con provisión para su sustento, y declara á aquella república su 
sucesora en el Almirantazgo de las Indias, en caso de extinguirse su línea 
masculina. 

»Se ha dudado de la autenticidad de este papel. Han dicho algunos 
críticos que no era de creer apelase Colón á un uso que probable- 
mente no conocía. Esta objeción no es convincente. COLÓN estaba 
acostumbrado á las peculiaridades de una \ida militar, y repetidas veces 
escribió cartas en momentos críticos, como precaución contra algima 
ocurrencia fatal que parecía amenazarlo. El presente codicilo, por la data, 
debió haberlo escrito algunos días antes de su muerte, quizá en uno de 
aquellos momentos en que imaginaba haber llegado el último día de su 
N^ida. Esto pudo haber causado la diferencia de la letra, en especia- 
lidad por afectarle á veces tanto la gota de las manos, que no podía 
escribir sino de noche. También se ha hablado mucho de la diferen- 
cia de la firma; pero no parece que usaba la suya con mucha regula- 
ridad; siendo este, por otro lado, punto á que daría particular aten- 
ción cualquier falsificador. Tampoco se ve qué \entaja podría resultar 
a nadie de la falsificación de este documento, ni que tal cosa se haya 
intentado. 

»En 1502, cuando iba CoLÓN á emprender su cuarto )• último viaje, 
escribió á su amigo el docto Nicolo Oderigo, antes embajador de Géno\ a 
en España , y le mandó copia de todas las gracias y empleos recibidos de 
los soberanos españoles, autenticadas ante los alcaldes de Sevilla. Al 
mismo tiempo escribió al Banco de San Jorge, en Genova, mandando 
que la decima parte de sus rentas se pagasen a aquella ciudad , en dismi- 
nución de los derechos sobre el trigo, vino y otras provisiones. 

; ¿Por qué sentiría Coi.ÓN tan vivo interés por Genova, si hubiese 
nacido en algún otro de los Estados italianos que le aclaman por hijur 
El no debía favor alguno á Genova. Había residido allí un corto tiempo 
de su juventud, y sus proposiciones de descubrimientos, según algunos 
escritores, se habían desoído altivamente por aquella república. Nada 
justifica, pues, tan fuerte interés por Genova, sino el lazo filial que 
añuda el corazón del hombre á su lugar nativo, por más que de él le 
separen el tiempo ó la distancia, por poca protección y amparo que le 
deba. 

Además, si hubiese nacido CoLÓX en alguna de las ciudades o 
villas de la costa genovesa que le proclaman hijo, ¿por qué había dejado 
estas mandas á Genova , y no á su ciudad ó villa natural ? 

> Dictó evidentemente estos legados un sentimiento mi.xto de afecte 1 
y orgullo, que carecería de todo objeto, á no dirigirse a su lugar nativo. 
Estaba entonces elevado sobre pequeñas vanidades en este asunto. Su 
renombre era tan ilustre , que hubiese derramado esplendor en la aldea 
más oscura; y el fuerte amor patrio aquí manifestado, nunca le hubiera 
satisfecho, hasta deslindar al punto preciso, y anidarse en la misma cuna 

Cristóbal Colú.n. t. i. — 26. 





202 



CRISTÓBAL COLÓN 



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de su infancia. Parecen estas poderosas razones sacadas de los senti- 
mientos naturales para decidir en favor de Genova. - — (Traducción de 
don Jo.sÉ García de Villalta.) 



III 



Por su parte el docto Harrisse se expresa en estos términos: 
«Todavía no se ha descubierto documento alguno que fije de una 
manera precisa el lugar dónde nació Cristóbal Colón. 

»Los historiadores están unánimes en llamarle genovés. Por des- 
gracia esta designación no basta para desvanecer todas las dudas. Los 
habitantes de la provincia de Genova han podido calificarse siempre de 
genoveses sin haber nacido en la misma ciudad así como un toscano, 
ciudadano de la república de Pisa ó de la de Florencia, podía llamarse 
pisano ó florentino sin haber visto el día en el recinto de una ú otra de 
aquellas ciudades. 

»E1 documento más antiguo en que se hace mención del gran nave- 
gante es el testamento de Nicolás Monleone, otorgado en Savona por 
maestre Ludovico Moreno el 20 de Marzo de 1472, en el que figura 
como testigo instrumental y se le califica de lanero de Genova. Ese es 
también el término de que se sirven muchos notarios de Savona para 
designar á su padre que en otro documento, otorgado también allí, dice 
sin embargo ser de Quinto, aunque le conservan la denominación de 
Janiicc lanerío '. Esta expresión puede querer decir, por lo tanto, que 
Cristóbal era un tejedor venido de Genova ó que ejercía su oficio en 
aquella ciudad. 

»E1 Dux Fulgosio y el obispo Giustiniani, compatriotas de CoLÓN, 
escriben sencillamente que era de patria gencu'és. Esa es aproximada- 
mente la misma expresión que emplean los historiadores que le conocie- 
ron personalmente, Andrés Bernáldez, Pedro Mártir de Angleria, Oviedo 
y Las Casas. Le llaman de la provincia de Genova ó aún más breve- 
mente homo ligar. Lorenzo Galíndcz de Carvajal es el único que lo cree 
de Savona. 

»Entre las designaciones del siglo X\', que señalan á Genova como 
lugar del nacimiento de COLÓN, ha\' una que nos parece susceptible de 
ser interpretada en sentido más preciso. Se la encuentra en los comen- 
tarios de Antonio Gallo '^ redactados hacia 1459. Hablando de Cri.STÓ- 
r.AL y de Bartolomé Colón, el canciller de San Jorge dice que eran: 



' Pt'iit'íii'uo de Coluniliu tic Quinto yaniííC lancrio Italñtaloyi saonc. 

' De nai'igationc Coliimlii fcr iniíitcssiim antea Occanuin Comentario/iis, Mi'ratori, 
S Kcriiin ittiliíiiin Scriftores , tome XXXIII, col. 303. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



203 



naíionc ligiars. ac Gciince pUbás oríi fiairiitiluis. El analista genovcs 
parece que quiere hacer salir de esta frase un distintivo para señalar la 
ciudad de Genova en particular. l'Lsto también podría deducirse de la 
frase de que se sirve uno de los italianos amigos de Colón, Alejandro 
Geraldini: Naíionc Italns, c Goma Liguria urbe fitit. Por tanto estamos 
inclinados á creer que los historiadores, al calificar á Colón de geno- 
vés, señalaban la misma ciudad de Genova. ;Pero autorizan esta opinión 
los documentos? 

Hemos citado ya actas notariales que circunscriben el origen de 
la familia, el lugar del nacimiento y la primera residencia de Dominico, 
padre de Cristób.\l Colón, al valle de Fontanabuona. 

»Lo que se sabe de la vida de Dominico Colombo, nos lo repre- 
senta, sin embargo, como hombre de iniciativa, activo y deseoso de 
mejorar de posición. Debió experimentar por consiguiente y muy 
pronto el atractivo que ejercen siempre las grandes ciudades sobre los 
artesanos, á quienes no hay razón particular que los ligue á la aldea 
donde nacieron. Pero lo que sería necesario saber es el año en que 
vino á fijarse en el recinto de la ciudad de Genova. Si fué antes del 
año de 1445, su hijo CRISTÓBAL nació allí ciertamente. Por desgracia 
los registros de colonos de la abadía de San Esteban no contienen 
todavía en el número de sus contribu\entes de 1447 á Dominico, 
aunque ya en aquella fecha estaba casado con una mujer que le había 
llevado en dote cantidad bastante para que pudiera establecerse y 
alquilar por tiempo, como lo hizo algunos años después, en el cuartel 
de los tejedores. Recordemos también que si las actas de maestre 
Antonio Fazio, de 1445 y de 1448, parece que se refieren á Dominico, 
no acusan su presencia en Genova en aquellas fechas sino de una 
manera accidental, y que no le encontramos en clase de vecino de 
aquella ciudad hasta el 26 de Marzo de 145 1, época en la cual habían 
nacido ya ciertamente su hijo CRISTÓBAL y dos de sus hermanos. 

; Si colocamos el domicilio de Dominico Colombo fuera de la 
ciudad antes del año 145 i, igualmente fuera de ella debemos colocar el 
lugar del nacimiento de su hijo mayor. 

1 En cuanto á lo que pensaba ó lo que decía el mismo COLÓX, 
importa recordar la declaración inscrita en el acta de institución de 
mayorazgo en la que, con fecha 22 de Febrero de 1498, el gran nave- 
gante manda á su hijo Diego y á sus sucesores que acudan siempre á 
las necesidades de un hombre de su linaje, establecido y casado en la 
ciudad de Géncroa, teniendo en cuenta dice, que della salí y en ella naci. 

»Pero en la hipótesis de que CoLÓN hubiera nacido en una aldea 
de las cercanías, si consideramos la altivez de su carácter, su intención 
de fundar un vinculo para perpetuar un nombre que ya era glorioso, y 
en fin, las preocupaciones de la época, ;no nos sentimos inclinados á 
creer que el que ya se había otorgado por propia autoridad escudo de 







204 



CRISTÓBAL COLÓN 



armas, pudiera ceder á la tentación de designar á Genova más bien 
cjue á aquella aldea, que por otra parte era dejiendiente de la célebre 
ciudad donde había pasado su ju\'entud )• tldnde todavía habitaba su 
padre? 

;;¿Cuál sería aquella aldea? 

» Hemos demostrado que CristóIíAL y Bartolomé Colón usaron en 
su juventud el apellido de Terrarrubra, y que ese nombre era el de una 
Icicaliilad de la Fontanabuona. Hemos localizado los hechos y los actos 
de su padre y de sus compañeros en acjuel valle. lüi fin, las actas 
levantadas por maestre Antonio Fazio en 1445 y 1448, cotejadas, com- 
[jaradas y esclarecidas, autorizan la presunción de que Dominico 
Colombo, hijo de Juan, de Quinto, padre incontestable de CristóiíAL, 
y Dominico de Terrarrubra, que habitaba también en aquella comu- 
nidad, pueden no haber FÍdo mas que un solo individuo. 

> Si se admite esta identidad, que aquí no es más que una suposi- 
ción, como Dominico debía aún vivir en Quinto en 1445 y I44Í^. 
puesto que los documentos no lo fijan en Genova hasta el año de 145 1; 
como en la primera de estas fechas estaba ya casado, y Cri.stóbal, su 
hijo mayor, nació hacia 1 446, en Quinto es donde el crítico debería 
colocar el de nacimiento de este último. Por otra parte, como Cki.STD- 
BAL Colón llevó en su juventud el nombre de Terrarrubra, nos incli- 
naríamos á creer que su cuna fué aquella aldea, en la que su padre 
pudo haber conservado una casa, aun después de haberse establecido en 
Quinto; así como en 1469 estuvo á la vez domiciliado en Genova y en 
Savona. » 

Comentando estos párrafos de Mr. H. Harrisse el señor Próspero 
Peragallo en su último libro ^ se extiende en argumentos para poner de 
manifiesto las contradicciones en que incurre el crítico americano. Tras- 
ladaremos únicamente lo principal de su escrito: 

«Hoy, sin embargo, se ha hecho luz sobre este extremo. CkistúbaL 
nació en Genova, como lo asegura en la institución del maN'orazgo; 
declaración que en vano se ha impugnado como apócrifa. 

■ » ¡ Es cosa singular! Aquel mismo escritor, que se envanece con 
orgullo de no guiarse sino por documentos, se encontraba frente a iVente 
Clin un documento en que Cristc')B.-\L Colón había indicado con clari- 
dad su patria. Y, por una coincidencia notabilísima, encontraba igual 
indicación hecha simultáneamente por dos escritores que nacieron )■ 
escribieron en Genova, es decir. Gallo y Senera)a. ¿Pocha desearse nada 
mejor y más seguro sobre el tema de la localidad donde nac¡i'> el .Almi- 
rante? 



Cristo/oro Colombo c la siia fnmiglia. — Llshoa, 1885. 



ACLARACIOXF.S Y DOCUMENTOS 



Cumo base de su denegación alega (Mr. I lanisse) la inexistencia 
de documentos notariales que señalasen la presencia de Dominico 
Colonibó en Cienova anteriormente al año 1451 

»Oue si Coi.üX formalmente asentó lo contrario, no debe preocupar, 
pues sus palabras no deben ser tomadas literalmente. Y por otra parte, 

;no nos sentiremos inclinados á creer, que el que ya se había otorga- 

>do por propia autoridad escudo de armas, pudiera ceder a la tentación 
i>de designar á Genova, más bien que á una aldea? ' — Ya está despe- 
jada la incógnita. Cri.stóbal Colón está conxicto de embustero.: 

Aquí están recopiladas todas las razones de duda y los argumentos 
en que se apoyan. Pesándolas detenidamente, hemos fijado nuestra 
opinión, que es la consignada en el texto, dando crédito en su sentido 
natural y genuino, sin buscar interpretaciones á las palabras del Almi- 
rante, que no ofrecen género alguno de duda, y están escritas en un 
documento de la mayor solemnidad. 



(B).— Pág. 16 



;EN QUÉ AÑO NACIÓ CRISTÓBAL COLON? 

Con objeto de aclarar esta cuestión importantísima, publicó el autor 
de la presente obra en el periódico de Madrid titulado La Ilustracuvi 
Catcilica. (Tipografía Guttemberg, 1882), un trabajo especial que fue 
muy bien acogido por los colombistas y reimpreso con repetición. Con- 
signados quedan en el texto los argumentos capitales que sustentan la 
opinión adoptada; pero siendo de tan gran interés, no parece ocioso la 
reproducción íntegra de aquel trabajo, adicionado y completado con 
muchas noticias que posteriormente se han obtenido; por más que algu- 
nos datos de los que en él se contienen, puedan haberse encontrado en 
su lugar oportuno en varios capítulos de esta Historia, donde se narran 
por extenso los hechos de la vida del Almirante, que aquí no se hace 
más que citar. 

Por más que pueda causar extrañeza y llamar la atención esta pre- 
gimta, una de las cuestiones que todavía se debaten entre cuantos estu- 
dian la historia de América, y que podemos llamar el primer punto 
oscuro de los muchos que aún quedan en la vida de Crist6b.\L ColüN, 
es la que se refiere al año de su nacimiento. 








' Christophé Coiomá, tomo I, págs. 221 y 222, que son las que dejamos traducidas 




2o6 



CRISTÓBAL COLÓN 





j, 





La necesidad de fijar la cronología de ciertos actos trascendentales 
de la historia del Almirante, da grandísima importancia á este dato 
primero; y aumenta su gravedad la consideración de que entre las fechas 
señaladas por las opiniones extremas median más de veinte años; distan- 
cia excesiva; espacio harto dilatado para que nadie deje de comprender 
la importancia que en sí lleva la cuestión, sostenida en todos terrenos 
por críticos y sabios eminentes. 

En la presente Aclaración no tratamos de examinar todos los argu- 
mentos aducidos para justificar las distintas opiniones, extractando sola- 
mente lo necesario para que se comprenda el fundamento de la que 
estimamos verdadera y dejamos asentada en el texto. 



El bachiller Andrés Bcrnáldez, cura de la villa de los Palacios, y 
capellán del arzobispo de Sevilla don Diego Deza, conoció y hospedó á 
Colón en su casa, recibiendo del mismo la comunicación de algunos 
de sus papeles, que con otros que le facilitó el doctor Chanca, y las noti- 
cias recogidas de personas que habían hecho el viaje de descubrimiento, 
lueron datos que utilizó para escribir los capítulos de su Historia de los 
Reyes Católicos, que se refieren al maravilloso suceso de las Indias. 

Bernáldez trató á CoLüN en el año 1496. Diez años después, 
cuando supo su fallecimiento, escribió en el cap. CXXXI de su Historia 
estas palabras: 

«El cual dicho Almirante Christóbal Colon, de maravillosa honrada 
memoria, natural de la provincia de Milán, estando en Valladolid el 
año 1505, en el mes de Mayo, murió in scncctutc boiia. inventor de las 
Indias, de edad de setenta años, poco más ó menos. Nuestro Señor lo 
tenga. Amen. Deo gratias.» 

Partiendo de este dato, por tantos conceptos respetable, se deduce 
el nacimiento del ilustre genovés en 1436, y una rápida excursión sobre 
los principales hechos de su vida demostrará su exactitud; haciéndonos 
cargo después, aunque ligeramente, de las principales objeciones que 
contra esa fecha oponen los mantenedores de las otras. 

A los catorce años se dedicó CRISTÓBAL CoLÓN al ejercicio del 
mar, ó sea, según esta cronología, en el de 1449 á 1450 '. 



' Historie del signar Don Fernando CoUnnbo; nelle qiiali s' a particolare , e vera relatione 
lidia 7'i/a c dei falti dell' Aiiiniiraglio D. Cristo/oro Colomtio, siio padre, etc. — In Venetia, 
Apresso F. .Sánese, 1571, in 8". Al folio 9, dice: t Et piti oltre diie che cominció á navigar di 
<¡iiatorcidi anni , el che sempre seguí il more. « 

En carta escrita desde Sevilla el año 1 501, autógrafa en el lihro de Profecías, dice asi el 
mismo Colón: «Muy altos reyes: De muy pequeña edad entré la mar navegando y lo he 
continuado hasta hoy...» (Las Casas, Lib. I, cap. III). 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



507 



Desde esta fecha, y por las palabras estampadas por él mismo en 
su Diario de Navegación . sabemos que anduvo veintitrés años en la 
mar sin salir de ella, tiempo ijue se haya de contar ' ; y contando este 
tiempo hasta que se estableció en Portugal , pues entonces dejó de estar 
en el mar muchos años, tendremos fijada por el mismo Almirante la 
época de su venida al vecino reino en el año 1472, que también se 
concuerda perfectamente con otros datos históricos y biográficos. 

En esos veintitrés años de mar concurrió CRISTÓBAL Coi,(')N con 
las galeras de Genova al socorro del rey Renato de Anjou, que deseaba 
recobrar el reino de Ñapóles, entre los años 1459 y 1461. Entonces 
tuvo lugar aquel hecho extraordinario, que él mismo refiere en carta 
cuyo texto nos ha conservado el obispo fray Bartolomé Las Casas 2, 
y que pensado y ejecutado por un joven de veinticuatro ó veinticinco 
años, demuestra cuánta era la entereza de su corazón y la elevación de 
su inteligencia, anunciando a! genio capaz de mayores empresas. 

Este suceso de cuya exactitud no puede dudarse, así como tampoco 
de la fecha en que tuvo lugar 3, no cabe en la vida de CoLÓN si admi- 
tida cualquiera otra de las alteraciones cronológicas que se pretenden, 
le supusiéramos nacido en 1446 ó 1456. 

Dentro de esos veintitrés años de mar, c]uc el mismo Almirante 
designa, hizo las expediciones á Levante y Poniente, y anduvo el camino 
de Septentrión y la Guinea; es decir, que recorrió todas las zonas cono- 
cidas, comprobando por experiencia propia los conocimientos que en 
los libros había adquirido, y corrigiendo con la observación los muchos 
errores en ellos consignados. Así se fué preparando en su altísima 
inteligencia la idea del descubrimiento de las Indias por el camino de 
Occidente. 

Fijada en Portugal su residencia, y hecha más sedentaria su vida 
por algún tiempo, á consecuencia de las relaciones amorosas que con- 
trajo con doña Felipa Moñiz de Perestrello, se dedicó, sin duda alguna, 
á sus estudios predilectos; procuró noticias entre los navegantes que 
llegaban á Lisboa; trazó cartas de marear, y, en una palabra, prosiguió 
en su pensamiento, hasta llegar á proponer la realización al rey don Juan. 



' Diario de Navegación. — Viernes 21 de Diciemljre de 1492. — lYo he andado veinte 
y tres años en la mar, sin salir della tiempo que se haya de contar, y vi todo el Levante y 
Poniente... eto — Navarrete, Colección de viajes y descubrimientos , tomo I, pág. loi. 

' Las Casas. — Historia de las Indias., libro I, cap. III. 

«A mi acaeció, que el Rey Reynel, que Dios tiene, me envió á Túnez para prender 
la galeaza Fernandina , y estando ya sobre la isla de San Pedro, en Cerdeña, me dijo una 
saetia que estaban con la dicha galeaza dos naos y una carraca; por lo cual se alteró la gente 
que iba commigo, y determinaron de no seguir el viaje, salvo de se volver á Marsella por 
otra nao y mas gente. Yo, visto que no podía sin algún arte forzar su voluntad , otorgué su 
demanda, y mudando el cabo de la aguja, di á la vela al tiempo que anochecía, y otro dia 
al salir el sol, estábamos dentro del cabo de Carthagine, teniendo todos por cierto que 
íbamos a Marsella; etc.» 

' \'illeneuve Bargemont. — Ilistvire de Rene d' Anjou , tomo II. 



208 



CRISTÓBAL COLÓN 



^^P^;^*? 



En el año 1475, según el cálculo más probable, á los treinta y 
nueve de su edad, debió contraer matrimonio; y en el siguiente 
de 1476 nació su hijo don Diego, que según la razonable opinión del 
ilustre Washington Irving, tenía cincuenta años cuando murió en Mon- 
talvan el 23 de Febrero de 1526. 

Dejando por algunos meses su hogar, y probablemente con el 
profundo designio de adquirir noticias exactas de sucesos que con 
vaguedad debieron llegar á sus oídos, ó deseoso de comprobar otros 
cálculos, partió en principios del año 1477 y navegó cien leguas más 
allá de Islandia, la Tule ó Tyle de los antiguos '. 

Esta era considerada como el conñn, el término de la tierra. Men- 
ciónala Séneca en los conocidos versos de la Mc-dca . diciendo: 



"N>'\ 



/ 'eni€iit aniíis 
sécula scris qiñlncs occcanus 



Patcat íelus, Tiphisque ñervos 
Detcgat orbes, nec sil terrís 
't'ltima Tille. 



^'.i' 






rg 



Tradujo el mismo CRISTÓBAL CoLüN estos versos en la forma 
siguiente : 

Vernan los tarclus años del inurKlo — ciertos tiempos en los quales el mar 
occeano affloxerá los atamientos de las cosas y se abrirá una grand tierra — 
y un nuevo marinero como aquel que fue guia de Jasen, que ovo nombre 
Tiphi — descubrirá nuevo mundo — y entonces no sera la isla Tille — la 
])ostrera de las tierras. 

Don Fernando Colón , en su ejemplar de Séneca, (Philippo Pincio 
Mantiiano, 15 10) 2, admirándose y para que todos recordasen tan gran 
suceso, puso al margen del coro citado : 



hac prophc- 
tia iiiiplcta est 
per patrón me 
uní i-ristoforuin 
Colon alniiran 
tcni-aniio 14^)2 



Tal vez llevó a Cri.ST(M!,\l CuLÓX hacia los mares seplentri< males 
el deseo de ser aquel nuevo Tiphy que descubriera tierras mas alia de 
la última Thule 



í.o '- 



' En unas Annolacioncs que hizo de como todas las cinco zonas sen habitables, pro- 
bándolo por experiencia de sus navegaciones, dice asi: «Yo navegué el año de cuatrocientos 
setenta y siete en el mes de Febrero, ultra Tile isla cien leguas... y al tiempo que yo fui á 
ella no estaba congelado el mar, aunque hal)ía grandísimas mareas...» I.as Casas, lib. I, 
cap. III. 

' Este volumen de .Séneca se conserva en la Bihliolcca Colombina. 



ACLARACIONi:S Y DOCUMENTOS 



209 



Esto podrá sor una ilusión; ¡icro lo que es cierto, incuestionable, 
es la t^randisinia importancia que debió tener este viaje en las ideas 
que alimentaba la mente ile Cni.üX. Al llegar á Islandia, y tratar con 
los marinos que se dedicaban á largos viajes, es muy probable que aun 
en sentido de vagas tradiciones, llegaran á sus oídos descripciones 
maravillosas de las tierras de Vinland, y de las expediciones de Erik 

el Rojo, y de Thorphin Hasta cabe en lo posible que llevado de su 

curiosidad y de su afición al estudio, se dirigiera á la pequeña isla de 
Flatey, á examinar los importantísimos MSS. en que se contiene 
el relato de aquellos viajes ' 






Larga ha sido la digresión , y bien hubiera podido dispensarse 
dejándola para lugar más oportuno. Por su importancia la hemos consig- 
nado, pues el viaje á Islandia, por sus consecuencias, lo juzgamos uno de 
los actos más dignos de estudio en la vida del Almirante. 

De regreso en Portugal , entabló sus negociaciones directamente 
para que el re)- don Juan le auxiliara en el viaje de descubrimiento que 
proponía. 

;En qué tiempo se dirigió CrlstÓBAL ColÓN al célebre físico florer- 
tino Paulo Toscanelli, por mediación y amistad de Lorenzo Birardo, para 
consultar su opinión sobre el camino de las Indias? 

Xo interesa la resolución al punto cuyo esclarecimiento es objeto de 
este artículo; pero atendidas las palabras de la contestación de Toscanel- 
li, parece que debió ser antes de su casamiento, quizá en aquel mismo 
año 1475, y recibida la respuesta emprendió el viaje a Islandia cuando se 
lo permitió el estado de su familia. 

Sufrió en Portugal amargas contrariedades. Vio menospreciado su 
pensamiento; perdió á su mujer; comprendió la traición de que quiso 
hacérsele víctima, \- hu\'endo de otras asechanzas, según parece encon- 
trarse indicado en algunos datos oficiales, se dirigió á un punto cercano 
de la frontera, y en ocasión propicia, tomando á su hijo de la mano, 
entró á pie )■ sin recursos en España, con el intento de alcanzar la 
protección de los Reyes Católicos -. 

;En qué año fué esto? 



' Este códice fué claHo á la estampa en el año 1837, enriquecido con muchas noticias 
interesantes, bajo este título: Ant'iquitates americana: sive scriptores septentrionales rertim 
ante-columhiananim in Aineríea. Edidit societas Regia antiquariorum septentrionalium. — 
Hafnine Typis officina; schultzianíc , 1837, in folio. 

' Las Casas, cap. XXIX, pág. 224. «Visto se ha en el capítulo precedente como 
Cristí^BAL Colón tuvo legitima y justa causa y buena razón por las maneras y disimulación 
que con él tuvo.» Pág. 227. «...Salió Cristóbal Colon de Portugal lo más secreto que 
pudo, temiendo que el Rey lo mandara detener; y ninguna <luda oviera que lo detuviera... 
Pero más prudente que el Rey al principio lo hizo él al fin; y ansí, tomando á su hijo niño 
Diego Colon, dio consigo en la villa de Palos...» 



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Cristóbal Colón, t. t. — 27. 



210 



CRISTÓBAL COLÓN 



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II 



Aquí se enlaza naluralmcnte el dramático suceso de la llegada de 
Cristóbal Colon al monasterio franciscano de Santa María de la 
Rábida, que tan bello argumento ha prestado a pintores, poetas y 
novelistas. 

Y, en verdad, nada más patético. El hombre que acariciaba un 
pensamiento colosal, el ser destinado á causar la revolución más pro- 
funda, más trascendental en la historia de la humanidad, después de la 
redención, rendido de fatiga, necesitado y pobre, pide con lágrimas en 
los ojos pan y agua a unos bondadosos monjes, para remediar la necesi- 
dad de un hermoso niño que llevaba de la mano La imaginación no 

puede aquí superar á la verdad. 

El deseo de fijarlo todo en la cuestión con documentos, el mismo 
alan de profundizar, ha producido el efecto contrario de oscurecer un 
hecho clarísimo y de gran importancia en la vida de Coi.üN. 

Cuando después de la muerte del Almirante su hijo don Diego enta- 
IjIó pleito para que se le cumpliera lo capitulado por los Reyes con su 
padre, el fiscal articuló \'arios interrogatorios, y contestando á ellos el 
médico Garci-Hernández ', vecino de Huelva, y que concurrió al con- 
vento llamado por fray Juan Pérez para oir las explicaciones de CoLÓN, 
expuso que éste ■z'f/iía de arribada de la corte de S. A., á pié. con su fijo 
don Diego, qiíc era niño. 

Apoyados en esta declaración, han confundido los críticos dos cosas 
distintas: la llegada de Colón cuando venia de Portugal, }- su regreso 
de Córdoba, aburrido y desesperanzado, al ver que no encontraba medio 
de que fueran escuchados sus proyectos. El primer hecho tuvo lugar á 
fines del año 1484; el segundo debió de ocurrir en igual época en el 
invierno del año 1490 á 1491. En el primero CRISTÓBAL COLÓN á pie, 
cansado, caminando con precipitación y receloso de una emboscada, llegó 
en lastimoso estado á la portería del convento, demandando alimento y 
reposo para su hijo; y habiendo encontrado simpatía )• afecto entre los 
frailes, especialmente en un ¡oven monje llamado //'ít;' Antonio de Mar- 
eliena, trabó amistad con él, le dejó encomendado al niño don Diego, 
entonces de ocho años, y con mayor tranquilidad salió jjara la corte. 

En 1 49 1 volvió despechado, desatendido, para recoger á su hijo y 
pasar á Erancia ó á otras naciones, á ofrecerles lo que la corte de Castilla 
y Aragón desdeñaba. 

Entonces, y quizá por mediación del mismo Marcltena . hizo cono- 



Nnvarrete, CoU\c':í>ii de viajes , tomo IIL 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



21 I 



ciniiciitü con el guardián Ira)' Juan l'crcz, que en sus años juveniles 
había servido á la Reina en calidad de contador. Expuso el genovés su 
pensamiento, asegurando las probabilidades de éxito; en cuya exposi- 
ción le ayudaba con nuevos argumentos su amigo fray Antonio de 
Marcluna. que era estrologo. A los monjes sencillos y entusiastas, los 
arrastró la elocuencia de Colón, los conmovió su fe, los persuadieron 
sus argumentos. Pero el prudente guardián quiso adquirir mayores cono- 
cimientos , fortalecer su convicción antes de comprometer su nombre en 
nuewis in.stancias á personas influyentes en la corte, y convocó á alguno-^ 
hombres doctos para que escuchasen los proyectos del navegante. 

El medico Garci-Hernández declaró en el pleito en el año 15 13, 
veintiocho ó treinta años después de los sucesos, cuando debía ser ya 
muy anciano, y los hechos pudieron estar confundidos en su memoria. El 
obispo Las Casas es mucho más metódico y más claro en su narración '. 
Coloca en su debido lugar la primera llegada de CRISTÓBAL COLÓN á 
España, )' su regreso á la Rábida para recoger el niño, fijando con segu- 
ridad en esta segunda vez la conferencia con el físico Garci-Hernández '^. 

Verdaderamente, el esclarecimiento de estas dudas nos aleja un 
tanto de nuestro intento, por más que sea de sumo interés, y debemos 
voK^er al propósito. 

Llegó Colón á España en los últimos meses de 1484. Tenía enton- 
ces cuarenta y ocho años. — «.Siete años se /'asaron en /a plática, v nueve 
ejecutando cosas muy señaiadas...-' '^ 

Contaba, pues, cincuenta y seis años aproximadamente cuando se 
embarcó en Palos para su primer viaje. 

En los siete años de su permanencia en España, llevando sus preten- 
siones con desigual fortuna, habitó sucesivamente en varias poblaciones 
importantes, en Sevilla, en Córdoba, en Salamanca y en otros lugares. 

A I 5 de Agosto del año 1488 nació en Córdoba, de doncella noble, 
y siendo viudo su padre, su segundo hijo don Fernando ^. 

En fines de este mismo año pasó á Portugal, habiendo antes impc- 



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. 4^ <* „ 



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' Historia de las Indias, lib. I, cap. XXIX. 

eSnlió Cristób.\l Colon de Portugal lo mas pronto que pudo... y ansi tomando á su 
hijo niño Diego Colon, dio consigo en la villa de Palos, donde quizá tenia conocimiento 
con alguno de los marineros de allí, é también por ventura, con algunos religiosos de Sant 
Francisco, del monasterio que se llama Santa María de la Rábida, donde dejó encomendado á 
su hijo chiquito Diego Colon , partióse para la corte... llegado á 20 de Enero de 1485, etc.» 

* Loe, cit. cap. XXXI, «ó que despedido del Duque de Medina Sidonia ó del de 
Medinaceli, saliese descontento, sobre el descontento que trujo de la corte Cristóbai. 
Colon, según los que dijeron que fué á la vi)la de Palos con su hijo, ó á tomar á su hijo 
Diego Colon, niño, lo cual yo creo.i: 

Véase también Don Diego Ortiz de Zuñiga, Anales de Sei'illa , año 14S9. 

' Carta al ama del príncipe Don Juan. — Códice Colombo Americano. Genova, 1823, 
pág. 29S. 

^ Don Juan de Loaisa. — Introducción al inventario de los libros de la Biblioteca 
Colombina. 



212 



CRISTÓBAL COLÓN 






trado y obtenido salvoconducto del rey don Juan ' ; y allí se encontraba 
cuando en el mes de Diciembre regresó de su viaje al Cabo de Hucna 
Esperanza Bartolomé Díaz, según nota escrita de mano del mismo Almi- 
rante en el libro de los tratados del cardenal Pedro Aliaco, conocido con 
el nombre de Iiiiago Alundi '^. 

De vuelta en España, pocos meses después, acompañó á la corte y 
asistió á la entrega de Granada á los Reyes Católicos; hecho memorable 
que recuerda en la primera página de su Diario de Xavcgación •', y en 
3 de Agosto de 1492 salió para su atrevido viaje. 

El viernes 12 de Octubre puso el pie en tierra por el descubierta: 
había dado glorioso término á su empresa, y aquella cuarta [lartc del 
mundo debió recibir el nombre de Colombia ^. 

El viernes 15 de Marzo de 1493 desembarcó en Palos, de donde 
había salido siete meses y medio antes. 

Otros viajes hizo al mundo por él descubierto, regresando del último 
en 7 de Noviembre de 1504 ^. Los trabajos padecidos, la edad y las 
enfermedades habían quebrantado aquella robusta naturaleza. Al llegar á 
Sevilla, el cabildo catedral, en vista de su lamentable estado, acordó 
prestarle una litera ó andas de su propiedad ''. A los sesenta y ocho años 
de edad, esto se comprende muy bien, más aun cuando las penalidades 
de todo género anticipaban la senectud. 

Al año siguiente, por real cédula fecha en la ciudad de Toro, á 23 de 
Febrero de 1505, se concedió á Coi.üN licencia para caminar en muía 
ensillada y enfrenada, a pesar de las pragmáticas que lo prohibían, 
teniendo en cuenta su ancianidad y enfermedades '. Bien se deja com- 
|irender que al mencionar el Rey Católico la ancianidad de Col.ox, y al 
decir Bernáldez que murió in scncctute bona. hablaban con propiedad 
porque se referían á un hombre de setenta años, que les era muy cono- 



' Navarrete. Colección de viajes, tomo 11. 

* Biblioteca Colomliina. tlVota qtiod hoc auno Domini SS, in tiicnsc Decenihrís, ap/mlil 
in ( 'lixbona Bartolomeiis Didacns Capitanus tnutn carabclaruin ijíiem miserat Doniinus Kex 
I'oríitgal/itP in Giíinearn ad tentnindiiin ternjtn.., usqite uno portu per ipsmn noininatitni Cabo 
de Roa Esperanza... qiiod viajium pictaliit et scripsit de leiicha in ¡encha in una charla naviga- 
tionis... in qtiibus ómnibus interfuit.y> 

' Las Casas. Historia de las Indias, cap. XXXV. 

«...después de Vuestras Altezas haber dado fin á la guerra de los moros que reinaban 
en Europa, y haber acabado la guerra en la muy grande ciudad de Ciranada, á donde este 
presente año á 2 dias del mes de Enero, por fuerza de armas viile poner las ban<leras reales 
de Vuestras Altezis en las torres de la Alhamlira, que es la fortaleza de la dicha ciudad, y 
vide salir al Rey moro á las puertas de la dicha ciudad, y besar las reales manos de 
Vuestras Altezas y del Príncipe mi señor.» 

* El señor don Antonio María Fabié, en su l'ida y escritos de Fr. /iarloloiiié Las 
Casas, sostiene esta misma denominación en elocuentes frases. Pág. 373. 

' Segiin el P. Las Casas permaneció en .Sevilla hasta el mes de .Mayo de 1505. 
Libro II, cap. XXXVIL 

" Auto capitular. — 26 de Noviembre de 1504. --Véase en Navarrete, tomo I[, 
p.ig. 302. íLas andas en que se trujo el cuerpo del .Señor Cardenal Mendoza.- 

' Navarrete. Colección de ■¡'iajes y descubrimientos , tomo II, ¡lág 304. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



21 



cido. ,\ l;i cthid de cincuenta }• cinco ó sesenta años no se le ha llamado 
en España, ni se le llama en parte al.Líuna si-in-r/N(i . ni ancianidad. 

\ tanta es la lücrza de este argumento, tanto obliga la verdad, que 
el docto colombista Mr. Henry Harrisse, para sostener su equivocada 
opinión, al hacerse cargo de esta Real cédula no se atreve a copiar sus 
textuales palabras, limitándose á decir: «Le 23 fcvrier 1505, le roi auto- 
risa C(JI.()M1'. a vo)-ager sur une mulé, a cause de scs infirtiiitcs: mais 
environ deux niois s'écoulerent avant que sa santc lui permit de 
partir •. Estorbaba, sin duda, al docto crítico la ^^-ahxdL ancianidad y 
la sujirimió sin reparo. 

De una )■ otra cosa gozó por jioco tiempo el venerable anciano, que 
dio su alma al Criador en Valladolid, el día 20 de Mayo de 1506, víspera 
de la í'estiviilad de la Ascensión. 



III 



Que nació COLÓX en 1436, aparece razonablemente justificado por 
la rápida excursión de los hechos principales de su vida que acabamos de 
hacer. Apoyados en el testimonio del cura de los Palacios, y en sus 
propios estudios, sostienen la misma fecha y cronología biográfica 
nuestro ilustre Navarrete -, el célebre Alejandro Humboldt ^^ Alfonso de 
Lamartine ', el doctor I-'ernaiido Hcefer 5, mis Emma Hart (mistress 
Villard) '', Washington Irving '', César Cantú ^ y otros. 

Osear Peschel ^, cotejando fechas y haciendo nuevos cálculos, se 
decide por la época más próxima, y fija el nacimiento del descubridor 
en 1456, apoyándose en una fecha evidentemente equivocada, que apa- 
rece en carta que dirigió Coi.ÓN á los Reyes desde la isla de Jamaica, en 
7 de Febrero de 1503. Dice en ella el Almirante: «Yo vine á scn'ir de 
veintiocho años, y ahora no tengo cahc/lo en mi cabeza que no sea cano, y 
el cuerpo enfermo. » 

Pero, á pesar del notable juicio y erudición del crítico alemán, cual- 
quiera conoce que en esta cronología no es posible dar cabida al hecho 
del apresamiento de la galeaza Feniandina . que el mismo Cristóbal 



' Chrístophe Coloinb, sa vie , etc., tomo II, pág. 136. 

' Navarrete. Colección de viajes y descubrimientos, tomo I. 

^ Kxamen crítico. 

' Cristophe Colomb. 

^ .Woid'e/le Biograp/iie genérale. Va.r\s..'D\áyA, 1S55. 

" Ilistory of the United Stales. Filadelfia, 1845. 

' IFistoria de la vida y viajes de Cristóbal Colón , traducida por don José García 
Villalta. Madrid, 1 833. 

" Historia Universal, tra<lucida por don Nenie.sio Fernández Cuesta. París. Gar- 
nier, 1 869. 

' Historia de la época de los descu/irimientos. 'Slullga.n, 1858. 





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214 



CRISTÓBAL COLÓN 






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Colón refiere como verificado de orden del rey Renato de Anjou 
en 1450, pues entonces sólo hubiera contado aquél tres años de edad, y 
que otros puntos son también de difícil, si no imposible resolución. 
Además, suponiendo el nacimiento de CoLÓN en 1456, hubiera contado 
cincuenta años en el de su fallecimiento: y ni á esa edad se le ha llamado 
nunca en España sun-ctuíi . como dice Bernáldez, ni ancianidad, según la 
expresión de la cédula Real. 

Este extremo es absolutamente inadmisible. En la copia de la carta 
que sirve de base á tal opinión, hay una errata grave; se puso 28 en vez 
de 48, y así lo sospechó Bossi, y lo han afirmado otros historiadores. 

Los partidarios de los términos medios, en los cuales se cree 
siempre encontrar lo justo, estudian todas las opiniones y juzgan llegar al 
acierto dando por seguro el nacimiento de COLÓN en el año 1446. 

lüitre muchos distinguidos biógrafos, han adoptado este término 
don Juan B. Muñoz ', Robertson ^ J. B. Spotorno ^, Mr. Henry Ha- 
rrisse ', y otros; y también le ha prestado el apoyo de su indisputa- 
ble talento y erudición especial M. D'Avezac ■'', pretendiendo decir la 
última palabra en la cuestión. 

Los argumentos capitales de los sostenedores de esta techa media, 
se refieren á dos puntos principalmente. Primero, á la edad del hermano 
menor don Diego, pues habiendo nacido el Almirante en 1436 y supo- 
niendo que aquél vino al mundo en 1468, es necesario conceder á la 
madre de ambos, Susana Fontanarrosa, una prolongación de facultades, 
que casi no es admisible. Segundo, á la edad del mismo Cri.stüBAL 
Colón en determinada época, porque encuentran extraño que d los 
cincuenta años entrara en relaciones amorosas en Córdoba con doña 
Beatriz Enríquez, madre de su segundo hijo don Fernando, y más aún, 
que contara ya cincuenta y seis años cuando salió del puerto de Palos, 
para llevar á cabo la empresa que debía inmortalizar su nombre. 

En ambos argumentos es más la apariencia que la realidad. Al 
deducir la edad de don Diego Colón del contrato de aprendizaje que 
celebró con Luchino Cadamatori para aprender el arte de tejedor de 
paños '"' y en cuyo documento, que parece se hizo en 1484, juró que era 
mayor de diez y seis años (lusiipcr dictas JacobiíS iiiajor aiiuis scxdcciin 
jiírabit) se incurre, á no dudar, en notable error. 

O no debe ser bien entendida la fecha 1484, y sería 64 lo que 
debiera leerse, ó al poner mayor de diez y seis afios se usaba en tales 



' Ilisíoiia del Kuci'o Miiiiiio. Madrid, 1793, tomu I, ünicu publicadii. 

' Historia de /í menea. 'Ba.rce\ona, Oliveres, 1839. 

^ Códice Diplomático Colombo Aiiierícano. Genova, 1S23. 

Christophe Colomli, son origine, sa vic, cíe. París. Leroux, 1884. 
" Annee vcritatdc de la naissance de Christophe Colomh. París, 1873. 
' Julio Salineriü, Juri.sconsulto de Savona. Adnotationes ad Corneliniii Tacitum. 
Genova, i6o2. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



21 



contratos una formula general, conforme con lo dispuesto en las orde- 
nanzas de los tejedores, que no admitían ajirendices menores de aquella 
edad; como en nuestros tiempos dicen los notarios en los instrumentos 
públicos mayor df veinticinco años, aunque el testigo tenga treinta ó 
cuarenta, pues lo importante es hacer constar que pasa de la edad 
exigida por la ley. 

La edad de don Diego no puede fijarse por ese solo dato; \- como 
hay fundados motivos para creer que á su fallecimiento, ocurrido en 
Sevilla el día 20 de Febrero de 1515, contaba más de sesenta años, no 
puede suponerse que naciera después del de 1 450, y desaparece el argu- 
mento que se basa en la gran diferencia de edad entre el Almirante )■ su 
hermano menor. 

La segunda objeción es mucho más débil, por su vaguedad misma. 
Las quejas del ilustre marino al ver transcurrir los años en pláticas; su 
resolución de abandonar la corte de España y pasar á otras, tenían por 
fundamento el temor de que le faltara tiempo para la ejecución; de que 
se le acabara la vida antes de haber dado fin á su empresa, en el curso 
de un viaje cuya duración y penalidades no era posible prever... Estos 
temores eran muy justificados desde que había llegado al confm de la 
edad viril, desde que había pasado el termino medio de la existencia 
humana, desde que tuvo los cincuenta años... Antes no teman razón 
de ser. 

Mucho podría decirse sobre estos extremos y sobre otros á que 
acuden para robustecer sus cálculos los doctos biógrafos del Almirante, 
que no se conforman con la fecha que para fijar su nacimiento se des- 
prende de las palabras del cura de los Palacios. Es un estudio interesan- 
tísimo en el que por necesidad han de traerse á discusión todos los actos 
de la vida del grande hombre bajo un punto de vista nuevo y determi- 
nado; pero por hoy nuestra intención no ha sido más que la indicada al 
principiar: dejar consignados los fundamentos principales en que descansa 
la opinión que tenemos por verdadera, indicando también las contrarias. 

Como última palabra pronunciada hasta hoy en cuestión tan 
debatida, y aunque sin responder de su exactitud, consignaremos la 
noticia de que el marqués de Staglieno, docto investigador, parece haber 
encontrado en los archivos de la ciudad de Genova nuevos documentos 
que comprueban de una manera indudable el nacimiento del gran marino 
en el año 1446. Esta noticia, consignada por Mr. Henry Harrisse en su 
libro titulado Christoplie Colomb et Savone. I 'erzcllino et ses niemoircs ' , 
está, según parece, en cierto documento otorgado ante Nicolo Raggio 
en 30 de Octubre de 1470, y en él comparece Christopliorus de Calumbo . 
films Dominici maior annis decem noi'cm. 

Con gran reserva deben acogerse esta clase de descubrimientos. 



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Genes. — A. Donath, éditeur, 44, via Luccoli, 1SS7; in 4.°, pág. 48. 



2l6 



CRISTÓBAL COLÓN 



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muy ocasionados á equivocaciones, por las mismas causas y motivos que 
el mismo autor americano ha consignado juiciosamente, y )'a expusimos 
en el texto (pág. 19). Además ocurre preguntar con respecto á este 
documento, supuesto que en la obra citada nada se dice: ¿Cuál fué su 
objeto? ¿Quiénes concurrieron á su otorgamiento? ¿Con qué motivos hace 
Colón la advertencia de ser mayor de diez y nueve años? ¿Qué significa, 
ni qué puede importar semejante manifestación en testigo o en otorgante, 
cuando esa edad no señala ninguno de los períodos legales cjuc pueden 
influir en la validez de la obligación? 

Y todavía podríamos llevar más lejos nuestras dudas. ¿Ese Lhnsto- 
phoriís de Cohüiibo, Doininici filius . era el mismo CRISTÓBAL que luego 
fué Almirante del mar Occéano? ¿Pudo estar éste en Savona en Octubre 
de 1470? Porque para decidirnos por la afirmativa, sería necesario hacer 
supuesto de la cuestión y darla por resuelta, cuando nosotros encontra- 
mos cada vez más fundado el aserto del cura de los Palacios de que 
Colón contaba sctfuta años al tiempo de su fallecimiento. 

Este juicio quedaría plenamente confirmado, si fuera cierto, como 
nos aseguraron, que el mismo docto investigador, marqués de Staglieno, 
ha encontrado después nuevos documentos que comprueban, sin género 
ninguno de oscuridad ni confusión, que el inmortal descubridor del Nuevo 
Mundo vio la luz primera en Genova al principiar el año 14' 5. Pero esta 
noticia nos fué transmitida de un modo inusitado hace ya muchos meses, 
y el haber transcurrido tanto tiempo sin haberse publicado los documen- 
tos, nos hace abrigar duda acerca de su existencia, como la abrigamos 
sobre los anteriores. 



(O-Pág. 34 

SOBRE LOS LIBROS ANOTADOS POR CRISTÓBAL COLÓN, 
QUE SE CONSERVAN EN LA BIBLIOTECA COLOMBINA, EN SEVILLA 

Por el licenciado ¡ion Simón tic la Rosa. 

ALLIACO sive Alvaco (Petrus de). Tractatus de ymagine mundi. — 
Epilogus mappe mundi. — Tractatus de legibus et sectis. — Tractatus 
de correctione kalendarii. — Tractatus de vero ciclo lunari. — Cosmo- 
graphie tractatus dúo. — Vigintihuiuium de concordantia astrononn'ce 
veritatis cum theologia. — Tractatus de concordia astronomice veri- 
tatis et narrationis hystorice. — Tractatus elucidarius astronomice 
concordie cum theologia ct cum hystorica narrationc. — Apolo- 
gética defensio astronomice veritatis. — Alia secunda apologética 
defensio eiusdem.- Tractatus de concordia discordanliuní asti'ono- 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



217 



nioriini. — Pretor hos autcm opuscula qiicdam audiloris cius magistri 
Joannis Gcrsonis... Opusculum scilicet astrologie theologisate. — ítem 
contra supersticissam dierum obseruationem. — ítem contra doctri- 
nam medici cuiusdam in monte pessulano sculpentis in niimmismate 
figuram leonis. — ítem propositiones scptem contra supcrstitiosos 
dierum obseruatores. 



Es este volumen el mismo á que hace referencia varias veces 
el P. Las Casas en su Historia de las Indias y que tanto consultó }• 
estudió, valiéndose de las muchas notas manuscritas puestas en sus mar 
genes, para componer y ordenar varias noticias relativas á la \ida del 
Almirante )• de su hermano don Bartolomé Colón. También lo citan con 
frecuencia los escritores y biógrafos de don Cristóbal, y sus anotaciones 
manuscritas han dado ocasión á disputas y polémicas sobre quién fuera 
su verdadero autor, y hasta han influido en el ánimo de algún escritor 
extranjero, amigo de novedades y de ligero juicio, para suponer contra 
todos los historiadores, que don CRISTÓBAL CoLÓN retornó de España a 
Lisboa por Diciembre de 1488. 

El Excmo. Cabildo eclesiástico, por respeto á este monumento 
bibliográfico histórico de universal celebridad, lo conserva, juntamente 
con otros cuatro volúmenes de no menor interés y valor científicos, ence- 
rrado en elegante urna de cristal, entre el segundo }' tercer salón de la 
Biblioteca, para que los aficionados á las glorias y grandezas de Sevilla 
puedan libremente contemplar y admirar joyas de tal valia '. 

F"orma un volumen en fol. men. gót. s. 1. n. f correspondiendo los 
tipos á la oficina de 'Juan de U'cstp/ialia , primer impresor de Lovaina, 
y la edición, que es también la primera, se hizo en los años 1480 ó 1483. 
Consta de 17 1 hojas - en cada página sin foliación y sin reclamos, y con 
sig. a. 2 — kk^, que empieza en el folio séptimo. En blanco el frente 
de la i.^ hoja, al reverso, léese una advertencia relativa á las ocho 
figuras, ó sean las esferas celeste y terrestre, que aparecen en las 
siguientes cuatro hojas, una en cada página, iluminadas por cierto las de 
este ejemplar. También la hoja 6.^, blanca en los demás ejemplares, se 
encuentra aquí toda manuscrita, con tablas de los equinoccios y horas de 
la salida y ocaso del sol. En blanco está también el anverso del folio 7.°, 
conteniendo el reverso un elogio del autor \" enumeración de todos los 
tratados que el volumen comprende. El texto del primer opúsculo Iiitago 
iniindi comienza al folio 8." y sus cuarenta capítulos ocupan hasta el 



' La urna, juntamente con la mesa en que está colocada, la."; costeó el Excmo. señor 
don Andrés Parladé y Sánchez de Quirós, conde de Aguiar, que quiso dejar de este modo 
un elocuente testimonio de su veneración á la memoria del inmortal genovés. 

' Por error de imprenta aparece con 191 folios en el libro Don Fernando Colón histo- 
riador de su padre , de Mr. Harrisse, pág. 75, nota 107. 

Cristóbal Colón, t. i. — 28. 








2l8 



CRISTÓBAL COLÓN 



f^ 



I principio del folio 40 ' en que termina con esta nota: Explicit \ tnago 
iiiuiidi a dno. Pctro de Aylliaco Epo. Cantcraccn. de scriptura et ex 
pliirihus Aetoribus reeollccta. Auno díii. M.CCCC. décimo Aitgnsli duo- 
décimo '^. 



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' Kii los 150 primeros ha sido formada á mano la foliación de esle volumen, lialiiendo 
el amanuense hecho caso omiso del fol. 6.", por estar en blanco y resultando por esta causa 
retrasada la cuenta en un número, á partir desde dicha hoja. Ahora que estamos descri- 
biendo el lugar que cada tratado ocupa , haremos abstracción de los números escritos ; pero 
al tener que referirnos más adelante á un folio determinado, lo efectuaremos según la nume- 
ración manuscrita, por haberse atenido á ella cuantos escritores se han ocupadcj de este 
precioso códice. 

' Consúltese el libro, poco há publicado, que se intitula Petrls de Ai.lial'o, su 
autor ¿«/í Saiíin/iier, en S." prolongado, Insnlis ex lypis F. Le/orí, MDCCCLXXX]'!. 

Con severa crítica y en sentido genuinamente católico, al par que haciendo gala de 
correctísimo estilo, el señor Salcnihier ha formado una completa biografía de PeJiú it Ailly, 
aduciendo varios documentos y datos antes desconocidos, y ha estudiado los graves acon- 
tecimientos que tuvieron lugar en aquella calamitosa época de la historia, que se conoce 
con el nombre de Cisma de Occidente , así como los hechos culminantes ocurridos durante la 
celebración dé los Concilios de Pisa y de Constanza, en que tan principal intervención tuvo 
el cardenal francés. 

Tanto el bibliógrafo como el historiador, el filósofo como el teólogo, el cosmógrafo 
como el astrólogo, el místico como el poeta, encontraran en esta obra un caudal precioso 
de materiales, de noticias y de juicios de alto valor científico. En él no solamente se enu- 
meran , determinándose la fecha de su formación , todas las producciones literarias del sabio 
Cardenal de Cainbrai en número de 153, sino que se distinguen las antes dadas á luz de las 
inéditas, las conocidas de las ignoradas hasta la publicación del libro, las ciertamente pro- 
ceilentes del autor, de aquellas otras de incierta, dudo.sa ó supuesta procedencia, indicán- 
dose á la vez las varias ediciones de las impresas, y los ejemplares de las manuscritas, así 
como las Bibliotecas donde se encuentran actualmente. 

Más notable, si cabe, es la segunda parte dedicada á examinar la doctrina de Pedro de 
Alliaco. Aquí es donde el autor ha desplegado todas sus brillantes facultades, para pintarnos 
gráficamente, valiéndose para ello de los textos mismos de las obras del cardenal, cuyo 
examen científico verifica á la vez, no sólo las grandes virtudes que. adornaron al prelado 
francés, como acérrimo y celoso propagador de la integridad y reforma de las costumbres, 
como valiente impugnador de las herejías de Juan Huss y Jerónimo de I'rafa, como con- 
sumado doctor en el desempeño del magisterio, como elocuente orador y escritor sagrado, 
sino también las enormes defecciones y lamentables extravíos en que incurrió, ya en materia 
filosófica, dejándose llevar de las doctrinas del Nominalismo y de los delirios de Guillermo 
Occam y contradiciendo á San Anselmo, Santo Tomás y San Buenaventura; ya en materia 
teológica, sosteniendo con respecto á la Iglesia, al .Sumo Pontífice y al Concilio general las 
perniciosas (hoy heréticas) doctrinas que sirvieron después á Lutero, Melanchton y otros 
hercsiarcas para sus propios fines, y que dieron al' Cardenal de Alliaco el triste nombre de 
Padre del Galicanismo. 

Al objeto presente es de grandísimo valor científico la parte del libro tjue se refiere al 
niencionado cardenal en el concepto de cosmógrafo, geógralb y astrólogo, bajo cuyos puntos 
de vista, sin duda alguna, sobresalió principalmente. Todo cuanto sabía la antigüedad acerca 
de estas materias y todo cuanto había podido descubrir la ciencia hasta aquella época , se 
contiene en sus obras, si bien con algunos errores y omisiones indispensables, de tal modo 
que ellas revelan el estado de la cosmografía, geografía y astrología en la primera mitad 
del siglo XV. Con estas obras á la vista podrá juzgarse mejor de la influencia que pudo 
ejercer su lectura en el ánimo de Cristóual Colón , para el descubrimiento del Nuevo 
Mundo. 

Ocupándose el señor Salembier del primer tratado de este volumen, dice así: ^ luiago 
viundi rolunditatem térra;, existentiam Antipodum, possibilitatem transfretandi al) llispania 
in India, cíeteraque ejusmodi asserens, certissimc sub oculis Chrislophori Columbi erat, dum 
iter magnum illud quo mundus veluti duplicatus est meditabatur. Kem cvincit ipsum volu- 



ACI.ARACIONES Y DOCUMENTOS 



219 



Desde el folio 40 hasta el final tlcl 44 ocupa el tratado Epi/agus 
mappc iiiundi. compuesto de 10 capítulos, l'.l tratado de Icgibus ct sectis 
contra supersticiosos Astrónomos, desde el principio tlel 45 hasta mitad 
de la \uelta del 58, y según la nota ñnal fué terminado por el autor 
el 24 de Diciembre de 14 10. Desde este último folio hasta el 64, parte 
inferior de su anverso, se hallan los seis capítulos de que consta el 
tratado de corrcctionc kalcndarii. A la \uelta del 64 empieza el tratado 
de vero ciclo litnari y termina en el frente del 69, presentando en el 68 
dos círculos iluminados para saber el día en que se debe celebrar la 
Pascua. En el folio 90 concluyen los dos tratados de Cosviographia, 
el i.^' compuesto de 22 capítulos y el 2." de 5, estando otra figura 
iluminada en el 85. El titulado Vigintiloqiduin llega hasta el folio 104; 
el de concordia astronoinice veritatis, &., hasta el 122; el clucidaríus astro- 
¡loinice concordie. &■. hasta el 144; el Apologética defensio, &., terminado 
por el autor en Colonia el 16 de Septiembre de 14 14, hasta el 146 
\uelto; el Secunda apologética defensio, &.. concluido el 3 de Octubre 
de 1 414 en Colonia, hasta el 149; y el de concordia.. &:. hasta 
el 158. 

Al reverso del mismo folio comienzan los tratados de Juan Gersón, 
y el primero, ó sea el opuscnliíni astrologie theologisate. se extiende hasta 
el folio 166 vuelto; el contra snpersticiosain diernni observationeni, hasta 
el 168 vuelto; el contra doctrinant medid cniusdam . hasta el principio 
del 170, y último, hasta la vuelta del folio final 171. Existen figuras 
iluminadas en las hojas 103, 124 por ambos lados, 136 y 150. 

Respecto á las épocas en que se escribieron todos estos tratados, 
además de las ya indicadas, en 14 10 concluyó Pedro de Alliaco el 
Epilogas mappe imtndi; el de correctione kalcndarii en 141 1; el de vero 
ciclo liinari y Cosmographie tracto tus dúo. desde 1398 al 141 1; el J'igin- 
tiloquinm. &.. en el año 1414; el de concordia astronomice veritatis et 
narrationis hystorice . en 10 de Ma\-o del mismo año, y en 24 de 
Septiembre, el elucidarius, &..; por último en 5 de Enero de 141 5 el de 
concordia discordantiuvi astrononiorum. 






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men in Bibliotheca Columbina Hispalensi asservatum, et notulis ipsa Christophori nianu 
descriptis decoratum.» (Cap. III, pág. 176). 

Nació Pedro d'Ailly en Compiégne el año 1350, de padres humildes, y estudió en el 
Colegio de Navarra, en París. En 13S0, dos años después de comenzado el Cisma, tomó el 
grado de doctor en la Sorbona, siendo nombrado en seguida canciller de la Universidad, 
confesor y limosnero de Carlos VI. Ocupó las sillas de Puy y de Cambrai, habiendo se- 
guido el bando del antipapa don Pedro de Luna, aunque en el concilio de Pisa negó la 
obediencia á éste, llamado Benedicto XIII, y á Gregorio XII su competidor. Dos años des- 
pués de terminado el Cisma, en 1420, murió Pedro de Ailly en Aviftón. 

Juan Gersón , su discípulo y sucesor en el cargo de canciller, nació en Francia , en el 
pueblo de su mismo apellido, el año de 1363. Por sus virtudes y ciencia mereció los nom- 
bres de (/cí/o y //'«í/t>jo con que le distingue el cardenal Belarmino, habiéndosele conside- 
rado por algunos como autor de la Imitación Je Cristo, á causa de esas mismas cualidades. 
Murió en León de Francia, en 1429, en la oscuridad de! retiro. 






s 






220 



CRISTÓBAL COLÓN 





Los opúsculos del canciller Juan Gersón fueron compuestos para el 
Delfín de Francia el año de 1419. 

Muchas notas manuscritas, seg-ún indicamos antes, ilustran los 
márgenes de cada uno de estos libros, las cuales han sido atribuidas al 
Almirante por varios escritores, fundados en estas palabras de Las 
Casas, hb. L cap. XI: 'Pedro de Aliaco, Cardenal... &^., creo cierto que 
a Cristóbal Colón más entre los pasados movió á su negocio; el libro 
del cual fue tan familiar a CklstüBAL Colón, que todo lo tema por las 
marcenes de su inano y en latín notado y rubricado, poniendo allí 
muchas cosas que de otros leía y cogía. Este libro muy viejo tuve yo 
muchas veces en mis manos, de donde saqué algunas cosas escritas 
en latín por el diclio Almirante Cristóbal Colón, que después fué para 
averiguar algunos puntos pertenecientes á esta historia, de que yo antes 
aún estaba dudoso. — Ansi que tornando al propósito, visto lo que Aliaco 
decía y las razones y autoridades que trae llegóse muy propincuo 
Cristóbal Colón y cuasi }a del todo á determinarse.» El P. Las 
Casas es testigo muy competente en la materia, porque poseía muchos 
escritos originales del Almirante, según él mismo afirma en la Historia 
de las Indias, y conocía muy bien su escritura y la de su hermano don 
Bartolomé Colón. 

De todas estas notas manuscritas, distínguense unas que son 
llamadas ó repeticiones de las palabras más interesantes del te.xto, 
según costumbre antigua, y otras que contienen noticias ú observacio- 
nes propias del mismo amanuense, para aclarar, corregir ó modificar la 
doctrina del libro. Entre estas últimas \'éanse algunas de las mas 
importantes, advirtiéndose que están formidas de la misma mano en 
letra redonda muy correcta. 

Folio 12 del Imago iiinndi. Junto al pasaje de AUiaco, donde se 
dice ser inhabitable la zona tórrida por su excesivo calor, se lee la nota 
siguiente: non est inhabitabilis qnia per eaní hodie nanigant p. g. (;portu- 
galiae gentes?) inio est popnlatissinia et snb linea equinoxiali est castruní 
mine screnissinie regis portugalie queni vidimus. Hablase aquí de San 
Jorge de la Mina ó Elniina. factoría y fortaleza construida en 1481 ]:)or 
los portugueses, en la costa septentri(.)nal del golfo de Guinea, siendo 
de advertir que el anotador emplea el verbo en plural, fiemos i'istü. En 
el ejemjjlar de la Colombina titulado .Historia reruin ubique gestarum 
del P. Pío 11, al margen del folio 3." vto., hállase escrita de la misma 
mano esta nota, como puede verse en el lugar corrcsjjondicnte de este 
catálogo. 

Claramente alude á esta anotación Yr. Bartolomé de las Casas, 
cuando en su citada Historia de las Indias escribe : - lüi el año, pues, 
de 14X1 despachó (el rey de Portugal don Juan II) una buena armada 
paia hacer un castillo y fortaleza en el ri" (|ue llamaban de San Jorge, 
cjue es la núna del Oro, ¡lara comenzar a te miar posesión del señorío de 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



22 I 



Guinea, por virtud de las donaciones que los Sumos Pontífices á los 
Reyes de Portugal habían hecho... Tornó á enviar otros descubridores 
el año 1484 que descubrieron el reino de Congo y más adelante 
hasta 24", dcsa parte de la línea equinoccial hacia el Sur... etc. V.n estos 
viajes y descubrimientos, ó en algunos de ellos, se halló el Almirante 
don Cristóbal ColÓX y su hermano don Bartolomé Colón, sc^^ú/i lo 
que yo puedo colegir de cartas y cosas escritas que tengo de sus manos. » 
(Tomo I.", cap. XX\TI, págs. 207 a 210; edición !.•', publicada por el 
Marques de la Fuensanta del Valle y don José Sancho Rayón. 
Madrid, 1875). 

Y en otro lugar agrega: tEn unas anotaciones que hizo de como 
todas las cinco zonas son habitables, probándolo por experiencia de sus 
navegaciones, dice ansi el Almirante: «Yo estuve en el castillo de la 
»Mina del Rey de Portugal que está debajo de la equinoccial y ansi soy 
»buen testigo que no es inhabitable como dicen. (Ibid., cap. III, pág. 48). 

Folio 13. Al margen del cap. VIII en el mismo libro Iiiiago uuindi. 
ó sea del capítulo titulado de quantitate tcrrc habitabilis . se lee la 
siguiente nota manuscrita: i.Nota quod lioc auno de 88. in niensc dcscauil?ri 
apulit in vlixbona bartolomciis didacus capitaneus trium carauclarum 
quciu niiserat serenissiiiius rcx portugalie in guinea ad tcjitanduin terraui 
ef rcnunciamt ipso serení simo regi proiít naiiigauerat ultra qiian nauiga- 
tam leuch 600. videlicet q.¿0 ad austrum et ijo ad aquilonem vsque uno 
promontorium per ipsuiii nominatum « cabo de boa espera?i(:a » quem in 
agesinba cstimamus quodque in eo loco imienit se distare per astrolabium 
ultra linea equinociali gradus y f quem ultimnuí locum distat ab vlixbona 
leuche jioo qveni viagium pictauit et scripsit de leiicha in leuclia in vna 
carta nauigacionis vt occiili visni ostenderet ipso serenissimo regi in qui- 
bus ómnibus interfui.y 

Hemos preferido transcribir el texto con todas sus incorrecciones, 
descifrando á la vez las abreviaturas , para que sea conocido tal como está 
el original. Ante todo debe tenerse en cuenta que el anotador no habla 
aquí en plural como antes, sino en singular, interfui, inteii'ine , esto es, 
que él fué parte en la empresa del descubrimiento del Cabo '. 

Véase ahora lo que sobre esta nota dice el P. Las Casas: «Yo hallé, 
en un libro viejo de CRISTÓBAL COLÓN, de las obras de Pedro de Aliaco... 
escritas estas palabras en la margen del tratado de imagine mundi, 
pág. 8.", de la misma letra y mano de Bartolomé Colón, la cual muy 
bien conocí y agora tengo hartas cartas y letras su}'as, tratando de este 
viaje.» (Copia á continuación la misma nota anterior, aunque corrigiendo 
algunas de sus muchas faltas de sintaxis latina, y agrega): «Estas son 



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' Sobre lagenuina inteligencia de esa frase, inquibtis ómnibus interfui, y la presenci:i 
de Cristób.\l Coló.n en Lisboa en el mes de Diciembre de 1488, véase lo que dejamos 
dicho en el texto. 



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CRISTÓBAL COLÓN 



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palabras escritas de la mano de Bartolomé Colón, no sé si la escribió de 
sí ó de su letra por su hermano Cristóiíal Colón, la letra yo la conozco 
ser de Bartolomé Colón, porque tuve muchas suyas. Algún mal latín 
parece que hay é todo lo es malo, pero póngolo á la letra como lo hallé 
de la dicha mano escrito,» etc. (Aduce aquí el obispo de Chiapa la 
traducción española y continúa): <■■ Parece diferir en el año lo que dice 
Bartolomé Colón y lo que refiere el portugués coronista, porque dice 
Bartolomé Colón que el año de 88 y el coronista el de 87 que llegaron á 
Lisboa : puede ser verdad todo desta manera y es , que algunos comienzan 
á contar el año siguiente desde el día de Navidad, que ansí lo debía de 
contar Bartolomé Colón, y por eso dijo que en Diciembre llegaron a 
Lisboa, año de 88., y otros desde Enero, y ansí aun no siendo salido 
Diciembre, refirió el coronista que el año de 87 llegaron á Lisboa. Esto 
parece ser verdad, porque dice que salieron el año de 86, por fin de 
Agosto, y volvieron el año de 87 por Diciembre, habiendo tardado 
en la jornada ó viaje diez y seis meses, que viene cuenta cabal.» 
(Ibid., cap. XX VIL pág. 213). 

Ocupándose el contexto de la anterior anotación manuscrita en la 
célebre expedición llevada á efecto por los portugueses capitaneados por 
Bartolomé Díaz, que dio por resultado el descubrimiento del Cabo Tor- 
mentoso, llamado después Cabo de Buena Esperanza, y atestiguando el 
i> ^ confeccionador de la nota haber concurrido también como parte entre los 
; descubridores, importaba al historiador de las Indias averiguar si Barto- 
lomé Colón había hablado en nombre propio ó en el de su hermano 
don Cristóbal, porque en este segundo caso era indudable que don 
Cri.STÓBAL Colón había también asistido al descubrimiento del Cabo de 
Buena Esperanza con Bartolomé Díaz. Por esto el P. Las Casas forma 
deducciones sobre el particular y concluye en definitiva: «de donde 
parece seguirse la necesidad que CrlstóbAL ColÓN no se halló en el 
dicho descubrimiento del Cabo de Buena l'lsperanza y lo que referí que 
hallé escrito de la mano de Bartolomé Colón en el libro de Pedro de 
Aliaco, lo dijo de sí mismo y no de su hermano CrisT()B.AL Colón, y 
ansí lo creo yo haber acaecido cierto por las razones dichas.» 

No obstante ser tan explícitas las palabras del historiador Las 
Casas, el escritor brasileño Adolfo de Varnhagcn, incansaiile investigador 
de las cosas de América, aseguró que la letra de esta nota era de 
mano del mismo don Crlstóbal Colón (Bulletin de Gcograpliic , Enero 
de 1858, tom. XV, pág. 71). Mr. Harrisse aceptó como buena la opinión 
del historiador brasileño, defendiendo no sólo que don CrisT(')H.\l CoL()N 
era conocidamente el autor de la nota, sino además que el mismo Almi- 
rante en persona presenció en Lisboa por Diciembre de 1488 el acto de 
ilcsembarcar Bartolomé Díaz con su gente, de \uelta de la expedición 
al Caljü de Buena Esperanza. Sin embargo, ya I\Ir. I larrisse no piensa lo 
mismo sobre este punto; últimamente ha declarado que la nota 110 es 



ACLARACIÓN 1<:S V DOCUMENTOS 



22- 



htra del Almirante '. i'ambicn M. D'Avczac estimó como cosa cierta la 
estancia de don CklSTÓHAL CoLÓN en Lisboa en Diciembre de 1488, y 
consideró la nota como autógrafa del mismo, fundándose en la autoridad |B| 
de ambos escritores ^. Pudo M. D'Avezac no haber tenido presentes los 
escritos de Bartolomé de Las Casas , cuya historia aún no se había dado 
á la imprenta, cuando escribía su libro, y ser esta la causa de pen- 
sar así ■^. 

En vista de tan encontrados juicios, sin duda alguna preferiríamos 
la opinión de acjuellos que han reconocido en la nota la letra del Almi- 
rante; mas la categórica afirmación del P. Las Casas y su grande autori- 






'Nft;- 



* Hé aquí las mismas palabras de Mr. Ilarrisse: «Pero en lo que se equivocan los 
/historiadores es en asegurar que á virtud de las concesiones que le hicieron Fernando é 

> Isabel , rehusó Colón las ofertas del rey de Portugal , y no se movió de España. Véase la 
) prueba de su error...» (aduce y copia en seguida la nota del Itiiago niitndi y agrega): «Luego 
>Colón se encontraba en Lisboa en Diciembre de 14SS y le fué comunicada la carta que 
.Bartolomé Díaz traía del Cabo de Buena Esperanza.» 

En el mismo lugar dice después: c. y por otra parte la nota es conocidamente de 
mano de don Cristóbal, como todas las demás anotaciones manuscritas en el Alyaco:» — 
(Harrisse, D. Fernando Colón, Sevilla, 1S71, págs. 75 y 76 y nota lio). 

« Mais elle (la nota del Alliaco) est bien de l'Amiral, comme les autres notes qui 
remplissent les marges du volume.» — (Harrisse, Fernand Colomb , París, 1872, pág. 114). 

Su último parecer lo expone en las siguientes palabras: 

< — L'écriture différe d'une maniere essentielle de la calligraphie des lettres écrites et 
signée» par Christophe Colomb, et que nuus possedons.j — (Harrisse, Christophc Colomb, etc., 
París, 1884, vol. 2.°, pág. 190). 

A todo lo cual replica un moderno escritor italiano con no poca oportunidad y donaire: 
<Ecco infatti che il sig. Harrisse, dopo di aversi informato testé che di tutte le note 
>marginali apposte nella Imago Mundi «l'écriture différe d'itne maniere essentielle de la 
.calligraphie des lettres écrites et signées par Christophe Colomb, et que nous possedons,» 
>viene a confessare indirettamente che s' era ingannato attribuendo all' ammiraglio la nota 
>in discorso; e che veramente Colombo stava in Ispagna, quando Dias compiva la sua 
'famosa scoporta sulle coste d' África; due errori, uno paleografico, 1' altro storico, ritrattati 
pianin pianino.» — (Origine, patria e gim'entu di Cristo/oro Colombo, per Celsus (Próspero 
Peragallo), Lisboa, typographia elzeviriana, 1886, pág. 41). 

' Année veritabte de la naissance de Christophe Colomb et reviie chronologique des princi- 
pales époques de sa i'ie, París, 1S73, par M. D'Avezac, pág. 57: «II (Christophe Colomli) eíit 
la faculté de .se rendre a Lisbonne, ou il declare lui-méme, dans une note autographe, avoir 
vu arriver, au mois de decembre, etc. ^ 

' No puede decirse lo mismo de Mr. Harrisse. .\unque en el libro />. Fernando Colón. 
historiador de su padre, Sevilla, 1 87 1, repetidas veces ya citado, se queja el autor de nn 
habérsele facilitado el manuscrito original de la Historia del P. Las Casas, cuando viajaba 
por España, casualmente se han descubierto la injusticia y falta de fundamento de sus pala 
bras. Léase la Adveríencia preliminar á la Historia de las Indias del mismo historiador, dada 
a luz, según se dijo ya, por primera vez en Madrid en 1875 por el marqués de la Fuensanta 
del Valle y don José Sancho Rayón, donde se encuentra el párrafo siguiente: «... en la 
¿primera parte del MS. original que se custodia en la Biblioteca de la Academia de la 
>Historia, se lee esta nota de su puño (del de Mr. Harrisse), en una de las tres hojas blancas 
ique tiene de guardas: Compulsé par Henry Harrisse le is (no se entiende el mes; parece 

> decir Aotit) iSbg, y no comprendemos como, en la pág. 46 de! libro de que venimos 
>ocupándonos (en el D. Fernando Colón) dice, con mucha formalidad al parecer, «que no 
> había podido examinar la Historia general de las Indias y la Apología, escritas por 
>Fr. Bartolomé de las Casas de 1527 á 1559, cuyos MSS. son tan raros como inabordables.i> 

Había, pues, compulsado el manuscrito Mr. Harrisse en 1S69, es decir, dos años antes de 
afirmar en letras de molde que no había podido examinarlo. 



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224 



CRISTÓBAL COLON 



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dad en la materia, como poseedor que era de manuscritos del Almirante 
y su hermano, y conocedor por lo tanto de la letra de ambos, aunque 
nunca sea segura norma en el cotejo de letras la apreciación pericial, 
?^ "^ Jl obligan, sin embargo, á seguir como más probable el juicio del histo- 
riador de las Indias. 

Por otra parte, cuando se examina detenidamente la correcta letra 
redonda empleada en la nota y se compara á la vez con los escritos de 
don Cristóbal Colón, ocúrrense en seguida a la memoria aquellas 
palabras del mismo historiador, hablando del Adelantado don Bartolomé 
Colón: «lira muy buen escribano, dice, mejor que el Almirante, porque 
en mi poder están muchas cosas de las manos de ambos. 

Y, sin embargo, la prueba no es concluyente. Advicrtense con 
'V»*" 4IIIII frecuencia distintas clases de letras, todas formadas por un solo individuo, 
y que resultan después desemejantes y nada parecidas según el dictamen 
pericial, por las circunstancias de edad en que el pendolista escribía, el 
mayor ó menor esmero requerido por la índole especial del trabajo, ó el 
objeto determinado para que se destina el escrito. El mismo don 
Fernando Colón puede servirnos de ejemplo con su diversa caligrafía. 
Además, el P. Las Casas ha podido padecer algún error en su juicio, 
mucho más cuando en otro lugar nos ha dicho que el Almirante ff/iítr el 
ejemplar de Alliaco, todo por las márgenes de su mano y en latín notado y 
que él mismo sacó de este libro algunas eosas escritas en latín por el 
dicho Almirante don CRISTÓBAL CüLÓN, qiíc después fné para averiguar 
algunos puntos pertenecientes á su historia. 

La casualidad nos ha dado ocasión de agregar algo por nuestra 
cuenta en favor de la afirmación del P. Las Casas. Buscando antecedentes 
en la Biblioteca, llegó á nuestras manos un libro de los de la Colombina, 
y en él descubrimos dos notas ó apuntes de na\'egacié)n, escritos con 
hermosa letra, y á nuestro juicio por la misma mano que formara la nota 
en cuestión del volumen de Alliaco. 

Es este libro el titulado Lo illustro poeta Cecho dascoli: con 
contento, etc., en 4.", Venecia, por Juan B. Sessa, 1501. 

En la guarda blanca del principio adviértese este apunte manuscrito, 
encabezado con una cruz: Nota q'-' la tierra tp esta de /rente de cabo de 
cruz ip esta en. §2. grados vltra eqnocíale . esto tomado por el estrelal'io. y 
mas íp alos. 12 de abril eran las noches. /./ horas. 

En la parte interior del pergamino de la cubierta y casi borradas 
algunas palabras por el transcurso de los siglos, léese todavía lo siguiente, 
escrito de la misma mano: partió la nao Pra¡ua hora de. ^. a los 21 de 
angosto=^partio la .wlorzana a his. 7. de setiembre ^^partío el comendador 
maior. a los. ij. de setiembre^partio la gotierva el primero de octobre. 

Aquí no cabe ya sospechar que el Almirante haya podido ser el 
autor de la letra. El comendador mayor ó de Lares, don Frey Nicolás de 
Ovando, salió de .Santo Domingo embarcado en una flota a las órdenes 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



225 



del jmcii don l'"cin;indo CoUhi, — según el capitán Gonzalo Fernández de 
Oviedo, primer historiador de las Indias, en su Historia j^iiicra/ y )¡atiiral 
de las mismas, [larte primera, del que copiaron después los demás histo- 
riadores, — en el mes de Septiembre del año 1509; ó como se determina 
de una manera mas concreta en la nota anterior, á los. IJ. de setiembre: 
y don CivlSTÓHAL Colón había muerto tres años antes en Valladolid, ó 
sea en el de 1 506, no habiendo ])odido, por tanto, ser el autor de estos 
apuntes. 

A pesar de todo, aún no habíamos podido desechar nuestras dudas; 
esto vino á suceder después que, examinada la hoja final del volumen, 
encontramos en ella la siguiente nota, escrita de la mano de don Fernando 
Colón: Este libro era del adelantado my tio. lista Registrado. 3361 '. 



' También don Bartolomé Colón, como se ve, fué aficionado á los libros, no sólo á 
los de Cosmografía y (Geografía sino á los de Literatura y otras materias. En el libro 
n.° 3774 del Kcgls/ro titulado So/<rascri/>t¡ el introscripti epistolarum latine et tiíuli iii 
íosiano, etc., é impreso J>er yacnií/m cteríciim anno. 14SS., dejó escrita don Fernando Colón 
esta nota : diomelas el adelantado my tio en Seuilla año. ijog. 

Son por extremo curiosas las notas puestas por don Fernando en los libros que le 
fueron donados. Hé aquí algunas, nada más, tomadas del Registro: 

Número 37S4. Summa geberis de perfectionis inuestigatione... sequitur eiusdem geberis 
Summa magna alchimie... ítem eiusdem lilier verborum trium &^... est in quarto de mano. 

Niímero 37S5. Sedacina totius alchimie guillelmi sedacerii carmelite... est in quarto de 
mano: fuit e.xtractus a libris petri aragonum Regís; dioiiielo con la Summa de geber don 
xj-istolial de Soto maior hijo de la condesa de Camina guando yvamos a las yndias año de /jí'09. 

En efecto, entre las personas que acompañaron al Almirante don Diego Colón á la 
Española, dice el P. Las Casas, «fuese á vivir á aquella isla un caballero gallego, don 

• Cristóbal de Sotomayor, hijo de la condesa de Camina y hermano del conde de Camina, 

• secretario que había sido del rey don Felipe... el dicho don Cristóbal vino solo y mondo, 
ícomo dicen, con solo sus criados, harto pocos, y no traía de Castilla un cuarto para 
gastar.» Refiere después el mismo historiador que «don Cristóbal de .Sotomayor fué asesinado 
con otros cuatro españoles en la isla de San Juan por el Rey Agueiliana, señor mayor de la 
tierra, y por los demás indios que le habían tocado en el repartimiento.» (Historia de las 
Indias , tomo III, págs. 258 y 283). 

Número 3374. Triumphus Crucis hieronymi Sauonarola de ferrara... Venetiis per 
Lazarum soardum... 1^05... diomelo Simón V. de en Seuilla por Nouiembre de Jjog: est in S." 

Número 3346. Epístola venerabilium Reliquiarum diu occultarum et nuper Repertarum 
in lateranensi ecclesia in sacello quod dicitur sancta sanctorum... est in ^.° fuit milii inissus 
ex urbe a magistro petro salmaticense. 

Numero 266S. Nouus modus corrigendi Kalendarium absque termini paschalis anticípa- 
tione editus per andream de pace Canonicum burgensem... est in 4." v embiomelo maestre 
pedro de Salatnanca de Roma. 

Número 2725. Tabla de la diuersidad de los días y horas y partes de hora en las 
cibdades, villas y lugares despaña y otros de europa que les responden por sus paralelos 
compuesta por antonio de nebrija... est in 4." diomela el mismo autlior en alcalá de llenares 
anno. 1517. 

Número 421. Confusión de la secta mahometana y del alcoram compuesto por Joannes 
andres clérigo de Xatiua... fue ympreso en Valencia a 25 de agosto de. 15 19. diomela 
en brusselas Domingo despinosa mi cozinero por setiembre de .1J20. de fin. 4." (a). 

Número 414S. Muestra de la lengua castellana en el nacinnento de hércules o comedia 

(a) También por una rara coincidencia llamábase Espinosa el cocinero de don 
Cristóbal Colón, único entre todos los españoles residentes en Santo Domingo, que con 
la más infame ingratitud se prestó á poner los grillos al .\lniirante, cuando el Comendador 
Bovadilla lo envió preso á España en una carabela, juntamente con sus dos hermanos Diego 
y Bartolomé. 





Cristóbal Colón, t. i. — 29. 



226 



CRISTÓBAL COLÓN 



M 



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4/7 



No nos corresponde tocar la cuestión histórica sobre si don CRISTÓ- 
BAL Colón hallábase ó no en Lisboa por Diciembre de 1488, ni mucho 
menos averiguar el tiempo de su permanencia en España. Las noticias 
más exactas ó aproximadas á la verdad acerca de este período de la vida 
del Almirante, puede dárnoslas el erudito escritor don Tomás Rodríguez 
Pinilla, que en su obra intitulada Col¿m cu España, (Madrid, 1S84), ha 
tratado é investigado ampliamente dicho período con sabia crítica y 
copioso número de datos históricos. 

Para nuestro objeto bastará dejar consignado que el mismo Almi- 
rante, en carta dirigida á los Reyes Católicos, y los primeros historiado- 
res de Indias en el relato de la vida de don CRISTÓBAL, excluyen toda 
idea sobre ese supuesto viaje. En cuanto á los modernos historiadores, la 
unanimidad es completa. Según Muñoz y Navarrete don CRISTÓBAL 
Colón no salió de España para Portugal desde fines de 1484 ó Enero 
de 1485, (fecha en que partió secretamente de aquel reino por la felonía 
de don Juan II y su Consejo, y no por esos otros móviles innobles que 
inventan actualmente sus enemigos), hasta el año de 1492. Así lo refiere 
también Washington Irving y así la más recomendable y mejor escrita 
historia del Almirante, ó sea la del conde Roselly de Lorgues, aunque 
estos dos últimos escritores y alguno otro más antiguo, lo suponen visi- 
tando á Genova y Venecia, antes de presentarse en Córdoba á los Reyes 
Católicos; así el referido escritor Rodríguez Pinilla, y así, finalmente, el 
valiente crítico italiano Próspero Peragallo, en sus tres notables publica- 
ciones, escritas recientemente para impugnar una peculiar opinión de 
Marrisse en materia de bibliografía, y en verdad que la refutación no ha 
podid(3 ser más victoriosa y contundente '. 

La carta que don Juan II envió á CRISTÓBAL CoLÓN en Sevilla, 
fechada en 20 de Marzo de 1488 (Colección de Navarrete, tomo II, pá- 



•^ 



^;*l 



"^f>.hV.VVV--t^\. KvV>.^:í 



de amphitrion en español compuesta por fernan perez de oliua... es en 4." y t/ioiiic/n el mcsiiio 
autor en scuilla a 2y de nonicmbre de . IJ2J. 

Número 1090. Antibarbarorum erasmi Roterodami bber vnus &.'' est in 4." Impressum 
l)asilee mense maiio anno .1520. _y díornelo el mismo autor. 

Número 4214. Joannis genesii sepuluede cordubensis de fato et libero arbitrio li1)ri tres 
contra Lutherum... Authoris epístola ad Joannem rufifum cordubensem... Est in 4." Imp. Rome 
.inno 1526 mense junio quem litirum ipsemet author tnu/iilit mi/ii Bononie 11 yanuarii 
anuí ISSO- 

Número 1950. Notariatus ars manuscripta ad vsum leodiensium. partim in sermone 
latino et partim in flamingo... est in 4.° dexomeh enrríque guando se Jue de mi ¡asa. 

Número 1960. Petri ciruelo hispani pronosticon in hispano sermone pro anno ,1524... 
est in 4.° Dedit mihi magisler Joannes de guada/ua a 2j de Julio de .IJSS- 

Número 2512. Sebastiani veterani disputatio de eccontricis et de epiciclis f///í7/// milii 
Ídem Selms/ianus dedit j. die mensis maríii anni .IJ26... est in 4." 

Número 2640. Sermo fratris dyonisii vazquez hispani in dic ciiieruní .. Rome 
anno .1513. S. martii : fuií mihi datutn á salazar. 

' Titúlanse dichas obras: L' Auientieita de/le Historie di Femando Colomtio e le chrítiehe 
del signar £nnco Harrisse, Genova, 1SS4: Kieonferma detl' Autenticita , &•.' Genova, 1885: 
Origine , patria c gioventit di Cristoplioro Cotombo, per Cclsus, Lisboa, 1 886. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



227 



gina S.-''), nada en concreto revela acerca del supuesto viaje, y cualquiera 
deducción particular sacada de su contexto, nunca podrá alcanzar el 
nombre de hecho cierto y seguro á los ojos de la crítica juiciosa. 

Por otra parte, sábese que, enviado don Bartolomé Colón por su 
hermano don Cristóbal, antes de abandonar este á Lisboa, para que 
propusiese la empresa del descubrimiento al rey de Inglaterra, cayó aquél 
en poder de unos corsarios, y no vuelve á decirse más de su vida, hasta 
que en el mes de Febrero de 1488 se presenta en Londres y dirige la 
petición al rey don Enrique \'II. Pudo, por lo tanto, don Bartolomé 
hallarse en el descubrimiento del Cabo de Buena Esperanza y desem- 
barcar en Lisboa con los expedicionarios en Diciembre de 1487. 

Mas no vaya á creerse por esto que el volumen de Pedro de Alliaco 
no contiene letra del Almirante. Aun en el caso de pertenecer á don Bar- 
tolomé Colón las notas manuscritas del tratado luíalo mundi, ya vere- 
mos en los demás tratados del mismo códice otras notas puestas por la 
mano de don CRISTÓBAL. Así es, que lejos de desmerecer el ejemplar 
por las consideraciones expuestas , resulta doblemente realzado su mérito 
por contener autógrafos de los dos ilustres hermanos. 

Folio I 5 del « Imago mundi » : nota : qitod si taprobana est vt superius, 
distaret á v» occidente ad zcphcris gradas .¿8. quapropter benc diciiints 
qiiod Ínter liisppaniam ct indiam est pariaim viarc. Hácese aquí una 
aclaración al texto de Alliaco, cuando cita en el cap. XI de antecLimatibus 
et postcliniatibus la autoridad de Plinio acerca de la isla de Tapi-obana. 
Deduce del texto el anotador que entre España y la India debía mediar 
un mar pequeño, navegable en poco tiempo. En efecto, según Aristóteles 
y otros filósofos antiguos, como Plinio, Séneca, Averroes, etc., desde las 
costas occidentales de España á la India podía navegarse en pocos días; 
cu>-a creencia influyó en el animo de don CRISTÓBAL para su empresa 
del descubrimiento. Acerca de la isla de Taprobana ya veremos mas 
abajo otra nota. 

Folio 21 vuelto del «Imago mundi •: nota: qitod regniim Tharsis est 
in fine orientis in filie Katay ad qiiein in loco dicto opliir iiiitehant salomón 
et iosaphat claseni et deferebant auriiiii argentnin dentes elepliantonmi. 
quorum naves ex asiongamber in mari rubro recedcbant et in anno cían 
dimidio nauigabant vsque opliir et in tanto tempore red iban t: vide in 
lib.o .j. regían c.» g in eo in duobus locis: siiniliter in paralipomenno 
lib.o 2 c.o p. in eo in duobus et nicolaus de lira, siiper. j regían c." p: et 
in dicto lib." j. in fine ultiini capituíi: et in fine ultinii capituli libri 2, 
c." 20. paralipomcnnon. et actor iste pctrus de ayliaco in ymagine mundi 
in c.o j. et in .jp. et translatorum ptolonui in alphabeto ubi loquitur de 
tarsis dicens vnus esse in licia de quo fuit S. Paulus reliquuin in fine 
orientis et vide in nostris cartis a papiri videlicet in sphera . et nota quod 
de regno tharsis venit rex in ierusalem ad domiman . quodque stctit vi 
itinere annuin vnuvi cum diebus tresdecim vt vult. b. ieronimus super 



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CRISTÓBAL COLÓN 





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viatlicuiii loqiicns de magno itincrc qitod non potucbant (sic) vcnirc in .ij. 
dicbíis ct vi de uiagistcr cartuscnsis (sic) ídn loquitur de viagis qui vene- 
niiit in betlen. = liec oninia habeiniis de verbo ad verbiint in carta papiri. 
Aquí se citan autoridades y textos á que el Almirante aludió 
frecuentemente en las cartas y relaciones de sus viajes á las Indias. Así 
es que en su tercera expedición le oimos referir que Salomón envió 
desde Hierusalem en fin de Oriente á ver el monte Sopora, en que se 
detuvieron los navios tres años;:,, y agrega después: «el cual tienen 
vuestras altezas agora en la Isla Española,-, etc. 

«De este monte Sopora, dice el P. Las Casas, no he podido hallar 
dónde sea, ni autor cristiano ni gentil que del haga mención...: la Escri- 
tura no dice que las naos de Salomón fuesen al monte Sopora, sino en 
( )phir: este Ophir, según la glosa, era una provincia de las Indias, nom- 
brada de Ophir, uno de los del linaje de Heber, de quien hubo principio 
el linaje de los judíos. Otros dicen que es isla, y Jacobo de Valencia dice 
sobre aquel verso Reges Tarsis et insiihv. del salmo LXXI, y afirma 
ser la isla nominatísima y riquísima de la Taprobana, de la cual Ptolo- 
mco, Solino, Pomponio, Plinio y Strabón, maravillas dicen: que sea isla, 
que sea provincia, Salomón enviaba su flota, que cargaba las naos de oro 
y plata, etc., lo que dice la Escritura que iban las naos en Tharsis, 
más debía ser nombre de la región que de la ciudad .. Aquella isla de 
Ophir ó monte de Sopora, dice aquí el Almirante ser, aquesta isla Espa- 
ñola que ya tenían Sus Altezas; pero engañóse, como por lo dicho apa- 
rece, aunque tuvo alguna causa de se engañar, etc.» (Historia de las 
Indias, tomo II, cap. CXXVIII) 

Folio 25 del Iinago iniindi: «África in duplo est quam Europa et 

quamvis in medio ipsius sit térra arenosa, tamen in aliquibus locis habi- 
-tatur: a parte australi et septentrionali habitant gentes sine numero, nec 
simpedit máximum calorem et sub linea equinoctiali , vbi dies semper 

sunt horarum .12. habet castrum serenissimus rex portugalie in ciuo fui 
»et mueni locus temperatus esse.» 

Folio 29 del mismo tratado. Al margen del cap. XLII, que se ocupa 
de la isla de Taprobana . escribe el anotador : ' nota quod i)tholomeus 
»colocat hanc insulam sub linea equinoctiali ct non longe a continente 
»terra ymo próxima quapropter oportet intelligere ex quo loco recederunt 
»naues romanorum. ■ 

Folio 42. Al margen del capitulo titulado de mensura et qnautitate 
maris. en el tratado Epilogus Mappe mundi . se lee: nota quod sepe 
«navigando e.x vlixbona ad austrum in guinea notaui cum diligentia viam 
• vt solent naucleres et malinios (sicj et prora accepi altitudinem solis cum 
«quadrante et alus instrumentis plures vices et inueni concordare cum 
>.alfragano videlicet responderé quolibet gradu mil 56 Va quapro[)ter ad 

hanc mensuran! fidcm adhibendam esse, igitur posimus diccrc íjuod 
. circuitus terre sub arcu equinoctiali esse .20400. mil.^^similiter (|uod id 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



229 



>iiuieiiit niagisler yoscphus fixicus ct astroloi^us et alii plurcs niisi soluin 
-ad lioc per screnissinuim regcín i)ortugalic: kUiuc potcst \itlorc ciuisquc 
mcnticiUcm (s/'c'J per cartas naiiigatioiuini, mensurando de septentrione 
> in austro per occeanum extra omneni terram per lineam rectam quod 
»bene potest incipiendo in anglia \el hibernia per lineam rectam ad 
>austrum vsque in guinea.» 

Refiere en esta nota, ciuien quiera que sea su autor, haber navegado 
con frecuencia por las costas de Guinea, en donde tuvo ocasión de com- 
probar la certeza del cálculo hecho por Alfragano y sus discípulos, los 
cuales atribuían solamente á cada grado de la esfera cincuenta y seis 
millas y dos tercios, considerando por esto el globo de menores dimen- 
siones que las que realmente tiene. 

Cabalmente este error geográfico, al decir de todos los historiadores 
del Almirante, fué una de las varias causas que le movieron y decidieron 
á llevará cabo la grande empresa del descubrimiento: pues, según Las 
Casas, « de esta opinión infería CRISTÓBAL COLÓN que siendo pequeña 
toda la esfera, de fuerza había de ser pequeño aquel espacio de la tercera 
parte que Marino dejaba por ignota, y por tanto sería en menor tiempo 
navegada: de donde ansí mismo infería, que pues aún no era sabido el 
fin oriental de la India, que este tal fin sería el que estaba cerca de nos- 
otros por el Occidente, y que por esta causa se podían llamar Indias las 
tierras que descubriese.» (Hist. de las Ind. tom. I.") 

Tan creído iba el Almirante que había de encontrar las partes orien- 
tales del Asia, navegando por occidente, que al descubrir la isla Juana 
ó de Ciída . presumió hallarse en la famosa Cypango (Japón), encontrada 
por Marco Polo en sus viajes a la China y demás regiones orientales á 
fines del siglo XIII '. 

También escribió el Almirante á los Reyes Católicos diciéndoles que 
« había de trabajar de ir al gran can que pensaba que estaba allí ó á la 
ciudad de Cathaí (China) que es del gran can, que es muy grande, 
según le fué dicho antes que partiese de España » '^. 

Cítase en esta nota al célebre médico y astrólogo del rey de Portu- 
gal, el judío Josepho, que ai^licó el astrolabio á la navegación. 

Folio 60. Al margen del tratado que se titula de correctione Kalen- 
darii . cap. III, de errare ex inutatioiie eqiiiiwxioriuu et sfllstitioruiit . léese 
lo siguiente: nota quod ascendendo in Kalendario auno solari minu- 
tis .10. secundis .44. in quolibet anno vt in fine tractati de legibus et 
sectis probatum est et hic confirmatur posimus signare equinoxium ver- 
nale hoc anno .1491. die XI, marcii post meridiem horis .1. minutis .},']. 
secundis .27. tertiis .47. accipiendo radicem in anno de 141 1. die. XI. 
marcii ad meridiem complecta et horis .15. minutis. 56. secundis. 7. ter- 





* Léase la relación del primer viaje del .\linirante, referente al 24 de (¡ctubre de 1492. 
' La misma relación , día 30 de Octubre. 





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230 



CRISTÓBAL COLÓN 



tus. 47. intrauit sol ¡n primo ]iuncto arietis. — expcdit tune prouidcre 
ad. B.:. 

El autor de la nota, según el mismo declara, verifica estos cálculos 
astronómicos en el año de 1 491 : y si es D. Bartolomé Colón, como se 
cree por el P. Las Casas, hallábase en Londres en aquella fecha, propo- 
niendo al Rey la realización de la empresa ideada por su hermano don 
Cristóbal. 

FoYu) 10 1 del Vigintiloquittin de concordia astronómica: vcritalis. 
Al margen del vcrbuiii ig encuéntrase esta nota hecha por mano de don 
Cristóbal Colón : « nota quod mihi videtur quod est incertum ascen- 
dens mundi ea de causa quia ómnibus in locis sunt ascendentes inequales 
videlicet si in toletum ora meridiana est ascendens in libra non similis 
erit in alexandria et sic de alus.» 

Las demás notas manuscritas puestas en el margen del mismo folio 
proceden de distinta mano, ó sea de la que redactó las que hemos pre- 
sentado copiadas anteriormente. Obsérvase por el color claro de la 
tinta que esta nota del Almirante ha debido escribirse en época anterior 
á la en que se hicieron las demás, es decir, que es de las primeras con 
que se ilustraron los márgenes del volumen. 

Con la misma tinta desvirtuada por la antigüedad pueden verse 
formadas otras muchas anotaciones autógrafas del Almirante, en los 
folios 104, 149 vto., 150, 156 vto. y 166 vto. 

No concluiremos sin hacer notar antes á las personas estudiosas el 
singularísimo valor que ofrece para la historia y para el conocimiento 
exacto de los hermanos Colón, este volumen de las obras de Pedro de 
Ailly. Recorriendo las anotaciones manuscritas, fácilmente se descubre 
el abstraído pensamiento del amanuense. Se le ve siempre traspasando 
la esfera de los conocimientos suministrados en el texto, y remontarse á 
otras regiones más altas, allí donde ha vislumbrado el secreto de un 
mundo nuevo, dirigiendo y concentrando todas sus observaciones cons- 
tantemente hasta este mismo término. 

Ambos hermanos se nos presentan iniciados en el secreto y ambos 
estudian y se esfuerzan por romper cuanto antes la oscuridad que lo 
envuelve; pero con una diferencia muy marcable. Bartolomé, el intrépido 
y experimentado navegante, consigna con exquisito cuidado cuantos 
hechos presencia que puedan relacionarse con la futura empresa: Cristó- 
bal, el pensador profundo y sabio cosmógrafo, medita y reflexiona, y el 
iVuto de sus estudios lo va e.scrupulosamente conservando para en su día 
completar el plan acabado de la grande obra. No se contenta con hechos: 
y por esta razón á su ciencia, y más que á su ciencia, á su poderosa fe 
católica, se debió el grandioso descubrimiento del Nuevo Mundo. 

C.^Esíá registrado. J122. 

Los otros volúmenes que pertenecieron á CoLÓN y están separados 
con el de Pedro de Aljaco en la urna ó vitrina son los siguientes: 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



2^1 



I." — Profecías yuE juntó kl almirante don Cristóbal Colón 

PE LA RECUPERACIÓN DE LA SANTA CIUDAD DE HIERUSALEiM Y DEL 
DESCUBRIMIENTO DE LAS INDIAS, DIRIGIDAS Á LOS REYES CATÓLICOS. 

Componen un ms. de 30 centímetros de longitud y 22 de ancho con 
70 hojas actuahnentc, aunque en su principio debió constar de 84. 
Descnbenlo don Juan Bautista Rhnioz, Historia del Nuevo Mundo, don 
¡Martin Fernández de Xavarrcte en su Colección de ¡os z'iajes y descubri- 
mientos, tom. II. pág. 2to. docum. diplom. CXL, don Bartolomé Ga- 
llardo en el Ensayo de una Biblioteca española , publicado por los señores 
Zarco del Valle y Sancho Rayón, tom. II, pág. 499, y otros escritores 
por quienes pueden verse copiados los principales documentos. 

Distínguense cuatro clases de letras en el manuscrito. La de los dos 
folios primeros, que se repite en muchos lugares del volumen, notable 
por su forma redonda y clara, de amanuense desconocido, pero diestro 
en la escritura; la del fol. 3.", usada en otros muchos pasajes, bastante 
buena }■ clara también, aunque de pulso no tan seguro y amaestrado, 
por pertenecer á don Fernando Colón, muy joven aún, en la época á que 
se refiere este libro; y la del folio 4.°, ó sea la de la carta del Almirante 
á los reyes doña Isabel y don Fernando, atribuida sin fundamento por 
Gallardo á don Fernando Colón, con cuya letra no guarda ninguna 
semejanza, como se ocurrirá al menos experto que quiera compararlas. 
Aunque las excelentes condiciones caligráficas de esta carta parecen 
superar á las de los escritos indubitados del Almirante; sin embargo, no 
deja de advertirse cierta analogía entre muchas de aquellas letras con las 
mismas empleadas por don CRISTÓBAL en la escritura corrida, por cuya 
causa este documento se ha considerado generalmente, como autógrafo 
del mismo ; y el mayor esmero y perfección al redactarlo pudieran expli- 
car esa diferencia que en general se advierte comparándolo con otros 
originales. Tampoco parece fundada la opinicjn de Gallardo, cuando, 
negada la autenticidad de la carta, las paX^hvTís propicio y para debujar 
espera, interlineadas en el documento con distinta letra, las tiene por 
de la misma mano que redactó las observaciones astronómicas del 
fol. 59 vuelto, reconocidas por todos, incluso el mismo Gallardo, como 
autógrafas de don CRisr(')BAL Colón. Cotéjense las letras p, d, b y j, 
de las palabras interlineadas con las mismas letras empleadas en aquellas 
Memorias, y las de estas con el contexto general de la carta y apare- 
cerá desde luego una evidente desemejanza en el primer caso, y por el 
contrario, no pequeña analogía en el segundo. De lo que resulta que 
la carta es obra autógrafa del Almirante, pero no las palabras interli- 
neadas. 

La última clase de letra es la que se emplea en las observaciones 
del folio 59 vuelto. Del cotejo paleográfico resulta comprobado evidente- 
mente que pertenece á don Cri.STÓBAL ColÓN, y así lo han reconocido 
Muñoz, Navarrete, el mismo Gallardo y otros muchos escritores. 



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Poseyó, pues, don Fernando este manuscrito desde su formación, 
como lo indican su misma letra y la circunstancia de llevar la nota final 
reducida solamente á estas palabras: Está Registrado, 2ogi: porque 
holgaban aquí las indicaciones de precio, que no había mediado, de lugar 
y fecha de adquisición, anotadas en los libros incluidos en el Registro, 
entre los cuales cuéntase este de las Profecías. 

Y es de notar la temprana afición de don Fernando á los libros, que 
se indica ya en este hecho, á los trece años escasos de su edad, y se 
confirma en otros varios por los mismos historiadores. Recuérdese que 
llegado al puerto de Santo Domingo en Julio de 1 509, á la edad de diez 
y ocho años, en la flota de su hermano don Diego el Almirante, en la 
que iban la esposa de éste y Msorcina doña María de Toledo, sus tíos el 
Adelantado don Bartolomé Colón y don Diego Colón, y otros muchos 
caballeros é hijosdalgo, señoras de la nobleza y doncellas casaderas, al 
decir del P. Las Casas, despachó en seguida el Almirante á su hermano 
don F"ernando, para que viniese á estudiar á Castilla, porque era inclinado 
á las ciencias y á tener vinclios libros . partiendo de aquella isla , con el 
mando de capitán general de las naves, por el mes de Septiembre del 
mismo año 509, y llegando á Castilla bueno al cabo del año. 

Posible es que el P. Las Casas cometiera algún pequeño error en 
la fecha de la llegada, porque don Fernando pasa por Sevilla com- 
prando libros en Noviembre del mismo año 1509, ya de vuelta de su 
expedición á la Isla Española, como lo acreditan las notas puestas de 
su puño y letra al final de los mismos libros, )' aun tiene tiempo para 
recorrer á Toledo y Medina del Campo, adquiriendo otras varias obras 
antes de terminar aquel año. 

2. — PlI II PONTIFICIS M.\XIMI. Hl.STORIA RERÜM UBIQUE GE.ST.V- 
RUM, &c. (Primera parte). I v. f. men. de 105 hojas, letra romana. 
« Véneta s per Johannent de Colonia sociuuiqne eius Johannetn uiantlic de 
Gherretzevi anuo iiiillesinio: CCCCLXXMI. Primera edición muy rara. 
Contiene este ejemplar en sus márgenes varias notas manuscritas, algu- 
nas de ellas análogas, por sus indicaciones, á las del ejemplar Imago 
innndi de Pedro de Allíaco, y evidentemente trazadas por la misma 
mano que formó aquellas. En las últimas guardas blancas se descubrió 
la copia de la famosa carta latina de Toscanelli al canónigo portugués 
F"ernando Martínez, que el autor envió también con un mapa marítimo 
á Cri.STÓB.'S.-L Colón. Conocidos son los elogios tributados á este 
descubrimiento por M. D'Avezac, Harrisse y otros escritores modernos, 
debido al diligente oficial que fué de esta biblioteca, don José Fernán- 
dez de Velasco, el cual lo puso en conocimiento del mencionado 
Mr. Harrisse cuando visitó ¡a Colombina. No por otra causa pudo este 
publicar la copia, impresa y fotografiada, en el libro titulado Don Fer- 
nando Colon, historiador de sn padre, p;ig. 70 y siguientes. El hallazgo 
fue de tanta ma}-or importancia, ¡lor cuanto se había perdido el te.xto 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



233 



original latino, y se conocía solamente la versión italiana, trasunto 
incompleto de la epístola, hecho con poca fidelidad. 

Por lo demás, la letra de la copia descubierta en el ejemplar de 
Pío II, aunque otra cosa asegure Mr. Harrissc, no parece ser de don 
CrisT(Í15AL ; probablemente corresponde á don Bartolomé Colón, her- 
mano del Almirante, con cuyos escritos presenta completa semejanza. 

Débese consignar aquí, respecto á la procedencia de este libro, lo 
mismo que queda ya advertido respecto á la del códice anterior. La 
nota final manuscrita se encuentra reducida á lo siguiente: Está Regis- 
trado, Jf^j: y no existiendo indicaciones de precio, lugar y fecha de 
adquisición, ni en la nota del libro, ni en su correspondiente asiento del 
Rcgistniíii, hay razón para deducir que don Fernando Colón lo adquirió 
por los mismos medios que obtuvo el ms. de las Pro/irías, y, por 
tanto, que también este ejemplar perteneció al Almirante don Cristó- 
bal Cdlón. 

3." — MaRCI PAULI DE VENECIIS DE CONSUETUDINIBUS ET CONDI- 
CIONIBUS ORIENTALIUM REGIONUM: traducción del italiano al latín por 
Fray Francisco de Pcpuriis de Bononia, primera que se hizo del texto 
original. Es un v. en 4.° gót., compuesto de 74 fol. sin numeración y 
s. 1. n. f. (probablemente se imprimió por Gerard de Leen, en Amberes, 
hacia el año 1485 ). El valor de este ejemplar se halla doblemente real- 
zado por su rareza y por las notas de don Fernando Colón que frecuen- 
temente ilustran el texto. 

Las relaciones de Marco Polo, según manifiestan los historiadores 
de las cosas de América y los biógrafos del Almirante, ejercieron en el 
ánimo del mismo principalísima influencia para la empresa del descubri- 
miento, hasta el extremo de asegurar Washington Irving, <!qne Marco 
Polo ilustra tan en alto grado los viajes de Colón, que sin él apenas se- 
rían comprensibles:» y en otro lugar agrega, «que Colón amaba la obra 
de Marco Polo que tenía manuscrita, y su sueño era encontrar la famosa 
apango. >■> 

La expuesta consideración unida á que el ejemplar no fué adquirido 
á título de compra por su hijo don Fernando, si se atiende á la nota 
final que carece de toda indicación de procedencia, y se reduce á señalar 
el número del Registro en esta forma: Está Registrado, sj^i; induce 
á creer que este libro debe ser otro de los que sirvieron para el uso 
particular del Almirante y pasaron después á la pertenencia de su sabio 
hijo don Fernando. 

Otra razón más ha\' en el presente caso que confirma la validez de 
nuestro juicio. Don Fernando poseyó otro ejemplar del libro de Marco 
Polo, veneciano, que describió así en el n." 3279 del Registrum: '^ Libro 
de marco paulo veneciano y de las cosas q' vido en las partes orientales, 
traduzido de latín en Castellano por Rodrigo de Sanctaella... etc.. la obra 
se diuide en. ijj capí, epitho. y mane... etc. ítem se sigue otro tratado de 








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Cristóbal Colón, t. i. — 30. 



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CRISTÓBAL COLÓN 






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cosinogi-apJiia de pogio florentino traducido en Castellano por el mismo 
Rodrigo de Sanctaella. etc. es en /o. a. 2. col. ymprimiosc en Scuilla por 
Lan(alao polono y Jacoiue Crombergcr a. 28 de mayo de 1502 años, costo 
en Calatayiid. j^. mrs. año ijio.» 

Don Bartolomé José Gallardo copió íntegra la descripción de este 
número del Registrum , como se ve en el Ensayo de una biblioteca espa- 
ñola de los señores Zarco del Valle y Sánchez Rayón. 

Pues bien : no hay razón satisfactoria para explicar la causa por que 
don Fernando indicó la procedencia de esta última edición y su adquisi- 
ción á titulo de compra, y omitió la misma indicación respecto á la 
incunable, sino diciendo que no obtuvo esta última por compra, sino por 
donativo, y dadas las aficiones del Almirante á la obra de Marco Polo, 
conjeturar que del mismo Almirante debió recibir don Fernando este 
ejemplar. 

4." — El último volumen custodiado en la urna contiene las siguien- 
tes obras: 

Anglerius sive Anglus (Petru.s Martvr). De oriie Decades. 
Edición muy rara, en fol. men., 68 hoj. sin numeración, let. redonda, 
Alcalá de Henares, por Arnaldo Guillermo, 15 16. 

Opera. Cegatio babilónica. Occeana decas. Poemata. Edición 
primera, muy rara, en fol. men. gót. de 74 hoj. sin numeración, impresa 
en Sevilla, por Jacobo Crombergcr, 151 1. Este ejemplar carecía ya en 
tiempo de don Fernando Colón de la Occeana decas anunciada en el 
título, según se ve en la descripción que se hizo del libro por el mismo 
don Fernando al n.° 2018 del Registro, constando por esto actualmente 
de 48 folios nada más. En cambio, al final de todo el volumen se 
encuentra unida una antigua carta geográfica de la /sla Española, hecha 
a la pluma en pergamino, según se cree, por CristÓB.\L ColÓN, en la 
cual están dibujadas también las tres célebres carabelas que primeramente 
llegaron al Nuevo Mundo. 

Cuentan, sin embargo, los primeros historiadores de las hidias, que 
en el año de i 507 el comendador maj'or Ovando, nombrado gobernador 
general por el Rey Católico, mandó á un piloto llamado Andrés de 
Morales , « que anduviese todos ¿os rincones de esta isla y pusiese por 
escripto cuantos ríos y cuantas sierras, y cuantos montes , y cuantos valles, 
con la dispusicion de cada uno que en ellos liallase.' (Las Casas, Historia 
de las Indias, tomo IH, ca[i. 41 ). 

Don Fernando Colón, en su Registro, hace referencia á la carta 
geográfica unida al libro de Pedro Mártir, que fué impreso cinco años 
después de la muerte del Almirante don CRISTÓBAL. 

Pastos libros, ó algunos de ellos, han sido testigos de hechos gran- 
diosos y de acontecimientos notables, transmitidos luego por la historia. 
Fueron inseparables compañeros de don Cristóbal y don Bartolomé en 
sus empresas legendarias, y en la próspera como en la adversa fortuna 



ACLARACIONES V DOCUMENTOS 



235 



les sirvieron de heles consejeros. Asi es que cuando el comendador 
Bobadilla cometió la más villana de las acciones, mandando prender con 
grillos la veneranda persona del Almirante y de sus ilustres hermanos 
don Diego y don Bartolomé, y enviándolos en dos carabelas desde Santo 
Domingo á España en Octubre de 1500, apoderóse también de sus 
bienes , « despojándolo de las yeguas y caballos y todo lo que más halló 
con todos los libros y escrituras públicas y secretas que tenía en sus 
arcas, lo que más dolor le dio que todo,» según refieren los historiadores. 
Los Reyes Católicos mandaron restituir al Almirante y á sus hermanos 
«todo el oro y joyas, y las haciendas de ganados y bastimentos de pan y 
vino, y libros, y los vestidos y atavíos de sus personas que el Comen- 
dador Bobadilla les había tomado. » 



(D).— Pág. SI 



SOBRE LA RESIDENXIA Y CASA DE COLON EN LA ISLA DE ^L■\.DERA 

O estado histórico intitulado: — A casa cni que hnbitoit Christoi'ao 
Colombo na ilha de Madcira. — Do qual ofierego um dos exemplares 
tirados em separado, foi por mim escripto em exclusivo obsequio ao dis- 
tincto photographo mandeirense, ó señor Joáo Francisco Camacho, como 
ahi digo. Foi publicado, como meu que é, no Diario de Aot/cias da ilha 
da Madeira, em Maio de 1877. No ño. 180, immediatamente anterior a 
estes, á Redacgao anunciou isso en termos muitos obsequiosos para mim. 

Este mesmo — Estudo histórico, — traduzido para o hespanhol, 
palavra á palavra, excepto nos pontos em que mais ou menos directa- 
mente me referia á min , appareceu, datado de 28 de Junho de 1877, 
isto é, de cerca de un mez despois da publicagao d' elle no Diario 
de 7ioticias da Madeira, appareceu, digo, no número 38 da Ilustración 
Española y Americana de 15 de Octubro de 1878, firmado, sem decla- 
ragao de traduzido, pe lo señor don Ventura de Callejón, entao cónsul 
de Espanha na dicta ilha. 

O señor Callejón, no breve preámbulo á esse meu — Estudo histó- 
rico, — mostráseme agradesido dizendo que eu me prestei á ministrar-lhe 
quantos dados me pediu. Mais isto foi excesso de bondade em su Exe- 
lencia visto que nao fer mais que traduzir ó que eu un mez antes havía 
dado ao publico em um dos mais lidos periódicos madeirenses. Nüo me 
foi, pois, possivel acceitar esse agradecimento. Contentava-me com á 
mera declaragao de que ó texto hespanhol era traducgáo do meu — 
Estudo histórico: é contentava-me porque isto bastaría para invalidar uma 
grave injustiga, que eu nao merecí. 




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CRISTÓBAL COLÓN 







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Mas, ainda assim continuaría, como até agora, nuido á este respeito, 
se nao tivera, como tenho, por solicitagao de un amigo que muito consi- 
dero, que dar informagoes do pouco que sei relativamente á ClIRISTüVAO 
CüLOMBO, além do ja Impresso. 

Este pouco reduz-se á um punto único é simple. 

No meu aludido — Estndo histórico, — tanto no texto portugucz em 
que o escreví, como no espanbol, á que o señor Callejón o passou 
e deu na I/iis/rai;ao. ha urna importante corrccg¿1o á fazer. 

A era que se le no capitel da columnita central da grande janeua da 
casa que era chamada de COLOMBO, é, nao a de 1457, como por infor- 
magao, áhas fidedigna eu escrevi no dicto Estndo, mais sim a de 1494, 
como depois de demolida issa janella, par mim mesmo verifiquei, e ainda 
agora se pode confirmar, porque ella existe em poder do Exmo. Par do 
Reino, ó señor doutor Agostino de Ornellas, que era um dos propietarios 
da casa. 

Esta era de 1494, mais accorde que a de 1457 com a architectura da 
referida janella, destrue ó argumento fundamental d' aquelle meu — 
listiído histórico, — porque poe em evidencia ter essa janella é o edificio 
de que faz parte, sido obra alguns annos posterior a residencia de 
COLOMBO na ilha de Madeira, cuja primeira viagem de descobrimentos 
foi em 1492. 

Comtudo, a tradigao madeirense nao sossobra com á perda d' esse 
argomento, porque a chamada casa de CoLOMBO comprendía como 
da estampa da frontaria della se reconhece, duas partes ; urna de cons- 
trucgao mais antiga, denunciada pelas ojivas, é outra posterior á qual 
a janella pertenescía. E assim, com quanto esta parte mais moderna seja 
incontestavelmente de tempo em que CoLOMBO ja se havía retirado da 
ilha da Madeira, incontestavel tambem é que a parte mais antiga condiz 
com a epocha em que ó despois preclaro descobridor ahí esteve; e como 
construcgáo menor que ó conjunto das duas partes, combina com 
á modesta condigao em que elle entao vivía. 

Alvaro Ríjdkíguez de Azevedo. 



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ACLARACIÓN I-:S Y DOCUMENTOS 



237 



(E).-Pág. 55 

NOTICIA GENEALÓGICA DA FAMILIA PERESTRELLO 

Lisboa, 10 de Julho de 1887. 
Illmo. e Exmo. Sr. D. José María Asensio. 
Respeitavel Collega é Amigo: 
Consultei todas as obras, tanto impressas como manuscriptas, que 
tratam da familia Perestrello; manusiei todos os documentos que, á 
semelhante respeito, encontrei nos Archivos públicos e cartorias particu- 
lares e, exaqui o resultado do que apurei, durante alguns annos de tra- 
balho. 

Don-me por bem compensado, se a benevolencia de V. Esca. accei- 
tar com agrado esta minguada ofFerenda, do seu Collega e Amigo: 

VlSCONDE DE SaNCHES DE BaÉNA. 



NOTICIA GENEALÓGICA 



FA^riLIA PERESTRELLO 



ADVERTENCIA 

Os numes ignaes, á margem de cada nome, nos diferentes § § onde 
se achad collocados ; indicao o parentesco de irmaos. 

PERESTRELLOS 

A familia Perestrello é oriunda de Placencia (Piacenza), d' onde um 
dos membros d' ella, veio para Portugal no comégo do reinado de don 
Joáo L 

O celebre genealogista Pedro Crescente, na sua Coroa Xohrcsa de 
Italia, trata mui particularmente da familia Palestrelo, que, por inco- 
rreccao d' este vocabulo, veio a chamarse, entre nos Perestrello. 

As suas armas sao, as que se passaram, em 15 de Maio de 1539, á 
favor de Ruy Lopes Perestrello, vid. § IH, ap. 10, a saber: «Escudo 
partido em pala; na primeira em campo de oiro, un leáo de purpura 
armado de vermetho; na segunda, en campo de prata uma banda azul, 





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CRISTÓBAL COLÓN 



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carregada de tres estrellas de oiro de oito pontas, entre seis rosas de 
\-crmelho de tres em tres, em jjala. Elmo de ¡)rata abcrto guarnecido 
de ouro, e por timbre o leao do escudo com uina estrella, do mesmo 
escudo, na espadua. Pagnífedas metaes e cores do escudo, etc., etc. 



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§1 



GabRIELE Palestrelo, natural da ciudade de Piacenza ou Placencia, 
onde viven, morreu e havía sido casado com Bartoline Biforti, de 
quem teve. 

PiiiLiPPONE Palestrelo, nascido na Italia e da mesma naturalidade 
de seu pae. 

Nao podemos precisar o anno em que, este Philippone veio 
da sua térra para Portugal, mas conseguimos verificar, que no 
de 1399, ja se achava com residencia na cidade de Porto, o que se 
evidencia de um alvará mandado passar por el rei don Joáo I e 
assignado por Alvaro Gongalves, védor da sua fazenda, pelo qual 
consta que o dito Philippone fora exonerado de pagar um certo 
tributo, que o mesmo rei havía imposto, para ocorrer as despesas 
navaes com a tomada de Ceuta; por ter provado dever ser exempto 
disso, em razáo de ter, pelo seu nascimento, foro de fidalgo. O refe- 
rido documento e mais pegas originaes, que foram apresentadas, 
existiao ainda no comego do seculo XVII, em máo de donna Leonor 
Lobo Perestrello, casada com Diogo de Saldanha. (vid. § VI, n." 9, 
ap. 13 e 14). 

En o anno de 141 5, já Philippone se achava resedindo em 
Lisboa e casado con una senhora portuguesa chamada donna Catha- 
rina de Mello, dequem teve os filhos seguintes: 
Raphael Perestrello, com quem se continua. 

Donna Branca Dias Perestrello, amante de Arcebispo de Lisboa, 
don Pedro de Noronha, homem assás notavel pela sua riqueza 
e nascimento '; dequem teve dous filhos e uma filha, sendo 
esta a que nasceu dentro do convento de Coimbra para onde 
donna Branca foi mendada recolher pelo dito Arcebispo, e onde 
morreu pouco tempo depois de ter casado, a filha ali nascida, 
donna Izabel Henriques, com o Márquez de Monte Maior '^. 



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' //isi. Gen. da Cusa /ic¡i¡ Port. Tom. I, ap. 3)S, etc., etc. Provas á m. ma. Hist. Tom. III, 
ap. ; So e jSi. 

« /lisl. Gen. da C. R. Por/. Tom. V, ap. iSj..— Mcinorías Ifist. c Gen. dos Grandes de 
Port. ap. i./. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



239 



3. Doniia Izabel Perestrello Biforte, viveu em companhia de sua irma 
até que o mencionado Arcebispo, agradándose d' ella, prefe- 
ría á irmá e teve d' ella um filho, e a final para se desenfadar 
com outras muliicres, mandou-a recolher tambem ao dito Mos- 
teiro de Coimbra. 

Don Pedro de Noronha, porem, nao descurou o futuro de 
seus filhos, porque a todos auxiliou com o seu valimento e 
dinheiro. Um d' elles foi Bispo de Lamego, outro fundoo a casa 
que veiu a ser mais tarde, dos condes dos Arcos, dos condes 
de Villa Verde e marquezes de Angeja, etc , etc. As filhas 
casaram; una, com o 2° conde de Abrantes, outra com o 
marquez de Monte-Maior e a 3.* com don Lope de Albur- 
querque i.° conde de Penamacor, etc., etc. (vid. § VI, n.° 6, 
ap. 12). 

Donna Izabel PerestreFo Biforti, vendo-se condenada á 
clausura, abandonada e preferida polo seu amante, o celebre 
don Pedro de Noronha, sahio do Mosteiro para casar, como 
casou, com Ayres Annes de Beja, e de quem foi seu neto Fran- 
cisco Perestrello, que em 1500 por occasion de obter carta de 
Brasaó de suas armas provou esta ascendencia, como demons- 
traremos, no § VII, ap. 14, e § X, n.° 5, ap. 18. 
3. Bartholomeu Perestrello, ^ XI, ap. 20. 
Raphael Perestrello, filho primogénito de Philippone Palestrello, 
ap. I. 

Herdou a casa de seu pae e casou com... de quem teño: 
J0.\0 LorES Perestrello, servio valorosamente na India e no anno 
de 1502, sahio de Lisboa comandando uma das naus da esquadra 
que hia ás ordens de Vasco de Gama. No seu regresso á patria ins- 
tituio no termo de Alemquer, o morgado, chamado Do Hespanhol. 

Casou com donna Filippa Loureiro e teve d' ella os filhos que 
se seguem : 
5. Antonio Perestrello, com quem se continua, 
5. Donna Mecia Lopes Perestrello, § VI, ap. 12. 
5. Donna Leonor Perestrello Biforti, § IV, ap. 1 1. 
5. Bartholomeu Perestrello, § III, ap. 10. 

5. Raphael Perestrello, servio na India e em Malaca foi em um junco 
descobrir a Costa da China prestando assim grandes servigos 
e vindo a Goá, em tempo que o capitáo don Guterres de Mon- 
roy, estava cercado pelo Hydalcao, fez, com o seu esforso e 
auxilio de Antonio de Saldanha, levantar o cerco e desbaratar 
o H)'dalca5. 

Vindo, despois, ao reino; el rei don Manuel, o reenviou 
por capitáo de uma ñau da frota commandada por Jorge de 
Alburquerque no anno de 15 19. 




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CRISTÓBAL COLÓN 




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Nao casou, nem consta tivesse succenaó ¡Ilegitima. 

5. Antonio Perestrello. Herdou o morgado Do Hespanhol, insti- 

tuido por seu pae e teve o officio de contador mor do reino, que Ihe 
tronce em dote sua mulher. 

Casou com donna Violante Nunes, filha do derem bargador e 
contador mor do reino Manuel Nunes e de sua mulher (iuiomar 
Dias. Esta Guiomar Dias, depois de Viuva, instituio urna capella 
na Egreja dos Martyres em Lisboa. 

Teve : 
6. JoSo Lopes Perestrello, herdeiro do morgado Do Hespanhol e que 

se segué. 

5. Donna Filippa Biforti Perestrello, § VL n." 7, de pag. 13. 

6. Bartholomeu Perestrello, § II, ap. 7. 

6. JOAO Lopes Perestrello, herdeiro do morgado Do Hespanhol. 

Nao casou, mas teve bastardo em Maria Ferreira, o filho seguintc: 

7. Antonio Perestrello, legitimado por el rei don Sebastian. Por 

ser bastardo nao herdou o morgado Do Hespanhol, que passou a 
seu primo, Manuel Perestrello. (vid. § II, p. 7, n." 7). 

Casou com donna Luiza de Vasconcellos , filha de Paulo Dias 
da Fonceca, commendador de Salvaterra, na ordem de Christo. 

Teve, alem de outros, o filho que se segué: 

8. Sebastiaü Perestrello de Vasconcellos, commendador de San 

Quintino, na ordem de Christo. Casou com sua prima donna Anna 
de Vilhena, filha de Simaó do Carvalho de Amaral, morgado do 
Pinheiro, e de sua mulher donna Francisca de Abreu de V^ilhcna, 
sendo esta, bisneta de donna Leonor de Perestrello Biporti, como se 
dirá no § IV, ap. 1 1 , n." 5, e § V, n.° 8, dep. 12. 
Teve: 

9. Antonio Perestrello do Amarale Vasconcellos. Nao casou, 

mas teve bastardo, em Izabel Gomes, filha de Antonio Lourenco e 
de Cecilia Gomes, o filho que se segué: 

10. JOAO Perestrello do Amaral, casado com donna Luiza Thereza 

de Sousa, de quem houve: 

11. Donna Theresa Josefa do Amaral Ribeiro e Va.sconcellos, 

herdeira da Casa de seu pae e casada com o derembargador André 
de Sousa Pinheiro, filho de Manuel de Sousa Neto e de sua mulher 
donna Francisca Josefa da Cámara, filha bastarda de Antonio Pin- 
heiro da Cámara. 

Teve filha herdeira: 

12. Donna María da Penha Perestrello, nmllcr do derembargador 
Luiz Coelho Ferreira do Valle e Paria, que teve o habito de Christo 
em 1763 e o faro de fidalgo Cavallciro em 14 de novembro de 1802, 
sendo cntao vercador do Senado da Cámara de Lisboa. 

Teve, alem de outrus, os dous filhos seguintes: 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



24 r 



13. Joao Perestrello do Amaral Ribeiro de Vasconcellos Fcrnandcs 

e Sonsa, com quem se continua. 
13. José Maria Perestrello do Amaral do \'ilhena, fidalgo Cavalleiro, 

por aKará de 3 de abril de 1803. 
¡. JciAO Pi:restkello do Amaral dk Vilhena Ribeiro de Vas- 
CON'CELLOS FernANDES E Sousa, fidalgo da Casa Real por alvará 
de 28 de Janeiro de 1805. 

Casou com donna Anna Joacjuina da Costa de Sousa de Ma 
cedo, 4.'' filha dos segundos Viscondes de Mesquitellas. 

Teve : 
DoNNA María da Pexha Perestrello da Costa de Sousa de 
MaceDO, que foi , pelo seu casamento, 4.^ viscondessa de Balsa- 
mSo, como se dirá no § II, ap. 9, n." 13, onde se continua esta 
familia. 



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§11 



6. BartholOiMEU Perestrello, (vid. a pag. 240). Foi thezoureiro mor 
do Reino e casou com donna Maria Fernandes de X'asconcellos, 
filha de Joao Fernandes de \'asconcellos. 
Teve : 
Manuel Perestrello, com quem se continua: 

Bartholomeu Perestrello, que teve 124000 reis de ten^a por renun- 
cia que sua mae Ihe fez, em 23 novembro de 1556, como 
consta da Chancellaria de El Rci don Jorio III no Li\'. 33 af 
46. — Sem geragáo conhecida. 
Manuel Peres TRELLO, herdou o Morgado Do Hespanhol , no termo 
de Alemquer, que havia sido de seu primo Joao Lopes Perestrello, 
n.° 6, § I, por este morrer sem successáo legitima, (vid. ap. 5, n." 7), 
foi tambem senhor da Quinta da lírmigeira em Torres Vedras. 

Casou com donna Izabel Paulo da Gama, filha de Gaspar Vi- 
cente da Gama, 

Teve, a seguinte filha, sua herdeira: 
Donna María Perestrello, mulher de Miguel Brandao Pereira, 
que por esta sua mulher, foi senhor do Morgado Do Hespanhol e 
da Quinta da Ermigeira. 
Teve, sua herdeira: 
Donna Iz.\bel María Brandao Perestrello, mulher de Simáo 
Alvo Godinho, de quem teve: 

Pantall\o Alvo Brandao Perestrello, fidalgo da Casa Real, 
por alvará de 16 de Janeiro de 1704 e herdeiro da Casa de seus 
paes. 

Cristóbal Colón, t. i. — 31. 



10. 



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CRISTÓBAL COLÓN 



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Casou com donna Maria de Azevedo. 
Teve: 
JoSE Alvo Brandao Godinho Pereira, fidalgo da Casa Real, 
cavalleiro professo na ordem de Christo, tenente coronel de cava- 
llaria, senhor de Coreixas, da Ermigeira, Üo Espanhol e mais casa 
de seus paes e avós &, &, &. 

Casou com donna Izabel Francisca de Sousa Cezar e Lencas- 
tro, filha de Francisco F"ilippe da Silva Alcoforado e de sua mulher 
donna Maria Rosa de Lencastro. 

Teve: 
Donna María Rosa Alvo Brandao Perestrello de Azeve- 
do, herdeira de toda a casa de seus paes, e casada com seu primo 
o 2.° visconde de Balsemao, Luiz Máximo Alfredo Pereira de Sousa 
Coutinho, do qual houve, entre outros, a: 
3. Luiz José Alexandre Pinto de Sousa Coutinho, 3." visconde de 

Balsemao, o qual casou , mas nao teve successao. 
3. Vasco Pinto de Sousa Coutinho, 4." visconde de Balsemao e hcr- 
deiro das referidos morgados , que pertenciao a seu irmao áci- 
ma por este morrer sem filhos. 

Casou com sua parenta, donna Maria da Penha Perestrello 
da Costa Sousa de Macedo, filha de Joao de Perestrello do 
Amaral de Vilhena y Ribeiro de Vasconcellos F'ernandes e 
Sousa de quem se trata ap. 6 e 7, n." 13 e 14 do § i.° 

— Com successao muito conhecida até os nossos dias. 



ij III 




BartholoMEU Perestrello, ap. 4. Servio na India, com seu irmao, 
Rapliael Perestrello (vid. n." 5, ap. 4) e foi Feitor e Provedor da 
Fazenda Real em Malaca, sendo Capitáo mor Jorge de Albuquerque. 

Nao casou, mas teve bastardo em Maria Roiz, o filho seguinte. 
Ruv Lopes Perestrello. 

Prova se a sua existencia e a da sua ascendencia, pela carta, 
que obteve de Brazao de suas armas, em 15 de maio de 1539 '. 

Casou com donna Mecia Alvez Moniz e teve d'ella: 
7. Pedro Moniz Perestrello, que no anno de 1560, foi servir na India. 

Sem mais noticia. 
7. Antonio Perestrello, que, como seu irmao, foi servir na India no 

anno de i 562. Sem mais noticia. 



' Chancellaria de El Rei D. Joño III, Liv. 27 af. 63. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



243 



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5. DiixxA Leonor Perestrello Bifokti, ap. 4, n." 5. 

Casou com Gil Vicente da Maya, fallecido en 16 de Janeiro 
de 1 54 1, como consta de sua sepultura na Egreja dos frades Capu- 
chas da Camota, &. 
Teve : 
6. Joao Pereira Perestrello, com quem se segué. 
6. Donna Cecilia Perestrello, § V, ap. 11. 

6. Donna Francisca Perestrello, mullier de Pedro de Mesquita. 

Com geragao. 

6. Jo.íO PüREiRA Perestrello, casou com donna Izabel Tavnres, 

filha de Suciro Annes Moniz e teve: 

7. Estevao Soares Perestrello, casou e teve descendencia. 

7. Donna Anna Perestrello Tavares , mulher de don F"rancisco de 
Castro, filho de don Jorge de Castro. Teve geragao. 

7. Donna Catliarina da Silveira Perestrello, i.''' mulher de seu primo, 
Gil \'icente Perestrello de Maya, § V, a p. 12, n." 7. 



§v 



DoNN.v Cecill\ Perestrello, (vid. § IV, n.° 6, ap. 11). Casou 
com Alem Pegado da Silva, natural de Elvas, de quem teve: 
7. Gil Vicente Perestrello da Maya, que se segué. 

7. Raphael Perestrello da Silva, que foi servir na India em 1570 c 

nao ha d' elle mais noticia. 
Gil Vicente Perestrello da Maya, casou duas vezes, a primeira 
com sua prima donna Catharina da Silveira Perestrello, ap. 1 1, n.° 7, 
§ IV, a segunda com donna Joanna de Vilhena, viuva de Antonio 
Gonz.^ de Gusmáo e filha de don Fernando de Menezes. 
Teve : 
l.° matrimonio, 8. Joao Pereira Perestrello, que foi servir na India e la 
morreu solteiro. 

8. Donna Cecilia, freirá no convento de Almoster. 

2° matrimonio, 8. Donna Francisca de Abreu de Vilhena, mulher de 
Simáo de Carvalho do Amaral, com a descendencia que ficou 
descripta ap. 5, n." 8 do § I. 



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244 



CRISTÓBAL COLÓN 




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§VI 



. DoNNA Mecía Lopes Perestreli.o, (vid. § I, n." 5, ap. 4). 

Casou com Alfionso Leitao, cidadao honrado de Lisboa, e teve: 
6. Donna Leonor Perestrello ', mulher de sen primo don García de 
Albuqucrque, filho do i.° conde de Penamacor, ap. — 3. Com 
descendencia mui conhecida. 

6. Donna Catharina Perestrello, com quem se continua. 

. Donna Catharina Pere.strello, foi mulher do Dr. Luiz Teixeira 
Lobo, dezembargador do Pago e mestre de gramática de El Rei 
D. Joao III. 
Teve: 

7. JoSo Tei.xeira Lobo, que se segué. 

7. Raphael Lobo Teixeira, casado duas vezes, a primeira com donna 
Leonor da Silva e a segunda com sua prima donna Filippa 
Biforti Perestrello, filha de Antonio Perestrello, ap. 4, n/"* 5 
e 6 do § I. 

Destes 2 matrimonios houve succegao. 
JuAo Teixeira Lobo, Anadel mor das Besteiras. 

Casou com donna Brites Botelho, filha de Pedro Botelho, juiz da 
Alfandega de Lisboa e de sua mulher donna Izabel Eanncs de Buarcos. 

Teve filha única: 
Dona Guiomar Lobo Perestrello, mulher de Manuel de Mes- 
quita, capitáo de uma galé, na i.'' vez que El Rei don Sebastiao 
passou a África. 
Teve: 
9. Manuel de Mesquita Perestrello '^. Acompanhou seu pae á África 
é la ficou por mandado do dito rei, a reconhecer a costa afri- 
cana, desde o cabo de Boa Esperanga até ao cabo das Corren- 
tes, e deixou um roteiro estimado pela claresa e e.xacgao, muito 
superior ao que era de esperar do seu tempo. 
9. Donna Leonor Lobo Perestrello; é esta a pessoa de quem já ñas 
occupamos no comego d' este trabalho, ap. 2, como tendo sido 
o único membro d' esta familia, que soube guardar o docu- 
mento de que se faz mengao na referida pag. 

Casou com Diogo de Saldanha, que servio cm Tangere e 
foi commendador de Villa de Rei , na ordem de Christo. 
Com succegao muito conhecida, &. 



' Teve, por carta de El Rei D. Joao III de 19 de mar(;o de 1523, duas mú coroas para 
o seu casamento. 

' Falla d' este Perestrello o P."^ Prospero Peragallo, no seu livro, últimamente |nibli- 
cado, suli o titulo Cristo/oro Coloiiibo ¡n Portogallo. Com respeito á fainili.a Perestrello sao 
mui deficientes as noticias que nos da. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



245 



§ VII 



3. DONNA IZABEL Perestrello Biforti, ap. 2 e 3 do § I .°, n.° 3. 

Abandonou o Mosteiro de Coimbra, onde tinha sido enclausurada 
pelo Arcebispo de Lisbon, seu amante, e casou com Ayres Annes 
de Beja, natural de Coimbra, de quem tevc: 

4. JOAO DE Beja Perestrello. 

Casou com donna IMaria Correa, filha de Payo Correa. 
Teve: 

5. Joáo de Beja Perestrello, que se segué. 

5. Francisco Perestrello, § X, ap. 18. 

5. Diogo de Beja Perestrello, casou em Monte-mór o \'elho, com 
donna Margarida Jurarte e teve muita descendencia. 

5. Antonio de Beja Perestrello, cavalleiro e commendador da orden 
de Malta. Sem geragao. 

5. Donna Maria de Beja Perestrello, mullier de Pedro da Costa, 
morgado de Gafanháo, de quem nasceu. Pedro da Costa Peres- 
trello, coevo de Luiz de Camoes, e capitao de uma ñau na 
batalha do Lepanto. Este Pedro da Costa Perestrello tinha 
composto um poema, em oitavas rimadas, intitulado Dcscobri- 
viento de doiii Irasco da Gama, em seis cantos, mas depois de 
1er os Lusiadas renunciou á publicagao do seu poema '. 

5. Donna Izabel Perestrello, § IX, ap. 18. 

5. Jo.\0 DE Bej.\ PERE.STRELLO, herdou a casa de seu pae e depois de 

viuvo foi clérigo e arcediago da Sé de Coimbra. 

Casou com donna Francisca de Barros, de quem houve: 

6. Francisco Perestrello, com quem se continua. 

6. Damiao de Beja Perestrello, § VIII , pag. 246, n.° 6. 

6. Joao de Beja Perestrello, com muita succegáo. 

6. P'ranciscü Perestrello, foi cavalleiro da ordem da Christo e teve 
o officio de contador da cidade de Coimbra e adoagao de uma ses- 
maria, na Roupa, termo de Coimbra, tudo por cartas mandadas 
passar por el rei don Joao 3.'^ em Almeirim e Santarem a 21 de 
fevereiro e 10 de abril de 1528, como consta da sua Chancellaría. 

Casou com donna Guiomar Brandao, fiJha de Ruy Brandao e 
de donna Maria Pinto; de quem 
Teve : 

7. Esteváo Perestrello, com muita descendencia. 

7. Antonio Perestrello, que foi padre e conego de Evora e fundou 
um morgado que deixou a donna Izabel Perestrello, sua irmao 




Vid, Candeal Saraiva (Obras completas do), Lisboa 1876, vol. 6, p. 92 




— — —'^-'>^S' ■ 




-46 



CRISTÓBAL COLÓN 







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e a seu sobrino Frei Sipriano, religioso da ordem de santo 

Agustinho. D' este frade escreveu, a sua vida e virtudes, Frei 

Duarte Pacheco, religioso da mesma ordem. 
Donna Maria Perestrello, freirá em Coimbra. 
Donna Izabel Perestrello, herdeiro do morgáo ácima c mulher de 

Simáo Rangel de Castello Branco, com copiosa geragao. 



lO. 



i I. 



§ VIH 

Damiao de Beja Perestrello, foi padre e succedeu a seu pae, 
n." 5, ap. 15, no cargo e dignidade de Arcediago da Sé de Coimbra. 

Teve bastardos, os filhos seguntes: 
Antonio Perestrello, com quem se continua. 
. Joáo de Beja Perestrello, natural de Coimbra e casado com donna 

Maria Mendanha, de quem teve succegao. 
Francisco Perestrello Correa, natural de Coimbra e casado com 

donna Maria de Aguiar. Com muita succegao. 
Antonio Perestrello, natural de Coimbra. 

Casou com donna Mecia Pessoa, natural de Lisboa e filha de 
Luiz Felgueira , natural de \'ianna e dezembargador das aggravas, 
na Relagao de Lisboa. 

Teve; 
Estevao Perestrello, que se segué. 
José Perestrello. Com geragao. 
E.STEVAO Pere.strello, natural da cidade de Coimbra, alcaide mor 
de Braganga e Familiar do Santo Officio por despacho dos Inquisi- 
dores de Lisboa, de 13 de julho de 1635, como consta das deligen- 
cias a que se procederán! e e.xistem no Real .\rchi\o da Torre do 
Tombo em a deligencia n.° i, do Mago n." 8 

Casou com donna Joanna de Meirelles, natural de \'illa-Vigosa 
e filha de P'rancisco Fcrreira, escrivao do Almoxarifado em Villa- 
Vigosa, e de sua mulher donna Maria Meirelles, natural de Villa- 
Vigosa e filha de Thomé González. 

Teve: 
Ignacio Perestrello Pessoa, juiz dos orphaos em Braganga. 

Casou com donna Maria Matheiro, filha de Antonio Matheiro 
da Cunha, natural de Braganga. 

Teve, filha única. 
Donna P'ranci.sca dk M()k.\ES Perestrello, mulher de Gon- 
galo Marinho Pereira, de tiuem, teve: 

Ignacio Perestrello Marinho Pereira, casou com sua prima, 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



247 



donna Leonor de Sonsa Lobato, filha de Francisco de Sonsa 
Lobato e de sua mulher donna Izabel Sonsa do .Abreu. 

Te ve : 
FuANCisct) Manuel, Perestrello ue Sousa Loüatü. 

Com geragao nuiito copiosa. 



§L\ 

5. DüNNA Izabel Perestreelo, ap. 15, n." s do § VII. 

Casou com Diogo Roiz Dantas, natural de Coimbra. 
Teve : 

6. Esteváo Perestrello Dantas, que foi capitáo de Laranja na India e 
d' ello faz memoria Joao de Barros, na decada 7.'^, cap. 6, e na 
decada 8.^ quando trata da vida do vice rei don Luiz de 
Athaide. Livr. 2, cap. 34, &. Tambem el rei don Joao 111 Ihe 
concedeu carta de Brasao de suas armas em 5 de Janeiro 
de 1540, como consta da Chancellarla de mismo rei. Li\r. 1, 
fl. 25. 

Casou 2 vezes e teve copiosa successao. 

6. Frei Antonio de Beja, capucho, &. 



Francisco Perestreleo. ap. 14, n." 5, do § VII. Foi cavalleiro da 
orden de Christo, commendador de Loja e de Alverca, na mesma 
ordem e alcaide mor da V'illa de Avoo. 

El rei don Manoel Ihe concedeu carta de Brazao de suas armas, 
em 6 de fevereiro do anno de i 500. Por este documento ' prova-se 
mais uma vez a origem e descendencia d' esta familia, como nos a 
temos descripto. 

O mencionado documento diz o seguinte: «Francisco Peres- 
trello, cavalleiro da ordem da Christo, alcaide mor da Villa de Avoo, 
neto de Izabel Perestrello, bisneto de Micer Filippe Perestrello ', 
que foi o chefe d' esta geragao, &., &., &. > 

Casou em Coimbra com donna Violante Arraes de Mendonga, 
filha de Diogo Arraes de Mendonga. 

Teve: 





Este documento acha-se registado no liv. XI, af. 13 v, da Chancellaría de don Joao III. 
Vid. Philippone Palestrelo, ap. l. 




248 



CRISTÓBAL COLÓN 



6. Donna Maria Perestrello, mulher de Diogo Botelho, com geragáo. 
6. Donna Violante Perestrello Arraes, mulher de Francisco de l'ina. 

Com geragáo. 
6. Donna Luiza Perestrclln, mulher de Gabriel de Almeida, de quem 

teve Francisco de Almeida de Vasconcellos, que no tempe dos 

Filippes, foi secretario do Conselho de Portugal, em Castella. 

Com geragáo. 



§XI 



3. Bartholomeu Perestrello, ap. 3, do § i.'^' Yrmáo mais mogo 
de Raphael, donna Branca e donna Izabel e todos filhos de Philip- 
pone Perestrello e de sua mulher donna Catharina de Mello, como 
ficou descripto ap. i, 2. e 3, do § i.° 

Bartholomeu Perestrello centava poucos annos, quando, por 
influencia e a pedido de suas irmás, entrou para o servigo de mogo 
da cámara do infante don Joáo, e mais tarde para o do infante don 
Henrique, irmáo d' aquelle. Nao tomeu parte, com Joáo Gengalves 
Zarco e Tristao Vaz, no descobrimento da Ilha de Porte Santo, 
embora escriptores mal orientados, o tenháo asseverado. 

Causa dó á irreflexáo com que, entre nos, se escreve historia!!! 

Quando em 1418, Zarco e Tristáe Vaz descobriram os Agores, 
Bartholomeu nao passava de um , mui tenro, adolescente. Para o 
comprovar bastará a circumstancia que evidenciamos ap. 23 de ter 
sido elle casado, em segundas nupcias, com a BISNETA do segundo 
d' aquelles navegadores, (vid. Quadro Genealógico á p. 249 refe- 
rida). 

Teve sim, por carta datada do i." de novembro de 1446, 
a doagaó da Capitanía de Porto Santo, simples e únicamente por 
influencia do amigo ' de suas irmás , que era um verdadeiro poten- 
tado n' aquelle tempe. 

Tamben! Jacome de Bruges, teve a doagáo da Ilha Terccira 
em 1450 e loz de LUra, igual mercé, em 1509 da Ilha tln h'ayal; 
sem concorrer cm nen hum d' elles a qualidade de screm descobri- 
dores. 

Bartholomeu Perestrello, casou duas vczes, a piimeira com 
donna Brites Furtado de Mendonga, prima de donna Anna de Men- 
donga em quem el rei don Joáo II teve o infante don Jorge, 
I." duque de Aveiro, e a segunda com donna Izabel Moniz, filha 



o Arcebispo de Lisboa, don Pedio de Is'oroidi.i. i^bineu em 12 de .igosto de 1452. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



249 



de Vasco Martins Moniz e de sua 3.^ niulher donna Juanna Teixcira, 

neta de Tristfio Va?., companlieiro de Zarco na descobcrta das 

Agores. (vid. Oiiadro Genealógico). 
Te\e : 

Do I." matrimonio. 4. Donna Catharina I'urtado de Mendonga 

mulher de Mcm Roiz de Vasconcellos com 
prouida geragSo. 
» » » 4. Donna Izeu Perestrello, mulher de Pedro 

Correa da Cunha. Com geragao. 

Do 2." matrimonio. 4. Bartholomeu Perestrello, herdeiro da capi- 
tanía de sen pac. Com geragao. 
» » » 4. Donna Filippa Moniz de Mello ', casou 

com Christovao Colombo ^, de quem só o 
ilustre e ilustrado escriptor don José Jl/an'a 
Ascnsia. pode continuar esta memoria que 
Ihe é oñerecida, pelo auctor VlsCONDE DE 
Sanche.s de BaÉna. 

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OUADRO GENEALÓGICO 






DE QUE SE FAZ MENÍ^.Xo Al'. 24S 



D.' Izabel Muniz\ 
2.' mulherde Bar) 
tholomeu Peres-\ 
trello, niím." 3,1 
ap. 20, do § XI. [ 



Lancarote Teixeira. 



D.^ Tonina Teixeira. 



Tristao Vaz, companheiro 

de Zarco. 
D." Branca Teixeira. 



/ r. a u , 1 r- > Jo^o di RegO. 

f D. Beatriz de Goes. , -L , ,, ^ 3 r- 

I D. Brites de Goes. 



;.' MULHER 



Vasco Martins Moniz 



Henrique Moniz. 



í Vasco Martins Moniz. 
I D.' Beatriz Pereira. 



y „ , . ... ( Goncalo Nunes Bárrelo, 

f D. Ignez de Mene- \ ,; ■ 1 - 1 tt , 
\ *■ ' Alcaide mor de taro. 

' D.^ Ignez Pereira. 



' U.sou do apellido de Mello com respeito a sua avoa paterna donna Catharina de 
Mello, assím como por sua bisavoa continuaram a usar, do de Biforti, &., &., &. 

' Nao nos parece ocioso enumerar os nomes de varios patricios de Christovao 
Colombo e seus contemporáneos que vieram estabelecer-se ñas Ilhas dos Agores e de quem 
ainda hoje existe muita descendencia. Évem a ser: Antonio e Leandro Spinola, Joao Anto- 
nio Cezar, Joao Uzadamari , Kisio Cataneo, Lucas Salvago, Urbano Lomellini e ainda outros 
dos appellidos. Doria, Grimaldi, Adorno, &., &., &. 

Aproveitamos o ensejo, para refutar um erro do P. Padre Prospero Peragallo, sobre ter 
elle contundido o appellido Perestrello com o de Ballestre, a que chama BalUsbo. Ballestre 
é appellido de una familia hespanhola, que existia muito antes, na Hespanha, que fosse des- 
coberto os Azores. 

(Vid. Nobiliario de D. Francisco Piferrer, tom. i." e 2.", ap. 94 e 29). 






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Cristóbal Colón, t. i.- 



250 



CRISTÓBAL COLÓN 



(F). — Pág. 6o 



CARTAS DE PAULO TCíSCANELLI A CRISTÓBAL COLON 



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Copia misa Christofaro Colonbo per paulum fisicum cum una carta 
nauigationis. 

Ferdinando martini canónico uiixiponis paulus phisicus salutem. de 
tua valetudine de gratia et familiaritate cum rege vestro, generosissimo 
et magnificentissimo principe iocundum mihi fuit intelligcre. cum tecum 
allias locutus sum de brcuiori via ad loca aromatum per maritimam naui- 
gationem quam sit ea quam facitis per guineam, qucrit nunc Serenissimus 
rcx a me quandam declarationem ymo potius ad oculum ostensionem ut 
etiam mediocriter doti illam viam caperent et intelligerent. Ego autem 
quamvis cognoscam posse hoc ostendi per formam spericam ut est mun- 
dus, tamen determinaui, pro faciliori intelligentia ac etiam pro faciliori 
opera, ostendere, viam illam per quam carte nauigationis fiunt illud 
declarare. Mito ergo sue maiestati cartam manibus meis factam in qua 
dcsignantur litora vestra et insule in quibus incipiatis iter faceré versus 
occasum semper et loca ad que debeatis peruenire et quantum a polo vel 
a linea equinotiali debeatis declinare et per quantum spacium siue per 
quot miliaria debeatis peruenire ad loca fertillisima oninium aromatum et 
gemarum, et non miremini si voco occidentales partes vbi sunt aromata 
cum communiter dicantur orientales, quia nauigantibus ad occidentem 
semper ille partes inueniuntur per subterráneas nauigationes. Si enim per 
torram et per superiora itinera, ad orientam semper reperirentur lince 
ergo rccte in longitudine carta sígnate ostendunt distantiam ab orientem 
versus occidens, que autem transuerse sunt, ostendunt spacia á meridie 
versus septentrionem. notavi autem in carta diuersa loca ad que perue- 
nire potestis pro maiore noticia nauigantium, siue ventis ve casu aliquo 
alibi quam cxistimarcnt venirent; partin autem ut ostcndant incolis ipsos 
habere noticiam aliquam patrie illius, quod debebit esse iocundum satis, 
non considant autem insulis nisi mercatores aserit. ibi enim tanta copia 
nauigantium est cum mercimoniis vt in toto reliqua orbe non sint sicuti 
in uno jjorto nobilisinn) vocato zaiton. aserum cuini ccntuní iia\cs i)ipcris 
magne in eo portus singulis annis deferri, sine alus nauibus portantibus 
allia aromata. patria illa est poinilatisima ditisima multitudine prouincia- 
rum et regnorum et ciuitatum sine numero, sub uno principe qui dicitur 
niagnus kan quod nomen significat in latinum rex rcgum, cuius sedes et 
residencia est vt plurimum in prouincia Katay. antiqui sui desiderabant 
consorcium christianorum iam sunt. 200. anni, misccrunt ad papaní et 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



251 



postulab;int plurimus dotos iii fide vt illuminarcntur; sed qui missi sunt, 
impediti in itinerc redierunt. etianí tempere Eugenii venit vnus ad euge- 
niiim qui de bene\olentia magna erga christianos afirmabat, et ego secum 
longo sermone locutus sun de multis, de magnitudine fluuium in latitu- 
dinc et longitudine mirabili et de multitudine ciuitatum in ripis fluuium, 
et in uno flumine. 200. circa ciuitatis sint constitue, et pontes marmorei 
magne latitudinis et longitudinis vndique colopnis ornati. hec patria digna 
est vt per latinus queratur, non solum quia lucra ingencia ex ea capi 
posunt auri argenti gemarunt omnis generis et aromatum que nunquam 
ad nos deferuntur, verum propter doctos viros philosofos et astrólogos 
peritos et quibus ingeniis et artibus ita potens et magnifica prouincia 
gubernentur ac etiam bella conducant, hec pro aliquantula satisfactione 
ad sua peticionem , quantum breuitas temporis dedit et occupaciones mee 
concepscerunt, paratas in futurum regia maiestati quantum volet latius 
satisfacere. data Florencia 24 iunii 1474, l| 

A ciuitate vlixiponis per occidentem in directo sunt. 26. spacia in 
carta signata quorum quod libet habet miliaria. 250. vsque ad nobilisini- 
[am], et maximam ciuitatem quinsay. circuit enim centum miliaria et 
habet pontes decem et nomen eius sonat (cita del cielo) ciuitas ceii et 
multa miranda de ea narrantur, de multitudine artificium et de reditibus. 
hoc spacium est fere tercia pars totius spere, que ciuitas est in prouincia 
mangi, siue vicina prouincie katay in qua residencia terre regia est. Sed 
ab Ínsula antilia vobis nota ad insulam nobilisimam cippangu sunt decem 
spacia. est enim illa ínsula fértilísima aur[o] margaritis et gemmís, et auro 
solido cooperiunt tenpla et domos regias, ita que per \-gnota itinera non 
magna marís spacia transeundum. multa fortasse essent a peritus decla- 
randa, sed diligens considerator per hec poterit | ex se ípso reliqua pros- 
picere. vale dilectisíme. 



II 



Texto castellano de la carta anterior tal como la inserta el Padre Las Casas 
en su Historia de Indias. Libro I, cap. XII, pág. 92. 

Ofrecemos los dos principales textos de esta interesante epístola , por 
la rareza y noi'cdad del latino, y con el objeto de que puedan los curiosos 
cotejar con facilidad las variantes que en ellos se obsei-tmn. 

A Cki.stóbai. Columbo, Paulo, físico, salud: Yo veo el magnífico y 
grande tu deseo para haber de pasar adonde nace la especería, y por 
respuesta de tu carta te ínvio el traslado de otra carta que há días yo es- 
cribí á un amigo y familiar del Serenísimo Rey de Portugal, antes de las 
guerras de Castilla, á respuesta de otra que por comisión de -S. A. me 
escribió sobre el dicho caso, y te invio otra tal carta de marear, como es 
la que yo le ínvié, por la cual serás satisfecho de tus demandas; cuyo 





252 



CRISTÓBAL COLON 



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treslado es el que sigue. Mucho placer hobe de saber la privanza y fami- 
liaridad que tienes con vuestro generosísimo y magnificentisimo Rey, y 
bien que otras muchas veces tenga dicho el muy breve camino que hay 
de aquí á las Indias, adonde nace la especiería, por el camino de la mar 
más corto que aquel que vosotros hacéis para Guinea, dícesme que quiere 
agora S. A. de mi alguna declaración y á ojo demonstración, porque se 
entienda y se pueda tomar el dicho camino; y aunque conozco de mi que 
se lo puedo monstrar en forma de esfera como está el mundo, determine 
por más fácil obra y mayor inteligencia monstrar el dicho camino por una 
carta semejante á aquellas que se hacen para navegar y ansí la invio 
á S. M. hecha y debujada de mi mano; en la cual está pintado todo el 
fin del Poniente, tomando desde Irlanda al Austro hasta el fin de Gui- 
nea, con todas las islas que en este camino son, en frente de las cuales 
derecho por Poniente está pintado el comienzo de las Indias con las islas 
y los lugares adonde podéis desviar para la línea equinoccial, y por 
cuanto espacio, es á saber, en cuantas leguas podéis llegar á aquellos 
lugares fértilísimos y de toda manera de especiería y de joyas y piedras 
preciosas; y no tengáis á maravilla si yo llamo Poniente adonde nace la 
especiería, porque en común se dice que nace en Levante, mas quien 
navegare al Poniente siempre hallará las dichas partidas en Poniente, é 
quien fuere por tierra en Levante siempre hallará las mismas partidas en 
Levante. I^s rayas derechas que están en luengo en la dicha carta 
amuestran la distancia que es de Poniente á Levante; las otras que son 
de través amuestran la distancia que es de Septentrión en Austro. Tam- 
bién yo pinté en la dicha carta muchos lugares en las partes de India, 
adonde se podría ir aconteciendo algún caso de tormenta ó de vientos 
c(Mitrarios ó cualquier otro caso que no se esperase acaecer, y también 
porque se sepa bien de todas aquellas partidas, de que debéis holgar 
mucho. Y sabed que en todas aquellas islas no viven ni tractan sino 
mercaderes, avisándoos que allí hay tan gran cantidad de naos, mari- 
neros, mercaderes con mercaderías, como en todo lo otro del mundo, y 
en especial en un puerto nobilísimo llamado Zaiton, do cargan y descar- 
gan cada año lOO naos grandes de pimienta, allende las otras muchas 
naos que cargan las otras especierías. Esta patria es populatísima, y en 
ella hay muchas provincias y muchos reinos y ciudades sin cuento debajo 
del señorío de un príncipe que se llama Gran Kan, el cual nombre quiere 
decir en nuestro romance. Rey de los Reyes, el asiento del cual es lo más 
del tiempo en la provincia de Catayo. Sus antecesores desearon mucho 
de haber plática é conversación con cristianos, y habrá doscientos años 
que enviaron al Sancto Padre para que enviase muchos sabios é doctores 
ciue les enseñasen nuestra fe, mas aquellos que él invió, por impedimento, 
se volvieron del camino; y también al Papa líugenio vino un embajador 
que le contaba la grande amistad (jue ellos tienen con los cristianos, é yo 
hable mucho con él, é de muchas cosas c de las grandezas de los edificios 



ACLARACIONES V DOCUMENTOS 



253 



reales, y do la grandeza de los ríos en ancho y en largo, cosa mará 
villosa, é de la muchedumbre de las ciudades que son allá á la orilla 
dellos, é como solamente en un río son doscientas ciudades, y hay 
puentes de piedra mármol muy anchas y muy largas adornadas de muchas 
columnas de piedra mármol. Esta patria es digna cuanto nunca se haya 
hallado, é no solamente se puede haber en ella grandísimas ganancias é 
muchas cosas, mas aun se puede haber oro é plata é piedras preciosas, é 
de todas maneras de especiería, en gran suma, de la cual nunca se trae á 
estas nuestras partes; y es verdad que hombres sabios y doctos, filósofos 
y astrólogos, y otros grandes sabios, en todas artes de grande ingenio, 
gobiernan la magnífica provincia é ordenan las batallas. Y de la ciudad 
de Lisboa, en derecho ¡wr el Poniente, son en la dicha carta 26 espacios, 
y en cada uno de ellos hay 250 millas hasta la nobilísima y gran ciudad 
de Quisay, la cual tiene al cerco loo millas que son 25 leguas, en la cual 
son 10 puentes de piedra mármol. El nombre de la cual ciudad, en 
nuestro romance, quiere decir ciudad del cielo; de la cual se cuentan 
cosas maravillosas de la grandeza de los artificios y de las rentas (este 
espacio es cuasi la tercera parte de la esfera), la cual ciudad es en la pro- 
vincia de Mango, vecina de la ciudad del Catayo, en la cual está lo más 
del tiempo el Rey, é de la isla de Antil, la que vosotros llamáis de Siete 
Ciudades, de la cual tenemos noticia. Hasta la nobilísima isla de Cipango 
hay 10 espacios que son 2,500 millas, es á saber, 225 leguas, la cual isla 
es fértilísima de oro y de perlas y piedras preciosas. Sabed que de oro 
puro cobijan los templos y las casas reales; así que por no ser conocido 
el camino están todas estas cosas encubiertas, y á ella se puede ir mu\- 
seguramente. Muchas otras cosas se podrían decir, más como os tenga ya 
dicho por palabra y sois de buena consideración , sé que no vos queda 
por entender, y por tanto no me alargo más, y esto sea por satisfacción 
de tus demandas cuanto la bre\'edad del tiempo y mis ocupaciones 
me han dado lugar; y ansi quedo muy presto á satisfacer y servir 
a S. A. cuanto mandare muy largamente. Fecha en la ciudad de Floren- 
cia á 25 de Junio de 1474 años.» 



III 



SEGUNDA CARTA DE TO.SCANELLI A COLON 
Las Casas; ITisímia ¡le las Indias , libro I, cap. XII, pág. 95 

« A Cristoval Colo.MBO, Paulo, físico, salud. Yo rescibi tus cartas 
con las cosas que me enviaste y con ellas rescibi gran merced. Yo veo el 
tu deseo magnífico y grande á navegar en las partes de Levante por las 
de Poniente, como por la carta que yo te envió se amuestra, la cual se 
amostrará mejor en forma de esfera redonda; pláceme mucho sea bien 








2 54 



CRISTÓBAL COLÓN 





entendida; y que es el dicho viaje no solamente posible, mas que es 
verdadero y cierto é de honra y ganancia inestimable, c de grandísima 
fama entre todos los cristianos. Mas vos no lo podréis bien conoscer 
perfectamente, salvo con la experiencia ó con la plática, como yo la he 
tenido copiosísima, é buena é verdadera información de hombres magní- 
ficos é de grande saber que son venidos de las dichas partidas aquí en 
Corte de Roma, y de otros mercaderes que han tractado mucho tiempo 
en aquellas partes, hombres de mucha autoridad. Así que cuando se 
hará el dicho viaje será á reinos poderosos, é ciudades é provincias nobi- 
lísimas , riquísimas de todas maneras de cosas en grande abundancia y á 
nosotros mucho necesarias, ansí como de todas maneras de especería en 
gran suma, y de joyas en grandísima abundancia. 

> También se irá á los dichos Reyes y príncipes que están muy ga- 
nosos, más que nos, de haber tracto é lengua con cristianos destas 
nuestras partes, porque grande parte dellos son cristianos y también 
por haber lengua y tracto con los hombres sabios y de ingenio de acá, 
ansí en la religión como en todas las otras ciencias, por la gran fama de 
los imperios y rejimientos que han destas nuestras partes, por las cuales 
cosas todas, y otras muchas que se podrían decir, no me maravillo que 
tu que eres de grande corazón , y toda la nación de portugueses que han 
sido siempre hombres generosos en todas grandes empresas, te veas con 
el corazón encendido y gran deseo de poner en obra el dicho viaje.» 



(G). — Pág. 150. 

DECLAR.\CIÓN DEL MÉDICO (¡ARCI-HEKNÁNDEZ 

« ... Sabe que el dicho Almirante don Cristoval Colon, viniendo 
á la arribada con su fijo don Diego, que es ahora Almirante (15 '5). á 
pie, se vino á Rábida, que es monasterio de frailes en esta villa, el cual 
demandó a la portería que le diesen para aquel niñico, que era niño, pan 
y agua que bebiese; y que estando allí ende este testigo un fraile que se 
llamaba Fr. Juan Pérez, que es ya difunto, quiso hablar con el dicho don 
Cri.'^Tíjval Colon, é viéndolo disposición de otra tierra é reino ajeno 
en su lenguíi^ le preguntó que quién era, é de dónde venía; é que el 
Cristoval Colon le dijo que el venía de la corte df S. A., é le quiso 
dar parte de su embajada, á que fué á la Corte, é como venía; é que 
dijo el dicho Cristoval Colon al dicho Fr. Juan Pérez, como había 
puesto en pláctica á descubrir ante S. A. é que se obligaba á dar la 
tierra firme, queriéndole a\'iKlar S. A. con navios, é las cosas [jcrtene- 
cientes para el dicho viaje, é (¡ue conviniesen; é que muchos de los caba- 



ACLARACIONES V DOCUMENTOS 



255 



lleros é otras personas (jue allí so fallaron al dicho razonamiento, le 
\-olaron su [lalalira, c que no fué acogida, mas que antes facían hurla de 
su razón, diciendo que tantos tiempos acá se hablan probado é puesto 
navios en la buscar, é que todo era un poco de aire, é que no habla 
razón dello; que el dicho Cristoval CüLON viendo su razón ser disuelta 
en tan poco conocimiento de lo que prometía facer é de cumplir, el se 
vino de la corte , é se iba derecho desta villa á la villa de Huelva para 
fallar é verse con un su cuñado, casado con hermana de su mujer, é que 
á la sazón estaba, é que había nombre Muliar; é que viendo dicho fraile 
su razón envió á llamar á este testigo, con el cual tenía mucha conver- 
sación de amor, c porque algima cosa sabía del arte astronómica, para 
que hablase con el dicho Cristüval Colon, é diese razón sobre este 
caso del descubrimiento; é que este dicho testigo vino luego é fablaron 
todos tres sobre el caso, é que de aquí elijieron luego un hombre para 
que llevase una carta á la Reina doña Isabel (q. h. s. h.) del dicho fray 
Juan Pérez qice era su confesor, el cual portador de la dicha carta, etc.» 

Este documento es importantísimo y acerca de el ha)' que hacer 
observaciones del mayor interés. 

I .^ Que aunque sea declaración dada en un pleito donde la parcia- 
lidad por los Pinzones es evidente, ninguna se echa de ver en ella, lo 
cual reviste á esta declaración del sello indeleble de la verdad. La cir- 
cunstancia única que parece humillante para COLÓN es la de presentarle 
como pobre; ¿pero era esto de extrañar en un fugitivo? ¿se podía ignorar 
en 1515, lo que consta más adelante, de los números 5, 13 y 16? 

2.^ Que á nuestro juicio, esta declaración del médico es compleja; 
es decir, que siendo una, comprende dos tiempos distintos: uno, cuando 
Colón llegó á la Rábida por primera vez saliendo de Portugal; otro, 
cuando abandonó en Santa Fe la corte de los reyes. Dos expresiones del 
médico me parece lo indican con bastante probabilidad. Oigamos al de- 
ponente: «se vino á Rábida, que es monasterio de frailes en esta villa, el 
cual demandó á la portería que le diesen para aquel niñico, que era niño, 
pan y agua que bebiese; y que estando allí ende este testigo;» el médico 
se da por testigo de vista en el convento cuando llegó COLÓN á él con el 
niñico, pues el allí no hace sentido con lo que sigue, sino refiriéndolo al 
convento. ¿Pero de dónde venía COLÓN? Creemos que de la corte de S. A. 
el rey de Portugal; y lo creemos así, porque á Portugal más que á 
España deben referirse las expresiones que siguen: como le volaron su 
palabra (alusión quizás á Calzadilla); e que no fue acogida (lo que no 
podía decir con verdad de España desde 1486, después de las juntas de 
Salamanca); diciendo que tantos tiempos se habían probado ¿ puesto 
navios en la buscar, lo cual más atañía á Portugal que á España. 

Nótese ahora el contraste que el médico Garci-Hernández hace en la 
segunda visita de Colón á la Rábida, que la juzgamos cuando en 1491 
dejó la corte y se dirigió á Huelva para pedir recursos á Muliarte con el 



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CRISTÓBAL COLÓN 



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objeto de ausentai-sc de España. Lleqja Colón al convento, y ya no está 
en él Garci-Hernández, sino /o envía á llamar fra)- Juan Pérez... y este 
(Helio testigo vino luego; circunstancias impertinentes en la declaración la 
llamada y la venida si estaba en el convento, como tiene que resultar 
haciendo indivisible la declaración de Garci-Hernández. De esta declara- 
ción se puede colegir que Colón estuvo en dos ocasiones en la Rábida, 
como lo dice su hijo don Fernando. 

3." Si don Diego Colón nació el 76 ó el 78 (Oviedo dice que era 
de su edad, y él nació el 78) el calificativo de niñico más le cuadraba á 
los ocho ó diez años (1484) que á los trece ó quince (1491). 

He analizado el documento y me remito de nuevo á la nota que 
puse en el te.xto al emijczar esta materia. Pero he procurado concordar 
con un testimonio de tanto peso, en esta parte, como es el de don 
Fernando Colón, que dice claramente que su hermano don Diego 
se quedó en la Rábida cuando su padre entró en España desde 
Portugal. 

I Colón y los españoles, por el I'. Ricardo Cappa, de la Compañía de Jesús. — Madrid, 
Velasco, 1SS7, pág. S. A'olas y aphuiucs). 



(H).-rág. 162 

ALONSO DE QUINT.\MI,I,A 

Es tan importante el papel que desempeñó el contador ma\'or de 
Castilla en todo el negocio del descubrimiento de las Indias; fué tanto lo 
que se interesó en favor de Cri.sT(')HAL Colón, )• lo c]ue su opinión 
influyó para decidir á la reina doña Isabel á que aceptara sus proposi- 
ciones, que todos nuestros historiadores se acuerdan en atribuirle gran 
parte de gloria, impulsados además por la simpatía que despierta su 
constante amistad, y la protección que dispensó al genovés ilustre. 

En tal concepto, damos cabida en este lugar á los apiuitamientos 
biográficos que don Carlos González de Posadas incluyó en las Memorias 
histívicas del Principado de Asturias, (Tarragona, 1794); pues aunque 
encierran alguna ligera inexactitud, dan completa idea del personaje, 
y son muy poco conocidos por haberse hecho bastante rara aquella 
obra. 

« Nació en Padcrne y casa de su apellido, media legua de Oviedo, 
hijo de Luis Álvarez de Quirós y de su mujer Urraca, (Orosa dice Car- 
vallo, y mejor Trclles Orosia) Alvarez de Ouintanilla, señores de la 
dicha casa y de la de Boves, en cuya Iglesia están los sepulcros é insig- 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



257 



nias de sus pasados. Casó con doña Aldara de Ludeña ', señora 
asturiana, hija de Luis Fernández de Grado y Sancha Fernández de 
Ludeña. Sirvió a don Enrique IV y después á los reyes católicos don 
Fernando y doña Isabel, subiendo por diferentes y honrados puestos al 
de contador mayor de toda la real hacienda, que equivalía á lo que hoy 
tesorero general, según unos, ó secretario del despacho universal de 
hacienda, según otros; y aun por eso el Padre Miniana le llama en buen 
latín (Erario regio Prcefectus -, y Robertson en su Historia de América, 
Secretario del despacho universal de Hacienda '^, si se ha traducido bien 
el francés donde dice Controleur des finances. que esto significa en 
Francia (á no haberse perdido el oficio, ó mudado el nombre de un año 
á esta parte) ^. — Los sabios y cristianos reyes, hicieron de Quintanilla la 
mayor confianza, valiéndose de su económica y recta administración, 
como de su consejo y de su valor para las más de las grandes empresas 
políticas )• militares con que elevaron esta monarquía á la altura de 
gloria y esplendor que nunca había tenido. Con el hábito de Santiago, 
rentas y lustrosos enlaces de su familia remuneraron sus servicios , pero 
más que todo con la satisfacción que de él tuvieron ; pues nada grande se 
hizo entonces que él no promoviese, no persuadiese ó no aconsejase. 
Esto, y los buenos efectos que produjo, obligó á Antonio de Lebri.xa á 
celebrarle tanto, que llegó á admirarse de que tuviese un tal hijo la 
patria obscura de Asturias; en lo que más parece que quiso imitar á los 
judíos cuando se admiraban de que fuese Nazareno el que obraba tantas 
maravillas, que no mostrarse instruido en la historia de España, pues en 
la primera dinastía de los trece reyes de Asturias, y después hasta 
su siglo, y aun durante su vida, y en la misma crónica que escribía (tra- 
ducía de Hernando del Pulgar donde no hay lo que él añade) hallaría 
muchos asturianos como Quintanilla capaces de esclarecer aquella imagi- 
nada obscuridad. A mi intento, Alonso contribuyó a la institución del 
Tribunal de la Inquisición de Castilla en Avila. Tordesillas, por su forta- 
leza y dificultad en aquellos tiempos, dio mucho que hacer á los reyes 
católicos, y el alcayde de Castro Ñuño había reunido con su tiranía 
ó valor unas prendas que le hacían amable á los suyos y temible á los 
reyes; pero ya fuese la política y maña, ya la valentía del corazón 
de Quintanilla, lo cierto es que por su industria la ciudad se puso a 
discreción de sus amos el año 1472. En ella entró Alonso el primero con 



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' Trelles la llama Ana , y á la madre de esta AlJara , señora de la casa de Ludeña , é 
hija de Melén Pérez de Valdés, señor de Salas. 

» Tomo III, lib. XXIV, cap. XI. Hist. Hispan. 

' Libro II, año 1491. 

' Don Luís de Salazar y Castro en sus Advertencias á ¡a Historia , contra don José 
Pellicer, ensalza tanto la dignidad de contador mayor en los tiempos antiguos, que no me 
atreveré á asegurar que Quintanilla haya tenido un empleo anexo de ordinario á la grandeza. 
Me basta que haya sido uno de los ministros de la contaduría mayor de cuentas , por lo cual 
todos se llamarían contadores mayores, y en esta acepción hablaré también de otros asturianos. 



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Cristóbal Colón, t. 1 - 33. 



258 



CRISTÓBAL COLÓiN 



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el Infante y duque de Alba, y quedó desde entonces hasta ahora á volun- 
tad de los reyes. 

Es muy verosímil que á él se debe la rendición del jjucnte de 
Zamora, por las pláticas con Francisco de Valdés en 1475. Abrasada 
España en bandos , sin suficiente tropa reglada dentro de ella , no basta- 
ban los ministros de justicia á contener los robos, violencias y muertes, 
hirviendo los caminos en facinerosos: se tomaban medidas y discurrían 
medios para atajar tan grandes males. Alonso de Ouintanilla en las 
cortes de Madrigal, año de 1476, propuso el instituto de la Santa Her- 
mandad; priiinis omniíun quasi sigman aliqnod ad bcnc de república 
spcraudiiin snstiilit , como escribe Lebrixa, y agradando á los reyes, 
prelados, grandes y procuradores de reinos, mereció todo aplauso, y 
ofertas de protección; pero habiendo señalado otro día el lugar de 
Donnas ' se pasó también aquí el tiempo, como suele, en altercaciones, 
sin convenir en el proyecto. Cuando vio á estos vocales tan mal dis- 
puestos , sin embargo de que no lo esperaba y por eso no iba prevenido, 
peroró por espacio de media hora con tal energía y vehemencia que 
al concluir pidieron todos á una voz que se estableciesen leyes y estatutos 
para la Hermandad. Vierte la oración Lebrixa de su original ó de la 
crónica de Pulgar, y la vuelve al castellano el Padre Carvallo 2, traducida 
de Lebrija, como él dice. 

Aquel sabio andaluz, que trató á Quintanilla, afirma que era tan 
elocuente, tan discreto, tan agudo en proponer, y tan poderoso y eficaz 
en persuadir cualquier cosa, que él solo bastaba á convencer á los gran- 
des , á los pueblos y á los reinos para que ayudasen voluntariamente con 
nuevos repartimientos y contribuciones ^, empresa que los mismos reyes 
no consiguieron siempre á gusto de los vasallos y piedra de toque del 
gobierno. La Santa Hermandad tuvo el buen suceso que había prometido 
su autor, y duró muy respetable y gloriosa hasta fin del siglo XVI , siendo 
su último alcalde general pro{)ietario Diego Palores Valdés. Esta noticia 
es del Padre Carvallo ' y por lo que toca á la posesión de tal empleo, he 
visto una patente de letra del mismo Palores en que entre otros títulos se 
pone el de Provincial de la Santa Hermandad de León. Tal vez este 
iificio fué el de Quintanilla, cuando se dice que tuvo uno de los primeros 
cargos de la confraternidad ^. 

Aunque estas cosas y otras fueran bastantes á distinguir á Alonso 



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' I.a villa cíe Dueñas, dice Pulgar. (Crónica de los Reyes Católicos). 

* Antigüedades de la Iglesia de Oviedo. 

'■ Jlaades rcriim geslauíni a Feídinaiidi' ct Rlisahcl. — Decad. I, lih. NT, cap. I y 
M<^'UiciUes. 

' Antigiiedades de la Iglesia de Oi'iedo. 

' Hernando del Pulgar, dice, cap. VI. — Otrosí: para entender en todas cosas, y para 
dar orden en poner tesoreros y recaudadores, y pa^'ar y repartir el dinero á quién y cómo se 
debía dar, porque era cosa de gran confianza, el rey y la reina dieron cargo á aquel caba- 
llero Alfonso de Quintanilla. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



259 



de Ouintanilla por un honibic memorable de un tiempo en que contaba 
tantos y tales la nación española, todavía hay otra por donde es más 
celebre y digno de eterna memoria Esta es el haber sido el mayor 
instmmento para el descubrimiento de Indias. 

En efecto, el fué la primera y mayor causa para que que los Reyes 
surtiesen á Cristóbal Colón en sus dos primeros viajes á América. El 
cosmógrafo había sido despreciado por su pro\-ecto en Portugal, Ingla- 
terra, Francia, Genova, y en España de los duques de Medinaceli, 
Medina Sidonia y juntas de matemáticos de Salamanca, de don Fernando 
de Talayera, y otros, hasta que acudiendo á Quintanilla, halló en el 
grande entendimiento de este hombre singular todo el crédito que mere- 
cía y necesitaba. Un autor muy digno de la historia del Nuevo Mundo 
(aunque deteniéndose como debía en esta época), pasa rápidamente por 
el nombre de Ouintanilla como por un compañero ó auxiliar de otros 
mayores fautores de Colón; y porque la proposición que llevo anotada 
no parece producida más del amor de la patria que de la verdad, á vista 
de la autoridad del escritor moderno, referiré aquí las de los antiguos. 

Gonzalo Fernández de Oviedo ' : «En aquel tiempo (dice) andaba 
Colón en la corte, llegábase á casa de Alonso de Quintanilla, contador 
mayor de rentas de los Reyes Católicos, el cual era noble varón, y 
deseoso del acrecentamiento y servicio de sus Reyes y mandábale dar de 
comer y lo necesario por una compasibilidad de su pobreza; y en este 
caballero halló más parte y acogimiento COLÓN que en hombre de toda 
España. » 

Francisco López de Gomara, referido por el Inca Garcilasso "^i 
«Habló Colón con los que decían privar y valer con los Reyes en los 
negocios; mas como era extranjero y andaba pobremente vestido, }• sin 
otro mayor crédito que el de un fraile menor, ni le creían ni aun escucha- 
ban, de lo cual sentía él gran tormento en la imaginación. Solamente 
Alonso de Ouintanilla, contador mayor, le daba de comer de su des- 
pensa, y le oía de buena gana las cosas que prometía de tierras nunca 
vistas... por medio, pues, de Alonso de Ouintanilla tuvo CoLÓN entrada 
con el cardenal don Pedro de Mendoza... que tenía grandísima autoridad 
con el Rey y la Reina... el cual lo llevó delante dellos.» 

Garibay Zamalloa ^: «Tampoco hallando en la corte de Castilla el 
acogimiento que deseaba (COLÓN) por andar los Reyes muy ocupados... 
y no dar crédito á las palabras de Cristóbal... Si Alonso de Quintanilla 
no le hubiera acogido en su posada y ayudádole á la costa se viera en 
desesperación. Dios, que no permitía que tanto servicio suyo se ocultara 
más, ordenó que por medio de Alonso de Ouintanilla, alcanzando cabida 




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Historia de Indias, Parte I, lib. II, cap. IV, al fin. 

Comentarios Reales. — Parte II, lib. I, cap. V. 

Compendio de Historia de España, tomo II , lib. XVIII , cap. XXX. 



26o 



CRISTÓBAL COLON 



con el cardenal de España... comenzaron á oir y escucharle los Re)-es y 
dar alguna esperanza, que acabada la guerra se daría orden en su 
demanda.» 

Dice después que en los seis años siguientes no se ha verificado, y 
esto era en 1486. Herrera ': «En Córdoba comenzó (CoLÓN) á tratar 
su negocio, y en quien halló más acogimiento fué en Alonso de Quinta- 
nilla, contador mayor de Castilla, hombre prudente, que tema gusto en 
cosas grandes , y por parecerle persona de estimación le daba de comer, 
porque de otra manera no se pudiera entretener tanto tiempo en tan 
larga demanda.» Cinco años, decía más adelante, que anduvo CoLüN en 
la corte sin fruto, y es lo mismo que refirió Garibay. 

En otra parte '-, después de asentar que á instancia de Ouintanilla 
el cardenal de Mendoza había oído á CoLÓN, prosigue Herrera: «La 
Reina, porque se veía importunar en la misma conformidad á Alonso de 
Quintanilla, que con ella tenía autoridad, les agradeció el consejo... 
Ouintanilla y Santangel le besaron las manos porque por consejo suyo 
hubiese determinado de hacer lo que por el de tantos había rehusado.» 

Fray Pedro Simón ^ dice lo mismo, y Gil González Davila ^. 

El P. Luís Alfonso de Carvallo ^: «Al consejo y gran juicio de 
Alonso de Quintanilla se debió... el descubrimiento de las Indias... alcanzó 
con el Rey le diese la armada, gente y aparejo que era menester para 
este descubrimiento...» y cita á Marineo Sículo. 

El canónigo don Pedro Salazar de Mendoza, discreto historiador de 
la vida del gran cardenal de España, por más que intenta atribuir esta 
gloria á su pariente y fundador de su colegio ^, no puede desentenderse 
de lo que cabe á Quintanilla, porque después de decir cómo se vio 
Colón desahuciado de remedios por todas partes, escribe que «acordó 
meterse por la puerta de Alonso de Quintanilla... el cual agradándose 
mucho de la pretensión le introdujo en el cardenal...» y concluye; «Se 
debe al cardenal este descubrimiento de las Indias Occidentales , y buena 
parte á Alonso de Quintanilla. » 

Por eso dijo con justicia y verdad el señor conde de Campomanes '': 
«Si Alonso de Quintanilla hubiera despreciado á CüLÓN no .se hubieran 
acaso descubierto las Indias.» Y en otra parte dice **: «Al tiempo que 
los Reyes Católicos, impulsados del celoso Alonso de Quintanilla, se 
animaron al descubrimiento de las Indias, y costearon la empresa de 
Cristóbal Colón...» 



DJcat/. de Indias.— Diz. I, lib. I, c.ip. VIL 

Cap. III. 

Conquista de tierra firme , noticia I, cap. XIV, n.° 2. 

Teatro eclesiástico de Oviedo, folio 441 (mihi) y en otros lugares que cita Trcllcs. 

Historia del Principado de Asturias , pág. 3, lib. XLVIII, párr, IX, pág. 44S. 

Cap. LXII, fol. 215. 

Industria popular, pág. 45. 

hducación popular, pág. 429. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



261 



Finalmente el celebre historiador ele America Robertson ', hablando 
de Colón, dice: «Los princijialcs protectores suyos eran Alonso de 
Quintanilla y Luís Santangel. Su celo en favorecer esta empresa merece 
que sus nombres tengan un lugar distinguido en la Historia. Estos 
hicieron conocer á CoLÓN entre las personas más poderosas que se inte- 
resaron \ivamente en su favor...» Y más adelante refiere como estos dos, 
año de 1492, persuadieron á la Reina doña Isabel la verdad y la impor- 
tancia del proyecto de CoLÓN, y cómo se determinó la Reina en aquel 
momento. 

Con su hija doña Isabel de Quintanilla casó Rodrigo de Coalla, con- 
tador de los Reyes Católicos y del emperador Carlos V, el primero que 
de los Coalla se sabe nominadamente que vivió en Madrid. También 
parece que tuvo un hijo del mismo nombre, pues para distinguirse le 
llamaban Alonso de Quintanilla el viejo, hablando del que se trata. De él 
pro\ino la ilustre familia que duró mucho tiempo en Medina del Campo, 
donde tuvieron muchos honores y fundaron obras pías y capellanías. 
Otro hijo fué don Lope, de quien trataré, y doña Beatriz, que casó con 
don Juan de Bracamente, después conde de Peñaranda. 

Alonso )■ su mujer doña Aldara reedificaron la iglesia de Santa 
Clara de Oviedo, ampliando la antigua (de que se conserva solamente la 
portada que es del siglo XIII conocidamente) parte del convento y la 
muralla en la cerca de la huerta ó clausura, en la cual á trechos están las 
armas de Quintanilla y las de Ladeña, con letras que las nombran, y el 
año de 1468 en que se pusieron. En la capilla mayor labraron sepulcros 
para sí y sus padres, donde supongo que están enterrados, pues fundaron 
y dotaron un aniversario en la misma iglesia, que es de los más graves y 
solemnes que puede haber, porque va allí el Cabildo con música y en 
procesión desde la iglesia mayor, de que dice Carvallo que se hace así 
por haberle dotado suficientemente, y porque su fundador ha sido una de 
las personas de más importancia que los Reyes Católicos han tenido en 
su servicio. Pero se engaña en citar el catálogo de varones ilustres de la 
Orden de Santiago, de Diego de la Mota, para elogio de Quintanilla, pues 
ni está su nombre en tal catálogo ^. Alonso y su mujer fundaron vínculo 
en 1490, que heredan los condes de Quintanilla. Hacen mención de 
Alonso de Quintanilla, además de los citados, Illescas en el libro VI de 
la Historia po7itifical; Morales en la de Córdoba, tomo II, libro 9.°; el 
Catálogo real de España ^ ; los cronistas franciscanos que hablan del con- 
vento de Santa Clara de Oviedo; Baena, Hijos de Madrid, tratando 
de Rodrigo de Coalla; Pellicer le llama del Consejo de los Reyes Católi- 



' Historia de Aiiuríta ,hhvi} 1 1, año 1 491 1492. 

' Antigüedades de la Iglesia de Oviedo. Parte II, f." 137. 

' Fol. 124. 





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262 



CRISTÓBAL COLÓN 




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eos '; Portilla en la Historia de Alcalá '~\ tesorero ma\-or del Rey, per- 
sona prudente y de valor, y Tirso de Aviles ^ y Trelles asegura ^ mal 
informado, que consta del epitafio de Santa Clara que esta allí enterrado, 
pues allí no hay más epitafios que los siguientes. —Al lado de h Epístola: 

AQUÍ YACEN SEPULTADOS LOS SEÑORES LUÍS FERNÁNDEZ DE GRADOS Y SANCHA 

FERNÁNDEZ DE LODEÑA, PADRE Y MADRE DE LA SEÑORA DOÑA ALDARA DE LODEÑA, 

MUJER DEL ILUSTRE SEÑOR ALONSO DE QUINTANILLA. 

Al lado del Evangelio: 

AQUÍ YACEN SEPULTADOS LOS SEÑORES LUÍS ALVAREZ DE PADERNÍ, 

Y URRACA ALVAREZ, PADRE Y MADRE DEL ILUSTRE SEÑOR 

ALFONSO DE QUINTANILLA 

DEL CONSEJO DE ESTADO DE LOS SEÑORES REYES CATÓLICOS 

DON ALONSO Y DON FERNANDO Y DOÑA ISABEL 

DOTADO AÑO DE I46S. 

RENOVÓSE AÑO DE 1750. 

Son de los ilustres señores Condes de Quintanilla. 
De los cuales sí que constan los padres y suegros de Quintanilla, 
más bien que en los autores que no los vieron. 



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(1).— Pág. 190 

Son escasísimas las noticias contemjioraneas de todos los aconteci- 
mientos que antecedieron á la salida de CRISTÓBAL COLÓN para su 
primer viaje de descubrimiento; y más aún las de testigos presenciales de 
los mismos: por esa razón estimamos de capital importancia el docu- 
mento que á continuación se copia, y cuyas más importantes fijases deja- 
mos ya escritas en el texto. 

Ha sido encontrado recientemente por nuestro buen amigo y com- 
l)añero, el docto y conocido anticuario doctor don Fernando Belmente, 
oficial del Archivo de Indias, entre los papeles de aquella importantísima 
dependencia, y aunque se propone hacer un estudio detenido de toda la 
información, que esperamos poder insertar entre los Apéndices, porque se 
completará con algunos otros datos refererentes al primer viaje, aprovc- 



Memorial por el conde de Miranda, f.° 
Parte 22, f.° 9. 

Armas y litasotics ¡le casas de Asturias. 
Tiimti III, 1." 120. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



263 



chamos la ocasión de ofrecer en este lugar la parte que niaj-or novedad 
encierra y que nos ha facilitado galantemente, acompañándola de la carta 
con que la ha remitido, que pone de manifiesto la ilustración del señor 
Belmonte, añadiendo nuevo interés al documento copiado. 

«Sr. D. José M.-'' Asensio. 

»Mi querido amigo: Con muclio gusto remito á usted la copia de la 
declaración del grumete de Moguer, Juan de Aragón. Va sin comentarios 
ni explicaciones, porque no tengo espacio para añadírselos, pero andan- 
do el tiempo he de hacer un breve estudio sobre este y otros datos iné- 
ditos que he hallado del primer viaje de COLÓN. 

»Es curiosa la noticia de la salida de los judíos por el río Tinto 
hacia las costas de África el día antes de hacerse á la vela los descubri- 
dores del Nuevo Mundo. ¡ Singular coincidencia ! 

Para mí tiene duplicada importancia, por ser un episodio histórico 
de la provincia de Huelva, á la que dedico mi atención; de ella eran 
seguramente esos hebreos expulsos y no conozco autor ni documento 
que la mencione. 

»Nada hay que dudar de este testimonio, aun cuando sea singular \" 
único, por la condición de la persona, por el modo de referir el hecho, 
como incidental , y por convenir perfectamente con lo que sabemos de la 
expulsión en el resto de España. 

«Respecto de CoLÓN es sólo curioso lo que afirma; pero lo de los 
Niños es más interesante si se añade á otras noticias que he recogido. 

; Usted puede amoldarlo á las conveniencias de su libro y aliñarlo 
con su sabrosa enjdición y buen decir; por mi parte sólo encuentro inme- 
recidas las galantes frases con que usted designa á su afectísimo. 

»F. Belmonte. 

»io Mayo, 1889.» 

Información hecha en la villa de JSIogucr, viernes 2p de Enero de 1552. 
ante el Magnifico Señor Pedro de Santiago de Hugarte. corregidor y Jus- 
ticia mayor, y el escribano Juan Hernández Pardo, á instancia de Fran- 
cisco V^anegas en nombi-e y con poda- de Alonso Vancgas presbítero, vecino 
de Sevilla en San Llórente. 



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El interrogatorio de 9 preguntas dice en la 4.^ — Si saben que Juan 
Niño abuelo del Venegas fué con don CristÓB.\L CüLÓX en el descubri- 
miento de las Indias, en el primero descubrimiento que se hizo por man- 
dado de los Reyes Católicos, y Juan Niño llevó una nao suya llamada La 
Niña, y fueron con él hermanos y parientes suyos. 

El testigo Juan de Aragón , vecino de Moguer, de edad de 70 años 
poco más ó menos, la contestó en estos términos: 

«Dijo que lo que de esta pregunta sabe, es que podra haber tiempo ^ki^SSS^^^^^míí 



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CRISTÓBAL COLÓN 



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de cincuenta é cinco años, antes más que menos, que estando este testigo 
en la dicha villa de Moguer, que fué al tiempo que de esta tierra se 
fueron los judíos, este testigo se fué por grumete en un navio, yendo por 
la mar á la salida del río de Saltes, vido que el dicho don CRISTÓBAL DE 
Colón estaba presto con tres navios para ir á descubrir las Indias, que 
entonces nombraban Antilla, y de estos tres navios era una caravela del 
dicho Juan Niño que se decía la Niña . en la cual iba el dicho Juan Niño 
é sus hermanos y parientes; y esto sería por el mes de Agosto ó Setiem- 
bre; y después volviendo este testigo del viaje, después de haber dexado 
los judíos en las partes de allende, en otro año, viniendo por la mar, 
encontraron con un navio de un Martín Alonso Pinzón, el cual le dixo á 
este testigo y á los demás, que el dicho don Cristóbal Colón y Juan 
Niño y sus hermanos y parientes, habían descubierto Indias \' habían 
desembarcado en Lisbona é iban á Barcelona, el dicho Juan Niño con el 
dicho don Cristóbal Colón, y allí supieron muy cierto como las Indias 
se habían comenzado á descubrir por los sobredichos, y en la nao que 
este testigo fué, trajeron al dicho Juan Niño á Moguer.» (Patronato i. 2. "'m 
de el Archivo de Indias). 








Cristóbal Colón, t. i. — 34 



268 



CRISTÓBAL COLÓN 





Con fuerte virazón, favorable para el viaje, salieron al 
mar las carabelas, y anduvieron aquel día 3' los dos siguien- 
tes con buena marcha en dircccio'n al sudoeste. Iba delante 
la Piula, como más velera, siguiéndole á corta distancia la 
capitana Sitiiltl María, y j-endo siempre detrás la Niña, por 
las malas condiciones de su aparejo de vela latina. Dirigía 
el .Vlmirante su rumbo á las islas Canarias, con intento de 
salir de allí con dirección fija á Poniente, en demanda del 
extremo de la India, ó de algunas islas que de él estuvieran 
poco alejadas: que en este error de cálculo estaban basadas 
sus teorías, y en su equivocacio'n le había confirmado la 
carta marítima de Toscanelli, que llevaba por guía, y según 
opinio'n de un crítico, debió' ser causa de más errores que 
aciertos, aunque la había reformado con los datos que 
juzgaba exactos, y se j^roponía ir dibujando otra nueva 3' 
muv completa, con los puntos que por sí mismo observara 
en el viaje, como efectivamente lo hizo. 

Tres días llevaban de pro'spera navegación, cuando 
inopinadamente. 3^ sin causa alguna que justificase la avería, 
se desencajo' el timo'n de la Pinta, quedando el buque sin 
poder gobernar. Mucho lo .sintió' el Almirante, pues no le 
era posible socorrer ni ayudar á la caraliela sin exponer 
la suya á peligro de un rudo choque, ¡lorque estaba la mar 
muy picada: pero él mismo dice que alguna pena perdía 
porque iba allí Martín .\lonso Pinzo'n . en cuvo esfuerzo 3' 
Inien ingenio confiaba que Iniscaría medio de proveer á la 
reparacio'n. como en efecto lo hizo. 

Pero al siguiente día. 7 de Agosto, volvió' á saltar el 
timón recompuesto, v aunque lo armaron como mejor pudie- 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO PRIMERO 



269 



ron, sujetándolo con cuerdas, se pusieron en dirección ;i la 
isla de Lanzarote, que es la primera y más cercana de las 
Canarias. 

Sospechábase á bordo, que la inmotivada avería no 
había sido casual, sino industria de ciertos marineros, 
nombrados Cío'mez Rasco'n y Cristo'bal Quintero, que parece 
tenían una parte de propiedad en el buque, y se habían 
embarcado de mala voluntad, por lo (|ue antes de la partida 
dice el mismo Colón que los hahia hallado cu cicrlos reveses y 
gnsqiieliis. Por esto. 3' porque la carabela hacía bastante 
agua, y 3'a el timón no llevaba la debida solidez y fuerza, 
pensó' en cambiarla por otra en acjuellas islas, si para ello se 
ofrecía comodidad. 

El jueves 9 llegaron á la costa de la Gran Canaria, y 
allí c[uedo' Martín Alonso Pinzo'n con la Pinta, porque no 
podía más navegar; el Almirante siguió' á tomar la Gomera, 
pero no jDudo hacerlo hasta el domingo, y provisto de lo 
necesario, torno' á la Canaria, y con gran cuidado, trabajo A' 
diligencia suj'a y de Martín Alonso, adobaron muy bien 
la Pinta, calafateando y reformando cuanto fué posible su 
casco, para lo cual hubo necesidad de ponerla á monte; la 
prove3'eron de un fuerte timo'n, dejándola en las mejores 
condiciones de resistencia para el viaje ; y cambiado el vela- 
men de la Niña , para que pudiera caminar como las otras, 
salieron nuevamente para la Gomera con objeto de aprovi- 
sionar los buques de cuanto necesitaban. 

Cerca de un mes tardaron en hacerse al mar para su 
verdadero destino. Hasta el día 6 de Septiembre no pudieron 
darse á la vela, por las dificultades que ofreció', en primer 
término, la obra de reparacio'n de la Pinta, y después el 
aprovisionamiento de leña, legumbres, carnes, pescado, 
agua. 3' objetos para rescatar, que así se llamaba entonces á 
cambiar con los indígenas de las costas desconocidas. 

Dice aquí Crlstób.xl Colón, que en aquellos días que 
anduvieron de una en otra isla, buscando lo que necesitaban, 





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CRISTÓBAL COLON 




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una noche que pasaban cerca de Tenerife, salió tanto fuego 
del pico de la sierra, que es una de las más altas que se 
saben en el mundo, que fué cosa de gran maravilla. Xo 
parece, sin embargo, que los marineros gozaron mucho con 
el espléndido feno'meno que les ofrecía la Naturaleza. Fuese 
ignorancia A'crdadera. o' deseo de manifestar descontento 

o 

para A'olversc á España, hubieron de murmurar que era un 
mal agüero la erupcio'n, y advertencia del cielo para que 
abandonaran su temeraria empresa ; pero Colón y los Pinzo- 
nes les recordaron la existencia de otras montañas que á 
veces arrojan también humo y llamas, y se acallaron los 
descontentos. 

Por un buque que venía de la isla de Hierro, supo el 
Almirante que andaban por allí tres carabelas del re}" de 
Portugal ; y sospechando de sus intenciones , que quisieran 
interrumpir el viaje, ¡íor envidia que tuvieran por haberse 
ido á Castilla á ofrecer su descubrimiento, aparejo' en 
seguida y puso la proa al Occidente, comenzando su viaje 
por el mar desconocido, despidiéndose del mundo antiguo, 5' 
poniendo su fortuna en manos de Dios. 

Tres días reino' absoluta calma: pero después de ano- 
checido el sábado arrecio' el viento nordeste, 3' aunque la 
mar era de proa y estorbaba el camino de las naves, acor- 
tando el andar, adelantaron lo bastante para que nadie 
osara seguir sus huellas, ni pudieran sospechar su derrotero. 

Desde la salida de la barra de Saltes había empezado el 
Almirante su üidno de navegación: In nomine Domini Nostri 
Jesu Christi; poniéndole una introduccio'n que algún histo- 
riador ha tachado de pedantesca, aunque encierra datos 
curiosos, que la hacen A'erdaderamente interesante '. Pero 
en el día g de Septiembre (domingo), habiendo andado por 
el día diez 3' nueve leguas 3^ treinta durante la noche, pensó 
prudentemente que siendo el viaje demasiado largo, decaería 



' ^'éase en las Ailaraciiv/cs y íIock mentes (A). 



LIBRO SEGUNDO.— CAPITULO PRIMERO 



271 



el ánimo de las tripulaciones 3^ tendrían zozobras y angustias 
si se consideraban á muy i^randc distancia de las costas de 
España, y acordó' hacer dos cuentas de las leguas que 
andaba cada noche y cada día, que los marineros llaman 
singladuras, una de lo cierto, que según su buen juicio, en 
la yerdad tasaba . }■ ésta era secreta . so'lo para sí . y la otra 
era pública, para mostrar á la gente y conferirla con los 
pilotos de todos tres nayíos. en la cual ponía siemjjrc ocho ó 
diez leguas menos de lo que entendía que andaba. 

En completa tranquilidad el mar. con yiento apacible y 
un ambiente tan dulce, tan templado que era placer grande 
el gozar de las mañanas, y no faltaba sino oir el canto de los 
ruiseñores, continuaron las carabelas su camino con la 
ma3'or prosperidad en los diez días que corrieron hasta | 
el 19 de Septiembre. En la trayesía por aquellas aguas 
nunca surcadas , iban recogiendo obserA'aciones de los meno- 
res accidentes, siendo el único que puso en cuidado á los 
pilotos 5^ prácticos en la nayegacio'n, el notar que al comienzo 
de la noche, las agujas noruesteaban . y á la mañana todayía 
noruesteaban un tanto. Primera yez que fué consignada la 
yariacio'n de la aguja magnética, C[ue hasta entonces nadie 
había notado: y Colón fué también el primero en explicar 
el feno'meno de una manera tan ingeniosa . que aunque no la 
fundamento' en principio alguno científico, se aproximo' 
mucho á la yerdad. Calmo los temores de sus pilotos expo- 
niéndoles que la aguja no cambiaba ni hacía moyimiento. 
que lo que parecía hacerlo era la estrella polar, á causa de 
la configuracio'n de nuestro planeta . y por eso aparentaba 
desyiacidn que en realidad no era cierta . porque siemjjre se 
dirigía á un punto fijo é invisible. 

Entretenían sus ocios los marineros mirando el paso de 
algunas ayes que cada día solían yerse . y que muchos 
juzgaban ser de las llamadas rabo de ¡unco '. 3' alcatraces, 






' El phceton at/tereus , de Linneo. 




272 



CRISTÓBAL COLON 



HP=^ 








que no se alejan mucho de la tierra, pues van siempre á 
dormir á ella. Comenzaron también á notar mucha hierba, 
y alguna tan verde que parecía desprendida de peñas hacía 
poco tiempo; y cuando esto notaron, quizá no anduvieron 
mu}^ errados en sus conjeturas, pues según el camino reco- 
rrido, debían estar las carabelas en la proximidad de las 
grandes rompientes que las modernas cartas señalan. 

El día 17 de Septiembre vieron muchas toninas, y los 
de la iY/V/rt mataron una. 

Llevaba Colón, entre los muchos apuntamientos y 
observaciones que había recogido de autores antiguos, con 
la escrupulosidad que acreditan las notas puestas de su 
mano en los libros que estudiaba, una cita de Aristo'teles 
refiriendo el encuentro de vastos campos de hierba en medio 
del Occéano, entre los cuales nadaban pacíficamente muchos 
atunes. Referíase dicha cita á unos barcos que salieron de 
Cádiz, y antes de penetrar en el Mediterráneo, fueron llevados 
por los vientos hacia la parte occidental de ^Vírica, de la que se 
apartaron mucho; y Colón juzgo' que aquellas embarcaciones 
habían llegado hasta el sitio en que él entonces se encontraba. 

Descubrieron 3^ confrontaron sus puntos los pilotos de 
las tres embarcaciones: el de la 'Niiiú juzgaba c[ue .se encon- 
traban de las Canarias á cuatrocientas cuarenta leguas; 
veinte menos contaba el piloto de la Piílfíi; \ el de la capi- 
tana, donde iba el Almirante, v de acuerdo con éste, creía 
que no llc\'al3an andadas más de cuatrocientas, siendo esto 
lo más aproximado á la verdad. Estaban á ig de Septiem- 
bre. contal)an catorce días de marcha, v aunque no debieran 
sumarse los primeros por la calma que los retuvo en la 
pro.vimidad de las Canarias, distrilHi_vendo entre todos por 
igual el camino recorrido, no obstante que Col<'jn en su 
Diílrio lo anotalja por días y noches, salen á veintiocho leguas, 
ó sean ciento doce millas, que era poco más de la mitad del 
común andar de una carabela, según la creencia del bachiller 
Andrés Bernáldez. 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO PRIMERO 



'■n 



II 



Ciertamente es difícil cosa formarse idea exacta de la 
cabida, fuerza, aparejo y velocidad de las tres naos con que 
se llevo' á cabo la mayor em^jresa marítima que registra la 
historia. El doctísimo escritor de las Disquisiciones náuticas, 
honra de nuestra marina, y á cuya autoridad acudimos en 
demanda de los conocimientos especiales y técnicos de que 
carecemos, en su artículo titulado Carabelas y Carabelones '. 
aunque fundado y concluyente en muchos puntos, nos deja 
en otros algunas dudas , que con natural temor vamos á 
exponer. 

Indudable parece que la carabela, como tipo de nave 
sujeto á gálibus 6 formas determinadas por una fo'rmula 
permanente, y con arboladura y aparejo uniforme, no ha 
existido jamás. Con ese nombre se designaban todas las 
embarcaciones de carga 3- muv ligeras, como asienta nuestra 
Real Academia en su Diccionario de autoridades; pero por la 
misma razo'n es necesario fijar en cuanto sea posible las con- 
diciones de las carabelas que llevo' Cristób.\l Col(3n. 

En lo relativo á su forma no parece que puede existir 
duda: «las naos tenían una obra muerta alterosa en cada 
extremo de popa v proa del buc[ue. v se llamaban castillos.» 

Mr. Jal. en su excelente libro tiiulado Archéoloí^ie luivale 
(París, 184C)), describe la carabela de Colón como un barco 
pequeño de unas ochenta toneladas . de popa cuadrada, con 
castillo elevado sobre ella 3^ en la proa otro menor, con arbo- 
ladura de bauprés v cuatro mástiles, el de proa con una vela 








' Disi/iíisiíio/ics náuticas, por el capitán de navio Cesáreo Fernández 
Duro, tomo I. — Disquisición tercera. 




Cristóbal Colón, t. i. — 35. 



274 



CRISTÓBAL COLÓN 









ií redonda v otra de gavia, v los otros con velas latinas de 
diferentes tamaños. 

En opinio'n del señor Fernández r)uro. la Süiilü Müriú 
debía tener de ciento veinte á ciento treinta toneladas de 
capacidad: v por más que nosotros respetemos las razones 
científicas en que se apova. hemos de notar c[ue para soste- 
nerla dice que Ucviilni ilc setenta ti noventa hombres de equipaje 
j eoii víveres v aguada para una larga navegaeión sin que los 
Imstiinentos escaseasen; pero en esto hav una notable exagera- 
ción, pues el equipaje de los tres buques constaba en total 
de noventa hombres '. }' por lo tanto la capitana no podría 
llevar más de cuarenta de ellos, quedando veinticinco para 
cada una de las otras carabelas. Cierto que la nao de Juan 
de la Cosa, que montaba el Almirante, era la de mayor 
porte: mas con todo no creemos fuera mavor de ochenta 
toneladas. Armáronse en Palos tres naos que aquél califica 
en su Diario de inuv aptas para la navegación que empren- 
día: pero tan difícil viaje como aquél fué el que acometieron 
los hermanos Nodal, y las carabelas cjue bajo su dirección se 
construyeron en Lisboa, eran de ochenta toneladas. 

Como última deduccio'n de sus eruditos tralíajos. cree 
el autor de las Disquisiciones que «las carabelas de Colón 
eran ma3'ores de lo que vulgarmente se cree: de marcha 
rápida, de construcción so'lida, con dos castillos alterosos á 
popa y proa, tres palos verticales v bauprés: aparejo 
redondo en el mayor y trinquete y mcsana latina.» 

Ya hemos indicado que no tenemos datos para estimar 
de gran capacidad las naos que llevo' Cül<')\ en su primer 
viaje; antes por el contrario, hay alguno irrecusable que nos 
inclinaría á creerlas mu}' pequeñas, aunque buscadas con 
¡¡referencia á otras por su mavor solidez. Pedro Mártir de 
.\ngieria. que conoció' al Almirante antes del viaje v presen- 
cio su entrada triunial en Barcelona, testigo de vista de 



' Véase en las Aiiaratioiics y Doaimcittus. (B) 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO PRIMERO 



275 



cuanto rcticrc. en su ubra titulada De Orbe novo Dccüilcs 
octo '. asc^-ura (|U0 una sola de las carabelas tenía puente, 
siendo las otras dos menores, descubiertas, lo que bien clara- 
mente demuestra ser de muy corta cabida. Siiiit tria miiiii^iü; 
dice en el Libro L Década i,''; ¡iniini oncriiriinii iiliicillimi, alia 
dúo liiiiii si)ic CíUicis, qiuc ah Hispiiiiis cürüvclc nocaut ¡ir; cuya 
traducciiín literal es; Son tres inri'ios: uno de can^a, enhierto; 
otros dos ligeros, sin enhiertas; qne se llaman c.\rabel.\s por los 
españoles. 

El uno era buque de carga, onertirinin; los otros dos 
ligeros, lema; llevaban entre todos noventa hombres de 
tripulacio'n. v algunos más con cargos civiles: con provisio'n 
de víveres para todos : pero dadas las condiciones de sus 
arboladuras v aparejos, tan exactamente apreciadas por el 
insigne marino, su andar debía ser muy considerable, y bien 
lo muestra el camino seiialado en el Diario, que según diji- 
mos daba veintiocho leguas por día. hasta el i 7 de Septiem- 
bre. El cura de los Palacios, por informes de gente enten- 
dida, creía que andaban mucho más. 

«Los marineros tienen, dice, que el común navegar de 
una caralíela en un dia son doscientas millas de cuatro en 
legua, que son en un dia natural cincuenta leguas, en un 
dia grande setenta é dos leguas: destas le acaecieron al Almi- 
rante }• á su gente en este viaje hartas jornadas.» 

En cuanto á la forma exterior de los tres barcos que 
fueron al descubrimiento, podemos ofrecerla auténtica, y 
como verdadera curiosidad á nuestros lectores. Se encuen- 
tran dibujados, por mano del mismo Cristób.vl Colón, en 
opinio'n de personas muv competentes, en un precioso mapa 
de la isla Española, que está unido al ejemplar de la edicio'n 







' Compluti. — Apud Michaelein de Eguia, anno 1530, in f." 

Anteriores á esta edición conocemos la impresa en Sevilla, por Jacobo 

Cromberger en 151 1, que sólo contiene la primera Década, de la que hay 

ejemplar en la Biblioteca colombina, descrito en la Aclaración (B) del libro I, y 

la de Alcalá que estampó Arnaldo Guillen en 1516, que contiene tres Décadas. 



fü 







276 



CRISTÓBAL COLÓN 











^. 



V.. 4 



de la primera Década de Pedro Mártir de Angleria, conser- 
vado en la Colombimt entre los libros que pertenecieron á 
don Fernando Colíj'n. 

El mapa, dibujado á la pluma, sobre una hoja de 
vitela, presenta la antigua divisio'n de la isla, v señala el 
emplazamiento de las fortalezas y pueblos que se fueron 
forrriando por los españoles, y en dos puntos diferentes se 
encuentran las carabelas, trazadas con la seguridad que 
puede observarse en el perfecto lacsímil que de ellas ofrece- 
mos. A su vista se comprende la exactitud de la breve 
descripcio'n hecha por Pedro Mártir de Angleria. y se 
aumenta la admiracio'n hacia los hombres que las tripulaban. 






178 



CRISTÓBAL COLÓN 



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i-J 





Con un tiempo tan apacible como el del mes de Abril 
en Andalucía, navegaban las carabelas con direccio'n fija al 
Oeste, comenzando á excitar 3'a algunos temores en la gente 
más movediza y descontenta, la aparicio'n de mucha hierba, 
que iba aumentando en cantidad, hasta perderse de vista 
grandes planicies cubiertas ; y como en ella se notasen varia- 
ciones que indicaban ser una fresca y otra más seca v 
atrasada, hubieron de comenzar las conferencias, las habli- 
llas 3' murmuraciones, temiendo que, haciéndose cada vez 
más densa aquella capa de duras fibras, había de impedir 
la marcha de los buc[ues imposibilitando sus moA-imientos, v 
dejándolos sin esperanzas de volver las proas hacia su 
querida España. Efecto natural es de los ánimos apocados 
el cambiar con facilidad el rumbo de sus impresiones. 
Aquella misma hierba que en su primera aparición fué jjara 
todos signo favorable, de cu3'a presencia deducían la pro.\i- 
midad de la deseada tierra, comenzó' á trocarse en causa de 
recelos; hizo crecer la imaginación el soñado peligro, y bien 
pronto fué mirada como verdadera calamidad, que amena- 
zaba la existencia de los tripulantes é impediría la marcha 
de la expedición. 

Contribuía también ¡".ara aumentar las inquietudes del 
equipaje la constancia 3' regularidad de los vientos, que 
viniendo siempre del mismo cuadrante, llegaron á hacerles 
temer que nunca cesarían v los habían de impulsar fatal- 
mente hasta los extremos de la niiir Iciicbrosú, ])avoroso 
fantasma t|ue nunca desaparecía de las exaltadas imagina- 
ciones de los marineros. Iban creciendo las murmuraciones; 
y eran va tan generales los temores, que el mismo Almi- 



LIBRO SEGUNDO. — CAriTULÜ 11 



2/9 



rantc. cuya prudencia era tanta como su valor, y que guarda 
silencio sobre muchas pequeñas contrariedades, vio' con 
alegría que el 21 de Septiembre se les volvió' el viento, 
soplando del Oeste, y haciendo acortar la marcha, y lo 
consigno' en su Diario, escribiendo con su ingenuidad acos- 
tumbrada: «mucho me fué necesario este viento contrario, 
porque mi gente andaban muy estimulados, que pensaban 
que no ventaban estos mares vientos para volver á España.» 

Mientras duro el viento contrario desapareció' la hierba 
V con esto se reanimaron los espíritus . v cobraron bríos 
para continuar, aunque luego volvieron á encontrarla más 
espesa . 

Con muy ligeros intervalos tenían la mar llana como el 
río de Sevilla, y esto permitía á las carabelas aproximarse 
tanto que CristüB.vl Colóx conferenciaba de borda á borda, 
con Martín Alonso y con Vicente Yáñez. y aun se arroiaban 
por medio de cuerdas algunos objetos de un buque ií otro. 

Al ¡Donerse el sol del día 25 fué el primer alegru'n de 
tierra. Subió' Martín Alonso al castillo de popa de su nave 
\ grito' al Almirante pidiéndole las albricias, porque decía 
que veía tierra: y díjolo con tanta seguridad, que Col(')N y 
su gente entonaron á grandes voces el Gloria iii cxcclsis Dco, 
y lo mismo hicieron todos en las otras carabelas. Subieron 
los marineros á los topes y mástiles, y todos aseguraron ser 
tierra: pero haciendo rumbo sobre ella se desvaneció' la 
ilusio'n á la mañana , porque eran nubes densas las que 
habían producido el engaño. 

En todos los días restantes del mes de Septiembre se 
repitieron las señales de proximidad de tierra, que entre- 
tenían algún tanto el ánimo de los tímidos, para que no 
aumentasen el número de los desconfiados y murmuradores. 
Veíanse con frecuencia algunas aves de las que acostumbran 
dormir en tierra. \ nunca se apartan de las costas más 
de 20 o' 25 leguas. La temperatura era tan agradable, y 
estaba el mar tan sosegado que los marineros se arrojaban 



28o 



CRISTÓBAL COLON 






al agua para bañarse, y pudieron pescar algunos dorados. 
El paso de pajaritos pequeños, to'rtolas v pardales, hacía 
crecer las esperanzas: aunque el Almirante juzgaba podrían 
venir de algunas islas que dejasen al lado, no quiso torcer su 
camino para ellas, sino que siguió' con su rumbo fijo siempre al 
Oeste con el propo'sito de buscar la parte oriental de la India. 

El día 1.'^' de Octubre ajjarccio' el cielo cubierto de 
nubes, creció' la fuerza del viento, y grandes aguaceros 
refrescaron la atmo'sfera. Se encontraban á más de sete- 
cientas leguas del meridiano de la isla de Hierro según el 
co'mputo reservado del ^Vlmirante, aunque para la gente no 
habían andado más de quinientas ochenta. Las señales de 
tierra entretenían y animaban á veces á los marineros . pero 
al desvanecerse las ilusiones volvía la postracio'n, y el des- 
contento crecía, fijándose todas las miradas con mezcla de 
temor 3' de curiosidad en las grandes masas de hierba, que 
algunos días eran muy espesas, y sobre las que en más de 
una ocasio'n vieron flotar cangrejos que lograron coger desde 
los barcos. 

Explican los naturalistas la gran cantidad de hierba que 
se acumula en lo c[ue los marineros denominan Jiidr de 
sargar^o, por la existencia de numerosos jiiccus ú plantas 
submarinas que crecen en el fondo, y llegadas á época de 
madurez, son arrancadas por el movimiento de las aguas 3' 
se estancan en la superficie. Pert) la geología . más descon- 
tentadiza. más analizadora, no se satisface con la explicación 
del fenómeno, sino que quiere investigar sus causas. ¿Cuál 
es la razo'n. se pregunta, de que esas enormes masas no se 
encuentren sino en parajes determinados, ni cubran más que 
una gran superficie en lugar circunscrito del mismo Occéano? 
¿De do'nde han llegado al fondo de los mares, entre el confín 
de Europa y el seno mejicano, las semillas del jiiiiiis, en 
proporciiín tan crecida, que cubran por entero la superficie 
(le at|uéllos, \^ se reproduzcan durante siglos en tales ((mdi- 
ciones que asustan á los ¡jrimeros que las oliservaron? 



LIBRO SEGUNDO.— CAI'ITULO II 



28( 



Y como quiera que la formación del globo, lo mismo 
en la narracio'n de los libros sagrados, c|ue según el resul- 
tado de los experimentos científicos, se ha verificado entre 
grandes convulsiones é inmensos trastornos, acusa para la 
ciencia ese mar de sargazo, la prueba de haber existido en 
tales latitudes grandes islas, cu^■a extensio'n no puede calcu- 
larse. V que sumergidas en la época de alguno de esos cata- 
clismos, llevo' su exuberante llora al fondo de las aguas, 
de donde arrojan todavía los productos de su vegetacio'n 
submarina. En esa convulsión volcánica quedaron separados 
los continentes que primero estuvieron unidos , como expre- 
samos en la IiifrOíiiiccióii; surgieron continentes en lugares 
que antes estaban bañados por las aguas, v quedaron enjutos 
antiguos lechos del mar, como se juzga aconteció en el 
Sahara, dando también seguras señales del movimiento 
operado en la corteza del globo, ese grandísimo número de 
islas diseminadas en el (Jccéano. v que permiten abrigar la 
presunción de que un tiempo estuvieron reunidas. 

Xo pensaban en tales fenómenos prehistóricos los auda- 
ces marineros españoles que surcaron por vez primera el 
Occéano entre las Canarias y las Antillas: pero á la ardiente 
fantasía de Cristóbal Colóx no dejarían de traer memoria 
aquellas hierbas que se presentaban á su vista, del suceso de 
la j4íhi luida referido ¡Jor PliUóii, v que le habría ocupado 
muchas horas en sus meditaciones. 

Después del primer grito de tierra que el ¿,-, de Sep- 
tiembre había dado Martín Alonso Pinzón, no dejaban los 
marineros de repetirlo á las primeras señales que en el 
horizonte engañaban sus ojos, guiados por la codicia del 
premio que los Revés habían acordado al j^rimero que la 
descubriese. Enardecidos por el deseo, todos creían descu- 
brirla : pero tales engaños é ilusiones , si en el primer 
momento, consolaban, producían luego mayor decaimiento 
en el cánimo de las tripulaciones. 

Previniendo este mal. dispuso el Almirante que nadie 

Cristóbal Colón, t. i.— 36. 




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282 



CRISTÓBAL COLÓN 



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fuera osado á dar señal de licrrd hasta tener la seguridad de 
haberla, so pena de perder la recompensa ofrecida. No fué, 
sin embargo, parte la prohibicio'n para que la Nnitl, que iba 
delante en aquella ocasio'n. dejase de i/ar bandera en el tope 
más alto, y disparase una lombarda, al salir el sol el día 
7 de Octubre, tanta fué la seguridad que abrigaron de 
que tenían tierra á la vista. Navegaron sobre ella, como 
siempre; pero á la tarde habían adquirido todos el con- 
vencimiento de que se había tenido nueva v engañosa 
ilusio'n. 

Eran tantas, á pesar de todo, v de tal manera dignas 
de atencio'n las señales de proximidad de tierra, por los 
muchos pajarillos cjue en bandadas se observaban á lo lejos, 
y por algunos trozos de madera recogidos, que el Almirante 
comunico' la orden á los comandantes de las otras carabelas 
para c[ue al salir y al ¡aonerse el sol se reunieran con él lo 
más posible; porque en esas horas es más segura la observa- 
ción y se descubre mayor horizonte, y deseal)a conferir con 
todos los capitanes y pilotos los indicios que cada uno 
crej'era descubrir. 



II 



Murmuraciones, contradicciones 3^ desdenes, dice el 
cronista Antonio de Herrera, tuvo que sufrir Crist(')I!AL 
CoLí'jN en su viaje: 3^ no parece que hay motivo para 
extrañarse de ello, ni para culpar á aquellos intrépidos 
marineros, que habían emprendido la más atre\ida de las 
navegaciones, y se veían ;í muchos centenares de leguas de 
su patria, impulsados ¡)or vientos casi constantes solare unas 
aguas nunca surcadas por bu(jue alguno. _v á cuyo extremo 
las imaginaciones y la ignorancia hal)ían acumulachi hasta 



LIHRO SEGUNUO. — CAPÍTULO II 



283 



entonces todos los horrores, todas las iVibulas v todos los 
peligros posibles. 

Si aquel puñado de españoles, curtidos en la vida y en 
las aventuras del mar v avezados á arrostrar á cada paso el 
furor de las tempestades, no hubieran abrigado ciega con- 
fianza en el valor de sus jefes 3- en la pericia de sus guías, 
de seguro no hubieran expuesto sus existencias haciéndose 
dignos con ello de admiracio'n y alabanza. 

Murmuraciones y quejas hubo; mas ¿llegaron á tradu- 
cirse en amenazas contra Cristób.\l Colón? Los que á sus 
o'rdenes caminaban, ¿llegaron á pronunciarse en abierta 
rebelio'n contra su jefe, comprometiendo así el éxito de la 



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empresa .' 

Dejamos notado que el Almirante, 3'a en 22 de Sep- 
tiembre, se congratulaba de que hubiesen A'enido vientos 
contrarios, porque calmaron la ansiedad de sus hombres que 
ünilíibilii iiiiix cstiiinilados; y al siguiente día, quejándose de la 
mar muv llana, consigna que ¡imniinrülni la gente, diciendo: ''E'^Aj^ 
que pues que por allí no había mar grande, nunca ventaría 
para volver á España. ^' aunque luego en muchos días no 
vuelve á hacer referencia á tales cosas, bien se deja com- 
prender que continuarían, unas veces con mayor fuerza, 
otras menos pronunciadas. Pero el viaje proseguía; la 
distancia recorrida era cada día mayor, las señales de tierra 
salían fallidas y las esperanzas disminuían , por lo que el 
descontento había de aumentar necesariamente, tomando ^'^r¿ 
grandes proporciones, aunque de ello no encontremos indi- 
cacio'n precisa en el Diario. 

Ya en el día 10 de Octubre, cuando habían pasado otros 
veinte días después de aquellas primeras murmuraciones 
que consigno' el Almirante, dice éste con expresiva frase: 
Aquí ¡a gente ya 110 lo podía siijrir: quejábase del largo viaje; 
pero el Almirante los esfor:[i'> lo mejor que pudo dándoles buena 
espcranr^a de los proveebos que podrían haber. Y añadía, que por 
demás era quejarse, pues el había venido á las Indias, y que así 



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z84 



CRISTÓBAL COLON 







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¡o híibiii de proscí^iiir hastú haílaríús con el iiynJii ilc Xiicstro 
Señor. Naturalmente, en el largo intermedio de esos veinte 
días corridos desde la primera manifestación de disgusto de 
los marineros, hasta la última tan acentuada que yú no lo 
podían sufrir, muchas debieron de ser las A-eces que Colóx 
tendría que animar con su palabra, calmar con sus razones, 
y vencer con su autoridad las contradicciones de su gente. 
Es la vida de á bordo monótona de su3'o, cansada casi 
siempre, cuando horizontes variados o' novedades de alguna 
imj)ortancia no vienen á interrumpir la uniformidad del 
servicio; 5^ si esto sucede en cualc[uier viaje ordinario de 
cierta duracio'n, bien podremos figurarnos lo cjue ocurriría 
diariamente á bordo de aquellas tres carabelas, pequeños 
átomos lanzados en la inmensidad del Occéano en busca 
de regiones cu3'a existencia no era conocida con segu- 
ridad. 

Donde se reunían dos marineros se cambiaban impre- 
siones sobre la temeridad del viaje: si se aumentaba el 
número, cada uno apuntaba la causa de sus temores v de sus 
recelos, 3^ ciertamente en más de una ocasio'n sorprendería 
Colón á sus marineros, en animados corrillos, murmurando 
á su sabor del extranjero que los llevaba á tan peligrosa 
aventura por ganar fama 3' honores: de los Pinzones Cjue le 
seguían por codicia; de los oficiales del l\.c\- que no manda- 
ban volver; de los pilotos 3" de cuantos tenían algún cargo 
superior. 

Su presencia imponía siemi^re respeto, 3' el prestigio de 
su saber no dejaba cjue la gente se le opusiera de un modo 
abierto y claro; pero tampoco es de dudar, conociendo el 
carácter de los hijos de Andalucía, y lo t^ue st)n los c|ue se 
dedican al mar, que en ocasiones, bajo el pretexto de con- 
sultarle, o al verse sorprendidos en sus murmuraciones, le 
expusieran con ma3'or o' menor claridad su deseo de vol- 
verse á España. 

En ese día, k.i de Octubre, las quejas fueron mu3' 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO II 



285 



prenunciadas: las palaliras debieron ir al^'o más allá de lo 
conveniente. 3' dieron lugar á un interesantísimo episodio, 
referido por testigo presencial, que sirve de explicacio'n á lo 
que escribió' el Almirante en su Duíno, \ es característico y 
significativo de lo que acontecía en el viaje y de la vida 
interior que se hizo en las carabelas. 

Tranquilamente se deslizaban éstas por unas aguas tan 
mansas como las del río Guadalquivir: una brisa constante 
y de fuerza inflaba las lonas y hacía marchar con la mayor 
rapidez á las ligeras embarcaciones diez o' doce millas por 
hora. Sentado Cristób.vl Colón en lo más alto del castillo 
de popa de la SiVifil Múriú, miraba con ojos ansiosos al occi- 
dente, descoso de arrancarle su secreto, y absorto en sus 
meditaciones j cálculos no pudo reparar en cierto número 
de marineros c^ue, después de haber tenido animada conver- 
sacio'n en el extremo opuesto del buc[ue, 3^ de haber tomado, 
al parecer, una resolución desesperada, habían ido á buscar 
á otros, los habían empujado hacia el castillo de popa, j 
poco á poco se habían formado en semicírculo á espaldas del 
Almirante, mirando como él hacia el mar, pero con intcn- 
cio'n mu3^ diferente. 

Cuando volvió' Colón la cabeza 3^ se vio' acompañado 
de tanta gente, pues estaban allí casi todos los del equipaje, 
expreso' su rostro la admiracicín. mezclada con el enojo, y en 
los tostados semblantes de acj^uellos valientes se pinto' la 
confusio'n. Bajaron todos la vista ante la serena mirada del 
Almirante, 3^ guardaron silencio, hasta c|ue éste, poniéndose 
de pie , se dirigió' al cjue más audaz parecía preguntándole 
cuál era la causa que allí les había llevado. 

Rojo de vergüenza, respondió' con timidez el marinero, 
que á sus compañeros les parecía bastante lo cjue llevaban 
anclado en demanda de la India: que se encontraban 3'a á 
ochocientas leguas de las costas de España (eran mil jaro'xi- 
mamente). v no salía cierta ninguna de las señales de tierra, 
por lo que juzgaban que ésta no existía, que iban engañados 



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CRISTÓBAL COLÓN 











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y pedían se volvieran las proas hacia España '. Severo 
estuvo Colón en su respuesta, y aunque sin culparlos, mani- 
festo'les con acritud la inconveniencia de su conducta, y lo 
mal recibidos que serían en su patria , cuando se supiera 
que. sin causa alguna, habían abandonado la empresa con- 
fiada por los Reyes á su valor; les exhorto' á perseverar 
dando crédito á sus palabras, como en otras ocasiones lo 
habían hecho, 3^ les expuso las probabilidades que se 
reunían para persuadirse de c[ue la anhelada tierra no estaba 
lejos... Mas como al razonamiento del primer marinero se 
unieran las voces de otros muchos cjue deseaban volver á 
Esjjaña, y los murmullos interrumpían la palabra del Almi- 
rante, éste, para no dar ocasio'n al desacato, y evitar todo 
motivo de descontento, alzo' la voz, y, con mayor imperio 
(]ue antes, les dijo, c[ue en asunto de tanta gravedad, era 
liien conocer lo que opinarían ^L1rtín Alonso Pinzón y su 
hermano, y que de ninguna manera tomaría resolución sin 
consultarlos. Pareció bien á los hombres lo que decía el 
Almirante, y bajando del castillo, hicieron señales á la Pnilil 
y á la Niña de que barloventeasen sobre la capitana. 

Reunidas al alcance de la voz las tres carabelas, dijo 
Martín Alonso Pinzón: — v Señor, ¿que ¡iiaiidü vucsü Scñoriit?» 
Y respondióle Colón, aparentando conceder lo que sus 
marineros deseaban, para ganar mejor sus voluntades: 
— ((Martín Alomo, csla gciilc que va en este navio, van ninrnin- 
rando v tienen gana de volverse, v á mi me pareee lo mismo, 
pues que habernos andado tanto tiempo v no hallamos tierra.» 
Comprendió muy bien Martín Alonso lo que las palabras 
del Almirante significaban, y el estado de los ánimos á 
liordo de la Santa María, quizá porque también en su barco 



' « Pues como la gente vido tanto andar y que las señales de los pajaritos 
y muchas aves salían vanas todas..., tornaron todos á reiterar sus importunas y 
desconfiadas querellas, y á insistir en sus temerarias peticiones, clamando á la 
vergonzosa tornada; despidiéndose de todo punto del placer y regocijo que en 
espacio de no treinta horas Dios le tenia aparejado.» — Las Casas, Historia de 
las Imiias, lih. 1, cap. X.X.XIX, 



LIBRO SEciUXUO.— capítulo II 



287 



había síntomas de descontento; }■ atrepellando i:ior todo. 
contesto' con la maj'or energía: « — Scíwr, ahorque -viicsíl 
merced media docena de ellos, ó échelos á la mar, y si no se 
atreve, yo y mis hermanos barloaremos sobre ellos y lo haremos; 
que armada que salió con mandado de tan altos Principes, no ha 
■volver atrás sin buenas nuevas.» 

Altamente complacido el Almirante con la atrevida 
resolucio'n del capitán de Palos, y notando el efecto que 
habían causado en su gente aquellas severas palabras, volvió' 
á tomar su carácter de defensor y jefe prudente, y dijo: 
« — Martin Alonso, con estos hidalgos hayámonos bien y ande- 
mos otros días, é si en estos no halláremos tierra, daremos otra 
orden en lo que debemos hacer.» 

Obro'se entonces en los ánimos la reaccio'n natural, 
miraron al cumplimiento del deber, 3" al gritar Colón y 
Pinzo'n. como señal para separarse: : Adelante! j Adelante! no 
falto' uno solo de los noventa hombres que tripulaban las 
carabelas que no gritase de corazo'n: j Adelante! 





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Cristóbal Colón, t. i.— 37- 



290 



CRISTÓBAL COLÓN 







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Tal vez habrá causado extrañeza á nuestros lectores, que 
tomando minuciosamente todas las palabras del Dicino de 
¡uívcgación, que atestiguan la inquietud y el descontento 
de los marineros que tripulaban la Santa María, no haA'amos 
puesto en esta historia las conjuraciones que, al decir de 
algunos escritores, se fraguaron contra la vida del Almi- 
rante, tratando de arrojarlo al mar j volverse á España, ni 
la rebelio'n amenazadora en que se alzaron todos los hombres 
de á bordo, y que no pudo dominar Cristóbal Colón, vién- 
dose forzado á transigir, concertando que si en el termino 
preciso de tres días no descubrían tierra, volverían las proas 
V regresarían por donde habían venido. liemos tenido en 
cuenta, para proceder de esta suerte, que nada de esto se 
encuentra en la Historia escrita por don Fernando Colo'n, 
ni en el libro de fray Bartolomé de Las Casas; que no lo 
consigna Colón en su Diario, ni en las cartas que escribió' 
después con la rclacio'n del descubrimiento, y que, por tanto, 
deben juzgarse tales episodios puramente novelescos, 3' esas 
situaciones dramáticas, mera invención, hija de la fantasía 
de historiadores más modernos. 

Hasta qué punto llegaron las quejas, las murmura- 
ciones, el descontento y las exigencias de los tripulantes de 
la Santa Alaria, lo hemos fijado por lo que escribid Colón 3' 
l^or las manifestaciones de los testigos que intervinieron en 
los sucesos, o' los escucharon de boca de otros presenciales. 
Ll aspecto cjuc presentaran los equipajes de las otras dos 
caral)elas no podemos referirlo, porque en ningún ddcumento 
se consigno memoria. Si hubo disgusto; si los marineros 
llegaron á manifestar sus temores á los capitanes, debió' ser 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO III 



2$t 



en otros términos que los expresados respecto de lo ocurrido 
en la Sdiitíl Miiriih El prestigio de que gozaban Martín 
Alonso V su hermano Vicente ^'áñez: su reconocida pericia. 
y el ser la mayor parte de los marineros sus deudos y 
amigos, los colocaba en situaciu'n muy favorable. Además. 
los hermanos Pinzo'n iban muy animados y llenos de lison- 
jeras esperanzas, porque sintiéndose capaces de altus hechos, 
pensaban obtener gloria, fama 3^ riquezas en la empresa; 3' 
la confianza que se pintaba en sus semblantes infundía 
tranquilidad á sus compañeros. 

Siguiendo paso á paso las impresiones que escribía 
Colón en su Diario, \ teniendo en cuenta los antecedentes 
de aquella expedicio'n tan trabajosamente preparada, 3' las 
excepcionales condiciones del peligroso viaje , fácil es hacerse 
cargo de la disposicio'n de los ánimos á bordo de las cara- 
belas, 3^ de las fases que fué presentando la desconfianza á 
medida que era ma3^or la distancia recorrida; desconfianza 
que no revestía ciertamente los mismos caracteres en los tres 
buques que cruzaban el Occéano. ni daba lugar á iguales 
manifestaciones en todos los individuos que componían la 
dotacio'n de cada uno de ellos. Va hemos visto de una 
manera tan clara como indudable, por la declaracio'n del 
anciano piloto Hernán Pérez ALiteos, cuál era el modo de 
pensar de los jefes. Separando juiciosamente lo que en las 
probanzas del pleito puede haber de parcialidad , tanto en 
las declaraciones de los testigos presentados por Pinzo'n 3^ 
por el fiscal del Rey, como de los que se examinaron á ins- 
tancias de don Diego Colon , se adquiere la conviccio'n 
profunda de que ninguno de los ca]3Ítanes, más todavía, ni 
los maestres, ni los pilotos, ni tal vez ninguno de los que á 
bordo llevaban cargos más u menos importantes, pensaron 
en volver á España sin haber dado el término posible al 
propo'sito que les guiaba. 

El deseo de volver al país natal . el ansia de poner de 
nuevu las proas hacia España, fué. casi desde el principio 







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292 



CRISTÓBAL COLON 




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del viaje, la aspiración de la marinería; de la gente allega- 
diza, igualmente ignorante que intrépida, en cuya imagina- 
ciü'n se agrandaban los peligros, porque caminaban á lo 
desconocido, y tomaban cuerpo, se alimentaban y crecían los 
más absurdos temores. Basta conocer á los hombres del 
pueblo andaluz para formarse idea exacta de sus impresiones 
en tan largo viaje. La multitud se dejaba arrastrar, como 
siempre , de encontradas emociones : á cada señal , más o' 
menos cierta, de la proximidad de tierra, se entregaba á arre- 
batos de inmoderada alegría, é inconsideradas eran también 
las muestras de su descontento cuando se desvanecían aqué- 
llas; que tal es, y ha sido siempre la condicio'n humana, y 
más entre hombres indoctos, que, no habituados á reflexio- 
nar y examinar juiciosamente las situaciones, se dejan llevar 
por la irnprcsio'n del momento, y toman por norma de 
conducta las alucinaciones de la fantasía acalorada. 

Aquellos marineros eran valientes, expertos y audaces: 
en los mares de Europa desafiaban las fuerzas de la natu- 
raleza, y disputaban á las tempestades la salvacio'n de sus 
buques, o' á los corsarios la salvacio'n de sus riquezas, siendo 
igualmente temerarios contra el mar v contra los hombres. 
Pero al verse caminar sin término hacia lo desconocido, 
vacilaban y temían. Sin embargo, como discretísimamente 
observa el señor Fernández Duro, su temor no se dejaba 
conocer más que en la manifestacio'n del deseo de regresar á 
España; manifestacio'n que, indudablemente, en algunas 
ocasiones debiu' hacerse de una manera más pronunciada y 
atrevida C]ue en otras, pero que siempre era disculpable. 

Para colmarlos de alabanzas bastará recordar que nave- 
garon más de mil leguas, y por espacio de dos meses, en un 
mar desconocido 3' nunca surcado por otras naves, á cu3^o 
límite la fábula y la preocupacio'n habían ido acumulando 
durante siglos los mayores horrores, las tradiciones más 
pavorosas, los peligros más extraordinarios v las más absur- 
das consejas, que eran aceptadas comn moneda corriente. 3' 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO III 



293 



corrían comci vcrtlatlrs en las i'on\crsacioncs del pueblo. 
¿Kra extraño, ni aun. si se quiere, censuralilc. el deseo que 
se despertíí en los corazones, de volver á ver las pla3'as de 
la patria despue's de tan incierta navcyacio'n? 

Xo hablaban los marineros 3' grumetes más que de las 
personas ausentes, de los objetos de su cariño, padres, hijos, 
hermanos, esposas y prometidas: recordaban las funciones 
del pueblo donde nacieron, la festividad del santo patrono, 
la velada o' verbena donde en alegres corrillos se bailaba al 
son de los cantos populares y de la animada guitarra: soña- 
ban con la elevada torre de la iglesia de su aldea. cu3'as 
campanas A'olteaban en unio'n con otros revoltosos camara- 
das, 3^ mezclándose á tan sencillas memorias el natural 
temor de no volver á gozar acjuellos placeres, bullía en todos 
igualmente la aspiracio'n al regreso. 

La expresio'n de este deseo es lo único que ha3' verda- 
deramente indudable. Se hizo á Cristóbal Colón de varias 
maneras: alguna, tal A"ez. irrespetuosa 3' hasta podríamos 
conceder que subversiva 3' tumultuaria; pero siempre los 
amotinados se sometieron fácilmente, siempre escucharon las 
razones del que los guiaba 3' continuaron prestando obedien- 
cia á sus jefes. 

Tal vez al referir Colón á su regreso las peripecias del 
viaje de ida, pinto' con viveza de expresio'n aquellas demos- 
traciones de la marinería, no con ánimo de acriminar el 
acto, sino para poner á vista de todos las muchas contra- 
riedades c|ue se le habían ofrecido, los trabajos pasados, y 
algunos 03'entes hubieron de exagerarlos dándoles ma3'ores 
proporciones al hacer la referencia. Así se comprende que 
Pedro Mártir de Angleria, que conoció' á Cristóbal Colón 
v pudo escuchar de sus labios algunas noticias, recogiendo 
otras de testigos presenciales . diga ' : « cjue los marineros 
comenzaron primeramente á murmurar en secreto 3' luego 



' Petriis Martirys ab Angleria. — Df novo orbe , etc. Década \, lib. L 



294 



CRISTÓBAL COLÓN 




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consultaban deshacerse de su jefe 3' aun arrojarlo al mar.» 
Pero no'tese que esto no pasaba, ni paso de hablillas 
entre los marineros, sin que exprese el historiador que 
fueran más que conferencias secretas en los corrillos v pala- 
brería de la gente. Y sin embargo, de esas sencillas frases 
de Pedro Mártir ha salido todo el dramático episodio de la 
conjuracio'n de los marineros, de sus amenazas á Colón, del 
grave peligro en que se vio' de ser arrojado al agua, 3' hasta 
de la transaccio'n que tuvo que pactar con la chusma amoti- 
nada, prometiéndola que si en los tres días siguientes no 
descubrían la deseada tierra, volverían las proas hacia 
España. 

La mayor respuesta á todos esos hechos imaginados por 
ciertos bio'grafos, con objeto de poetizar al héroe, engrande- 
cerlo y hacer más interesante el viaje, aumentando sus peri- 
pecias, está en la lectura del Diario de iitli'co-iU'ióii. Allí 
vemos consignados los sucesos día por día v nada se encuen- 
tra que justifique las emociones, el sobresalto, el disgusto de 
una sublevación á bordo. No se escribe con la tranquilidad 
que revelan acjuellas páginas cuando se ve comprometido el 
éxito de una gran empresa. 

Era imposible, verdaderamente, aquella conjura de los 
marineros, y más imposible todavía su manifestacio'n. No 
participaban todos los tripulantes de las carabelas de los mis- 
mos temores, o' á lo menos no alcanzaban á todos en igual 
grado. En los principales jefes la confianza fué constante, 
como lo era el deseo de tocar el apetecido resultado. Los 
oficiales, los empleados, cuantos por sus cargos tuvieron 
conocimiento detallado de los antecedentes, aunque mirasen 
con disgusto la inmensa distancia que los separaba del 
punto de ]3artida. confiaban va en la ciencia de Colón, 3-a 
en la pericia de los Pinzones, v aunque abrigasen temores 
y zozobras los ocultaban , cual corresponde á personas bien 
nacidas, á hombres cjue se avergüenzan de dar señales de 
debilidad; v solamente en la marinería, entre los hombres 



LIBRO SEGUNDO. — CAPÍTULO III 



295 



del pueblo se exageraban los peligros, crecían las vacilacio- 
nes 3' se manifestaba el terror en ocasiones señaladas. 

Pero hay todavía otra prueba que podríamos llamar 
concluyente. Dejamos recogidas anteriormente todas las 
frases que en su Diario de )iúvcgac¡óii estampo' el Almirante 
indicando el temor de sus marineros, sin que siquiera 
aparezca, ni por asomos, la sombra de una sublevacio'n , de 
una falta grave de respeto á la autoridad que representaba, 
ni menos una amenaza á su existencia: 3' aunque algunos 
pudieran ver en este proceder de CoL''>\ un plan de no 
hacer manifiestos ciertos desacatos á su persona, o' bien tma 
muestra de su prudencia , 3' otros calificar este silencio de 
prueba negativa, insistiendo en dar crédito á la supuesta 
insurreccio'n, \ prestándola exageradas proporciones 3- colo- 
res sombríos, hijos solamente de la fantasía de sus autores ', 
vamos á terminar este punto con las palabras mismas del 
inmortal navegante, que disiparán toda duda en el ánimn 
de los lectores, confirmando cuantas apreciaciones hemos 
hecho. 

Al regresar de su descubrimiento, cuando el éxito había 
justificado sus previsiones v respondido á sus cálculos: 
cuando volvía á España con noticias de tal naturaleza que 



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' En el núm. 316 de La Ilustración Artística , de Barcelona, describiendo la t JIftT^i^'Ai' 
estatua que ahora corona el hermoso monumento levantado en aquella capital, 
se decía: — «Abierto concurso para la estatua de Colón, ganólo en buena lid 
nuestro compatriota Atché... El descubridor del Nuevo Mundo está representado 
en el momento supremo de su. vida, cuando después de la noche terrible, conde- 
nado d muerte por sus desconfiados compañeros, la aparición del continente ame- 
ricano hace caer á la ignorancia bajo los pies de la ciencia. — ¡TIERRA! — 
e.xclamó Colóx en aquel instante histórico que importaba una revolución en el 
mundo científico y mercantil: y debió exclamarlo, aún más que con la alegría 
del que salva su existencia , con el orgullo del que ve cumplida una profecía. El 
artista, por lo tanto ha encontrado lo que pudiéramos llamar momento histórico 
del héroe.» 

La estatua, en efecto, es hermosa y de gran e.xpresión. — Lo que ignoramos W 
es cuál será la que el articulista califica de noche terrible: no tenemos noticia de 
haber sido Colón condenado á muerte , ni fué el continente americano el que apa- 
reció á la vista de los españoles al amanecer el 12 de Octubre de 1492. ¡Pero 
toda\i'a se escribe así la historia! 



296 



CRISTÓBAL COLÓN 



nadie podía desconocer su importancia, violentas y continuas 
tempestades le ¡cusieron en peligro de naufragar, perdién- 
dose con ello el fruto de tantos trabajos y penalidades. 
En semejante situacio'n, llego' á vacilar en su constancia 
el Almirante: pero alentado por la fe, el jueves 14 de 
Febrero, escribió' en su Diúno estas notables palabras ': 
— « Confortíábale, por otra parte, las mercedes que Dios 
le habia hecho en dalle tanta victoria, descubriendo lo que 
descubierto habia, 3' complídole Dios todos sus deseos, 
habiendo pasado en Castilla en sus despachos muchas adver- 
sidades y contrariedades. Y que como antes oviese puesto y 
enderezado todo su negocio á Dios, 3' le habia oido 3^ dado 
todo lo que le habia pedido, debía creer que le daria cum- 
plimiento á lo comenzado y le llevarla en salvamento. 
Ma3'ormente que pues le habia librado á la ida, cuando tenia 
ma3'or razón de temer, de los trabajos que con los marineros 
3^ gente que llevaba, los cuales todos á una voz i'slílbaii 
ílctoiiiiiuiilos de se volver v úlr^ivse eoiitra él biteieinlo proles- 
lacioiies, y el eterno Dios le dio' esfuerzo 3' valor contra 
todos. . . etc. » 

Aquí 3'a no es que se pasa en silencio el suceso, sino 
que lo recuerda muy de propo'sito Col(')N, comparándolo 
con el peligro que en aquel momento corría. Los marineros, 
dice, estaban cleleniíuiados de se volver, pero no lo pusieron 
por obra. Determinados estuvieron también de airearse eonira 
él (el Almirante) ¿pero en ([ué manera? ¿fué con amenazas, 
con gritos, en aliierta sedicitín? nada menos que eso; haeieiido 
proleslaeíones; y aun así no dice que se hiciera, sino que 
eslíihaii determinados en luieerlo. 

Murmuraciones, contradicciones, dice el cronista Anto- 
nio de Herrera, que sufrió' Col('>n en su ])rimer viaje; la 
gente quería alzarse contra él haeiendo protest¡ieiones, escrilie 
éste. El descontento del equipaje no paso', según lo (|uc 



Navarrete. — Colección de viajes, tomo 1. 



LIBRO SEÜUNDO. — CAPITULO III 



297 



racionalmente se infiere de tales palabras, de los términos 
que intentamos rellejar al íinal del capítulo anterior, dando 
por resultado la consulta con lus otms capitanes que refirió 
el piloto Hernán Pérez Mateos, v (¡ue dio por resultado la 
unánime decisión de seguir adelante, coronada pocos días 
después con la alegría del descubrimiento. 

Tal fué la disposición de todos los ánimos en aquel 
extraordinario viaje. No necesita más que sus propias con- 
diciones para despertar curiosidad v causar asombro: que 
aquí no pueden los hechos figurados por la imaginacio'n. 
añadir interés á los que la realidad ofrece. 



II 



ija 



Con muy pro'spero viento continuaron su camino las 
carabelas después de aquel importantísimo convenio de los 
jefes para acallar el clamor de sus tripulaciones. Más de 
setenta leguas anduvieron entre aquel memorable día 10 y 
la mañana del siguiente; pero eran tantas, tan claras }• tan 
repetidas las señales de tierra, que en todos los buques se 
iban recogiendo v anotando, que á nadie ocurrió' ya volver 
á la actitud pasada . ni quejarse de la velocidad con que se 
alejaban cada vez más de las costas de Europa, adelantando 
grandes espacios en aquellas latitudes desconocidas. 

Vieron los marineros de la Xniü, entre otros muchos 
indicios de la proximidad de tierra, muchas hierbas de agua 
dulce, y una rama de espino con su fruto rojo, que no 
podía haber sido cortada mucho tiempo antes: los de la 
Pinta tomaron una caña larga, v un madero redondo traba- 
jado por la mano del hombre y con liastante ingenio: y á 
bordo de la Santa María cogieron un ¡unco verde, v vieron 
pescados de los que hacen siempre morada entre las rocas. 
Cristóbal Colón, t. i. — 3S. 




298 



CRISTÓBAL COLÓN 






Hubo ma3'or movimiento cii el mar, mtls que en todo el 
viaic habían tenido, y vieron pardelas que cruzaron sobre 
los barcos con vuelo muy bajo: 3' con estas señales respi- 
raron y alegráronse todos, según la propia expresio'n del 
Almirante. 

Con la evidencia de que la tierra no estaba lejos, 
rezaron todos la Sülvc fervorosamente al declinar el sol el 
jueves 1 1 , 3' viéndolos en tan buena disposicio'n de ánimo 
el Almirante les dirigió algunas palabras de exhortación, 
para cj^ue dieran gracias al Señor que los había conducido 
hasta allí sanos 3' salvos con esperanza de grandes aprove- 
chamientos; y haciéndoles detenida reseña de todos los 
indicios que en acjuel día habían observado, 3' de las 
muestras c[ue se habían recogido, les recomendó' la más 
exquisita vigilancia, recordándoles el ofrecimiento de diez 
mil maravedís de juro, hecho por los Re3'es Católicos, al Cjue 
primero viera la deseada tierra, á lo cual dijo, para terminar: 
— Yo añado un jubón de terciopelo de seda como premio. 

Con todas las prevenciones posibles caminaron después 
de anochecido, v andarían á razón de doce millas por hora, 
con la dirección fija de Oeste. 

Todos velaban á bordo en aquella noche tan memo- 
rable. No era posil^le dormir cuando se esperaba un aconte- 
cimiento de extraño carácter: cuando después de setenta 
días de navegación incierta, de temores, zozobras, angus- 
tias, dudas y esperanzas se llegaba tal vez al apetecido 
descul)rimient(). . . Si estas señales convincentes, si los nuevos 
3^ repetidos indicios salían tamliién i'allidos, ¿qué partido les 
quedalia? ¿qué esperanzas podrían al)rigar?... Nadie pudo 
conciliar el sueño. Los cjue no hablaban, metlitaban recos- 
tados en sus lechos, ó apoyados solare la obra muerta, 
interrogandii con ávidos ojos la oscura inmensidad del mar 
CU3'()S misterios ansiaban penetrar. Kra el momento supremo 
de espcctativa, entre la realización de un acontecimiento 
grandioso (í un tremendo desengaño... 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO III 



299 



^'claba también, y vigilaba más conmovido que todos. 
Cristóbal Colón, sentado en lo más alto del castillo de 
popa de su carabela. ¿Quién es caj)az de penetrar los pensa- 
mientos que en tan supremo instante agitaban la mente de 
aquel hombre superior? ¿Co'mo comprender las angustias 
de su espíritu agitado entre el temor y la esperanza? La fe 
y la ciencia le alentaban: creía en la verdad de sus cálculos 
y confiaba en Dios , CU3-0 conocimiento deseaba llevar á 
desconocidas regiones... pero la duda asaltaba acaso su inte- 
ligencia y mortificaba su es^DÍritu. De repente se levanto' 
como movido por un Tortísimo resorte; convulso, anhelante: 
fijaba tenazmente la vista en un punto luminoso que á 
estribor llamaba su atencio'n. Era una claridad rojiza, mo'vil, 
vacilante, como de tea llevada por alguno que caminase 
rápidamente. Xo queriendo el marino dar crédito á sus 
ojos, los cerro', pasando sobre ellos su mano calenturienta... 
Cuando de nuevo los abrió', volvió' á encontrar la misma luz, 
y levantando entonces su corazo'n á Dios con infinita ternura, 
quiso robustecer su conviccio'n antes de entregarse de lleno á 
la alegría. Llamo con presteza á los oficiales que más cerca 
estaban, y acudiendo el primero Pero Gutiérrez, repostero 
de estrados del Re}", le dijo que mirase acjuello que parecía 
lumbre, 5' con efecto la vio rejDetidas veces. Llego' luego 
Rodrigo Sánchez de Segovia, que llevaba el cargo de veedor 
general de la armada , el cual ya no pudo verla : pero 
después se vio' otras A-eces más, aunque tan lejana, que era 
como una candelilla de cera que se alzaba y levantaba. 

Esto sucedió' á las diez de la noche del día 1 1 de 
Octubre. Desde aquel momento fué indescriptible la ansie- 
dad que reinaba á bordo de la Süiüil María. Seguían nave- 
gando á razo'n de tres leguas por hora, y cada uno ambicio- 
naba para sí el lauro de ser el primero que diera la voz de 
¡tierral cuando á las dos horas después de media noche, se 
escucho' aquel grito mágico, saliendo de la carabela Pinta, 
que iba algo adelantada de las otras dos, porque era más 



300 



CRISTÓBAL COLÓN 



velera. I)i(tlc el marinero Rodrigo Sánchez de Triana. que 
la vislumbro' como á dos leguas de distancia, y á seguida 
se disparo' una lombarda para avisar á los otros barcos 
seeún se había convenido. 

Amaináronse todas las velas: se pusieron los buques al 
pairo, o' á la corda, como entonces se decía, y en tal situa- 
cio'n, temporizando para no j)crder ni ganar terreno, espe- 
raron la venida de la aurora. 

Siglos parecían los instantes. La tierra se dibujaba 
claramente á la vista de las tripulaciones... pero quedaban 
muchas dudas por disipar. Ac[uellas horas fueron de incer- 
tidumbre y curiosidad, de temor 3- de esperanza. ¿Qué era 
lo que les esj)eraba después de tan largo viaje y de tantos 
trabajos sufridos? ¿Se encontraban frente á aquellas mágicas 
ciudades que describían los viajeros y contaban las Icvcndas. 
donde el oro abundaba; donde los palacios eran de cristal y 
de jaspes hermosos; donde l)rindaba la naturaleza con todos 
sus dones, y la civilizacio'n oriental con todos sus deleites 3^ 
comodidades, o' iban á descubrir algunas rocas inaccesibles é 
inhospitalarias ; algunos terrenos desiertos en que no fuera 
posible habitar, ni aun tener medios de reconocerlos? 
¿Encontrarían hombres feroces, de espantables figuras 3'' 
belicosas costumbres; intratables; atrevidos y con armas c[ue 
les impidieran el desembarcar, 3' aun pusieran en peligro la 
libertad y la vida de los españoles? El problema estaba 
resuelto en parte; pero quedaba mucho por despejar, y 
el temor era natural, cuando tan pro'ximo se veía el desen- 
lace, que podía ¡íroporcionar la mayor alegría o' el más 
amargo desengaño. 

Todos meditaban, acariciando pensamientos más o' 
menos tristes, aunque siempre aventurados: 3^ todas las 
miradas se dirigían al punto donde una masa ini'orme les 
denunciaba la existencia de la codiciada tierra. La oscuridad 
era completa; nada podían descubrir (¡ue aclarase sus 
dudas, 3^ tanto pilotos como marineros, capitanes 3' maes- 



LIBRO SKGUNDO.— CAPITULO III 



301 



tres, cuantos á bordo se encontraban, volvían los ojos al 
Oriente, ansiando v temiendo que se disipara la oscuridad 
con la aparición en el horizonte del nuevo día. 



m£' 



III 



Nunca su luz ha podido ser más deseada. Ra3'o' al 
cabo, }' descubrió' á los admirados é intrépidos navegantes 
el espectáculo de una naturaleza nueva, tan espléndida, tan 
rica . lozana 3' variada , tan diferente de todo lo que cono- 
cían, que jDermanecieron por mucho tiempo todos absortos en 
su contemplacio'n , mientras las carabelas adelantaban pausa- 
damente acortando la distancia C[ue las separaba de la pla3-a. 

Tenían al frente una hermosísima isla como de quince 
leguas de longitud, al parecer; llana, sin montes de ninguna 
clase, con una A'egetacio'n exuberante, muv nutrida, v 
árboles de apacible vista, cu3'as hojas grandísimas, agitadas 
por suave brisa, dejaban ver extraños frutos que nunca 
habían conocido los europeos. Era, dice el P. Bartolomé de 
Las Casas, como una huerta llena de arboleda verde 3- 
fresquísima. 

Llamábanla sus moradores Giiúiiíduiiii ; Colón, saludán- 
dola en nombre de la religio'n cristiana. 3' consagrando á 
ésta su primer recuerdo, la nombro' Suii Scilvcidor, nombre 
que ha conservado á pesar de los siglos transcurridos, 3^ por 
el que ho3' todavía es conocida, para que el viajero pueda 
recordar el punto en que por vez primera planto' el estan- 
darte de la cruz el Almirante de los Re3'es Cato'licos. 

Muv diversas han sido las opiniones de los sabios 3' de 
los marinos al fijar la posicio'n de la isla Giiúiidhiltü '. 



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' Véase las Ailtinictones y documentos (C). 



302 



CRISTÓBAL COLÓN 



Seguimos la del ilustre \\'ashington Irving, apo3'acla por 
A. Ilumboldt. porque se conforma mejor que otra alguna 
con los datos precisos consignados en el Diario de Navega- 
ción, y con la descripcio'n c[ue de la isla hace fray Bartolomé 
de Las Casas; 3^ porque con ella se explican también natu- 
ralmente y con la maj^or claridad los hechos ocurridos en 
los días anteriores al descubrimiento, y los que después se 



Nuestro sabio don Martín Fernández Navarrete, cuya 
opinio'n es siempre digna de tanto respeto, juzgo' que el 
primer punto descubierto por CoLÓx fué la isla que hoy 
se nombra del Gran Turco, en el grupo de las del mismo 
nombre; mas para hacerlo tuvo que torcer el rumbo de la 
expedicio'n casi al Sur, cuando tantas veces repite aquél, 
que caminaba hjo al Oeste, 3^ si en alguna ocasio'n vario' un 
cuarto al Sudoeste, guiado por las aves que venían á las 
carabelas, o' por otras señales de tierra, desvanecida la pro- 
babilidad, volvía constantemente á su primera direccio'n. 

Es también de notar, que la isla del Gran Inrco apenas 
tiene dos leguas de extensio'n y es un banco de rocas en el 
c[ue no se encuentra vegetacio'n alguna , ni árboles variados 
como los que tanto llamaron la atencio'n de los es^^añoles en 
la alborada del i.^ de Octubre. Pero para nuestro juicio 
la razo'n más poderosa es, que siguiendo las carabelas su 
rumbo á occidente, con ligerísimas desviaciones, hasta tocar 
en la isla de San Salvador, habían dejado por la banda 
izquierda, o' de estribor, las pequeñas islas denominadas 
Turcas, los caicos, muchos ca3"os de arena, 3^ las islas de 
Mariguana, Samaná 3' otras, de las cuales podían salir, 3" 
en efecto salieron, los pajarillos de corto vuelo que tanto 
Uamaron la atencio'n de los navegantes; las hierbas y los 
peces c[ue en diferentes horas observaron; y en la noche 
del 1 1 de Octubre debieron ¡^asar á corta distancia de la isla 
de Watling, donde se agitaba la antorcha cj^ue vio' el Almi- 
rante á las diez de la noche, pues siguiendo su marcha. 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO III 



303 



descubrieron cuatro horas más tarde, á las dos de la misma, 
la isla de Giidiialumi. 

Xin.nuna de estas circunstancias concurren en el grupo 
de las islas liircüs: antes de ellas no ha}^ punto de tierra 
próxima que pueda descubrirse y donde pudiera hacerse la 
lumbre que vislumbro Colón; y pues á éste se le adjudico' 
el premio de los diez mil maravedís, por la seguridad que 
resulto' de la informacio'n de que había visto luz en tierra, 
es indudable que el primer desembarco se hizo en la misma 
isla que ho}* lleva el nombre de Süii Súlvüilor, siendo el 
camino recorrido desde las diez de la noche á las dos de la 
madrugada, el que separa justamente esta isla de la de 
Watling. donde pudo verse aquélla. 

Esta es, en nuestro entender, la explicacio'n más segura, 
la que satisface j se combina mejor con todos los datos, 
como vamos á ver en seguida, la que puede tenerse como 
verdadera, 

Mr. H. Harrisse, que en este punto ha hecho especial 
trabajo, forma su juicio exponiendo «que para resolver este 
problema ha}- tres fuentes principales de estudio, que son: 
»i.° La descripcio'n hecha por Cristóbal Colón. 
))2.° Los mapas antiguos. 

»3.° Las descripciones más aproximadas por su fecha 
á la narracio'n del Almirante '.» 

«Colón, en su relacio'n oficial, se limita á decir que 
treinta 3- tres días después de su salida de las Canarias. 
falló muy iimchas ishis pobladas con gente sin número. A la 
primera que yo jallé, añade, puse nombre sant salvador á 
conmemoración de su alia majestad, el qiial marauillosamente en 
todo esto a andado; los indios la llaman guanaba ni. — El Diario 
de navegación es más explícito. Debemos notar, que, aunque 
este precioso documento no ha llegado hasta nosotros más 
que compendiado por Las Casas, la descripcio'n de la 



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Clinstophe Colonib , tomo I, pág. 443. 



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304 



CRISTÓBAL COLÓN 





primera isla descubierta por CüL(')N está entre comillas, 
y precedida de la advertencia: Esto que se sií^iic son palabras 
foniialcs del ^-11 mira ule en su libro ile su primera uaz'ei:;acioii 
V íleseubrimieulo de eslas ludias ', y que se encuentra en un 
Diario donde éste declara su propo'sito «de escribir muy 
puntualmente de dia en dia todo lo que hiciese y viese.» 
Debe por tanto presumirse que aquellos detalles se fijaron 
en el escrito cuando los recuerdos de Colón estaban todavía 
muy recientes. » 

Esto mismo hemos juzgado, y las palabras de Cristóbal 
Colón nos han servido de guía para fundar nuestra opinio'n; 
pues , como en seguida veremos . la descripcio'n so'lo puede 
convenir á la isla c[ue hoy continúa llamándose San Sal- 
vador, o' isla del Gato (Cat islaudj, y de ninguna manera á 
las otras que diversos autores han indicado, como ya lo 
aseguro' Washington Irving. 

LleA^ando siempre por norma las palabras del Almi- 
rante, hemos adquirido una conviccio'n: hemos llegado á 
unas conclusiones seguras. El señor Ilarrisse no ha podido 
obtener igual resultado, y sus estudios revisten siempre el 
mismo carácter de inseguridad. La perpetua duda le con- 
duce fatalmente á una vacilacio'n constante. Después de 
haber establecido como base que el extracto o compendio 
del Diario, hecho jDor el P. Las Casas, es digno de entero 
crédito, y que la parte que se refiere á la descripcio'n de la 
isla donde se efectuó' el primer desembarco, está eopiada eulre 
eomillas, y con la advertencia de que son las palabras mismas 
del Almirante, dice en el mismo capítulo - que ya hemos 
citado: «Sea que el Almirante, poseído de una conmocio'n 
muy natural , haya confundido en una sola circunstancia 
muchos hechos aproximados; sea que Las Casiis luivit abre- 



' Diario. — Viernes, 12 de Octubre. — Navarrete, tomo I, ¡i.-lg. 173 de la 
segunda edición. 

' Christophe Colomb , tomo L — Premier a/trrrage, pág. 451. 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO III 



305 



viaáo la descripción original, como lo ha hecho con oíros 
pasajes del Diario de navegación , la explicíicio'n nos ha pare- 
cido siempre incompleta y contradictoria.)) 

Por semejante camino nunca se llega á términos 
ciertos. 

Pero continuemos el razonamiento del docto crítico: 

« En esta descripcio'n la crítica recoge las siguientes 
particularidades : 

))i.'' La isla primera que Colóx descubrió' 3' donde 
desembarco' : « Está Lesteoiiestc con la isla del Hierro en Cana- 
nrias, so lina linea '.)> 

))2." Esta isla es bien grande, y muy Uaná, y de árboles 
muy verdes y muchas aguas, y una laguna en medio muy grande 
sin iiin¿'iina montaña. 

))3.* Estaba mu}' poblada; — vinieron muchos y muchas 
mujeres. 

))4.^ Está toda rodeada de un gran cinturo'n de rocas: 
— Una grande restinja de piedras que cerca toda aquella isla 
alrededor. 

«5.* En medio - hav una hondonada y puerto bas- 
tante capaz para contener todas las naves de la cristiandad, 
y su entrada es mu}' estrecha: — Entre medias queda hondo y 
puerto para qiianlas naos hay en toda la cristiandad, y la 
entrada del lo muy angosta. 

)) Ahora bien, interpreta Mr. Harrisse. no ha}' una 
siquiera de las Lucavas que corresponda á esta descripcio'n. 
y pueden oponerse á las dificultades de interpretacio'n que 
presenta, las razones siguientes: 

))¿Eran muy numerosos los habitantes de la isla? Como 
los indígenas no conocían la piedra ni los metales . y fueron 
conducidos muy luego para ir á trabajar en las minas, ¿se 



' Esta cita y las que siguen están tomadas de Navarrete, tomo I, pági- 
n.is 174-179. 

' Las palabras: La otra partf Jd I.csíc , (\m(í preceden a la descripción, 
parece significan que la ensenada estaba al lado occidental de la isla. 

Cristóbal Colón, t. i. — 39 




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CRISTÓBAL COLÓN 



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explica que no encontremos ho}' huellas de su existencia, ni 
ha^'a indicios de que en otro tiempo fueran numerosos? 

» ¿Había muchos árboles 3' algunos tan corpulentos que 
los indígenas construían de un solo tronco canoas capaces de 
contener hasta ochenta personas? Notorio es que donde 
dominan los europeos , los árboles tardan poco en desa^aa- 
recer: se comprende, por tanto, que esas islas no ¡presenten 
ahora ningún rastro de haber tenido bosques.» 

«¿Poseía la isla muchas aguas y una vegetacio'n exu- 
berante? La gran corta de árboles, bajo un sol ardiente, 
ha podido causar la sequía de los manantiales, y la gran 
laguna, si por la palabra gran laguna debe entenderse un 
verdadero lago y no un simple charco. Es, pues, natural 
que los habitantes no encuentren va agua dulce . sino 
abriendo pozos, y que la vegetacio'n sea pobre, pero fron- 
dosa. » 

«En cuanto al cinturo'n de rocas y á aquel vasto 
puerto, no es posible explicar por qué no existen ahora. 
El archipiélago de las Bahamas. en cuanto alcanzan memo- 
rias, no ha sido trastornado por grandes cataclismos, como 
últimamente lo fueron las islas de la Sonda. La acción del 
(í//// Slrcain no es tampoco de índole tal que transforme en 
el espacio de cuatro siglos los canales y la configuración 
de un archipiélago tan considerable. «En íin. estas islas 
son de una formacio'n granítica o madrepórica, poco sujeta 
al trabajo de desgaste C[ue se observa en las rocas cretáceas o' 
calcáreas. ¿Qué se ha hecho. ])ues. acjuella isla que se 
encontraba situada en la misma latitud cjue la ele Hierro. 
es decir, entre 70" 50' y 27" 39'? A esta altura no e.xiste más 
que la llanura del mar. ó la extremidad apenas visible de 
un l)anco de arena. ¿Do'nde se encuentran aijuel cintunín 
de elevadas rocas v acjuel puerto maravilloso, cajjaz de con- 
tener todos los l)a¡eles que poseían las naciones de Iluropa 
en el siglo x\? Preciso es haber visto las ensenadas actuales 
de las Luca\-as jjara hacerse cargo de su escaso parecido con 



LIBRO SEGUNDO. — CArÍTULO 111 



307 



esta descripción, que más bien recuerda la gran rada de 
Ñipe, donde Colí'in no arribí! sino mucho más tarde.» 

«La descripción hecha por Colox. en los términos que 
ha llegado hasta nosotros, ofrece, pues, poca utilidad para 
esta investigación.» 

Y nosotros preguntamos á nuestra vez al crítico anglo- 
americano: Y si no llevamos por guía las palabras de 
Colón, ¿quién va á servirnos para descubrir los lugares que 
él A'isito' primero? ;Si descontiam.os de lo que él nos dice. 
porque poseído de inilnnil eiiioeióii pudo confundirse, en quién 
vamos á confiar? Apovado en esas mismas indicaciones que 
dejamos numeradas, Washington Irving. asesorándose con 
la opinio'n de un oficial de marina de gran inteligencia y 
práctica, v después el célebre A. Ilumboldt, cre3'eron que la 
isla á que Colón arribo' en la alborada del 12 de Octubre, 
y á la que puso por nombre 5í7// Salvador, es la misma que 
hov lo conserva, v á la que los ingleses denominan Cat-island 
o' isla del Gato, que aunque no se encuentra exactamente en 
la latitud indicada por el Almirante, difiere muy poco de 
ella: tiene hoy. como entonces, abundantes aguas 3' rica 
veo-etacidn. y á la vuelta, hacia la parte de Occidente, en el 
recodo que forma la costa, y Colón indico con la frase 
clarísima de que estaba de la otra parte del Leste, que era la 
opuesta á la que primero descubrid, hace extensísimo abrigo 
para los buques v está rodeada de grandes piedras. 

Siguiendo, por último, el orden que el señor Harrisse 
establece para sus estudios, y buscando las opiniones de los 
autores más aproximados por sus fechas á la narración del 
Almirante, haremos notar que fray Bartolomé de Las Casas, 
que tantas veces visito las islas nuevamente descubiertas, no 
encontró falsas las señales que consigno' Colon sobre el 
punto de su primer desembarco, siendo esto buena prueba 
de que. la descripción que aquél hizo, es la única que puede 
ser atendida con utilidad en esta investigación. 









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CRISTÓBAL COLÓN 






IV 



Aumento la alegría de los españoles el ver que á la 
pla^'a acudía gran muchedumbre de gente, c|ue anunciaba 
considerable población: y creció' el asombro, cuando, lle- 
gando más cerca, pudieron ver cjue todos aquellos isleños, 
que levantaban los brazos v hacían demostraciones de la 
maj'or admiracio'n, estaban completamente desnudos. 

Pro'ximos á la plajea los tres barcos , 5^ según lo que se 
había prevenido, botaron los esquifes al mar á un mismo 
tiempo, y salió' el Almirante en el primero, armado de todas 
armas, con un manto de escarlata sobre los hombros v en la 
mano la bandera real, acompañándole los oficiales de la casa 
real con cargo, 3' cuanta gente pudo caber en la barca, 
todos con sus armas y con el mejor aderezo posible en sus 
personas. En los otros dos botes le siguieron Martín Alonso 
Pinzón 3" Vicente Yáñez, con los estandartes de la cruz 
verde 3' las cifras de los soberanos, llevando también á 
bordo todos los hombres c¡ue jjudieron. 3' cjuedando un corto 
número en la custodia de las carabelas. El mar estaba 
tranquilo, el aire suavísimo, la pla3'a ofrecía el aspecto más 
encantador, 3^ las barcas se apro.ximaban pausadamente 
impelidas por los remos, sin que nadie en ellas profiriese 
una exclamacio'n . ni dejase escapar una palabra, con las 
miradas fijas en la tierra, y como poseídos de la solemnidad 
3^ grandeza del acto que iban á ejecutar. 

Aíucho más asombrados los isleños, fueron retroce- 
diendo á medida que los botes se acercaban, v se refugiaron 
entre la espesura de los árboles, para observar desde allí las 
acciones de aquellos seres que juzgaban llovidos del cielo. 

Salto' en tierra el Almirante, se adelanto' algunos pasos 



LIBRO SF.GUNDO.— CAPÍTULO III 



309 



en la plava seguido de los hermanos Pinzo'n con sus bande- 
ras V rodciido de todos los pilotos v tripulantes, hincaron en 
tierra las rodillas, v en altas voces, con acentos del corazón, 
turbados en muchos por las lágrimas, dieron gracias á Dios, 
que después de tantos trabajos, fatigas, penas 3' temores, 
así recompensaba sus afanes. Por aquellos rostros curtidos 
por el aire del mar corrían lágrimas de ternura; recitaban 
unos las oraciones de su infancia; liesaban otros la tierra con 
devotísima actitud; golpeábanse muchos el pecho, 5' todos 
levantaban los ojos al cielo reconociendo su proteccio'n. 

A esta escena indescriptible 3' conmovedora siguió' otra 
que no fué menos interesante. Al levantarse Cristób.\l 
CoL(')X. clavo' en tierra el pendo'n real de Castilla 3' llamo á 
los capitanes v al escribano Rodrigo de Escobedo para que 
diese fe y testimonio de que tomaba posesio'n de aquella 
isla, á la que puso, según dijimos, el nombre de San Scihvú- 
dor, por los Re3'es de España, al tiempo que algunos mari- 
neros se adelantaron tímidamente, y con muestras del 
ma3'or respeto tomaron las manos del Almirante 3' las 
cubrieron de besos y de lágrimas, sin que la emocio'n les 
permitiera pronunciar una sola palabra. El ejemplo fué 
contagioso. Todos los que habían concurrido al acto se acer- 
caron á Colón ansiosos de besar sus manos ; se postraron 
ante él. abrazaron sus rodillas, 3' á pesar de la resistencia 
que oponía se humillaban á sus pies. Después de dar 
gracias al Todopoderoso, dispensador de todo bien, besaban 
arrepentidos la mano que á tanta gloria les había enca- 
minado. 

Contemplaba el cuadro innumerable grupo de isleños, 
que miraban ato'nitos aquella escena sin comprenderla. 
«¿Quién podrá expresar y encarecer, dice fra3" Bartolomé de 
Las Casas, el regocijo que todos tuvieron 3" jubilación. 
llenos de incomparable gozo é inestimable alegría entre la 
confusión de que se veían cercados por no le haber creído, 
antes resistido é injuriado al constante 3- paciente Colon'' 





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CRISTÓBAL COLON 



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;quicn sifjnificará la reverencia que le hacian? ; el perdón 
que con lágrimas le pcdian? ¿las ofertas que de servirle 
toda su vida le hacian? v finalmente, ¿las caricias, honores 
y gracias que le daban, obediencia v subjecion que le 
prometían? Cuasi salían de sí por contentarle, aplacarle y 
regocijarle: el cual con lágrimas los abrazaba, los perdo- 
naba, los provocaba todos á cjuc todo lo refiriesen á 
Dios.» 

En tanto que el escribano se ocupaba en extender las 
diligencias oficiales de aquel acto, que debían firmar las 
personas caracterizadas que lo presenciaban, los indios, que 
así empezaron á llamarles los españoles, se fueron acercando 
cada vez más al grupo, confiados en que no veían señal 
alguna de hostilidad, ni se les causaba daño. Con la 
sencillez de niños, con el candor v audacia de la inocencia 
se llegaban á los hombres de armas, v pasaban las manos 
por el brillante acero, que les causaba la mayor admiracio'n. 
.Miraban con ojos espantados las banderas verdes, el manto 
rojo del Almirante y todos los paños de colores c|ue llevaban 
los marineros; «íbanse á los hombres barbados y llegaban 
con las manos á las barbas, maravillándose dellas, porque 
ellos ninguna tienen: especulando mu}' atentamente por las 
manos y las caras su blancura.)) 

Colón escribe que los habitantes de la isla eran «muy 
bien hechos, de muy fermosos y lucidos cuerpos y muy 
buenas caras: los cabellos gruesos y cuasi como sedas de 
cola de caballos, é cortos; los cabellos traen por encima 
de las cejas, salvo unos pocos detras que traen largos, 
(jue jamas cortan; dellos se pintan de prieto: y ellos son 
déla color délos canarios, ni negros ni blancos: y dellos 
se pintan de colorado, y dellos de lo que fallan, y dellos 
se pintan las caras, y dellos todo el cuerpo, 3' dellos solo 
los ojos, y dellos solo el nariz.» 

Mucho se maravillaban los indios de ver á los cris- 
tianos, su color, trajes y armas; pero no menos se mará- 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO III 



3" 



villaban estos, viendo tanta sencillez v confianza de parte 
de aquella ícente, que por su desnudez, su mansedumbre 
}• simplicidad parecía no haberse perdido o' haberse resti- 
tuido al estado de la inocencia . en que un poquito de tiempo, 
que se iliee uo Iniher pasado de seis horas, vivió nuestro padre 
Adán, como dice ingenuamente el P. Las Casas. 

Terminadas las primeras ceremonias de la toma de 
posesio'n de la isla, prestaron todos obediencia á CoLóx 
como Almirante y Virrey nombrado por los Re3'es; comen- 
zaron los Pinzones á darle la obediencia , y siguieron Diego 
de Arana. Rodrigo Sánchez, Pero Gutiérrez y cuantos 
habían salido á tierra. Debe notarse la importancia de 
este acto oficial , porcjue en las Capitulaciones de Santa Fe 
se habían concedido á Colón los títulos de Almirante v 
^'iso-rey : pero fueron puramente nominales, por cuanto lo 
había de ser en todas aquellas ishls y tierra firme que por su 
mano ó iiulustria se deseubrieren ó gainiren en las diehas nuves 
Ociéanas; es decir, que si hubiere regresado á España sin 
haber logrado descubrir tierra alguna, no hubiera podido 
ostentar derecho á aquellas dignidades. 

El descubrimiento aseguraba y completaba lo capitu- 
lado con los Reyes: desde aquel punto comenzaba el ejercicio 
de sus cargos y el goce de sus preeminencias : había terri- 
torios que colonizar 'y gobernar, y al poner el pie sobre 
ellos, daba principio la jurisdiccio'n del Almirante. 

Por estas razones, al llegar á tal punto, el P. Las Casas 
empieza el capítulo de su historia con estas significativas 
palabras : 

«De aquí adelante será razón de hablar de Cristób.\l 
CoLux de otra manera que hasta acj^uí. añidiendo á su 
nombre el antenombre honorífico, y á su dignísima persona 
la prerogativa v dignidad ilustre, que los Reyes tan digna- 
mente le concedieron de Almirante, pues con tan justo 
título y con tantos sudores, peligros y trabajos, pretéritos 
y presentes, y los que le quedaban por padecer, lo habia 



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ganado, cumpliendo con los Reyes mucho más, sin compa- 
ración, de lo que les habia prometido.» 



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Desde los primeros momentos del desembarco enten- 
dieron los marineros cuánta era la curiosidad de los 
inocentes indios, y lo que llamaban su atencio'n los objetos 
más insignificantes que se les mostraban. El mismo Almi- 
rante, por atraerlos, les ofreció' algunos bonetes colorados, 
cuentecillas de vidrio, cascabeles y otras chucherías de poco 
valor c|ue recibieron con ruidosas manifestaciones de alegría, 
quedando por extremo agradecidos; 5^ para demostrar el 
aprecio cjue de tales regalos hacían, corrieron á sus cabanas, 
trayendo grandes ovillos de algodo'n hilado, papagayos y 
algunas frutas, con cjue empezaron los trueques y cambios, 
que entonces llamaban rescates los navegantes de todos los 
países. 

Crejfcndo á los españoles, según después se supo, 
enviados del cielo, estimaban cualquier objeto que se les 
daba como preciada reliquia. A más de deleitarse con su 
vista, se engalanaban poniéndose al cuello las sartas de 
cuentas de vidrio; reían 3^^ saltaban viéndose unos á otros 
con los bonetes encarnados , o' con las cintas de colores que 
hal>ían cambiado : pero lu que más novedad les jjropor- 
rionaba, lo que maj'or contento producía en ellos, eran 
los cascabeles, cu3'o ligero sonido les causaba verdadera 
locura. 

Cuando los españoles volvieron á la pla3"a para tomar 
los botes 3' recogerse á las carabelas, se arrojaron los 
isleños al agua, 3' los siguieron á nado, ])ara continuar 
haciendo cambios, 3- gozar de la vista de aquellos seres, 



LIBRO SEGUNDO. — CAPÍTULO III 



313 



í- 



para ellos tan extraordinarios, v que con tanta admiración j-- 
contemplaban. 

Estas primeras relaciones entre descubridores é indí- 
g'enas tienen un carácter tan particular, un color tan nuevo, 
que es necesario, para poder apreciarlas debidamente, leerlas 
referidas por testig'o presencial: por persona que á lo menos 
lo escuchara de quien tomo' parte en ellas. La relación del 
Almirante, conservada íntegra por frav Bartolomé de Las 
Casas, es interesantísima: v no siendo posible trasladarla 
por su mucha extensio'n . la extractaremos, conservando los 
principales conceptos en la forma misma que los escribiera 
Colón. 

A la mañana del siguiente día. sábado 13, apenas /^^^ *^' 
amaneció', acudieron á la plava muchos indios, saludando , f J¿^^ 
con sus expresivos gestos á los españoles, y acercándose ¿¿^^"^^ 
muchos á las naves en canoas d almadías que eran hechas 
«del pie de un árbol, como un barco luengo y todo de un 
pedazo, 3" labrado muv á maravilla según la tierra, v 
grandes que en algunas venían 40 o' 4 -, hombres , v otras 
mas pequeñas, fasta haber dellas en que venia un solo 
hombre. Remaban con una pala como de fornero, y andan 
á maravilla: v si se les trastorna luego se echan todos á 
nadar }• la enderezan y vacian con calabazas que traen 
ellos. 

«Traían ovillos de algodón filado, \ papaga3-os v azava- 
gas (son unas varas sin fierro, v algunas dellas tienen al 
cabo un diente de pece v otras de otras cosas), y otras 
cosillas que seria tedio de escribir, v todo daban por 
cualquier cosa que se les diese. Y yo estaba atento 3' traba- 
jaba de saber si había oro. y vide que algunos dellos traían 
un pedazuelo colgado en un agujero que tienen á la nariz, y 
por señas pude entender c¡ue 3'endo al Sur o' volviendo la 
isla por el Sur, que estaba allí un re3' que tenia grandes 
vasos dello, 3* tenia muy mucho... 

«Esta isla es bien grande y mu3- llana, y de árboles 
Cristóbal Colón, t. i. — 40. 



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mu}' A'crdcs, y muchas aguas, y una las^una cnmcdio mu}^ 
grande, sin ninguna montaña. }' toda ella verde que es 
placer de mirarla: y esta gente farto mansa y por la gana 
de haber de nuestras cosas, y temiendo que no se les ha de 
dar sin que den algo, y no lo tienen, toman lo que pueden 
y se echan luego á nadar; mas todo lo que tienen lo dan por 
cualquiera cosa c[ue les den; que fasta los pedazos de las 
escudillas 3' de las tazas de vidrio rotas rescataban, que 
fasta vi dar diez y seis ovillos de algodón por tres ceutis de 
Portugal (cciiti ó ccpti, pequeñísima moneda de cobre de 
Ceuta), que es una blanca de Castilla, y en ellos habria mas 
de una arroba de algodón filado.» 

Todo el día permanecieron los indígenas íÍ bordo de las 
carabelas, cambiando, recibiendo regalos y gustando los 
manjares de los españoles con la mavor alegría y cordiali- 
dad. Iban á tierra para ocultar en sus chozas los pedazos de 
vidrio, cintas y baratijas que podían recoger, y tornaban 
con algunas frutas del país, á la vez que con nuevas pelotas 
grandísimas de algodo'n, para seguir cambiando por cuentas 
y cascabeles. 

Al llegar la noche todos se fueron á tierra con sus 
almadías. 

Quiso aproA'echar la alborada del siguiente día el 
Almirante para reconocer la isla, 3^ haciendo echar al agua 
el bote de su carabela y las barcas de las otras , tripuladas 
convenientemente, empezó á costearla por el noroeste hasta 
que pasada una grande restinga de piedras que cerca toda 
aquella parte de la isla, desculirio' un gran puerto capaz de 
cuantas naos hav en toda la cristiandad, y la entrada muy 
angosta, sin que la mar se mueva allí más que dentro de un 
pozo. 

Vio dos o' tres poblaciones. \ la gente de ellas corrían 
á la playa llamándolos con grandes muestras de regocijo. 
«Al acercarse, dice el Almirante, los unos nos traian agua, 
los otros otras cosas de comer; otros, cuando veian c[ue yo 



LIBRO SEGUNDO. — CAPÍTULO III 



H5 



no curaba de ir en tierra, se echaban á la mar nadando y 
venían, v entendíamos que nos pre,y,'untaban sí éramos 
venidos del cielo, v vino uno viejo en el batel dentro, y 
otros á grandes voces llamaban á todos hombres j mujeres: 
— Venid á ver los hombres que vinieron del eielo: traedles de 
comer y de beber. — Vinieron muchos y muchas mujeres, cada 
uno con algo, dando gracias á Dios, echándose al suelo y 
levantaban las manos al cielo. 3" después á voces nos llama- 
ban que fuésemos á tierra.» 

Así paso' el Almirante los tres días j^rimeros del descu- 
brimiento en la Isla de San Salvador, tratando con los 
naturales, reconociendo las costas, y tomando noticias de 
otras tierras que pudiera visitar 3' de los productos que las 
mismas ofrecían. Difícil era el adquirir datos precisos, 
porque la lengua que hablaban los isleños era completa- 
mente desconocida, 3' sus gestos 3- acciones eran tan varios 
que unas veces se tomaban en un sentido, otras en otro. 
siendo en todos los casos deficientes é incompletas todas las 
nociones que de países , nombres 3^ poblacio'n podían obtener 
de aquellos sencillos moradores. 

Fija siempre en su imaginacio'n la idea de haber llegado 
al extremo del Asia, creía que aquellas islas debían distar 
muy poco del continente de la India. A esta indagación 
dirigía CoLóx todos sus conatos, y era el objeto principal de 
las preguntas que hacía y de la interpretacio'n que daba á 
las ininteligibles 3' casi siempre ambiguas respuestas que por 
señas 3- gestos recibía. «Vide tantas islas, dice, que 3^0 no 
sabia determinarme á cual iría primero. 3' aquellos hombres 
que 3'o tenia tomados me decían por señas que eran tantas 3' 
tantas que no habia número, y anombraron j)or su nombre 
mas de ciento.)) 







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Por las informaciones de los naturales de GíícíihiÍjiuü, 
que le señalaban multitud de islas no lejanas, v le daban 
nombres de más de ciento de ellas. 3' por lo que desde las 
costas se divisaba, estuvo mu}' dudoso el Almirante en la 
eleccio'n del rumbo por donde había de continuar su descu- 
brimiento. Tomando á bordo alguno de aquellos isleños, de 
los que más se complacían en el trato de los españoles, y 
ma3^or facilidad }• viveza manifestaban para comprender las 
señas, responder á ellas 3' aprender las palabras que los 
marineros les hacían repetir, con objeto de que sirvieran 
para entenderse más pronto con los indígenas de otras islas, 
diu á la vela en la tarde del día 14, mirando á la más 
grande de todas las que á la vista tenía, que parecía distar 
cinco leguas de la de Súii Salvador, aunque luego vio cj^ue 
distaba siete. 

Surgid en ella el lunes 15, pues no quiso llegarse de 
noche á una pla3'a desconocida , 3' sin saber si la costa era 
limpia de bajos, por lo cual uso' de prudencia. La isla era 
muy semejante á la que dejaban : llana 3- con hermosa vege- 
tacio'n, 3^ sus moradores tenían la misma sencillez, inocencia 3- 
condicio'n apacible, por lo que Culón no juzgo' conveniente 
detenerse en ella: 3' jíracticando un ligero reconocimiento de 
la costa, y después de otra breve e.xcursio'n por el interior, 
en señal de posesio'n por los Reyes de España, hechos 
algunos rescates de algodo'n, 3^ dejando á los isleños cuentas 
de vidrio, cintas y cascabeles, se volvió á las carabelas. 

Puso por nombre á esta segunda isla Sania María de ¡a 
Concepción , que también ha conservado hasta nuestros 
tiempos. 



LIBRO SI:GU\'D0.— CAPÍTULO IV 



319 



^fas el deseo del Almirante y de cuantos le acompa- 
ñaban era llegar al punto donde se produjera el oro, cu^-as 
muestras veían en los sencillos adornos pendientes de las 
orejas y de la nariz de los indios, que llamaban la atencio'n 
)'■ despertaban la codicia. Las dos islas visitadas eran, al 
parecer, muv pobres; el único producto apreciable parecía 
ser el algodo'n, salvo los pendientes de oro, cu3'a procedencia 
no se podía averiguar. A las interrogaciones del Almirante, 
respondían los isleños por señas que parecían indicar que en 
otros parajes, no muy lejanos, usaban sus moradores adornos 
y brazaletes de aquel metal; pero el deseo podía engañar: 
á veces se entendía c|ue á alguna distancia estaba otra isla 
donde aquel oro se recogía. En las preguntas y respuestas 
había gran confusio'n, y las interpretaciones fueron causa 
de varios errores, según lo manifiesta Colón en su Dictno; 
porque ciertamente era difícil establecer la relacio'n entre 
unos y otros, y más todavía el llegar á perfecta inteligencia, 
hasta tanto que al lenguaje de accio'n, al gesto y á la panto- 
mima pudieran irse agregando algunos conceptos recogidos 
de los nombres de objetos de uso común, que aunque torpe- 
mente se iban comunicando entre sí, }• aprendiendo á signi- 
ficarlos, á la vista del objeto mismo. 

A esta dificultad se agregaba otra que no era menos 
importante. Los indios que llevaba el x\lmirante comenzaban 
á disgustarse del viaje, v como llegaron á comprender que 
los españoles deseaban oro, les indicaban con mucha segu- 
ridad un punto donde podrían encontrarlo, 3' después 
señalaban otro, produciendo siempre confusio'n. Pero el 
Almirante desconfiaba de sus noticias, porque creía c¡ue 
no tenían más objeto al comunicarlas, que agradar á los 
descubridores para que los dejaran volverse á Súii Süliuidor. 
No encontrando nada notable en la Concepción, se dirigió' á 
otra isla mucho mayor, que se descubría al occidente, á 
distancia como de nueve leguas. 

En ese primer crucero, á pesar de su brevedad, ya 



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empezaron Lis evasiones. A Li segunda noche uno de los 
indios huvcí á nado, v otro se apodero de una almadía y 
escapo' en ella con tal rapidez, que no pudieron darle alcance 
las barcas, aunque llevaban muchos 3' buenos remeros. Pero 
esta pérdida no trajo consecuencia alguna desagradable, 
como era de temer; porque al poco rato se presento' confia- 
damente ante los buques un pobre indígena, solo en su 
almadía, ofreciendo por señas á los marineros grandes bolas 
de algodón 3^ pidiendo, también por gestos, cascabeles 3' 
cintillas. Arrojáronse algunos hombres al agua, para hacerlo 
subir á bordo, á lo que no parecía dispuesto; pero entonces 
Colón, aprovechando tan feliz encuentro, 3' dando muestras 
de su elevado talento, de su previsio'n , acaricio' al inlio, 
le agasajo' con miel 3" bizcocho, v regalándole un bonetillo 
rojo, 3' una sarta de cuentas de vidrio, lo despidió' sin haber 
consentido que nadie le tomara el algodo'n que liberalmente 
ofrecía con las ma3"ores instancias. 

El resultado de esta accio'n humanitaria no se hizo 
esperar. A las pocas horas iban saliendo de los bosques 
V acercándose á la playa muchos indígenas, hombres y 
mujeres, que levantalian los brazos y los ojos al cielo, 
demostrando admiracio'n 3' llamaban á los españoles ofre- 
ciéndoles mucho algodo'n. plumas de vivos colores, papa- 
ga3^os domesticados y otros productos naturales de la isla. 
Algunos venían en sus canoas y rodeaban las carabelas 
presentando sencillamente sus dones: el Almirante hizo que 
se les obsequiase, sin tomarles cosa alguna, 3' bajando á 
los botes, se dirigió' á tierra y tomo posesio'n de la isla, 
dándole el ncuTilirc de Fcnuiiitliiií! , por memoria del I\.e3'. 
Es la conocida con el nomljre de Exiiliiü, según todas las 
probabilidades. 

Esta isla parecía un tanto más adelantada que las de 
Stlii Sillz'údor V Concepción. Las chozas eran mavores. muy 
limpias 3' bien dispuestas, buscando para l\)rmarlas el apoyo 
y la sombra de los árlioles más corpulentos. Eran de forma 



LIBRO SEGUNDO.— CAPITULO IV 



321 



circuLir v las techumbres cónicas de hojas de plátanos y de 
otros árboles, entrelazadas con palma y atadas sólidamente 
en su vértice. En ellas vieron los españoles el uso á que 
principalmente destinaban el algodo'n los indios, pues encon- 
traron en las chozas suspendidas por los extremos á los 
muros, anchas y fuertes redes tejidas donde aquéllos repo- 
saban. Los indígenas llamaban á esos lechos colgantes 
hamacas, y todavía se usan mucho en el país, y las han 
adoptado los marinos de todas las naciones, conservándoles 
su nombre primitivo. 

Rescataron con lus naturales, tratándolos siempre con 
la mayor dulzura, según lo mandaba el Almirante: y refres- 
cada la provisio'n de agua en aquellos manantiales tan 
limpios, tan puros, dieron á la vela el 19 de Octubre en 
demanda de otra isla de mayor extensio'n . que los indios 
nombraban SiiOiacto, y donde parecía que podría encontrarse 
oro, según las explicaciones que se atribuían á los signos de 
estos isleños. 

Juzgaba Colón que en la hciiuiiidiiia hal)ía de encontrar 
alguna mina, y determino rodearla, como lo hizo en los 
dos días c[ue allí se detuvo, enviando por una parte á 
}iLartín Alonso Pinzo'n con la Pinta, y por otra á Vicente 
Yáñez con la Niña, y él tomo' también otro rumbo; y 
aunque no encontraron oro. los indios que llevaba, y otro 
de quien tomo' señas . le indicaban que á la parte sur estaba 
la isla que lo producía, y lo mismo dijeron á Martín Alonso. 
La Feniaudiua es grandisima, muy larga y llana 3' fértilísima, 
dice CoLÓx; bestias en tierra no vieron ninguna, salvo 
papagayos y lagartos : ¡aero observaron árboles desconocidos 
que era la cosa más herniosa de ver que se haya visto, con tanta 
verdura y lozanía como el mes de Mayo en Sevilla, y tan 
diferentes de los nuestros como el día de la noche. 

Reanimadas las esperanzas de encontrar ma^'ores rique- 
zas, hicieron rumbo á Saoiueto, imaginando siempre el Almi- 
rante que se encontraba muy cerca de la extremidad 
Cristóbal Colón, t. i. — 41. 



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oriental del Asia y que las islas cuya jDosesio'n iba tomando, 
formaban j)arte del í^ran archipiélago señalado por Marco 
Polo, en el C[ue figuraba en primer lugar la famosa isla 
apango, á cu3'o descubrimiento dirigía todos sus j^ensa- 
micntos, y las preguntas que repetidamente hacía á los 
indígenas. Esta preocupación de Crist(')Bal Colón fué causa 
de muchos errores en su trato con los indios. La similitud 
de algunas sílabas era bastante para recordarle las pobla- 
ciones y los países señalados por el viajero veneciano, y en 
lugar de seguir una investigacio'n meto'dica, c[ue por el orden 
debido hubiera podido conducir á un resultado cierto, se 
lanzaba en pos de analogías de las que al cabo nada podía 
resultar sino desengaños y equivocaciones. Muchas veces 
repitieron los isleños de Fcniandiiia las palabras Bohío, Cuba, 
Bahcquc, acompañadas de gestos y demostraciones que indi- 
caban grandes territorios, mucha gente, comarcas ricas o' 
algo semejante, que los descubridores no jDodían apreciar 
con exactitud. 

La supuesta Bahequc entretuvo mucho tiempo las ima- 
ginaciones, porque todos traducían la gesticulacio'n de los 
indios de la misma manera , creyendo que se referían á una 
isla situada al Occidente, donde podría encontrarse oro en 
abundancia. Muchas veces se navego' para descubrirla; pero 
después de haber puesto el pie en la isla de Cíilní, y luego en 
la hspílfiolü, no volvió' á pensarse más en aquella Bitbcquc, 
con cuyo nombre tal vez designaban los indios otra cosa 
muy diferente de lo que entendían los españoles. 

La isla nombrada Siiomclo, que hoy por su configura- 
ción denominan Larga los marinos, fué consagrada por 
Colijn al recuerdo de la Reina Católica, poniéndole por 
nombre Isabela. Surgió' en ella el viernes 19 de Octubre, 
ocho días dcsjjués de su desembarco primero en GuaitaJjaiii ó 
San Silliunlor, en un cabo redondo al que hizo llamar (.abo 
¡ODIOSO. «Esta costa toda, escribe el Almirante, y la parte 
de la isla que yo vi, es toda cuasi playa, y la isla la mas 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO IV 



323 



fermosa cosa que 3'o vi; que si Lis otras son mu\' hermosas, 
esta es mas; es de muchos aricóles v muy verdes, y muy 
grandes; }'" esta tierra es mas alta que las otras islas falladas, 
y en ella al^un altillo. n(^ que se le pueda llamar montaña. 
mas cosa que alVrmosea lo otro y parece de muchas aguas 
allá al medio de la isla... Y llegando vo aquí á este cabo, 
vino el olor tan bueno v suave de flores o' árboles de la 
tierra que era la cosa mas dulce del mundo.» 

« Vo no curo de ver tanto por menudo, dice más ade- 
lante, porque no lo podia facer en cincuenta años, é porque 
quiero ver v descobrir lo mas que 3-0 pudiere, para volver á 
vuestras Altezas, á Nuestro Señor placiendo, en AbriL 
Verdad es que fallando donde hava oro o' especería en canti- 
dad, me deterné fasta que vo hava dello cuanto pudiere, y 
por esto no fago sino andar, para ver de topar en ello.» 

Continuo' en los siguientes días, reconociendo la isla, 
de cu3-a fertilidad, belleza v dulzura no se cansa de escribir. 
Costeo' unas extensas lagunas rodeadas dé maravillosos árbo- 
les, entre los cuales reconoció' el lináloe, determinando se 
llevasen diez quintales de su madera á las naves, porque 
estimo' que valía mucho. 

Andando en el cerco de una de aquellas lagunas 
contemplando la verdura de los árboles, la multitud de 
pajaritos de vivísimos colores que con su cantar le embele- 
saban, y las manadas de papaga^'os que oscurecían el sol; 
«vide. escribe, una sierpe la cual matamos, y traigo el 
cuero á vuestras Altezas; ella como nos vido se echó en la 
laguna, v nos la seguimos dentro, porque no era mu}' fonda, 
fasta que con lanzas la matamos; es de siete palmos en largo; 
creo que destas semejantes ha}" aquí en esta laguna muchas.» 

Como los isleños habían huido al notar la llegada de 
los españoles, mando' Colón que no tocasen nada de lo que 
en sus chozas habían abandonado, ni la valía de un alfiler; 
3' con esto se fueron tomando confianza v trajeron algodo'n y 
azaga3'as para hacer rescates. Algunos llevaban pedazos 





324 



CRISTÓBAL COLON 





de oro colgando de la nariz; el cual de buena gana daban 
por un cascabel o una cucntccilla de vidrio: pero era tan 
poco, que no era nada. Tomaron provisión de agua en una 
de aquellas lagunas, y en ella «Martin Alonso Pinzón, 
capitán de la Pinlú, mato otra sierpe tal como la otra de 
ayer, de siete palmos, y fice tomar aquí del lináloe cuanto 
sé fallo,» dice el Almirante. 

Las sierpes que tanto habían llamado la atención, eran 
iguanas; tímidos é inofensivos reptiles, que á pesar de su 
aspecto formidable y verdaderamente horroroso, y de perte- 
necer á la familia de los saurios, no hacen mal á nadie, y es 
«tan escelente cosa de comer, según todos los españoles 
dicen, y tan estimada, mayormente toda la cola que es muy 
blanca, cuando está desollada, que la tienen por mas 
preciosa que pechuga de gallina, ni otro manjar alguno; de 
los indios no ha}" dudar que la estiman sobre todos los 
manjares. «Con todas sus bondades, añade candorosamente 
fray Bartolomé de Las Casas, aunque S03" de los mas viejos 
destas tierras, y en los tiempos pasados me vi con otros en 
grandes necesidades de hambre, pero nunca jamás jDudieron 
conmigo para que la gustase.» 

Detenido el Almirante en Isabela por la falta de 
vientos, seguía procurando cuantas noticias le era posible 
adquirir de los países que le rodeaban , 3^ determino' salir 
desde luego en direccio'n á la isla de gran extensio'n que 
llamaban Cuba los indios, }• en la cual, por las señas que 
recogía, creía encontrar la famosa Cipaugo, objeto constante 
de sus ilusiones. Desde Cipaiigo á los dominios del Gran 
Kan, el camino era seguro, y siempre guiados por el mismo 
error, esperaban, tanto Colón como Martín Alonso, dar 
término á su viaje extraordinario, poniendo en manos del 
gran soberano de los confines del Asia las cartas de los 
Reyes Cato'licos. Todas estas noticias mal comprendidas, 
sufrían mucha mayor cquivocacio'n por el estudio continuo 
del mapa remitido á Colon por Toscanelli, que fijaba con 



LIBRO SEGUNDO.— CAríTULO IV 



325 



seguridad los términos del Asia á una distancia menor de la 
que ya habían recorrido desde España; y era la razo'n más 
poderosa para que los descubridores se cre3'eran mu}' pro'xi- 
mos á la siempre codiciada Cipaiigo. 

A pesar de las lluvias casi continuas que habían 
comenzado, levo' anclas, y aunque en dos días hicieron las 
naves muy poco camino, por la gran ccrrazo'n que había 
j falta de viento, descubrieron á cosa de las tres de la tarde 
del jueves 25, varias islas, que por el poco fondo denomino' 
el Almirante Arenas, y ahora se llaman Miicaras, donde se 
detuvo hasta el sábado, que dio' á la vela antes de salir el 
sol, y antes de la noche vio' la costa de Cuba, pero no quiso 
llegarse á tierra, y estuvieron al pairo hasta el nuevo día en 
que pudieron reconocer el mejor sitio de desembarco. 

A juzgar por las señas de los indios, la isla de Cuba era 
de gran extensio'n , mu}^ fértil , abundante en oro 3^ visitada 
por grandes bajeles que en ocasiones la devastaban. En esto 
había sin duda muchos errores de inteligencia ; pero en el 
momento de amanecer el domingo 28 de Octubre, todo 
pareció' muy cierto á los atónitos españoles , pues tenían ante 
sus ojos una verdadera maravilla, un país delicioso, vién- 
dose frente al lugar en que estaban las carabelas un río de 
anchurosa embocadura , muy hondo y limpio , rodeado 
de árboles frondosísimos y graciosos, muy diferentes de 
todos los de Europa, cubiertos á la vez de flores y de frutos. 
Tenía dos montañas á su entrada, hermosas y altas, que 
comparo' CoLÓx con las de la peña de los enamorados, que 
está cerca de Granada; 3^ una de ellas tenía encima otro 
montecillo cj^ue de lejos semejaba una graciosa mezquita. 
Los marineros se cre3'eron llegados á la regio'n donde estuvo 
el paraíso terrenal ; 3" con tan plácidas ideas entraron por el 
río las carabelas cosa de un tiro de lombarda, y asegurán- 
dolas sobre las anclas, saltaron todos en tierra con la mayor 
alegría. 

((Las iluminadas alturas de las montañas, 3" los con- 





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tornos de los collados que se dibujaban en la bruma diáfana 
de los ¡jrimcros ra3^os del sol, recordaron al Almirante por 
su carácter especial los montes de Sicilia. Aromas delicadas 
3' penetrantes anuncial^an la gran riqueza de los bosques; 
el sello de aquella fecundidad tranquila que distingue á 
este suelo privilegiado, le llenaba de admiracio'n. A me- 
dida que avanzaba y podía descubrir mejor, distinguía una 
vegetacio'n poderosa hasta entonces desconocida. No era 
aquella verdura espesa y embrollada, ni aquellas plantas 
acuosas y bosques un tanto húmedos de las Lucayas: aquí 
la diversidad de las especies, los contrastes más pintorescos, 
y la ingeniosa combinacio'n de las agrupaciones sobrepuja- 
ban á cuanto puede hacer el hombre, j) 

«A las márgenes del río, los cocoteros, los enormes 
cactus, la multitud de palmeras de formas diferentes y 
variadas, la pita carata , los heléchos crecidos, la oxalia 
de hojas amarillas, gigantes acederas elevando á muchos 
metros sus rojizos follajes, el laurel silvestre, el algodonero, 
las acacias... y en las alturas vecinas, cañas enormes, gua- 
yabas, granados silvestres, las ramas horizontales del cedro 
de Indias formando contraste con las rectas columnas de las 
palmeras... gran diversidad de plantas aromáticas embalsa- 
mando el ambiente. Atrevidos bejucos se entretejían lanzán- 
dose desde el seco tronco á un oloroso arbusto: los tallos 
nudosos del do'lice 3' la bignonia con sus campanillas, trepa- 
ban y se mezclaban con las hojas de seculares árboles... 
Más lejos se distinguían otras iormas, otros productos, otras 
maravillas que la distancia no permitía apreciar bien.» 

De esta manera describe estrictamente la llegada un 
historiador poeta. 

Tomada posesio'n solemnemente de la isla, el Almirante 
le puso por nombre Jiuiiui, en memoria del principe dun 
Juan, heredero de las coronas de Castilla 3' ^Vrago'n. 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO IV 



327 



II 



La arribada de las carabelas á la isla fué por la costa 
oriental . dÍA'idiéndose la opinio'n de los marinos al desig- 
nar el primer ¡Dunto de su desembarco: pues juzgan unos, 
y es lo más conforme con la descripcio'n que hace el Almi- 
rante en su DuV'iO, que llego' al punto llamado Xuevitas del 
Príncipe, v otros sostienen que aporto á la bahía de Ñipe. 

Los primeros indígenas que presenciaron la llegada de 
las naves hu^-eron á ocultarse en los bosques cercanos, 
abandonando sus habitaciones. Eran estas muy semejantes á 
las de las otras islas que habían visitado, pero encontraron 
en ellas redes de palma, harpones fabricados de hueso }' 
otros útiles de pesca. Prohibió' CoL(JN que se tomara nin- 
guno de aquellos objetos, pues ya conocía por experiencia 
los favorables resultados que se lograban tratando con afabi- 
lidad á los naturales: }• reuniendo de nuevo cuanta gente 
pudo en los botes, entro' por el río adelante para formar 
idea más completa de la naturaleza de acj[uel país y' de la 
calidad de sus productos. El río se dilataba por entre 
árboles frondosos de grandes hojas, c[ue crecían en las 
orillas, cruzándose á veces sus copas en vistosa bo'veda C|ue 
impedía la entrada de los ra3'0S del sol. Pero aunque era 
grandísimo su número 3' se extendían en bosque muy 
cerrado por todo lo que alcanzaba la vista, no se descubrie- 
ron animales de ningún género, salvo las aves de vistoso 
plumaje que saltaban de unos árboles á otros, v se perdían 
en la espesura al sonar el rumor de los remos en el agua 3^ 
la algazara de los marineros, cuyas voces interrumpían por 
vez primera el silencio de aquellas selvas vírgenes. 

Mucho prometían las noticias transmitidas por los 






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isleños de Guauahani y de Súomcto acerca de la fertilidad, 
hermosura }• riqueza de la isla de Cuba, pero su vista supero' 
á todas las esperanzas. Colón creía firmísimamente haber 
encontrado la Cipüugo de Marco Polo y de Toscanelli: tenía 
la seguridad, para su entender, de que los árboles eran de 
las especias más codiciadas, 3' cj[ue llevando oro los arroyos, 
había de encontrar minas en el interior, en las montañas 
donde aquéllos tomaban su nacimiento; v empezando á 
costear al Noroeste, habiendo pasado el cabo que llamo' 
(le líls Pitliiiüs, por ser muchas las C[ue allí crecían, tuvo 
noticia por los indios que iban en la carabela de Martín 
Alonso Pinzo'n. de C|ue caminando con pro'spero viento, á los 
cuatro días podrían llegar á otro gran río C|ue los conduciría 
á CiihíliulCiVi, país donde estaban las minas de oro. 

Inútiles fueron cuantas diligencias intentaron para 
encontrar la desembocadura de ac[uel río. El viento fuerte y 
contrario hacía muy difícil doblar los cabos, las carabelas 
no estaban ya en estado de resistir el empuje de las olas, 
que rompían con gran violencia en acjuellos parajes, por lo 
cual determino' volver á guarecerse en un río bastante 
caudaloso, que días antes había visitado poniéndole el 
nombre de río de Mitres. Pero firme siempre en su primer 
pensamiento, recibió' con júbilo la nueva, que Pinzo'n le 
comunico', de la existencia de oro en Cubil iiiíCíin; y juzgando 
ambos que se trataba de una gran ciudad llamada Cuba, 
donde moraba el Kan. determino, ya que no era posible 
buscar sus dominios por la costa, enviarle algunos emisarios 
para que le dieran cuenta de su llegada y trajeran á los 
buques circunstanciadas y ciertas noticias de aquél que 
creían poderoso monarca. Mientras tanto se calafatearían y 
repararían las carabelas para que pudieran continuar su 
dilatada navegacio'n. 

Fueron elegidos para la dificultosa é importante expedi- 
ción tierra adentro. Luís de Torres, judío converso, que 
sabía diferentes lenguas. }• entre ellas el hebreo y el árabe, 



LIBRO SEGUNDO.— CAPITULO IV 



329 



V Rodrig'o do jerez, homhre esforzado, natural de .Vya- 
monte, á lo.s que acompañaron dos indios, el uno de la 
misma isla, y el otro de los (¡ue tomaron en Süii Sillvildor, 
llevando, además de sus armas v provisiones para seis días, 
muchas sartas de cuentas de colores, cascabeles, bonetes y 
sonajas de hoja para captarse las voluntades ele los naturales 
que á su paso encontraran. 

Mientras los expedicionarios se internalian en aquid 
pais desconocido, se pusieron á monte las naves, 3' se fueron 
carenando una después de otra, para que siempre hubiera 
dos en disposicio'n de salir al mar, en la previsión de 
cualquier ataque por parte de los indios; aunque todos 
se presentaban tan inocentes v sencillos como los de las otras 
islas, y avudalian con la mejor voluntad á dejar las carabe- 
las en seco }• á todas las operaciones de los españoles. 

De la riqueza del país v de la variedad y mérito de sus 
productos cada día se olitenían nuevas muestras 3' noticias, 
que cá veces exageraba el buen deseo. 3' muchas confundía la 
mala inteligencia é interpretación forzada que se daba por 
los marineros á las indicaciones de los isleños. Por el 
examen de muchas conchas recogidas en la pla3'a, deducía 
Colón la seguridad de que allí podían encontrarse perlas: el 
contramaestre de la Nifiíl pidió' albricias, porque en las made- 
ras Cjue cortaban para hacer fuego 3' carenar las naves, había 
distinguido un olor muy agradable 3^ había hallado la 
almáciga: y era tal el número de árboles que producían 
aquella preciosa resina, que solamente se destilaba entonces 
en la isla de Chío. que calculo' el Almirante que recogida en 
su tiempo podrían fácilmente tomarse mil quintales en cada 
año. Martín Alonso Pinzo'n trajo un manojo de cañas de 
canela que había tomado á uno de los indios que rescataban 
con sus marineros; y éstos aseguraban haber visto los 
árboles que la producen, aunque luego se conoció' que no lo 
eran. Abundaba el algodo'n. las frutas del país, 3^ otras 
algo parecidas á las batatas 3* á las judías, aunque de mucho 
Cristóbal Coló.n. t. i.— 42. 



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33° 



CRISTÓBAL COLÓN 






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mavor tamaño y de diferente sabor que las de España: y 
cada día recogían nuevos datos que le anunciaban la exis- 
tencia de otras islas más ricas }• pobladas que la de Cuba, 
pero cuya extensio'n y condiciones se conocían siempre con 
vaguedad por no entender la lengua de los indígenas. 

«Yo no sé la lengua, decía el mismo Cristóbal Colón 
á los Reyes, y las gentes destas tierras no me entienden, ni 
yo, ni otro que yo tenga á ellos: }' estos indios que yo 
traigo, muchas veces les entiendo una cosa por otra al con- 
trario.» De aquí dimanamn muchas equivocaciones. Supo- 
niendo que Bohío era nombre de un gran territorio, fijaban 
siempre la atencidn en todo lo que á esa palabra se refería, 
con el deseo de encontrar países más adelantados en cultura, 
perdiendo el tiempo lastimosamente, pues Bohio significaba, 
según el P. Las Casas, las chozas en que moraban, y el 
creer c]ue fuera isla fué por entenderse mal los intérpretes. 
Lo mismo aconteció con la imaginaria Babcqiw; para buscarla 
salieron las carabelas en varias ocasiones, cambiaron en 
iitras el rumbo v nunca llegaron al fin apetecido: y era que 
el deseo les llevaba siempre á acomodar los gestos }• las pala- 
bras de los indios á sus anteriores ideas, y á explicar falsa- 
mente lo que en realidad no entendían. 

Al indicar los indígenas que había una hermosa isla 
que nombraban Hiliti, v también (Juisqucyü , el Almirante 
convertía este nombre en O/z/'/í-fín', pensando que los indios 
lo alteraban o pronunciaban mal : y se creía siempre muv 
cerca de los reinos del dran Kan. insistiendo en aquella 
idea, en mal hora aprendida, que tal vez le impidió tocar 
en este primer viaje al continente en las costas de la Florida, 
v le hacía ver la isla de CipiliiL^o en cada una de las que ilia 
conociendo. 

En estos descubrimientos, en la recomposición de los 
buques, y en salir en los botes á cazar las preciosas aves que 
polilaban aquellas florestas, jiasaron los días hasta la vuelta 
de los exploradores. 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO IV 



331 



Regresaron estos en la noche del lunes 5 de Noviembre, 
y aunque se haliían internado más de dore leguas, no traían, 
en verdad, las satist'aetíirias noticias que se esperaban. Ln 
el camino halji'an encontrado muchos indios, que se dirigían, 
al parecer, á hdirar campos ú recoger frutos; pero todos 
iban desnudos, íevelando la misma inocencia v pobreza que 
los de las costas. Llegaron, por iin . á una especie de pobla- 
cio'n de cincuenta casas, en las cuales vivían fam.ilias nume- 
rosas, hasta subir entre todos á un total de mil habitantes. 
Fueron recibidos los dos esjDañoles con tranca y cariñosa hos- 
pitalidad. V muv agasajados á la usanza del país, acudiendo 
en tropel á verlos v besarles las manos, tocándoles las ropas 
con señales de curiosidad y asombro: los condujeron á la 
casa ma3'or de todas, llevándolos del brazo los más ancianos. 
V en dos grupos, primero los hombres, v despue's las muje- 
res se sentaron en el suelo para contemplarlos á su sabor. 

Xo encontrando los españoles ninguna cosa nueva, y no 
pudiendo internarse más . resolvieron volverse para dar 
cuenta al Almirante del poco resultado de su expedicio'n. 
Informados los indígenas del buen trato que recibían los que 
se acercaban á los extranjeros, que les parecían dioses, y 
viendo las cuentas de vidrio, sonajas, cintas 5' cascabeles 
con que los obsequiaron, querían bajar tocios á la orilla del 
mar para ver los barcos que habían conducido á aquellos 
seres tan benéficos y extraordinarios. Más de quinientos 
indios mostraron deseos de acompañar en su regreso á 
Torres v á Jerez; pero solamente fueron con ellos un indio 
principal con su hijo, v otro hombre como criado. 

Cuando llegaron al río donde estaban las carabelas, su 
admiracio'n se troco' en supersticioso tem.or. y el miedo se 
apodero de ellos. El Almirante los recibió con el mayor 
agrado, les hizo varios obsequios, v quiso retenerlos á su 
lado, para traerlos á España á la presencia de los Revés; 
mas no fue- posible inspirarles confianza, ni Colón quiso 
hacerles violencia; \- antes de lleyar la noche volvieron á 






332 



CRISTÓBAL COLÓN 



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llevarlos á tierra en el bote y res^Tcsaron á su pueblo ofre- 
ciendo que al amanecer tornarían: pero no volvieron, en lo 
que obraron como discretos, en el franco sentir del P. Las 
Casas. 

En tanto que Cristóbal Colón y los suyos se afanaban 
por tener noticias de los criaderos de oro, y buscaban los 
árboles que producen las especias, los dos viajeros Rodrigo 
de Jerez y Luís de Torres habían hecho un descubrimiento 
al que entonces no dieron importancia alguna, 3' que. sin 
embargo, estaba llamado á crear una nueva industria, 
producir grandes riquezas, y ofrecer tan pingües ganancias, 
que su comercio había de ser general en el mundo, y figurar 
entre las mejores rentas del Estado la contribución que sobre 
el mismo se impusiera. Era imposible adivinar estos resul- 
tados á vista de lo muy insignificante del producto. 

En su expedicio'n tierra adentro, habían encontrado 
aquellos dos atrevidos españoles, según 3'a dijimos, muchos 
indios C[ue se dirigían á sus campos, o' volvían de ellos 
cargados de frutos, «siempre los hombres, escribe Iray 
Bartolomé de Las Casas, con un tizón en las manos, y 
ciertas hierbas para tomar sus sahumerios, que son unas 
hierbas secas, metidas en una cierta hoja seca también, á 
manera de mosquete hecho de papel, de los que hacen los 
muchachos la Pascua del Espíritu Santo: y encendido por la 
una parte del. por la otra chupan o' sorben o reciben con el 
resuello para adentro acjuelhumo. con el cual se adormecen 
las carnes, y cuasi emborracha, y así. diz que no sienten el 
cansancio. ICstos mosquetes, o' como los llam;iremos. llaman 
ellos tabacos.» 

Añaden algunos, que caminando los exploradores por 
cañadas 3' vegas cubiertas de hojas secas de mucho tiempo, 
tle color casi negro, de aquellas mismas que retorcían 3' 
quemaban los indígenas, las trituraban con los pies. 3- resul- 
tal)a un olor fuerte 3' nada grato, que los hacía estornudar 
con harta Irecuencia mientras percibían el ¡jolvo de ai[uéllas. 



LIBRO SEGUNÜO. — CAFÍTULÜ IV 



333 



Así explican que se descubrieron á un mismo tiempo 
las dos aplicaciones que desde luego se dieron al Idlnico: la 
primera aparece indudablemente justiticada por el Diiino de 
¡líWegació)! del Almirante: la segunda no la hemos visto 
consignada sino en narraciones de viajes mu}' posteriores. 

Pero el uso de esa planta aromática y fuerte se extendió 
tanto V en tan corto tiempo, que ya el P. Las Casas decía 
con su natural ingenuidad, muy pocos años después: ((Espa- 
ñoles cognoscí 3'o en esta isla Española, que los acostum- 
braron á tomar (los tabacos), que siendo reprehendidos por 
ello. diciéndoles que aquello era vicio, respondían que no 
era en su mano dejarlos de tomar: iio se que sabor ó provecho 
hallaban en ellos.» 



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336 



CRISTÓBAL COLÓN 




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Una semana después (12 de Noviembre) concluyo la 
carena y compostura de las carabelas, y estuvieron las tres 
á flote y dispuestas á darse á la mar en buenas condiciones. 
Levo' anclas el Almirante inmediatamente, v navego' en 
direccio'n del Este, tratando de arribar á aquella isla de 
Babeque, de la que á su entender le hablal>an los indios 
ponderando la abundancia de oro c[ue en ella había, y de la 
que, según sus conjeturas, debían distar tres jornadas. 

Partió' del puerto y río de Mdrcs, notando con verda- 
dero gozo que todas aquellas costas estaban muv pobladas; 
porc¿ue esperaba encontrar la capital o' jooblacion importante 
donde residiera el re}'. 

Ocho leguas adelante descubrió' nuevo río, v andadas 
cuatro más vio' la embocadura de otro muv caudaloso 3' 
mavor que todos los demás que había visto, al tjue puso por 
nombre Rio del Sol; pero no quiso detenerse en ninguno de 
ellos, y continuo' la navegacio'n en demanda de la deseada 
isla de Búhcquc. 

Escaseaba el viento y cuando comenzó' á arreciar se 
torno contrario, j'or lo cual tuvo que cambiar el rumbo, 
encontrándose en medio de un archipiélago enteramente 
nuevo. Maravillóse en gran manera de ver tantas islas y 
tan altas, y certifica á los Reyes que las montañas que desde 
dos días había visto por estas costas, v las de estas islas, son 
tales, que le parece que no las hav más altas en el mundo, 
ni tan hermosas v claras, sin nielila ni nieve, v al pie de 
ellas grandísimo fondo. No era posiiile contarlas á la simple 
\ista. Eran ^i-andes. accidentadas \- jjobladas de enormes 
árl)oles cjuc les daban sombra. La pureza de la atmosfera, la 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO V 



337 



magnificencia del mar. aumentada por aquellas masas de 
piedra que parecían salir de entre las olas, v el brillo 
deslumbrador del sol sobre las ai^'uas v los árboles, exal- 
taban la imag'inacio'n del Almirante. «Púsoles nombre la 
mar de Xiicsli'tl Señoril, v al puerto que está cerca de la 
boca de la entrada de las dichas islas puso Plicrlo ili'l 
Principe.)^ 

Anduvo por todas las más de aquellas preciosas islas 
en las barcas de las carabelas, y escribe de ellas maravillas: 
y teniendo por costumbre dejar siempre puesta una cruz en 
todas las islas y tierras donde entraba, le ocurrió' que. yendo 
en su bote á desembarcar en uno de aquellos puertos, vio' 
dos maderos mu}' grandes, el uno más largo que el otro, 
puestos en forma de cruz, y di:^ que un carpintero no los 
pudiera poner ¡mis proporcionados, por lo que dio' gracias á 
Nuestro Señor, y mando' que en la misma forma en tjuc los 
había encontrado se clavaran y aseguraran; y el domingo 
siguiente. iS de Noviembre, salió' otra vez en las barcas con 
mucha gente de los navios . 3' fué á poner la gran cruz á la 
boca de entrada de dicho Puerto del Principe, en un lugar 
vistoso y descubierto de árboles, para que desde lejos pudie- 
ran descubrirla. «Ella era, dice Colon, muy alta y de mu}^ 
hermosa vista, d 

Al mismo tiempo continuaba examinando los productos 
de aquellos países. Hizo c|ue los marineros recogieran gran 
número de conchas, para cerciorarse de la existencia de las 
perlas; y recorría los árboles estudiando 3' anotando los 
caracteres principales de sus troncos, hojas 3^ frutos, deplo- 
rando en muchas ocasiones no tener conocimientos bastantes 
de botánica para apreciar su mérito. «Aves, vido muchas, 
y olor vehemente de almizcle, y cre3'o' que lo debía de haber 
allí. )) 

Trabajosamente continuaban las tres carabelas su 
rumbo, contrariado por los vientos que apenas las permitían 
adelantar, y muchas veces las corrientes las hacían retro- 
Cristóbal Colón, t. i. — 43. 




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338 



CRISTÓBAL COLÓN 




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ceder, siendo iniructuosos todos los esfuerzos para llegar á 
Babequc. 

Antes de salir del río de Mares, mando' detener Colón 
cinco indios mancebos que fueron en una almadía á su 
carabela, con el intento de traerlos á España; y después 
envió' á los marineros á una casa que se divisaba á la ribera 
de Poniente del río, y le llevaron siete calH\as de mujeres, 
entre chicas y grandes y tres niiios. «Esto hice, añade textual- 
mente en su Diario, porque mejor se comportan los hombres 
en España habiendo mujeres de su tierra, que sin ellas; 
porque ya otras muchas Aceces acaeció' traer los hombres de 
Guinea para que difundiesen la lengua en Portugal , y 
después que volvían y pensaban de se aprovechar dellos 
en su tierra , por la buena compañía que les habían hecho y 
dádivas que les habían dado, en llegando en tierra jamas 
parecían. Otros no lo hacían así. Así que teniendo sus 
mujeres, tenían gana de negociar lo que se les encargase; y 
también estas mujeres mucho enseñaran á los nuestros su 
lengua, la cual es toda una en todas estas tierras de Indias, 
y todos se entienden y todos las andan con sus almadías ; lo 
que no han en tiuínea. adonde es mil maneras de lenguas 
que la una no entiende la otra. Esta noche vino en una 
almadía el marido de una destas mujeres, y padre de tres 
hijos, un macho y dos fembras, 3^ dijo que yo les dejase 
venir con ellos, y á mi me aplogo mucho. 3' quedan agora 
todos consolados con él, que deben todos ser parientes, y él 
es 3'a hombre de cuarenta 3' cinco años.» 

Sin embargo, como á pesar de haberse todos consolado, 
al parecer, iban contra su A-oluntatl. 3' comprendían muv 
bien que los conducirían muy lejos de sus hogares; á pesar 
del buen trato que se les daba á bordo de la carabela Nina, 
donde mando' el .Vlmirante que fueran, se huyeron los dos de 
mavor edad, en la noche del 17 de Novieml^re, 3' ganaron ;í 
nado la orilla refugiándose en la espesura del bosque. 

l'^ste fué grande abuso é inconsideraciiín ele ¡¡arte del 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO V 



339 



Almirante, que dejo sentado funestísimo precedente, con 
accio'n tan sencilla, al parecer, 3' que tuvo fatales consecuen- 
cias. Desconocida una vez la independencia de los indígenas, 
privcándoles de su libertad, sin causa, razo'n , ni derecho, 
nacieron de este paso primero las vejaciones, luego las 
llamadas encomiendas, las crueldades, exacciones, y aquella 
diferencia, en mal hora establecida, entre los naturales del 
país y los que por arribar á el con mavores fuerzas se esti- 
maban señores. 

«¡Gentil excusa ha dado el Almirante, dice airado fray 
Bartolomé de Las Casas, para colorar o' justificar obra tan 
nefaria!... Cierto inconsideradamente se ovo aquí el Almi- 
rante, aunque en otras cosas era prudente. ^luchos son 
prudentes, }• fueron en el mundo en lo que toca á las cosas 
humanas 3^ temporales : pero faltan muchas veces 3^ en 
muchos actos, cuanto á la rectitud de la razonable 3' cris- 
tiana prudencia. Por sí sola esta injusticia, 3' no razonable, 
antes muv culpable obra , sin que ninguna otra el Almirante 
hiciera, podia bien cognoscer ser merecedor ante Dios de las 
tribulaciones v angustias en que después toda su vida pade- 
ció', 3" que muchas más le diera; porque mu3' diferentes son 
los juicios de los hombres y la estimacio'n 3- tasación que 
hacemos de los grados 3' quilates de los pecados, al que 
juzga y tasa Dios que lo lleva y determina por muy del- 
gado.» 

El 19 se dio' otra vez á la vela, saliendo al mar en 
direccio'n Noreste de Puerto Príncipe, y navego' dos días con 
mucho trabajo por la variedad de los vientos, adelantando 
m.uy poca cosa, hasta que creciendo la fuerza del viento 
contrario en la noche del miércoles 21. determino el Almi- 
rante volverse á Cuba, y puso las señales convenidas para 
que las otras dos carabelas le siguiesen, como acontecía de 
ordinario. Obedeció desde luego la Niña cambiando de 
rumbo, y dirigiéndose viento en popa por el mismo que 
llevaba la capitana; pero al peco tiempo notó Colón que la 





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340 



CRISTÓBAL COLÓN 




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Pinta continuaba adelantando en su primitiva direccio'n sin 
hacer caso de las señales que se le hacían. Repitieron éstas, 
aunque también sin resultado: y cre3-endo el Almirante que 
Martín Alonso Pinzo'n no las hubiera visto á tiempo, como 
va cerraba la noche, hizo poner faroles en los mástiles, y 
recogió' velas para disminuir la marcha hasta que se hubie- 
ran reunido los tres buques, Pero vino la mañana y la Pinta 
se había perdido de vista, en un mar desconocido '. 

Esta separacio'n de Martín Alonso causo' gran disgusto 
al .Vlmirante, por lo que en sí misma significaba. }■ por las 
consecuencias que podía tener para los resultados de la 
expedicio'n. No podía calcularse cuál era el pensamiento de 
Pinzón al desertar de la bandera, desovendo las o'rdenes 
del jefe nombrado por los Re3'es, pero desde luego su con- 
ducta respondía á las muestras continuas de descontento 
que entre los marineros de Palos se habían venido notando 
hacía mucho tiempo. Desde que los españoles pusieron el 
pie en la ¡primera isla ; desde que el descubrimiento fué una 
verdad, comprendieron todos la gran resonancia Cjue el 
suceso había de tener en Europa y la gloria de que se cubría 
Cristóbal Colón. Entonces peso', sin duda, á Martín Alonso 
Pinzo'n de haber aceptado un papel secundario en la expedi- 
cio'n, cj^ue le obligaba á sufrir las molestias del viaje, á 



' No alcanzamos la razón (|iie haya podido inclinar al señor don Cesáreo 
Fernández Duro á creer que la deserción de la Pinta ocurrió el 21 de Octubre 
(Colón y /"/«Síí/Zj pág. 309), cuando dice: «El P. las Casas pone, por error, 
la separación un mes después; el 21 de Noviembre...» 

Consultado el Diario de navegación , se convence la exactitud con que 
asentaba los hechos el P. las Casas, y es muy de extrañar la distracción, que no 
puede ser otra cosa, del docto Fernández Duro. El 21 y 22 de Octubre estaban 
las carabelas en Saometo, ó la Isabela, y en el último de esos días mató Pinzón 
una iguana en las lagunas de la isla. 

Presente estaba Martín Alonso en el primer costeo de Cuba; en el día 4 de 
No\ieml)re, después de volver el Almirante de cazar a\es, expresa que, vino á t'l 
Martín Alonso con tios pedazos de canela; en el siguiente día 5 consigna que, 
(.en amaneciendo mandó poner la nao á monte, y los otros na7'/os, pero no todos 
juntos, sino que (juedasen siempre dos en el lugar donde estaban por la seguri- 
dad,» y por último el miércoles 21 de Noviembre asienta con toda claridad que 
«este día se apartó Martín Alonso Pinzón con la carabela finta, sin obediencia 
y voluntad del Almirante.» 



LIBRO SEGUNDO. — CAPÍTULO V 



341 



compartir los peligros, y le privalia de la fama que caía de 
lleno sobre el nombre de aquel extranjero, que pobre, sin 
recursos, había llegado un día á las puertas de su casa. 
Pinzo'n contribuía al buen resultado de la empresa con sus 
buques , con sus intereses 3- con su persona ; había puesto su 
inteligencia y sus recursos al servicio de la idea, 3" por el 
prestigio de su nombre, por el ejemplo que les diera, se 
habían embarcado en las carabelas los mejores marinos de 
Palos, de Moguer 3' de Iluelva. En el peligro todos eran 
iguales: todos habían sufrido las mismas penalidades, los 
mismos trabajos; ¡aero al llegar la hora de las recompensas, 
la diferencia había de ser mu3- grande y el nombre de Colón 
oscurecería á todos. 

Estas o parecidas ideas revolvía en su mente Martín 
Alonso Pinzo'n desde el momento en que en la isla de Gua- 
nahaní reconocieron todos á CoLt'iN por Almirante, Visorre3' 
y Gobernador de las islas y tierra firme del mar Occéano. 
El descontento que le agitaba se conocía en su semblante, 
}' se reflejaba en todas sus acciones. Hubo de fijarse en su 
mente un ambicioso pensamiento, v quiso tener su parte 
en la gloria, en la celebridad v en la fama. 

Comprendía muv bien que para que en España se con- 
cediera desde luego al descubrimiento toda la importancia 
que verdaderamente tenía, era de necesidad ofrecer pruebas, 
presentar datos que todos pudieran apreciar, principalmente 
el oro, cuanto oro pudiera adc[uirirse pRva. deslumbrar desde 
el primer momento á los monarcas 3' estimular los aplausos 
del pueblo. Y como los resultados obtenidos hasta entonces 
eran casi nulos: como el oro recogido era insignificante, 
Pinzo'n dio' oídos á las noticias de grandes riquezas C[ue le 
comunicaron los indios que llevaban á bordo, v aprovecho 
la primera ocasio'n para separarse, é intentar por sí solo 
algún descubrimiento que pudiera colmar sus deseos 3' satis- 
facer su ambicio'n. 

No podían ocultarse al Almirante los pensamientos del 





^ as^Sgfe^ : 




342 



CRISTÓBAL COLÓN 












capitíln de la Piiitü. Leía su dis.!j;'ustn en sus ojos, }' lo veía 
en sus acciones, que más de una vez hubieron de ser bas- 
tante bruscas é inconvenientes : por eso al consignar en el 
Diílno que XLartín Alonso se había separado sin obediencia 
y voluntad su3^a, añade; i( otras ¡michas me liciic hecho v 
dicho.» Pero no era posible que en el momento mismo de la 
descrcio'n se adivinara el camino que pensaba tomar la cara- 
bela, ni el intento de su capitán. 

Cruzo' por la mente de Colón la idea de que Pinzo'n 
quisiera volverse desde aquel punto á España á llevar la 
noticia del descubrimiento; presentar á los Re3'es los indios 
y las aves que llevaba á bordo, y usurparle la gloria que á 
tanta costa hal)ía conseguido. Pero aunque esto no sucediera, 
aunque la Piula no se hubiera separado por otra causa que 
sustraerse al mando del extranjero 3^ caminar libremente 
bajo las o'rdenes del intrépido marino de Palos, la situación 
era muy grave para el Almirante, v tuvo necesidad de todo 
su talento, 5^ de toda su discrecio'n para dominarla. 

Desde luego, quedaban muv reducidos los medios de 
que CRiSTÓn.vL Colón podía disponer, 3^ se hacía más 
dificultosa la continuación de las operaciones para lo suce- 
sivo, en la previsio'n de accidentes que no tardaron en 
sobrevenir. 

Juzgamos que la pérdida de la Sania María, ocurrida 
un mes después, fué debida en gran parte á la falta de 
Martín Alonso; pues de haber estado reunidas las tres 
embarcaciones, ciertamente el Almirante hubiera empren- 
dido otro rumbo; el costeo se hubiera hecho en condiciones 
harto diferentes, por los recursos con que se contaba; 3' aún 
si, extremando las deducciones 3' subiendo de una en otra, 
dejáramos correr la imaginacio'n. tal vez hasta podríamos 
considerar cjuc otra hubiera sido la importancia, el carácter 
3' la suerte del primer establecimiento de los españoles en el 
Nuevo Mundo. 

La descrcio'n de la Piula fué un hecho gravísimo y de 



LIHKO SEGUNDO.— CArÍTULO V 



343 



gran trascendencia. Privaba á la expedición de uno de sus 
mejores barcos: de la tercera parte de sus hombres, 3" de un 
capitán de gran experiencia v valor, con el c¡ue siempre 
había contado el Almirante en los lances más difíciles, y 
cuya inlluencia era indudable en el ánimo de los marineros, 
casi todos amigos 3- parientes su^-os. Mientras más altas se 
juzguen las cualidades de Martín Alonso, y nosotros se las 
reconocemos muy superiores, mayor podemos considerar 
el vacío que dejaba con su ausencia, y más desastrosas las 
consecuencias de su inconsiderada conducta. La situacio'n 
del Almirante cjuedo mu}- comprometida desde que la Pinta 
se aparto' para no obedecer sus ordenes; y de acjuel paso 
resultaron dificultades, pérdidas 3' desdichas que ho3', á tan 
larga distancia, no es posible apreciar con exactitud. 

Doloroso es para nosotros no encontrar razones que 
disculpen á Martín Alonso Pinzo'n, o' á lo menos atenúen 
su responsabilidad en aquel acto de indisciplina : haciendo 
la misma apreciacio'n desfavorable para aquel grande hombre 
don Juan Bautista Muñoz, Washington Irving 3' los más 
juiciosos historiadores. Únicamente nuestro docto amigo, 
el señor don Cesáreo Fernández Duro, llevado del entusiasmo 
que le producen las altas dotes de aquel intrépido marino. 
5' haciendo gala de un exagerado amor á la imparcialidad, 
intenta alguna disculpa, alguna atenuación, pero de tal 
naturaleza, tan infundada de su3'0. que nada puede concluir 
al noble fin c[ue se propone. ;Cuán otra hubiera sido la de- 
fensa si en su claro talento hubiera encontrado razones en 
que ap03-arla! 

Dejemos á un lado la erro'nea versio'n de Gonzalo 
Fernández de Oviedo, cuyo recuerdo no sabemos á qué 
conduce en esta ocasión, de que entre el Almirante 3" Martín 
Alonso hubo seria disputa, porque éste no creía conveniente 
la edificación de la fortaleza de Navidad, v se oponía á c^ue 
allí quedasen los cuarenta españoles, hasta que viendo la 
resolución del Almirante 3' habiéndose excedido de palabras 




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344 



CRISTÓBAL COLÓN 



temió le mandase prender, y «cun temor que ovo dcsta 
sospecha se salió á la mar con su carabela Pinta, ¿ fuese al 
Puerto de Gracia veinte leguas de oriente apartado '.» 

Nada hay en esta versio'n que no esté completamente 
equivocado. La desercio'n de la Pinta se efectuó en el mo- 
mento que venimos historiando, á 2 i de Noviembre de 149-', 
y la construccio'n del -fuerte de Navidad no se termino' hasta 
Enero del año siguiente, saliendo de allí el Almirante el 
viernes 4, 3^ por lo tanto cuando no podía tener conocimiento 
Pinzo'n de aquel pro3'ecto, que no nació en la mente de 
Colón hasta después del naufragio de la nao Santa María 
ocurrido el 25 de Diciembre. 

Pero analicemos la exculpación. «Dije haber contra- 
diccio'n, escribe el señor Fernández Duro ^. en las asevera- 
ciones de don Fernando, por cuanto de sus propias palabras, 
como de las del P. Las Casas, se deduce que navegando de 
noche, y estando á barlovento la Pinta, como más velera, 
cambio' el Almirante de parecer y vario' el rumbo, arribando 
sobre la isla de Cuba. El fué por consiguiente causa de la 
separacio'n. no ignorando C[ue lo más probable fuera c[ue 
Pinzo'n no viese, como no vio', señales de luz que no espe- 
raba, y que siempre son inciertas en la mar. La Pmld 
Continuo' navegando en la direccio'n que llevaba la armada 
durante el día, direccio'n convenida v ordenada previamente: 
no ha}^ ]Dor lo tanto, motivo ni razón para culpar en juicio 
al capitán, y mucho menos ¡^ara penetrar sus intenciones 
con la ofensiva y pueril sujjosicio'n de que un indio, cuva 
lengua no entendía más que el Almirante, ¡c proniclwiil 
llevarle á un sitio donde abundaba el oro. y de que la codicia 
y la soberbia tenían resuelta en su ánimo la separación.» 

No queremos interrumpir con comentarios la alegacio'n 
de descargos, tanto menos, cuanto muy raro será el lector 



Hiitoria x:íiiciii¡ (it- las Iinlias, tumo 1, pág. 26. 
Culón y Pinzón, págs. 311 — 151. 



LIBRO SEGUNDO.— CArrrULO V 



345 



que tenga necesidad do que se llame su atención sobre la 
capciosa forma en que est;í hecha. Prosigamos: — «Mírese 
como se quiera ésta, no tuviera el juez más severo otro 
cargo que formular contra Pinzo'n que el de no haber hecho 
más activas diligencias para incorporarse á su jefe desde el 
momento en que advirtió' el alejamiento, o' sea desde la 
amanecida del ^2 de Octubre (léase de Noviembre para 
deshacer el error va notado) j acaso las hizo, porque en 
realidad el Almirante sabía el rumbo cj^ue la Pinta había 
llevado, pero ignoraba Pinzo'n el que tomo' la Santií María, 
y so'lo casual v rarísimamente cabía encontrarla, ^'iento en 
popa, navegando hacia el Oeste vino el 6 de Enero á encon- 
trar la otra carabela: Pinzo'n disculpo' entonces la ausencia 
dando sus ra:^oiies: ¿por qué las admitió' Colüx so'lo aparente- 
mente, v en el recogimiento de la cámara, abiertas las hojas 
del Diario, A'acio' su pensamiento agravando las primeras 
acusaciones con las de mentiroso, soberbio, defraudador y 
mal hablado? ¿Por qué dejo' traslucir que el temor del 
ascendiente y poj)ularidad que gozaba Pinzo'n le contenían? 
Las declaraciones del pleito lo indican.» 

« A pesar de la erro'nea proposición del Fiscal . ninguna 
insinúa que la separacio'n de la carabela Piula fuera inten- 
cionada: Arias Pérez dijo que se verifico' de noche, por causa 
del temporal . conviniendo otros testigos en que dio' por 
resultado que Martín Alonso descubriera la isla de Haití 
o' la Española antes que el Almirante.» 

Breves reflexiones l^astan para destruir este razona- 
miento especioso, cuva debilidad resalta á la simple lectura. 
Reconociendo que el 6 de Enero, al encontrárselas carabelas, 
P///;[ó// di se ulpo la auseueia, se comienza por convenir en que 
lo necesitaba: en que de su parte había de verse culpabi- 
lidad. Colón las escuchó como capitán prudente, pesando 
con extremada discreción las circunstancias y evitando todo 
motivo de rencilla, toda causa de disgusto que pudiera 
resultar en perjuicio de la empresa con tanta felicidad 
Cristóbal Colón, t. i. — 44 








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46 



CRISTÓBAL COLÓN 



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llevada á cabo. ¿Eran aquellos momentos propios para íor- 
mular cargos, para pensar en castigos? Se emprendía el 
viaje de regreso, y lo necesario, lo urgente, era traer á 
España la noticia de los países que se habían descubierto, 
guardando en el fondo del corazo'n todo género de resenti- 
mientos, y procurando con el disimulo la concordia de las 
tripulaciones. 

¡Y qué frases estampo' el Almirante en su üuino que 
no correspondieran á su conducta noble y previsora? Cuando 
en 21 de Noviembre vio' alejarse la carabela Pnitú, consigno 
que lo hizo sin obediencia v volniíUul del Jlniinmle, por eiidi- 
cia... sin cúiiSil del nial tiempo sino porqnc quiso, añadiendo 
únicamente, según ya dijimos, una frase como desahogo de 
anteriores sufrimientos; olrns innehüs me tiene hceí.>0 y dicho. 
Por más que la meditamos no encontramos en ella rastro 
de odio o' de mala voluntad. 

Cuando amaneció', y vio' que la carabela de Pinzo'n se 
había perdido totalmente de vista, estampo el hecho sin 
comentarios: — «Anduvo el Almirante toda la noche la 
vuelta de tierra, y bir^o toiinir iilguiuis de liis veliis v tener 
¡íirol todíl lil nocl-W, porque le pareció' que venia hacia él. y 
la noche hizo muy clara, 3^ el ventecillo era bueno para 
\'enir si quisiera. » 

I'^sta sencillez de Cristíjbal Col(')N demuestra l)ien ;l las 
claras el estado de su ánimo. Después, el domingo () de 
lüiero, cuando «vino Martin Alonso Pinzón á la carabela 
Nind, donde iba el Almirante, para se excusar diciendo que 
se habia perdido del contra su voluntad » no pudo Colón 
poner en olvido las circunstancias (|ue acompañaron á la 
deserci(!n. pero disimulo con exquisita prudencia para no 
impedir el viaje, aunque no pudo menos de escribir (|ue 
eran lalsas todas las razones «y c[ue con mucha cudicia v 
soberbia se haliia apartaih) aquella noche que se apartcí del.» 
Y en el martes 8 volvió á repetir la causa de su disimulo, 
«el .Martin Alonso lo deiií, dice, desde _• 1 de Noviembre 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO V 



347 



hasta 6 de Enero, sin causa ni razón, sino por su desobedien- 
cia : todo lo cual el Alminmtc hahia sufrido v callado por 
dar buen tin á su viaje.» 

Prescinde de estas palabras del Almirante el señor don 
Cesáreo Fernández Duro, y funda su opinio'n de que puede 
ser imputable á aquél la scparacio'n de la Piuta en ciertas 
frases de las declaraciones de algún testigo de la informa- 
cio'n. No formaron la misma los célebres historiadores que 
arriba citamos. «Pinzón dio' crédito, dice Washington 
Irving, á los extravagantes informes de un indio que iba á 
bordo de su carabela, v le ofrecía guiarlo á una isla o' regio'n 
de grandes riquezas. Su avaricia se despertó' repentina- 
mente: siendo su barco el más velero, podía virar con facili- 
dad á barlovento, adonde no podrían seguirle los otros. 
Podía él mismo ser, por lo tanto, el ¡^rimero que descu- 
briera aquella dorada Babeque, enriqueciéndose con sus 
primicias. » 

Casi en iguales términos resume su ojsinio'n don Juan 
Bautista Muñoz, en esta forma: «estimulado de su altivez, 
confiado en su pericia náutica v en el buen andar de su 
carabela, guio' adelante con intención de hacer por sí este 
rico descubrimiento.» Fué voluntaria la falta, aunque 
cueste trabajo el confesarlo : fué una verdadera desercio'n . y 
sus consecuencias extraordinariamente sensibles y mu}' 
desastrosas. El cronista Antonio de Herrera, que tan cer- 
cano estuvo á los sucesos, dice que Pinzón «se apartó del 
Ahuirante sin fner:ia de tiempo, ni otra lejítima causa; y por ser 
su navio mu}" velero se fué adelantando hasta que llegada la 
noche totalmente desaparecía '.» 

Mucho nos hemos detenido en la apreciacio'n de este 
suceso y de las causas que lo produjeron: pero es que tuvo 
tal importancia, causo' tal variación en todos los actos poste- 
riores de la expedicio'n, que no so'lo nos ha parecido de 





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' Década I, lib. I, cap. XV 




348 



CRISTÓBAL COLON 












necesidad fijarlo en la manera más clara, sino también dar 
á conocer las opiniones de los historiadores más renom- 
brados, tratándose de un español tan ilustre como Martín 
Alonso Pinzón, cuyos actos tienen siempre gran interés en la 
historia del descubrimiento. 

No encontrando legítima excusa su proceder, hemos 
querido consignar los textos, para que en vista de ellos se 
confirme el ma3^or o' menor alcance de su responsabilidad. 

De cualquier modo, la sejDaracio'n de Martín Alonso fué 
un acontecimiento desgraciado, y que debió' causar profunda 
pena en el ánimo de Cristóbal Colón. Perdía por el 
momento uno de sus más poderosos auxiliares: el hombre 
cu^M experiencia y prestigio había sostenido tantas veces 
el valor de los marineros: quedaba más reducido el número 
de embarcaciones, y como el mal ejemplo podía tener imita- 
dores, era fácil que se viera comprometido el éxito de la 
expcdicio'n. 

Y contrista, en verdad, el ánimo, conocer de qué 
manera la envidia tiene cabida en los hombres de más rele- 
vantes cualidades; como infiltra en el corazo'n su veneno, 
haciendo enmudecer la voz de la conciencia y torciendo las 
mejores intenciones. Nadie ^^uede negar las altas dotes que 
adornaban á Martín Alonso Pinzón: se hace simpático por 
su valor y j^or su desprendimiento: le recomiendan sus 
servicios; su varonil entereza; su desprecio á los peligros; 
se le estima, con justicia, merecedor de alta honra, y de 
compartir con Cristijisal Colón, y casi al igual con él las 
recompensas del descubrimiento, cjuedando siempre para el 
Almirante la altísima gloria de haber concebido tan sublime 
idea... y causa profundo pesar que caiga sobre varo'n tan 
digno de alabanza hasta entonces, la fea mancha tle la 
ingratitud, de la envidia, que nunca dehii! tener cabida en 
su alma. 

Devoro' el Almirante su disgusto dando á su rostro una 
apariencia de tran(]uilidad que no tenía en el fondo de su 



LIBRO SEGUNDO.— CAl'iTULO V 



349 



pensamiento. }', al amanecer el día 22, se encamino nueva- 
mente á las costas de Cuba para adelantar el reconocimiento. 
esperando cesaran los vientos contrarios. 

Felizmente la Niña, aunque bajo el mando de Vicente 
Yáñez Pinzo'n, siguió lealmentc á la obediencia del Almi- 
rante. V entre los tripulantes de la Sania María no hubo 
síntoma alguno de descontento, y por el contrario, la maj'or 
parte de aquellos bravos marinos censuraron con dureza el 
acto de Martín Alonso. Con esta tranquilidad continuaron 
las dos naves el costeo, descubriendo cabos cubiertos de 
maravillosa vegetacio'n, y ríos cuyas riberas despertaban 
tanto su entusiasmo v exaltaban su imaginacio'n hasta el 
punto de decir, para que no se cre\-eran exageradas sus 
descripciones, que desearía vieran por sus ojos las mara- 
villas de aquel país los hombres más prudentes y de crédito 
para que no lo juzgaran encarecimiento. 

Después de haber doblado el Cabo de Moa 3' admirado 
sus altas sierras, entro' en el puerto de Baracoa, que deno- 
mino' Puerto Santo, que por su magnificencia y la claridad 
de sus aguas, por la amenidad de sus orillas }• la hermosura 
de las aves que en ellas se parecían, juzgo' sobrepujaba á 
todos los del mundo conocido : }' avínole bien el encontrarse 
en tan abrigado 3' seguro refugio, pues en aquellos días se 
cerro' el cielo, la lluvia ca3'o' á torrentes, y desencadenados 
los vientos hubieran puesto en peligro las frágiles carabelas 
si se hubiesen encontrado en otros lugares de la costa más 
combatidos por los temporales. 

En aquellos días de forzada inacción formo el designio 
de abandonar toda otra exploracio'n 3^ dirigirse á una gran 
isla llamada Bobio, por los indios. cu3'as montañas había 
podido descubrir á lo lejos en alguno de sus anteriores 
A'iajes en demanda de la supuesta Bahcqiic. Indicaban los 
indios aquella isla como muy extensa, poblada y abundante 
en oro: pero trataban de disuadir al Almirante de que se 
dirigiera á ella porque sus habitantes eran muchos 3" fero- 



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350 



CRISTÓBAL COLÓN 







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ees. siendo peli,L;'roso aproximarse á sus costas y más aún 
tratar de hacer un desembarco en ellas. Poseídos de grandí- 
simo terror, aseguraban los indios de Cubil y de Súii Süliuidor 
al Almirante que los indígenas de BoIjio tenían caras de 
perro, y un ojo solo en la frente, y que. proyistos de armas, 
iban á las otras islas para matar á los hombres 3' comerlos. 

Creía el Almirante que mentían, o' á lo menos que el 
miedo les hacía exagerar el jjeligro; 3' juzgaba que aquellos 
hombres armados que lleyaban cautivos debían ser soldados 
del Gran Kan, cu3'os dominios debían estar mu3' cercanos. 
I{n tal creencia, por tanto. 3^ después de haber reconocido 
muchas leguas de la costa, abandono' la isla de Cubú o Jiuiiiil 
como él la nombraba, (jiic Inislü cnloiiccs tenia por tierra ¡iniic 
por su i^raiidc:ia , porque bien habría andado en un paraje eiento 
•veinte leguas, y con viento mu3' favorable que llenaba todas 
sus velas, y el mar llano 3' tranquilo, llego' al cerrar la noche 
el miércoles 5 de Diciembre á la vista de un puerto que le 
pareció tan capaz com,o el de Cádiz, y porque ya era oscure- 
cido mando' las barcas para que lo sondeasen 3" se estuvo á 
la capa hasta el alborear del nuevo día. 



II 



Al amanecer el día 6 de Diciembre se encontró' el Almi- 
rante como á cuatro leguas del puerto, y seguro 3'a de que 
no había peligro alguno, se dirigió' á su entrada, poniéndole 
¡)or nombre Puerto María, dejando á estribor un hermoso 
cabo formado de varios altos promontorios mu3' agudos, al 
(pie Hamo por su forma Cilbo de la lislreüa. \\n\ son deno- 
minados puerto 3' cabo de San Nieolás. 

A la mañana siguiente d'n'< ;i la vela j)ara reconocer la 
costa por la dirección Nordeste, llegando á otro puerto 



LIBRO SKGUNUO.— CAPITULO V 



351 



bastante capaz, que llamo iIc ¡it Concepción, en el c]ue tuvo 
forzosamente que detenerse algunos días por las continuas 
lluvias, 5' la fuerza del viento cjue amenazaba pro'xima 
tempestad. Lanzaron los marineros las redes al agua y 
ejercitaron los anzuelos }• arpones para recoger peces 
grandes y pequeños, que eran abundantísimos, hasta el 
punto de saltar muchos vivos dentro de los botes; recorrie- 
ron otros las plavas más cercanas, sin poder entrar en trato 
con los indígenas, que huían ;í su presencia y se internaban 
en los bosques ; vieron árboles pequeños . carrascas , madro- 
ños, arraA'án 3^ otras hierbas como las de Castilla. 3^ como 
entre los frutos que alcanzaron de los árboles, los peces de 
que llenaron sus redes, v la hermosa temperatura que disfru- 
taban, encontraron mucho parecido con todo lo de España. 
V el paisaje accidentado que á trechos se descubría les recor- 
daba también el de las provincias andaluzas, el Almirante 
puso por nombre iiíil Iispilíiohl, á aquella cuya denominación 
primera en boca de los naturales de Gíicumhani fué la de 
Bohio V luego sus moradores llamaban Hcliti, que parece 
significaba en su lengua tierra montañosa, 3' también (2»/i- 
qiicya, d sea isla grande. H03' se llama Santo Domingo. 

Envió el Almirante seis hombres escogidos á que explo- 
rasen la isla tierra adentro, procurando noticias exactas del 
país y ganarse la confianza de los indígenas. Pero volvieron 
sin haber encontrado más que algunas cabanas abandonadas 
mu3' semejantes en su construccio'n á las de la isla de Cnlni. 
(Jtro día. 1 _' de Diciembre, tres marineros se metieron por 
el monte, v overon gran tropel de indios, todos desnudos 
como los de las otras islas, que no quisieron acudir, aunque 
los llamaron con demostraciones amistosas; corrieron tras 
ellos y solamente pudieron alcanzar á una mujer de buena 
presencia, que llevaba pendiente de la nariz una laminilla 
de oro. V la trajeron al Almirante sin molestarla ni hacerla 
mal alguno, para que perdiera el miedo. Hízola vestir y le 
dio' cuentas de vidrio 3^ cascabeles y sortijas de latón, de 



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CRISTÓBAL COLÓN 



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que fué tan contenta, que los marineros que la conducían 
á tierra en la barca, dijeron que va no quería salir de la 
carabela, sino quedarse con las otras mujeres indianas que 
habían tomado en el puerto de Mures de la isla Jiiüiid. 

No pudieron los marineros Cjue llevaron á tierra á la 
hermosa india trabar relación con los isleños por haberles 
sorprendido la noche: pero á la mañana siguiente los pri- 
meros que saltaron en tierra encontraron una gran pobla- 
cio'n cu3'os habitantes, perdido el miedo, se llegaron á los 
españoles ofreciéndoles cada uno lo que tenía, y recibiendo 
en cambio, como de costumbre, las baratijas que tanto les 
agradaban, y conservaban con religiosa veneracio'n , apelli- 
dándoles tiirey, que para ellos significaba cosa divina o 
venida de los cielos. 

En tanto que los indios de aquel pueblo se entretenían 
en sus rescates o' cambios con los españoles, apareció' por 
medio del bosque una muchedumbre que venía de otra 
jooblacio'n no lejana, trayendo en hombros y como en triunfo 
á la india que el día anterior había estado en las naves, con 
los mismos adornos que el Almirante le regalo'. Los indios 
se entregaron entonces, y por la relacio'n de sus vecinos, á 
la ma3'or alegría; dieron gracias de mil maneras por los 
favores dispensados, y ofrecieron á los marineros cuanto 
tenían, acompañcándoles en su vuelta á las naves con 
muestras de disgusto por verlos separarse de ellos. 

Visito' el Almirante en los siguientes días la isla 
llamada de la Torliigü, teniendo que volver al puerto de 
(j)iiCi'piióii por impedirle los vientos contrarios la derrota 
que deseaba seguir. 5^ á su segunda llegada á aquella isla 
(15 de Diciembre) vio' un valle, (¡ue otra cosa m;ís hermosa 
no había visto, por medio del cual valle corría un río cauda- 
loso. «Puso nombre al valle, ¡'¡lile ¡Icl Pdniíso, y al rio 
(líiadalquiv'ir, porcjue di/ (¡ue así viene tan grande como 
( iuadahiuivir por Co'rdoba. v á las veras o' riberas de la 
playa del de piedras muy lu'rmosas, y todo muy andahle.» 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO V 



353 



A la siguiente noche, para aprovechar un ligero viente- 
cilio de tierra, dio' á la vela para salir del canal que lorma 
la Tortilla con la isla ¡:spúfiflht, v vendo de bolina, con mar 
mu}' gruesa v viento duro, hallo' una canoa con un indio 
solo que desafiaba el ímpetu de las olas, de que se mara- 
villo' el Almirante, pues no parecía posible se tuviera sobre 
el agua. Recogió en su carabela al indio v la canoa. }' lo 
llevo' hasta muy cerca de tierra, despidiéndolo con muchos 
dones de los que tanto estimaban. Kl indio gano' la pía va 
con su canoa, y tales noticias debió' dar del Almirante v de 
sus gentes, que á muv poco tiempo había en la misma 
innumerable multitud de indios que hacían grandes demos- 
traciones, mientras las naves daban fondo á la mayor proxi- 
midad posible de la tierra. Nombro' Colón á aquel fondea- 
dero Puerto de ¡a Pa:^. 

Comenzaron en seguida los rescates, con gran contento 
de los españoles, porque muchos de aquellos isleños llevaban 
granos de oro finísimo en las orejas y en la nariz, v lo 
daban de bonísima gana por cualquier objeto de vidrio. 
El Almirante noto desde luego que estos, isleños eran más 
blancos }- de mejores formas que los de las otras islas, y de 
más hermosos semblantes, particularmente dos mujeres 
mozas que había visto que podrían pasar ¡Dor españolas. Le 
parecieron también de mejor ingenio v agudeza, pues alguno 
hubo que teniendo una laminita de oro del tamaño de la 
mano, la dividió' en pequeños trozos para obtener por ella 
varios rescates, v de condicio'n tan pacífica que decía á los 
Re3'es: vSou ¡a mejor ^eiite del mundo v mas mansa; v sobre 
lodo que feíi^o mncl.nt esperaiir^a en luiesiro Sor. que -vueslras 
AIte:;as los harán todos eristianos, v serán suyos todos, que por 
suyos los t enero.)) 

Colón hizo que se regalasen algunos cascabeles }' sona- 
jas de lato'n á cuantos venían á las carabelas, ora á nado. 
ora en sus canoas; 3' comprendió' c¡ue entre los concurrentes 
á la plajea debía encontrarse algún personaje principal , o' el 
Cristóbal Colón, t. 1.^45 



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354 



CRISTÓBAL COLÓN 





re\' de la comarca, según las señales de acatamiento que 
todos le hacían. Knvio'le un presente por mano del alguacil 
ma3'or Diego de Arana, que recibió' con grande mesura y 
demostrando mucho aprecio. Era mozo de buen aspecto; de 
edad como de hasta veintiún años: hablaba mu}' pocas 
palabras, v tenía á su lado un a30 viejo }' varios consejeros 
con los que consultaba sus respuestas, l'no de los isleños 
intérpretes le habló, explicándole la venida de los españoles, 
que bajaron del cielo para buscar oro, y repartían preciosos 
dones á cuantos se le acercaban, como ya lo habían visto. 

« Este Rey y todos los otros andaban desnudos como 
sus madres los parieron, y así las mujeres, dice el mismo 
Almirante, sin algún empacho, y son los mas hermosos 
hombres y mujeres que hasta allí avimos hallado: harto 
blancos, que si anduviesen vestidos 3' se guardasen del sol 
y del aire serian cuasi tan blancos como en España.» 

Indico' el joven re3' el camino por donde podría encon- 
trarse el oro, 3' se creyó' que decía estaba á dos jornadas de 
aquellos lugares en direccio'n al centro de la isla, hacia los 
montes; y con la- mejor voluntad puso á disposicio'n del 
Almirante cuanto quisiera de su tierra. 

Por la tarde visitó el rev con los su3'0s la capitana. 3" 
el Almirante hizo que le sirvieran de comer de las cosas de 
Castilla: él las gustalxi con mayor gravedad y circunspec- 
ción de lo que pudiera esperarse, tomaba un bocado de cada 
cosa y lo daba todo al avo y á los demás que le acompa- 
ñaban. 

Por las señas que el rev' daba. 3' por las noticias que 
transmitían los isleños intérpretes, parecía que en la Tortuga 
halíía más alnmdancia de oro que en la hspíVioltl, v mucho 
más en Babcquc, que se decía estar á cuatro jornadas de 
distancia. Pero después de tantos intentos para Iniscarla. no 
se vuelve va á hal.)lar de ella en el Didrio de Col(')N : tal vez 
piMujue llego' á comprender que lo que hain'an entendido isla 
no era el nomlire de un territorio de importancia, sino una 



LIBRO SEGUNDO. — CAPÍTULO V 



355 



palabra mal entendida que tenía sij;-iiificacion diferente. 
Kl V. Las Casas indica la sospecha de que si la supuesta 
Bit beque sería la jamaica. 

Detenido entre la liahía de los Mosquitos v el puerto de 
lú Pü:^, por causa de los vientos contrarios, en los días i ,-) 
á u) de Diciembre, recibió' el Almirante la visita de otros 
muchos indios, por ser muy poblada aquella costa. En la 
mañana del martes iS, los hombres que había enviado á 
tierra, para procurar que se recogiese mayor cantidad de 
oro, le anunciaron que un poderoso caudillo o' re}' de una 
gran población, llamado por los indios Cúeiqiie, había salido 
de su casa, que distaba más de cinco leguas al interior, y se 
dirigía con más de doscientos indios para visitar las carabelas. 

Era día de gala, como festividad de la Santísima 
Virecn en su advocación de Santa María de la O, v estaban 
los buques adornados con banderas . haciendo salvas con las 
lombardas, que llenaban de asombro á los isleños. 

Estando el Almirante en su comida delante del castillo 
de popa, llego' el cacique á la nao con toda su gente. Hizo 
señas con la mano que todos los suyos quedasen fuera sobre 
cubierta, 3' él se adelanto á la mesa, acompañado solamente 
por dos ancianos, que debían ser personajes de respeto, y se 
santo al lado del Almirante, guardando mucha compostura 
y seriedad. Gusto' de los manjares 3' vinos que le ofrecieron 
con sobriedad. 3' los dio á probar á los de la comitiva. 
Después de comido ofreció el cacique á Colón algunos 
presentes, cj^ue consistían en una especie de cinturo'n y 
varios pedazos de oro: 3' luego visito' la carabela, mos- 
trando su admiracio'n ante los variados objetos que se le 
presentaban. En la cámara del Almirante, pareció agradarle 
mucho una colcha o' arambel que cubría la cama, y Colón 
se lo dio, con unas cuentas muy buenas de ámbar que 
llevaba al cuello, 3^ unos zapatos de color rojo, y una alma- 
traja o' redoma de agua de azahar, de que quedo' tan con- 
tento c¡ue fué maravilla. 







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CRISTÓBAL COLÓN 




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Salió de la carabela con la misma solemnidad cun que 
había venido, disparando las lombardas, y llevándole las 
barcas hasta la orilla. Puesto en tierra, subió' en sus andas y 
se fué con todo el acompañamiento: á su hijo le llevaban 
detrcás en los homl^ros de un indio; v todas las cosas que el 
Almirante le había dado, las llevaban varios hombres delante 
del cacic[ue mu}' cuidadosamente, según manifestaron los 
marineros. 

Dio'se nuevamente á la vela el Almirante, y el día iq 
descubrió' una muv alta montaña c[ue entra en la mar. á que 
dio' nombre de Cabo de Carihata, y hoy se llama de Ciiiiínco, 
v al siguiente entro en la l^ahía de Aciil , á la que denomino 
de Santo Tomás, por haber entrado en ella en sus vísperas. 
Vio unas tierras mu}' labradas, y mando' salir dos hombres 
fuera de las barcas, cj^ue fuesen á un alto para que viesen si 
había población, porcjue desde la mar no se veía ninguna. 
Volvieron con la nueva de haber visto un pueblo muv 
grande algo desviado de ac[uel punto, por lo que el Almi- 
rante mando' se aproximasen las barcas á tierra en aquella 
dirección, y apenas las hubieron visto, acudió tanta multitud 
de indios «que cubrían la tierra dando mil gracias, así 
hombres como mujeres }' niños: los unos corrían de acá v 
los otros de allá á nos traer pan C[ue hacen de iiiiinics á que 
ellos llaman a/cs, que es muy blanco y bueno. 3' nos traian 
agua en calabazas 3' cu cántaros de barro de la hechura de 
los de Castilla, y nos traian cuanto en el mundo tcnian.» 

Todos traían algo que dar. frutas, peces, algodón, 
papaga3^os, y después de ofrecerlos con gran desprendi- 
miento, rogaban por señas á los marineros que fueran á 
la población para darles otras cosas. Bajaron, en efecto, 
algunos que fueron objeto de verdadera adoracicín . j)ues los 
tenían por bajados del cielo, como los naturales de las otras 
islas, 3^ volvieron á los bajeles acompañados de muchísima 
gente, y habiendo recogido varios ])edazos de oro. Los 
isleños ofrecieron graciosamente todo el que tenían, v á 



LIBRO SEGUNDO. — CAriTUI.O V 



357 



las preguntas de los españoles, contestaron que lo recogían 
en las montañas de Cilnio, en otra parte de la misma isla 
cuvas cimas se divisaban muv á lo lejos. 

Interpreto' Colón el nomln-e de Cibúo como corrupcio'n 
del de Cipdiigo; y altamente satisfecho por ver robustecidos 
sus cálculos 3' muv cercanos los ricos países de que hablal)a 
Marco Polo, esperaba vientos favorables para dirigir su 
rumbo hacia aquellos parajes en que tanto deseaba poner 
el pie. 

Ocupado en los rescates, mientras aquel momento 
llegaba, vio' venir por la costa una gran canoa, capaz de 
más de cuarenta hombres, que sin ceremonia alguna se llego' 
á las carabelas, subiendo á la Süiita María todos los que 
la tripulaban. Eran enviados de un señor de aquella tierra, a^ 
cacique poderoso, que tenía un lugar cerca de allí, v con un 
principal criado suvo mandaba algunos regalos al Almi- 
rante. V le rogaba llegase con los navios hasta su tierra y 
le daría cuanto tuviese. Presento, entre otras cosas, un 
cinto de notable labor, v en lugar de escarcela traía pen- 
diente una carátula que tenía las orejas, la lengua y nariz 
hechas de buenas láminas de oro. Cerciorado de la riqueza 
del país por las muestras que veía. 3^ de que se aproximaba 
al territorio llamado Cihao vendo en aquella direccio'n, 3" era 
fácil recoger gran cantidad de oro, ofreció pasar á la pobla- 
cio'n donde el cacique residía: pero siendo absoluta la falta 
de viento, tuvo que dilatar la partida, 3' en aquellos días 
envió á varios de sus marineros al Puerto del Guaneo para 
que reconocieran las poblaciones de la costa. Los recibieron 
con verdadera alegría en todas ellas. 3" sus moradores 
corrían á las orillas para ver á los extranjeros , diciendo 
el Almirante que cree vinieron en canoas más de mil per- 
sonas, 3' otras quinientas á nado por no tener embarcación: 
tra3'endo todas algo en las manos, a' antes que llega- 
sen con medio tiro de ballesta, se levantaban de pie en 
sus canoas 3- ofrecían todo lo que llevaban: que era 










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CRISTÓBAL COLÓN 



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como siempre, algodo'n. frutas, aves 3^ algunos pedazos 
de oro. 

Habiéndose movido algún tanto el viento, levo' anclas el 
lunes 24 de Diciembre en dirección al Este, costeando desde 
el Giiürico hasta llegar á la residencia de aquel cacique, que 
de tan buena voluntad les abría sus puertas. Navegando con 
poco viento, escribía Cristób.\l Colón sus últimos detalles 
sobre lo descubierto, para que los rej-es pudieran conocer 
debidamente las medidas que era necesario tomar. 

«Crean vuestras Altezas, dccia. que en el mundo todo 
no puede haber mejor gente ni más mansa: deben tomar 
vuestras Altezas mucha alegría, porque luego los harán 
cristianos, 3' los habrán enseñado en buenas costumbres de 
sus reinos: c[ue más mejor gente ni tierra puede ser, }• la 
gente 3' la tierra en tanta cantidad que yo no sé 3'a como lo 
escribo: porque vo he hablado en superlativo grado de la 
gente 3^ la tierra de la isla Juúuú, á que ellos llaman Ciihú, 
mas ha3' tanta diferencia dellos 3' della á esta en todo, como 
del dia á la noche; ni creo que otro ninguno que esto oviere 
visto, oviere hecho ni dijese menos de lo que yo tengo dicho: 
3' digo que en verdad que es maravilla las cosas de acá 3- los 
pueblos grandes de esta isla Española, que así la llamé. 3' 
ellos la llaman Boliio, v todos de muy singularísimo tracto 
amoroso v habla dulce, no como los otros que parece cuando 
hablan que amenazan, 3^ de buena estatura hombres v 
mujeres, 3^ no negros. Verdad es que todos se tiñen, algunos 
de negro, 3' otros de otro color, y los más de colorado. 
He sabido que lo hacen por el sol que no les haga tanto 
mal; y las casas y lugares tan hermosos: y el jefe con 
señorío en todos como Juez d Señor dellos, y todos le 
obedecen que es maravilla: v todos estos señores son de 
pocas palabras y mu\' lindas costumbres, 3' su mando es 
lo más con hacer señas con la mano, 3' luego es entendido 
(|ue es maravilla. » 

Llevaba el ^Almirante dos días con sus noches sin haber 



LIBRO SEGUNDO.— CAIMTULO V 



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dormido ni tenido momento de reposo, por lo que estando el m,^^::^^-^ .^ 

mar tranquilo, el viento muy corto, y el rumbo muy cono- '""" :-— ^^ 

cido, pues los marineros haliían recorrido en los días ante- 
riores muchas leguas por aquella costa en las barcas, y 
estaban seguros de bancos ni de peñas, se retiro' á dormir en 
su camarote siendo cerca de la media noche del 24 de 
Diciembre. Había dado orden muy terminante Colón de 
que no se dejara el timón en manos de los grumetes; pero el 
marino de cuarto, viendo en calma completa el mar y el 
viento, pensó' descansar también algún rato, y confio' la caña 
á un muchacho, entregándose todos al sueño, bien distantes 
de esperar la desgracia que por tal descuido había de sobre- 
venir. El impulso de la corriente llevo' las carabelas tan 
mansamente hacia unos bancos de arena, que el muchacho 
no sintió' cosa alguna hasta que choco' la quilla encallando 
en el fondo, se rompió' el gobernalle 3' el ruido del agua 
le aviso' del peligro. Dio' voces pidiendo socorro, y á las 
primeras estaba ya el Almirante sobre cubierta, tan presto 
que nadie había sentido todavía que estaban encallados. 

Subió' también de los primeros el intrépido maestre 
de la nao. el piloto Juan de la Cosa, y á él y á otros les dijo 
el Almirante que largasen el batel por la popa 3" tomasen un 
ancla v la echaran á distancia, para poder halar con fuerza 3' 
sacar la carabela de la arena y del comprometido trance en 
que se encontraba. 

Y ocurrió entonces una cosa inexplicable, que sola- 
mente puede atribuirse á que en aquellos momentos de 
confusión, turbados todos, v muchos quizá no bien des- 
piertos, entendieron mal las órdenes y ejecutaron lo que les 
pareció más natural, sin darse cuenta, tal vez. de lo que 
debía hacerse. Fué un instante de desconcierto, un desorden 
hijo de muchas circunstancias, y aquellos intrépidos mari- 
nos que tantas veces habían desafiado los ma3-ores peligros, 
creA'eron que estaba la salvación de la nao Capitana en que 
la Nina acudiera prontamente en su auxilio. Olvidaron 






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aferrar el ancla que le había mandado echar el Almirante, 
y corrieron atropelladamente, forzando los remos, para 
llevar la noticia del desastre á la carabela que se encontraba 
á barlovento á media legua. 

El Almirante cre3'o' que huían: v como la resaca com- 
batía el buque y la mar lo tomaba de través, haciéndolo 
volcar, mando' cortar los palos, y alijar todo lo cjue lué 
posible por ver si podían tenerlo á flote: lo que no se consi- 
guió'. Llego' la barca de la Nifut con bastantes hombres. 
3^ también volvieron los que alkí habían ido. pero nada 
adelantaron porque el casco se había abierto 5'a por dife- 
rentes partes. 

La gente toda se recogió en la carabela, abandonando 
la nao encallada, 3' en tal situación esperaron la llegada del 
nuevo día. 





Cristóbal Colón, t. i. — 46. 



362 



CRISTÓBAL COLÓN 




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Cuando amaneció, envió' el Almirante el batel á tierra 
con Diego de Arana, alguacil ma^yor, y Pedro Cjutiérrez, 
rejDostero de la casa real, para hacer saber al rey que lo 
había invitado á pasar á su pueblo, distante como legua y 
media del sitio del naufragio, que por llegar á. verle había 
perdido uno de sus barcos en aquel banco de arena. 

Inmediatamente empezó' á sacarse á tierra en las barcas 
todo lo cjue había en la nao. cuya operacio'n se hizo en muy 
breve espacio con la ayuda de innumerables indios y muchas 
canoas mu}' grandes, que envió aquel rey con la mejor 
voluntad, y haciendo que manifestasen al Almirante la 
mucha pena que le causaba aquel contratiempo, y que no 
recibiese disgusto por ello, que el le daría cuanto tuviese. 
Descargada la nave, se reunieron todos los objetos en dos 
casas que al efecto ofrecieron los indios, y se pusieron en 
derredor hombres armados que vigilasen día y noche para 
su seguridad. Lo hicieron con tal fidelidad, que no taltu un 
clavo, ni una cuerda, ni cosa alguna de cuantas se sacaron 
de la Silllla Míiriil. 

Triste fué para 1'risti'iií.\l Col(')\' el día de Pascua de 
Navidad. Estuvo abatido y angustiado, considerando las 
nuevas dificultades ^■ peligríis á que se veía expuesta la 
expedición, reducida á una sola carabela y por acaso la más 
endeble de las que salieron del puerto de Palos: y cuan lácil 
era (jue por un nuevo accidente quedara sepultado en el 
olvido su feliz descubrimiento. Estas refiexiones, y otras no 
menos dolorosas sobre el triste fin que tal vez esperaba á 
sus animosos marineros tuvieron en gran perturl)acion su 
ánimo; aunque muy luego se presentaron motivos de con- 



LIBRO SEGUNDO. — CAPÍTULO VI 



363 



suelo, y pensó en que Dios le había enviado aquella desven- 
tura para que de ella sacase saludable enseñanza v mavor 
provecho la expedicio'n. 

El cacique Guacanaí^arí , que así se llamaba el soberano 
de uno de los mavores territorios de aquella isla, vino con 
muy lucido acompañamiento en la madrugada del día _'6 á 
visitar al Almirante, y paso' á bordo de la carabela Niiiü 
donde aquél se encontralia. diciéndole con lágrimas en los 
ojos que no tuviera pena alguna . que él daría cuanto tenía 
para reparar la pérdida sufrida, v casas para vivir en tierra 
cuantas necesitasen, ^'iendo el deseo que mostraban' los 
españoles por recoger los pedazos de oro que los indios 
llevaban, manifestó' que allí cerca lo había en gran abun- 
dancia. 3" conociendo que esta noticia había regocijado 
mucho al Almirante, quiso darle mavor consuelo ofrecién- 
dole que le enviaría á buscar cuanto oro quisiera. 

«Nunca, en ninguno de los países civilizados, escribe 
Washington Irving, se practico' la hospitalidad con mayor 
demostracio'n de afecto, que lo hizo aquel indio ignorante y 
selvático. Mandc) depositar todos los efectos que se desem- 
barcaron junto á su habitacio'n. v puso gente con armas 
que los guardase, durante toda la noche, hasta preparar 
sitio donde almacenarlos ; no porque se descubriera entre 
ellos, ni en todo el pueblo, la más pec^ueña sospecha de que 
quisieran aprovecharse de aquella confusio'n y apropiarse los 
efectos de los extranjeros. Aunque miraban aquellos objetos 
que les parecían inestimables tesoros, diseminados por la 
playa y puestos á su alcance, no hubo ni un solo hurto, 
ni al transportar los efectos que tanto les agradaban, se 
quedaron con lo más insignificante. Al contrario, en sus 
semblantes se veía pintada la mavor simpatía, y en sus 
acciones el ma^'or afecto ; v al observar su disgusto parecía 
que eran ellos las víctimas de tal desgracia.» 

El carácter noble, franco y compasivo de Guacanagarí, 
su juventud v su hermosura corporal, cautivaron desde 



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CRISTÓBAL COLÓN 





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lueg-o el afecto de Colón y de todos los españoles, que 
empezaron á mirarlo como á un verdadero amigo, reci- 
biendo de él y de los suyos muchos regalos y beneficios. 
Comió el cacique á bordo con el Almirante, y luego salieron 
los dos á tierra con gran número de gente de las carabelas. 
Todos rivalizaban en desinterés y en demostrar amor á los 
marineros: «son gentes de amor y sin codicia, escribe el 
mismo Colón, y convenibles para toda cosa; que certifico á 
vuestras Altezas que en todo el mundo creo no hay mejor 
gente ni mejor tierra : ellos aman á sus pro'jimos como á 
sí mismos, }• tienen una habla la más dulce del mundo. 
y mansa, 3' siempre con risa. Ellos andan desnudos, hom- 
bres y mujeres, como sus madres los parieron. Mas crean 
vuestras Altezas que entre sí tienen costumbres mu}' buenas 
v el Rey mu}^ maravilloso estado, de una cierta manera tan 
continente que es placer de verlo todo: y la memoria que 
tienen: y todo quieren ver y preguntan c[ué es 3' para qué.» 

Muchas veces repite lo mismo, o' con mu}" ligeras varia- 
ciones el Almirante, desde el punto en que desembarco' en la 
isla de Sün Salvador, y pudo empezar á conocer las costum- 
bres de aquellos isleños. Sus observaciones son casi idénticas 
en diferentes lugares, y es porque le sorprendía la sencillez 
V candor de aquellos hombres, su lalta de codicia v su amor 
al projimiO, tanto como las galas de la naturaleza virgen que 
á sus ojos se presentaba, á cu3'as aves, árboles 3' riquísimas 
plantas añadía ma3'orcs encantos el entusiasmo de su ima- 
ginacio'n. Por eso sus primeros pasos en el Nuevo Mundo, 
sus impresiones consignadas en el Duina de iiai'Cgacióii , son 
siempre repeticio'n de una misma idea, variaciones sobre 
iguales temas; admiracio'n de la naturaleza 3' de la bondad 
de los indios, 3^ accio'n de gracias á Dios que por su mano 
l'acilitaba el conocimiento de tantas maravillas, y la conver- 
si()n de tantos pueblos á la verdadera fe. 

Sería cosa de ver á Cíuacanagarí en aquel paseo con 
el Almirante y los marineros, vestido ya medio á la usanza 



LIBRO SEGUNDO. — CAPÍTULO VI 



365 



de los europeos con las prendas que éste le había regalado. 
Llevaba blanca camisa, calzones de marinero y un bonetillo 
rojo en la cabeza, con la mavor compostura y dignidad, 
pero por lo que hizo mayor fiesta fué por unos guantes qvie 
el Almirante le dio', porque al parecer tenía gran cuidado 
de sus manos. Cuando acababa de comer, le traían unos 
grandes manojos de hierlias olorosas con las que se restre- 
gaba hasta dejarlas limpias y perfumadas: y habiéndole 
ofrecido agua para ese objeto, fué tanto lo que le agrado 
lavarse, que algunos días adelante, luchando con su deseo, 
se atrevió' á mandar pedir una palangana y un jarro, que el 
Almirante le envió con erran satisfacción. 

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Hicieron muestra los soldados de sus armas, que pro- 
dujeron el mismo efecto que habían causado á todos los 
otros naturales de las diferentes islas visitadas. Se admi- 
raban del brillo de los morriones, pasaban las manos por los 
petos 3' espaldares, y jugaban como niños bulliciosos con las 
espadas, cuyo uso desconocían y cu3'os reflejos al sol les 
encantaban. Pero cuando el Almirante mando' disparar los 
arcabuces á algunos marineros, todos los isleños se arro- 
jaron al suelo poseídos de terror, cre3'endo que los hombres 
del cielo, como llamaban á los españoles, disponían del rayo 
3^ del trueno. Dispararon también una lombarda, y el 
asombro creció' de punto, tapándose los oídos con las 
manos... El cacique, procurando no perder su aplomo 3' 
dignidad ante aquellas maravillas, fué. sin embargo, de los 
que más se admiraron, rogando encarecidamente á Crlstó- 
B.\L Colón emplease su poder en destruir á unos terribles 
enemigos que habitaban en otras islas no mu3" lejanas. 3' 
que, armados de mazas 3^ de arcos, invadían aquélla para 
cautivar á los mancebos 3' á las mujeres. Llamábanles 
Caniba, v, según pudo entenderse, daban el nombre de Caiib 
á la principal de las islas habitadas por aquellos feroces 
indios. 

Contesto'le el Almirante que así lo haría, 3^ esta pro- 





366 



CRISTÓBAL COLÓN 



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mesa aumento el cariño del afectuoso Guacanagarí hacia sus 
huespedes. 

Incitados por lo apacible del clima y por la fertilidad 
del suelo: animados con la amabilidad de los isleños; y 
movidos tal vez por la codicia de reunir el mucho oro que 
de todos lados les anunciaban, muchos hombres de la tripu- 
lacio'n se ofrecieron 3- aun rogaron al Almirante los dejase 
allí como primeros pobladores cuando dispusiera su regreso 
á España. Agrado'le mucho la idea, porque comprendió' que 
la fundacio'n de una colonia daría importancia al descubri- 
miento ante los ojos de la corte, y facilitaría el conocimiento 
del país, para explotar sus productos, cuando allí volviera 
con auxiliares más poderosos que los que entonces podía 
emplear. 

Dispuso, pues, con la actividad natural de su carácter, 
la construccio'n de una fortaleza en forma de torre, toda de 
madera, con un gran foso o' cava para su defensa, situán- 
dola en una pequeña eminencia rodeada casi completamente 
por las aguas y que dominaba á un tiempo la bahía 3^ la 
playa. 

Comiendo el cacique 3' un hermano su3-o. mozo de muv 
buen aspecto, con el Almirante, el jueves 2- de Diciembre, le 
rogaron que no se ausentara de la isla, pues habían enviado 
á buscar mucho oro para hacerle un gran presente antes de 
que marchara; v como el Almirante le manifestó' su propo'- 
sito de dejar allí un buen número de sus españoles hasta su 
vuelta, se alegro mucho Guacanagarí, 3' ordeno' que los 
indios ayudasen á la construccio'n de la fortaleza. 

Dio'se principio á los trabajos, ocupándose algunos 
marineros 3^ mucho número de indígenas en abrir ancho 
loso, que había de rodear todo el recinto por los lados en 
que no estaba defendido por las rocas. Al extremo se alzaba 
un montecillo bastante elevado, 3' en la cima, que tenía en lo 
más alto una planicie natural, se clavaron gruesos troncos 
de árboles, C]ue se entrelazaron con palmas á la usanza del 



LIBRO SEGUNDO.— CAl'irULO \I 



367 



país, haciendo cimiento para la torre fuerte que se había 
proyectado. En la parte baja otras empalizadas formaron 
diferentes habitaciones para los hombres que allí debían 
quedarse, procurando darles toda la comodidad que era 
posible, atendidos los pocos medios de que se disponía. Las 
tablas de la carabela SdJihl María fueron aprovechadas en su 
mayor parte para cerrar la torre, y las más endebles para 
las viviendas: los clavos escascaban, usando, en su lugar, 
cuerdas tejidas de hojas de palmera, que se hacían de gran 
resistencia; y todos trabajaban con ardor, comprendiendo 
muv l)ien cuánto podía importar la obra en que se ocu- 
paban. 

De lo que más se cuido' CoL(Jx fué de formar dentro 
de la fortaleza un lugar á proposito para conservar los 
víveres. 3' otro, aún más reservado, para guardar la pól- 
vora que pudo dejarles, y era uno de los principales, o' el 
ma3'or de todos los medios con que podían contar en un 
caso de apuro para hacerse temer aquel puñado de hombres. 
Cuido' también de que dentro del espacio que comprendía la 
fortaleza, se abriese un pozo que les asegurase el agua 
potable en el caso de un ataque 2^ór parte de los naturales. 
A todo se extendió' su previsión dentro de los pocos recursos 
con que contaba, midiendo con prudencia todas las probabi- 
lidades para que los que debían formar la guarnicio'n de 
aquel pequeño fuerte pudieran sostenerse el tiempo que el 
Almirante calculaba que podría tardar en volver á traer á 
la isla mavor número de hombres y cuanto fuera necesario 
para aumentar la colonizacio'n . creando establecimientos de 
ma3'or importancia para beneficiar las minas del oro que con 
tanto afán buscaba. 

Estando en esto vinieron á decir á Colón que se habían 
tenido nuevas de que estaba la carabela Pinta en un cabo al 
Este de la isla, cu3'a noticia confirmo' tres días después un 
indio que decía haberla visto: pero aunque el cacique, 
porque amaba mucho al Almirante, envió' una canoa con 





368 



CRISTÓBAL COLÓN 



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varios indios y españoles en la dirección cj[ue indicaban, 
volvieron después de haber andado muchas leguas . sin tener 
por entonces noticia alguna de Martín Alonso Pinzo'n. 

Con todas estas cosas favorables, 3' con los muchos 
trozos y plastones de oro que á cada momento rescataban los 
marineros, se templaban las angustias que al Almirante 
causo' el naufragio de la Sania Marín, llegando á creer que 
la pérdida de la carabela había sido providencial, para que 
en aquel sitio se fijara el primer establecimiento de los espa- 
ñoles en el Nuevo Mundo. 

«Y á esto, dice, vinieron tantas cosas á la mano que 
verdaderamente no fué aquel desastre, salvo gran ventura... 
Porque es cierto que si 3^0 no encallara, que yo fuera de 
largo sin surgir en este lugar, porque él está metido acá 
dentro en una grande bahía, y en ella dos o' tres restingas 
de boyas. Ni este viaje dejara acjuí gente, ni aunque 3^0 
Cjuisiera dejarla no les pudiera dar tan buen aviamento. ni 
tantos pertrechos, ni tantos mantenimientos ni aderezo para 
la fortaleza. Y bien es verdad que mucha gente desta que 
va aquí me hablan rogado v hecho rogar que les quisiese 
dar licencia para cjuedarse. Agora tengo ordenado de hacer 
una torre y fortaleza, todo mu3' bien, 3^ una grande cava, 
no porque crea que ha3'a esto menester por esta gente, 
porcj^ue tengo por dicho que con esta gente que 3^0 traigo 
sojuzgarla toda esta isla, la cual creo c¿ue es mavor que 
Portugal, y mas gente al doble: mas son desnudos 3^ sin 
armas y mu3' cobardes fuera de remedio. Mas es razón que 
se haga esta torre 3^ se esté como se ha de estar, estando tan 
lejos de vuestras Altezas; 3- j)(>rt|ue conozcan el ingenio de 
las gentes de vuestras Altezas, y lo que pueden hacer, 
porque con amor 3' temor le obedezcan; 3' así ternan tablas 
¡jara hacer toda la fortaleza dellas. y mantenimiento de pan 
V vino para mas de un año. 3- simientes para sembrar, y la 
barca de la nao, y un calafate, y un carpintero, 3' un lom- 
bardero, 3' un tonelero, 3' muchos entre ellos, hombres que 



LIBRO SEGUNDO.— CAPITULO VI 



369 



desean mucho, por servicio de vuestras Altezas v me hacer 
placer, de saber de la mina adunde se coje el oro. Así que 
tudo es venido á mucho pelo para que se faga este 
comienzo. » 

Las demostraciones de amor de Ciuacanauarí al Almi- 
rante y de los isleños á los españoles todos, eran mayores 
cada día. El domingo ^u de Diciembre, teniendo va casi 
concluida la obra de la fortaleza, v trabajando en llevar allá 
las provisiones v colocarlas convenientemente en la cava. 
con a^'uda de los haitianos, le presento' el cacique otros 
cinco jefes que todos traían á manera de corona grandes 
trozos de oro en la cabeza. Después de comer se quito' 
Guacanagarí la corona }• se la puso al Almirante, v éste se 
quito' del pescuezo una gruesa sarta de cuentas de colores 
3' se lo puso ;í él. dándole unos borceguíes de color, que le 
hizo calzar, y un capuz rojo; y por último le coloco' en el 
dedo un gran anillo de plata, de que le había visto muy 
codicioso. Otros dos de los caciques le regalaron grandes 
plastas de oro. á que Colón correspondió' con A'arios aga- 
sajos; siendo de advertir, que las plastas de oro que llevaban 
no eran fundidas, porque, según informa el P. Las Casas, 
los indios de la isla no tenían industria de fundir, sino los 
granos o piezas que en los ríos hallaban, majábanlos entre 
dos piedras, v así los ensanchaban. 

Aprovisionada la carabela de agua 3' leña para el viaje 
de regreso á España, v recogidas las cantidades bastantes de 
los productos más extraños, envió' el Almirante una barca 
á la isla Amiga, que distaba seis leguas, para que trajese 
ruibarbo, porque \'icente Yáñez aseguraba haberlo visto en 
abundancia. Trajeron, en efecto, una gran sera de aquella 
raíz, 3- no más porque no llevaron azada para ca.var la 
tierra. 

Designo' treinta v nueve hombres que habían de quedar 
en la fortaleza, con sus capitanes, v se dispuso á volver á 
España con la mavor presteza para dar noticia á los Reyes 
Cristóbal Colón, t. i. — 47. 



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de aquel descubrimiento que 3^a parecía tan grande, y para 
^¡ cu3"a prosecución necesitaba ma3'ores recursos, pues había 
quedado reducido á la carabela Niíiú, cuya solidez no era 
bastante á resistir mucho tiempo, y pondría en peligro á sus 
tripulantes. 

Y aunque en el número de españoles que allí permane- 
cieron, hay algunas diferencias que resultan de documentos 
dignos del mayor crédito, nosotros fijamos aquéllos, porque 
así lo dice el mismo Almirante en su Diario, y lo repite fray 
Bartolomé de Las Casas. Ateniéndonos exactamente á las 
frases que estampa Cristói3.\l Colón, fueron cuarenta y dos 
españoles los que formaron la guarnicio'n del fuerte de 
Núvidad; y este es el número que juzgamos cierto. — «Dejé 
en aquella isla Española (dice en el miércoles 3 de Enero), 
que los indios diz que llamaban Bohío, treinta y nueye 
hombres con la fortaleza... é so/í/'í' í/í/z/fZ/oi por sus tenientes 
á Diego de Arana... 3- á Pedro Gutiérrez... y á Rodrigo de 
Escolíedo,» cuyos indiyiduos parece deben sumarse sobre los 
treinta 3^ nueve. Lo mismo puede entenderse el texto 
del P. Las Casas, cuando dice en su Historia de Indias ■: — 
«abrazo' el Almirante al Rey y algunos señores: abracó á los 
que dejaba por sus tenientes; abra:^ó á todos los treinta y nueve 
hombres...» 

Poderosas razones moyieron el ánimo de Ckistuh.vl 
CoLíJN para decidirle á construir la fortaleza y dejar aquel 
puñado de españoles tan lejos de la madre patria. 03'o'las, á 
no dudar, de sus mismos labios fra3' Bartolomé de Las Casas, 
que las reduce á breves términos. La primera 3' principal, 
dice, por ver la fertilidad y frescura y amenidad de la 
tierra, y la riqueza de ella, en haber hallado muestra tan 
grande y tan rica de haber en ella mucha cantidad de oro, 
3^ por consiguiente, poder con tanta ventaja y prosperidad 
hacer grandes poblaciones de españoles y cristianos. La 



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' Parte primera, cap. XI, 1\', pag 419. 



LIBRO SEGUNDO.— CAPITULO VI 



371 



segunda, porque en tantd que él iba v tornaba de Castilla 
ellos supiesen la lengua, v luilnesen preguntado, inquirido 

V sabido los secretos de la tierra, los señores v re\'es de ella 

V las minas de oro y otros metales; si en ella había otras 
riquezas más de las que él había visto, v lo que él mucho 
estimaba también v creía haberlo, que es especería. La 
tercera, por dejar en alguna manera prenda, porque los que 
oyesen en Castilla que habían quedado ciertos cristianos de 
su voluntad en esta isla no temiesen la luenga distancia, ni 
los trabajos 3' peligres de la mar; aunque cslo no era iiiucho 
necesario, según observa el P. Las Casas, porque COJI decir que 
había oro v tanto oro, aun al cabo del mundo no temieran los de 
España irlo á buscar. La cuarta, porque como se le había 
perdido la nao. no pudieran tornar todos en la carabela sin 
gran dificultad. La quinta, por la voluntad que todos mos- 
traban de c[uererse quedar v los ruegos que sobre ello al 
Almirante hacían, diciendo que se querían allí los primeros 
avecindar. 

Favoreció' v animo' mucho su determinacio'n ver la 
bondad, humildad, mansedumbre v simplicidad de todas 
aquellas gentes, a' sobre todu la gran caridad, humanidad v 
virtud del rev Guacanagarí. v el tan señalado acogimiento, 
que no pudo ser en el mundo en casa de padre y madre 
más, como les había hasta entonces hecho, v el amor que les 
mostraba, v lo que cada hora se les ofrecía hacer más. 

En breves días estuvo concluida, aprovisionada v 
armada la fortaleza. Los haitianos fueron auxiliares pode- 
rosos de los españoles: todos los restos de la carabela se 
aprovecharon en la construccio'n. v en aquellas playas, 
convertidas repentinamente en taller de carpinteros, de 
herreros v de albañiles, se levanto' como por encanto la 
primera fábrica y establecimiento de los europeos en las 
islas del mar Occéano. 

El Almirante le puso por nombre J'illa de la Nat'idad, 
en memoria de que en aquella solemne fiesta había naufra- 



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372 



CRISTÓBAL COLÓN 






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^ado allí 3' tomado tierra en aquel punto; }' al puerto le 
llamo también de NíWidüd, con el que todavía se conoce. 



II 



Resuelta la partida para España, salto' en tierra el 
Almirante, el miércoles día 2 de Enero de 1493, para despe- 
dirse del cacique 3' dejar establecido el orden en el servicio 
de la fortaleza. Después de haber comido juntos y con otros 
de los principales de la isla, CoL(3x dijo á Guacanagarí que 
dejaba allí aquellos cristianos para que esperasen su regreso 
de España con nuevos refuerzos, y, al propio tiempo, para 
que le acompañasen 3- sirviesen, defendiendo su territorio de 
las invasiones de los caribes, que tanto temían; y que espe- 
raba que recibirían de él toda clase de auxilios 3' cuanto les 
fuera de necesidad según las circunstancias. 

El generoso cacique manifestó' gran tristeza por la 
partida, v vehementes deseos de que muy pronto estuviera 
de regreso, ofreciéndole mucha amistad para los que se 
c^uedaban, en especial para Diego de Arana, alguacil ma3'or, 
á quien dejaba como jefe de la colonia, y de Pero Gutiérrez 
3' Rodrigo de Escobedo. oficiales de la casa real, que queda- 
ban como tenientes, á todos los que recomendó mu3' espe- 
cialmente. 

Caminados varios regalos de despedida por los caciques 
\ il -Mmirante. entre ellos buenas pepitas de oro, se dirigió 
éste á la fortaleza. Reunió á los cuarenta hombres escogidos 
(jue allí haliían de quedar como primeros pobladores espe- 
rando su regreso: 3' en conversación íntima v familiar, con 
el tono más afectuoso, tratando de que sus palabras queda- 
sen muv grabadas en los corazones de aquel puñado de 
valientes, los exhortó ;í que diesen gracias á Dios, como 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO VI 



373 



verdaderos cristianos, por los grandes beneficios que les 
había dispensado, y que obrasen de manera que mereciesen 
otros mayores: que mantuvieran la unio'n y armonía nece- 
saria para la seguridad de todos en tierra extraña, y la 
obediencia á los jefes, representantes de la autoridad. Les 
aconsejo continuasen el mcior trato con los naturales, sin 
causarles ofensa ni molestia alguna, ni tampoco á sus muje- 
res: V que conservaran la amistad del cacique Guacanagarí, 
que tanto cariño demostraba á los españoles: y les enco- 
mendó' que rescatasen todo el oro que pudieran, y sin 
separarse unos de otros procurasen ir tomando conocimiento 
de la isla: v con lágrimas en los ojos, les ofreció no tener 
punto de reposo hasta volver á verles, tra3'éndoles de los 
Re5'es las recompensas 3' mercedes á que por sus servicios se 
habían hecho acreedores. 

Dejo' entre ellos un cirujano llamado maestre Juan, 
para curarles las llagas v otras necesidades á que su arte se 
extendiese. Dejo' asimismo un carpintero de ribera, que es 
de los que saben hacer naos, y un calafate: un tonelero, 
un artillero ó lombardero bueno que sabía hacer en aquel 
oficio buenos ingenios. También les quedo' un sastre: y 
todos eran además hombres de mar. salvo el escribano 
3' alguacil que allí quedaron para llevar cuenta de gastos y 
rescates para la formalidad de cuentas en la participacio'n de 
la corona '. 

La despedida fué solemne. A pesar de que se había 
procurado atender á todas las necesidades, precaver contin- 
gencias V alejar peligros, \' no obstante que los que allí 
permanecían lo habían solicitado de su libre voluntad. 
vagos presentimientos de tristeza, que no era posible desva- 
necer, daban al acto un tinte melanco'lico. La barca se alejo' 
pausadamente de la orilla, y divididos por el mar aquellos 




,íf; 




' Véase la nota de todos los que allí quedaron en las Aclaraciones y 
documentos (D). 




374 



CRISTÓBAL COLÓN 





pocos españoles, llegaron los unos á la embarcacio'n que 
debía volverlos á la patria, v entraron los otros en la forta- 
leza de Navidad. 

No pudo, sin embargo, darse á la vela la Niíiú A la 
madrugada siguiente porque estuvo la mar mu)- alterada ; y 
por esperar á los indios que venían en la carabela desde las 
otras islas, y se quedaron en tierra aquella noche. Eran por 
todos diez o' doce, aunque fray Bartolomé de Las Casas, que 
los vio' en Sevilla, no puede precisar el número, porque no 
se paro' á contarlos; v reunidos 3'a todos á bordo, el viernes 
4 de Enero levaron anclas y navegaron al Este, para tomar 
el camino hacia España, después de haber visto lo más 
posible de las costas. 

Navego' el Almirante en dircccio'n á un monte mu}' alto 
de la forma de una elegante tienda de campaña, que se 
adelanta dentro del agua, quedando unido á la isla por una 
estrecha lengua de tierra. Púsole por nombre Moiitc-cnslr, 
v continuando su derrotero, el domingo 6, á cosa del medio 
día, un marinero de guardia en el mástil donde debía estar 
la gavia, de que carecía la carabela, dio' voces anunciando 
que veía venir la Piíilú, con viento en popa, hacia el lugar 
en que se encontraban. Llego' en efecto: y como no era 
posible fondear en aquel paraje, volvio'se el Almirante á 
Moiüc-cristi , desandando diez leguas, y seguido por ^Lartín 
Alonso Pinzo'n. 

En el momento de aferrar las anclas, paso éste á bordo 
de la Niña para conferenciar con el .\lmirante y explicar las 
causas de su separacio'n. Procuro disculparla con la fuerza 
del viento, que le nbligo, mal su grado, á seguir la vía 
de Levante, que llevaban las tres embarcaciones la tarde 
del 21 de Noviembre. Descubrió' en aquel rumbo varias 
islas, que debieron ser las denominadas Cnycos, y tal vez la 
Viiüglia y algunas otras, 3' desde ellas había llegado á la 
Española hacía cosa de tres semanas, es decir, á mediados 
del mes